No. 651-652 Enero-febrero 2003

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE

 

 

PRONUNCIAMIENTO

 

La guerra es una derrota para la humanidad

Nosotros, jesuitas de la Provincia de Centroamérica, reunidos en Congregación Provincial, queremos manifestar lo siguiente.


1. El mundo vive en la más grave situación desde el final de la guerra fría. La razón es la amenaza del presidente George Bush de atacar a Irak, un país soberano. De hecho, se encuentran ya cerca de doscientos mil marinos, estadounidenses en su mayoría, más algunos británicos y australianos. En el área se han hecho presentes cinco portaviones, centenares de aviones y barcos de guerra y miles de misiles. El hecho en sí mismo es sobrecogedor y ha puesto a la humanidad en un estado de miedo, indignación y desconfianza en su futuro.

De desencadenarse la guerra, los daños humanos serían enormes. La Subsecretaría de Políticas Humanitarias de Naciones Unidas ha calculado medio millón de muertos o heridos graves, un millón de refugiados y dos millones de desplazados internos aproximadamente, es decir, que sería afectado alrededor de un 15 por ciento de la población iraquí, un escenario apocalíptico, que incluiría desaparecidos, huérfanos y viudas, masivos incendios, en pozos de petróleo y gas natural, y el disparo de los precios mundiales con consecuencias imprevisiblemente funestas para la economía del mundo, en especial del más empobrecido.

2. Estas desgracias expresan muchos otros daños: la muerte de la familia humana; el triunfo no ya de la injusticia e inhumanidad, sino de la crueldad, la cual mata el alma del ser humano. Muestran el triunfo del engaño y de la mentira, pues el gobierno de Estados Unidos y sus aliados no han podido probar la causa aducida para el ataque bélico: la existencia en número considerable de armas de destrucción masiva. Se encubre la verdad para justificar el mal. Como dice el evangelio de Juan: “el maligno es asesino y mentiroso”, y por ese orden. Muchos lemas visibles en las pancartas portadas en las manifestaciones mundiales del 15 de febrero mostraban la gran sospecha: “petróleo a cambio de sangre”. Otros aludían a la terrible necesidad de la industria militar de probar sus últimos productos cada cierto tiempo. Estas desgracias desvelan, además, el triunfo de la hipocresía, al acusar a Irak de no haber cumplido con los decretos de Naciones Unidas, cuando no lo ha hecho innumerables veces Israel y su protector incondicional, el gobierno de Estados Unidos. Muestran el triunfo de la prepotencia al pretender decidir un gobierno y un Estado, por sí y ante sí, el destino del planeta, sin escuchar las voces de quienes, con buenas razones, piensan de manera diferente, y sobre todo las voces de las víctimas: los 23 millones de iraquíes. Muestran el triunfo de la deshumanización, al hacer que degenere la responsabilidad de una nación de muchos recursos en imposición, opresión y muerte

3. Uniéndonos a un clamor mundial, de millones de seres humanos, de diversas naciones, religiones e iglesias, condenamos cualquier ataque militar a Irak, así como los males mencionados que rodean a ese ataque. Las razones han sido ya explicadas por muchos. Desde el punto de vista del derecho internacional, no se trata de un ataque legítimo. Desde el punto de vista ético y moral, la llamada guerra preventiva no tiene justificación, ciertamente en este caso, pues nada da a indicar que Irak pueda usar armamento prohibido por el derecho internacional en contra de Estados Unidos.

4. La razón más honda y cristiana, sin embargo, está en la inmisericorde crueldad que se infligiría contra un pueblo de 23 millones de habitantes, que ha sufrido ya ?también de muchas maneras de parte de Saddam Hussein, sobre todo con la horrible masacre del pueblo kurdo? innumerables vejaciones: en la guerra de 1991 murieron alrededor de 100,000 iraquíes; según datos de UNICEF, en 1996 ya habían muerto medio millón de niños por causa del boicot a Irak y de las consecuencias del uranio empobrecido (el número puede llegar ya a un millón). Esto es lo que ha denunciado y ha hecho central en su denuncia Juan Pablo II: “¿Qué decir de la amenaza de una guerra que podría golpear a la gente de Irak, la tierra de los profetas, gente que ya ha sido tratada con severidad por más de doce años de embargo?”. Para la conciencia humana, y específicamente para la conciencia cristiana, infligir daños injustos es maldad, e infligirlos a un pueblo sufrido como el iraquí, es imperdonable crueldad.

5. Esa grave situación ha producido también una oleada de bienes. Millones de seres humanos han despertado del sueño de insensibilidad y distanciamiento ante el dolor de las víctimas. Las manifestaciones de estos días, en las grandes ciudades del mundo occidental, han batido todos los récords, y ?aunque puedan confluir diversidad de intereses, su palabra ha sido clara: un no a la guerra, un no a la mentira, un no a la injusticia, un no a la crueldad. Muchos de ellos y de ellas se han remontado, cristianamente, a la parábola del buen samaritano, sin desentenderse de las víctimas, como el sacerdote y el levita, y por supuesto, sin aliarse con los bandidos y salteadores. No quieren escuchar acusatoriamente las palabras de Dios “¿qué has hecho con tu hermano?”. Muchos otros lo han hecho, en nombre de otras religiones o de la vergüenza y dignidad humanas. Pero ahí está la reacción: contra crueldad, compasión, contra mentira, verdad, contra prepotencia, una red mundial de solidaridad.

6. Como jesuitas y cristianos apreciamos también grandemente que, en esta grave situación, se haya dado el encuentro entre miembros del cristianismo y del Islam. El encuentro entre el cardenal Etchegaray y el presidente Saddam Hussein es todo un símbolo. El Dios de Jesús, a quien confesamos, es el mismo Padre de cristianos y musulmanes y de toda la humanidad.

7. Lo dijo Isaías y lo han repetido los papas de nuestro tiempo:
Opus justiae pax, la paz es obra de la justicia. Lo más urgente es detener la guerra. Lo más necesario es propiciar la justicia. Se habla hoy, macabramente, de una “guerra preventiva”. Pero para “revertir la historia”, como exigía nuestro mártir Ignacio Ellacuría, es necesario y urgente pasar a “la compasión, la misericordia, y la justicia preventiva”. Por temor a desgracias incalculables, debemos parar la guerra. Por amor a las mayorías pobres, debemos propiciar la justicia. El fruto será la paz y la familia humana, tan olvidada ésta en las visiones geopolíticas de turno.

8. Al escribir estas líneas, los jesuitas centroamericanos sabemos de lo que hablamos. Todavía en épocas recientes, los pueblos centroamericanos han sufrido injusticia, guerras, desaparecidos, pobreza, mentira, desprecio, sometimiento y la crueldad que todo ello lleva consigo. En muchas ocasiones, responsable ?o importantemente corresponsable? ha sido el gobierno de Estados Unidos. Por eso, comprendemos al pueblo iraquí, aunque vivamos tan lejos, como también comprendemos al pueblo de Afganistán, de la República Democrática del Congo, de Etiopía y Eritrea, y de Colombia, vecino nuestro, y a tantos pueblos sufrientes, silenciados, convertidos en no existentes, cuando su existencia no interesa al poder.

Por eso, pedimos el fin de la guerra y el comienzo de la compasión y la justicia. Mostramos nuestro agradecimiento y admiración a quienes luchan por ella, en estos días, simbolizados en muchos seres humanos, sobre todo estadounidenses, quienes con su presencia física en Irak quieren defender de la crueldad a niños, mujeres y ancianos, y quieren mostrarles amor y fraternidad. Este no a la guerra, por el que tantos millones han clamado, en todo el mundo, tiene como sentido contribuir a quebrar la espiral de la violencia, como también lo ha afirmado el Papa Juan Pablo II, hace pocas semanas:
“La guerra es una derrota para la humanidad”.

En Centroamérica, muchos hombres y mujeres han defendido al débil y lo han amado hasta el final. Ellos y ellas son nuestros mártires. También los de la Compañía de Jesús. Recogiendo su palabra humana y cristiana, podemos proclamar en las palabras de Monseñor Romero, lo que hoy está en juego para Dios en Irak: “La gloria de Dios es que el pobre viva”. Esta es nuestra fe y nuestra esperanza. Y a ello nos comprometemos.

San Salvador, 19 de febrero de 2003.

José Alberto Idiáquez, S.J.
Provincial

 


 

 

EDITORIAL

 

Criterios éticos para reformar la salud

El nuevo año heredó del anterior el conflicto en el sector salud. Desde septiembre, una prolongada huelga mantuvo casi paralizados los servicios de salud hasta finales del año pasado. Desde entonces para acá, esos servicios han venido operando de manera irregular. La huelga trasciende el ámbito de la salud y plantea, desde esa perspectiva, cuestiones cruciales sobre el desarrollo y la viabilidad de la sociedad y del Estado salvadoreños. La irracionalidad, tanto del gobierno como de la dirección del movimiento de protesta, integrada por médicos y sindicalistas del sector, ha hecho imposible encontrar una solución al conflicto. En medio de los bandos enfrentados se encuentran los usuarios del seguro social y del sistema público de salud. Sin ninguna consideración, ambos grupos han utilizado a los enfermos como instrumento de lucha, y así, los han convertido en víctimas inocentes de su disputa. El conflicto no sólo tiene una dimensión económica y política, sino también ética. Una dimensión relegada por ambas partes, pero que ambas debieran sopesar con cuidado. Esta pérdida de la dimensión ética del conflicto motivó los llamados a la sensatez que, en su momento, hicieron la conferencia episcopal católica, la Universidad de El Salvador y la UCA (ECA 649-650, 2002).

En un país como El Salvador, donde se guarda gran aprecio a la Constitución, en el discurso público, el gobierno debiera ser más consecuente con sus principios y valores. Si la persona es la razón de ser del Estado salvadoreño, en las decisiones gubernamentales debiera privar, ante todo, la consecución del bien común. Esto significa que la obligación primordial del Estado es garantizar la satisfacción de las necesidades básicas de todos sus habitantes. Entre esas necesidades se encuentra la salud. Así, pues, desde la perspectiva constitucional, el disenso del gremio médico con la política gubernamental privatizadora está justificado. La privatización de los servicios públicos y, en particular, el de la salud, es contraria al fin primordial del Estado salvadoreño. En su afán por favorecer al gran capital, desde que inició la serie de privatizaciones sucesivas, el Estado salvadoreño se ha mostrado cada vez menos capaz de garantizar a sus habitantes la satisfacción de sus necesidades básicas.

El discurso gubernamental sobre las bondades de la privatización de la salud no convence a la población, la cual se opone mayoritariamente a esta decisión. Esta vez, el gobierno ha ido demasiado lejos. Sus argumentos privatizadores no convencen a una población desengañada con las promesas no cumplidas con las privatizaciones anteriores. Esta piensa que, aun cuando la cobertura y la calidad de los servicios actuales de salud son insuficientes, la privatización, propuesta por el gobierno, no los mejorará. Sabe por experiencia que el Estado no tiene voluntad para regular y controlar un servicio de salud privatizado. Cada mes, el usuario ve cómo el monto de las facturas de los servicios privatizados merma su presupuesto familiar. También sabe que la calidad del servicio no satisface los estándares establecidos y prometidos. Sin embargo, es lamentable que una cuestión tan vital como la salud de la población salvadoreña no haya podido ser discutida en un foro amplio y abierto, sino que pretenda ser dirimida con una imposición autoritaria, por el lado del gobierno, y con una huelga y protestas callejeras, no exentas de incidentes violentos, por parte del gremio médico y los sindicatos.
 

 

 

 

ARTÍCULOS

 

Reforma de salud reivindicativa, democrática y con enfoque público

Ernesto A. Selva Sutter

 

Los efectos adversos de la crisis política, económica y social, incluida la polarización de las fuerzas políticas, han abierto un espacio para discutir propuestas de reforma del sector salud, de carácter reivindicativo. Dada la crisis del sector salud, lo fundamental es profundizar en la definición de las funciones, los derechos y las responsabilidades de los actores. Una reforma de salud es un cambio, regido por un plan con una misión: mejorar la equidad, la calidad y la eficiencia del sistema actual. Un sistema con estas características exige la fusión del subsistema de seguridad social con el de los servicios públicos, es decir, la fusión de las distintas instituciones: el Instituto Salvadoreño del Seguro Social, el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social, el Instituto Salvadoreño de Rehabilitación de Inválidos, Bienestar Magisterial y Sanidad Militar. Esta concepción rechaza tanto el asistencialismo estatal de corte neoliberal, como la práctica del sector privado que, en complicidad con el Estado neoliberal, convierte la atención de la salud en una práctica médica individualizada ?curativa, paliativa o de rehabilitación?
 

 

Análisis de la coyuntura económica

Segundo semestre del año 2002

Departamento de Economía de la UCA

 

En este artículo se analiza la situación económica salvadoreña y la repercusión que ha tenido la Ley de Integración Monetaria, que entró en vigencia el 1 de enero de 2000. En El Salvador, la dolarización no se impuso para enfrentar una crisis económica. Esta es una medida de tipo estructural --cuyo objetivo se relaciona más con la estructuración de un modelo de crecimiento-- que tiene como finalidad convertir al país en un lugar competitivo o atractivo para los inversionistas. Pese a la dolarización, la economía no ha logrado salir del entrampamiento. Todos los sectores se encuentran deprimidos o estancados. Así lo demuestran los pocos estudios realizados en aquellos países que han adoptado la dolarización, cuyo mayor logro ha sido el control de la inflación. En la realidad, no existe ninguna evidencia para sostener que los países “dolarizados” han alcanzado tasas de crecimiento mayores que las de otros que no han implementado esta política monetaria. En tal sentido, se ha insistido en la necesidad de modificar las políticas económicas, así como también la de los ámbitos extraeconómicos, como la seguridad jurídica y ciudadana, que inciden también en la economía del país.
 

 

Globalización y maquila en México

ante el Plan Puebla – Panamá

José A. Alonso (UDLA-Puebla)

 

La cercanía del año 2000 provocó en América Latina una avalancha de predicciones sobre la probable situación del continente al finalizar el siglo XX. Sagasti y Arévalo aseguraban, en 1992, que Latinoamérica debería recuperarse después de la década perdida. Una década después, es oportuno preguntarnos, en México, sobre las expectativas concretas, generadas a raíz de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en 1994. Este tratado debe considerarse como la antesala para el recientemente anunciado Plan Puebla Panamá (PPP). La estrategia global, en la cual se inserta el PPP, es una continuación lógica del proceso de apertura iniciado en México, desde 1985, e institucionalizado en 1994 con el TLCAN. Dada la amplitud del tema, analizamos el desarrollo reciente de la industria del vestido en Tlaxcala y tomamos en cuenta la explosión maquilera en este estado, para evaluar el impacto sufrido merced a la recesión económica que tiene lugar en Estados Unidos. En tal sentido, podemos preguntarnos: ¿qué papel juega México y específicamente la industria del vestido en la actual redefinición estratégica del bloque norteamericano? ¿Qué beneficios y qué amenazas traerá consigo el PPP para esta industria?
 

 

Algunas tesis sobre el aporte de la inspiración cristiana a los medios de comunicación social

Carlos Ayala Ramírez

 

De acuerdo con el autor, la aproximación al vínculo entre inspiración cristiana y medios de comunicación social puede hacerse desde diferentes enfoques. Uno de ellos consiste en que la preocupación por los medios se centra en su uso de cara a cumplir la misión de evangelizar. Otra perspectiva es la que emana de la reflexión moral sobre los medios de comunicación social, presente sobre todo en el magisterio pontificio. Otra aproximación es la que postula que en la inspiración cristiana encontramos un "espíritu" que deriva del modo de ser y de actuar de Jesús de Nazaret, que historizado en el ámbito de la comunicación social puede convertirla en principio de humanización, independientemente de si se confiesa o no, de forma explícita, la fe cristiana. La inspiración cristiana --que se fundamenta en la persona de Jesús de Nazaret-- nos ofrece un talante para "hacernos cargo" (situarnos en el mundo real de los medios) y "cargar" (responsabilizarnos éticamente) con esta realidad mediática. Esto es lo que el autor pretende fundamentar en en las siguientes tesis.
 

 

 

 

COMENTARIOS

 

Los ánimos y desánimos ante el proceso electoral de 2003

Instituto Universitario de Opinión Pública

 

A propósito de las propuestas electorales

Centro de Información, Documentación y Apoyo a la Investigación (CIDAI) de la UCA

 

Juicio a los medios

Luis Armando González

 

Por querer ser Chile se puede llegar a ser Venezuela

Instituto de Derechos Humanos de la UCA

 

El desafuero de Alemán, una victoria parcial

Luis Alvarenga

 

 

 

 

CRÓNICA DEL MES

Enero-febrero 2003

 

Leyendo el Diario Oficial

Mayo-junio de 2002