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Nosotros,
jesuitas de la Provincia de Centroamérica, reunidos en Congregación
Provincial, queremos manifestar lo siguiente.
1. El mundo vive en la más grave situación desde el final de la guerra
fría. La razón es la amenaza del presidente George Bush de atacar a
Irak, un país soberano. De hecho, se encuentran ya cerca de doscientos
mil marinos, estadounidenses en su mayoría, más algunos británicos y
australianos. En el área se han hecho presentes cinco portaviones,
centenares de aviones y barcos de guerra y miles de misiles. El hecho en
sí mismo es sobrecogedor y ha puesto a la humanidad en un estado de
miedo, indignación y desconfianza en su futuro.
De desencadenarse la guerra, los daños humanos serían enormes. La
Subsecretaría de Políticas Humanitarias de Naciones Unidas ha calculado
medio millón de muertos o heridos graves, un millón de refugiados y dos
millones de desplazados internos aproximadamente, es decir, que sería
afectado alrededor de un 15 por ciento de la población iraquí, un
escenario apocalíptico, que incluiría desaparecidos, huérfanos y viudas,
masivos incendios, en pozos de petróleo y gas natural, y el disparo de
los precios mundiales con consecuencias imprevisiblemente funestas para
la economía del mundo, en especial del más empobrecido.
2. Estas desgracias expresan muchos otros daños: la muerte de la familia
humana; el triunfo no ya de la injusticia e inhumanidad, sino de la
crueldad, la cual mata el alma del ser humano. Muestran el triunfo del
engaño y de la mentira, pues el gobierno de Estados Unidos y sus aliados
no han podido probar la causa aducida para el ataque bélico: la
existencia en número considerable de armas de destrucción masiva. Se
encubre la verdad para justificar el mal. Como dice el evangelio de
Juan: “el maligno es asesino y mentiroso”, y por ese orden. Muchos lemas
visibles en las pancartas portadas en las manifestaciones mundiales del
15 de febrero mostraban la gran sospecha: “petróleo a cambio de sangre”.
Otros aludían a la terrible necesidad de la industria militar de probar
sus últimos productos cada cierto tiempo. Estas desgracias desvelan,
además, el triunfo de la hipocresía, al acusar a Irak de no haber
cumplido con los decretos de Naciones Unidas, cuando no lo ha hecho
innumerables veces Israel y su protector incondicional, el gobierno de
Estados Unidos. Muestran el triunfo de la prepotencia al pretender
decidir un gobierno y un Estado, por sí y ante sí, el destino del
planeta, sin escuchar las voces de quienes, con buenas razones, piensan
de manera diferente, y sobre todo las voces de las víctimas: los 23
millones de iraquíes. Muestran el triunfo de la deshumanización, al
hacer que degenere la responsabilidad de una nación de muchos recursos
en imposición, opresión y muerte
3. Uniéndonos a un clamor mundial, de millones de seres humanos, de
diversas naciones, religiones e iglesias, condenamos cualquier ataque
militar a Irak, así como los males mencionados que rodean a ese ataque.
Las razones han sido ya explicadas por muchos. Desde el punto de vista
del derecho internacional, no se trata de un ataque legítimo. Desde el
punto de vista ético y moral, la llamada guerra preventiva no tiene
justificación, ciertamente en este caso, pues nada da a indicar que Irak
pueda usar armamento prohibido por el derecho internacional en contra de
Estados Unidos.
4. La razón más honda y cristiana, sin embargo, está en la inmisericorde
crueldad que se infligiría contra un pueblo de 23 millones de
habitantes, que ha sufrido ya ?también de muchas maneras de parte de
Saddam Hussein, sobre todo con la horrible masacre del pueblo kurdo?
innumerables vejaciones: en la guerra de 1991 murieron alrededor de
100,000 iraquíes; según datos de UNICEF, en 1996 ya habían muerto medio
millón de niños por causa del boicot a Irak y de las consecuencias del
uranio empobrecido (el número puede llegar ya a un millón). Esto es lo
que ha denunciado y ha hecho central en su denuncia Juan Pablo II: “¿Qué
decir de la amenaza de una guerra que podría golpear a la gente de Irak,
la tierra de los profetas, gente que ya ha sido tratada con severidad
por más de doce años de embargo?”. Para la conciencia humana, y
específicamente para la conciencia cristiana, infligir daños injustos es
maldad, e infligirlos a un pueblo sufrido como el iraquí, es
imperdonable crueldad.
5. Esa grave situación ha producido también una oleada de bienes.
Millones de seres humanos han despertado del sueño de insensibilidad y
distanciamiento ante el dolor de las víctimas. Las manifestaciones de
estos días, en las grandes ciudades del mundo occidental, han batido
todos los récords, y ?aunque puedan confluir diversidad de intereses, su
palabra ha sido clara: un no a la guerra, un no a la mentira, un no a la
injusticia, un no a la crueldad. Muchos de ellos y de ellas se han
remontado, cristianamente, a la parábola del buen samaritano, sin
desentenderse de las víctimas, como el sacerdote y el levita, y por
supuesto, sin aliarse con los bandidos y salteadores. No quieren
escuchar acusatoriamente las palabras de Dios “¿qué has hecho con tu
hermano?”. Muchos otros lo han hecho, en nombre de otras religiones o de
la vergüenza y dignidad humanas. Pero ahí está la reacción: contra
crueldad, compasión, contra mentira, verdad, contra prepotencia, una red
mundial de solidaridad.
6. Como jesuitas y cristianos apreciamos también grandemente que, en
esta grave situación, se haya dado el encuentro entre miembros del
cristianismo y del Islam. El encuentro entre el cardenal Etchegaray y el
presidente Saddam Hussein es todo un símbolo. El Dios de Jesús, a quien
confesamos, es el mismo Padre de cristianos y musulmanes y de toda la
humanidad.
7. Lo dijo Isaías y lo han repetido los papas de nuestro tiempo: Opus
justiae pax, la paz es obra de la justicia. Lo más urgente es detener la
guerra. Lo más necesario es propiciar la justicia. Se habla hoy,
macabramente, de una “guerra preventiva”. Pero para “revertir la
historia”, como exigía nuestro mártir Ignacio Ellacuría, es necesario y
urgente pasar a “la compasión, la misericordia, y la justicia
preventiva”. Por temor a desgracias incalculables, debemos parar la
guerra. Por amor a las mayorías pobres, debemos propiciar la justicia.
El fruto será la paz y la familia humana, tan olvidada ésta en las
visiones geopolíticas de turno.
8. Al escribir estas líneas, los jesuitas centroamericanos sabemos de lo
que hablamos. Todavía en épocas recientes, los pueblos centroamericanos
han sufrido injusticia, guerras, desaparecidos, pobreza, mentira,
desprecio, sometimiento y la crueldad que todo ello lleva consigo. En
muchas ocasiones, responsable ?o importantemente corresponsable? ha sido
el gobierno de Estados Unidos. Por eso, comprendemos al pueblo iraquí,
aunque vivamos tan lejos, como también comprendemos al pueblo de
Afganistán, de la República Democrática del Congo, de Etiopía y Eritrea,
y de Colombia, vecino nuestro, y a tantos pueblos sufrientes,
silenciados, convertidos en no existentes, cuando su existencia no
interesa al poder.
Por eso, pedimos el fin de la guerra y el comienzo de la compasión y la
justicia. Mostramos nuestro agradecimiento y admiración a quienes luchan
por ella, en estos días, simbolizados en muchos seres humanos, sobre
todo estadounidenses, quienes con su presencia física en Irak quieren
defender de la crueldad a niños, mujeres y ancianos, y quieren
mostrarles amor y fraternidad. Este no a la guerra, por el que tantos
millones han clamado, en todo el mundo, tiene como sentido contribuir a
quebrar la espiral de la violencia, como también lo ha afirmado el Papa
Juan Pablo II, hace pocas semanas: “La guerra es una derrota para la
humanidad”.
En Centroamérica, muchos hombres y mujeres han defendido al débil y lo
han amado hasta el final. Ellos y ellas son nuestros mártires. También
los de la Compañía de Jesús. Recogiendo su palabra humana y cristiana,
podemos proclamar en las palabras de Monseñor Romero, lo que hoy está en
juego para Dios en Irak: “La gloria de Dios es que el pobre viva”. Esta
es nuestra fe y nuestra esperanza. Y a ello nos comprometemos.
San Salvador, 19 de febrero de 2003.
José Alberto Idiáquez, S.J.
Provincial
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