Instituto de Derechos Humanos de la UCA

La muerte de los jesuitas y la defensa de los derechos humanos

19/11/2019

Por José María Tojeira, S.J.
Director Idhuca.

La muerte de los jesuitas: Salvando vidas y exigiendo construcción de futuro

 

1.- ¿Por qué mataron a los jesuitas?

Con mucha frecuencia he oído decir, incluso a militares de alta graduación, que el mayor “error” del ejército durante la guerra civil fue el asesinato de los jesuitas. Siempre me impresionó que civiles y militares le llamaran “error” a un crimen de guerra y lesa humanidad. Y por supuesto que nunca mencionaran a las dos mujeres también asesinadas en la misma masacre. Como si un par de homicidios más de gente tan inocente como desconocida, no fuera ni siquiera un error en medio de una guerra fratricida. Sin embargo ese concepto de “error” puede darnos pistas claras a la hora de preguntarnos por qué asesinaron a los jesuitas y a sus colaboradoras.

Para los militares, e incluso para civiles, incluidos algunos conocidos analistas de nuestra realidad, matar a inocentes en medio de una guerra no significaba cometer errores. El error solamente se daba para esta gente cuando los asesinatos producía un vuelco en la guerra de propaganda que acompañaba a la guerra civil. Para los jesuitas, en cambio, matar no era un error, sino un crimen. Y asesinar personas indefensas un delito gravísimo. En las mentalidades guerreristas se despersonaliza a los civiles. Ni siquiera se les considera “bajas”, como se suele mencionar cuando muere un combatiente. Simplemente se les califica como “daños colaterales”. Para los jesuitas los inocentes asesinados eran víctimas. Y no cualquier tipo de víctimas, sino personas unidas a la misma cruz injusta que padeció Jesús de Nazaret. Y en ese sentido, personas sobre cuya historia crucificada hay que construir una nueva sociedad sin víctimas ni abusos.

Esta diferencia de mentalidad indica el punto de partida de un compromiso que terminó esa madrugada del 16 de Noviembre de 1989 con ocho cuerpos crucificados a balazos contra esta tierra nuestra, tan regada de sangre inocente. Los jesuitas eran muy conscientes de la situación salvadoreña. Y desde bastante años antes de que se iniciara la guerra civil trataban de participar en el proceso liberador que los propios empobrecidos de El Salvador y Centroamérica habían iniciado una vez más a partir de la década de los setenta. Ya estallada la guerra civil el propio Ellacuría acostumbraba a decir que su fe e inspiración cristiana y su deber moral le imponía a la Universidad, como estrategia prioritaria, “salvar vidas”. Para ello veían como indispensable, en primer lugar, salir de la guerra a través del diálogo y la negociación. Lo afirmaron desde el primer momento, a pesar de las reacciones adversas de las partes involucradas en el conflicto armado.  Si ganaba la derecha, oí decir a Ellacuría en un análisis para jesuitas, la represión, la falta de libertades, el autoritarismo, la continuación de la pobreza, la explotación y la desigualdad se convertirían en crónicas. Si ganaba la izquierda habría graves problemas por falta de capacidad para gobernar, tanto a nivel político como técnico. Y con el riesgo muy probable, estábamos en tiempo de Reagan, de que los norteamericanos financiaran para El Salvador una guerrilla al estilo de la “contra” de Nicaragua, desde esa especie de base militar norteamericana de control que era entonces Honduras. Solo el diálogo, la negociación y la presencia de los intereses de los pobres en la mesa de diálogo, garantizaban un futuro más democrático y abierto al desarrollo social.

En segundo lugar, continuaba Ellacuría, mientras la guerra dure, la única manera de salvar vidas es defender los derechos humanos, especialmente de aquellos que no tienen voz o no les permiten tener voz. Y así como en la negociación nuestros compañeros eran sumamente pragmáticos y relativamente alejados de los furores ideológicos de las partes, en la preocupación por la vida de los pobres y en la defensa de sus derechos eran radicales y beligerantes. Dos palabras que expresaban en Ellacuría la profundidad de su pensamiento humanista y cristiano, que trataba siempre de llegar a las raíces más hondas de la situación desde la inteligencia y la razón, y que desde la voluntad se comprometía con opiniones, decisiones y acciones tan enérgicas como valientes.

Y son precisamente esas dos cualidades, una capacidad intelectual y dialéctica extraordinaria, unida a una coherencia radical en la acción, puestas ambas al servicio de las causas de los más pobres, la que llevó a que el odio criminal estallara en aquel momento crítico de la ofensiva de 1989. Se pueden encontrar y establecer más causas del asesinato; más motivaciones en la brutal derecha militar, más raíces en la torpe e insensible ceguera política del gobierno de los Estados Unidos, más inducción al crimen por parte de empresarios que financiaban los escuadrones de la muerte. Pero la raíz de su muerte estuvo en esa opción primordial de defender la vida de los pobres desde la fe y desde la inteligencia universitaria. Y en esa libertad y coraje beligerante que los cristianos antiguos llamaban “parresía”, de claro origen profético. No fue el odio del perseguidor el que los hizo mártires, sino la decisión, claramente discernida y asumida, de seguir en el dolor al Cristo doloroso presente en la vida del pueblo salvadoreño.

2.- El resultado de su muerte

El asesinato de los jesuitas y sus dos colaboradoras levantó una impresionante ola de solidaridad con El Salvador. La solidaridad con el pueblo salvadoreño venía tejiéndose desde hacía muchos años y los jesuitas habían sido una fuente importante en la construcción de la misma. El hecho de que la UCA fuera la única institución legal durante la guerra civil con capacidad de publicar sistemática y libremente información y posiciones de clara oposición al gobierno, incluyendo denuncias de crímenes de guerra y de lesa humanidad, había convertido a la Universidad en una indispensable fuente de información, diálogo, debate y propuesta. Periodistas, políticos de dentro y fuera del país, obispos de criterio abierto, miembros de ONG’s, diplomáticos, buscaban tanto opinión como propuestas en el equipo de trabajo que los jesuitas posteriormente asesinados habían organizado en la Universidad. Constructores de paz y protagonistas del hacer verdad en El Salvador, su muerte produjo una consternación mundial. Los mensajes de pésame iban firmados desde presidentes y primeros ministros, cardenales y otras personalidades de la política o la cultura, hasta gente sencilla de parroquias o adolescentes de colegios de secundaria. Al entierro llegó, además de personalidades de la política, las iglesias y la representación diplomática, una buena proporción de gente sencilla que tuvo que caminar más de diez kilómetros para llegar a la Universidad, en unos días y unos caminos en los que las balaceras surgían con mucha frecuencia en cualquier momento y en cualquier lugar.

Esa explosión de solidaridad dio valor y seguridad a quienes quedaron con la tarea de pedir justicia. El mismo día 16 en la mañana el arzobispo de San Salvador, Mons. Rivera, su obispo auxiliar, el hoy cardenal Gregorio Rosa y el Provincial de la Compañía de Jesús en Centroamérica, se entrevistaron con el presidente de la república para decirle que el ejército había asesinado a los jesuitas. El arzobispo, ya al finalizar la reunión, le pidió al presidente que en la noche, exclusivamente durante el toque de queda, pusiera soldados en la cercanía del arzobispado. Y le aclaró: “No porque confíe en el ejército, sino para que si me matan todo el mundo sepa quién fue”. Desde el primer momento teníamos más que suficientes datos para estar seguros que el ejército había asesinado a los jesuitas y sus colaboradoras. Cuando los jesuitas de Nicaragua en aquellos primeros días hicieron llegar a El Salvador un comunicado en el que se acusaba a los escuadrones de la muerte del asesinato, la respuesta de los jesuitas de El Salvador fue inmediata: “No digan escuadrones de la muerte; digan ejército de El Salvador”.

La lucha fue larga y no dejaron de haber amenazas de la Fuerza Armada y las instituciones oficiales, e incluso traiciones de algunos sectores religiosos. El Fiscal General de la República envió y publicó una carta al Papa Juan Pablo II, pidiendo que sacaran del país a Mons. Rivera y a su obispo auxiliar. El FBI llevó a Miami al teniente coronel Rivas Mejía, para tratar de amenazar a una testigo clave, Lucía Cerna, que había logrado salir hacia Estados Unidos y había visto a los soldados saliendo del patio en el que se cometió la masacre. Durante prácticamente 45 días el Ministerio de Relaciones Exteriores de El Salvador mantuvo una nota en la que afirmaba que la guerrilla había asesinado a los jesuitas. Diferentes personalidades del ejército, de la política y de la empresa, así como un par de obispos actuando en solitario, conformaron delegaciones para acudir a Washington, Madrid y el Vaticano para insistir en que la guerrilla era la autora del crimen y que tanto los jesuitas como el arzobispo mentíamos motivados por intenciones políticas. Pero la solidaridad fue mucho mayor. María Julia Hernández, de la Tutela Legal del arzobispado, fue la primera en sacar un documento relativamente extenso, que fue repartido en todas las embajadas, acusando a la Fuerza Armada del crimen. Y cada día, desde el momento del crimen, se sumaba más gente exigiendo justicia y apoyando nuestra acusación al ejército salvadoreño. La adhesión a la causa de los jesuitas asesinados y el apoyo incesante a nuestro reclamo de justicia acompañó y protegió la resistencia y la persistencia de quienes quedamos en El Salvador manteniendo la verdad y acusando a la Fuerza Armada.

El desprestigio del Ejército fue casi total a nivel internacional. Los principales medios de comunicación norteamericanos criticaban la ayuda militar de dicho país al ejército salvadoreño: La calificaban como una cooperación que asesinaba intelectuales, sacerdotes y constructores de paz. Cada vez que un militar de alta graduación hablaba, los medios locales le daban lugar. Pero cuanto más hablaban, más en ridículo se ponían frente a los datos objetivos que hacían imposible exonerar al ejército salvadoreño. Un mayor norteamericano, Erik Buckland, asesor en el entonces llamado “milgroup” norteamericano, que apoya al ejército salvadoreño, confirmó en declaraciones que la muerte de los jesuitas era un hecho anunciado y conocido previamente entre los militares. El desprestigio crecía y volvió profundamente débiles las ansias de los coroneles en el control del ejército, mayoritariamente de la así llamada Tandona, que deseaban terminar la guerra con el triunfo militar. La caída del muro de Berlín acontecida en esos mismos días, así como la invasión norteamericana de Panamá debilitaron todavía más a la ultra derecha militar. El gobierno de Estados Unidos comenzó a ver a los coroneles como aliados incómodos, frenó sus posibilidades y ansias de poder y comenzó a ver la negociación como un camino mejor para salir del fango en el que se estaban hundiendo junto con sus aliados. Desprestigiada el ala más guerrerista y represiva del ejército, las negociaciones comenzaron a fluir. El primer compromiso fruto del diálogo, no muchos meses después del asesinato, fue precisamente un acuerdo de respeto a los Derechos Humanos. Los mártires de la UCA, ya muertos, continuaban salvando vidas.

3.- Los mártires constructores de paz y justicia

Desde que en el siglo segundo de nuestra era se empezó a utilizar el término mártires para honrar como testigos de la fe a quienes daban testimonio de ella, la construcción de la paz y la justicia estuvo unida ellos. San Justino, en el siglo segundo, solía decir que era incomprensible la persecución de los cristianos, puesto que ellos eran los mejores ciudadanos. La carta a Diogneto, posterior a Justino, insistía en los mismos términos. Todavía hoy serían aplicables a los mártires de la actualidad muchas de las actitudes personales que este breve fragmento de la carta decía de los cristianos perseguidos: “Obedecen las leyes establecidas; pero con su vida sobrepasan las leyes. A todos aman y por todos son perseguidos. Se los desconoce y se los condena. Se los mata y en ello se les da la vida. Son pobres y enriquecen a muchos. Carecen de todo y abundan en todo. Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se los maldice y se los declara justos. Los vituperan y ellos bendicen. Se los injuria y ellos dan honra. Hacen bien y se los castiga como malhechores; castigados de muerte se alegran como si se les diera la vida”[1]. Sobre el pacifismo cristiano valga recordar la prohibición inicial de participar tanto en el ejército como en los juegos romanos en los que se exhibían luchas de gladiadores, porque como decía otro de los defensores del cristianismo inicial, Atenágoras, “ver matar es casi como matar”[2].

Lo que en los primeros cristianos era una opción fundamentalmente de fe personal, que tuvo también profundas repercusiones sociales en la vida del imperio romano y de la cultura, encuentra en los mártires que hoy celebramos nuevas dimensiones. En ellos se une, a la opción de fe y la consiguiente actitud de coraje y valentía, una clara visión estructural en el campo de la justicia y de la construcción social. Educados en la espiritualidad ignaciana, entendieron desde jóvenes que la opción radical de seguir a Jesús de Nazaret en medio de la cruz de la historia, invita siempre a buscar el bien más universal. Ya en la madurez y en la acción universitaria, entendieron con claridad que optar por el bien más universal en países sumidos en la injusticia y la violencia, exige optar y trabajar siempre por el bien más estructural. Así lo decían con frecuencia. No eran ingenuos y no dudaban a la hora de afirmar que “la universidad se encuentra ante una sociedad dominada por una irracionalidad e injusticia terribles, de las que en algún modo es cómplice”[3]. Pero sabían también que la Universidad nació como una fuerza social y “tiene que hacerse presente en la sociedad como tal fuerza”[4], no para perpetuar la miseria de la realidad sino para alcanzar y compartir “un saber transformador de la realidad nacional”[5]. Y ello en relación constante, incluso dialéctica, con las mayorías oprimidas o marginadas que aspiran a su liberación.

Desde este afán de reconstruir una sociedad en la que las personas sean realmente el centro de la  actividad social, Ellacuría hablaba de construir una nueva civilización que él llamaba de la pobreza y que, en oposición a la civilización del capital, se centraría en el trabajo como fuente de creación de una riqueza compartida y de superación de la injusticia estructural. De este espíritu utópico, que aspira a una nueva civilización, que tiene claros rasgos proféticos, y que enfrenta con beligerancia la injusticia, nace el deseo de impulsar un nuevo proyecto global que se enraíce en el trabajo y la creatividad humana, que universalice los bienes básicos y que contribuya a la liberación de las mayorías respecto a todo tipo de esclavitud, opresión o injusticia. Respecto a El Salvador, sumido en una guerra cuya causa fundamental era una injusticia social unida a desigualdades económicas y sociales irracionales, la salida dialogada era imprescindible para defender la vida. Defensa que exigía simultáneamente priorizar en el diálogo los intereses de los empobrecidos. Hábiles en el estudio y la reflexión, sabían dar los pasos adecuados en la dirección correcta uniendo a su opción utópica y profética la paciencia del artesano de la paz.

Si algo impacta en su trabajo constructor de paz y justicia es la profunda libertad con la que procedían. Una libertad no caprichosa, sino puesta al servicio de los más pobres y de la construcción de una sociedad liberada de esclavitudes. Y precisamente por ser radicalmente libres en esa tarea, se ganaron el odio de quienes estaban sujetos a lo que Monseñor Romero llamaba las idolatrías dominantes en El Salvador. Frente al poder del capital, del poder armado o de la organización, los mártires oponían el estudio, la reflexión humanista y la racionalidad. Sabían que la Universidad era una fuerza social, pero la ubicaban en una posición no de privilegio, sino de servicio a los empobrecidos y sus causas. Superaban así aquella soberbia de la vida que pone el saber y la ciencia al servicio de la autorreferencia y de quien pague más por ella. De ellos se podía decir lo que Minucio Félix decía en El Octavio sobre el cristianismo martirial de los primeros siglos: "Levantó su libertad contra los reyes y los príncipes, y sólo la entregó a Dios, a quien pertenecía"[6]. Frente a la brutalidad de la guerra y del lenguaje burdo y amenazador con el que se les quería amedrentar, la libertad cristiana los llevó siempre a entregar vida y acción en favor de aquellos en quienes veían el rostro sufriente del crucificado: Los pobres y oprimidos de su tiempo, las vidas de los inocentes masacrados por una guerra violenta e irracional, los desaparecidos, los migrantes y todos los afectados por unos tiempos tan duros como peligrosos. Bajar a los crucificados de sus cruces se convertía así en una opción fundamental para sus vidas, en la misma dirección en la que usó su palabra otra persona excepcionalmente libre y hoy santo salvadoreño. Con razón diría ante sus cadáveres Mons. Rivera que los mató el mismo odio que “segó la vida de Mons. Romero”. Si mientras permanecieron en vida lucharon desde el pensamiento, la razón y el estudio en favor de las causas de los pobres, su muerte les unió plena y materialmente a ellos. Libres para amar y servir, libres para morir sin que la muerte fuera un estorbo para sus ojos, su sacrificio invadió conciencias, puso en evidencia las injusticias terribles que se venían cometiendo en el día a día de la guerra, sumó partidarios de terminar la guerra y dio una enorme fortaleza a las voces que pedían paz y diálogo, justicia social y libertad.

4.- Qué nos dicen a nosotros en cuanto universitarios

El asesinato de los jesuitas afectó a todas las personas de buena voluntad. A muchos los inspiró para seguir su camino en favor de la justicia y de la paz. Con las dificultades del momento y con las claras desventajas de perder un equipo de trabajo extraordinario, profundamente vinculado entre sí y con la realidad nacional, la UCA trató, no sin esfuerzo y dificultades, de construir un nuevo equipo de trabajo y nuevas formas de presencia en el país. Muy pronto, en 1990, el Superior General de los jesuitas les decía a todos los Superiores Provinciales reunidos en Loyola que las Universidades, a pesar de su complejidad, tamaño y recursos, podían comprometerse seriamente con la justicia y con los pobres. Mencionó en esa reunión a los jesuitas asesinados y aseguró que su muerte martirial confirmaba “que una institución de enseñanza superior e investigación puede convertirse en instrumento de justicia en nombre del Evangelio”[7]. Treinta años después de esa muerte martirial, con todos los cambios sociales que entonces se iniciaban, debemos preguntarnos si los mártires nos siguen diciendo algo o no, y si seguimos siendo instrumento evangélico de justicia, transformación social y reconciliación.

Para responder a la pregunta debemos mirar a la realidad, tanto internacional como salvadoreña. En el mundo cayó el muro de Berlín pocos días después del asesinato de los jesuitas. Y casi al mismo tiempo el ejército norteamericano invadió Panamá para derrocar la presidencia de un militar implicado en narcotráfico. Nuestros países latinoamericanos caminaban hacia la democracia y las tensiones internacionales fueron trasladándose desde América Latina hacia la antigua Yugoslavia primero y hacia Afganistán e Iraq posteriormente. La difusión rápida de internet, al tiempo que democratizaba la información, acentuaba el individualismo consumista y hedonista hacia el que se dirigía el mundo y la cultura occidental. De ser un instrumento participativo, internet fue pasando a ser un instrumento de control, al tiempo que facilita la manipulación de ideas y personas. La imagen virtual sustituye  con frecuencia a la realidad y se tiñe peligrosamente de individualismo y consumismo. Y aunque desde las grandes instituciones internacionales se impulsaron una serie de programas que consiguieron éxitos en la lucha contra el hambre y avances en la erradicación de algunas enfermedades, las desigualdades económicas y sociales comenzaron a aumentar una vez más, al tiempo que surgían también nuevas amenazas. Un capitalismo tan voraz como deslocalizado nos muestra hoy un divorcio cada día mayor entre las élites económicas, centradas en la globalidad y los intereses políticos presionados por lo local. De la opresión del pasado, que ofrecía posibilidades de liberación y lucha, de organización y utopía, se ha ido pasando a un sistema de exclusión que tienta con soluciones individuales. Uno de los sociólogos que más ha reflexionado sobre las nuevas condiciones sociales de nuestra época, Zygmunt Baumann, decía que “tan pronto como la competencia sustituye a la solidaridad, los individuos se ven abandonados a sus propios recursos, lastimosamente escasos y a todas luces insuficientes”. Y ello convierte a los excluidos en “clases peligrosas”, dada “la irrevocabilidad de su exclusión y las escasas posibilidades que tienen de apelar la sentencia”[8].

Los tiempos han cambiado, pero la pobreza, la desigualdad, la corrupción, el abuso del débil y la muerte violenta continúan teniendo dimensiones de epidemia en nuestro país. Las instituciones estatales, si bien se han fortalecido en comparación con las épocas de la guerra civil, continúan siendo débiles y en muchos aspectos incapaces de responder con prontitud y eficacia a las necesidades del pueblo salvadoreño, y especialmente a los deseos de esa suma de pobres y vulnerables que componen casi el 80% de nuestra población[9]. Algunas de las nuevas instituciones, como la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos o el Instituto de acceso a la Información Pública entre otras, ofrecen luces de esperanza. Pero carecen de recursos suficientes, al igual que otras instituciones básicas del Estado para responder a los retos que la realidad plantea. Las instituciones tradicionales relativas a los derechos económicos y sociales se han quedado en muchos aspectos estancadas. Continuamos con un sistema de salud público dual, que divide la calidad del servicio en dependencia de que se tenga trabajo formal o informal. Y el trabajo informal de la población económicamente activa sigue siendo ligeramente superior al 40%. Los que no gozan de seguridad social en el país ascienden aproximadamente a un 75% de la población. La escuela solamente gradúa de bachilleres al 40% de los jóvenes en edad  de graduación.  El sistema judicial es todavía ineficiente y lento. Los problemas de financiamiento tanto de la Fiscalía como de la Procuraduría General, son graves. La insuficiencia de recursos humanos y financieros en ambas instituciones dificultan severamente las tareas correspondientes y crean graves ineficiencias. Las gremiales de la Empresa Privada continúan con muy baja conciencia social, con una imposibilidad patológica a la hora de reconocer errores y con una irresponsabilidad nefasta en el campo de la fiscalidad.

La superficie boscosa continúa decreciendo en el país. La contaminación continúa siendo un problema grave. No nos estamos preparando para las repercusiones en el país del cambio climático que se avecina. El bono demográfico se nos termina en el año 2030 y a partir de entonces se notará también, especialmente, el envejecimiento de nuestra población. Mientra la población crecerá en los próximo cuarenta años un 30%, el número de personas en edad de pensión crecerá un 300%. Y a todo ello se suma una cultura de la violencia y la impunidad que deja sin justicia graves ofensas a la dignidad humana, como el asesinato, el abuso sexual, la extorsión, el robo y la corrupción. La cultura machista es una verdadera epidemia y el recurso a la fuerza bruta una tendencia demasiado extendida y generadora permanente de violencia

En este contexto es indispensable preguntarse cuál es el papel de la Universidad. Evidentemente la preparación de buenos profesionales, técnica, ética y profesionalmente bien preparados, es lo primero que suele surgir en nuestro pensamiento. Pues sin ellos será imposible acometer las reformas que el país necesita en tan múltiples ámbitos. Sin embargo la graduación de excelentes profesionales, aunque indispensable, no es suficiente para enfrentar los retos que nos presenta la realidad. Nuestro país configura la realidad prioritariamente desde dos elementos: la fuerza bruta y las ideologías. Fuerza bruta entendida como predominio del más fuerte en economía, en política, en armamento, en comunicación, en capacidad de manipular personas e instituciones e incluso en la utilización del agua, del medio ambiente y de la naturaleza. E ideología entendida como construcciones teóricas de diversa tendencia que no resisten una comparación adecuada con la realidad, que la falsean y que al posesionarse de ellas el poder, las utiliza para justificar sus abusos. Frente a la fuerza bruta y las ideologías que falsean la realidad, a la Universidad le corresponde el estudio, el análisis de la realidad y la coherencia racional y liberadora con la misma realidad en sus propuestas. Ante un tipo de civilización que privilegia el capital, anima las soluciones individuales y promueve un consumismo alienante y no sustentable, a la Universidad le corresponde, como ya repetían nuestros mártires, impulsar un nuevo tipo de civilización apoyada en el trabajo humano como fuente de autorrealización y desarrollo[10], respetuosa con la naturaleza y capaz de universalizar los derechos básicos correspondientes a la igual dignidad humana.

Frente a la realidad actual de El Salvador el estudio y la propuesta deben recorrer los derechos básicos de la persona. La vida, la integridad personal, la violencia, la pobreza y la marginación forman una especie de unidad perniciosa que debemos enfrentar en su propio conjunto. Las amenazas contra la vida no son exclusivamente las que aparecen casi todos los días en los periódicos bajo la forma del abuso o la delincuencia. En la base de las amenazas constantes contra la vida hay actitudes culturales violentas y estructuras sociales del mismo estilo, que invisibilizan necesidades al tiempo que marginan y condenan a la pobreza. Investigar y analizar las amenazas contra la vida de un modo integral, proponiendo simultáneamente lineamientos educativos de cultura de paz y conocimientos básicos para la transformación de estructuras injustas, resulta indispensable para el quehacer universitario.

La universidad está especialmente dotada, desde su capacidad de estudio y análisis, para enfrentar toda estructura social. A Ellacuría le gustaba decir que tenemos que preguntarnos sistemáticamente “qué estructuración de la sociedad permite el desarrollo pleno y libre de la persona humana”[11]. Necesitamos estructuras sociales e instituciones que permitan el acceso universal a bienes básicos, como la educación, la salud, el salario o ingreso decente, la vivienda, el descanso, la seguridad e integridad personal, el agua o el medio ambiente saludable. La Universidad debe buscar sistemáticamente no sólo analizar la limitaciones en los derechos sino diseñar también las posibilidades  y funcionamientos institucionales que permitan el acceso a los mismos. Si trabajamos con instrumentos colectivos y de orientación estructural[12], como lo son la ciencia, la técnica, las profesiones o a la misma Universidad, no podemos darnos el lujo de servir exclusiva o prioritariamente al desarrollo individual, y menos en medio de una cultura que impulsa un egoísmo individualista y una desigualdad escandalosa.

Para lograr la incidencia cultural y estructural a la que estamos llamados, Ellacuría, de nuevo, insistía en la palabra eficaz y el compromiso beligerante, unidos en nuestro caso a la inspiración cristiana. La eficacia de la palabra viene siempre dada por una investigación que une la seriedad profesional con la humildad personal. “Busquemos como buscan los que aún no han encontrado, y encontremos como encuentran los que aún han de buscar”[13], decía San Agustín sintetizando ambas dimensiones. Y la inspiración cristiana, con su dimensión solidaria y samaritana, resulta fundamental tanto para poner los ojos en el que sufre como para realizar la adecuada autocrítica, dado el peligro, y a veces tendencia universitaria, de convertirse en un instrumento elitista dedicado a perpetuar desigualdades y a regodearse en la superioridad de un conocimiento abstracto y reservado para los iniciados. La inspiración enraizada en el Evangelio hace real lo que Zubiri, maestro de Ellacuría, decía de la investigación: “el que se dedica a la realidad verdadera... no posee verdades, sino que, por el contrario, está poseído por ellas”. Es decir, la realidad de los pobres y las víctimas del presente, debidamente conocidas, incorpora el dolor investigado como propio dolor personal que nos urge y nos impulsa a la liberación de todo dolor. Ese es el legado último y prioritario de nuestros mártires, sellado con su sangre. Sangre generosa y beligerante que es y será siempre semilla de liberación.


[1]Carta a Diogneto, 6, 5-6. En Padres Apostólicos, BAC, pg 851

[2]    ATENAGORAS, en Padres Apologetas, BAC, pg 706.

[3]    Ignacio Ellacuría, Escritos universitarios, pg 180

[4]    Ibíd, pg 189

[5]    Ibíd, pg 203

[6]    Minucio Felix, Octavius, XXXVII, PL 3, 353.

[7]    Kolvenbach, Peter-Hans: Congregación de Provinciales, Acta Romana 20 (1990) 452

[8]    Zygmunt Baumann, “Tiempos líquidos”, Tusquet Editores, pgs 99 y 100, Barcelona 2013

[9]    Informe Regional sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe: Progreso multidimensional: Bienestar más allá del Ingreso, PNUD, 2016, pg 305

[10]  Ver I. Ellacuría,  Escritos Teológicos II, UCA Editores, San Salvador 2000, 275

[11]  I Ellacuría, Escritos Universitarios, pg  66

[12]  Ibídem, en la misma página Ellacuría insiste en la orientación estructural de la Universidad

[13]  De Trinitate IX, 1