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Las elecciones presidenciales de 2004 cerrarán una década de la
historia política de El Salvador. En 1994 tuvieron lugar las primeras
elecciones libres y competitivas, tal como suelen llamarse las
elecciones democráticas, las cuales fueron interpretadas como “las
elecciones del siglo”. Desde entonces, cinco procesos para elegir
presidente y vicepresidente, y diputados y concejos municipales han
tenido lugar. Aun con las anormalidades e irregularidades que han
enturbiado estos eventos, ningún contendiente ha reclamado fraude, es
decir, el cambio de la voluntad de los electores, expresada en los
votos. No obstante, la organización y realización de procesos
electorales limpios formaba parte de los cambios introducidos por los
Acuerdos de Paz de 1992. Pero tal como ha ocurrido con la mayoría de
las novedades institucionales, introducidas por dichos acuerdos, el
procedimiento electoral también está ahora en peligro de reversión.
La cultura política autoritaria de algunos de los principales actores
políticos salvadoreños los está impulsando en una dirección perversa:
utilizar las elecciones para acabar con la apertura política. Así, a
los males ya conocidos, se agrega este otro del autoritarismo, el cual
aflora con fuerza ante la posibilidad de que haya alternancia en la
Presidencia de la República. Pareciera que la democratización tiene
límites, que no será fácil superar; la cuestión es que si no son
superados, su contraria, el autoritarismo gana terreno y el proceso se
revierte.
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