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El sueño y la pesadilla de Noé

Victoria Alas
Periodista

El Director de cine Uli Stelzner presentó con gran satisfacción el documental “Asalto al sueño. La pesadilla del migrante rumbo al Norte”, en el que se relatan los sufrimientos y tristezas que pasan todos las personas que intentan llegar ilegalmente a Estados Unidos.

Las imágenes se sobreponen una tras otra en la pantalla. Un joven delgado mira a la cámara y su mirada termina por clavarse sobre el público que se encontraba en el Auditórium de la UCA . Noé barre y recoge basura en la terminal de buses en Tecún Umán, en la frontera entre Guatemala y México, un trabajo que se extiende hasta que el último autobús ha salido, a las 2:15 a.m. Camiseta desmangada y sucia, pantalón cortado a 20 centímetros de los tobillos, mochila negra en la espalda, escoba azul en las manos y el cansancio dibujado en la cara… Sólo quiere reunir el dinero suficiente para comprar un regalo para su madre y regresar a su natal Nicaragua. “Lo más duro para mí es estar sin mis hijos y sin mi mamá. Aquí estoy en la calle. No tengo apoyo de nadie, sólo a Dios que toca los corazones de la gente”, dice Noé a la cámara. “El que se queda en el camino, ya no regresa a su casa, ya no regresa...”, remata. El público no dice ni una sola palabra.

Cuatro meses atrás, Noé soñaba como muchos con trabajar en Estados Unidos, hacerse de algunos dólares pa­ra mandar a la casa y, sí todo salía bien, forjar una nueva vida bajo los beneficios del eterno “sueño ame­ri­cano”. En la práctica, Noé solo engrosa las estadísticas de la mayoría que se quedó en el camino. La historia de es­te nicaragüense fue una de las tantas que inspiraron Uli Stelzner, director alemán, a hacer el documental “Asalto a un sueño. La pesadilla del migrante rumbo al Norte”

Stelzner tuvo su primer acercamiento a la historia de los migrantes centroamericanos desde las páginas de los periódicos locales de Guatemala. Un día, clavó sus ojos celestes en una fotografía con cientos de migrantes su­bien­do a un tren de carga en el sur mexicano. Otro día, en la foto de un grupo de deportados procedentes de Mé­xico. Las dos imágenes fueron suficientes para saber que la realidad de miles de centroamericanos que bus­can el sueño americano se mueve entre la de­cisión, la inseguridad, la esperanza, la incer­tidumbre, la fe de un futuro mejor para sus fa­milias, el cansancio o la misma muerte.

Director y productor de cine y video indepen­diente –además de haber sido futbolista, fotó­grafo, recogedor de basura, panadero y profe­sor de primera en Bolivia-, Uli no tardó en ha­cer que esas dos imágenes se convirtieran en un proyecto: un viaje sin guías por las frontera norte guatemalteca para la elaboración de un guión, un primer paso en un posible documental. Ya en la región, las entrevistas y los encuentros con indocu­mentados convirtieron aquel potencial guión en una película: “Asalto al sueño”.

“Andaba sólo con mi mochila por la frontera, dependiendo sólo de mi instinto frente a los encuentros intensos, fugaces y siempre casuales, a veces amenazantes; todos  ellos marcados por mi curiosidad y la confianza que me brindaron los hombres, mujeres y niños migrantes... Todos y todas no dudaron de hablar conmigo. A veces sólo por soltar la tensión, pero sobre todo para poder relatar acerca de las agresiones recibidas desde la salida de sus casas”, describe el director en la sinopsis de la película.

Esteban, salvadoreño, relata las agresiones que sufrió en el tren que sale desde Tapachula hacia la frontera con Estados Unidos ante la cámara. Brazos fuertes, mirada penetrante, bigote recortado y rostro de rasgos gruesos. Sus manos dibujan ademanes en el aire mientras dice como miembros de una mara –en toda la zona operan la Mara Salvatrucha y la Mara 18-  le robaron todo el dinero que llevaba. La cámara se aleja y Esteban continúa: el tren en movimiento, los mareros lo toman de brazos y piernas y, tras una cruel cuenta regresiva, lo tiran a los rieles. El plano general muestra al salvadoreño apoyado en su cama en el albergue “Jesús, el Buen Pas­tor”, en la fronteriza ciudad de Tapachula; con sus piernas amputadas y la fe renovada. Su relato se extien­de: “Un día llegó una señora al hospital y me dijo: ‘No tienes tus piernas, pero suficiente para alabar a Cristo... Vas a sacar todo de dentro de tu corazón: las drogas, los vicios, los bares, los maltratos… todo. Has quedado como un Ángel. No más busca a Cristo de corazón. Y eso me cayó en el corazón bien lindo”, recordó.

La búsqueda del “sueño americano” no es algo exclusivo de los hombres. Mujeres, en su mayoría madres solteras, de todas edades pasan ante el lente cómplice de la cámara y narran historias de violencia, violación y esclavitud. Historias de cómo son raptadas al llegar a Matamoros, México, y sufren de abusos físicos y mentales -“Es una de las peores experiencias”, comenta una joven- o terminan muertas por el hambre y por el frío al lado de los rieles del tren. Historias de sueños y pesadillas.

Pero el “sueño americano” es cautivador. Uno tras otros, migrantes de diferentes países hablan de haber intentado llegar en más de 10 ocasiones y, aún sin lograrlo, no se darán por vencido. Hablan de haber pasado 15 veces por la frontera mexicana y otras 15 haber regresado deportados; de no darse por vencido, de encomendarse a Dios –“El único que nos puede dar fuerza en el camino”, dicen- y de cumplir a toda costa el sueño de trabajar en Estados Unidos para darle una vida mejor a su familia,

Noé pertenecía a ese grupo de entusiastas al principio. Pero, para cuando Stelzner lo reconoció en la Terminal de buses de Tecún Umán, Guatemala, este nicaragüense ya no pensaba igual. “Siempre le digo yo a la gente que no le dé la basura a otros… que me la dan a mí siempre para que yo me pueda ganar algo, ¿no? Porque si no, ¿cómo hago?”, dice a la cámara. Se le veía cansado, siempre alerta –porque la zona era peligrosa por los traficantes- y con rasgos desnutrición. Ante la cámara llora, habla de comprar un regalo a su madre para el 10 de mayo, como si regresar con las manos vacías a su casa lo hace todo más humillante, y promete cuidarse. Una semana después de la entrevista, Stelzner se entera que Noé había sido asesinado. “El que se queda en el camino, ya no regresa a su casa, ya no regresa…”, decía el nicaragüense.