No. 661-662 Noviembre-diciembre 2003

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE

 

HOMILÍAS

 

Jesuitas de la UCA
Domingo XXIII del tiempo ordinario
XIV Aniversario de los “Mártires” de la UCA
Mons. Jacinto Berloco
Nuncio Apostólico
(16 de noviembre de 2003)

Queridos hermanos y hermanas:

Por las lecturas bíblicas que hemos escuchado nos damos cuenta que el año litúrgico está finalizando; durante todo este tiempo hemos ido meditando la globalidad del misterio de Jesucristo, que por nosotros murió y resucitó.

Las palabras de Jesús, que nos relata el evangelista Marcos, pertenecen al gran “discurso escatológico”, que comprende todo el capítulo 13 de su evangelio y precede la narración de la pasión y resurrección del Señor. La escena tiene lugar en el monte de los Olivos, de donde se aprecia una espléndida vista del templo y de la ciudad de Jerusalén. Uno de los discípulos había llamado la atención del Maestro sobre la magnificencia del templo y de las demás construcciones de Jerusalén. Al contestar Jesús que de todo aquello no quedará piedra sobre piedra, cuatro apóstoles (el evangelista precisa los nombres: Pedro, Santiago, Juan y Andrés) le preguntan: “Dinos cuando sucederá todo eso y cuál será la señal”. De allí arranca el discurso de Jesús acerca de la destrucción de Jerusalén y la parusía, o sea, la segunda y definitiva venida del Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad.

La idea principal del mensaje de Jesús no es la profecía de la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén (que se realizó en el año setenta, por manos de las legiones romanas, conducidas por el general Tito), ni tampoco el anuncio del fin del mundo, sino más bien una exhortación a la esperanza, porque el Señor volverá revestido de fuerza y gloria, porque él ha resucitado de la muerte y vive glorioso para siempre. Jesús asegura su presencia de resucitado, en medio de sus discípulos, y quiere animarlos, y hoy nos anima a nosotros, para que tengamos fe y confianza en él, porque él es el viviente, y un día volverá para reunir a los elegidos y hacerlos partícipes de su misma gloria.

El no promete una vida fácil; una vida sin pruebas y tribulaciones, sino todo lo contrario: “Si el mundo los odia, sepan que antes me odió a mí… Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más que su patrón. Si a mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes” (Jn 15, 18-20). El profeta Daniel parece decir lo mismo, cuando proclama que “habrá tiempos difíciles”. No se necesita mucho para que nos demos cuenta de la verdad de estas palabras del Señor. La historia de los hombres está llena de momentos oscuros, en los que han prevalecido el odio, el deseo de venganza, el egoísmo, el afán de poder y el olvido de nuestros hermanos. También los tiempos presentes son bien sombríos y no faltan tensiones, violencias, falta de respeto a la vida de los demás y olvido de sus derechos y necesidades más elementales. Tenemos la certeza que Cristo resucitado sigue en medio de nosotros y que un día volverá, en la plenitud de su condición de Hijo de Dios y Señor de la historia.

Jesús sigue animándonos con las palabras que dijo a sus discípulos antes de su pasión: “Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulaciones. Pero ¡ánimo! Yo he vencido al mundo”. La victoria de Jesús está en su amor sin condición para con nosotros; está en la ofrenda que él hace de sí mismo al Padre, en sacrificio de expiación de los pecados del mundo. “Con una sola ofrenda ?dice la carta a los Hebreos? ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados”.

En esta perspectiva de la santificación que se produce en nosotros por el misterio de la muerte redentora de Jesús y de la gloria que él tiene reservada a los elegidos, cuando vuelva al final de los tiempos, podemos enmarcar la conmemoración que hoy estamos haciendo de los seis padres jesuitas y las dos hermanas que hace catorce años fueron sacrificados de una manera tan bárbara. La cita que cada año tenemos con ellos y que hoy realizamos, en esta cripta, en la que reposan los restos sagrados del querido y venerado Monseñor Romero, es para que guardemos viva la memoria de estos hermanos nuestros, que sacrificaron sus vidas por su amor a los hermanos, especialmente a los más pobres y débiles.

El Papa Juan Pablo II, durante el año del jubileo, quiso celebrar públicamente, el 7 de mayo del 2000, en el Coliseo, la memoria de los muchos mártires y testigos de la fe que, especialmente a lo largo del siglo XX, han experimentado el odio y la violencia, a veces hasta la entrega de sus vidas. Decía el Santo Padre, en aquella oportunidad: “Estos hermanos y hermanas nuestros en la fe, que hoy recordamos con gratitud y veneración, constituyen un gran cuadro de la comunidad cristiana del siglo XX. Un mural del evangelio de las bienaventuranzas, vivido hasta el derramamiento de la sangre” (Homilía del 7 de mayo de 2000, en el Coliseo).

El Papa, en distintas oportunidades, ha hecho referencia a todos aquellos que, de una manera u otra, en los diferentes lugares del mundo, han sacrificado su vida por amor a la justicia y por su espíritu de fraternidad universal, y ha exhortado a guardar la memoria de su sacrificio como expresión de gratitud y estímulo, para imitarles en su generosa entrega. A este respecto, en su reciente exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, dice lo siguiente: “Quiero proponer a todos, para que nunca se olvide, el gran signo de esperanza constituido por los numerosos testigos de la fe cristiana que ha habido en el último siglo, tanto en el Este como en el Oeste. Ellos han sabido vivir el evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, frecuentemente hasta el testimonio de la sangre” (n. 13).

Por eso, sin rencor y perdonando a los responsables de aquella matanza cruel e injustificada de hace catorce años, hoy recordamos con respeto y admiración a los ocho hermanos nuestros que murieron aquel 16 de noviembre de 1989 y los llamamos por sus nombres: Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López, Julia Elba y Celina Ramos. Su muerte ocurrió en la madrugada, cuando todo estaba a oscuras como para significar el dominio de las tinieblas y del pecado; pero pronto iba a alborear un nuevo día. Su sacrificio sirvió, sin duda, para despertar una nueva conciencia a favor del diálogo y de una solución pacífica al doloroso y largo conflicto fraticida para un futuro mejor para nuestro pueblo.

El recuerdo de estos hermanos nuestros no es un gesto académico o de conmiseración; él tiene que traducirse en un compromiso para que superemos toda tentación al rencor y a la violencia, para que estemos siempre abiertos al diálogo y a la concertación y trabajemos conjuntamente por la justicia, la defensa para los derechos fundamentales de toda persona humana y el bienestar de todos los salvadoreños. Nosotros estamos convencidos que el sacrificio de los hermanos que hoy recordamos no fue en balde. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto”, dijo Jesús (Jn 12, 24). Y sabemos que Cristo no sólo enseñó eso de palabra, sino que lo llevó a la práctica, entregando su vida por nosotros, hasta la muerte y una muerte de cruz.

Que sepamos también nosotros desgastarnos por el Señor y por nuestros hermanos; que sepamos, con nuestra actitud de solidaridad y servicio a los demás anunciar al mundo sumergido en la violencia y el desánimo, el evangelio de la esperanza, sabiendo que haciendo el bien y practicando el amor y la justicia, nuestros nombres estarán inscritos ?como dice la escritura? en el libro de la vida. “Los sabios, dice el profeta Daniel, brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad”. Y así sea
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La memoria señala el camino
Rodolfo Cardenal

Una vez más nos reunimos esta noche del 15 de noviembre, tal como lo venimos haciendo desde hace trece años, para recordar a las víctimas de tantas injusticias. Lo hacemos con la persistencia de la viuda del evangelio que reclama justicia y no cesa de importunar hasta que la consigue. Esta noche, recordamos a todas las víctimas de la injusticia, las de ayer y las de hoy. No debemos permitir que nos arrebaten también su identidad y su memoria. Ellos hablan hoy de víctimas, pero sólo de aquellas que les interesan para sus campañas, para ocultar sus errores y fracasos y para infundir más miedo a la población. Antes nos dijeron que las olvidáramos, porque eran pasado y luego, porque eran inconvenientes para el avance democrático, y ahora ellos se muestran interesados en las víctimas, pero sólo se ocupan de algunas de ellas y reclaman justicia sólo para ellas. Nosotros, en cambio, las recordamos a todas, a las del pandillero desquiciado y a las de El Mozote, a las de los escuadrones de la muerte y a las del asesino a sueldo, a las del ejército y los cuerpos de seguridad y a las del crimen organizado. Y para todas ellas pedimos justicia.

Porque somos testigos de la furia devastadora de la violencia que fue descargada contra ellas y porque hemos sufrido en carne propia su humillación, porque, además, entre ellas están nuestros familiares y nuestras amistades y nuestros conocidos, porque entre ellas están nuestros mártires más queridos y podemos hoy también, desde nuestro dolor, identificarnos con la madre del niño o del joven asesinado por un pandillero y con el silencio adolorido de la madre de la pandillera también asesinada. Así como también con el dolor de los familiares del desaparecido y del ajusticiado sumariamente. Nosotros no hemos descubierto el sufrimiento de la injusticia recientemente. Como parte de este pueblo, la injusticia nos duele desde hace mucho tiempo. No permitamos, pues, que irrespeten el dolor de los familiares y las amistades de las víctimas de hoy, ni que profanen la memoria de las víctimas de ayer y de anteayer, y mucho menos la de los mártires. No permitamos que nos arrebaten la memoria de nuestros mártires.

La lectura del libro del Éxodo (3, 7-10) nos recuerda que la opresión y el sufrimiento que ésta causa no son para siempre, porque Dios oye el clamor de su pueblo, Dios ve su opresión y se fija en su sufrimiento. Pero no sólo oye, ve y se fija, sino que también actúa. Manda enviados con una misión: advertir al pecador de su pecado, llamarlo a la conversión y anunciar el reinado de Dios. Es una misión difícil y sobre todo arriesgada, porque el pecador se resiste y conspira para quitar de en medio al enviado y así silenciarlo. Pese al peligro, éste persiste en cumplir con su misión, porque sabe que Dios es su auxilio y que Él lo sostiene. Por eso, Dios es bueno. No abandona en los momentos de peligro, ni olvida la injusticia. Y cuando los asesinos se felicitan, porque piensan que han acabado con el enviado y su misión, Dios lo levanta de la muerte, avala su misión y su triunfo se hace evidente.

Esta es la historia de los profetas del Antiguo Testamento, es la historia de Jesús y de sus seguidores más leales, los mártires como Mons. Romero, los jesuitas de esta universidad, Elba y Celina y tantos otros y tantas otras que vienen a nuestra memoria. Ellos y ellas ya van delante de nosotros y nos dan ánimo para perseverar y como Jesús a las mujeres, en aquella madrugada, del primer día de la semana de los nuevos tiempos, nos invitan a no tener miedo, a recorrer de nuevo el camino del anuncio del reinado de Dios.

Así, pues, no tengamos miedo a la opresión que Dios rechaza, no tengamos miedo a recuperar nuestra voz para hablar con libertad, pero también con verdad y sobre para reclamar la justicia negada, no tengamos miedo a la luz que los mártires del pueblo salvadoreño irradian. A ellos debemos escuchar. El que espera un hecho milagroso para abandonar su pecado, no se convertirá, aun cuando se le aparezca un muerto. Los mártires son los enviados preferidos de Dios, fueron sus servidores leales, tal como lo muestra su aguante a tantas contradicciones y persecuciones. Ellos nos han transmitido la palabra de Dios, su condena de la opresión y su rechazo al sufrimiento injusto, su invitación a convertirnos a su reino y a formar parte de su pueblo. Ellos, con su fortaleza en medio de la adversidad, nos han hecho presente la fuerza de Dios.

Por eso, no debemos olvidarlos, no los hemos olvidado y ojalá nunca los olvidemos. Por eso, su martirio nos duele y su humillación nos indigna. Pero también debemos sentirnos sanamente orgullosos, porque Dios oyó nuestros clamores y los envió. Porque tal vez fueron parte de nuestra vida personal y porque, de todas maneras, son parte de nuestra historia. Es la mejor parte de la historia salvadoreña. Por eso, al mismo tiempo que los añoramos, nos sentimos en paz y estamos alegres. Por eso, esta vigila también es recuerdo agradecido y fiesta. Agradecimiento por su entrega y su testimonio incondicional. Agradecimiento por hacernos presente a Dios, en medio de nuestra historia. Y fiesta por su triunfo en la adversidad y la muerte. No es un triunfo vacío, sino el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte injusta. Dios los ha levantado de ella para vergüenza y confusión de sus asesinos, y para alegría nuestra.

Los mártires nos señalan el camino para la humanización y el seguimiento de Jesús. En ellos encontramos un gran ejemplo de generosidad y hermandad, pues no se guardaron nada para sí, antes bien se entregaron a este pueblo empobrecido, caído y maltrecho, tirado a la orilla del camino por quienes lo han desvalijado desde siempre. Ellos se detuvieron y sirvieron a sirvieron a este pueblo sin condiciones, sin guardarse nada para sí. Tal como dice Pablo de sí mismo (2Cor 6, 3-10), en la segunda lectura, no dieron de lo que les sobraba, sino que se dieron a sí mismos. Por servir al pobre y al desvalido, sufrieron tribulaciones, pasaron necesidades, padecieron angustias y experimentaron cansancios, desvelos y ayunos. Aún así se esforzaron por ser constantes, pacientes y prudentes. Si a alguno dieron motivo de escándalo, fue por fidelidad a la misión recibida. Paradójicamente, cuando dijeron la verdad, los consideraron impostores; eran de sobra conocidos, pero ellos los desconocieron; aunque siempre han estado vivos, los consideran muertos; no se les encontró falta, pero los descalificaron como réprobos; siempre estuvieron alegres, pero para ellos estaban afligidos y tristes; enriquecieron a muchos, pero los despreciaron, porque los vieron pobres; aunque lo poseen todo, los olvidan como si fueran poca cosa. No hay, pues, que salir fuera a buscar vidas de mujeres y hombres cabales o anécdotas para ilustrar los valores que nos humanizan. Quienes así proceden, no toleran a los mártires. No pueden mirarlos de frente, porque son cómplices del orden que los rechazó y los condenó a muerte. No pueden admirarlos, porque su luz iluminaría aquella dimensión más oscura de su propia realidad.

Es justo y necesario recordar el testimonio de los mártires y conmemorarlos. Ellos y ellas son un fundamento sólido para construir una nueva identidad colectiva e individual, que deje atrás a esta sociedad que se deshace a sí misma por causa de la violencia, las drogas y el abandono. En su testimonio encontramos recursos para animarnos a construir una sociedad más humana, basada en el trabajo y no en la riqueza, el lucro y la diversión, una sociedad solidaria y no egoísta. En los mártires encontramos aquellos valores fundamentales que hacen de los seres humanos realidades cabales y nuevas, humanas y cristianas. Nuestra posibilidad de humanización está en volvernos hacia los mártires, en dejarnos iluminar por ellos y en aceptar su desafío. Al igual que el mensajero del primer día de la semana de pascua dijo a las mujeres que volvieran a recorrer el camino de Jesús (Mt 28, 1-10), ellos también nos invitan hoy a recorrer ese mismo camino. Por eso, esta reunión es muy importante y la fiesta no debiera llevarnos a olvidar el hecho fundamental que nos ha convocado esta noche. Olvidarlo o tomarlo como un hecho trivial es renunciar a la memoria, a nuestra memoria de resistencia y promesa, y es abrir la puerta para que ellos escriban nuestra historia por nosotros.

La conmemoración de esta noche, es decir, el hacer memoria de los hechos ocurridos en ella y de tantos otros hechos similares, restaura el sentido violentado de la justicia. La justicia es el fundamento de la paz social e individual. Un orden social donde la humanidad pueda realizarse como tal, donde su dignidad sea respetada, sus aspiraciones legítimas satisfechas, su acceso a la verdad reconocido y su libertad personal garantizada (Medellín, Paz). Ayer y como hoy, el problema radical, tal como lo enunció Ignacio Ellacuría, es la lucha de la vida contra la muerte. Es la lucha por pasar de unas condiciones inhumanas de vida a otras humanas. Esta es una celebración de esa vida y quisiera ser también un compromiso para defenderla y para conseguir que predomine sobre la muerte. Al hacer memoria de los gestos de la entrega de Jesús también hacemos memoria de todos sus mártires, algunos de los cuales son nuestros, son salvadoreños y salvadoreñas. Que la presencia de Jesús y de sus mártires en medio de nosotros nos den valor y fuerza para recorrer su camino. Así sea.

San Salvador, 15 de noviembre de 2003
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EDITORIAL

 

Deuda con la memoria histórica

El tercer gobierno de ARENA nunca se consideró comprometido con los acuerdos de 1992, tampoco hubo una fuerza social que pudiera reclamarle el cumplimiento de los compromisos ahí adquiridos. Es más, este gobierno consiguió que Naciones Unidas diera por concluidos formalmente tales acuerdos. Desde el inicio de su mandato, el gobierno salvadoreño actual dio por terminada la transición y gobernó como si ésta y los acuerdos que la impulsaron no hubieran existido nunca. La Policía Nacional Civil, que de forma gradual abandonó su carácter civil con el cual fue fundada para parecerse cada vez más a un cuerpo de seguridad militar, muy similar a los suprimidos por los acuerdos, es un buen ejemplo de la trascendencia de esa decisión gubernamental. En la actualidad, la policía salvadoreña es más militar que civil y es la institución que más viola los derechos humanos. El anticomunismo es otro buen ejemplo. Aun cuando en el mundo es ya historia, en El Salvador es de una gran actualidad, tanto que es uno de los temas fundamentales de la campaña electoral de la derecha.

La polarización social y política, protagonizada por los dos partidos grandes, ha sido determinante para desarticular la herencia de la transición. Para la derecha, los acuerdos y sus compromisos siempre fueron una imposición inaceptable de la comunidad internacional ?Naciones Unidas? y no desaprovechó ninguna oportunidad para hacerlos a un lado. La izquierda, por su ambición de poder, negoció y se volvió cómplice. Más preocupado por convertirse en un partido político bien visto por el sistema, el FMLN cedió el terreno o negoció, a cambio de una cuota de poder. Por razones diversas, uno y otro perdieron la memoria histórica o se volvieron desmemoriados. Con ella, la identificación del FMLN con tiempos de justicia se difuminó. Por eso, cuando éste invoca el cambio, encuentra poco eco. El precio pagado por una supuesta estabilidad social y política fue muy elevado.

La pérdida de la memoria histórica creó un vacío, que la derecha se apresuró a llenar con sus nostalgias. Así, El Salvador hoy se encuentra inmerso en un presente con mucho de pasado, que pensó ya había sido superado con los acuerdos de 1992. A veces, hasta la misma derecha se muestra desconcertada por el resurgimiento de prácticas e ideas “disociadoras”. Es apropiado, pues, preguntarse qué sucedió con una transición promisoria, cuyo legado se asemeja más al pasado que debiera haber superado
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ARTÍCULOS

 

Conflicto y reconciliación
Camino cristiano hacia una utopía

Jon Sobrino

 

En este artículo, el autor trata el tema del conflicto y la reconciliación desde la perspectiva cristiana, lo cual significa analizar las causas últimas del conflicto y apuntar a su superación y transformación, pero significa también hacerse cargo de él, cargando con él y encargándose del camino que lleva a la reconciliación. El cristianismo, pues, invita a la “lucidez”, pero también exige la ”conversión” y anima a la utopía de una “revolución” que, en este caso, se expresa como “reconciliación”. Y así como Ellacuría mencionó, “el problema radical es la lucha de la vida en contra de la muerte”, del mismo modo habrá que decir que el problema radical es “transformar el conflicto en reconciliación”.
 

 

La construcción social de la violencia en El Salvador de la posguerra

José Miguel Cruz

 

La violencia que afecta a El Salvador en la posguerra es producto de la conjunción de varios tipos de causas. El presente artículo examina la construcción social de la violencia, en el país, a través del examen de las causas de tipo estructural y coyuntural, que han llevado a los elevados niveles de violencia social. Entre las causas estructurales se mencionan: la desigualdad socioeconómica, la historia de la construcción del Estado salvadoreño y lo que se ha dado en llamar cultura de la violencia. Estas causas estructurales constituyen la base para que las consecuencias de la guerra, como el aprendizaje universal de la violencia, la circulación de armas y las venganzas diferidas, junto con otros factores ?la debilidad institucional y el consumo extendido de alcohol y drogas? hayan llevado al país a ser uno de los más violentos del hemisferio.
 

 

De la ideología al pragmatismo
Ensayo sobre las trayectorias ideológicas de ARENA y el FMLN

Luis Armando González

 

El objetivo de este trabajo es identificar los cambios ideológicos por los que han atravesado los partidos políticos Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), a lo largo de su trayectoria, en la historia política de El Salvador. Las preguntas que orientan el ensayo son las siguientes: ¿ha cambiado la identidad ideológica de estos partidos en la postguerra? Si ha cambiado, ¿en qué sentido? ¿Cuáles son sus consecuencias? ¿Cuál es la identidad ideológica de sus orígenes y cuáles son las señales de “distanciamiento” entre esos supuestos ideológicos y el ejercicio político de la postguerra? Una de las hipótesis es que ambos partidos han atravesado, en la década de los años noventa, por cambios, los cuales se han traducido en una especie de “ablandamiento” ideológico, lo cual ha abierto las puertas a un ejercicio político más pragmático y centrado en objetivos de corto plazo.
 

 

El sistema penal salvadoreño

Atilio Ramírez Amaya h.
Josefa Noya Novais

 

Este artículo hace un análisis sobre el sistema penal salvadoreño, el cual tiene como base un nuevo proceso penal, diseñado como formalidad legitimante, dentro del cual la policía, la fiscalía y los medios de comunicación escogen y determinan quiénes serán imputados y condenados como delincuentes. El señalamiento criminalizador lo efectúa la policía y la fiscalía, y se realiza diferencialmente sobre grupos vulnerables, calificados en general por su pobreza o por falta de protección política. La administración de justicia no pende de los jueces; estos están situados al final del camino que conduce a la prisión. El señalamiento criminalizador es producto de la policía-fiscalía; y se ejecuta de manera diferencial en las asociaciones vulnerables.
 

 

 

La construcción de “lo migrante”como elemento de la identidad salvadoreña: cultura oficial y cultura popular

Roxana Efigenia Martel
Amparo Marroquín Parducci

 

El presente artículo es un acercamiento a dos discursos que los medios han puesto en circulación. La reflexión parte de un tema ya bastante discutido: los medios son la actual plaza pública (no la llamaremos ya “nueva”), que posibilita y pone en discusión varias significaciones de lo migrante como elemento inscrito en la identidad salvadoreña. En este caso, los que serán motivo de análisis son dos discursos concretos, que han circulado este año en los medios. Uno de ellos está tomado de la cultura oficial, específicamente, del discurso que el “Gobierno del Presidente Francisco Flores” ha puesto en circulación, sobre todo en su afán de que la población apruebe el tratado de libre comercio. El segundo discurso proviene de la cultura popular y está tomado de la tradición mexicano-latinoamericana del corrido. Por el momento, compartimos no certezas, sino estas preguntas que, itinerantes, persiguen la ruta de los emigrantes, en su largo camino por la construcción de una identidad, que los nombre y los convoque.
 

 

 

 

COMENTARIOS

 

Opinión pública de 2003 y preferencias electorales: encuesta de evaluación de fin de año

IUDOP

 

Violencia y medios de comunicación

Luis Armando González

 

El Salvador en el exterior

CIDAI

 

El sida, problema mundial

Jaime Rivas

 

La fortuna de las instituciones culturales: la Biblioteca Nacional en sus comienzos

Ricardo Roque Baldovinos