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| No. 673-674 Noviembre - diciembre 2004 |
NÚMERO MONOGRÁFICO
Homilías
No temer a los cambios necesarios
José María Tojeira
Vigilia del 13 de noviembre
Estamos una vez más recordando a nuestros hermanos mártires. Y recordándoles no
sólo desde la alegría de saber que siguen vivos, inspirándonos y animándonos a trabajar
por los demás, sino sabiendo que su causa crece de muchas maneras entre nosotros.
Avanza en nuestra resistencia al mal, avanza en el conocimiento de los caminos de
fraternidad que debemos recorrer, avanza en nuestra capacidad de propuesta frente
a una sociedad demasiado centrada en el enriquecimiento egoísta y en el desprecio
del pobre. Las lecturas que hemos elegido nos hablan muy claramente de la posición
radical que la Palabra de Dios tiene con respecto a la pobreza injusta. Mata a su
prójimo quien no le da el sustento. Mata al trabajador el que no le da un salario
suficiente. Crucifica, en definitiva, a su hermano o hermana el que lo mantiene
en la pobreza. Por eso, Ellacuría y sus compañeros insistían tanto en que había
que bajar de sus cruces a los crucificados de este mundo. Compartir, devolver al
hermano excluido y marginado el reconocimiento de su dignidad, amar al prójimo como
a sí mismo es el único camino, según la palabra de Dios, para poder llegar a ser
seguidor de Jesucristo.
Ante esta palabra que habla con tanta fuerza y vigor de la solidaridad con el pobre,
y ante nuestros hermanos, que dieron la vida por la paz con justicia, para que la
gozaran especialmente los pobres y sencillos de nuestro país, es necesario que hoy,
quince años después, renovemos nuestro compromiso con la transformación de nuestro
El Salvador. Este El Salvador en el que sigue habiendo pobreza y en el que se ha
cebado una enorme plaga de violencia, apoyada en la misma miseria e injusticia,
y en la impunidad de los poderosos, que sirve como estímulo y ejemplo para los delincuentes.
Plaga de violencia que nos ha golpeado también en la Universidad, llevándonos en
el semestre pasado a tres magníficos estudiantes, muchachos buenos, promesa frustrada
de honradez y desarrollo para nuestra patria. Quisiera, en esta misa, recordarlos
por su nombre. Sergio Coto, asesinado a los tres días de comenzar el primer semestre.
Ismael Orellana, asesinado en un bus por no llevar dinero. Y Ernesto Ávila, asesinado
también por mostrar un gesto de desagrado ante el robo que estaba padeciendo. Tres
espléndidos jóvenes, cuyo crimen permanece impune, pero cuya muerte nos reta una
vez más a cambiar radicalmente a esta porción del territorio centroamericano, y
al resto de Centroamérica, donde nuestros hermanos sufren la misma pobreza y violencia.
Cómo no querer revertir a historia desde las víctimas, si las víctimas eran lo mejor
de nuestra historia.
Recordábamos la situación de El Salvador, cuando el año pasado, Juan Pablo II decía
que “hoy más que ayer, la guerra de los poderosos contra los débiles ha abierto
profundas divisiones entre ricos y pobres. Los pobres son legión. Y en el seno de
un sistema económico injusto, con disonancias estructurales muy fuertes, la situación
de los marginados se agrava de día en día. En la actualidad, hay hambre, en muchas
partes de la tierra, mientras en otras hay opulencia. Las víctimas de estas dramáticas
desigualdades son sobre todo los pobres, los jóvenes, los refugiados” (Pastores
Gregis 67). Y hoy, a la luz de nuestros mártires, decimos que no queremos más guerra
de los poderosos contra los débiles. Y nos animamos mutua y de manera esperanzada,
porque si nuestros mártires vencieron al fin, pacíficamente, a los que hacían la
guerra con metralla y con cañones, cómo no vamos a estar seguros nosotros de que
podemos vencer, pacífica y conscientemente, esta guerra económica y legal que se
sigue haciendo contra los pobres de El Salvador.
¿Qué país queremos? ¿Qué ansiamos cambiar en esta tierra crucificada? Ciertamente,
queremos desterrar la pobreza y la violencia. Pero también la corrupción, la ineficacia
de nuestras instituciones, un sistema judicial que, en palabras de Mons. Romero,
todavía actuales, solo muerde al que camina descalzo.
Nuestro país necesita, en primer lugar, una transformación de actitudes, un cambio
de cultura profundo. Tenemos que aprender todos a ver la historia desde los ojos
de Lázaro y no desde la vida en opulencia e indiferencia del rico, al que tradicionalmente
le hemos llamado Epulón, pero que en el evangelio permanecerá siempre sin nombre.
Son las víctimas de la historia, los pobres, los débiles y los indefensos los que
nos enseñan a tener valores, y no los poderosos. Son ellos, los sencillos, los que
dieron su vida pacíficamente por la justicia, los que murieron mientras iban o volvían
de estudiar, los que fueron asesinados mientras esperaban a un amigo, los que nos
dicen que debemos cambiar esta historia de violencia, pobreza e injusticia social.
Tal vez no sea fácil cambiar las actitudes. Pero aquí estamos, reunidos miles que
queremos cambiar el país. Y por radio nos están escuchando otros miles más de personas
buenas, bien intencionadas, que quieren un El Salvador mejor. Si liberamos nuestra
generosidad, si nos dejamos impactar por el evangelio que nos habla de solidaridad
y entrega, de opción clara y honda por los más pobres, podemos hacerlo. Tenemos
a nuestros mártires, que aceleraron con la entrega de su vida el proceso de paz
salvadoreño. Tenemos a Mons. Romero, que brilla como una luz en el camino, cada
día más intensa y clara, mientras se apagan los brillos falsos de sus asesinos,
por más dinero que le metan en publicidad. Tenemos a tanta gente buena, que empuja
desde su trabajo diario, desde su esperanza, desde su opción por vivir solidariamente,
desde su hambre y sed de justicia. Iniciemos entre todos una cultura de paz, de
razón compasiva y misericordiosa que opta por los más débiles, de amor a la vida,
en todo momento y en toda circunstancia.
En esta nueva cultura, en esta transformación de actitudes, entra la memoria de
los que nos precedieron. Una memoria transformadora. La memoria de Katya Miranda,
que exige que se transforme la justicia en nuestro país. La memoria de las hermanitas
Serrano, dos niñas campesinas desaparecidas, que han logrado llevar al estado salvadoreño,
por primera vez, al tribunal de derechos humanos de la Organización de Estados Americanos.
Los ángeles inocentes e indefensos a punto de derrotar a un Estado con toda su prepotencia,
con todo su dinero, con todo su ejército y con toda su propaganda.
El evangelio del pobre Lázaro nos habla del triunfo final de los justos y en la
historia el Señor nos da el consuelo de ver cómo los humildes, poco a poco, logran
bajar a los potentados de los tronos y los obligan a pedir perdón. Las palabras
de María, nuestra madre, esa mujer fuerte, mucho más semejante a las madres que,
en tiempo de guerra, lloraban la muerte injusta de sus hijos que a las pinturas
de mujer rica con las que a veces se nos muestra, aseguraba que Dios llenaría de
bienes a los pobres, mientas a los ricos los despediría vacíos. Nuestros mártires,
todos los mártires de El Salvador, sean famosos o desconocidos, y a quienes recordamos
como los nuevos próceres de El Salvador, nos empiezan a decir que hay una nueva
historia, donde la dignidad, el respeto a los pequeños y la justicia son posibles
para todos. Aunque haya que luchar pacífica y permanentemente. Aunque haya que esforzarse.
Aunque haya que confiar en medio del fracaso y del dolor. Por eso, no descansaremos
hasta que los victimarios pidan perdón.
Esta opción por los pobres hoy, en nuestra historia y en nuestro país concreto,
en nuestra Centroamérica querida, nos lleva a exigir una inversión mucho mayor en
educación. Que nadie sin capacidad para estudiar se quede sin la oportunidad de
hacerlo. Que desaparezcan las desigualdades entre los institutos públicos y rurales
y los privados de la capital. No para bajar el nivel de los capitalinos, sino para
subir el nivel de todos y ofrecer una igualdad de oportunidades real, a todos nuestros
hermanos y hermanas. Cómo no preocuparnos si vemos que se persigue con tanto afán
la firma del tratado de libre comercio y se olvida, entre tanto, preparar, instruir
y educar a nuestra gente para que no nos arrase la competencia de quienes tienen
mejor preparación y más dinero.
Esta misma opción nos exige un único sistema de salud y una mejora del sistema para
todos y todas. Cómo es posible que hoy todavía una madre campesina, que ha dado
a luz diez hijos, que ha trabajado toda su vida más que nadie, que ha creado riqueza
para El Salvador, tenga menos derechos en el campo de la salud que un burócrata
que ha quemado su vida tratando mal a la gente detrás de una ventanilla. ¿Por qué
ella no tiene derecho a medicina, en el sistema del Ministerio de Salud, mientras
al burócrata se la dan gratis en el seguro social? Esto tiene que cambiar en nuestra
patria para que podamos llamarnos verdaderamente hermanos sin que se nos caiga la
cara de vergüenza. Aunque algunos no tienen vergüenza y tienen la cara tan dura
que es casi imposible que se les caiga. Pero no se preocupen, la dureza está en
las máscaras que se colocan, y ésas se pueden quitar.
Todas las instituciones estatales tienen que servir a todos y todas por igual. Empezando
por un sistema de justicia, que funciona todavía demasiado apegado al poder y al
dinero. Un sistema en el cual las víctimas del pasado nunca ganan, aunque las instancias
internacionales de justicia digan que tenían dignidad y razón. Romper el monopolio
de la acción penal de una fiscalía demasiado politizada y dependiente en exceso
de los poderes dominantes, es una exigencia para el mejoramiento de la justicia.
Lo mismo que reorientar una policía, tan necesitada de formación, depuración y reformas
para poder servir mejor al ciudadano y al país. Y continuando por la organización
del sistema de impuestos, hasta ahora demasiado apoyado en los más pobres y en la
clase media, y que deja a los más ricos hartándose con el pastel nacional y sin
que se les exija responsabilidad, en el desarrollo de todos.
Cómo no exigir, en ese contexto, una auténtica reforma fiscal. No sólo el reordenamiento
de impuestos realizado hasta ahora, sino una verdadera reforma, que toque a los
que los evaden. La riqueza la producimos entre todos en este país. Todos trabajamos.
Pero el modo de apropiarse de ella está demasiado inclinado a favor del más poderoso,
del cual tiene apoyo político, o del cual pueda engañar y explotar con impunidad.
Si es cierto el dato que ha circulado, de que en El Salvador solo 1,065 personas
declaran un salario superior a 4 mil dólares mensuales, eso quiere decir que hay
fácilmente 50 mil salvadoreños que le engañan y le roban al Estado. Contra esos
50 mil ricos es que hay que hacer una verdadera reforma de impuestos y no querer
cargarle todo el peso impositivo a los pobres y a la clase media, a través del impuesto
al valor agregado. El mantener al país en esa incapacidad de tocar el bolsillo de
los que tienen, es la fuente de muchos de los males que nos aquejan. No tengamos
miedo en pedir los cambios que necesitamos. Si no necesitamos ejército es mejor
decirlo y dedicar esos fondos a educar a los jóvenes del campo y de los barrios
marginales, en nuestros colegios y escuelas, a reformar el sistema de salud y a
combatir el crimen que tanto dolor y luto nos trae a todos. Qué bonita sería una
Centroamérica desmilitarizada, enrumbada en caminos de paz y de desarrollo.
Las lecturas nos dicen que el Señor oye las quejas del huérfano y de la viuda. No
duden que el Señor está oyendo nuestros clamores y tiene sus ojos puestos en El
Salvador, en Centroamérica, y en tantos países del mundo donde la guerra, la pobreza
o las catástrofes humanitarias se suceden, en dolor y en desesperación. Pero el
Señor quiere que seamos nosotros y nosotras los que sigamos el camino de Jesús.
Ese camino pacífico que pide que carguemos con la cruz de la solidaridad y del amor,
día a día. Esa carga que siempre será ligera porque Él camina con nosotros. Que
digamos, desde la paz y la razón, nuestra verdad, la verdad de los pobres y las
víctimas, la razón de los hombres y mujeres de buena voluntad, que quieren, desde
el diálogo y el testimonio personal, hacer un mundo más justo y más humano. Si el
Señor está con nosotros, quién contra nosotros, que decía san Pablo. Y si al lado
del Señor están también Mons. Romero, nuestros mártires jesuitas con Elba y Celina,
los niños y niñas de El Mozote y de tanta masacre, Katya Miranda, y nuestros estudiantes
asesinados en el pasado y en el presente, Sergio, Ismael y Ernesto, ¿quién contra
nosotros? ¿El poder del vil dinero, como lo llama el evangelio? ¿La propaganda mentirosa?
¿El egoísmo de una sociedad de consumo?
En todo ello vencemos por la fuerza de Jesús, el Cristo, que nos amó desde la cruz.
Y en todo ello vencemos, porque muchos años después sigue habiendo profetas, sigue
habiendo mártires y sigue habiendo personas de buena voluntad, como ustedes, hermanos
y hermanas, que nos acompañan, que creen en el Señor Jesús y que están dispuestos
a curar las heridas y enjugar las lágrimas de este El Salvador herido, por el pecado
y la injusticia. Que el recuerdo de nuestros mártires, unido a la presencia del
Señor Jesús, vivo entre nosotros, en la comunidad, en la palabra y en el sacramento,
nos anime con ese ánimo y esa fuerza, que nada ni nadie nos puede arrebatar. Que
así sea.
La voz de su sangre, la más elocuente de las palabras
José A. Idiáquez
Provincial de la Compañía de Jesús
Cripta de la catedral metropolitana
14 de noviembre de 2004
Querido Monseñor Romero:
Los jóvenes de la pastoral universitaria de la Universidad Centroamericana me pidieron
que presidiera esta eucaristía en su cripta, aquí en catedral. Acepté con gusto,
porque para mí, es un regalo de Dios tener la oportunidad de partir el pan, en un
lugar sagrado, símbolo de la muerte y resurrección del pueblo salvadoreño.
Anoche, en la UCA, nos reunimos un buen número de personas para celebrar la muerte
y resurrección de Elba, Celina, mis hermanos jesuitas y de todos los mártires de
su Pulgarcito de América. En esa celebración, hicimos realidad lo que usted decía:
“que nuestras misas debían de caracterizarse por la alegría, por el canto, la participación,
el contacto con ese Dios que nos ama, porque nuestra religión en un festín”. Me
imagino que hasta el cielo llegó el delicioso olor de las pupusas calientitas y
de los tamalitos que compartimos y que usted tanto disfrutó, en las visitas a los
cantones más recónditos de su querido El Salvador. Sé que también escuchó los fuerte
aplausos que le dimos porque, no hay duda, que usted es nuestro Mártir mayor. Y
estoy seguro que en el cielo no hubo necesidad de votación popular para esa elección,
porque está claro que usted sigue siendo la cabeza y el pastor de la Iglesia martirizada
de El Salvador. Esta eucaristía, Monseñor, es para nosotros un acto de reconocimiento
y de agradecimiento de nuestros mártires, de sus familiares, del pueblo salvadoreño
y de los pobres de este continente, por indicarnos el camino, que nos lleva al encuentro
con Jesús resucitado.
En el evangelio de san Lucas de este domingo, Monseñor, Jesús nos presenta un serio
problema que usted enfrentó en vida; pero al mismo tiempo, nos da la solución. Nos
dice que por su causa y para dar testimonio de Él, nos “perseguirán, nos apresarán,
nos llevarán a los tribunales y nos harán comparecer ante reyes y gobernadores.
Matarán a algunos de ustedes y todos los odiarán por causa mía”. Pero inmediatamente
después de esa mala noticia, Jesús nos tranquiliza y nos da la paz interior que
usted transmitía a su pueblo, desde esta catedral. Y Jesús nos dice: “grábense bien
que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias,
a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes”.
Su experiencia entre nosotros, Monseñor, como pastor de su pueblo, nos da la plena
seguridad que las palabras de Jesús se han hecho realidad en El Salvador. Hubo odio
y maldad de los gobernantes y poderosos de este país, que los llevó a cometer la
mayor injusticia que un ser humano puede hacer: quitar la vida a un inocente. Pero
se equivocaron, porque esa injusticia la están pagando caro: no apagaron su voz
y su profetismo sigue incomodando a los que se sienten reyes, en este país. En esta
catedral, en su homilía del 21 de junio de 1979 ?nueves meses antes de su asesinato?,
usted dijo unas palabras proféticas, que hoy aprovecho para recordarle a los asesinos
intelectuales y materiales de su persona: “la voz de la sangre es la más elocuente
de las palabras. Por eso esta cátedra se siente solidificada por el testimonio de
la sangre que en esta catedral se ha hecho ya casi una voz ordinaria. Aquí se ha
derramado sangre del pueblo, sangre de sacerdotes. Desde esta catedral, hemos tratado
de interpretar el lenguaje de tanta sangre derramada por nuestro país, en las montañas,
en las calles de nuestras ciudades y de nuestras carreteras, en las playas. ¿Dónde
no se ha regado la sangre que esta catedral, intérprete de ese lenguaje de dolor
y de angustia, trata de hacerla un mensaje de consuelo y esperanza?”.
Sus palabras eran vida, porque ese era usted: un sacerdote experto en el “lenguaje
del dolor y de la angustia” de un pueblo crucificado. El obispo que compartía las
penalidades de los otros. El hombre frágil, que no permitió que los adversarios
del pueblo desterraran el sufrimiento del inocente al anonimato, carente de expresión.
Como olvidar sus denuncias valientes ante los asesinatos de sus sacerdotes. Todavía
resuenan en esta catedral los aplausos que le brindaron aquel 14 de enero de 1979,
cuando usted dijo: “‘¡El que toca a un sacerdote toca al arzobispo!’. Yo quiero
expresar mi solidaridad con los sacerdotes, las religiosas y los demás agentes de
pastoral, cuyas vidas están en peligro. Solidarizarme porque sé que sus actuaciones
y enseñanzas responden a las exigencias de una Iglesia que nos pide un compromiso
con el verdadero mesianismo de Cristo, que lleva ?como a Cristo? a las fronteras
de la muerte, ¡hasta el calvario! Y les diré a los queridos sacerdotes, religiosas
y fieles que trabajan y viven este verdadero mesianismo, que no se desanimen, que
nos apoyemos juntamente para seguir dando honor a Jesucristo…”.
Sus palabras proféticas siguen siendo inspiración para las madres, las esposas,
las hermanas, los hermanos, las hijas, los hijos de nuestros mártires: “la voz de
la sangre sigue siendo la más elocuente de las palabras”. Y es, justamente, “el
color de la sangre de nuestros mártires la que jamás se olvida”, la que nos convoca
y fortalece para seguir trabajando por la causa de Jesús. Es esa sangre la que,
en estos días, nos permite renovar nuestro compromiso cristiano, seguros de que
vamos a resistir los embates del adversario. Queremos que el XV Aniversario de los
mártires de la UCA se convierta en una ocasión para anunciar al mundo que estamos
a las puertas de celebrar los veinticinco años de su muerte y resurrección. Que
el próximo 24 de marzo de 2005, vendremos a rezar con usted. Una vez más, usted
nos convoca y nos invita a la solidaridad. Celebraremos veinticinco años de que
la “voz de su sangre” sigue acompañando al pueblo salvadoreño, en sus luchas, en
contra de las medidas económicas injustas.
Como usted sabe, Monseñor, la llamada globalización o mundialización está produciendo
buenos resultados para unos y pésimas consecuencias para otros. Uno de los peores
resultados es la exclusión de las cosas buenas, que el proceso produce: eso significa
que los más pobres, como siempre, Monseñor, no tienen acceso a la buena atención
médica, ni a las medicinas; siguen siendo excluidos de una buena educación; no tienen
posibilidades de entrar en el mundo de Internet, los millones de seres humanos que
son analfabetos y que continúan sin obtener los servicios de electricidad y agua
potable. Los cambios que ha traído la globalización han producido fenómenos como
el aumento de la criminalidad, la inseguridad ciudadana y la emigración. Hay fuerzas
mundiales que apuestan por la construcción de sociedades individualistas e insolidarias.
Como ve, Monseñor, su vida y la “voz de su sangre” siguen siendo una inspiración
para seguir luchando en contra de ese individualismo salvaje y del endiosamiento
del mercado.
“La voz de su sangre, la más elocuente de las palabras” nos da la seguridad de que
cuando se vive de la mano de Jesús, el ser humano tiene la valentía de despojarse
de todo, aunque no tenga recompensa; tiene el coraje de denunciar, sabiendo que
pone en riesgo su vida; tiene capacidad para ceder y callar, aunque pueda parecer
tonto. Y esa audacia, únicamente es capaz de realizarla un hombre como usted, hombre
para los demás, que siempre se preguntaba si su corazón estaba realmente presente
en su misión. Gracias Monseñor, por cargar las penas y las angustias de este pueblo;
por estar presente en los momentos en los que ayuda más un acompañamiento silencioso
que un conocimiento abundante; las muestras de ternura y compasión más que las fuerzas
del poder; y lo más importante: hacer presente el amor de Dios más que ninguna otra
cosa.
Quiero finalizar esta breve cartita, diciendo con usted: “¡Bendito sea Dios, Padre
de nuestro Señor Jesucristo, que por la resurrección de Cristo de entre los muertos,
nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva”. Que así sea.
Discursos Doctorados Honoris Causa
La iglesia y la opción por los pobres
Julián Filochowski
Doctor honoris causa en derechos humanos
15 de noviembre de 2004
Hace treinta años, la Compañía de Jesús celebró un encuentro mundial, su Trigésima
Segunda Congregación General, que marcó un hito de trascendencia extraordinaria.
Ahí proclamó una opción preferencial por los pobres. En el Decreto 4, volvió a articular
la misión jesuita como el “servicio de la fe y la promoción de la justicia”. Desde
entonces, ambas cosas serían inseparables.
En esa ocasión, la Compañía de Jesús declaró que “La injusticia de nuestro mundo,
donde millones de hombres y mujeres que tienen nombre y rostro, sufren pobreza y
hambre y el desigual e injusto reparto de los bienes y recursos, constituye un ateísmo
práctico, una negación de Dios. Es porque en efecto niega la dignidad y los derechos
de la persona humana, imagen de Dios, hermano o hermana de Cristo. El culto del
dinero, del progreso, del prestigio, del poder, tiene como fruto este pecado de
injusticia institucionalizada y conduce a la esclavitud ? comprendida también la
del opresor? y a la muerte”. Fueron palabras poderosas y proféticas, en 1974.
Y sigue, “Debemos… vencer las resistencias, temores y apatías que impiden comprender
verdaderamente los problemas sociales, económicos y políticos que se plantean en
nuestros países como también a nivel internacional... En ningún caso podemos dispensarnos
de un análisis ?lo más riguroso posible? de la situación desde el punto de vista
social y político… De aquí han de brotar compromisos que la experiencia misma nos
enseñara como llevar más adelante”. Y luego un aviso, “Caminando paciente y humildemente
con los pobres aprenderemos en qué podemos ayudarles, después de haber aceptado
primero recibir de ellos. Sin este paciente hacer camino con ellos, la acción por
los pobres y los oprimidos estaría en contradicción con nuestras intenciones y les
impediría hacerse escuchar en sus aspiraciones y darse ellos a sí mismos los instrumentos
para tomar efectivamente a su cargo su destino personal y colectivo”.
En un decreto posterior1 hay una valiosa elaboración adicional: “La plena liberación
humana, para el pobre y para todos nosotros, se basa en el desarrollo de comunidades
de solidaridad tanto de rango popular y no gubernamental, como de nivel político,
donde todos podamos colaborar en orden a conseguir un desarrollo plenamente humano”.
La trayectoria, desde 1974, de esta gran Universidad Centroamericana “José Simeón
Cañas”, parece haberla llevado de manera paulatina a una adhesión, con cada vez
mayor intensidad, a estos compromisos. La UCA de San Salvador, en una sociedad de
división social escandalosa, de conflicto y guerra civil, se ha esforzado para convertirse
en un centro de excelencia académica, que se ha mantenido, a pesar de todo, en comunión
con todas las realidades de El Salvador y de su pueblo.
En varios programas especiales, la UCA ha analizado con una gran precisión la realidad
de la injusticia institucionalizada, en El Salvador y en Centroamérica, y ha dicho
esa verdad sin miedo; ha promovido la reforma social y económica, los derechos humanos,
el diálogo y la paz; y ha brindado apoyo y acompañamiento a los movimientos populares,
a las comunidades de base y sus dirigentes, difundiendo y celebrando sus luchas.
De una u otra manera, los mártires jesuitas, cuya vida y muerte celebramos esta
noche, estuvieron todos inmersos en aquella empresa profética, junto con tantos
otros compañeros, en la UCA y en la Provincia Centroamericana de la Compañía de
Jesús. Ellos estuvieron verdaderamente en el epicentro de las “comunidades de solidaridad”
entrelazadas, y que funcionaban en el ámbito local, regional y global. Fueron emblemáticos
de una Iglesia de los pobres y anunciadores de una “nueva catolicidad” para nuestros
tiempos.
Hoy, ustedes otorgan un honor grande ?y poco merecido?, no a un académico ni a un
intelectual, sino a un militante contra la pobreza, un miembro del movimiento de
Justicia y Paz, un terco luchador eclesial, quien no acepta como respuesta la palabra
“no”.
La identidad eclesial que muchos en el movimiento de Justicia y Paz, hemos abrazado,
tiene sus orígenes en el Concilio Vaticano Segundo, en su descripción del “pueblo
de Dios”. La Constitución Pastoral sobre la Iglesia, Gaudium et Spes, articuló un
vínculo desde la Iglesia con las alegrías y los dolores y luchas de pueblo de la
época. El párrafo 76, anuncia: “Es la tarea de la Iglesia levantarse como signo
y garantía de la dignidad trascendental de la persona humana”. Eso significa que,
no importa lo que amenace a esa dignidad ?sea la tortura practicada por el Estado
o la peor miseria infrahumana?, se convierte en asunto de la Iglesia.
Nuestra identidad eclesial se ha moldeado, a través de la experiencia, vivida y
compartida, de las comunidades y redes eclesiales en Europa, África, Asia y las
Américas, con quienes parten su pan y buscan la justicia y se comprometen en transformar
la miseria y la crueldad de su mundo ?con un eslabón visible de la unidad?, que
ha llegado a ser una fuerte contraseña para la cultura dominante del individualismo,
del consumismo y, muchas veces, una indiferencia amnésica a la condición lamentable
de los pobres.
Pero los avances en el pensamiento social católico, junto con el desarrollo de la
teología de la liberación, en este continente, han sido de una importancia crucial
para la consolidación de esa identidad, en particular para la articulación de la
opción preferencial por los pobres. Dentro de la única familia humana que juntos
constituimos en este planeta, todos hijos e hijas del mismo Dios, hermanos y hermanas
de Jesucristo, en primer lugar, están los pobres. En primer lugar, están los pobres.
Este es el aporte radical y seminal de la Iglesia latinoamericana a la doctrina
social católica, que se invoca libremente, incluso de forma rutinaria, y se cita
en el discurso episcopal y hasta papal2. La vivencia fiel de esa opción preferencial,
incluso hasta el martirio, significa que no se la puede descartar como mera retórica
contextual de los últimos años del siglo XX. Al contrario, la opción preferencial
por los pobres llega a ser parte del código genético de la Iglesia post-conciliar.
En la formulación tradicional, enunciada en el credo niceno, la Iglesia tiene cuatro
características ?es una, santa, católica y apostólica. Pareciera que, en el amanecer
del siglo XXI, debemos añadir una quinta característica. La verdadera iglesia de
Cristo se reconocerá por su unidad, su santidad, su universalidad, su apostolicidad
y por su opción por los pobres.
La expresión más sucinta y elocuente de nuestra identidad eclesial, que yo asumo,
es que como Iglesia somos “un pueblo global unido en sacramento y solidaridad, luchando
por seguir al Señor en este mundo quebrado y dividido”.
Este mundo quebrado y dividido
Año tras año, el informe sobre el desarrollo de Naciones Unidas nos cuenta, cuadro
por cuadro, la condición de nuestro mundo globalizado y globalizante. Es una enciclopedia
inapreciable del estado de la creación. Los informes de 2003 y 2004, nos presentan
una lectura tan desafiante como angustiante.
Al comienzo del tercer milenio, en este mundo de superabundancia, 830 millones de
personas se acuestan todas las noches con hambre, 24 mil personas mueren de hambre
cada día, la mayor parte de ellos antes de cumplir cinco años. Unos 1,200 millones
de personas no tienen acceso a una fuente de agua segura; 2 mil cuatrocientos millones
carecen de saneamiento básico; 104 millones de niños en edad escolar no asisten
a la escuela primaria. Más de 45 millones de personas viven con VIH-SIDA ?el 90
por ciento de ellas, en los países del tercer mundo. Las estadísticas nos pueden
adormecer, pero éstas son “personas que se han cansado de llorar”.
Una quinta parte de la humanidad, unos 1,200 millones de personas, viven en la miseria
absoluta, con menos de un dólar diario, el nivel más mínimo de subsistencia. La
mitad de la población del mundo, 3 mil millones de personas, existen con menos de
dos dólares diarios. Viven en la pobreza y se las arreglan sólo con enorme dificultad.
A la vez, según un cálculo de CAFOD, una vaca, en Europa, recibe dos dólares y cincuenta
centavos por día en subsidios, otorgados a los ganaderos europeos, por sus gobiernos;
en Estados Unidos, esa suma asciende a casi tres dólares diarios y en Japón, a más
de siete dólares. La realidad brutal es que 3 mil millones de personas, en los países
del sur, vivirían mejor si fueran vacas, en los países del norte. A esto podríamos
llamarlo “la opción preferencial por las vacas”.
Según datos de la Organización Europea para la Cooperación y el Desarrollo (OECD),
Europa gasta casi 50 mil millones de dólares cada año en apoyo y subsidio agrícolas,
a través de su Política común para la agricultura. En Estados Unidos, los datos
son parecidos. Este malgasto de recursos escandaloso produce una sobreproducción
masiva. Pero llega a ser un crimen contra la humanidad cuando el dumping de estos
productos subsidiados en el mercado, destruye la vida y las perspectivas de supervivencia
de los más pobres del planeta, creando la miseria, la exclusión y, claro está, la
muerte.
En la reunión de la Organización Mundial de Comercio, celebrada en Cancún, hace
un año, cuatro países menos desarrollados de África, productores de algodón ?Benín,
Burkina Faso, Malí y Chad?, que ocupan los lugares 159, 173, 172 y 165, en el índice
de desarrollo humano, pidieron la abolición de los subsidios al algodón (en los
países del norte). Dos terceras partes del valor de las exportaciones de estos países
en desarrollo dependen de dicho producto. La vida de 10 millones de campesinos y
de pequeños productores de África depende absolutamente del algodón. Han ido modernizando
su producción y han invertido, de acuerdo con las exigencias del Banco Mundial,
pero el precio del algodón cayó en un cincuenta por ciento, entre 1997 y 2002. Estados
Unidos subsidia a 25 mil productores de algodón con 3,300 millones de dólares anuales.
La Unión Europea otorga mil millones de dólares a estos productores, en España y
Grecia. El resultado final es que se vende el algodón en un precio menor que el
costo de producción en África. Los representantes de los países africanos regresaron
a sus países con las manos vacías. Para estos cuatro países, es una catástrofe económica
y humana.
Sierra Leona es el país más pobre ?el último en la liga del desarrollo humano, en
el lugar 175 de 175 países. El Salvador ocupa el 105. Los niveles de vida se parecen
a los de los países del norte, en la edad media. El ingreso por cápita es de 470
dólares anuales ?mientras que en El Salvador, asciende a 5,260 dólares? y el 60
por ciento de la población gana menos de un dólar diario. En El Salvador, el 21
por ciento. Solo una de cada tres personas sabe leer y escribir. En El Salvador,
cuatro de cada cinco. Y la esperanza de vida es de 35 años. En El Salvador, 70 años.
Las desigualdades entre las naciones y dentro de las naciones son asombrosas. El
5 por ciento más rico de la población mundial recibe 114 veces más que el ingreso
de los 5 por ciento más pobre. El 1 por ciento más rico recibe tanto como el 57
por ciento más pobre3.
El abismo se ha ido ensanchando durante cuarenta años, y durante los noventa, la
primera década de la nueva globalización, empeoró todavía más. En África, donde
hoy en día más de la mitad de la población vive por debajo de este nivel mínimo
de un dólar diario, diecinueve países registraron niveles negativos de crecimiento,
en los años noventa. Al comienzo de ellos, los niños menores de cinco años tenían
19 veces más probabilidad de morir que los de los países ricos. Hoy, es 26 veces
más. La pobreza es, sin duda, el arma más potente de destrucción masiva que existe
hoy en día.
Globalización y pobreza
Si se habla con cualquier poblador, campesino o vendedor del mercado, en El Salvador
o en cualquier país, en vías de desarrollo, es mucho más probable que mencionen
a su gobierno, sea éste de derechas o de izquierdas, a políticos locales corruptos,
la policía, a todo tipo de intermediarios, a usureros, a terratenientes avariciosos
como fuente de sus problemas, en vez de echar la culpa a la globalización o a sus
agentes. No podemos cerrar los ojos ante la enorme responsabilidad de los ricos
y poderosos de los países del sur, por muchos de los problemas que azotan a sus
poblaciones. Pero los efectos dañinos de la globalización también tienen un impacto
poderoso incluso en países como México o Brasil ?jugadores relativamente potentes,
en el escenario mundial?, pero ese impacto es mucho mayor en los países menos desarrollados
de África, tal como lo muestra el ejemplo citado del algodón. Su poder en las negociaciones
internacionales es mínimo o inexistente. Sin embargo, tienen que atenerse a acuerdos
comerciales, los cuales pueden empobrecer a su población. Además, sus recursos presupuestarios,
con o sin la corrupción y con o sin mal gobierno, ambos endémicos, son absolutamente
incapaces de garantizar el colchón de seguridad más mínimo. Por lo tanto, están
lejos de financiar los ambiciosos objetivos de desarrollo del milenio.
La globalización es el resultado general de la interdependencia mundial, en los
campos económico, político, social, cultural y tecnológico. Trae consigo la conexión
y la homogeneidad, pero también la fragmentación y las contradicciones. Pero la
globalización económica es la fuerza motriz de los cambios rápidos, que traen la
integración económica, la extensión universal del mercado, la omnipresencia y el
poder exagerado de las corporaciones transnacionales. Los marcos económicos mundiales
desde los cuales se dirige el proceso, de acuerdo con el así llamado Consenso de
Washington, son la Organización Mundial del Comercio y las instituciones de Bretton
Woods4. No es el consenso global de las grandes mayorías de los pueblos del mundo;
ni siquiera de los gobiernos de nuestro mundo. Es el “consenso” del Grupo de Ocho
(el G-8) y de las potencias industriales más grandes, junto con los actores de las
empresas y financieras transnacionales. Sus pilares principales son la liberalización
indiscriminada, la desregulación y la privatización generalizadas; y su objetivo
es abrir a la fuerza el mercado global y así llevar al máximum el comercio, las
transacciones económicas, y el lucro, sin ningún cuidado, ni preocupación por las
consecuencias humanas.
En cambio, las instituciones políticas mundiales se han ido debilitando, desde el
11 de septiembre. A pesar del establecimiento de la Corte Penal Internacional, estamos
todavía muy lejos de conseguir la globalización de la protección y la promoción
de los derechos humanos ?los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y
culturales?.
Junto a la riqueza y la prosperidad de la cual han gozado los países del norte y
los avances, sin precedentes, en informática y comunicaciones, la globalización
económica también ha tenido sus “ganadores”, en los países del sur ?cuando se han
abierto nuevos puestos de trabajo y posibilidades de vida como resultado de la inversión
internacional y del crecimiento? y nos equivocamos si cerramos nuestros ojos ante
ese hecho. En los años noventa, el número de personas que vivía en extrema pobreza,
en los países de Asia Oriental y del Pacífico, se redujo a la mitad. Este es un
logro significativo.
Pero para otros fue la “década de la desesperanza”, tal como hemos visto. África
retrocedió, en los años noventa. El porcentaje de personas que vivían con menos
de un dólar diario no cambió, lo cual significa que, en términos absolutos, en el
año 2000, había 58 millones de personas más que vivían con menos de un dólar diario,
que en 1990.
El hecho sencillo es que la globalización tiene una lógica, pero no tiene ética.
En el mercado globalizado no hay distinción entre la compra de una camisa para un
hombre que ya tiene 39 camisas y la compra de una para uno que se muere de frío
y no tiene nada. La economía y el comercio no son fines en sí mismos, que solo existen
para explotar al máximo. Son medios para llegar a un objetivo, y ese objetivo es
el desarrollo plenamente humano ?el florecimiento de toda la comunidad humana?.
No ha habido ningún crítico más feroz, ni más consistente, de los efectos nocivos
de la globalización y de la idolatría del mercado que el papa Juan Pablo II.
Lo que está fundamentalmente ausente de la globalización es una ética global, que
mantenga un equilibrio entre derechos y responsabilidades; los derechos humanos,
el derecho al desarrollo y la opción por los pobres están ausentes por completo.
La tarea fundamental, entonces, es incrustar una proclamación y un compromiso con
el bien común mundial dentro del chip de silicona de la máquina de la globalización
?en su software y su sistema operativo; no en un aparato adjunto y desenchufado.
Puede que un código de globalización ética surja, al fin, en el cual los derechos
humanos, civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, gozados sin discriminación,
lleguen a ser una parte de las reglas del juego.
Pienso en la amenaza y en la promesa del profeta Ezequiel, en el Antiguo Testamento5,
“los limpiaré de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes
un espíritu nuevo. Quitaré de su cuerpo un corazón de piedra y les daré un corazón
de carne. Pondré mi espíritu dentro de ustedes... y vivirán en las tierras que les
entregué a sus antepasados. Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”.
Una nueva catolicidad de compromiso
La globalización no es un dado como el clima, por lo tanto, puede ser modificada
y es imprescindible que busquemos cómo hacerlo. El teólogo Robert Schreiter describe6
una “nueva catolicidad”, la cual debe estar presente en las fronteras de quienes
se enriquecen y gozan de los frutos de la globalización, y de los que son excluidos
y oprimidos por ella. Vale la pena citar su exhortación: “Debemos buscar formas
de incidir en la globalización para que no hagamos una resistencia ineficaz, para
que no nos entreguemos a sus tentaciones, para que no nos resignemos a su inevitabilidad.
No debemos repetir simplemente las fórmulas que nos sirvieron en el pasado. Al contrario,
debemos reflexionar sobre ellas, de forma que nos ayuden a aprovechar lo que más
nos puede ayudar. También debemos analizar la situación y no quedarnos contentos
con solo denunciarla. La denuncia puede darnos el consuelo de sentirnos profetas,
pero en sí misma, puede que no cambie mucho una situación tan omnipresente y compleja”.
Y el cambio concreto es lo que las comunidades marginadas buscan de manera desesperada
y lo que nosotros debemos buscar con políticas a favor de los pobres, que ofrezcan
la perspectiva de vidas sostenibles que levantan a la gente de la indigencia. Tal
como diría Ignacio Ellacuría: el pueblo crucificado, las víctimas de la globalización,
deben ser bajadas de la cruz y debemos asegurarnos que no se ponga a otras en su
lugar.
De ahí la importancia de que las “comunidades de solidaridad” que establecemos como
Iglesia, como organización no gubernamental, como universidad, se articulen en redes,
norte-sur, sur-sur y norte-norte, y de que desafiemos a los guardianes que dirigen
el proyecto actual de globalización, no sólo en Washington y Ginebra, sino también
a través del sistema de Naciones Unidas, en las capitales de los países del Grupo
de los Ocho, y a través del liderazgo del Grupo de los Veinte. Insistamos, promovamos
y exijamos una ética de la globalización, un compromiso explícito, incondicional
y obligatorio con el desarrollo plenamente humano y resistamos aquellas políticas
económicas y comerciales que llevan al crecimiento económico empobrecedor y producen
poblaciones excluidas y descartadas.
“Otro mundo es posible” es la bandera de la esperanza y el grito decidido del Foro
social mundial. Hasta el Foro económico mundial de Davos, dirigido por los impulsores
de la globalización económica, y con quienes el diálogo crítico es tanto posible
como necesario, ha respondido con su propio lema “Un mundo mejor es posible”. Una
“nueva catolicidad” es la capacidad para mantener estos dos proyectos en tensión
?los que se preocupan por proteger la lógica de la globalización y los que se preocupan
por las consecuencias humanas de ella?, fomentando la comunicación y el diálogo,
afirmando el bien común global, buscando la convergencia y reconciliación.
¿Agenda de derechos humanos o paradigma de seguridad?
Los doctorados honoris causa que ustedes otorgan esta noche son en derechos humanos.
Lamentablemente, la agenda mundial de derechos humanos ha sido eclipsada por la
agenda de la guerra contra el terror. Se ha dado una erosión masiva en las libertades
civiles y políticas.
El 27 de octubre, Amnistía Internacional publicó un informe7, que condenó al gobierno
estadounidense por haber violado los derechos humanos, en nombre de la seguridad
nacional o la llamada “necesidad militar”, y por haber creado, después del 11 de
septiembre, “su propia iconografía de tortura, crueldad y degradación”. Destacó
el abuso físico y humillación sexual de la cárcel de Abu Gharaib. Tantos, tantos
recuerdos de El Salvador de los años ochenta.
Esa misma semana, Craig Murray, el antiguo embajador de Inglaterra, en Uzbekistán,
declaró que los servicios de inteligencia británicos, mientras públicamente dicen
aborrecer la tortura, utilizaban información extraída bajo torturas, en ese país8,
proporcionada por la CIA. En el noticiero de la BBC, un distinguido académico intentó
explicar cómo el uso de esa información era legítimo y compatible con la convención
sobre la tortura. El gobierno uzbeco está acusado, entre otras cosas, de haber matado
a dos hombres que hirvió vivos.
Esto es secuela de la guerra contra Irak, dirigida por Estados Unidos, Inglaterra
y España que, sin el visto bueno de Naciones Unidas, fue casi seguramente ilegal,
según el Artículo 2 de la Carta de la organización. Las bajas de la llamada coalición
contra Irak se registran de forma minuciosa. Las muertes de civiles irakíes no son
contadas. El general estadounidense Tommy Franks dijo, “no hacemos recuentos de
cadáveres”9. Así es que las responsabilidades del ejército de ocupación, según el
Convenio de Ginebra, fueron violadas de una forma sistemática. Las organizaciones
no gubernamentales y sus sitios web han tratado de hacer la cuenta de las bajas,
a partir de los informes de prensa, y han estimado unos 17 mil civiles muertos10.
Pero hace dos semanas, la revista de medicina Lancet, la más prestigiosa en Inglaterra,
publicó una investigación11, que concluía, de manera convincente, que las cifras
probables se acercan a los 100 mil civiles muertos.
Hay prisioneros detenidos de forma indefinida, sin cargos en su contra, ni proceso,
en la cárcel de Belmarsh, en Inglaterra. Asimismo, hay informaciones sobre supuestos
militantes musulmanes capturados en operativos extra territoriales, por agentes
de seguridad estadounidenses, cuyo posterior interrogatorio ha sido asumido por
otros gobiernos. Cabe mencionar aquí el humor negro de una calcomanía de California,
“Estamos creando enemigos más rápidamente que los podemos matar”.
Y luego, está Guantánamo. Para muchas partes del mundo, éste ya ha reemplazado a
la Estatua de la Libertad como el símbolo de la bienvenida que Estados Unidos brinda
a los extranjeros.
Hay una relación íntima entre la noción del imperio de la justicia y su ejercicio,
en el ámbito internacional, y la credibilidad dentro de Naciones Unidas y la comunidad
internacional, de los marcos de los derechos humanos. Cualquier acción que tienda
a confirmar la impresión de que los gobiernos ejercen el poder a favor de sus propios
intereses, en vez de hacerlo de acuerdo a la ley y en obediencia a las normas internacionalmente
acordadas, debilita la noción y el interés de los derechos humanos, fundamentadas
en principios de justicia desinteresada12. El cinismo político está generalizado
hoy en día; la opinión pública tiene muy poca confianza en que los estados poderosos
vayan a respetar el imperio de la justicia o los principios de los derechos humanos,
cuando ello no sirve a sus propios intereses. Es vital volver a construir instituciones
internacionales fuertes y efectivas, infundidas de nuevo vigor, y asegurar que funcionen
con transparencia.
La fuerza, la autoridad y el alcance de las instituciones políticas internacionales
siguen siendo, hoy en día, poco adecuados todavía como para co-gobernar el proceso
de globalización. Kofi Annan, Mary Robinson y Sadako Ogata han liderado un proceso
para “transversalizar” el concepto de los derechos humanos en el sistema de Naciones
Unidas, para promover el concepto de una agenda, sobre la base de la “seguridad
humana”, con el principio fundamental de velar por el llamado “empoderamiento” y
la protección de los que son vulnerables o se encuentran en riesgo. Pero estos esfuerzos
están muy relacionados con los derechos civiles y políticos, los cuales poseen mecanismos
para hacerlos valer, en los textos de los convenios. Forman parte de los esfuerzos
para rehabilitar el régimen multilateral e internacional de derechos, el cual que
ahora se encuentra amenazado por el nuevo paradigma de la seguridad. Este paradigma
responde más en directo a la preocupación por la seguridad, en un clima de polarización
política, el cual no tiene simpatía por el concepto de derechos. Es una tarea gigantesca.
A raíz de las violaciones de los derechos humanos y de las cuestiones relacionadas
con el cumplimiento de los convenios y las normas internacionales, Guantánamo y
la debacle de Irak han provocado un debate frenético, una publicidad intensa e ira
y angustia mundiales. El resultado ha sido una presión enorme, tanto política como
diplomática, sobre los principales protagonistas, y el recurso jurídico, incluso
ante la Corte Suprema de Estados Unidos, para intentar restaurar y proteger los
derechos violados. Este hecho es muy importante.
Pobreza y derechos
La gran pregunta, sin embargo, es por qué no se ha visto ninguna actividad frenética
parecida en relación con el sufrimiento, mucho más generalizado, y con la cantidad
mucho mayor de muertes, resultado del fracaso permanente y antiguo para proteger
y asegurar los derechos a alimentarse, a la seguridad social, a la educación y a
los servicios básicos de salud, tal como lo estipulan los artículos 22, 25, 26 y
28 de la Declaración Universal de Derechos Humanos del año 1948. El derecho a la
vida tiene tanto que ver con asegurar los medios para sobrevivir, como con asegurar
la protección contra la muerte violenta. No se puede afirmar la garantía del derecho
a la seguridad, si un individuo se muere de hambre13. Los derechos humanos son indivisibles.
Los derechos económicos, sociales y culturales tienen la misma importancia que los
derechos políticos y civiles ?pero demasiado a menudo, estos derechos se han definido
o se han categorizado, de forma arbitraria, como secundarios?. La Conferencia mundial
de derechos humanos, celebrada en Viena, en 1993, confirmó que la protección debe
extenderse a todos los derechos y en todas las categorías.
Un enfoque sobre la pobreza, fundamentado en los derechos humanos, trata de dar
poder a los pobres. El protagonismo de los pobres es posible con la introducción
del concepto de los derechos. Una vez que este concepto ha sido introducido en el
contexto de la formulación de políticas, en los ámbitos nacional e internacional,
la razón fundamental para atacar la pobreza no se basa en el hecho de que los pobres
tengan necesidades, sino en que tienen derechos. En efecto, la pobreza, si la definimos
con los términos de Amartya Sen14, como un nivel bajo de capacidades básicas, puede
considerarse una violación de los derechos humanos. Los derechos humanos otorgan
poder a los individuos y a las comunidades, al concederles los derechos que exigen
y que corresponden a los deberes de otros. Un enfoque de derechos humanos trata
a la gente como sujeto y no como objeto o instrumento de la política. Los derechos
son más relevantes para los débiles y vulnerables quienes, en cualquier proceso
participativo o consultivo, son, con frecuencia, los que menos pueden expresarse,
los menos organizados, los más lejanos y cuya voz casi no se oye.
Pero si existen derechos o reclamaciones, también existen los que tienen responsabilidades
y deberes, que deben ser obligados a respetar y a responder. Es de esperar que los
estados nacionales respeten, protejan y promuevan los derechos humanos de sus ciudadanos
?pero varios análisis recientes prestan atención también a las responsabilidades
de los actores del sector privado?.
Los derechos económicos, sociales y culturales se codifican en un convenio aparte
de Naciones Unidas, y muchas veces, se describen como aspiraciones porque, en muchas
sociedades, implementarlos sería excesivamente caro. De hecho, su protección, de
acuerdo al derecho internacional, responde al supuesto de que un Estado los implemente,
de manera progresiva, en el transcurso del tiempo, y se reconoce que éste no puede
hacer más de lo que le permiten los recursos disponibles15. Este es un defecto importante
porque, al final, no hay ninguna obligación jurídica para cumplir ?los derechos
económicos y sociales no son judicializables?. La dilación perpetua es posible.
Sin embargo, son aspiraciones reconocidas oficialmente, y así, es posible exigir
a los gobiernos una respuesta ?no necesariamente por la violación, ya que puede
ser que no haya “culpables”, pero sí por el no-cumplimiento de estos derechos?.
En especial, en África, la falta de recursos es real y crítica. Sin ayuda internacional
para el desarrollo, en muchos países menos desarrollados, sería imposible lograr
la realización de los derechos a la alimentación, la educación, los servicios de
salud y la seguridad social. Esta responsabilidad debe ser asumida por una comunidad
más amplia que los gobiernos nacionales de estos países pobres. Con los principios
paralelos del “destino universal de los bienes de la tierra” y “la opción preferencial
por los pobres”, la doctrina social de la Iglesia señala, sin ambigüedad alguna,
a los gobiernos de los países ricos y a las corporaciones comerciales internacionales
como responsables; y señala que la transferencia de recursos del norte hacia el
sur es un imperativo urgente. Al referirse a la cooperación internacional, el Artículo
22 de la Declaración Universal reconoce, de modo implícito, que los países ricos
cargan con esta responsabilidad.
En estas obligaciones transnacionales para conseguir el cumplimiento de los derechos
sociales y económicos todavía falta la transparencia. Con seguridad, definirlas
será difícil, cuando esa responsabilidad internacional se tope con la cuestión de
la soberanía nacional. Precisamente, porque muchas de las intervenciones militares
y políticas y de las condicionalidades económicas impuestas sobre los países del
sur, en la última década, se consideran como violaciones de la soberanía nacional.
Las obligaciones transnacionales para proteger los derechos sociales y económicos
podrían tener una importancia crítica, en toda la jerga de la globalización económica.
Ciertas obligaciones impuestas a los países pobres ?por ejemplo, la eliminación
de la protección arancelaria a los campesinos o el recorte del gasto en hospitales
para pagar la deuda externa? llevan, de forma inevitable, a un nuevo empobrecimiento
y a la violación de los derechos a alimentarse o a acceder a los servicios básicos
de salud. Una vez que la imposición de estas obligacones sea reconocida, entonces,
la Organización Mundial de Comercio, el Fondo Monetario Internacional o los gobiernos
ricos responsables estarían obligados a desistir de dichas políticas con el fin
de asegurar la protección de los derechos humanos de las personas afectadas16. Pero
no existe ningún tribunal de justicia, ni ningún mecanismo jurídico para que un
país o una comunidad pobre hiciera valer esos derechos y deberes transnacionales.
Ciertamente, los “derechos” relacionados con la pobreza y el desarrollo están aún
en construcción, pero el edificio está lejos de ser completado.
Objetivos de desarrollo del milenio
Al leer los signos de nuestros tiempos, hay una esperanza para proporcionar una
respuesta global al vía crucis eterno de las comunidades y de los pueblos más pobres.
Esta esperanza nos ofrece una oportunidad a nosotros y a nuestras “comunidades de
solidaridad” del mundo. Se trata de la Declaración del milenio de Naciones Unidas
de septiembre del año 2000, la cual fue firmada y proclamada, en el encuentro más
grande de jefes de Estado, en la historia de la humanidad. Fue un acuerdo en el
cual, juntos, norte y sur, ganadores y perdedores en el casino de la globalización,
primero reconocieron que ésta no funcionaba a favor de los pobres, y luego reafirmaron,
todos juntos, su compromiso con los derechos humanos, el buen gobierno, la protección
del medio ambiente, la construcción de la paz y del desarme, la promoción del desarrollo
y la erradicación de la pobreza. ¡Dios quiera que así sea!
Asimismo, se fijaron ocho objetivos de desarrollo del milenio, en relación con la
pobreza, el hambre, la mortalidad materno-infantil, la educación, el sida, el agua
y el medio ambiente, con dieciocho metas específicas y ?más increíble todavía? se
fijó el año 2015 como límite para conseguirlas. Es imposible negar la importancia
de este evento, como si se tratara de pura retórica vacía para el milenio, la cual
podría ser olvidada, una vez que la tinta de sus ilustres firmas se hubiera secado.
Este fue, con todo, un solemne manifiesto jubilar.
El objetivo clave es reducir a la mitad la cantidad de personas que viven con menos
de un dólar diario en 2015. El objetivo más difícil y desafiante es abordar las
cuestiones de la deuda y del comercio dentro de una alianza global para el desarrollo.
Los países ricos han apoyado estos objetivos, pero deben proponer los medios financieros.
En Monterrey, en la conferencia sobre el financiamiento para el desarrollo, también
de Naciones Unidas, en 2002, se calcularon los costos del financiamiento adicional,
los cuales ascenderían, por acuerdo general, a 50 mil millones de dólares anuales.
La fecha límite fijada para alcanzar los objetivos del milenio, junto con el firme
compromiso moral para asegurar más ayuda sustancial para el desarrollo y mayor condonación
de la deuda para hacerlos posibles, y, además, con la insistencia en que la ronda
actual de negociaciones sobre el comercio debe dar resultados concretos, puede suministrarnos
una serie de instrumentos para comenzar a convertir en realidad, estas declaraciones
de derechos sociales y económicos existentes desde hace mucho tiempo. De igual manera,
proseguir continuamente los objetivos dentro de un marco de derechos humanos ayudará
a que éstos se realicen, a través de un proceso de empoderamiento, que sea inclusivo
y sostenible.
Los objetivos del milenio y las metas asociadas a ellos se cumplirán globalmente,
con toda probabilidad, debido al desarrollo y al crecimiento económico masivo de
China e India. Pero no se cumplirán en África, a no ser que se aseguren transferencias
masivas de recursos ?al ritmo actual, los objetivos sobre el hambre y la pobreza
absoluta se cumplirán en el año 2147, en este continente. Tienen que cumplirse en
todas partes, país por país, en El Salvador tanto como en Etiopía, Guatemala y Gran
Bretaña. Los objetivos están lejos de ser perfectos ?no podemos imaginar rezar el
Magnificat de María de la manera siguiente: “Él llenó a la mitad de los pobres con
cosas buenas... Él levantó a dos terceras partes de los humildes”. En ese sentido,
puede que los objetivos de desarrollo sean mínimos. Pero tampoco pueden ser descritos
como objetivos de distracción del milenio.
La tarea futura
A mí me parece que con un enfoque de derechos humanos y con los objetivos de desarrollo
del milenio tenemos una agenda que nos permite desafiar a cada gobierno para que
los cumpla, así como también para que cumpla las metas y se haga responsable de
sus resultados ?¡sin ninguna excusa!?; también nos permite presionar a las instituciones
financieras globales para que incluyan la Declaración del milenio en el encabezado
de todos sus planes como una clara afirmación de su compromiso con el desarrollo
plenamente humano y el derecho al desarrollo; exigir transferencias sustanciales
de ayuda para programas de desarrollo humano, sobre todo a los países menos desarrollados
y casi quebrados de África; y unir a las “comunidades de solidaridad” del mundo
alrededor de un enfoque común y alcanzable.
El fortalecimiento de las asociaciones y de los movimientos de la sociedad civil,
en muchos de los países más pobres, es una prioridad muy urgente. El Salvador puede
enorgullecerse de poseer una sociedad civil bastante desarrollada; esta Universidad
tiene décadas de experiencia en el acompañamiento de las redes de las organizaciones
populares y de lucha sin cesar por la justicia y la reconciliación. Creo que las
capacidades y la experiencia salvadoreñas podrían, con seguridad, aportar a países
mucho más pobres y menos sofisticados, en su cabildeo y en su incidencia política,
sobre todo en África.
Cuando llegue el año 2015, si realmente el objetivo principal sobre la pobreza se
alcanza, todavía quedarán atrás unos 900 millones de personas, hambrientas y en
miseria absoluta17. No va a ser ninguna lotería ?ya tenemos una buena idea de quienes
serán. Serán los “pobres crónicos”, cuya indigencia va para largo. Son los que no
podrían trabajar, aun cuando surgiera una posibilidad de empleo decente para ellos
?los ancianos, los discapacitados, los enfermos permanentes, los que viven con SIDA,
las comunidades indígenas aisladas. Para ellos no se diseñan los programas de desarrollo
y con mucha facilidad se pasan por alto sus derechos humanos. La gran mayoría estará
en África. Nuestra opción por los pobres nos lleva, pues, hacia ellos, para formar
junto con ellos nuevas “comunidades de solidaridad”, para analizar con ellos su
situación lamentable y para ayudarlos a establecer y hacer valer sus derechos. Es
una opción por los “crónicamente pobres”, una opción por África, una opción por
los ancianos, una opción por los que viven con SIDA. Esta parece ser una agenda
de investigación para la UCA, para los años 2005 y 2015.
Quisiera agradecerles no sólo por este Doctorado honoris causa, el cual será para
mí un tesoro, que guardaré toda mi vida; quisiera agradecerles también el testimonio
magnífico de la vida de solidaridad y servicio. Un testimonio que ha me han regalado
Monseñor Romero, los mártires de la UCA, el padre César Jerez, mi compañera extraordinaria,
la doctora Maria Julia Hernández y tantas otras mujeres y hombres valientes de Centroamérica,
quienes se han dedicado a la causa de los pobres. Ellos cambiaron mi vida por completo.
¿Cómo pudiera haber sabido, en el año 1969, en Cambridge, Inglaterra, cuando conocí
a Xabier Gorostiaga, un joven jesuita, flaco, sin dinero, a quien regalé mis libros
de texto, mi bicicleta y mi toga de estudiante, que la historia me traería hasta
ustedes?
Por todo eso, doy Gracias a Dios.
1 Congregación General 34 (1995), Decreto 3, “Nuestra misión y la justicia”, par. 10.
2 Cfr. Sollicitudo Rei Socialis, 1987; Tertio Millennio Adveniente, 1994.
3 PNUD 2003, p. 39.
4 Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional.
5 Ezequiel 36.
6 Robert Schreiter, Mission in the Third Millennium. New York, p. 120.
7 Human Dignity Denied: Torture and Accountability in the “War on Terror”, 27 de octubre de 2004.
8 http://www.bbc.co.uk/radio4/today/reports/politics/craigmurray_20041015.shtml
9 http://www.levante-emv.com/secciones/noticia.jsp?pIdNoticia=9636&pIndiceNoticia=4&pIdSeccion=5
10 http://www.iraqbodycount.net/
11 http://image.thelancet.com/extras/04art10342web.pdf
12 Documentación de Robert Archer, International Council on Human Rights Policy, Ginebra.
La dignidad de la persona humana
María Julia Hernández
Doctora honoris causa en derechos humanos
15 de noviembre de 2004
En este solemne acto de investidura académica, que hoy comparto honrosamente con
Julián Filochowsk, gran amigo y defensor de los derechos humanos, en especial en
El Salvador y de quien hemos recibido apoyo y presencia en tiempos difíciles; y
en este año conmemorativo de los veinticinco años del martirio de nuestro profeta
Mons. Oscar Arnulfo Romero, maestro en la defensa de los derechos humanos, inspirador
y modelo nuestro a seguir; en este quince aniversario de los mártires de esta Universidad,
padres Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Joaquín López y López, Amando López,
Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Sra. Elba Julia Ramos y su hija Celina Mariceth
Ramos, ejemplos y modelos también; y en el décimo aniversario de la muerte de nuestro
fundador, Mons. Arturo Rivera Damas, quien humanizó el conflicto y sembró esperanza,
construyendo los fundamentos de los acuerdos de paz, quiero dirigir estas palabras
para expresar lo que, agradecida y emocionadamente, quiero decir.
El recibir este doctorado honoris causa en derechos humanos de esta Universidad
Centroamericana “José Simeón Cañas”, que es mi alma máter, es para mí uno de los
más grandes honores por lo cual le doy gracias a Dios y que sea para su mayor gloria.
Quiero dedicar este honor a toda mi familia, en especial a mis padres, a quienes
les debo la vida y lo que soy; lo dedico a las víctimas que, con su dolor, han vencido
el mal al sembrar la utopía de este país. Quiero dedicarlo y compartirlo con nuestro
arzobispo, Mons. Fernando Sáenz Lacalle, de quien hemos recibido este mandato de
la defensa y promoción de los derechos humanos; con mis colegas de Tutela Legal
del Arzobispado, cuyo trabajo es igualmente galardonado y reconocido hoy; con todos
y todas, los y las que trabajamos por la dignidad humana, por la promoción y protección
de los derechos humanos, los organismos de derechos humanos, especialmente con aquellos
que ofrecieron su vida en este trabajo. También lo comparto y lo dedico a mis hermanos
de la Compañía de Jesús que, inquebrantablemente, realizan esta defensa de la dignidad
humana; a mis amigos y amigas, que tanto me han apoyado y ayudado; a nuestros amigos
de las agencias donantes, que nos colaboran; y a todos los hombres y mujeres de
buena voluntad, que luchan por la verdad y la justicia.
El que este doctorado honoris causa sea en derechos humanos, es un signo de la vocación
de esta Universidad, de su defensa y promoción de los derechos humanos, que todo
hombre y toda mujer tienen que ejercer, por derecho y por deber, ya sea individual,
colectiva o institucionalmente. El que lo otorgue esta Universidad Centroamericana
“José Simeón Cañas”, mi alma máter, de fundamentos y principios cristianos, es un
signo de su vocación por la defensa de los derechos humanos en el ámbito universitario
y del costo martirial que ha pagado por ello. El que sea otorgado este doctorado
honoris causa en El Salvador, es un signo del terrible dolor que ha sufrido el pueblo
salvadoreño, en sus violaciones más graves, como los crímenes de lesa humanidad
y loa crímenes de guerra, que ha tenido que soportar y, al mismo tiempo, signo de
las luchas de un pueblo, que no pierde la esperanza de construir y alcanzar un mundo
mejor.
Cuando recibí la noticia de mi doctorado honoris causa en derechos humanos, por
parte del Señor Rector, padre José María Tojeira, me emocioné por otorgársele tan
grande honor a mi humilde persona, pero también sentí un profundo desafío y compromiso
para con nuestra razón de ser, las víctimas que, en su mayoría, son los pobres de
El Salvador. En efecto, esta opción entrañable por las víctimas tiene sus raíces
en los principios que, como cristianos, profesamos. El Compendio de la doctrina
social de la Iglesia nos dice que “La Iglesia ve en los hombres y mujeres, en toda
persona, la imagen viva del mismo Dios como lo dice el Génesis (p. 105). Y en el
Nuevo Testamento, Cristo, por medio de su encarnación, se ha unido a sí mismo a
la humanidad, dándonos una dignidad incomparable e inalienable. Esto es relevante
para la sociedad, porque el protagonista de la vida social es siempre la persona
humana, inviolable, en su dignidad, fundamento de los derechos humanos. Por eso,
sólo puede haber una sociedad justa “cuando se basa en el respeto a la dignidad
trascendente de la persona humana” (p. 132). También, el rico magisterio episcopal
de Mons. Romero, el más grande defensor de los derechos humanos de nuestro tiempo
y por cuya causa dio su vida, nos insta a defender, hoy y aquí, esta dignidad de
la persona humana. El derecho de los derechos humanos, en su conquista por el respeto
de la persona humana, se encuentra hoy en grandes luchas por mantener la observancia
de los principios jurídicos y jurisdiccionales que la civilización ha alcanzado
hasta ahora y que, de modo paradójico, más bárbaramente ha violado.
En nuestro país, entre otros problemas de derechos humanos, nos siguen preocupando,
en especial, dos áreas, por sus repercusiones profundas, en la sociedad salvadoreña,
que no la dejan reconciliarse. El primer problema se refiere a la ausencia, de iure
o de facto, de la imputación de la responsabilidad penal y civil a los autores de
violaciones de derechos humanos y su escape a toda investigación, tendiente a permitir
su juzgamiento; y a la ausencia de reparación, por los perjuicios sufridos por sus
víctimas. El segundo problema se refiere a la violación sistemática y estructural
de los derechos económicos, sociales y culturales del pueblo salvadoreño. Estos
son los grandes desafíos para los que trabajamos de manera directa, en la defensa
y la promoción de los derechos humanos y que nos comprometen a renovar nuestros
esfuerzos y nuestra creatividad, en esta labor, para conquistar mejores condiciones
de una vida más humana y cristiana.
En el primer sector de problemas, encontramos que uno de los momentos históricos
más importantes de nuestra historia reciente fue la firma de los Acuerdos de Paz,
el 16 de enero de 1992, en Chapultepec, México. Estos acuerdos pusieron término
al conflicto armado, pero por el incumplimiento de compromisos esenciales, en materia
de derechos civiles y políticos, pero también económicos y sociales, seguimos en
un conflicto político-social de graves consecuencias, el cual impide la realización
integral de la persona humana. Esto nos mantiene en un estado de impunidad y no
en el estado de derecho pactado. No podemos negar la diferencia cualitativa entre
el estado de guerra, en que se encontraba la nación salvadoreña, y el estado en
que nos encontramos ahora. Pero no basta, la otra cara de la necesidad humana para
la convivencia social y la construcción del bien común, es la recuperación ético-jurídica
y económico-social de nuestra sociedad.
La comunidad internacional, y El Salvador como Estado parte, han pactado que ciertos
crímenes, por su extrema gravedad, como los crímenes de lesa humanidad, que afectan
a toda la humanidad ?la tortura, las desapariciones forzadas, las ejecuciones arbitrarias,
las masacres, etc.?, y los crímenes de guerra y genocidio, son crímenes de derecho
internacional y obliga y compromete a todos los estados, erga omnes, en su responsabilidad
y obligación de juzgar las violaciones de estos derechos y de protegerlos. También
se ha pactado, por la comunidad internacional, que estos derechos humanos son normas
imperativas, normas de ius cogens, que no admiten normas o acuerdos en contrario,
como por ejemplo las auto amnistías; y que, además, son imprescriptibles, es decir,
que la acción penal, que obliga a juzgar a los responsables, por la violación a
estos derechos, no prescribe. Esto se ha reforzado después en convenciones y tratados.
Aun cuando éstos hayan sido firmados y ratificados o no lo hayan sido, obligan a
los estados, por el derecho de los tratados, a no normar en contrario.
Trágicamente, en nuestro país, por intereses egoístas particulares de poder, sin
mirar al bien común, nuestros gobernantes y políticos, violando el derecho internacional
y el derecho interno de El Salvador y los mismos acuerdos de paz, han tergiversado
el proceso de reconciliación, al alegar la apertura de heridas cuando se ha clamado,
de acuerdo al derecho de los derechos humanos, por el derecho inalienable de cada
pueblo a conocer la verdad sobre los hechos acaecidos, las circunstancias y las
razones que llevaron a la violación masiva, aberrante y sistemática de los derechos
humanos; cuando se ha clamado por el cumplimiento de los deberes del Estado, en
el ámbito de la administración de la justicia; y cuando se ha clamado por los derechos
y deberes nacidos de la obligación de reparar a las víctimas.
El conocimiento de un pueblo de la historia de su opresión pertenece a su patrimonio
y su finalidad es la de preservar a la memoria colectiva del olvido. Las familias
de las víctimas tienen el derecho de conocer la verdad, en lo que concierne a la
suerte que corrieron sus parientes. Este ejercicio del derecho a la verdad y a la
justicia es esencial para evitar en el futuro que tales actos se reproduzcan. Siendo
estos crímenes de lesa humanidad y crímenes internacionales, su repetición actual
nos afecta. Me refiero a esas violaciones aberrantes de derechos humanos de Abu
Ghraib, en Irak, cuyas imágenes, con toda razón, horrorizaron e indignaron al mundo
entero. Esas mismas violaciones también se cometieron, y más, aquí, en El Salvador.
Como pertenecientes a la humanidad y como miembros de la comunidad internacional
estas violaciones de los derechos humanos nos afectan, aquí, en El Salvador. Al
luchar, aquí y ahora, contra esta impunidad, para que estas aberraciones no se repitan,
en El Salvador, estamos ayudando también a la dignidad humana del pueblo iraquí.
Este es el tipo de ayuda que El Salvador debería de enviar a Irak como ayuda humanitaria.
Por otro lado, la importancia de la defensa de estos derechos para nuestra sociedad
radica en el fortalecimiento del sistema judicial, en el combate a la violencia
institucionalizada, en el fortalecimiento a la seguridad ciudadana y en el combate
a la corrupción.
Tenemos que recorrer el camino de la lucha contra la impunidad para reconciliarnos,
es decir, reclamar los derechos de la verdad, la justicia y la reparación. Pero
esto tiene que conocerlo la sociedad salvadoreña, ella tiene que concientizarse
y madurar, para obtener el consenso social de la voluntad política, que nos lleve
a la verdad, a la justicia y a la reparación de las víctimas. Mientras tanto, hemos
buscado ejercer estos derechos en otros tribunales, tal como sucedió, hace poco,
en el tribunal de Fresno, California, con el asesinato de nuestro profeta y pastor,
Mons. Oscar A. Romero. Pero nuestra lucha por ejercer estos derechos aquí, en El
Salvador, continúa. Seguiremos buscando la verdad y la justicia, en los tribunales
nacionales. No sé cuándo, pero algún día florecerá la verdad y la justicia, en nuestro
país, para las víctimas, que con su sangre abonaron a esta utopía.
Quiero señalar, de forma muy sucinta, el segundo problema, el cual podríamos compendiar
en lo que llamamos pobreza. En la década de los ochenta, ante los primeros análisis
de Naciones Unidas sobre los efectos del neoliberalismo y la globalización, en los
derechos económicos, sociales y culturales, se constató su violación y la falta
de protección para las personas. Hoy, en El Salvador, conocemos los índices negativos
de esta realidad, que va ahondando, cada vez más, la brecha, entre la inmensa mayoría
del pueblo pobre y los pocos que lo poseen todo.
En la defensa y la promoción de los derechos económicos, sociales y culturales,
uno de los desafíos es su judicialización. En el ámbito interno de nuestros países,
estamos aprendiendo a emplear las escasas normas vigentes para ayudar en esta lucha
por la supervivencia. Pero en el ámbito internacional, Naciones Unidas y la Organización
de Estados Americanos no han podido judicializar estos derechos, tal como ya lo
han hecho con los civiles y políticos. Es decir, loa sistemas de Naciones Unidas
y de la Organización de Estados Americanos no defienden los derechos económicos,
sociales y culturales como deberían de hacerlo, según la Declaración Universal de
los Derechos Humanos, los pactos internacionales y las convenciones.
Más aún, las peores violaciones de los derechos económicos, sociales y culturales
son cometidas por organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio,
algunos de los cuales incluso están ligados al sistema de Naciones Unidas, como
el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que son los que han diseñado
los ajustes estructurales, los planes de austeridad para los pueblos, pero no para
los gobiernos y las transnacionales. Ellos son responsables de que millones de personas,
en América Latina, hayan sido privadas de educación, atención médica, vivienda,
empleo, medio ambiente etc. En la actualidad, el mundo es lo suficientemente rico
como para garantizar los derechos económicos, sociales y culturales de cada persona
en la tierra, pero sucede que, precisamente, las naciones más ricas son las que
menos contribuyen con la cuota oficial del desarrollo, establecida por Naciones
Unidas. Por el contrario, son los países pobres los que siguen subsidiando a los
países ricos, a través del pago de la famosa deuda externa, del saqueo de los recursos
naturales de los países pobres, enmascarado con los tratados de libre comercio que,
tan dócilmente y con complicidad, han firmando nuestros gobiernos. Los tratados
de libre comercio han sido negociados por los poderosos, y los débiles y la población
no ha sido ni informada, ni tomada en cuenta.
Hoy en día, el Estado no es el único que puede violar los derechos humanos ni la
única instancia responsable de la seguridad de los ciudadanos. El capitalismo multinacional
y su mercado global penetran cualquier sector de la vida humana y la soberanía de
las naciones. Ante él, los estados son impotentes y cómplices, con lo cual violan
los derechos de los pobres. Ellos han construido un sistema jurídico particular
y supranacional para solucionar las controversias, pero para proteger los intereses
de las transnacionales. A nivel del sistema universal de los derechos humanos, todavía
no hay nuevos mecanismos adecuados para contrarrestar este absolutismo económico,
que exige millones de sacrificios humanos. Las naciones del norte se están convirtiendo
ahora en predicadoras de los derechos humanos, pero son los derechos de las transnacionales
y los derechos del dinero los que, en realidad, defienden. El tema de los derechos
humanos se lo están apropiando las fuerzas de la globalización, con lo cual justifican
la violación de esos derechos. Por eso, no se puede servir a los derechos humanos
y al mercado que se quiere erigir como único dios de este mundo globalizado. En
este mundo deshumanizado, estamos nosotros. Los datos y las cifras de nuestra realidad
muestran la catástrofe humana que esta lógica del mercado crea, si no cambia de
rumbo.
Nuestro gran desafío es defender estos derechos inalienables de la persona humana,
promoverlos y educar y concienciar sobre ellos, por medio de una pedagogía activa,
dirigida a todos los sectores de la sociedad. Debemos hacerlo todos, cada cual desde
donde se encuentra. Este mundo tiene que cambiar y hacer que los derechos humanos
sean una realidad para los pobres. El gobierno y los políticos tienen que cambiar,
la sociedad civil tiene que redoblar sus esfuerzos, se tiene que ampliar el espacio
a la gente para que pueda reunirse, para que pueda debatir, para que pueda discutir.
Tenemos que impulsar iniciativas creativas para resistir, porque somos un pueblo
que se niega a hundirse, en la tremenda pobreza. Hoy, tenemos presente las valientes
palabras de Juan Pablo II, quien dice que “es necesario revisar el orden económico
internacional”.
Termino diciendo lo que dije en nuestro último encuentro continental de pastoral
de derechos humanos: nuestro camino es “la participación”. Y nuestra participación
está en lo que estamos haciendo, estamos tratando de hacer un mundo más justo, un
mundo más humano, un mundo más cristiano, donde todos seamos responsables de esta
promoción de los derechos humanos.
Cátedra de Realidad Nacional
El desafío nacional: revertir la historia desde las víctimas
Rodolfo Cardenal
“El desafío nacional: revertir la historia
desde las víctimas”
(I. Ellacuría)
No faltará quien objete que no hay necesidad de revertir ninguna historia, porque
el punto de inflexión está en 1992 y en la transición subsiguiente. Es probable
que agregue que quien habla de revertir la historia con seguridad está descontento
con la suerte que le ha tocado o es un resentido, porque no está satisfecho con
la parte que le han dado, en el reparto del poder al cual dio lugar esa transición.
La izquierda dirá que la revolución está en camino, mientras cada día se acomoda
más a las exigencias del partido o del sistema político. La derecha más abierta
alegará que la reversión sale sobrando, porque es mucho lo que el país ha avanzado,
desde 1992 para acá; la derecha más retrógrada sostendrá que la sociedad salvadoreña
vive en plena democracia. Por consiguiente, quienes hablan de reversión son inadaptados,
resentidos, frustrados o poco pragmáticos ante las realidades de este mundo. Estos
últimos, a veces, utilizan a Ignacio Ellacuría como autoridad, que respaldaría la
facilidad con la cual se han integrado en el orden establecido.
Estas posturas encubren la existencia de las víctimas, las desconocen, y aun peor,
las producen aún hoy en día, para poder conservar su posición de poder. Pero quizás
la postura más peligrosa sea la de los pragmático y la de la derecha más abierta.
Los dos, de forma distinta, pero igualmente eficaz, encubren la realidad salvadoreña.
Los pragmáticos son peligrosos, porque se presentan como buenos conocedores de los
principios y de su aplicación a la realidad. La prueba de que su postura es correcta
es que se presentan como hombres y mujeres de éxito y con futuro. La derecha más
abierta es peligrosa porque, de buenas maneras, hace aceptable lo inaceptable. En
definitiva, todas estas posturas viven, de manera diversa, por la existencia de
víctimas.
Mientras haya víctimas, hay necesidad histórica y exigencia ética de revertir la
historia del país. Pero esta exigencia es aun mayor ahora que antes, porque ahora
hay más víctimas que en los años anteriores a 1992. La existencia de esa enorme
cantidad de víctimas no es negociable. No es cuestión de pragmatismo para ceder
o asimilarse al poder, es cuestión de principios éticos y cristianos. Conviene recordar
aquí a los poderosos la larga lista de víctimas, sin olvidar que detrás de cada
categoría y de cada estadística, está la vida de una persona y la de sus familiares.
En la actualidad, hay víctimas de la falta de empleo, salud, educación, vivienda
e infraestructura básica. Hay víctimas de la violencia y la inseguridad general.
Hay víctimas de las pandillas juveniles y también hay víctimas entre los integrantes
de las mismas. Hay víctimas de la policía y de la burocracia corrupta e ineficaz.
Hay víctimas del machismo, de la violencia de género, del hogar desintegrado, del
abandono y de la irresponsabilidad. Hay víctimas del abuso y de la violación sexual.
Hay víctimas de un sistema judicial incompetente y venal, que protege al fuerte
contra el débil, al hombre contra la mujer, al adulto contra el menor, al funcionario
contra el ciudadano. Hay víctimas del crimen común, pasional y organizado, del tráfico
de drogas, vehículos y personas. Hay víctimas de la desconfianza que suscitan los
otros por causa del temor inculcado. Hay víctimas del temor que lleva a sospechar
de los que son diferentes y a verlos como una amenaza.
El encubrimiento y el desconocimiento de la existencia de víctimas, excepto aquellas
que interesan a la publicidad gubernamental, están acompañados del silencio que
se ha acordado, de manera implícita, de la injusticia y la justicia, después de
1992. Desde entonces, estos términos ya no se utilizan para describir la realidad
nacional, ni lo que ésta debiera ser. Estos dos términos casi han desaparecido y
quien todavía se atreve a utilizarlos, es visto como un ser del pasado, fuera de
lugar. Con la injusticia y la justicia han desaparecido otros términos que solían
ser considerados fundamentales: opresión y liberación, clase dominante y pueblo,
imperio e independencia, pecado estructural y santidad política, praxis y esperanza
de que el verdugo no triunfe sobre la víctima. En una palabra, la profecía y la
utopía y, por lo tanto, la tarea de revertir la historia, se han debilitado. De
ahí la importancia de rescatar el desafío que el lema de este aniversario de los
mártires de la UCA, tomado del último discurso de Ignacio Ellacuría, pronunciado
en el ayuntamiento de la ciudad de Barcelona, lanza a los hombres y a las mujeres
de buena voluntad: “El desafío nacional es revertir la historia desde las víctimas”.
El lenguaje de la injusticia y la justicia, ahora relegado al olvido, era normal
hace poco más de una década. Ciertamente, desde Medellín y la teología de la liberación.
Eran términos utilizados para expresar lo negativo de la realidad. Pero ahora han
sido sustituidos por otros más suaves y ligeros, como subdesarrollo, países en vías
de desarrollo, clases menos favorecidas, a los cuales se han agregado guerra y terrorismo.
En la actualidad, lo positivo es expresado con términos como democracia, sociedad
civil, diálogo, concertación, cooperación, propuesta, prosperidad, progreso, derechos
humanos, Estado de derecho, los cuales denotan realidades buenas, en sí mismas,
aun cuando sean afirmados con mayor o menor hipocresía, pero casi nunca se habla
de justicia.
El cambio de vocabulario no es un simple azar. En la actualidad, se rehúye el lenguaje
de la injusticia porque, como ningún otro, desenmascara la verdad y la tragedia
de este mundo, y porque el lenguaje de la justicia expresa la radicalidad, la urgencia
y la ultimidad de lo que los seres humanos debiéramos ser, sin excusas de ninguna
clase. El lenguaje de la injusticia y de la justicia expresa realidades dialécticas,
que hoy se rehúyen. Por eso, la terminología más radical e interpelante es reemplazada
por otra más blanda y sumisa. Pero por mucho que se adorne el lenguaje, la realidad
vista, vivida y sufrida desde debajo de la historia, desde sus víctimas, es deplorable
y su causa mayor es la injusticia.
Rescatar el lenguaje de la injusticia y la justicia tiene un propósito doble. Significa
hablar de opresión entre los seres humanos y de una situación de guerra, aun en
tiempos de paz. Significa también la urgencia y el imperativo de revertir la historia
actual. Nada de esto es fácil de aceptar para la sociedad salvadoreña; tampoco para
occidente. Para rescatar este lenguaje, es necesario ser honrado con la realidad,
es decir, aceptar su existencia y dejarla ser, sin ignorarla, sin encubrirla y sin
manipularla. Dicho de una forma más concreta, la honradez con la realidad comienza
con el reconocimiento de la existencia de víctimas. En cambio, en la actualidad,
predomina la carencia de verdad y la mentira es predominante. Ausencia de verdad
no es desconocimiento, sino encubrimiento. Un encubrimiento que utiliza el silencio,
mientras ello es posible. Si no y se pretende mantener un mínimo de vergüenza, recurre
a la mentira y a la manipulación. Cuando se cae en la desvergüenza total, usa la
tergiversación e incluso la santificación del mal para hacer pasar por bueno lo
que es malo.
La mentira sólo puede ser combatida con la voluntad de ser real, porque ella cierra
las escapatorias fáciles a mundos irreales, creados de modo artificial. Esta es
una tentación muy fuerte, en los tiempos que corren. El desengaño y la frustración
empujan a encontrar refugios donde vivir con comodidad e incluso, unos pocos, en
la abundancia. La dureza de estos tiempos empuja a buscar refugios en sitios donde
la pobreza y la opresión no sean percibidas. Este proceso convierte lo irreal en
real y lo hace referente absoluto. Es así como se vive en la irrealidad, en medio
de una realidad hostil. La voluntad de ser real, sin embargo, se enfrenta con la
realidad; acepta vivir en medio de la realidad doliente de este mundo. Así, pues,
para poder hablar de injusticia y justicia es necesario decidirse a vivir en lo
real.
Detrás de esta decisión está la voluntad de expresar lo real, en oposición al relativismo.
En estos tiempos, predomina la tendencia a enfocar la realidad de una forma controversial
y así resulta que nada es evidente, puesto que todo se vuelve relativo. Sin duda
hay que saber discernir cuándo algo es controversial y no hay que olvidar que la
realidad misma se presta a veces a la controversia. Esta no es la cuestión. La cuestión
es la actitud generalizada, de un tiempo a esta parte, de abordar la realidad desde
lo que tiene de controversial. Por este proceso, las víctimas y el sufrimiento son
convertidos en objeto de debate, unos y otros las causaron por igual y unos y otros
discuten sobre ellas sin hacerse cargo, sin dar cuentas y sin acudir a la justicia.
Al final, pareciera que nadie tendría responsabilidad, sino una guerra a la cual
se puso fin en 1992 de manera exitosa. Esta es una forma eficaz para hacer desaparecer
la existencia de las víctimas.
Pero la realidad se densifica en ellas de tal manera que la controversia no puede
esconder su existencia, ni su sufrimiento. El debate entre posturas encontradas
no puede hacer desaparecer lo evidente. En las víctimas, la realidad se densifica
de forma tal que no puede hacer de ellas una cuestión debatible. Las víctimas constituyen
una realidad que se impone por sí misma a una conciencia humana y cristiana. Por
consiguiente, la injusticia y la opresión, por un lado, y la justicia y la liberación,
por el otro, no son cuestiones debatibles, ni controversiales.
La centralidad de las víctimas surge de una situación de extrema gravedad para la
población salvadoreña. Su existencia no terminó con la guerra civil, sino que ellas
han aumentado de una forma escandalosa y aberrante, durante la transición. Esta
no pudo poner fin a la crueldad humana, la cual produce ahora más víctimas que antes.
Las nuevas víctimas que se agregan a las de la guerra civil también son producidas
por una injusticia activa, que sufren de parte de unos poderes, los cuales actúan
de un modo absoluto. Es el mismo fenómeno del siglo XX, un siglo de grandes avances
tecnológicos durante la postguerra, pero al mismo tiempo, el siglo que más víctimas
ha ocasionado a la humanidad.
La existencia de víctimas obliga a preguntar por qué el poder aniquila de una forma
tan cruel y devastadora a la gente, en su mayoría inocente, en el sentido que ella
no está en contra del poder. La gente es aniquilada por el poder por el simple hecho
de existir de forma desprotegida, es decir, no tiene poder para defenderse. Esto
nos coloca ante la cuestión de la injusticia de la historia. Se trata de una historia
que, al parecer, necesariamente, causa víctimas y genera impotencia ante los victimarios,
quienes casi siempre logran salirse con la suya. La historia y su acontecer deben
ser pensadas, por consiguiente, desde la injusticia, cuyo poder parece ser absoluto.
La injusticia posee más poder que la democracia y que la tecnología que hace la
vida más fácil. El hecho de las víctimas es tan abrumador que pareciera que la democracia
puede, o peor aún, necesita o sólo es posible con tanta injusticia. Quienes niegan
o desconocen este hecho objetarán que ésta no es la democracia deseada o buscada.
Pero sí así fuera, por qué la opinión general da por hecho que El Salvador es un
país democrático e incluso tiene el atrevimiento de ponerlo como modelo de democracia
exitosa ante la comunidad internacional. La lógica lleva a sostener que o bien el
discurso es falso y la democracia es una fachada útil para esconder a las víctimas
de un poder no democrático o bien la democracia, o al menos la democracia neoliberal,
sólo es posible dejando víctimas a su paso.
Sea lo que sea, una democracia que produce tantas víctimas es incomprensible. El
teórico del sistema argumentará que, cuando sea auténtica o alcance su plenitud,
habrá justicia y el número de víctimas se reducirá de forma drástica. Desde una
perspectiva práctica, surge la duda de si eso podrá ser posible alguna vez, porque
la evidencia empírica, desde 1992, para no ir a finales del siglo XIX o a 1930,
demuestra que las víctimas son parte fundamental del sistema político. La cuestión
no es fácil de resolver, porque el modelo ideal parece inalcanzable, ciertamente,
a partir de la experiencia del siglo XX, porque parece no haber otro modelo más
adecuado para la convivencia humana, porque la democracia y la injusticia parecen
ser inseparables, porque la justicia queda remitida a un futuro sin plazo y porque
ante estas realidades, no cabe si no la resignación y el acomodo, puesto que la
injusticia sería connatural a la existencia humana.
Llevado al extremo, tal vez esta sea una de las cuestiones límites de la experiencia
humana. Es un límite insuperable, porque responde al anhelo humano de que al fin
se haga justicia, que el verdugo no triunfe sobre la víctima. La víctima es la realidad
negativa explícita más grave de la historia; pero, al mismo tiempo, expresa una
esperanza positiva, la llegada de la justicia. Por eso, reclamar el derecho de las
víctimas no es mirar al pasado, tal como sostiene la derecha, para evadir su responsabilidad
histórica, sino que es la apertura más real que pueda darse hacia el futuro. Porque
este futuro es tal, en la medida en que no haya más víctimas, y en la medida en
que haya justicia. No es, pues, cierto que desde 1992, El Salvador sea un país o
una sociedad dedicada a construir su futuro. Sigue siendo una sociedad del pasado.
Es la misma realidad que se prolonga sin aparente solución de continuidad, puesto
que ahora hay más víctimas y, en esa medida, menos justicia. La sociedad salvadoreña,
como un todo, sigue prisionera de su propio pasado. Su presente es continuidad de
injusticia y opresión y, en esa misma medida, continúa sin futuro.
Es así como se establece una vinculación entre el futuro y las víctimas, la justicia
y las víctimas, la vida y las víctimas. La esperanza apunta en dirección a la justicia
y no simplemente a la supervivencia. Por lo tanto, el sujeto primario lo constituyen
las víctimas, no los políticos, ni sus partidos, ni los empresarios, ni el Estado.
La esperanza que hay que rehacer, si es permitido hablar así, no es una esperanza
cualquiera. Tampoco se trata del crecimiento económico de la mano de los tratados
de libre comercio, ni de la cobertura y la calidad del gasto social, ni de la profundidad
de la democracia, ni del desarrollo humano, aun cuando ésta pueda ser sostenido.
Todo esto es necesario, sin duda, pero no es suficiente, porque estamos enfrentados
a una situación límite. El escándalo que debe superar la esperanza es la muerte
infligida injustamente, no la muerte natural como destino de la humanidad. La esperanza
que es necesario construir es la esperanza que abre a la trascendencia, desde la
injusticia y desde las víctimas.
Desde una perspectiva humana, no se avanzará hacia la justicia sin conciencia del
agravio comparativo, ocasionado por la afrenta que este mundo, por el mero hecho
de ser como es, incluidas las democracias, inflige a la mayoría de los seres humanos.
No se avanzará sin la ultimidad de la compasión ante las víctimas como lo primero
y lo último, anterior a la democracia y a la religión. Y no se avanzará sin la indignación
y la denuncia de la opresión, muy unida esta última a la arrogancia y a la hipocresía.
Muchas cosas son necesarias para luchar contra la injusticia, pero una que no debiera
faltar es que las víctimas ocasionadas por ella nos afecten de una forma radical,
tanto que cambien nuestras vidas. Esto no ocurre con facilidad. Por eso, los maestros
de la sospecha son indispensables para cuestionar por qué la injusticia no posee
ultimidad para reaccionar contra ella. En la actualidad, estos maestros deben cuestionar
sobre occidente, la democracia, el mundo de la abundancia y del despilfarro, y de
la prosperidad y el progreso. Más en concreto deben cuestionar sobre la incapacidad
para reconocer la injusticia y para pedir perdón por ello. Y, de manera positiva,
deben animar a ejecutar el primer acto de justicia: otorgar existencia a los excluidos,
ponerles nombres y no dejarlos en el anonimato.
Esta parcialidad de la justicia choca a los oídos democráticos, aunque en la realidad
impera una obvia parcialidad, pero en la dirección contraria, tanto en el ámbito
jurídico como en el ámbito más primordial de lo económico y social. Sin embargo,
esa parcialidad de la justicia es muy actual, porque la intuición de la parcialidad
hacia el débil ha desaparecido. Para avanzar hacia la justicia es necesario superar
la imparcialidad espuria del derecho, que redunda a favor de los poderosos. De ahí
que se deba hablar de parcialidad. Es decir, la justicia debiera tener en mente,
en primer lugar, la vida de los pobres y no sólo de los pobres individuales, sino
de la mayoría que conforman como pueblo. La democracia no coloca en el centro de
la sociedad a la víctima, sino al ciudadano. Es cierto que algunas de ellas sí se
ocupan de ellas, pero no se encuentran en su centro. Esta limitación teórica puede
explicar por qué las democracias no generan mucha vida, sino que, con frecuencia,
generan más muerte que vida.
Para revertir esta historia hay que hacer uso de tipos de poder menos proclives
al mal como la organización, la ciencia y la palabra. Estos poderes, bien utilizados,
pueden ser eficaces para combatir la injusticia. Pero además, tal como dijo Ignacio
Ellacuría, en su último discurso, en el ayuntamiento de Barcelona, es necesario
crear modelos económicos, políticos y culturales que hagan posible una civilización
del trabajo que sustituya a la civilización del capital. En esta tarea, los intelectuales
de toda clase, esto es, los teóricos críticos de la realidad, tienen un reto y una
tarea impostergable. No basta con la crítica y la destrucción, sino que se precisa
una construcción que sirva de alternativa real. La tarea es inmensa y compleja.
Sólo utópica y esperanzadamente se puede creer y tener ánimos para intentar revertir
la historia, para subvertirla desde las víctimas y lanzarla en otra dirección, en
una en la que cada vez haya menos víctimas. Esta tarea requiere de la mayor excelencia
académica posible. Sin ella, la contribución de los intelectuales a problemas tan
complejos es pobre. Requiere de gran honestidad, entendida como vocación de objetividad,
pero además como autonomía y libertad. Por último, requiere de un gran coraje para
enfrentar las corrientes dominantes. Por eso y en memoria de Ignacio Ellacuría y
sus compañeros mártires, esta edición de la revista ECA está dedicada a una experiencia
que, precisamente, recorre las primeras fases de lo que puede ser un proceso para
sustituir la civilización del capital por la civilización del trabajo.
Desde una perspectiva cristiana, la esperanza de las víctimas es una esperanza en
el poder de Dios contra la injusticia que las produce. El mensaje de la pascua cristiana
es nuevo y escandaloso, porque el condenado, colgado y abandonado es el que ha sido
resucitado antes que todos los demás. En consecuencia, coloca el futuro de la sociedad,
no en políticas económicas, ni en teorías de la gobernabilidad, ni en la acumulación
del llamado capital social, aunque, de nuevo, todo ello tal vez sea necesario como
medio o instrumento, sino en las víctimas condenadas a la humillación, abandonadas
a su suerte y olvidadas por el oficialismo. No hay alternativa, porque, al final,
la verdadera esperanza es que no haya más víctimas y que haya justicia. La obcecación
del injusto y del verdugo puede llevar a la desesperación e incluso al extremo de
la venganza personal, pero hay que rehuir ambas cosas. La esperanza es más fuerte
que estas inclinaciones primarias. Su futuro no puede construirse produciendo más
víctimas, aun cuando se trate de los verdugos. La fuerza de la esperanza no está
en su aniquilación, sino en la nueva forma de vida.
El lugar de esa esperanza es, desde la experiencia cristiana, el mundo de los crucificados.
No es un lugar excepcional, sino el más común de ellos. La cruz de Jesús, antes
de ser “la” cruz es una cruz más. Antes y después de ella ha habido muchas otras
cruces. Las víctimas a quienes se ha dado muerte, son hombres y mujeres crucificadas;
otras muchas mueren de lenta crucifixión, producida por la injusticia de las estructuras.
La cruz es, pues, el lugar donde la esperanza se universaliza y desde ese lugar,
la resurrección se convierte en signo de esperanza y, en la medida en que se participa,
de forma análoga, en la vida y muerte de las víctimas.
Cuando la propia muerte no es sólo consecuencia de limitaciones biológicas, ni del
desgaste que produce mantener la propia vida, sino cuando también es consecuencia
de la entrega por amor a los otros y a lo que en los otros hay de pobre y producto
de la injusticia, entonces, existe una analogía entre esa vida y esa muerte y la
vida y la muerte de Jesús. Entonces, y sólo entonces, desde un punto de vista cristiano,
se podrá participar también en la esperanza de la resurrección. Sin comunión con
el crucificado, la resurrección sólo habla de la posibilidad de la supervivencia,
una referencia ambigua, pues puede ser para salvación o para condenación. Para que
haya esperanza de una supervivencia salvífica, hay que participar en la cruz de
Jesús.
La esperanza en la resurrección es contra esperanza, tal como enseña Pablo, porque
se trata de una esperanza crucificada, pero no sólo porque la expectativa de la
supervivencia más allá de la muerte lleva consigo su propia oscuridad, sino porque
ahora, la injusticia da muerte y pareciera que su poder no tiene fin. Este es el
gran escándalo de la historia. En efecto, el escándalo primario es el asesinato
del justo y no la muerte, en sí misma, así como también la posibilidad siempre abierta
de darle muerte. La resurrección de Jesús plantea el problema de cómo habérselas
con la propia muerte, en el futuro, pero recuerda que antes hay que habérselas con
la muerte injusta del otro. El modo cristiano de enfrentar el gran escándalo de
la injusticia que da muerte es el mismo con el cual se enfrenta la muerte personal.
El coraje cristiano de esperar la propia resurrección vive del coraje de esperar
la superación del escándalo histórico de la injusticia.
No se trata, pues, de una esperanza más allá de la muerte, sino de una esperanza
contra la muerte de las víctimas. Por eso, es una esperanza descentrada, que cumple
con la exigencia evangélica de olvidarse de sí mismo para recobrarse cristianamente.
La esperanza está descentrada, porque capta la muerte actual de los crucificados
como un hecho absolutamente escandaloso. Es una muerte con la cual el ser humano
y el cristiano no pueden pactar y ante la cual están obligados adoptar una postura
y a actuar, con lo cual la persona pasa a segundo lugar, respecto a su resurrección.
Ese escándalo histórico debiera ser la mediación de lo que de escándalo hay en la
propia muerte. La esperanza en la propia resurrección vive de la esperanza de la
resurrección de las víctimas de la injusticia. Por eso, tener esperanza para las
víctimas es la primera exigencia de la resurrección de Jesús para los cristianos,
pero también la participación en ella. Hay que ser capaz de apropiarse de la esperanza
de las víctimas, estar dispuesto a trabajar por ella, aunque eso convierta en víctima
a quien decide tomar este camino de solidaridad radical. Fuera de este lugar y sin
esa disposición, el anuncio de la resurrección de Jesús puede ser intercambiado
con otros símbolos de esperanza de vida más allá de la muerte, los cuales proliferan
en las religiones y la filosofía.
Quien ama a las víctimas, quién siente compasión última hacia ellas, quien está
dispuesto a entregarse a ellas y a correr su mismo destino, éste puede encontrar
también una esperanza para sí mismo, en la resurrección de Jesús. A un Dios que
va siendo descubierto como amoroso y a favor de las víctimas, se le puede corresponder
con amor radical a favor de ellas y de ahí que la pregunta por su destino último
se vuelva más agudo. Pero también se puede esperar que el verdugo no triunfe sobre
ellas y uno mismo puede entregarse a una esperanza final y plena. La esperanza es
difícil. Exige la apropiación y con ello, la apropiación de la realidad de las víctimas.
Pero con todo, la esperanza es real. Es como un don que las víctimas mismas entregan
a quien se coloca de su lado. Así, pues, las víctimas nos ofrecen su esperanza.
San Salvador, 11 de noviembre de 2004.
Articulos
Del egoísmo a la solidaridad: alternativas solidarias en revolución
Carlos Zepeda
Si el sistema económico de una sociedad es una construcción humana racional y neutra, ¿por qué, entonces, la riqueza y la pobreza extrema coexisten, se mantienen y se reproducen? El darwinismo económico es visto como natural en el capitalismo, empero, ¿es la injusticia de este sistema económico “natural”? “Tener” se ha vuelto más prioritario que el “ser”, no solo en El Salvador, sino en el mundo. Volver a creer que otros mundos son posibles, en un ambiente de desesperanza, no es fácil, y menos aún en un país como El Salvador, donde la pobreza abate cada vez más a una mayoría creciente y unos pocos concentran no solo la riqueza, sino todas las relaciones de poder del país. En contraste, este artículo demuestra que las alternativas económicas sociales a este modo de hacer economía existen, con distintas formas solidarias, y crecen con nuevas raíces.
1Catedrático del Departamento de Economía de la UCA y analista económico del CIDAI. Actualmente realiza estudios de posgrado sobre cooperación al desarrollo, en la Universidad Politécnica de Valencia, España.
Contribución a la teoría y práctica de la economía solidaria en El Salvador. El Grupo Bajo Lempa
Beatriz Escobar
En este artículo se exponen los elementos teóricos principales, sistematizados hasta el momento, sobre la economía solidaria ?sin olvidar que se trata de algo dinámico, esto es, sin olvidar su carácter de “utopía en construcción” ?. En tal sentido, la autora quiere difundir y suscitar interés para que nuevos sujetos apoyen la alternativa, desde un punto de vista práctico y teórico, tal manera que sus reflexiones y propuestas ayuden a la creación de la nueva sociedad. El Grupo Bajo Lempa constituye una evidencia de la existencia, posibilidad y potencialidad de este “tipo” de economía. Cabe advertir, como ya lo han hecho algunos teóricos antes, que para comprender mejor estas nuevas formas de hacer economía, es necesario colocarse en la dimensión de lo posible, tratando de detectar sus potencialidades. No lo que ya son estas experiencias, sino lo que pueden llegar a ser.
1Catedrática del Departamento de Economía de la UCA. La autora posee estudios de diplomatura en economía solidaria, en la Universidad Bolivariana de Chile, y en economía popular, en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”.
Importancia del enfoque de la cobertura del valor de la fuerza de trabajo para la economía solidaria: evidencias
Mario Salomón Montesino Castro
Este artículo pretende discutir un asunto de vital importancia para la realidad y la teoría de la economía solidaria. Se trata de la fuerza de trabajo, su valor y la cobertura del mismo en la sociedad. Ya que la economía solidaria considera el trabajo como la categoría central de su sistema, su tratamiento no solo es interesante, sino necesario; en especial, en el contexto de lo que ha animado la elaboración de este artículo: el estudio cuidadoso y la precisión que los conceptos centrales de esta economía solidaria, o de esfuerzos similares, requieren para que sus fundamentos teóricos y prácticos sean sólidos y exitosos. Su éxito se mide por permitir un desarrollo humano con racionalidad reproductiva.
1Catedrático del Departamento de Economía de la UCA.
Algunas experiencias de economía solidaria en El Salvador
Aquiles Montoya y Xochitl Hernández
En este artículo, los autores explican qué debe entenderse por economía solidaria, por economía del trabajo y la solidaridad, nueva economía popular o economía autogestionaria y solidaria, y desarrollo económico comunitario, y por qué tiende a imponerse la denominación economía solidaria. Para ello, presentan el trabajo desarrollado por la Fundación para el Desarrollo (FUNDESA), institución que apoya a una serie de comunidades de los departamentos de La Paz, Cuscatlán, San Vicente y Morazán. Refieren que si bien es cierto que existen alternativas populares de desarrollo, ahí donde la pobreza y la marginación social son más profundas, también existen aquellas que ya han superado la satisfacción de las necesidades básicas de las personas, es decir, que ya no solo aspiran a generar mecanismos de subsistencia, sino también a crear un modelo más integral, que satisfaga las necesidades económicas y también las sociales, culturales, educativas, ideológicas y políticas de las personas. En tal sentido, el propósito del estudio es identificar las fortalezas y las dificultades del proceso, así como también su potencialidad para crear una estrategia alternativa de desarrollo para estas y otras muchas comunidades organizadas del país.
1La información que se presenta corresponde al primer semestre del año 2004.
2Aquiles Montoya es catedrático del Departamento de Economía de la UCA. Xochitl Hernández es estudiante del último año de Economía y ha trabajado como instructora en diferentes materias, particularmente en Desarrollo Económico I.
Microfinanzas y solidaridad
Julia Évelin Martínez
En la política nacional de la micro y pequeña empresa se señala
que una de las estrategias de desarrollo del sector es la mejora del acceso al crédito
para los empresarios y trabajadores de la micro y pequeña empresa, a través de una
serie de programas e instrumentos. Pese a estas buenas intenciones, la última Encuesta
Microempresarial muestra que el número de microempresas sin acceso a crédito se
mantuvo constante en los últimos tres años (86.4 por ciento).
A partir de las limitaciones que las microfinanzas tradicionales tienen para resolver
el problema de acceso al crédito de la microempresa salvadoreña y, por tanto, de
su incapacidad para funcionar como instrumento para el desarrollo del sector, este
artículo muestra la necesidad de trascender a un enfoque alternativo de la microfinanza,
basado en relaciones de solidaridad y más coherente con el desarrollo económico
y social de las personas y las familias, vinculadas al sector.
1Catedrática e investigadora del departamento de Economía de la UCA.
La estrecha ruta hacia la globalización de la solidaridad
Francisco Javier Ibisate
En este artículo, el autor explica el surgimiento --comentado por Frank Hinkelammert-- de un movimiento de recuperación de la globalidad de la humanidad y la tierra, en contra de la estrategia de acumulación de capital, que ha asumido, de forma ilegítima, el nombre de globalización, que en lugar de globalizar el mundo, lo destruye globalmente. Cada vez más es voz común y persuasión, incluso entre las elites mundiales, que el proceso no está cerrado; más aún, que el proceso de la globalización no está predeterminado ni económica ni social ni políticamente, y que, por tanto, puede ser dirigido hacia niveles de mayor humanidad, más equidad y más justicia social. En tal sentido, los “modelos” económicos están hechos para “remodelarse” de acuerdo al giro de la historia y a partir de la experiencia. Así, todo “experimento” debe ser evaluado porque puede ser que no se haya escogido el modelo más adecuado para el momento histórico del país y porque también suele ocurrir que las fuerzas o los grupos, internos y externos, de poder desvíen dicho modelo de los objetivos pactados, ya que cada grupo social los lee desde su propio interés. Es peor aún cuando el modelo se impone para defender determinados intereses minoritarios con el envoltorio de democracia, libertad, progreso humano, justicia y paz social, lo cual parece ser el caso de la globalización neoliberal, cuyo experimento histórico pretende evaluar el autor desde algunas cumbres mundiales internas y externas al modelo.
1Catedrático del Departamento de Economía de la UCA.
Comentarios
Nutrición, salud y productividad del trabajo en El Salvador
Manuel Delgado
Desarrollo alternativo o alternativas frente al desarrollo dominante: lectura sistémica de la experiencia del Grupo Bajo Lempa
Sergio Bran-Molina
Vinculación de la cobertura del valor de la fuerza de trabajo con el de la tecnología
Leslie Rocío Orantess
Cronica
Noviembre-diciembre de 2004
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