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Una
vez más nos reunimos esta noche del 15 de noviembre, tal como lo
venimos haciendo desde hace trece años, para recordar a las víctimas
de tantas injusticias. Lo hacemos con la persistencia de la viuda del
evangelio que reclama justicia y no cesa de importunar hasta que la
consigue. Esta noche, recordamos a todas las víctimas de la
injusticia, las de ayer y las de hoy. No debemos permitir que nos
arrebaten también su identidad y su memoria. Ellos hablan hoy de
víctimas, pero sólo de aquellas que les interesan para sus campañas,
para ocultar sus errores y fracasos y para infundir más miedo a la
población. Antes nos dijeron que las olvidáramos, porque eran pasado y
luego, porque eran inconvenientes para el avance democrático, y ahora
ellos se muestran interesados en las víctimas, pero sólo se ocupan de
algunas de ellas y reclaman justicia sólo para ellas. Nosotros, en
cambio, las recordamos a todas, a las del pandillero desquiciado y a
las de El Mozote, a las de los escuadrones de la muerte y a las del
asesino a sueldo, a las del ejército y los cuerpos de seguridad y a
las del crimen organizado. Y para todas ellas pedimos justicia.
Porque somos testigos de la furia devastadora de la violencia que fue
descargada contra ellas y porque hemos sufrido en carne propia su
humillación, porque, además, entre ellas están nuestros familiares y
nuestras amistades y nuestros conocidos, porque entre ellas están
nuestros mártires más queridos y podemos hoy también, desde nuestro
dolor, identificarnos con la madre del niño o del joven asesinado por
un pandillero y con el silencio adolorido de la madre de la pandillera
también asesinada. Así como también con el dolor de los familiares del
desaparecido y del ajusticiado sumariamente. Nosotros no hemos
descubierto el sufrimiento de la injusticia recientemente. Como parte
de este pueblo, la injusticia nos duele desde hace mucho tiempo. No
permitamos, pues, que irrespeten el dolor de los familiares y las
amistades de las víctimas de hoy, ni que profanen la memoria de las
víctimas de ayer y de anteayer, y mucho menos la de los mártires. No
permitamos que nos arrebaten la memoria de nuestros mártires.
La lectura del libro del Éxodo (3, 7-10) nos recuerda que la opresión
y el sufrimiento que ésta causa no son para siempre, porque Dios oye
el clamor de su pueblo, Dios ve su opresión y se fija en su
sufrimiento. Pero no sólo oye, ve y se fija, sino que también actúa.
Manda enviados con una misión: advertir al pecador de su pecado,
llamarlo a la conversión y anunciar el reinado de Dios. Es una misión
difícil y sobre todo arriesgada, porque el pecador se resiste y
conspira para quitar de en medio al enviado y así silenciarlo. Pese al
peligro, éste persiste en cumplir con su misión, porque sabe que Dios
es su auxilio y que Él lo sostiene. Por eso, Dios es bueno. No
abandona en los momentos de peligro, ni olvida la injusticia. Y cuando
los asesinos se felicitan, porque piensan que han acabado con el
enviado y su misión, Dios lo levanta de la muerte, avala su misión y
su triunfo se hace evidente.
Esta es la historia de los profetas del Antiguo Testamento, es la
historia de Jesús y de sus seguidores más leales, los mártires como
Mons. Romero, los jesuitas de esta universidad, Elba y Celina y tantos
otros y tantas otras que vienen a nuestra memoria. Ellos y ellas ya
van delante de nosotros y nos dan ánimo para perseverar y como Jesús a
las mujeres, en aquella madrugada, del primer día de la semana de los
nuevos tiempos, nos invitan a no tener miedo, a recorrer de nuevo el
camino del anuncio del reinado de Dios.
Así, pues, no tengamos miedo a la opresión que Dios rechaza, no
tengamos miedo a recuperar nuestra voz para hablar con libertad, pero
también con verdad y sobre para reclamar la justicia negada, no
tengamos miedo a la luz que los mártires del pueblo salvadoreño
irradian. A ellos debemos escuchar. El que espera un hecho milagroso
para abandonar su pecado, no se convertirá, aun cuando se le aparezca
un muerto. Los mártires son los enviados preferidos de Dios, fueron
sus servidores leales, tal como lo muestra su aguante a tantas
contradicciones y persecuciones. Ellos nos han transmitido la palabra
de Dios, su condena de la opresión y su rechazo al sufrimiento
injusto, su invitación a convertirnos a su reino y a formar parte de
su pueblo. Ellos, con su fortaleza en medio de la adversidad, nos han
hecho presente la fuerza de Dios.
Por eso, no debemos olvidarlos, no los hemos olvidado y ojalá nunca
los olvidemos. Por eso, su martirio nos duele y su humillación nos
indigna. Pero también debemos sentirnos sanamente orgullosos, porque
Dios oyó nuestros clamores y los envió. Porque tal vez fueron parte de
nuestra vida personal y porque, de todas maneras, son parte de nuestra
historia. Es la mejor parte de la historia salvadoreña. Por eso, al
mismo tiempo que los añoramos, nos sentimos en paz y estamos alegres.
Por eso, esta vigila también es recuerdo agradecido y fiesta.
Agradecimiento por su entrega y su testimonio incondicional.
Agradecimiento por hacernos presente a Dios, en medio de nuestra
historia. Y fiesta por su triunfo en la adversidad y la muerte. No es
un triunfo vacío, sino el triunfo definitivo de la vida sobre la
muerte injusta. Dios los ha levantado de ella para vergüenza y
confusión de sus asesinos, y para alegría nuestra.
Los mártires nos señalan el camino para la humanización y el
seguimiento de Jesús. En ellos encontramos un gran ejemplo de
generosidad y hermandad, pues no se guardaron nada para sí, antes bien
se entregaron a este pueblo empobrecido, caído y maltrecho, tirado a
la orilla del camino por quienes lo han desvalijado desde siempre.
Ellos se detuvieron y sirvieron a sirvieron a este pueblo sin
condiciones, sin guardarse nada para sí. Tal como dice Pablo de sí
mismo (2Cor 6, 3-10), en la segunda lectura, no dieron de lo que les
sobraba, sino que se dieron a sí mismos. Por servir al pobre y al
desvalido, sufrieron tribulaciones, pasaron necesidades, padecieron
angustias y experimentaron cansancios, desvelos y ayunos. Aún así se
esforzaron por ser constantes, pacientes y prudentes. Si a alguno
dieron motivo de escándalo, fue por fidelidad a la misión recibida.
Paradójicamente, cuando dijeron la verdad, los consideraron
impostores; eran de sobra conocidos, pero ellos los desconocieron;
aunque siempre han estado vivos, los consideran muertos; no se les
encontró falta, pero los descalificaron como réprobos; siempre
estuvieron alegres, pero para ellos estaban afligidos y tristes;
enriquecieron a muchos, pero los despreciaron, porque los vieron
pobres; aunque lo poseen todo, los olvidan como si fueran poca cosa.
No hay, pues, que salir fuera a buscar vidas de mujeres y hombres
cabales o anécdotas para ilustrar los valores que nos humanizan.
Quienes así proceden, no toleran a los mártires. No pueden mirarlos de
frente, porque son cómplices del orden que los rechazó y los condenó a
muerte. No pueden admirarlos, porque su luz iluminaría aquella
dimensión más oscura de su propia realidad.
Es justo y necesario recordar el testimonio de los mártires y
conmemorarlos. Ellos y ellas son un fundamento sólido para construir
una nueva identidad colectiva e individual, que deje atrás a esta
sociedad que se deshace a sí misma por causa de la violencia, las
drogas y el abandono. En su testimonio encontramos recursos para
animarnos a construir una sociedad más humana, basada en el trabajo y
no en la riqueza, el lucro y la diversión, una sociedad solidaria y no
egoísta. En los mártires encontramos aquellos valores fundamentales
que hacen de los seres humanos realidades cabales y nuevas, humanas y
cristianas. Nuestra posibilidad de humanización está en volvernos
hacia los mártires, en dejarnos iluminar por ellos y en aceptar su
desafío. Al igual que el mensajero del primer día de la semana de
pascua dijo a las mujeres que volvieran a recorrer el camino de Jesús
(Mt 28, 1-10), ellos también nos invitan hoy a recorrer ese mismo
camino. Por eso, esta reunión es muy importante y la fiesta no debiera
llevarnos a olvidar el hecho fundamental que nos ha convocado esta
noche. Olvidarlo o tomarlo como un hecho trivial es renunciar a la
memoria, a nuestra memoria de resistencia y promesa, y es abrir la
puerta para que ellos escriban nuestra historia por nosotros.
La conmemoración de esta noche, es decir, el hacer memoria de los
hechos ocurridos en ella y de tantos otros hechos similares, restaura
el sentido violentado de la justicia. La justicia es el fundamento de
la paz social e individual. Un orden social donde la humanidad pueda
realizarse como tal, donde su dignidad sea respetada, sus aspiraciones
legítimas satisfechas, su acceso a la verdad reconocido y su libertad
personal garantizada (Medellín, Paz). Ayer y como hoy, el problema
radical, tal como lo enunció Ignacio Ellacuría, es la lucha de la vida
contra la muerte. Es la lucha por pasar de unas condiciones inhumanas
de vida a otras humanas. Esta es una celebración de esa vida y
quisiera ser también un compromiso para defenderla y para conseguir
que predomine sobre la muerte. Al hacer memoria de los gestos de la
entrega de Jesús también hacemos memoria de todos sus mártires,
algunos de los cuales son nuestros, son salvadoreños y salvadoreñas.
Que la presencia de Jesús y de sus mártires en medio de nosotros nos
den valor y fuerza para recorrer su camino. Así sea.
San Salvador, 15 de noviembre de 2003.
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