No. 673-674 Noviembre - diciembre 2004

 

NÚMERO MONOGRÁFICO

 

 

 

 

Homilías

 

No temer a los cambios necesarios

José María Tojeira

 

Vigilia del 13 de noviembre


Estamos una vez más recordando a nuestros hermanos mártires. Y recordándoles no sólo desde la alegría de saber que siguen vivos, inspirándonos y animándonos a trabajar por los demás, sino sabiendo que su causa crece de muchas maneras entre nosotros. Avanza en nuestra resistencia al mal, avanza en el conocimiento de los caminos de fraternidad que debemos recorrer, avanza en nuestra capacidad de propuesta frente a una sociedad demasiado centrada en el enriquecimiento egoísta y en el desprecio del pobre. Las lecturas que hemos elegido nos hablan muy claramente de la posición radical que la Palabra de Dios tiene con respecto a la pobreza injusta. Mata a su prójimo quien no le da el sustento. Mata al trabajador el que no le da un salario suficiente. Crucifica, en definitiva, a su hermano o hermana el que lo mantiene en la pobreza. Por eso, Ellacuría y sus compañeros insistían tanto en que había que bajar de sus cruces a los crucificados de este mundo. Compartir, devolver al hermano excluido y marginado el reconocimiento de su dignidad, amar al prójimo como a sí mismo es el único camino, según la palabra de Dios, para poder llegar a ser seguidor de Jesucristo.

Ante esta palabra que habla con tanta fuerza y vigor de la solidaridad con el pobre, y ante nuestros hermanos, que dieron la vida por la paz con justicia, para que la gozaran especialmente los pobres y sencillos de nuestro país, es necesario que hoy, quince años después, renovemos nuestro compromiso con la transformación de nuestro El Salvador. Este El Salvador en el que sigue habiendo pobreza y en el que se ha cebado una enorme plaga de violencia, apoyada en la misma miseria e injusticia, y en la impunidad de los poderosos, que sirve como estímulo y ejemplo para los delincuentes. Plaga de violencia que nos ha golpeado también en la Universidad, llevándonos en el semestre pasado a tres magníficos estudiantes, muchachos buenos, promesa frustrada de honradez y desarrollo para nuestra patria. Quisiera, en esta misa, recordarlos por su nombre. Sergio Coto, asesinado a los tres días de comenzar el primer semestre. Ismael Orellana, asesinado en un bus por no llevar dinero. Y Ernesto Ávila, asesinado también por mostrar un gesto de desagrado ante el robo que estaba padeciendo. Tres espléndidos jóvenes, cuyo crimen permanece impune, pero cuya muerte nos reta una vez más a cambiar radicalmente a esta porción del territorio centroamericano, y al resto de Centroamérica, donde nuestros hermanos sufren la misma pobreza y violencia. Cómo no querer revertir a historia desde las víctimas, si las víctimas eran lo mejor de nuestra historia.

Recordábamos la situación de El Salvador, cuando el año pasado, Juan Pablo II decía que “hoy más que ayer, la guerra de los poderosos contra los débiles ha abierto profundas divisiones entre ricos y pobres. Los pobres son legión. Y en el seno de un sistema económico injusto, con disonancias estructurales muy fuertes, la situación de los marginados se agrava de día en día. En la actualidad, hay hambre, en muchas partes de la tierra, mientras en otras hay opulencia. Las víctimas de estas dramáticas desigualdades son sobre todo los pobres, los jóvenes, los refugiados” (Pastores Gregis 67). Y hoy, a la luz de nuestros mártires, decimos que no queremos más guerra de los poderosos contra los débiles. Y nos animamos mutua y de manera esperanzada, porque si nuestros mártires vencieron al fin, pacíficamente, a los que hacían la guerra con metralla y con cañones, cómo no vamos a estar seguros nosotros de que podemos vencer, pacífica y conscientemente, esta guerra económica y legal que se sigue haciendo contra los pobres de El Salvador.

¿Qué país queremos? ¿Qué ansiamos cambiar en esta tierra crucificada? Ciertamente, queremos desterrar la pobreza y la violencia. Pero también la corrupción, la ineficacia de nuestras instituciones, un sistema judicial que, en palabras de Mons. Romero, todavía actuales, solo muerde al que camina descalzo.

Nuestro país necesita, en primer lugar, una transformación de actitudes, un cambio de cultura profundo. Tenemos que aprender todos a ver la historia desde los ojos de Lázaro y no desde la vida en opulencia e indiferencia del rico, al que tradicionalmente le hemos llamado Epulón, pero que en el evangelio permanecerá siempre sin nombre. Son las víctimas de la historia, los pobres, los débiles y los indefensos los que nos enseñan a tener valores, y no los poderosos. Son ellos, los sencillos, los que dieron su vida pacíficamente por la justicia, los que murieron mientras iban o volvían de estudiar, los que fueron asesinados mientras esperaban a un amigo, los que nos dicen que debemos cambiar esta historia de violencia, pobreza e injusticia social. Tal vez no sea fácil cambiar las actitudes. Pero aquí estamos, reunidos miles que queremos cambiar el país. Y por radio nos están escuchando otros miles más de personas buenas, bien intencionadas, que quieren un El Salvador mejor. Si liberamos nuestra generosidad, si nos dejamos impactar por el evangelio que nos habla de solidaridad y entrega, de opción clara y honda por los más pobres, podemos hacerlo. Tenemos a nuestros mártires, que aceleraron con la entrega de su vida el proceso de paz salvadoreño. Tenemos a Mons. Romero, que brilla como una luz en el camino, cada día más intensa y clara, mientras se apagan los brillos falsos de sus asesinos, por más dinero que le metan en publicidad. Tenemos a tanta gente buena, que empuja desde su trabajo diario, desde su esperanza, desde su opción por vivir solidariamente, desde su hambre y sed de justicia. Iniciemos entre todos una cultura de paz, de razón compasiva y misericordiosa que opta por los más débiles, de amor a la vida, en todo momento y en toda circunstancia.

En esta nueva cultura, en esta transformación de actitudes, entra la memoria de los que nos precedieron. Una memoria transformadora. La memoria de Katya Miranda, que exige que se transforme la justicia en nuestro país. La memoria de las hermanitas Serrano, dos niñas campesinas desaparecidas, que han logrado llevar al estado salvadoreño, por primera vez, al tribunal de derechos humanos de la Organización de Estados Americanos. Los ángeles inocentes e indefensos a punto de derrotar a un Estado con toda su prepotencia, con todo su dinero, con todo su ejército y con toda su propaganda.

El evangelio del pobre Lázaro nos habla del triunfo final de los justos y en la historia el Señor nos da el consuelo de ver cómo los humildes, poco a poco, logran bajar a los potentados de los tronos y los obligan a pedir perdón. Las palabras de María, nuestra madre, esa mujer fuerte, mucho más semejante a las madres que, en tiempo de guerra, lloraban la muerte injusta de sus hijos que a las pinturas de mujer rica con las que a veces se nos muestra, aseguraba que Dios llenaría de bienes a los pobres, mientas a los ricos los despediría vacíos. Nuestros mártires, todos los mártires de El Salvador, sean famosos o desconocidos, y a quienes recordamos como los nuevos próceres de El Salvador, nos empiezan a decir que hay una nueva historia, donde la dignidad, el respeto a los pequeños y la justicia son posibles para todos. Aunque haya que luchar pacífica y permanentemente. Aunque haya que esforzarse. Aunque haya que confiar en medio del fracaso y del dolor. Por eso, no descansaremos hasta que los victimarios pidan perdón.

Esta opción por los pobres hoy, en nuestra historia y en nuestro país concreto, en nuestra Centroamérica querida, nos lleva a exigir una inversión mucho mayor en educación. Que nadie sin capacidad para estudiar se quede sin la oportunidad de hacerlo. Que desaparezcan las desigualdades entre los institutos públicos y rurales y los privados de la capital. No para bajar el nivel de los capitalinos, sino para subir el nivel de todos y ofrecer una igualdad de oportunidades real, a todos nuestros hermanos y hermanas. Cómo no preocuparnos si vemos que se persigue con tanto afán la firma del tratado de libre comercio y se olvida, entre tanto, preparar, instruir y educar a nuestra gente para que no nos arrase la competencia de quienes tienen mejor preparación y más dinero.

Esta misma opción nos exige un único sistema de salud y una mejora del sistema para todos y todas. Cómo es posible que hoy todavía una madre campesina, que ha dado a luz diez hijos, que ha trabajado toda su vida más que nadie, que ha creado riqueza para El Salvador, tenga menos derechos en el campo de la salud que un burócrata que ha quemado su vida tratando mal a la gente detrás de una ventanilla. ¿Por qué ella no tiene derecho a medicina, en el sistema del Ministerio de Salud, mientras al burócrata se la dan gratis en el seguro social? Esto tiene que cambiar en nuestra patria para que podamos llamarnos verdaderamente hermanos sin que se nos caiga la cara de vergüenza. Aunque algunos no tienen vergüenza y tienen la cara tan dura que es casi imposible que se les caiga. Pero no se preocupen, la dureza está en las máscaras que se colocan, y ésas se pueden quitar.

Todas las instituciones estatales tienen que servir a todos y todas por igual. Empezando por un sistema de justicia, que funciona todavía demasiado apegado al poder y al dinero. Un sistema en el cual las víctimas del pasado nunca ganan, aunque las instancias internacionales de justicia digan que tenían dignidad y razón. Romper el monopolio de la acción penal de una fiscalía demasiado politizada y dependiente en exceso de los poderes dominantes, es una exigencia para el mejoramiento de la justicia. Lo mismo que reorientar una policía, tan necesitada de formación, depuración y reformas para poder servir mejor al ciudadano y al país. Y continuando por la organización del sistema de impuestos, hasta ahora demasiado apoyado en los más pobres y en la clase media, y que deja a los más ricos hartándose con el pastel nacional y sin que se les exija responsabilidad, en el desarrollo de todos.

Cómo no exigir, en ese contexto, una auténtica reforma fiscal. No sólo el reordenamiento de impuestos realizado hasta ahora, sino una verdadera reforma, que toque a los que los evaden. La riqueza la producimos entre todos en este país. Todos trabajamos. Pero el modo de apropiarse de ella está demasiado inclinado a favor del más poderoso, del cual tiene apoyo político, o del cual pueda engañar y explotar con impunidad. Si es cierto el dato que ha circulado, de que en El Salvador solo 1,065 personas declaran un salario superior a 4 mil dólares mensuales, eso quiere decir que hay fácilmente 50 mil salvadoreños que le engañan y le roban al Estado. Contra esos 50 mil ricos es que hay que hacer una verdadera reforma de impuestos y no querer cargarle todo el peso impositivo a los pobres y a la clase media, a través del impuesto al valor agregado. El mantener al país en esa incapacidad de tocar el bolsillo de los que tienen, es la fuente de muchos de los males que nos aquejan. No tengamos miedo en pedir los cambios que necesitamos. Si no necesitamos ejército es mejor decirlo y dedicar esos fondos a educar a los jóvenes del campo y de los barrios marginales, en nuestros colegios y escuelas, a reformar el sistema de salud y a combatir el crimen que tanto dolor y luto nos trae a todos. Qué bonita sería una Centroamérica desmilitarizada, enrumbada en caminos de paz y de desarrollo.

Las lecturas nos dicen que el Señor oye las quejas del huérfano y de la viuda. No duden que el Señor está oyendo nuestros clamores y tiene sus ojos puestos en El Salvador, en Centroamérica, y en tantos países del mundo donde la guerra, la pobreza o las catástrofes humanitarias se suceden, en dolor y en desesperación. Pero el Señor quiere que seamos nosotros y nosotras los que sigamos el camino de Jesús. Ese camino pacífico que pide que carguemos con la cruz de la solidaridad y del amor, día a día. Esa carga que siempre será ligera porque Él camina con nosotros. Que digamos, desde la paz y la razón, nuestra verdad, la verdad de los pobres y las víctimas, la razón de los hombres y mujeres de buena voluntad, que quieren, desde el diálogo y el testimonio personal, hacer un mundo más justo y más humano. Si el Señor está con nosotros, quién contra nosotros, que decía san Pablo. Y si al lado del Señor están también Mons. Romero, nuestros mártires jesuitas con Elba y Celina, los niños y niñas de El Mozote y de tanta masacre, Katya Miranda, y nuestros estudiantes asesinados en el pasado y en el presente, Sergio, Ismael y Ernesto, ¿quién contra nosotros? ¿El poder del vil dinero, como lo llama el evangelio? ¿La propaganda mentirosa? ¿El egoísmo de una sociedad de consumo?

En todo ello vencemos por la fuerza de Jesús, el Cristo, que nos amó desde la cruz. Y en todo ello vencemos, porque muchos años después sigue habiendo profetas, sigue habiendo mártires y sigue habiendo personas de buena voluntad, como ustedes, hermanos y hermanas, que nos acompañan, que creen en el Señor Jesús y que están dispuestos a curar las heridas y enjugar las lágrimas de este El Salvador herido, por el pecado y la injusticia. Que el recuerdo de nuestros mártires, unido a la presencia del Señor Jesús, vivo entre nosotros, en la comunidad, en la palabra y en el sacramento, nos anime con ese ánimo y esa fuerza, que nada ni nadie nos puede arrebatar. Que así sea.

 

La voz de su sangre, la más elocuente de las palabras

José A. Idiáquez

 

Provincial de la Compañía de Jesús
Cripta de la catedral metropolitana
14 de noviembre de 2004


Querido Monseñor Romero:

Los jóvenes de la pastoral universitaria de la Universidad Centroamericana me pidieron que presidiera esta eucaristía en su cripta, aquí en catedral. Acepté con gusto, porque para mí, es un regalo de Dios tener la oportunidad de partir el pan, en un lugar sagrado, símbolo de la muerte y resurrección del pueblo salvadoreño.

Anoche, en la UCA, nos reunimos un buen número de personas para celebrar la muerte y resurrección de Elba, Celina, mis hermanos jesuitas y de todos los mártires de su Pulgarcito de América. En esa celebración, hicimos realidad lo que usted decía: “que nuestras misas debían de caracterizarse por la alegría, por el canto, la participación, el contacto con ese Dios que nos ama, porque nuestra religión en un festín”. Me imagino que hasta el cielo llegó el delicioso olor de las pupusas calientitas y de los tamalitos que compartimos y que usted tanto disfrutó, en las visitas a los cantones más recónditos de su querido El Salvador. Sé que también escuchó los fuerte aplausos que le dimos porque, no hay duda, que usted es nuestro Mártir mayor. Y estoy seguro que en el cielo no hubo necesidad de votación popular para esa elección, porque está claro que usted sigue siendo la cabeza y el pastor de la Iglesia martirizada de El Salvador. Esta eucaristía, Monseñor, es para nosotros un acto de reconocimiento y de agradecimiento de nuestros mártires, de sus familiares, del pueblo salvadoreño y de los pobres de este continente, por indicarnos el camino, que nos lleva al encuentro con Jesús resucitado.

En el evangelio de san Lucas de este domingo, Monseñor, Jesús nos presenta un serio problema que usted enfrentó en vida; pero al mismo tiempo, nos da la solución. Nos dice que por su causa y para dar testimonio de Él, nos “perseguirán, nos apresarán, nos llevarán a los tribunales y nos harán comparecer ante reyes y gobernadores. Matarán a algunos de ustedes y todos los odiarán por causa mía”. Pero inmediatamente después de esa mala noticia, Jesús nos tranquiliza y nos da la paz interior que usted transmitía a su pueblo, desde esta catedral. Y Jesús nos dice: “grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes”.

Su experiencia entre nosotros, Monseñor, como pastor de su pueblo, nos da la plena seguridad que las palabras de Jesús se han hecho realidad en El Salvador. Hubo odio y maldad de los gobernantes y poderosos de este país, que los llevó a cometer la mayor injusticia que un ser humano puede hacer: quitar la vida a un inocente. Pero se equivocaron, porque esa injusticia la están pagando caro: no apagaron su voz y su profetismo sigue incomodando a los que se sienten reyes, en este país. En esta catedral, en su homilía del 21 de junio de 1979 ?nueves meses antes de su asesinato?, usted dijo unas palabras proféticas, que hoy aprovecho para recordarle a los asesinos intelectuales y materiales de su persona: “la voz de la sangre es la más elocuente de las palabras. Por eso esta cátedra se siente solidificada por el testimonio de la sangre que en esta catedral se ha hecho ya casi una voz ordinaria. Aquí se ha derramado sangre del pueblo, sangre de sacerdotes. Desde esta catedral, hemos tratado de interpretar el lenguaje de tanta sangre derramada por nuestro país, en las montañas, en las calles de nuestras ciudades y de nuestras carreteras, en las playas. ¿Dónde no se ha regado la sangre que esta catedral, intérprete de ese lenguaje de dolor y de angustia, trata de hacerla un mensaje de consuelo y esperanza?”.

Sus palabras eran vida, porque ese era usted: un sacerdote experto en el “lenguaje del dolor y de la angustia” de un pueblo crucificado. El obispo que compartía las penalidades de los otros. El hombre frágil, que no permitió que los adversarios del pueblo desterraran el sufrimiento del inocente al anonimato, carente de expresión. Como olvidar sus denuncias valientes ante los asesinatos de sus sacerdotes. Todavía resuenan en esta catedral los aplausos que le brindaron aquel 14 de enero de 1979, cuando usted dijo: “‘¡El que toca a un sacerdote toca al arzobispo!’. Yo quiero expresar mi solidaridad con los sacerdotes, las religiosas y los demás agentes de pastoral, cuyas vidas están en peligro. Solidarizarme porque sé que sus actuaciones y enseñanzas responden a las exigencias de una Iglesia que nos pide un compromiso con el verdadero mesianismo de Cristo, que lleva ?como a Cristo? a las fronteras de la muerte, ¡hasta el calvario! Y les diré a los queridos sacerdotes, religiosas y fieles que trabajan y viven este verdadero mesianismo, que no se desanimen, que nos apoyemos juntamente para seguir dando honor a Jesucristo…”.

Sus palabras proféticas siguen siendo inspiración para las madres, las esposas, las hermanas, los hermanos, las hijas, los hijos de nuestros mártires: “la voz de la sangre sigue siendo la más elocuente de las palabras”. Y es, justamente, “el color de la sangre de nuestros mártires la que jamás se olvida”, la que nos convoca y fortalece para seguir trabajando por la causa de Jesús. Es esa sangre la que, en estos días, nos permite renovar nuestro compromiso cristiano, seguros de que vamos a resistir los embates del adversario. Queremos que el XV Aniversario de los mártires de la UCA se convierta en una ocasión para anunciar al mundo que estamos a las puertas de celebrar los veinticinco años de su muerte y resurrección. Que el próximo 24 de marzo de 2005, vendremos a rezar con usted. Una vez más, usted nos convoca y nos invita a la solidaridad. Celebraremos veinticinco años de que la “voz de su sangre” sigue acompañando al pueblo salvadoreño, en sus luchas, en contra de las medidas económicas injustas.

Como usted sabe, Monseñor, la llamada globalización o mundialización está produciendo buenos resultados para unos y pésimas consecuencias para otros. Uno de los peores resultados es la exclusión de las cosas buenas, que el proceso produce: eso significa que los más pobres, como siempre, Monseñor, no tienen acceso a la buena atención médica, ni a las medicinas; siguen siendo excluidos de una buena educación; no tienen posibilidades de entrar en el mundo de Internet, los millones de seres humanos que son analfabetos y que continúan sin obtener los servicios de electricidad y agua potable. Los cambios que ha traído la globalización han producido fenómenos como el aumento de la criminalidad, la inseguridad ciudadana y la emigración. Hay fuerzas mundiales que apuestan por la construcción de sociedades individualistas e insolidarias. Como ve, Monseñor, su vida y la “voz de su sangre” siguen siendo una inspiración para seguir luchando en contra de ese individualismo salvaje y del endiosamiento del mercado.

“La voz de su sangre, la más elocuente de las palabras” nos da la seguridad de que cuando se vive de la mano de Jesús, el ser humano tiene la valentía de despojarse de todo, aunque no tenga recompensa; tiene el coraje de denunciar, sabiendo que pone en riesgo su vida; tiene capacidad para ceder y callar, aunque pueda parecer tonto. Y esa audacia, únicamente es capaz de realizarla un hombre como usted, hombre para los demás, que siempre se preguntaba si su corazón estaba realmente presente en su misión. Gracias Monseñor, por cargar las penas y las angustias de este pueblo; por estar presente en los momentos en los que ayuda más un acompañamiento silencioso que un conocimiento abundante; las muestras de ternura y compasión más que las fuerzas del poder; y lo más importante: hacer presente el amor de Dios más que ninguna otra cosa.

Quiero finalizar esta breve cartita, diciendo con usted: “¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por la resurrección de Cristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva”. Que así sea.

 

 

Discursos Doctorados Honoris Causa

 

La iglesia y la opción por los pobres

Julián Filochowski

 

Doctor honoris causa en derechos humanos
15 de noviembre de 2004


Hace treinta años, la Compañía de Jesús celebró un encuentro mundial, su Trigésima Segunda Congregación General, que marcó un hito de trascendencia extraordinaria. Ahí proclamó una opción preferencial por los pobres. En el Decreto 4, volvió a articular la misión jesuita como el “servicio de la fe y la promoción de la justicia”. Desde entonces, ambas cosas serían inseparables.

En esa ocasión, la Compañía de Jesús declaró que “La injusticia de nuestro mundo, donde millones de hombres y mujeres que tienen nombre y rostro, sufren pobreza y hambre y el desigual e injusto reparto de los bienes y recursos, constituye un ateísmo práctico, una negación de Dios. Es porque en efecto niega la dignidad y los derechos de la persona humana, imagen de Dios, hermano o hermana de Cristo. El culto del dinero, del progreso, del prestigio, del poder, tiene como fruto este pecado de injusticia institucionalizada y conduce a la esclavitud ? comprendida también la del opresor? y a la muerte”. Fueron palabras poderosas y proféticas, en 1974.

Y sigue, “Debemos… vencer las resistencias, temores y apatías que impiden comprender verdaderamente los problemas sociales, económicos y políticos que se plantean en nuestros países como también a nivel internacional... En ningún caso podemos dispensarnos de un análisis ?lo más riguroso posible? de la situación desde el punto de vista social y político… De aquí han de brotar compromisos que la experiencia misma nos enseñara como llevar más adelante”. Y luego un aviso, “Caminando paciente y humildemente con los pobres aprenderemos en qué podemos ayudarles, después de haber aceptado primero recibir de ellos. Sin este paciente hacer camino con ellos, la acción por los pobres y los oprimidos estaría en contradicción con nuestras intenciones y les impediría hacerse escuchar en sus aspiraciones y darse ellos a sí mismos los instrumentos para tomar efectivamente a su cargo su destino personal y colectivo”.

En un decreto posterior1 hay una valiosa elaboración adicional: “La plena liberación humana, para el pobre y para todos nosotros, se basa en el desarrollo de comunidades de solidaridad tanto de rango popular y no gubernamental, como de nivel político, donde todos podamos colaborar en orden a conseguir un desarrollo plenamente humano”.

La trayectoria, desde 1974, de esta gran Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, parece haberla llevado de manera paulatina a una adhesión, con cada vez mayor intensidad, a estos compromisos. La UCA de San Salvador, en una sociedad de división social escandalosa, de conflicto y guerra civil, se ha esforzado para convertirse en un centro de excelencia académica, que se ha mantenido, a pesar de todo, en comunión con todas las realidades de El Salvador y de su pueblo.

En varios programas especiales, la UCA ha analizado con una gran precisión la realidad de la injusticia institucionalizada, en El Salvador y en Centroamérica, y ha dicho esa verdad sin miedo; ha promovido la reforma social y económica, los derechos humanos, el diálogo y la paz; y ha brindado apoyo y acompañamiento a los movimientos populares, a las comunidades de base y sus dirigentes, difundiendo y celebrando sus luchas. De una u otra manera, los mártires jesuitas, cuya vida y muerte celebramos esta noche, estuvieron todos inmersos en aquella empresa profética, junto con tantos otros compañeros, en la UCA y en la Provincia Centroamericana de la Compañía de Jesús. Ellos estuvieron verdaderamente en el epicentro de las “comunidades de solidaridad” entrelazadas, y que funcionaban en el ámbito local, regional y global. Fueron emblemáticos de una Iglesia de los pobres y anunciadores de una “nueva catolicidad” para nuestros tiempos.

Hoy, ustedes otorgan un honor grande ?y poco merecido?, no a un académico ni a un intelectual, sino a un militante contra la pobreza, un miembro del movimiento de Justicia y Paz, un terco luchador eclesial, quien no acepta como respuesta la palabra “no”.

La identidad eclesial que muchos en el movimiento de Justicia y Paz, hemos abrazado, tiene sus orígenes en el Concilio Vaticano Segundo, en su descripción del “pueblo de Dios”. La Constitución Pastoral sobre la Iglesia, Gaudium et Spes, articuló un vínculo desde la Iglesia con las alegrías y los dolores y luchas de pueblo de la época. El párrafo 76, anuncia: “Es la tarea de la Iglesia levantarse como signo y garantía de la dignidad trascendental de la persona humana”. Eso significa que, no importa lo que amenace a esa dignidad ?sea la tortura practicada por el Estado o la peor miseria infrahumana?, se convierte en asunto de la Iglesia.

Nuestra identidad eclesial se ha moldeado, a través de la experiencia, vivida y compartida, de las comunidades y redes eclesiales en Europa, África, Asia y las Américas, con quienes parten su pan y buscan la justicia y se comprometen en transformar la miseria y la crueldad de su mundo ?con un eslabón visible de la unidad?, que ha llegado a ser una fuerte contraseña para la cultura dominante del individualismo, del consumismo y, muchas veces, una indiferencia amnésica a la condición lamentable de los pobres.

Pero los avances en el pensamiento social católico, junto con el desarrollo de la teología de la liberación, en este continente, han sido de una importancia crucial para la consolidación de esa identidad, en particular para la articulación de la opción preferencial por los pobres. Dentro de la única familia humana que juntos constituimos en este planeta, todos hijos e hijas del mismo Dios, hermanos y hermanas de Jesucristo, en primer lugar, están los pobres. En primer lugar, están los pobres. Este es el aporte radical y seminal de la Iglesia latinoamericana a la doctrina social católica, que se invoca libremente, incluso de forma rutinaria, y se cita en el discurso episcopal y hasta papal2. La vivencia fiel de esa opción preferencial, incluso hasta el martirio, significa que no se la puede descartar como mera retórica contextual de los últimos años del siglo XX. Al contrario, la opción preferencial por los pobres llega a ser parte del código genético de la Iglesia post-conciliar.

En la formulación tradicional, enunciada en el credo niceno, la Iglesia tiene cuatro características ?es una, santa, católica y apostólica. Pareciera que, en el amanecer del siglo XXI, debemos añadir una quinta característica. La verdadera iglesia de Cristo se reconocerá por su unidad, su santidad, su universalidad, su apostolicidad y por su opción por los pobres.

La expresión más sucinta y elocuente de nuestra identidad eclesial, que yo asumo, es que como Iglesia somos “un pueblo global unido en sacramento y solidaridad, luchando por seguir al Señor en este mundo quebrado y dividido”.


Este mundo quebrado y dividido
Año tras año, el informe sobre el desarrollo de Naciones Unidas nos cuenta, cuadro por cuadro, la condición de nuestro mundo globalizado y globalizante. Es una enciclopedia inapreciable del estado de la creación. Los informes de 2003 y 2004, nos presentan una lectura tan desafiante como angustiante.

Al comienzo del tercer milenio, en este mundo de superabundancia, 830 millones de personas se acuestan todas las noches con hambre, 24 mil personas mueren de hambre cada día, la mayor parte de ellos antes de cumplir cinco años. Unos 1,200 millones de personas no tienen acceso a una fuente de agua segura; 2 mil cuatrocientos millones carecen de saneamiento básico; 104 millones de niños en edad escolar no asisten a la escuela primaria. Más de 45 millones de personas viven con VIH-SIDA ?el 90 por ciento de ellas, en los países del tercer mundo. Las estadísticas nos pueden adormecer, pero éstas son “personas que se han cansado de llorar”.

Una quinta parte de la humanidad, unos 1,200 millones de personas, viven en la miseria absoluta, con menos de un dólar diario, el nivel más mínimo de subsistencia. La mitad de la población del mundo, 3 mil millones de personas, existen con menos de dos dólares diarios. Viven en la pobreza y se las arreglan sólo con enorme dificultad. A la vez, según un cálculo de CAFOD, una vaca, en Europa, recibe dos dólares y cincuenta centavos por día en subsidios, otorgados a los ganaderos europeos, por sus gobiernos; en Estados Unidos, esa suma asciende a casi tres dólares diarios y en Japón, a más de siete dólares. La realidad brutal es que 3 mil millones de personas, en los países del sur, vivirían mejor si fueran vacas, en los países del norte. A esto podríamos llamarlo “la opción preferencial por las vacas”.

Según datos de la Organización Europea para la Cooperación y el Desarrollo (OECD), Europa gasta casi 50 mil millones de dólares cada año en apoyo y subsidio agrícolas, a través de su Política común para la agricultura. En Estados Unidos, los datos son parecidos. Este malgasto de recursos escandaloso produce una sobreproducción masiva. Pero llega a ser un crimen contra la humanidad cuando el dumping de estos productos subsidiados en el mercado, destruye la vida y las perspectivas de supervivencia de los más pobres del planeta, creando la miseria, la exclusión y, claro está, la muerte.

En la reunión de la Organización Mundial de Comercio, celebrada en Cancún, hace un año, cuatro países menos desarrollados de África, productores de algodón ?Benín, Burkina Faso, Malí y Chad?, que ocupan los lugares 159, 173, 172 y 165, en el índice de desarrollo humano, pidieron la abolición de los subsidios al algodón (en los países del norte). Dos terceras partes del valor de las exportaciones de estos países en desarrollo dependen de dicho producto. La vida de 10 millones de campesinos y de pequeños productores de África depende absolutamente del algodón. Han ido modernizando su producción y han invertido, de acuerdo con las exigencias del Banco Mundial, pero el precio del algodón cayó en un cincuenta por ciento, entre 1997 y 2002. Estados Unidos subsidia a 25 mil productores de algodón con 3,300 millones de dólares anuales. La Unión Europea otorga mil millones de dólares a estos productores, en España y Grecia. El resultado final es que se vende el algodón en un precio menor que el costo de producción en África. Los representantes de los países africanos regresaron a sus países con las manos vacías. Para estos cuatro países, es una catástrofe económica y humana.

Sierra Leona es el país más pobre ?el último en la liga del desarrollo humano, en el lugar 175 de 175 países. El Salvador ocupa el 105. Los niveles de vida se parecen a los de los países del norte, en la edad media. El ingreso por cápita es de 470 dólares anuales ?mientras que en El Salvador, asciende a 5,260 dólares? y el 60 por ciento de la población gana menos de un dólar diario. En El Salvador, el 21 por ciento. Solo una de cada tres personas sabe leer y escribir. En El Salvador, cuatro de cada cinco. Y la esperanza de vida es de 35 años. En El Salvador, 70 años.

Las desigualdades entre las naciones y dentro de las naciones son asombrosas. El 5 por ciento más rico de la población mundial recibe 114 veces más que el ingreso de los 5 por ciento más pobre. El 1 por ciento más rico recibe tanto como el 57 por ciento más pobre3.

El abismo se ha ido ensanchando durante cuarenta años, y durante los noventa, la primera década de la nueva globalización, empeoró todavía más. En África, donde hoy en día más de la mitad de la población vive por debajo de este nivel mínimo de un dólar diario, diecinueve países registraron niveles negativos de crecimiento, en los años noventa. Al comienzo de ellos, los niños menores de cinco años tenían 19 veces más probabilidad de morir que los de los países ricos. Hoy, es 26 veces más. La pobreza es, sin duda, el arma más potente de destrucción masiva que existe hoy en día.

Globalización y pobreza
Si se habla con cualquier poblador, campesino o vendedor del mercado, en El Salvador o en cualquier país, en vías de desarrollo, es mucho más probable que mencionen a su gobierno, sea éste de derechas o de izquierdas, a políticos locales corruptos, la policía, a todo tipo de intermediarios, a usureros, a terratenientes avariciosos como fuente de sus problemas, en vez de echar la culpa a la globalización o a sus agentes. No podemos cerrar los ojos ante la enorme responsabilidad de los ricos y poderosos de los países del sur, por muchos de los problemas que azotan a sus poblaciones. Pero los efectos dañinos de la globalización también tienen un impacto poderoso incluso en países como México o Brasil ?jugadores relativamente potentes, en el escenario mundial?, pero ese impacto es mucho mayor en los países menos desarrollados de África, tal como lo muestra el ejemplo citado del algodón. Su poder en las negociaciones internacionales es mínimo o inexistente. Sin embargo, tienen que atenerse a acuerdos comerciales, los cuales pueden empobrecer a su población. Además, sus recursos presupuestarios, con o sin la corrupción y con o sin mal gobierno, ambos endémicos, son absolutamente incapaces de garantizar el colchón de seguridad más mínimo. Por lo tanto, están lejos de financiar los ambiciosos objetivos de desarrollo del milenio.

La globalización es el resultado general de la interdependencia mundial, en los campos económico, político, social, cultural y tecnológico. Trae consigo la conexión y la homogeneidad, pero también la fragmentación y las contradicciones. Pero la globalización económica es la fuerza motriz de los cambios rápidos, que traen la integración económica, la extensión universal del mercado, la omnipresencia y el poder exagerado de las corporaciones transnacionales. Los marcos económicos mundiales desde los cuales se dirige el proceso, de acuerdo con el así llamado Consenso de Washington, son la Organización Mundial del Comercio y las instituciones de Bretton Woods4. No es el consenso global de las grandes mayorías de los pueblos del mundo; ni siquiera de los gobiernos de nuestro mundo. Es el “consenso” del Grupo de Ocho (el G-8) y de las potencias industriales más grandes, junto con los actores de las empresas y financieras transnacionales. Sus pilares principales son la liberalización indiscriminada, la desregulación y la privatización generalizadas; y su objetivo es abrir a la fuerza el mercado global y así llevar al máximum el comercio, las transacciones económicas, y el lucro, sin ningún cuidado, ni preocupación por las consecuencias humanas.

En cambio, las instituciones políticas mundiales se han ido debilitando, desde el 11 de septiembre. A pesar del establecimiento de la Corte Penal Internacional, estamos todavía muy lejos de conseguir la globalización de la protección y la promoción de los derechos humanos ?los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales?.

Junto a la riqueza y la prosperidad de la cual han gozado los países del norte y los avances, sin precedentes, en informática y comunicaciones, la globalización económica también ha tenido sus “ganadores”, en los países del sur ?cuando se han abierto nuevos puestos de trabajo y posibilidades de vida como resultado de la inversión internacional y del crecimiento? y nos equivocamos si cerramos nuestros ojos ante ese hecho. En los años noventa, el número de personas que vivía en extrema pobreza, en los países de Asia Oriental y del Pacífico, se redujo a la mitad. Este es un logro significativo.

Pero para otros fue la “década de la desesperanza”, tal como hemos visto. África retrocedió, en los años noventa. El porcentaje de personas que vivían con menos de un dólar diario no cambió, lo cual significa que, en términos absolutos, en el año 2000, había 58 millones de personas más que vivían con menos de un dólar diario, que en 1990.

El hecho sencillo es que la globalización tiene una lógica, pero no tiene ética. En el mercado globalizado no hay distinción entre la compra de una camisa para un hombre que ya tiene 39 camisas y la compra de una para uno que se muere de frío y no tiene nada. La economía y el comercio no son fines en sí mismos, que solo existen para explotar al máximo. Son medios para llegar a un objetivo, y ese objetivo es el desarrollo plenamente humano ?el florecimiento de toda la comunidad humana?. No ha habido ningún crítico más feroz, ni más consistente, de los efectos nocivos de la globalización y de la idolatría del mercado que el papa Juan Pablo II.

Lo que está fundamentalmente ausente de la globalización es una ética global, que mantenga un equilibrio entre derechos y responsabilidades; los derechos humanos, el derecho al desarrollo y la opción por los pobres están ausentes por completo. La tarea fundamental, entonces, es incrustar una proclamación y un compromiso con el bien común mundial dentro del chip de silicona de la máquina de la globalización ?en su software y su sistema operativo; no en un aparato adjunto y desenchufado. Puede que un código de globalización ética surja, al fin, en el cual los derechos humanos, civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, gozados sin discriminación, lleguen a ser una parte de las reglas del juego.

Pienso en la amenaza y en la promesa del profeta Ezequiel, en el Antiguo Testamento5, “los limpiaré de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo. Quitaré de su cuerpo un corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu dentro de ustedes... y vivirán en las tierras que les entregué a sus antepasados. Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”.

Una nueva catolicidad de compromiso
La globalización no es un dado como el clima, por lo tanto, puede ser modificada y es imprescindible que busquemos cómo hacerlo. El teólogo Robert Schreiter describe6 una “nueva catolicidad”, la cual debe estar presente en las fronteras de quienes se enriquecen y gozan de los frutos de la globalización, y de los que son excluidos y oprimidos por ella. Vale la pena citar su exhortación: “Debemos buscar formas de incidir en la globalización para que no hagamos una resistencia ineficaz, para que no nos entreguemos a sus tentaciones, para que no nos resignemos a su inevitabilidad. No debemos repetir simplemente las fórmulas que nos sirvieron en el pasado. Al contrario, debemos reflexionar sobre ellas, de forma que nos ayuden a aprovechar lo que más nos puede ayudar. También debemos analizar la situación y no quedarnos contentos con solo denunciarla. La denuncia puede darnos el consuelo de sentirnos profetas, pero en sí misma, puede que no cambie mucho una situación tan omnipresente y compleja”. Y el cambio concreto es lo que las comunidades marginadas buscan de manera desesperada y lo que nosotros debemos buscar con políticas a favor de los pobres, que ofrezcan la perspectiva de vidas sostenibles que levantan a la gente de la indigencia. Tal como diría Ignacio Ellacuría: el pueblo crucificado, las víctimas de la globalización, deben ser bajadas de la cruz y debemos asegurarnos que no se ponga a otras en su lugar.

De ahí la importancia de que las “comunidades de solidaridad” que establecemos como Iglesia, como organización no gubernamental, como universidad, se articulen en redes, norte-sur, sur-sur y norte-norte, y de que desafiemos a los guardianes que dirigen el proyecto actual de globalización, no sólo en Washington y Ginebra, sino también a través del sistema de Naciones Unidas, en las capitales de los países del Grupo de los Ocho, y a través del liderazgo del Grupo de los Veinte. Insistamos, promovamos y exijamos una ética de la globalización, un compromiso explícito, incondicional y obligatorio con el desarrollo plenamente humano y resistamos aquellas políticas económicas y comerciales que llevan al crecimiento económico empobrecedor y producen poblaciones excluidas y descartadas.

“Otro mundo es posible” es la bandera de la esperanza y el grito decidido del Foro social mundial. Hasta el Foro económico mundial de Davos, dirigido por los impulsores de la globalización económica, y con quienes el diálogo crítico es tanto posible como necesario, ha respondido con su propio lema “Un mundo mejor es posible”. Una “nueva catolicidad” es la capacidad para mantener estos dos proyectos en tensión ?los que se preocupan por proteger la lógica de la globalización y los que se preocupan por las consecuencias humanas de ella?, fomentando la comunicación y el diálogo, afirmando el bien común global, buscando la convergencia y reconciliación.

¿Agenda de derechos humanos o paradigma de seguridad?
Los doctorados honoris causa que ustedes otorgan esta noche son en derechos humanos. Lamentablemente, la agenda mundial de derechos humanos ha sido eclipsada por la agenda de la guerra contra el terror. Se ha dado una erosión masiva en las libertades civiles y políticas.

El 27 de octubre, Amnistía Internacional publicó un informe7, que condenó al gobierno estadounidense por haber violado los derechos humanos, en nombre de la seguridad nacional o la llamada “necesidad militar”, y por haber creado, después del 11 de septiembre, “su propia iconografía de tortura, crueldad y degradación”. Destacó el abuso físico y humillación sexual de la cárcel de Abu Gharaib. Tantos, tantos recuerdos de El Salvador de los años ochenta.

Esa misma semana, Craig Murray, el antiguo embajador de Inglaterra, en Uzbekistán, declaró que los servicios de inteligencia británicos, mientras públicamente dicen aborrecer la tortura, utilizaban información extraída bajo torturas, en ese país8, proporcionada por la CIA. En el noticiero de la BBC, un distinguido académico intentó explicar cómo el uso de esa información era legítimo y compatible con la convención sobre la tortura. El gobierno uzbeco está acusado, entre otras cosas, de haber matado a dos hombres que hirvió vivos.

Esto es secuela de la guerra contra Irak, dirigida por Estados Unidos, Inglaterra y España que, sin el visto bueno de Naciones Unidas, fue casi seguramente ilegal, según el Artículo 2 de la Carta de la organización. Las bajas de la llamada coalición contra Irak se registran de forma minuciosa. Las muertes de civiles irakíes no son contadas. El general estadounidense Tommy Franks dijo, “no hacemos recuentos de cadáveres”9. Así es que las responsabilidades del ejército de ocupación, según el Convenio de Ginebra, fueron violadas de una forma sistemática. Las organizaciones no gubernamentales y sus sitios web han tratado de hacer la cuenta de las bajas, a partir de los informes de prensa, y han estimado unos 17 mil civiles muertos10. Pero hace dos semanas, la revista de medicina Lancet, la más prestigiosa en Inglaterra, publicó una investigación11, que concluía, de manera convincente, que las cifras probables se acercan a los 100 mil civiles muertos.

Hay prisioneros detenidos de forma indefinida, sin cargos en su contra, ni proceso, en la cárcel de Belmarsh, en Inglaterra. Asimismo, hay informaciones sobre supuestos militantes musulmanes capturados en operativos extra territoriales, por agentes de seguridad estadounidenses, cuyo posterior interrogatorio ha sido asumido por otros gobiernos. Cabe mencionar aquí el humor negro de una calcomanía de California, “Estamos creando enemigos más rápidamente que los podemos matar”.

Y luego, está Guantánamo. Para muchas partes del mundo, éste ya ha reemplazado a la Estatua de la Libertad como el símbolo de la bienvenida que Estados Unidos brinda a los extranjeros.

Hay una relación íntima entre la noción del imperio de la justicia y su ejercicio, en el ámbito internacional, y la credibilidad dentro de Naciones Unidas y la comunidad internacional, de los marcos de los derechos humanos. Cualquier acción que tienda a confirmar la impresión de que los gobiernos ejercen el poder a favor de sus propios intereses, en vez de hacerlo de acuerdo a la ley y en obediencia a las normas internacionalmente acordadas, debilita la noción y el interés de los derechos humanos, fundamentadas en principios de justicia desinteresada12. El cinismo político está generalizado hoy en día; la opinión pública tiene muy poca confianza en que los estados poderosos vayan a respetar el imperio de la justicia o los principios de los derechos humanos, cuando ello no sirve a sus propios intereses. Es vital volver a construir instituciones internacionales fuertes y efectivas, infundidas de nuevo vigor, y asegurar que funcionen con transparencia.

La fuerza, la autoridad y el alcance de las instituciones políticas internacionales siguen siendo, hoy en día, poco adecuados todavía como para co-gobernar el proceso de globalización. Kofi Annan, Mary Robinson y Sadako Ogata han liderado un proceso para “transversalizar” el concepto de los derechos humanos en el sistema de Naciones Unidas, para promover el concepto de una agenda, sobre la base de la “seguridad humana”, con el principio fundamental de velar por el llamado “empoderamiento” y la protección de los que son vulnerables o se encuentran en riesgo. Pero estos esfuerzos están muy relacionados con los derechos civiles y políticos, los cuales poseen mecanismos para hacerlos valer, en los textos de los convenios. Forman parte de los esfuerzos para rehabilitar el régimen multilateral e internacional de derechos, el cual que ahora se encuentra amenazado por el nuevo paradigma de la seguridad. Este paradigma responde más en directo a la preocupación por la seguridad, en un clima de polarización política, el cual no tiene simpatía por el concepto de derechos. Es una tarea gigantesca.

A raíz de las violaciones de los derechos humanos y de las cuestiones relacionadas con el cumplimiento de los convenios y las normas internacionales, Guantánamo y la debacle de Irak han provocado un debate frenético, una publicidad intensa e ira y angustia mundiales. El resultado ha sido una presión enorme, tanto política como diplomática, sobre los principales protagonistas, y el recurso jurídico, incluso ante la Corte Suprema de Estados Unidos, para intentar restaurar y proteger los derechos violados. Este hecho es muy importante.

Pobreza y derechos
La gran pregunta, sin embargo, es por qué no se ha visto ninguna actividad frenética parecida en relación con el sufrimiento, mucho más generalizado, y con la cantidad mucho mayor de muertes, resultado del fracaso permanente y antiguo para proteger y asegurar los derechos a alimentarse, a la seguridad social, a la educación y a los servicios básicos de salud, tal como lo estipulan los artículos 22, 25, 26 y 28 de la Declaración Universal de Derechos Humanos del año 1948. El derecho a la vida tiene tanto que ver con asegurar los medios para sobrevivir, como con asegurar la protección contra la muerte violenta. No se puede afirmar la garantía del derecho a la seguridad, si un individuo se muere de hambre13. Los derechos humanos son indivisibles. Los derechos económicos, sociales y culturales tienen la misma importancia que los derechos políticos y civiles ?pero demasiado a menudo, estos derechos se han definido o se han categorizado, de forma arbitraria, como secundarios?. La Conferencia mundial de derechos humanos, celebrada en Viena, en 1993, confirmó que la protección debe extenderse a todos los derechos y en todas las categorías.

Un enfoque sobre la pobreza, fundamentado en los derechos humanos, trata de dar poder a los pobres. El protagonismo de los pobres es posible con la introducción del concepto de los derechos. Una vez que este concepto ha sido introducido en el contexto de la formulación de políticas, en los ámbitos nacional e internacional, la razón fundamental para atacar la pobreza no se basa en el hecho de que los pobres tengan necesidades, sino en que tienen derechos. En efecto, la pobreza, si la definimos con los términos de Amartya Sen14, como un nivel bajo de capacidades básicas, puede considerarse una violación de los derechos humanos. Los derechos humanos otorgan poder a los individuos y a las comunidades, al concederles los derechos que exigen y que corresponden a los deberes de otros. Un enfoque de derechos humanos trata a la gente como sujeto y no como objeto o instrumento de la política. Los derechos son más relevantes para los débiles y vulnerables quienes, en cualquier proceso participativo o consultivo, son, con frecuencia, los que menos pueden expresarse, los menos organizados, los más lejanos y cuya voz casi no se oye.

Pero si existen derechos o reclamaciones, también existen los que tienen responsabilidades y deberes, que deben ser obligados a respetar y a responder. Es de esperar que los estados nacionales respeten, protejan y promuevan los derechos humanos de sus ciudadanos ?pero varios análisis recientes prestan atención también a las responsabilidades de los actores del sector privado?.

Los derechos económicos, sociales y culturales se codifican en un convenio aparte de Naciones Unidas, y muchas veces, se describen como aspiraciones porque, en muchas sociedades, implementarlos sería excesivamente caro. De hecho, su protección, de acuerdo al derecho internacional, responde al supuesto de que un Estado los implemente, de manera progresiva, en el transcurso del tiempo, y se reconoce que éste no puede hacer más de lo que le permiten los recursos disponibles15. Este es un defecto importante porque, al final, no hay ninguna obligación jurídica para cumplir ?los derechos económicos y sociales no son judicializables?. La dilación perpetua es posible. Sin embargo, son aspiraciones reconocidas oficialmente, y así, es posible exigir a los gobiernos una respuesta ?no necesariamente por la violación, ya que puede ser que no haya “culpables”, pero sí por el no-cumplimiento de estos derechos?.

En especial, en África, la falta de recursos es real y crítica. Sin ayuda internacional para el desarrollo, en muchos países menos desarrollados, sería imposible lograr la realización de los derechos a la alimentación, la educación, los servicios de salud y la seguridad social. Esta responsabilidad debe ser asumida por una comunidad más amplia que los gobiernos nacionales de estos países pobres. Con los principios paralelos del “destino universal de los bienes de la tierra” y “la opción preferencial por los pobres”, la doctrina social de la Iglesia señala, sin ambigüedad alguna, a los gobiernos de los países ricos y a las corporaciones comerciales internacionales como responsables; y señala que la transferencia de recursos del norte hacia el sur es un imperativo urgente. Al referirse a la cooperación internacional, el Artículo 22 de la Declaración Universal reconoce, de modo implícito, que los países ricos cargan con esta responsabilidad.

En estas obligaciones transnacionales para conseguir el cumplimiento de los derechos sociales y económicos todavía falta la transparencia. Con seguridad, definirlas será difícil, cuando esa responsabilidad internacional se tope con la cuestión de la soberanía nacional. Precisamente, porque muchas de las intervenciones militares y políticas y de las condicionalidades económicas impuestas sobre los países del sur, en la última década, se consideran como violaciones de la soberanía nacional.

Las obligaciones transnacionales para proteger los derechos sociales y económicos podrían tener una importancia crítica, en toda la jerga de la globalización económica. Ciertas obligaciones impuestas a los países pobres ?por ejemplo, la eliminación de la protección arancelaria a los campesinos o el recorte del gasto en hospitales para pagar la deuda externa? llevan, de forma inevitable, a un nuevo empobrecimiento y a la violación de los derechos a alimentarse o a acceder a los servicios básicos de salud. Una vez que la imposición de estas obligacones sea reconocida, entonces, la Organización Mundial de Comercio, el Fondo Monetario Internacional o los gobiernos ricos responsables estarían obligados a desistir de dichas políticas con el fin de asegurar la protección de los derechos humanos de las personas afectadas16. Pero no existe ningún tribunal de justicia, ni ningún mecanismo jurídico para que un país o una comunidad pobre hiciera valer esos derechos y deberes transnacionales. Ciertamente, los “derechos” relacionados con la pobreza y el desarrollo están aún en construcción, pero el edificio está lejos de ser completado.

Objetivos de desarrollo del milenio
Al leer los signos de nuestros tiempos, hay una esperanza para proporcionar una respuesta global al vía crucis eterno de las comunidades y de los pueblos más pobres. Esta esperanza nos ofrece una oportunidad a nosotros y a nuestras “comunidades de solidaridad” del mundo. Se trata de la Declaración del milenio de Naciones Unidas de septiembre del año 2000, la cual fue firmada y proclamada, en el encuentro más grande de jefes de Estado, en la historia de la humanidad. Fue un acuerdo en el cual, juntos, norte y sur, ganadores y perdedores en el casino de la globalización, primero reconocieron que ésta no funcionaba a favor de los pobres, y luego reafirmaron, todos juntos, su compromiso con los derechos humanos, el buen gobierno, la protección del medio ambiente, la construcción de la paz y del desarme, la promoción del desarrollo y la erradicación de la pobreza. ¡Dios quiera que así sea!

Asimismo, se fijaron ocho objetivos de desarrollo del milenio, en relación con la pobreza, el hambre, la mortalidad materno-infantil, la educación, el sida, el agua y el medio ambiente, con dieciocho metas específicas y ?más increíble todavía? se fijó el año 2015 como límite para conseguirlas. Es imposible negar la importancia de este evento, como si se tratara de pura retórica vacía para el milenio, la cual podría ser olvidada, una vez que la tinta de sus ilustres firmas se hubiera secado. Este fue, con todo, un solemne manifiesto jubilar.

El objetivo clave es reducir a la mitad la cantidad de personas que viven con menos de un dólar diario en 2015. El objetivo más difícil y desafiante es abordar las cuestiones de la deuda y del comercio dentro de una alianza global para el desarrollo. Los países ricos han apoyado estos objetivos, pero deben proponer los medios financieros. En Monterrey, en la conferencia sobre el financiamiento para el desarrollo, también de Naciones Unidas, en 2002, se calcularon los costos del financiamiento adicional, los cuales ascenderían, por acuerdo general, a 50 mil millones de dólares anuales.

La fecha límite fijada para alcanzar los objetivos del milenio, junto con el firme compromiso moral para asegurar más ayuda sustancial para el desarrollo y mayor condonación de la deuda para hacerlos posibles, y, además, con la insistencia en que la ronda actual de negociaciones sobre el comercio debe dar resultados concretos, puede suministrarnos una serie de instrumentos para comenzar a convertir en realidad, estas declaraciones de derechos sociales y económicos existentes desde hace mucho tiempo. De igual manera, proseguir continuamente los objetivos dentro de un marco de derechos humanos ayudará a que éstos se realicen, a través de un proceso de empoderamiento, que sea inclusivo y sostenible.


Los objetivos del milenio y las metas asociadas a ellos se cumplirán globalmente, con toda probabilidad, debido al desarrollo y al crecimiento económico masivo de China e India. Pero no se cumplirán en África, a no ser que se aseguren transferencias masivas de recursos ?al ritmo actual, los objetivos sobre el hambre y la pobreza absoluta se cumplirán en el año 2147, en este continente. Tienen que cumplirse en todas partes, país por país, en El Salvador tanto como en Etiopía, Guatemala y Gran Bretaña. Los objetivos están lejos de ser perfectos ?no podemos imaginar rezar el Magnificat de María de la manera siguiente: “Él llenó a la mitad de los pobres con cosas buenas... Él levantó a dos terceras partes de los humildes”. En ese sentido, puede que los objetivos de desarrollo sean mínimos. Pero tampoco pueden ser descritos como objetivos de distracción del milenio.

La tarea futura
A mí me parece que con un enfoque de derechos humanos y con los objetivos de desarrollo del milenio tenemos una agenda que nos permite desafiar a cada gobierno para que los cumpla, así como también para que cumpla las metas y se haga responsable de sus resultados ?¡sin ninguna excusa!?; también nos permite presionar a las instituciones financieras globales para que incluyan la Declaración del milenio en el encabezado de todos sus planes como una clara afirmación de su compromiso con el desarrollo plenamente humano y el derecho al desarrollo; exigir transferencias sustanciales de ayuda para programas de desarrollo humano, sobre todo a los países menos desarrollados y casi quebrados de África; y unir a las “comunidades de solidaridad” del mundo alrededor de un enfoque común y alcanzable.

El fortalecimiento de las asociaciones y de los movimientos de la sociedad civil, en muchos de los países más pobres, es una prioridad muy urgente. El Salvador puede enorgullecerse de poseer una sociedad civil bastante desarrollada; esta Universidad tiene décadas de experiencia en el acompañamiento de las redes de las organizaciones populares y de lucha sin cesar por la justicia y la reconciliación. Creo que las capacidades y la experiencia salvadoreñas podrían, con seguridad, aportar a países mucho más pobres y menos sofisticados, en su cabildeo y en su incidencia política, sobre todo en África.

Cuando llegue el año 2015, si realmente el objetivo principal sobre la pobreza se alcanza, todavía quedarán atrás unos 900 millones de personas, hambrientas y en miseria absoluta17. No va a ser ninguna lotería ?ya tenemos una buena idea de quienes serán. Serán los “pobres crónicos”, cuya indigencia va para largo. Son los que no podrían trabajar, aun cuando surgiera una posibilidad de empleo decente para ellos ?los ancianos, los discapacitados, los enfermos permanentes, los que viven con SIDA, las comunidades indígenas aisladas. Para ellos no se diseñan los programas de desarrollo y con mucha facilidad se pasan por alto sus derechos humanos. La gran mayoría estará en África. Nuestra opción por los pobres nos lleva, pues, hacia ellos, para formar junto con ellos nuevas “comunidades de solidaridad”, para analizar con ellos su situación lamentable y para ayudarlos a establecer y hacer valer sus derechos. Es una opción por los “crónicamente pobres”, una opción por África, una opción por los ancianos, una opción por los que viven con SIDA. Esta parece ser una agenda de investigación para la UCA, para los años 2005 y 2015.

Quisiera agradecerles no sólo por este Doctorado honoris causa, el cual será para mí un tesoro, que guardaré toda mi vida; quisiera agradecerles también el testimonio magnífico de la vida de solidaridad y servicio. Un testimonio que ha me han regalado Monseñor Romero, los mártires de la UCA, el padre César Jerez, mi compañera extraordinaria, la doctora Maria Julia Hernández y tantas otras mujeres y hombres valientes de Centroamérica, quienes se han dedicado a la causa de los pobres. Ellos cambiaron mi vida por completo. ¿Cómo pudiera haber sabido, en el año 1969, en Cambridge, Inglaterra, cuando conocí a Xabier Gorostiaga, un joven jesuita, flaco, sin dinero, a quien regalé mis libros de texto, mi bicicleta y mi toga de estudiante, que la historia me traería hasta ustedes?

Por todo eso, doy Gracias a Dios.


 

La dignidad de la persona humana

María Julia Hernández

 

Doctora honoris causa en derechos humanos
15 de noviembre de 2004


En este solemne acto de investidura académica, que hoy comparto honrosamente con Julián Filochowsk, gran amigo y defensor de los derechos humanos, en especial en El Salvador y de quien hemos recibido apoyo y presencia en tiempos difíciles; y en este año conmemorativo de los veinticinco años del martirio de nuestro profeta Mons. Oscar Arnulfo Romero, maestro en la defensa de los derechos humanos, inspirador y modelo nuestro a seguir; en este quince aniversario de los mártires de esta Universidad, padres Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Joaquín López y López, Amando López, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Sra. Elba Julia Ramos y su hija Celina Mariceth Ramos, ejemplos y modelos también; y en el décimo aniversario de la muerte de nuestro fundador, Mons. Arturo Rivera Damas, quien humanizó el conflicto y sembró esperanza, construyendo los fundamentos de los acuerdos de paz, quiero dirigir estas palabras para expresar lo que, agradecida y emocionadamente, quiero decir.

El recibir este doctorado honoris causa en derechos humanos de esta Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, que es mi alma máter, es para mí uno de los más grandes honores por lo cual le doy gracias a Dios y que sea para su mayor gloria. Quiero dedicar este honor a toda mi familia, en especial a mis padres, a quienes les debo la vida y lo que soy; lo dedico a las víctimas que, con su dolor, han vencido el mal al sembrar la utopía de este país. Quiero dedicarlo y compartirlo con nuestro arzobispo, Mons. Fernando Sáenz Lacalle, de quien hemos recibido este mandato de la defensa y promoción de los derechos humanos; con mis colegas de Tutela Legal del Arzobispado, cuyo trabajo es igualmente galardonado y reconocido hoy; con todos y todas, los y las que trabajamos por la dignidad humana, por la promoción y protección de los derechos humanos, los organismos de derechos humanos, especialmente con aquellos que ofrecieron su vida en este trabajo. También lo comparto y lo dedico a mis hermanos de la Compañía de Jesús que, inquebrantablemente, realizan esta defensa de la dignidad humana; a mis amigos y amigas, que tanto me han apoyado y ayudado; a nuestros amigos de las agencias donantes, que nos colaboran; y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que luchan por la verdad y la justicia.

El que este doctorado honoris causa sea en derechos humanos, es un signo de la vocación de esta Universidad, de su defensa y promoción de los derechos humanos, que todo hombre y toda mujer tienen que ejercer, por derecho y por deber, ya sea individual, colectiva o institucionalmente. El que lo otorgue esta Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, mi alma máter, de fundamentos y principios cristianos, es un signo de su vocación por la defensa de los derechos humanos en el ámbito universitario y del costo martirial que ha pagado por ello. El que sea otorgado este doctorado honoris causa en El Salvador, es un signo del terrible dolor que ha sufrido el pueblo salvadoreño, en sus violaciones más graves, como los crímenes de lesa humanidad y loa crímenes de guerra, que ha tenido que soportar y, al mismo tiempo, signo de las luchas de un pueblo, que no pierde la esperanza de construir y alcanzar un mundo mejor.

Cuando recibí la noticia de mi doctorado honoris causa en derechos humanos, por parte del Señor Rector, padre José María Tojeira, me emocioné por otorgársele tan grande honor a mi humilde persona, pero también sentí un profundo desafío y compromiso para con nuestra razón de ser, las víctimas que, en su mayoría, son los pobres de El Salvador. En efecto, esta opción entrañable por las víctimas tiene sus raíces en los principios que, como cristianos, profesamos. El Compendio de la doctrina social de la Iglesia nos dice que “La Iglesia ve en los hombres y mujeres, en toda persona, la imagen viva del mismo Dios como lo dice el Génesis (p. 105). Y en el Nuevo Testamento, Cristo, por medio de su encarnación, se ha unido a sí mismo a la humanidad, dándonos una dignidad incomparable e inalienable. Esto es relevante para la sociedad, porque el protagonista de la vida social es siempre la persona humana, inviolable, en su dignidad, fundamento de los derechos humanos. Por eso, sólo puede haber una sociedad justa “cuando se basa en el respeto a la dignidad trascendente de la persona humana” (p. 132). También, el rico magisterio episcopal de Mons. Romero, el más grande defensor de los derechos humanos de nuestro tiempo y por cuya causa dio su vida, nos insta a defender, hoy y aquí, esta dignidad de la persona humana. El derecho de los derechos humanos, en su conquista por el respeto de la persona humana, se encuentra hoy en grandes luchas por mantener la observancia de los principios jurídicos y jurisdiccionales que la civilización ha alcanzado hasta ahora y que, de modo paradójico, más bárbaramente ha violado.

En nuestro país, entre otros problemas de derechos humanos, nos siguen preocupando, en especial, dos áreas, por sus repercusiones profundas, en la sociedad salvadoreña, que no la dejan reconciliarse. El primer problema se refiere a la ausencia, de iure o de facto, de la imputación de la responsabilidad penal y civil a los autores de violaciones de derechos humanos y su escape a toda investigación, tendiente a permitir su juzgamiento; y a la ausencia de reparación, por los perjuicios sufridos por sus víctimas. El segundo problema se refiere a la violación sistemática y estructural de los derechos económicos, sociales y culturales del pueblo salvadoreño. Estos son los grandes desafíos para los que trabajamos de manera directa, en la defensa y la promoción de los derechos humanos y que nos comprometen a renovar nuestros esfuerzos y nuestra creatividad, en esta labor, para conquistar mejores condiciones de una vida más humana y cristiana.

En el primer sector de problemas, encontramos que uno de los momentos históricos más importantes de nuestra historia reciente fue la firma de los Acuerdos de Paz, el 16 de enero de 1992, en Chapultepec, México. Estos acuerdos pusieron término al conflicto armado, pero por el incumplimiento de compromisos esenciales, en materia de derechos civiles y políticos, pero también económicos y sociales, seguimos en un conflicto político-social de graves consecuencias, el cual impide la realización integral de la persona humana. Esto nos mantiene en un estado de impunidad y no en el estado de derecho pactado. No podemos negar la diferencia cualitativa entre el estado de guerra, en que se encontraba la nación salvadoreña, y el estado en que nos encontramos ahora. Pero no basta, la otra cara de la necesidad humana para la convivencia social y la construcción del bien común, es la recuperación ético-jurídica y económico-social de nuestra sociedad.

La comunidad internacional, y El Salvador como Estado parte, han pactado que ciertos crímenes, por su extrema gravedad, como los crímenes de lesa humanidad, que afectan a toda la humanidad ?la tortura, las desapariciones forzadas, las ejecuciones arbitrarias, las masacres, etc.?, y los crímenes de guerra y genocidio, son crímenes de derecho internacional y obliga y compromete a todos los estados, erga omnes, en su responsabilidad y obligación de juzgar las violaciones de estos derechos y de protegerlos. También se ha pactado, por la comunidad internacional, que estos derechos humanos son normas imperativas, normas de ius cogens, que no admiten normas o acuerdos en contrario, como por ejemplo las auto amnistías; y que, además, son imprescriptibles, es decir, que la acción penal, que obliga a juzgar a los responsables, por la violación a estos derechos, no prescribe. Esto se ha reforzado después en convenciones y tratados. Aun cuando éstos hayan sido firmados y ratificados o no lo hayan sido, obligan a los estados, por el derecho de los tratados, a no normar en contrario.

Trágicamente, en nuestro país, por intereses egoístas particulares de poder, sin mirar al bien común, nuestros gobernantes y políticos, violando el derecho internacional y el derecho interno de El Salvador y los mismos acuerdos de paz, han tergiversado el proceso de reconciliación, al alegar la apertura de heridas cuando se ha clamado, de acuerdo al derecho de los derechos humanos, por el derecho inalienable de cada pueblo a conocer la verdad sobre los hechos acaecidos, las circunstancias y las razones que llevaron a la violación masiva, aberrante y sistemática de los derechos humanos; cuando se ha clamado por el cumplimiento de los deberes del Estado, en el ámbito de la administración de la justicia; y cuando se ha clamado por los derechos y deberes nacidos de la obligación de reparar a las víctimas.

El conocimiento de un pueblo de la historia de su opresión pertenece a su patrimonio y su finalidad es la de preservar a la memoria colectiva del olvido. Las familias de las víctimas tienen el derecho de conocer la verdad, en lo que concierne a la suerte que corrieron sus parientes. Este ejercicio del derecho a la verdad y a la justicia es esencial para evitar en el futuro que tales actos se reproduzcan. Siendo estos crímenes de lesa humanidad y crímenes internacionales, su repetición actual nos afecta. Me refiero a esas violaciones aberrantes de derechos humanos de Abu Ghraib, en Irak, cuyas imágenes, con toda razón, horrorizaron e indignaron al mundo entero. Esas mismas violaciones también se cometieron, y más, aquí, en El Salvador. Como pertenecientes a la humanidad y como miembros de la comunidad internacional estas violaciones de los derechos humanos nos afectan, aquí, en El Salvador. Al luchar, aquí y ahora, contra esta impunidad, para que estas aberraciones no se repitan, en El Salvador, estamos ayudando también a la dignidad humana del pueblo iraquí. Este es el tipo de ayuda que El Salvador debería de enviar a Irak como ayuda humanitaria. Por otro lado, la importancia de la defensa de estos derechos para nuestra sociedad radica en el fortalecimiento del sistema judicial, en el combate a la violencia institucionalizada, en el fortalecimiento a la seguridad ciudadana y en el combate a la corrupción.

Tenemos que recorrer el camino de la lucha contra la impunidad para reconciliarnos, es decir, reclamar los derechos de la verdad, la justicia y la reparación. Pero esto tiene que conocerlo la sociedad salvadoreña, ella tiene que concientizarse y madurar, para obtener el consenso social de la voluntad política, que nos lleve a la verdad, a la justicia y a la reparación de las víctimas. Mientras tanto, hemos buscado ejercer estos derechos en otros tribunales, tal como sucedió, hace poco, en el tribunal de Fresno, California, con el asesinato de nuestro profeta y pastor, Mons. Oscar A. Romero. Pero nuestra lucha por ejercer estos derechos aquí, en El Salvador, continúa. Seguiremos buscando la verdad y la justicia, en los tribunales nacionales. No sé cuándo, pero algún día florecerá la verdad y la justicia, en nuestro país, para las víctimas, que con su sangre abonaron a esta utopía.

Quiero señalar, de forma muy sucinta, el segundo problema, el cual podríamos compendiar en lo que llamamos pobreza. En la década de los ochenta, ante los primeros análisis de Naciones Unidas sobre los efectos del neoliberalismo y la globalización, en los derechos económicos, sociales y culturales, se constató su violación y la falta de protección para las personas. Hoy, en El Salvador, conocemos los índices negativos de esta realidad, que va ahondando, cada vez más, la brecha, entre la inmensa mayoría del pueblo pobre y los pocos que lo poseen todo.

En la defensa y la promoción de los derechos económicos, sociales y culturales, uno de los desafíos es su judicialización. En el ámbito interno de nuestros países, estamos aprendiendo a emplear las escasas normas vigentes para ayudar en esta lucha por la supervivencia. Pero en el ámbito internacional, Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos no han podido judicializar estos derechos, tal como ya lo han hecho con los civiles y políticos. Es decir, loa sistemas de Naciones Unidas y de la Organización de Estados Americanos no defienden los derechos económicos, sociales y culturales como deberían de hacerlo, según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los pactos internacionales y las convenciones.

Más aún, las peores violaciones de los derechos económicos, sociales y culturales son cometidas por organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio, algunos de los cuales incluso están ligados al sistema de Naciones Unidas, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que son los que han diseñado los ajustes estructurales, los planes de austeridad para los pueblos, pero no para los gobiernos y las transnacionales. Ellos son responsables de que millones de personas, en América Latina, hayan sido privadas de educación, atención médica, vivienda, empleo, medio ambiente etc. En la actualidad, el mundo es lo suficientemente rico como para garantizar los derechos económicos, sociales y culturales de cada persona en la tierra, pero sucede que, precisamente, las naciones más ricas son las que menos contribuyen con la cuota oficial del desarrollo, establecida por Naciones Unidas. Por el contrario, son los países pobres los que siguen subsidiando a los países ricos, a través del pago de la famosa deuda externa, del saqueo de los recursos naturales de los países pobres, enmascarado con los tratados de libre comercio que, tan dócilmente y con complicidad, han firmando nuestros gobiernos. Los tratados de libre comercio han sido negociados por los poderosos, y los débiles y la población no ha sido ni informada, ni tomada en cuenta.

Hoy en día, el Estado no es el único que puede violar los derechos humanos ni la única instancia responsable de la seguridad de los ciudadanos. El capitalismo multinacional y su mercado global penetran cualquier sector de la vida humana y la soberanía de las naciones. Ante él, los estados son impotentes y cómplices, con lo cual violan los derechos de los pobres. Ellos han construido un sistema jurídico particular y supranacional para solucionar las controversias, pero para proteger los intereses de las transnacionales. A nivel del sistema universal de los derechos humanos, todavía no hay nuevos mecanismos adecuados para contrarrestar este absolutismo económico, que exige millones de sacrificios humanos. Las naciones del norte se están convirtiendo ahora en predicadoras de los derechos humanos, pero son los derechos de las transnacionales y los derechos del dinero los que, en realidad, defienden. El tema de los derechos humanos se lo están apropiando las fuerzas de la globalización, con lo cual justifican la violación de esos derechos. Por eso, no se puede servir a los derechos humanos y al mercado que se quiere erigir como único dios de este mundo globalizado. En este mundo deshumanizado, estamos nosotros. Los datos y las cifras de nuestra realidad muestran la catástrofe humana que esta lógica del mercado crea, si no cambia de rumbo.

Nuestro gran desafío es defender estos derechos inalienables de la persona humana, promoverlos y educar y concienciar sobre ellos, por medio de una pedagogía activa, dirigida a todos los sectores de la sociedad. Debemos hacerlo todos, cada cual desde donde se encuentra. Este mundo tiene que cambiar y hacer que los derechos humanos sean una realidad para los pobres. El gobierno y los políticos tienen que cambiar, la sociedad civil tiene que redoblar sus esfuerzos, se tiene que ampliar el espacio a la gente para que pueda reunirse, para que pueda debatir, para que pueda discutir. Tenemos que impulsar iniciativas creativas para resistir, porque somos un pueblo que se niega a hundirse, en la tremenda pobreza. Hoy, tenemos presente las valientes palabras de Juan Pablo II, quien dice que “es necesario revisar el orden económico internacional”.

Termino diciendo lo que dije en nuestro último encuentro continental de pastoral de derechos humanos: nuestro camino es “la participación”. Y nuestra participación está en lo que estamos haciendo, estamos tratando de hacer un mundo más justo, un mundo más humano, un mundo más cristiano, donde todos seamos responsables de esta promoción de los derechos humanos.

 

 

Cátedra de Realidad Nacional

 

El desafío nacional: revertir la historia desde las víctimas

Rodolfo Cardenal

 

“El desafío nacional: revertir la historia desde las víctimas”
(I. Ellacuría)


No faltará quien objete que no hay necesidad de revertir ninguna historia, porque el punto de inflexión está en 1992 y en la transición subsiguiente. Es probable que agregue que quien habla de revertir la historia con seguridad está descontento con la suerte que le ha tocado o es un resentido, porque no está satisfecho con la parte que le han dado, en el reparto del poder al cual dio lugar esa transición. La izquierda dirá que la revolución está en camino, mientras cada día se acomoda más a las exigencias del partido o del sistema político. La derecha más abierta alegará que la reversión sale sobrando, porque es mucho lo que el país ha avanzado, desde 1992 para acá; la derecha más retrógrada sostendrá que la sociedad salvadoreña vive en plena democracia. Por consiguiente, quienes hablan de reversión son inadaptados, resentidos, frustrados o poco pragmáticos ante las realidades de este mundo. Estos últimos, a veces, utilizan a Ignacio Ellacuría como autoridad, que respaldaría la facilidad con la cual se han integrado en el orden establecido.

Estas posturas encubren la existencia de las víctimas, las desconocen, y aun peor, las producen aún hoy en día, para poder conservar su posición de poder. Pero quizás la postura más peligrosa sea la de los pragmático y la de la derecha más abierta. Los dos, de forma distinta, pero igualmente eficaz, encubren la realidad salvadoreña. Los pragmáticos son peligrosos, porque se presentan como buenos conocedores de los principios y de su aplicación a la realidad. La prueba de que su postura es correcta es que se presentan como hombres y mujeres de éxito y con futuro. La derecha más abierta es peligrosa porque, de buenas maneras, hace aceptable lo inaceptable. En definitiva, todas estas posturas viven, de manera diversa, por la existencia de víctimas.

Mientras haya víctimas, hay necesidad histórica y exigencia ética de revertir la historia del país. Pero esta exigencia es aun mayor ahora que antes, porque ahora hay más víctimas que en los años anteriores a 1992. La existencia de esa enorme cantidad de víctimas no es negociable. No es cuestión de pragmatismo para ceder o asimilarse al poder, es cuestión de principios éticos y cristianos. Conviene recordar aquí a los poderosos la larga lista de víctimas, sin olvidar que detrás de cada categoría y de cada estadística, está la vida de una persona y la de sus familiares. En la actualidad, hay víctimas de la falta de empleo, salud, educación, vivienda e infraestructura básica. Hay víctimas de la violencia y la inseguridad general. Hay víctimas de las pandillas juveniles y también hay víctimas entre los integrantes de las mismas. Hay víctimas de la policía y de la burocracia corrupta e ineficaz. Hay víctimas del machismo, de la violencia de género, del hogar desintegrado, del abandono y de la irresponsabilidad. Hay víctimas del abuso y de la violación sexual. Hay víctimas de un sistema judicial incompetente y venal, que protege al fuerte contra el débil, al hombre contra la mujer, al adulto contra el menor, al funcionario contra el ciudadano. Hay víctimas del crimen común, pasional y organizado, del tráfico de drogas, vehículos y personas. Hay víctimas de la desconfianza que suscitan los otros por causa del temor inculcado. Hay víctimas del temor que lleva a sospechar de los que son diferentes y a verlos como una amenaza.

El encubrimiento y el desconocimiento de la existencia de víctimas, excepto aquellas que interesan a la publicidad gubernamental, están acompañados del silencio que se ha acordado, de manera implícita, de la injusticia y la justicia, después de 1992. Desde entonces, estos términos ya no se utilizan para describir la realidad nacional, ni lo que ésta debiera ser. Estos dos términos casi han desaparecido y quien todavía se atreve a utilizarlos, es visto como un ser del pasado, fuera de lugar. Con la injusticia y la justicia han desaparecido otros términos que solían ser considerados fundamentales: opresión y liberación, clase dominante y pueblo, imperio e independencia, pecado estructural y santidad política, praxis y esperanza de que el verdugo no triunfe sobre la víctima. En una palabra, la profecía y la utopía y, por lo tanto, la tarea de revertir la historia, se han debilitado. De ahí la importancia de rescatar el desafío que el lema de este aniversario de los mártires de la UCA, tomado del último discurso de Ignacio Ellacuría, pronunciado en el ayuntamiento de la ciudad de Barcelona, lanza a los hombres y a las mujeres de buena voluntad: “El desafío nacional es revertir la historia desde las víctimas”.

El lenguaje de la injusticia y la justicia, ahora relegado al olvido, era normal hace poco más de una década. Ciertamente, desde Medellín y la teología de la liberación. Eran términos utilizados para expresar lo negativo de la realidad. Pero ahora han sido sustituidos por otros más suaves y ligeros, como subdesarrollo, países en vías de desarrollo, clases menos favorecidas, a los cuales se han agregado guerra y terrorismo. En la actualidad, lo positivo es expresado con términos como democracia, sociedad civil, diálogo, concertación, cooperación, propuesta, prosperidad, progreso, derechos humanos, Estado de derecho, los cuales denotan realidades buenas, en sí mismas, aun cuando sean afirmados con mayor o menor hipocresía, pero casi nunca se habla de justicia.

El cambio de vocabulario no es un simple azar. En la actualidad, se rehúye el lenguaje de la injusticia porque, como ningún otro, desenmascara la verdad y la tragedia de este mundo, y porque el lenguaje de la justicia expresa la radicalidad, la urgencia y la ultimidad de lo que los seres humanos debiéramos ser, sin excusas de ninguna clase. El lenguaje de la injusticia y de la justicia expresa realidades dialécticas, que hoy se rehúyen. Por eso, la terminología más radical e interpelante es reemplazada por otra más blanda y sumisa. Pero por mucho que se adorne el lenguaje, la realidad vista, vivida y sufrida desde debajo de la historia, desde sus víctimas, es deplorable y su causa mayor es la injusticia.

Rescatar el lenguaje de la injusticia y la justicia tiene un propósito doble. Significa hablar de opresión entre los seres humanos y de una situación de guerra, aun en tiempos de paz. Significa también la urgencia y el imperativo de revertir la historia actual. Nada de esto es fácil de aceptar para la sociedad salvadoreña; tampoco para occidente. Para rescatar este lenguaje, es necesario ser honrado con la realidad, es decir, aceptar su existencia y dejarla ser, sin ignorarla, sin encubrirla y sin manipularla. Dicho de una forma más concreta, la honradez con la realidad comienza con el reconocimiento de la existencia de víctimas. En cambio, en la actualidad, predomina la carencia de verdad y la mentira es predominante. Ausencia de verdad no es desconocimiento, sino encubrimiento. Un encubrimiento que utiliza el silencio, mientras ello es posible. Si no y se pretende mantener un mínimo de vergüenza, recurre a la mentira y a la manipulación. Cuando se cae en la desvergüenza total, usa la tergiversación e incluso la santificación del mal para hacer pasar por bueno lo que es malo.

La mentira sólo puede ser combatida con la voluntad de ser real, porque ella cierra las escapatorias fáciles a mundos irreales, creados de modo artificial. Esta es una tentación muy fuerte, en los tiempos que corren. El desengaño y la frustración empujan a encontrar refugios donde vivir con comodidad e incluso, unos pocos, en la abundancia. La dureza de estos tiempos empuja a buscar refugios en sitios donde la pobreza y la opresión no sean percibidas. Este proceso convierte lo irreal en real y lo hace referente absoluto. Es así como se vive en la irrealidad, en medio de una realidad hostil. La voluntad de ser real, sin embargo, se enfrenta con la realidad; acepta vivir en medio de la realidad doliente de este mundo. Así, pues, para poder hablar de injusticia y justicia es necesario decidirse a vivir en lo real.

Detrás de esta decisión está la voluntad de expresar lo real, en oposición al relativismo. En estos tiempos, predomina la tendencia a enfocar la realidad de una forma controversial y así resulta que nada es evidente, puesto que todo se vuelve relativo. Sin duda hay que saber discernir cuándo algo es controversial y no hay que olvidar que la realidad misma se presta a veces a la controversia. Esta no es la cuestión. La cuestión es la actitud generalizada, de un tiempo a esta parte, de abordar la realidad desde lo que tiene de controversial. Por este proceso, las víctimas y el sufrimiento son convertidos en objeto de debate, unos y otros las causaron por igual y unos y otros discuten sobre ellas sin hacerse cargo, sin dar cuentas y sin acudir a la justicia. Al final, pareciera que nadie tendría responsabilidad, sino una guerra a la cual se puso fin en 1992 de manera exitosa. Esta es una forma eficaz para hacer desaparecer la existencia de las víctimas.

Pero la realidad se densifica en ellas de tal manera que la controversia no puede esconder su existencia, ni su sufrimiento. El debate entre posturas encontradas no puede hacer desaparecer lo evidente. En las víctimas, la realidad se densifica de forma tal que no puede hacer de ellas una cuestión debatible. Las víctimas constituyen una realidad que se impone por sí misma a una conciencia humana y cristiana. Por consiguiente, la injusticia y la opresión, por un lado, y la justicia y la liberación, por el otro, no son cuestiones debatibles, ni controversiales.

La centralidad de las víctimas surge de una situación de extrema gravedad para la población salvadoreña. Su existencia no terminó con la guerra civil, sino que ellas han aumentado de una forma escandalosa y aberrante, durante la transición. Esta no pudo poner fin a la crueldad humana, la cual produce ahora más víctimas que antes. Las nuevas víctimas que se agregan a las de la guerra civil también son producidas por una injusticia activa, que sufren de parte de unos poderes, los cuales actúan de un modo absoluto. Es el mismo fenómeno del siglo XX, un siglo de grandes avances tecnológicos durante la postguerra, pero al mismo tiempo, el siglo que más víctimas ha ocasionado a la humanidad.

La existencia de víctimas obliga a preguntar por qué el poder aniquila de una forma tan cruel y devastadora a la gente, en su mayoría inocente, en el sentido que ella no está en contra del poder. La gente es aniquilada por el poder por el simple hecho de existir de forma desprotegida, es decir, no tiene poder para defenderse. Esto nos coloca ante la cuestión de la injusticia de la historia. Se trata de una historia que, al parecer, necesariamente, causa víctimas y genera impotencia ante los victimarios, quienes casi siempre logran salirse con la suya. La historia y su acontecer deben ser pensadas, por consiguiente, desde la injusticia, cuyo poder parece ser absoluto. La injusticia posee más poder que la democracia y que la tecnología que hace la vida más fácil. El hecho de las víctimas es tan abrumador que pareciera que la democracia puede, o peor aún, necesita o sólo es posible con tanta injusticia. Quienes niegan o desconocen este hecho objetarán que ésta no es la democracia deseada o buscada. Pero sí así fuera, por qué la opinión general da por hecho que El Salvador es un país democrático e incluso tiene el atrevimiento de ponerlo como modelo de democracia exitosa ante la comunidad internacional. La lógica lleva a sostener que o bien el discurso es falso y la democracia es una fachada útil para esconder a las víctimas de un poder no democrático o bien la democracia, o al menos la democracia neoliberal, sólo es posible dejando víctimas a su paso.

Sea lo que sea, una democracia que produce tantas víctimas es incomprensible. El teórico del sistema argumentará que, cuando sea auténtica o alcance su plenitud, habrá justicia y el número de víctimas se reducirá de forma drástica. Desde una perspectiva práctica, surge la duda de si eso podrá ser posible alguna vez, porque la evidencia empírica, desde 1992, para no ir a finales del siglo XIX o a 1930, demuestra que las víctimas son parte fundamental del sistema político. La cuestión no es fácil de resolver, porque el modelo ideal parece inalcanzable, ciertamente, a partir de la experiencia del siglo XX, porque parece no haber otro modelo más adecuado para la convivencia humana, porque la democracia y la injusticia parecen ser inseparables, porque la justicia queda remitida a un futuro sin plazo y porque ante estas realidades, no cabe si no la resignación y el acomodo, puesto que la injusticia sería connatural a la existencia humana.

Llevado al extremo, tal vez esta sea una de las cuestiones límites de la experiencia humana. Es un límite insuperable, porque responde al anhelo humano de que al fin se haga justicia, que el verdugo no triunfe sobre la víctima. La víctima es la realidad negativa explícita más grave de la historia; pero, al mismo tiempo, expresa una esperanza positiva, la llegada de la justicia. Por eso, reclamar el derecho de las víctimas no es mirar al pasado, tal como sostiene la derecha, para evadir su responsabilidad histórica, sino que es la apertura más real que pueda darse hacia el futuro. Porque este futuro es tal, en la medida en que no haya más víctimas, y en la medida en que haya justicia. No es, pues, cierto que desde 1992, El Salvador sea un país o una sociedad dedicada a construir su futuro. Sigue siendo una sociedad del pasado. Es la misma realidad que se prolonga sin aparente solución de continuidad, puesto que ahora hay más víctimas y, en esa medida, menos justicia. La sociedad salvadoreña, como un todo, sigue prisionera de su propio pasado. Su presente es continuidad de injusticia y opresión y, en esa misma medida, continúa sin futuro.

Es así como se establece una vinculación entre el futuro y las víctimas, la justicia y las víctimas, la vida y las víctimas. La esperanza apunta en dirección a la justicia y no simplemente a la supervivencia. Por lo tanto, el sujeto primario lo constituyen las víctimas, no los políticos, ni sus partidos, ni los empresarios, ni el Estado. La esperanza que hay que rehacer, si es permitido hablar así, no es una esperanza cualquiera. Tampoco se trata del crecimiento económico de la mano de los tratados de libre comercio, ni de la cobertura y la calidad del gasto social, ni de la profundidad de la democracia, ni del desarrollo humano, aun cuando ésta pueda ser sostenido. Todo esto es necesario, sin duda, pero no es suficiente, porque estamos enfrentados a una situación límite. El escándalo que debe superar la esperanza es la muerte infligida injustamente, no la muerte natural como destino de la humanidad. La esperanza que es necesario construir es la esperanza que abre a la trascendencia, desde la injusticia y desde las víctimas.

Desde una perspectiva humana, no se avanzará hacia la justicia sin conciencia del agravio comparativo, ocasionado por la afrenta que este mundo, por el mero hecho de ser como es, incluidas las democracias, inflige a la mayoría de los seres humanos. No se avanzará sin la ultimidad de la compasión ante las víctimas como lo primero y lo último, anterior a la democracia y a la religión. Y no se avanzará sin la indignación y la denuncia de la opresión, muy unida esta última a la arrogancia y a la hipocresía. Muchas cosas son necesarias para luchar contra la injusticia, pero una que no debiera faltar es que las víctimas ocasionadas por ella nos afecten de una forma radical, tanto que cambien nuestras vidas. Esto no ocurre con facilidad. Por eso, los maestros de la sospecha son indispensables para cuestionar por qué la injusticia no posee ultimidad para reaccionar contra ella. En la actualidad, estos maestros deben cuestionar sobre occidente, la democracia, el mundo de la abundancia y del despilfarro, y de la prosperidad y el progreso. Más en concreto deben cuestionar sobre la incapacidad para reconocer la injusticia y para pedir perdón por ello. Y, de manera positiva, deben animar a ejecutar el primer acto de justicia: otorgar existencia a los excluidos, ponerles nombres y no dejarlos en el anonimato.

Esta parcialidad de la justicia choca a los oídos democráticos, aunque en la realidad impera una obvia parcialidad, pero en la dirección contraria, tanto en el ámbito jurídico como en el ámbito más primordial de lo económico y social. Sin embargo, esa parcialidad de la justicia es muy actual, porque la intuición de la parcialidad hacia el débil ha desaparecido. Para avanzar hacia la justicia es necesario superar la imparcialidad espuria del derecho, que redunda a favor de los poderosos. De ahí que se deba hablar de parcialidad. Es decir, la justicia debiera tener en mente, en primer lugar, la vida de los pobres y no sólo de los pobres individuales, sino de la mayoría que conforman como pueblo. La democracia no coloca en el centro de la sociedad a la víctima, sino al ciudadano. Es cierto que algunas de ellas sí se ocupan de ellas, pero no se encuentran en su centro. Esta limitación teórica puede explicar por qué las democracias no generan mucha vida, sino que, con frecuencia, generan más muerte que vida.

Para revertir esta historia hay que hacer uso de tipos de poder menos proclives al mal como la organización, la ciencia y la palabra. Estos poderes, bien utilizados, pueden ser eficaces para combatir la injusticia. Pero además, tal como dijo Ignacio Ellacuría, en su último discurso, en el ayuntamiento de Barcelona, es necesario crear modelos económicos, políticos y culturales que hagan posible una civilización del trabajo que sustituya a la civilización del capital. En esta tarea, los intelectuales de toda clase, esto es, los teóricos críticos de la realidad, tienen un reto y una tarea impostergable. No basta con la crítica y la destrucción, sino que se precisa una construcción que sirva de alternativa real. La tarea es inmensa y compleja. Sólo utópica y esperanzadamente se puede creer y tener ánimos para intentar revertir la historia, para subvertirla desde las víctimas y lanzarla en otra dirección, en una en la que cada vez haya menos víctimas. Esta tarea requiere de la mayor excelencia académica posible. Sin ella, la contribución de los intelectuales a problemas tan complejos es pobre. Requiere de gran honestidad, entendida como vocación de objetividad, pero además como autonomía y libertad. Por último, requiere de un gran coraje para enfrentar las corrientes dominantes. Por eso y en memoria de Ignacio Ellacuría y sus compañeros mártires, esta edición de la revista ECA está dedicada a una experiencia que, precisamente, recorre las primeras fases de lo que puede ser un proceso para sustituir la civilización del capital por la civilización del trabajo.

Desde una perspectiva cristiana, la esperanza de las víctimas es una esperanza en el poder de Dios contra la injusticia que las produce. El mensaje de la pascua cristiana es nuevo y escandaloso, porque el condenado, colgado y abandonado es el que ha sido resucitado antes que todos los demás. En consecuencia, coloca el futuro de la sociedad, no en políticas económicas, ni en teorías de la gobernabilidad, ni en la acumulación del llamado capital social, aunque, de nuevo, todo ello tal vez sea necesario como medio o instrumento, sino en las víctimas condenadas a la humillación, abandonadas a su suerte y olvidadas por el oficialismo. No hay alternativa, porque, al final, la verdadera esperanza es que no haya más víctimas y que haya justicia. La obcecación del injusto y del verdugo puede llevar a la desesperación e incluso al extremo de la venganza personal, pero hay que rehuir ambas cosas. La esperanza es más fuerte que estas inclinaciones primarias. Su futuro no puede construirse produciendo más víctimas, aun cuando se trate de los verdugos. La fuerza de la esperanza no está en su aniquilación, sino en la nueva forma de vida.

El lugar de esa esperanza es, desde la experiencia cristiana, el mundo de los crucificados. No es un lugar excepcional, sino el más común de ellos. La cruz de Jesús, antes de ser “la” cruz es una cruz más. Antes y después de ella ha habido muchas otras cruces. Las víctimas a quienes se ha dado muerte, son hombres y mujeres crucificadas; otras muchas mueren de lenta crucifixión, producida por la injusticia de las estructuras. La cruz es, pues, el lugar donde la esperanza se universaliza y desde ese lugar, la resurrección se convierte en signo de esperanza y, en la medida en que se participa, de forma análoga, en la vida y muerte de las víctimas.

Cuando la propia muerte no es sólo consecuencia de limitaciones biológicas, ni del desgaste que produce mantener la propia vida, sino cuando también es consecuencia de la entrega por amor a los otros y a lo que en los otros hay de pobre y producto de la injusticia, entonces, existe una analogía entre esa vida y esa muerte y la vida y la muerte de Jesús. Entonces, y sólo entonces, desde un punto de vista cristiano, se podrá participar también en la esperanza de la resurrección. Sin comunión con el crucificado, la resurrección sólo habla de la posibilidad de la supervivencia, una referencia ambigua, pues puede ser para salvación o para condenación. Para que haya esperanza de una supervivencia salvífica, hay que participar en la cruz de Jesús.

La esperanza en la resurrección es contra esperanza, tal como enseña Pablo, porque se trata de una esperanza crucificada, pero no sólo porque la expectativa de la supervivencia más allá de la muerte lleva consigo su propia oscuridad, sino porque ahora, la injusticia da muerte y pareciera que su poder no tiene fin. Este es el gran escándalo de la historia. En efecto, el escándalo primario es el asesinato del justo y no la muerte, en sí misma, así como también la posibilidad siempre abierta de darle muerte. La resurrección de Jesús plantea el problema de cómo habérselas con la propia muerte, en el futuro, pero recuerda que antes hay que habérselas con la muerte injusta del otro. El modo cristiano de enfrentar el gran escándalo de la injusticia que da muerte es el mismo con el cual se enfrenta la muerte personal. El coraje cristiano de esperar la propia resurrección vive del coraje de esperar la superación del escándalo histórico de la injusticia.

No se trata, pues, de una esperanza más allá de la muerte, sino de una esperanza contra la muerte de las víctimas. Por eso, es una esperanza descentrada, que cumple con la exigencia evangélica de olvidarse de sí mismo para recobrarse cristianamente. La esperanza está descentrada, porque capta la muerte actual de los crucificados como un hecho absolutamente escandaloso. Es una muerte con la cual el ser humano y el cristiano no pueden pactar y ante la cual están obligados adoptar una postura y a actuar, con lo cual la persona pasa a segundo lugar, respecto a su resurrección. Ese escándalo histórico debiera ser la mediación de lo que de escándalo hay en la propia muerte. La esperanza en la propia resurrección vive de la esperanza de la resurrección de las víctimas de la injusticia. Por eso, tener esperanza para las víctimas es la primera exigencia de la resurrección de Jesús para los cristianos, pero también la participación en ella. Hay que ser capaz de apropiarse de la esperanza de las víctimas, estar dispuesto a trabajar por ella, aunque eso convierta en víctima a quien decide tomar este camino de solidaridad radical. Fuera de este lugar y sin esa disposición, el anuncio de la resurrección de Jesús puede ser intercambiado con otros símbolos de esperanza de vida más allá de la muerte, los cuales proliferan en las religiones y la filosofía.

Quien ama a las víctimas, quién siente compasión última hacia ellas, quien está dispuesto a entregarse a ellas y a correr su mismo destino, éste puede encontrar también una esperanza para sí mismo, en la resurrección de Jesús. A un Dios que va siendo descubierto como amoroso y a favor de las víctimas, se le puede corresponder con amor radical a favor de ellas y de ahí que la pregunta por su destino último se vuelva más agudo. Pero también se puede esperar que el verdugo no triunfe sobre ellas y uno mismo puede entregarse a una esperanza final y plena. La esperanza es difícil. Exige la apropiación y con ello, la apropiación de la realidad de las víctimas. Pero con todo, la esperanza es real. Es como un don que las víctimas mismas entregan a quien se coloca de su lado. Así, pues, las víctimas nos ofrecen su esperanza.

San Salvador, 11 de noviembre de 2004.

 

 

Articulos

 

Del egoísmo a la solidaridad: alternativas solidarias en revolución

Carlos Zepeda

 

Si el sistema económico de una sociedad es una construcción humana racional y neutra, ¿por qué, entonces, la riqueza y la pobreza extrema coexisten, se mantienen y se reproducen? El darwinismo económico es visto como natural en el capitalismo, empero, ¿es la injusticia de este sistema económico “natural”? “Tener” se ha vuelto más prioritario que el “ser”, no solo en El Salvador, sino en el mundo. Volver a creer que otros mundos son posibles, en un ambiente de desesperanza, no es fácil, y menos aún en un país como El Salvador, donde la pobreza abate cada vez más a una mayoría creciente y unos pocos concentran no solo la riqueza, sino todas las relaciones de poder del país. En contraste, este artículo demuestra que las alternativas económicas sociales a este modo de hacer economía existen, con distintas formas solidarias, y crecen con nuevas raíces.


 

 

Contribución a la teoría y práctica de la economía solidaria en El Salvador. El Grupo Bajo Lempa

Beatriz Escobar

 

En este artículo se exponen los elementos teóricos principales, sistematizados hasta el momento, sobre la economía solidaria ?sin olvidar que se trata de algo dinámico, esto es, sin olvidar su carácter de “utopía en construcción” ?. En tal sentido, la autora quiere difundir y suscitar interés para que nuevos sujetos apoyen la alternativa, desde un punto de vista práctico y teórico, tal manera que sus reflexiones y propuestas ayuden a la creación de la nueva sociedad. El Grupo Bajo Lempa constituye una evidencia de la existencia, posibilidad y potencialidad de este “tipo” de economía. Cabe advertir, como ya lo han hecho algunos teóricos antes, que para comprender mejor estas nuevas formas de hacer economía, es necesario colocarse en la dimensión de lo posible, tratando de detectar sus potencialidades. No lo que ya son estas experiencias, sino lo que pueden llegar a ser.


 

 

Importancia del enfoque de la cobertura del valor de la fuerza de trabajo para la economía solidaria: evidencias

Mario Salomón Montesino Castro

 

Este artículo pretende discutir un asunto de vital importancia para la realidad y la teoría de la economía solidaria. Se trata de la fuerza de trabajo, su valor y la cobertura del mismo en la sociedad. Ya que la economía solidaria considera el trabajo como la categoría central de su sistema, su tratamiento no solo es interesante, sino necesario; en especial, en el contexto de lo que ha animado la elaboración de este artículo: el estudio cuidadoso y la precisión que los conceptos centrales de esta economía solidaria, o de esfuerzos similares, requieren para que sus fundamentos teóricos y prácticos sean sólidos y exitosos. Su éxito se mide por permitir un desarrollo humano con racionalidad reproductiva.


 

 

Algunas experiencias de economía solidaria en El Salvador

Aquiles Montoya y Xochitl Hernández

 

En este artículo, los autores explican qué debe entenderse por economía solidaria, por economía del trabajo y la solidaridad, nueva economía popular o economía autogestionaria y solidaria, y desarrollo económico comunitario, y por qué tiende a imponerse la denominación economía solidaria. Para ello, presentan el trabajo desarrollado por la Fundación para el Desarrollo (FUNDESA), institución que apoya a una serie de comunidades de los departamentos de La Paz, Cuscatlán, San Vicente y Morazán. Refieren que si bien es cierto que existen alternativas populares de desarrollo, ahí donde la pobreza y la marginación social son más profundas, también existen aquellas que ya han superado la satisfacción de las necesidades básicas de las personas, es decir, que ya no solo aspiran a generar mecanismos de subsistencia, sino también a crear un modelo más integral, que satisfaga las necesidades económicas y también las sociales, culturales, educativas, ideológicas y políticas de las personas. En tal sentido, el propósito del estudio es identificar las fortalezas y las dificultades del proceso, así como también su potencialidad para crear una estrategia alternativa de desarrollo para estas y otras muchas comunidades organizadas del país.


 

 

Microfinanzas y solidaridad

Julia Évelin Martínez

 

En la política nacional de la micro y pequeña empresa se señala que una de las estrategias de desarrollo del sector es la mejora del acceso al crédito para los empresarios y trabajadores de la micro y pequeña empresa, a través de una serie de programas e instrumentos. Pese a estas buenas intenciones, la última Encuesta Microempresarial muestra que el número de microempresas sin acceso a crédito se mantuvo constante en los últimos tres años (86.4 por ciento).
A partir de las limitaciones que las microfinanzas tradicionales tienen para resolver el problema de acceso al crédito de la microempresa salvadoreña y, por tanto, de su incapacidad para funcionar como instrumento para el desarrollo del sector, este artículo muestra la necesidad de trascender a un enfoque alternativo de la microfinanza, basado en relaciones de solidaridad y más coherente con el desarrollo económico y social de las personas y las familias, vinculadas al sector.


 

 

La estrecha ruta hacia la globalización de la solidaridad

Francisco Javier Ibisate

 

En este artículo, el autor explica el surgimiento --comentado por Frank Hinkelammert-- de un movimiento de recuperación de la globalidad de la humanidad y la tierra, en contra de la estrategia de acumulación de capital, que ha asumido, de forma ilegítima, el nombre de globalización, que en lugar de globalizar el mundo, lo destruye globalmente. Cada vez más es voz común y persuasión, incluso entre las elites mundiales, que el proceso no está cerrado; más aún, que el proceso de la globalización no está predeterminado ni económica ni social ni políticamente, y que, por tanto, puede ser dirigido hacia niveles de mayor humanidad, más equidad y más justicia social. En tal sentido, los “modelos” económicos están hechos para “remodelarse” de acuerdo al giro de la historia y a partir de la experiencia. Así, todo “experimento” debe ser evaluado porque puede ser que no se haya escogido el modelo más adecuado para el momento histórico del país y porque también suele ocurrir que las fuerzas o los grupos, internos y externos, de poder desvíen dicho modelo de los objetivos pactados, ya que cada grupo social los lee desde su propio interés. Es peor aún cuando el modelo se impone para defender determinados intereses minoritarios con el envoltorio de democracia, libertad, progreso humano, justicia y paz social, lo cual parece ser el caso de la globalización neoliberal, cuyo experimento histórico pretende evaluar el autor desde algunas cumbres mundiales internas y externas al modelo.


 

 

 

Comentarios

 

Nutrición, salud y productividad del trabajo en El Salvador

Manuel Delgado

 

Desarrollo alternativo o alternativas frente al desarrollo dominante: lectura sistémica de la experiencia del Grupo Bajo Lempa

Sergio Bran-Molina

 

Vinculación de la cobertura del valor de la fuerza de trabajo con el de la tecnología

Leslie Rocío Orantess

 

 

 

Cronica

Noviembre-diciembre de 2004

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