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Discurso
de Benjamín Cuéllar
Director IDHUCA
El 19 de noviembre del año recién pasado, tres días después del homenaje
a las y los mártires de la UCA, supe que el jurado de la Comisión Nacional
Consultiva del Premio de los Derechos Humanos de la República Francesa
“Libertad, igualdad y fraternidad” le había otorgado al IDHUCA “una mención
especial de estímulo y aliento”.
En concreto, dicha distinción se centra en la creación del “Festival Verdad”
y en lo que con éste se busca: que las víctimas del pasado y del presente,
que sufren por la violación de sus derechos humanos y la impunidad, se
encuentren y encuentren apoyo, se animen y animen a toda la sociedad,
en el esfuerzo por alcanzar una convivencia justa y en paz. Y eso ?desde
nuestra óptica? pasa tanto por el conocimiento objetivo y el reconocimiento
sincero de la verdad de esas víctimas, como por la aceptación humilde
de las responsabilidades por parte de sus victimarios y de la sanción
legal que les corresponde.
En marzo de 1993, se tuvo y se perdió, en buena medida, la oportunidad
para ello. Por un lado, el día 15 de ese mes, fue presentado en público
el informe de la Comisión de la Verdad; sin embrago, cinco días después,
la Asamblea Legislativa aprobó una amnistía duramente cuestionada, entre
otras voces, por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Dicha
Comisión, en su informe especial sobre nuestro país, en 1994, concluyó
señalando que, más allá “de la eventual necesidad derivada de las negociaciones
de paz y de las razones eminentemente políticas”, las “amplísimas dimensiones”
de la amnistía constituían “una violación de las obligaciones internacionales
asumidas por ese país [El Salvador] al ratificar la Convención Americana
sobre Derechos Humanos”.
Al respecto, el actual Secretario de Naciones Unidas, lamentó “que las
Partes, y especialmente el Gobierno, no cumplieron un mayor número de
recomendaciones de la Comisión de la Verdad”. De manera específica, Kofi
Annan afirmó literalmente lo siguiente: “Un ejemplo claro del rechazo
de las conclusiones de la Comisión de la Verdad lo constituyó la aprobación
de una amplia ley de amnistía pocos días después de la publicación del
Informe de la Comisión. La celeridad con que esta ley se aprobó en la
Asamblea Legislativa puso de manifiesto la falta de voluntad política
de investigar y llegar a la verdad mediante medidas judiciales y castigar
a los culpables”1.
El antecesor de Annan, Boutros Boutros-Ghali, al momento de presentar
en Nueva York el informe de la Comisión de la Verdad, lanzó una clara
exhortación al gobierno y a la ex guerrilla para hacer “todo lo posible
para asegurar que el Informe de la Comisión llegue hasta el último de
los rincones del país. Todos los salvadoreños deben conocerlo. Debe pasar
a formar parte de su cultura y su historia de manera que puedan enfrentar
mejor su futuro […] No puede haber reconciliación sin el conocimiento
público de la verdad”2. Sin embargo, Annan, en la evaluación sobre el
proceso salvadoreño, a cinco años del fin de la guerra, expresó lo siguiente:
"En general, las recomendaciones relativas a la reconciliación nacional
fueron desoídas. No se tomó ninguna medida para reconocer el buen nombre
de las víctimas, éstas no recibieron indemnización moral ni material,
no se levantó ningún monumento nacional a las víctimas ni se fijó un feriado
nacional en su memoria. La recomendación de establecer un Foro de la Verdad
y la Reconciliación tampoco se cumplió. En resumen, es inevitable hacer
una valoración poco positiva de las medidas adoptadas en relación con
las recomendaciones más importantes de la Comisión de la Verdad […] Es
realmente desalentador que no se haya aprovechado la oportunidad singular
que representaba la Comisión y su labor para alcanzar progresos importantes
en la eliminación de la impunidad y el fomento de un clima de reconciliación
nacional”3.
Frente al evidente interés por ocultar la verdad y evadir la justicia,
situación que premia a los victimarios y castiga a las víctimas, fue que
surgió, en 1998, el “Festival Verdad”. A estas alturas, éste constituye
un espacio para rendir tributo a quienes, pese a haber sufrido atropellos
contra su dignidad y a la falta de una respuesta compasiva y eficiente
de las instituciones, luchan por hacer valer sus derechos y no permitir
que sus familiares desaparecidos y asesinados sean sepultados bajo el
olvido de una sociedad indiferente ante su dolor. Son ellas, las víctimas
con rostro doliente y alma generosa, las que, en esencia, motivaron la
creación de este “Festival Verdad”, que ahora reconoce la República de
Francia como el lugar de encuentro “destinado a sensibilizar a la población
en la búsqueda de la verdad, de la justicia y de la reparación durante
el tiempo del conflicto interno, así como en la presentación de casos,
y en las animaciones culturales y artísticas sobre el tema de la memoria”.
Así, a seis años de su inicio, el “Festival Verdad” ha facilitado las
condiciones para la reflexión plural sobre la problemática y el acuerdo
amplio para el impulso de las acciones concretas, que nos permitan lograr,
en serio, una paz sólida, fundada en el conocimiento de la verdad y la
realización de la justicia, en sus dimensiones más amplias: de cara a
lo que ocurrió en el pasado, a lo que está ocurriendo en el presente y
a lo que puede ocurrir en el futuro, si no trabajamos con la imaginación,
la inteligencia, la creatividad y la ternura de las víctimas quienes,
aun maltratadas, siguen siendo capaces de amar a sus seres queridos y
de luchar por devolverles su dignidad.
Por todo lo anterior, además que un reconocimiento a nuestra Universidad
y su participación irrenunciable en el esfuerzo por lograr la vigencia
irrestricta de los derechos humanos, en El Salvador, esta condecoración
que ahora recibimos es un merecido homenaje para quienes, con valentía,
denunciaron y denuncian los atropellos que han sufrido en carne propia:
los crímenes contra sus hijos, las desapariciones de sus familiares, la
obstrucción de la justicia y la tergiversación de los hechos. Son ellas,
sobre todo, las merecedoras de esta medalla y es un honor para el IDHUCA
recibirla en su nombre.
Es un honor, además, que esta distinción provenga de un pueblo digno por
su pasado y por su presente. Por su pasado, al ser el que, con su lucha,
logró, en 1789, una de las proclamaciones más importantes en favor de
la inconclusa y hoy cada vez más acechada humanización de la humanidad:
la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, mejor conocida
como la “Declaración Francesa”; por su presente, al mantener una posición
firme ante los argumentos de las “guerras preventivas” y reivindicar,
con absoluta coherencia, serenidad y firmeza, que la violencia, en cualquiera
de sus manifestaciones, sólo se logra prevenir con el triunfo de la verdad
y la justicia.
La estabilidad de las instituciones, cuya misión fundamental es el servicio
a la gente, y la solidez de la paz, tanto en un país como en el mundo,
no se puede sostener con el ocultamiento de la verdad y la falta de justicia
para las víctimas; es más, sobre esas bases ni siquiera se puede hablar
de una sociedad nacional y global, en democracia, porque, tarde o temprano,
esa falsa e insostenible situación terminará por derrumbarse. Por eso,
Juan Pablo II afirma que: “La verdadera paz, pues, es fruto de la justicia,
virtud moral y garantía legal que vela sobre el pleno respeto de derechos
y deberes, y sobre la distribución ecuánime de beneficios y cargas…”.
No hay, pues, donde perderse. En tal sentido, quienes integramos el IDHUCA,
seguiremos al lado de las instituciones hermanas que, en esta ocasión,
nos acompañan, firmes en el compromiso de trabajar con las víctimas, que
en nuestro país buscan verdad y justicia. Porque son ellas las auténticas
constructoras de la paz, en El Salvador, y porque, además, sólo así nos
dignificamos como personas y como sociedad.
Ese compromiso con las víctimas ha sido muy bien definido por Lanssiers,
quien junto con Sabato, Freire y Aute son mis referentes preferidos, cuando
debo enfrentar el trance de hablar en público. Con esa cita, pues, termino
mi intervención: “El compromiso vital con las víctimas […] es algo temible.
Viviremos con ellas, soñaremos con ellas y con ellas nos despertaremos.
Movilizarán nuestra creatividad y nuestra ternura, serán el foco incandescente
de nuestra preocupación, nos chuparán la sangre y la energía, nos harán
llorar y reír, estaremos poseídos como uno puede ser poseído por un espíritu.
Mil veces las engendraremos, pero también seremos engendrados por ellas
y viviremos mil vidas”.
San Salvador, 11 de abril de 2003.
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