Mano dura y pies flojos

Rodolfo Cardenal

 

El espectáculo de dos mil pandilleros semidesnudos, rapados, encadenados, amontonados en cuclillas, en largas hileras, animalizados, ha dado la vuelta al mundo. Unos han recibido la degradante representación con entusiasmo. Hay extranjeros que suspiran por un gobernante como Bukele para su país, incluso quien pide una versión estadounidense (al parecer, Trump no ha sido suficiente). Otros han reaccionado repulsivamente a la exhibición de brutalidad. La deshumanización de los prisioneros envilece también a los funcionarios de un régimen que se imaginan superiores. En realidad, la única superioridad que pueden ostentar es la del ejercicio degradante del poder.

Los que aplauden y también los que observan con indiferencia o vuelven la mirada hacia otro lado harían bien en estar atentos, porque, en cualquier momento, la barbarie se puede volver contra ellos, tal como ya lo experimentan algunos policías y colaboradores, y no pocos confiados en que nada debían. Las fichas incriminatorias son fabricadas en las unidades policiales según las circunstancias. Un régimen tan temerario no es confiable.

Otro motivo de inquietud para los entusiastas es que la razón por la cual Bukele persigue a las pandillas no es genuina. Washington ha ratificado que, desde 2019, el mandatario salvadoreño negoció con ellas privilegios económicos, reducción de penas, facilidades para el control territorial, condiciones cómodas de detención, reformas legislativas, rechazo a la extradición a Estados Unidos y garantías para algunos de los líderes más buscados. Todo eso a cambio de reducir los homicidios y de votos para él y sus candidatos. El azote actual de criminales y terroristas ha sido también su cómplice y valedor. Cambió de posición no por principios, sino porque las pandillas, confiadas en su poder homicida de negociación (exitoso en abril de 2020, cuando asesinaron a 76 personas, y en marzo de 2021, cuando asesinaron a otras 45), exigieron demasiado. En marzo de 2022, la presión criminal ya no les dio resultado. El asesinato de 87 personas en un fin de semana desacreditó el llamado plan de control territorial, al que hasta entonces se atribuía el descenso de los homicidios, y puso a Bukele en ridículo.

Desairado y humillado, este emprendió con saña la “guerra contra las pandillas”. El llamado gabinete de seguridad no estudió a ninguna de ellas ni a sus prácticas, tal como ahora alega engañosamente. La guerra es una operación de exterminio, rabiosa y vengativa. La contestación favoreció enormemente la popularidad de Bukele dentro y fuera del país, relegó al olvido las negociaciones con las pandillas y el aparente plan de control territorial, y proyectó la imagen de un hombre fuerte, que no se detiene ante nada ni ante nadie y que impera sobre “la cárcel más grande del mundo”. La represión indiscriminada y sus consecuencias, en concreto, la sensación de seguridad, no es más que el desahogo de un orgullo herido. Si la decisión de combatir a los pandilleros estuviera motivada por el respeto a la vida o por convicciones jurídicas y éticas, Bukele daría el mismo tratamiento a los corruptos que desvalijan al Estado, un crimen tanto más grave en cuanto que este está muy endeudado y sin liquidez. Sin embargo, los corruptos no solo son tolerados, sino también consentidos y protegidos, porque forman parte integral de la estructura del régimen.

No han sido, pues, las organizaciones defensoras de los derechos humanos y de la institucionalidad democrática las valedoras de los pandilleros, sino el mismo Bukele. Emprenderla contra ellas es otra distracción deliberada, que hace las delicias de bastantes seguidores, en particular, extranjeros creyentes a pie juntillas en conspiraciones de poderes maléficos ocultos, a quienes culpan de sus frustraciones. Bukele sacó buen provecho de su alianza con las pandillas. Se volvió contra ellas cuando intentaron irse arriba, justamente cuando ya no las necesitaba; tenía el poder total del Estado y despejado el camino de la reelección.

Pero este gigante de las fuerzas más retrógradas y enajenadas, amantes de la dictadura, del militarismo y la represión, tiene los pies de barro. Su grandeza no descansa en promesas cumplidas para beneficio de las mayorías, sino en la incondicionalidad del Ejército y la Policía, en una enorme maquinaria propagandística digital y en la popularidad. Los cimientos no son sólidos. La popularidad, así como lo ha encumbrado, lo puede dejar caer como objeto inútil cuando ya no convenza. Por eso necesita alimentar constantemente sus aspiraciones con algunas obras llamativas, pero dispersas y de alcance limitado. El esfuerzo digital es arduo y caro, pero insuficiente para consolidar la popularidad, porque no satisface las necesidades más sentidas de la gente.

Cuando la popularidad dé señales de agotamiento irreversible, Bukele tendrá que decidir si acepta el fracaso y se retira de la manera más digna posible, o lanza a sus huestes contra los insatisfechos, los descontentos y los protestantes con la misma brutalidad que contra los pandilleros. Siempre existe la posibilidad de gobernar para el bienestar de las mayorías, pero eso, por ahora, está descartado.