(Carlos Ayala Ramírez)
“El ser humano
es el gran medio de comunicación; después vienen los medios”. La
frase con la que titulamos nuestra reflexión es de don Pedro Casaldáliga*
y hace referencia a una necesidad actual y frecuentemente olvidada: volver al
carácter esencialmente humano de la comunicación. La llamada sociedad de la
información ni siquiera se hace problema de esto que, no por obvio, deja de ser
fundamental. Nos referimos al hecho de que el ser humano es un ser de relación
y de comunicación.
Esta naturaleza
implica por lo menos tres cosas: primero, que la persona y la comunidad humana
son los sujetos de la comunicación y, en consecuencia, son el fin y la medida
del uso de los medios de comunicación; segundo, en coherencia con lo anterior,
los comunicadores debemos ejercer la comunicación como un servicio que responde
a la necesidad que tiene la gente de información veraz, de expresión propia,
de acompañamiento, de sentido de pertenencia; tercero, la meta de la comunicación
social debe ser la humanización y se humaniza cuando se facilita la participación
informada de los ciudadanos, cuando se concreta una verdadera comunicación
entre medios y audiencias, cuando se hace central la realidad de las mayorías,
cuando la comunicación se pone al servicio de la verdad y en contra de la
mentira, al servicio de la justicia y en contra de la injusticia.
Monseñor
Romero, Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino han historizado bien el carácter
humano de la comunicación. Ellacuría lo planteaba en los siguientes términos: “Si la
UCA pretende incidir en la transformación de la sociedad entre otros medios a
través de la formación de la conciencia colectiva, es obvio que necesita
emplear los medios de comunicación social. Estos medios no se utilizan en busca
de un vago e indiferenciado modo de contribuir a la extensión cultural, sino
con el propósito decidido de contribuir al cambio social” (Las funciones
fundamentales de la universidad y su operativización, p 34). Monseñor Romero consideraba a los
medios de comunicación social como “instrumentos al servicio del pueblo para
la transformación de la sociedad” (15 de febrero de 1980). Sobrino afirma que
“sin espíritu de verdad no es posible una comunicación eficaz y humana,
mientras que con ese espíritu sí es posible” (Liberación de la verdad
oprimida). Desde estas perspectivas ya no podemos hablar simplemente del poder
de los medios, sino de la autoridad (confianza y credibilidad) que éstos puedan
tener cuando se constituyen en instrumentos al servicio del cambio social (de la
injusticia a la justicia), al servicio del
pueblo (dando voz al silenciado o al que ha sido sometido al anonimato),
al servicio de la verdad (buscando, comunicando y defendiendo la verdad). Aquí
la comunicación implica no sólo llegar al otro, sino llegar con lo mejor para
el otro.
“Que el pueblo haga sentir
su voz” . Esta
segunda frase es de Ignacio Ellacuría. Según este espíritu, no se trata sólo
de que los medios de comunicación busquen servir al bien de la persona
considerada genéricamente, sino de hacer central a aquellos y aquellas cuya
realidad y cuya palabra ha sido sometida a la inexistencia. A este ámbito
pertenecen las mayorías pobres, cuya realidad es encubierta ya sea manteniéndose
indiferente a sus clamores o, enfocándola de forma tal que no se conozcan las
causas estructurales que producen inequidad.
Pertenecen también las víctimas masivas de los imperios modernos que
con sus guerras “preventivas” producen muerte y sufrimiento en pueblos que
se encuentran en total indefensión (sufrimientos que suelen estar ausentes en
los medios de comunicación en manos de grupos poderosos). Una comunicación humana es la que
posibilita que esas víctimas tomen la palabra, es decir, tomen nombre, rostro,
identidad, historia. Monseñor Romero es un referente ejemplar en ese tipo de
comunicación. Con razón se ha afirmado que las homilías de Monseñor Romero
fueron el primer informe de la verdad que ha conocido El Salvador,
desenmascarando los mecanismos del horror y a sus responsables, al tiempo que
daba nombre y existencia a las víctimas.
YSUCA en la tradición de la comunicación humanizadora: Considerar, pues, al ser humano como el gran medio de comunicación, supone: la puesta en práctica de una ética de la recepción que valora a la audiencia no como simple receptor, cliente o usuario, sino como personas concretas, sujetos de derechos, de responsabilidades, de necesidades, de posibilidades, de discernimiento crítico; supone también el compromiso de fomentar una conciencia colectiva con criterios éticos y políticos que favorezcan la refundación de la sociedad sobre la base de la equidad y la justicia. Una conciencia colectiva que mantenga la fuerza de la memoria histórica como antídoto para la fugacidad, la instantaneidad y el olvido. Esta tradición y esta práctica es la que ha inspirado el trabajo realizado durante 15 años por YSUCA (11 de noviembre de 1991-11 de noviembre de 2006). Tiempo en el que se ha ido construyendo y madurando un tipo de comunicación al servicio de los pobres, de la participación ciudadana, de la verdad. Un tipo de comunicación que crea comunidad (de radio-hablantes) y solidaridad (voz con vos). Un tipo de comunicación inspirada en el modo de ser y de actuar de Jesús de Nazaret: en su talante compasivo (se conmovía hasta las entrañas al ver a las muchedumbres angustiadas y desvalidas); en su actitud desenmascaradora de los que explotan al pueblo en la esfera social o religiosa; en su solidaridad escandalosa con los excluidos de su tiempo. Un tipo de comunicación que exige de nosotros un perfil de comunicador y comunicadora: utópico, crítico, cuidador, intermediador y con buen sentido y sana razón. A esa comunicación nos hemos apuntado en estos quince años.
* Obispo y poeta, una de las figuras más destacadas de la teología de
la liberación.