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En El Salvador es
costumbre evaluar los primeros cien días de un nuevo gobierno. No se
trata de evaluar su gestión, porque el tiempo transcurrido es poco
para eso; sino de valorar sus iniciativas y sus perspectivas de
mediano y largo plazo, teniendo como trasfondo las promesas de campaña
y las de primera hora, y la gestión anterior (ver Editorial
“Pronóstico reservado: más allá del voluntarismo”, 668, p. 515 ss.).
Las valoraciones de la opinión pública, según una encuesta del
Instituto Universitario de Opinión Pública de la UCA (también en esta
edición), son extremadamente positivas. La mayoría tiene una buena
opinión del presidente de Saca, por cumplir sus promesas, por prestar
atención a la gente, por su interés en contener la corrupción, por su
compromiso con el cambio y la concertación. Casi la mitad de la
población no encuentra ningún fallo en él. En consecuencia, le otorgan
una nota promedio muy buena (7.27, en una escala de 0 a 10), que
ninguno de sus antecesores obtuvo, en el mismo periodo, en más de dos
décadas.
Al colocar estas primeras valoraciones en el contexto de la realidad
nacional, el panorama se complica más de lo aparece a primera vista.
En El Salvador actual coexisten dos realidades, una virtual, cultivada
con esmero e intensidad por el aparato publicitario de Casa
Presidencial, el cual incluye a las grandes empresas mediáticas, a las
cuales el presidente Saca se ha sabido ganar y colocar de su lado, y
otra muy distinta, la de la inmensa mayoría de la población, la del
desempleo, la falta de acceso a los bienes públicos, en una palabra la
de la pobreza. Hasta ahora, estas realidades coexisten sin entrar en
contacto; pero en el momento en que lo hagan, el encanto del gobierno
y del presidente Saca comenzará a esfumarse. Sin embargo, es imposible
predecir cuándo llegará ese momento, ni cuáles podrían ser sus
consecuencias concretas.
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