Historia hecha teología
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José María Tojeira S.J.
La UCA, en sus más de 35
años, ha dado muy pocos doctorados honoris causa. En teología, sólo ha
dado uno: a Mons. Oscar Romero. Lo recibió Mons. Arturo Rivera, porque
la muerte violenta arrebató al hombre santo demasiado pronto. Tal vez
para que se cumpliera una vez más la afirmación de la Escritura sobre
el justo que muere prematuramente: “en pocos años llenó mucho tiempo”
(Sab 4, 13). El doctorado que hoy otorgamos a Mons. Ricardo Urioste
tiene mucho que ver con ese tiempo profundamente denso de nuestro
Romero de América. Tiempo que trasciende sus tres años de pastoreo, en
San Salvador, y que se extiende en las iglesias, hasta nuestros días.
El paso de Mons. Romero por nuestras tierras actualizó de nuevo la
pascua. Y la pascua del Señor crea siempre tradición, gozo profundo y
esperanza. Tiempos nuevos que no se agotan en la rutina o en el
cansancio del día a día. Y sobre todo, tiempo oportuno, kairós, que
genera espíritu.
En ese contexto, en esa temporalidad densa, previa, contemporánea y
posterior a Mons. Romero, se desarrolla la actividad y la palabra de
Ricardo Urioste. Abriendo ventanas al Vaticano II, impulsando Medellín
y Puebla, acompañando con fidelidad al arzobispo mártir, resistiendo,
en la construcción de la paz, constante y firme, durante la guerra, al
lado de los pobres siempre, y de manera muy especial, en el terremoto
de 1986, sirviendo en todo tiempo a la Iglesia, Mons. Urioste crea y
transmite teología, desde su palabra y su trabajo.
Desde su ejemplo y desde su figura, tan señera para muchos de
nosotros, quisiera reflexionar hoy sobre el sentido de hacer teología,
en una universidad, y sobre el sentido de este doctorado honorífico,
que hoy le estamos otorgando.
Como ciencia de la fe, la teología es también ciencia del sentido
profundo de lo humano. Dios se revela en el amor humano, y nos dice
que la generosidad del crucificado, del servidor, del que resiste en
el amor hasta el final, es, al mismo tiempo, y primariamente, amor
divino. La llamada a la unidad que el Señor hace a sus seguidores,
sugiere, en palabras del Concilio Vaticano II, “una cierta semejanza
entre la unión de las personas divinas y la unión de los Hijos de Dios
en la verdad y en la caridad” (GS 24). Desarrollar esta analogía entre
el amor divino y el humano, traducirla a obras de amor y verdad, es
función de la teología. Una universidad, que, por definición, se
dedica a producir conocimiento humano, a difundirlo y a hacerlo
universal, tiene necesariamente que preocuparse por todo aquello que
convierte lo humano en universal. La teología, como ciencia de la fe y
como estudio universitario, contribuye a profundizar en la igual
dignidad de las personas, al descubrir, en la propia humanidad, una
realidad trascendente, que la reafirma y valora radicalmente. Hacer
teología en una universidad, y máxime si ésta es de inspiración
cristiana, es indispensable. Porque desde el análisis de la dimensión
trascendente de lo humano, podemos profundizar con radicalidad, y en
diálogo con las otras ciencias, la afirmación de que la humanidad es
una. De algún modo, la teología ayuda a que las consecuencias
sociales, éticas, filosóficas, científicas de esta afirmación, estén
encaminadas a la creación de una cultura de constante humanización de
nuestra propia realidad creada. El misterio amoroso que nos invade y
nos trasciende, no niega la humanidad. Al contrario, le otorga una
dignidad absoluta.
En El Salvador, con problemas graves de justicia social, con
situaciones de pobreza y de disparidades escandalosas en el ingreso,
con corrupción y debilidad institucional, con una institucionalidad
que en determinadas y frecuentes ocasiones crea exclusión, con una
democracia enferma de autoritarismo y de indiferencia ante las
necesidades de los más débiles y pobres, la tarea de hacer teología se
vuelve más imperante. Porque precisamente allí donde se niega la
humanidad, en la cruz de una realidad injusta, es donde lo teológico
adquiere su mayor fuerza y eficacia.
Pero la teología, como esa ciencia de la fe, tan particular, se hace
simultáneamente desde una metodología científica y racional, y desde
una vivencia personal y comprometida del misterio amoroso que le da
origen. Parafraseando a santo Tomás de Aquino, desde la
“representación figurada” del misterio del Señor Jesús, en la palabra
y en la reflexión, y desde “la imitación de su obra”2. En otras
palabras, que la teología se hace en un camino de doble vía: desde la
reflexión, con una metodología racional y desde el compromiso
cristiano, abnegado y servidor, con la historia concreta.
Esta doble tarea la hemos contemplado en El Salvador como desafío, en
tiempos muy recientes. La guerra, instrumento aberrante e inhumano de
solución de conflictos, nos dejó, en medio de la destrucción, ejemplos
de ese amor, donde lo humano y lo divino se entrecruzan. No sólo en
Mons. Romero, en un buen grupo de sacerdotes, en religiosas, o en los
jesuitas de la UCA y sus dos colaboradoras. Un gran número de laicos y
laicas supo dar la vida, en medio de la sencillez de sus rutinas. El
celebrador de la Palabra que fue baleado, mientras caminaba para leer
la Escritura y comentarla, en una ermita lejana. La mujer que dio de
comer al hambriento y de beber al sediento, asesinada por practicar
las obras de misericordia. El campanero que en Aguilares cayó víctima
de los disparos, en medio de los sacerdotes a los que quería proteger,
mientras tocaba las campanas de madrugada para que el pueblo se diera
cuenta de que venían a llevarse a los curas. Hacer teología desde
tanta entrega y tanta fe testimoniada, lleva a una transformación de
la teología en su dimensión científica, convirtiéndola en teología de
la liberación, y en teología narrativa, que actualiza el Evangelio,
desde la narración de tanta generosidad y entrega. “Al término del
segundo milenio (nos decía Juan Pablo II(, la Iglesia ha vuelto de
nuevo a ser Iglesia de mártires”3. Y ello cambia y actualiza,
necesariamente, la teología. De esta teología nueva, nacida de la
praxis liberadora y comprometida con los más pobres, rica en martirio
y en honestidad humana y cristiana, será de la que hablemos hoy en
este acto.
La generosidad derramada en El Salvador, en las últimas décadas, si se
recuerda hoy desde la admiración y el respeto, humaniza profundamente
a quien la contempla. En medio de una historia de gravísimas
violaciones de la dignidad humana, la fuerza del Evangelio, encarnada
en personas concretas, nos dice al mismo tiempo un nunca más, y un ahí
están los hijos de Dios. Fuerza del Espíritu, enraizada profundamente
en esos testigos del Señor hasta la sangre, testigos de la radical
igualdad en dignidad de las personas, y mártires de la llamada a la
solidaridad que esa igual dignidad reclama.
No es extraño que, desde esa experiencia rica en generosidad,
Ellacuría hablara de la necesidad de salir de la guerra no sólo
haciendo desaparecer las causas de la misma, sino construyendo una
nueva civilización, que él llamaba civilización de la pobreza.
Civilización donde se da prioridad a los valores de quienes persisten
fieles a la humanidad, en medio de quienes la niegan, e incluso en
medio del despojo de lo humano. Servicio, austeridad, fortaleza de
ánimo, generosidad para compartir lo que se es y lo que se tiene,
valores todos ellos puestos al servicio de un mundo más fraterno, más
generador de esperanza, más justo y más humano.
Hacer teología no es, pues, disertar sobre lo lejano. La primera
teología que se hace en la Iglesia primitiva era narración cercana.
Recuerdo de una historia que descubría que en la pobreza hay espíritu,
en la misericordia don, en la justicia reino de Dios. Seguridad en que
la fe conduce al seguimiento del Señor, la esperanza lleva a la
resistencia, el amor a la transformación de la realidad. Y que esos
tres dones juntos y actuantes logran que, en medio de la muerte, surja
una vida diferente y actuante ya en la historia. No es extraño que en
estos tiempos recios, por usar una frase de santa Teresa de Jesús,
vuelva la narrativa a convertirse en teología. “Nuestra fe (decía
Mons. Urioste( supone mucho más de lo que estamos acostumbrados a
hacer, aunque sea muy bueno. No se encuentra a Dios si no se encuentra
al hermano necesitado” (Orientación, 13 de septiembre de 1987). El
dolor del desaparecido y sus familiares, del amenazado, del pobre, del
perseguido genera, en la solidaridad, encuentro con Dios. Generan
teología en la narración de ese constreñirse de las entrañas, que
empuja a encontrar a Dios, en el rostro irreconocible del golpeado por
la injusticia, el dolor o el olvido.
Es lógico que, desde esta experiencia, la teología se vuelva
solidariamente misericordiosa. La crítica liberadora, la propuesta
esperanzada de nuevas metas de humanización, el ejercicio de la
consolación, son formas hondas de esta misma opción teórico-práctica,
intelectual y comprometida al mismo tiempo, de historizar la compasión
y la misericordia de Dios. La teología es siempre kerygmática, pero el
anuncio nunca se desvincula de la realidad. Las bienaventuranzas, las
parábolas, el relato del juicio final, en san Mateo, vinculan siempre
la salvación a la actividad humana y a la tarea de humanizar la
sociedad.
Una universidad como la UCA, que quiere poner su centro fuera de sí
misma, en la realidad del país y en las necesidades de las grandes
mayorías, encuentra en la teología no solo un refuerzo o una palabra
de ánimo, sino su verdadera alma. La inspiración cristiana no responde
prioritariamente a una doctrina, sino a un espíritu. Como en la poesía
de León Felipe, la doctrina se puede comer al templo, al arca que la
guardaba y al hombre que la mantenía junto a su corazón, en el
bolsillo interno del chaleco. La inspiración cristiana y la teología
que perseguimos es el resultado de incorporar a la propia existencia
esa fuerza vital del Evangelio. Que la Palabra sea alimento y que, de
nuevo como en la poesía, nuestro propio cuerpo, como realidad
histórica y vital, sea doctrina, arca y templo. En palabras de Ignacio
Ellacuría, “al concebir la fe como principio de liberación, cuyo
origen último y destino final es Dios mismo, y al ponerla en marcha
desde la opción preferencial por los pobres que el Santo Padre ha
resaltado en los últimos meses como una dimensión esencial de la más
pura y exigente fe cristiana, no podemos menos de ver una potenciación
mutua entre la fe que viene de arriba y el clamor de los pobres que
viene de abajo, entre las exigencias más profundas de la fe y las
exigencias más profundas del quehacer universitario”4.
Esta síntesis entre fe y realidad, en nuestros países con un margen
tan grande de personas viviendo en la pobreza, pasa, necesariamente,
por un compromiso solidario. No se puede amar a Dios a quien no vemos,
diríamos hoy, sin amar a esas grandes mayorías que tienen hambre y sed
de justicia, de que se les respete su dignidad humana, y que son tan
visibles en nuestras sociedades.
Esta tarea, inspirada en la cruz, de unir la verticalidad de nuestra
relación con Dios con la horizontalidad de los brazos abiertos hacia
lo humano, se realza y se comprende mejor desde la contemplación de
personas que se convierten, en el tiempo, en verdaderos paradigmas de
acción, entrega y servicio cristiano. Los mártires constituyen la
esencia de esas vidas ejemplares y evangelizadoras. El primer relato
en el que se usa el término mártir, en su sentido actual, conocido
como el martirio de Policarpo (san Policarpo de Esmirna), recorre los
aspectos de la pasión del santo obispo, los cuales coinciden con
rasgos concretos de la pasión del Señor Jesús. Cuando Ellacuría decía
que con Monseñor Romero “pasó Dios por El Salvador”, no hacía otra
cosa sino resaltar la hondura teológica de una vida y de una muerte
que es, una vez más, testimonio de resurrección. San Juan Crisóstomo
consideraba como la mayor prueba de la resurrección al hecho de que
hombres y mujeres, incluso sin haber conocido personalmente a Cristo,
fueran capaces de dar la vida por seguir su palabra. Otorgar la fuerza
para el riesgo, para encarar la posibilidad de la tortura, la
persecución, e incluso para aceptar con dignidad la muerte injusta y
violenta, nos decía san Juan Crisóstomo, “no puede ser la hazaña de un
muerto que yace tendido en el sepulcro, sino obra de quien resucitó y
vive”5. A Monseñor Romero le dio esa fuerza el Resucitado, y al unirse
a Él en la muerte, se convirtió también no solo en testigo de la
resurrección, sino en espíritu vivificante y fortalecedor, unido al
espíritu del Señor.
El testimonio de Mons. Romero, de nuestros mártires en general, se nos
ha dado a todos como don. Pero no todos hemos sabido multiplicarlo
desde nuestra palabra y nuestro servicio eclesial. Cuando en este
momento estamos honrando a Mons. Urioste con un doctorado en teología,
estamos reconociendo que, a partir de su palabra y de su servicio en
la Iglesia, ha logrado convertir en teología, en ciencia de la fe, la
historia reciente de nuestro pueblo. No solo desde su accionar diario
y entregado, trabajando muy de cerca de tres arzobispos, sino también
desde la capacidad de ayudar a la Iglesia local a abrirse a los nuevos
aires del Concilio, a descubrir en los pobres su tesoro, y a servir
sin descanso en la tarea de humanización de conflictos.
Su relación cercana con Monseñor Romero, plasmada inobjetablemente en
el hecho de ser el sacerdote más veces nombrado en el diario personal
del arzobispo mártir, no fue sólo un don para él. Desde la muerte
martirial del pastor, Mons. Urioste fue convirtiéndose en un signo de
su recuerdo y de su vigencia a la hora de iluminar la realidad
salvadoreña. Consciente de que Mons. Romero “fue el hombre más querido
y más odiado de El Salvador” (Orientación, 17 de marzo de 1996),
Ricardo Urioste se empeñó en ayudar a todos a valorar y dimensionar al
hoy Siervo de Dios Óscar Arnulfo Romero. Explicar la raíz del odio y
del amor fue el primer paso. La causa fue probablemente la misma: ese
modo de ser profundamente libre y verdadero del arzobispo mártir.
Verdad y libertad que, desde el tiempo de Jesús, provocan siempre esa
reacción de aceptar el Evangelio, o de rechazarlo. “Monseñor Romero se
sintió libre con la libertad que Cristo nos dio y con la verdad que
nos hizo libres”, decía Mons. Urioste en Orientación (4 de marzo de
2001). Todo un programa, en el fondo, de seguimiento de quien fue
libre y liberador, Jesús de Nazaret. Todo un proyecto, verdad y
libertad, para redimirnos de los odios fratricidas y para construir un
país más solidario. Y todo un símbolo, el arzobispo sacrificado,
servidor libre de la verdad, que desde su sacrificio nos anima a
peregrinar, aun azarosamente, hacia esa sociedad más justa, construida
sobre la verdad de nuestra realidad fraterna.
Este modo de pensar, teológicamente hondo, tiene siempre un reflejo
sociopolítico en el discurso. Para el terremoto de 1986, Mons. Urioste
recibió el encargo de dirigir la respuesta de emergencia del
arzobispado. Eran tiempos duros y los hospitales apenas tenían
medicinas para tanto herido. La arquidiócesis fue la única
institución, con el apoyo solidario de las demás diócesis, que
respondió masivamente a la catástrofe desde el primer día. Cuando ocho
días después se tuvo un acto ecuménico frente a la imagen caída de El
Salvador del Mundo, Mons. Urioste lo presidió. Su mensaje fue muy
claro: pedía que la solidaridad con el dolor provocado por el
terremoto, nos ayudara a solidarizarnos más ampliamente con las
víctimas del terremoto de la guerra. “El terremoto no ha pasado, y la
guerra tampoco” (Orientación, 26 de octubre de 1986) decía quince días
después de la catástrofe, en la capital. El dolor de los pobres no
está nunca desvinculado de una causalidad que va más allá de los
fenómenos concretos. En el fondo, la guerra y el terremoto causaban
víctimas, porque las relaciones entre los seres humanos, personales y
estructurales, no eran tan fraternas como deberían ser. La falta de
viviendas dignas, nos volvería a recordar, “anuncian luto”
(Orientación, 21 de enero de 2001). El terremoto se convierte así,
como la guerra, en “un símbolo cruel del deterioro en que vivimos”
(Orientación, 28 de enero de 2001).
Los pobres, víctimas principales tanto de enfrentamientos sociales,
guerra incluida, como de los desastres naturales, son para Monseñor
Urioste el centro de nuestra opción cristiana. No hay pastoral social,
no hay desarrollo digno, ni política responsable sin cercanía a ellos.
“Hay que bajar al asfalto (nos decía recientemente en Orientación( y
ver el dolor, el sufrimiento y convivir con él. Hay que subir a la
montaña, pero para bajar de nuevo a la llanura y mezclarse con las
angustias de los hombres. Es necesario volver a bajar y oír los gritos
y los lamentos de la gente. Hay que cantar alabanzas a Cristo, pero
hay que bajar a aliviar el llanto del pueblo que sufre” (Orientación,
24 de febrero de 2002). La pobreza y la exclusión nos llaman siempre a
transformar la realidad. Frente a quienes creen que el problema es
simplemente de inversión económica, Monseñor les recuerda que
“construir un país no es tanto cosa de dinero, es cosa de solidaridad,
de amor en obras de justicia y de dar prioridad a los pobres”
(Orientación, 25 de maro de 2001). Y en esto, siguiendo una vez más
una razón teológica: “Dios tiene un lenguaje muy distinto para
referirse al pobre y al rico” (Orientación, 28 de octubre de 2001).
Frente a todos los problemas de nuestra convivencia, social, política
y eclesial, Mons. Urioste ha vivido la vida con intensidad, inmerso
cristianamente en la historia que le ha tocado vivir. Ha tratado de
ver la realidad desde los ojos de Dios y ha practicado vitalmente
aquella recomendación de los teólogos de hacer teología de rodillas.
Por eso se ha convertido, para muchos de nosotros, en un referente de
autenticidad. “No somos llamados a crear disfraces (nos decía hace
poco(, somos llamados a vivir con y para la verdad” (Orientación,10 de
febrero de 2002). Frente al clásico primun navigare, deinde vivere6,
que decían los antiguos lobos de mar aventureros, nuestro sacerdote
amigo insiste: “No hay razón para vivir, si no se vive la vida con
autenticidad” (Orientación,12 de noviembre de 2000).
Este es el hombre al que estamos honrando. Una persona que opta por la
verdad, en un mundo y una historia concreta, en la que estaba “desnuda
la verdad, muy proveída, de armas y valedores la mentira”7. Un
cristiano que sabe, y lo estoy citando, que “donde hay muerte en todos
los sentidos, estamos llamados, con el resucitado, a clamar por la
vida que viene de Dios” (Orientación, 26 de abril de 1998). Un
sacerdote que ha aprendido desde la solidaridad diaria, y de nuevo lo
cito, que “la primera cualidad del pastor es querer a los que
pastorea” (Orientación, 23 de julio de 2000). Un testigo de la fe y un
evangelizador que aspira a responder desde la fidelidad y el servicio
eclesial, tanto a su responsabilidad de ser persona humana, como a la
gracia de la vocación recibida.
En 1998, y desde tu habitual tribuna de Orientación (4 de octubre de
1998), nos decías, Ricardo, que “para ser santo es preciso ser humano,
y para ser humano es necesario ser sensible y preocupado”. El juicio
sobre la santidad se lo dejamos a Dios. Pero sí queremos decirte que
desde la universidad te admiramos como hombre de fe y maestro al mismo
tiempo en humanidad. Muchas gracias por tu vida y por tu servicio a la
Iglesia y a El Salvador.
San Salvador, 8 de noviembre de 2002.
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Mi profesión de fe
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Mons. Ricardo Urioste
Decía un célebre
jesuita, el padre Capello, profesor mío hace muchos años: “Más vale
ser docto que ser doctor”. Desearía que Dios me permitiera llegar
algún día a ser docto, en el corto tiempo de vida que me queda. Sin
embargo, me enaltece en gran medida este honor que la Universidad
Centroamericana, su Rector, Padre José María Tojeira y demás
autoridades, han tenido a bien otorgarme. Varias son las razones para
sentirme tan honrado. Hice todos mis estudios de secundaria y
universidad con los padres jesuitas, aquí en El Salvador, en España e
Italia. Recuerdo con agradecimiento a esos formadores, tanto a nivel
académico como espiritual, en todos los lugares de estudio, tanto en
San José de la montaña, de donde sentí mucho que los padres jesuitas,
hubieran dejado el seminario, como en la Universidad de Comillas, en
España, donde recibí mi formación teológica, y donde hace 54 años
recibí la ordenación sacerdotal, como también en Roma, donde estudié
derecho canónico. Hombres, todos ellos, mis profesores y formadores,
sólidos, maduros y enteros, como directores espirituales y académicos.
A ellos mi reconocimiento y mi profunda admiración.
Ya en El Salvador, todos hemos constatado la contribución esmerada que
esta universidad ha dado al país. El recuerdo de sus hijos
martirizados, hace casi trece años, fue la señal más preclara de su
magnífico servicio. El Padre Ellacuría decía: “Que con Monseñor Romero
Dios había pasado por El Salvador”; yo, a mí vez, creo que con los
jesuitas martirizados, también pasó Dios por El Salvador. Creo que
ellos fueron más salvadoreños de corazón, que por naturalización; creo
que ellos descubrieron el rostro del pueblo pobre de El Salvador e
hicieron lo que mejor pudieron hacer que fue servirlo hasta encontrar
la muerte. También creo que Monseñor Romero fue un santo, creo que fue
el salvadoreño que más amó a El Salvador, creo que fue un obispo hecho
pueblo sufriente, creo que Dios lo ha ya canonizado.
La herencia por él dejada es una herencia sagrada. Su lema episcopal:
“Sentir con la Iglesia” definió su ser y su hacer. Sentir con la
Iglesia fue para él estar muy enraizado en Dios, muy cercano al pueblo
y dispuesto siempre a pasar todos los riesgos, que al final lo
llevaron a ofrendar su vida al pie del altar. Murió como siempre se
había sentido, hombre de Dios, hombre del altar y hombre del pueblo y
para el pueblo.
No debo olvidar a Monseñor Chavéz y tampoco a Monseñor Rivera. Ellos
tres llenaron a plenitud casi 60 años de nuestra Iglesia. Ellos
hicieron una Iglesia basada en Jesús y su evangelio. Ellos tuvieron
compasión de la multitud. Ellos hicieron suyo lo que el Vaticano II
pidió a los cristianos de todos los tiempos: “Los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro
tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez
gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo…
Es la persona del hombre los que hay que salvar. Es la sociedad humana
la que hay que renovar. Es por consiguiente el hombre; pero el hombre
todo entero cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y
voluntad “(Gaudium et Spes, 1).
Eso hicieron esos tres egregios obispos, con que Dios regaló a esta
Iglesia local. Vieron las tristezas y las angustias de tanta gente en
sufrimiento y con sus palabras y sus obras llevaron un lenitivo a
tantos hombres y mujeres sufrientes en el país. Esa es la misión de la
Iglesia. Ese su cometido. No llevarlo, a cabo, es ser infieles a Jesús
y a su palabra.
Toda fidelidad a Dios debe ser también fidelidad al hombre y teniendo
en la memoria a Monseñor Chávez, a Monseñor Romero, a Monseñor Rivera,
a quienes dedico este doctorado y a ellos lo hago extensivo, y,
teniendo en mente también a los padres jesuitas mártires de la fe,
deseo aprovechar la ocasión de este doctorado honoris causa en
teología, que se me confiere, para proclamar mi fe, que contiene, en
parte, la teología que ha inspirado mi vida.
Esta es mi profesión de fe.
Creo en Dios, en el Dios de amor, Señor de la historia, creador del
universo y creador del hombre y de la mujer, que oyó los lamentos de
su pueblo y lo liberó de la dominación para hacerlo un pueblo libre,
unido a Dios. Creo en Dios todopoderoso y creo en el Dios todo amor y
benignidad.
Creo en el Dios que bajo a liberar al pueblo de la esclavitud y creo
en el Dios que sigue bajando ahora para continuar su obra de
liberación, en tantos oprimidos, en nuestro país y en el mundo entero.
Creo en Dios que escogió a Abraham para padre de todos los creyentes,
que llamó a Moisés para guiar al pueblo a la libertad y que sigue
buscando nuevos Moisés, que liberen a su pueblo.
Creo en Dios que nos invitó, por los profetas, a vivir una nueva vida
y a decirnos que su plan de salvación no tiene estructuras injustas,
que atacan y discriminan las personas. En una palabra, creo en el Dios
que siempre nos pregunta: ¿Dónde está tu hermano?.
Creo en Jesucristo, Dios, que se hizo hombre en el seno de María,
Madre de Dios y nuestra madre. Creo en el misterio radical de nuestra
fe, la encarnación que hizo a Jesús en todo semejante a nosotros,
menos en le pecado, y por encarnarse como hombre, sufrió pobrezas,
escarnios e injusticias, invitándonos a nosotros a saber encarnarnos
en el sufrimiento de los pobres y marginados.
Creo en Jesucristo que se hizo hombre para salvarnos y que su último
acto de inmolación en la cruz nos valió la redención, que se realiza
en la vida de todos los días y cuantas veces se celebra en el altar el
sacrificio de la cruz.
Creo en Jesucristo que nació y vivió pobre, adelantándose así a todos
los pobres del mundo.
Creo en Jesucristo que en su primera alocución pública en Nazaret, nos
dijo a qué había venido al mundo “El espíritu del Señor esta sobre mí
porque Él me ha escogido para dar la buena noticia a los pobres, para
anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para
poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del
Señor” (Lc. 4, 18).
Creo que en El se cumplió ese día la Escritura y creo que los pobres
siguen siendo los preferidos de Jesús y que deben ser también nuestros
preferidos.
Creo que Jesús sigue buscando liberara a los cautivos de este tiempo
de todo mal, cuya raíz es le pecado. Creo que Jesús vino a traer la
libertad a los oprimidos por el hombre, por la injusticia, por todo
mal y todo pecado.
Creo en Jesucristo, que viendo a la multitud, nos dejó dicho como
primer programa del reino que venía a fundar: “Dichosos los pobres
porque de ellos es el reino de Dios” (Lc. 5, 20).
Creo en Jesucristo que afirmó que Él era el Mesías, que habría de
venir, cuando mandó a decir al Bautista: “Los ciegos ven, los cojos
andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos
resucitan y se anuncia a los pobres la buena nueva” (Lc. 7, 22) y que
por lo tanto, esa es la señal que la Iglesia debe dar para hacer
presente a Cristo en el mundo y hacerse ella creíble y que esa es la
señal que Jesús dio de que los tiempos mesiánicos han llegado.
Creo en Jesucristo que dijo: “Yo soy el buen pastor… el buen pastor da
la vida por sus ovejas” (Jn. 10, 11). Creo que el pastor sólo se
identifica con Cristo, cuando está dispuesto a morir cada día por
aquellos que lo necesitan, como Monseñor Romero, que treinta días
antes de su muerte dejó escrito: “Jesús asistió a los mártires, y si
es necesario lo sentiré muy cerca al entregarle el último suspiro.
Pero más valioso que el momento de morir es entregarle toda la vida, y
vivir para él” (Apuntes de retiro, 25 de febrero de 1980).
Creo en Jesucristo que dijo: “a mí nadie me quita la vida, sino que yo
la doy”, pero que terminó como un condenado a muerte por los
representantes oficiales de la religión, un crucificado por el imperio
romano, en Palestina, que ha sido resucitado por Dios, como prueba que
Dios está de su parte y en contra de todos los poderes que acabaron
con él.
Creo en Jesucristo que dijo: “El que quiera venir en pos de mí, tome
su cruz y sígame.” Predicar hoy a Jesucristo y su cruz, significa
también comprometerse en la construcción de un mundo, donde sean menos
difíciles el amor, la paz, la justicia, la fraternidad, la apertura y
la entrega a Dios. Esto lleva consigo denunciar las situaciones que
engendran el odio, la división. Aceptar la cruz que conlleva esta
lucha, es cargar con la cruz como lo hizo el Señor.
Creo que cargar con la cruz, como Jesús, significa solidarizarse con
los crucificados de este mundo: los que sufren violencia y pobreza y
se sienten deshumanizados y privados de sus derechos y dignidad de
seres humanos.
Creo en Jesucristo que nos dijo, por medio de Marcos: “El tiempo se ha
cumplido y está cerca el reino de Dios; conviértanse y crean en la
buena noticia” (Mc. 1, 15). Creo que la irrupción de su reino es una
buena noticia para los pobres: la noticia de que su situación debe
cambiar de raíz, no para convertirlos de pobres a ricos, sino para
inaugurar una nueva forma de sociedad, donde se haga posible la
solidaridad, que es la felicidad compartida, en la mesa común de los
hermanos.
Creo en el Espíritu Santo por cuya obra se encarnó Jesús en el seno de
María, dejando con ello a su Iglesia el mandato esencial de saber
encarnarse, como Él, en los dolores y angustias de una humanidad
sufriente. Creo que si la Iglesia no busca afanosamente su encarnación
en el hombre y la mujer que sufren, no es la Iglesia de Jesucristo.
Creo en el Espíritu Santo que llevó a Jesús al desierto para ser
tentado y con la fuerza del Espíritu, rebatió al Espíritu del mal, que
lo incitaba a apartarse de su misión y con ello dio ejemplo a su
Iglesia de ser siempre fiel a su misión, rechazando las tentaciones de
poder, prestigio y privilegios.
Creo en el Espíritu Santo, en cuyo poder creemos y no en las riquezas
y el poder terreno.
Creo en el Espíritu Santo que en pentecostés descendió sobre los
apóstoles, como ha descendido sobre todos nosotros y que es fuente de
vida y juventud y guía de su Iglesia, en el camino de la verdad
completa, verdad sin la cual no seremos libres. Creo que ha venido
sobre nosotros, todos, y nos invita a crear un mundo nuevo, donde
todos tengamos por padre a Dios y vivamos como hermanos.
Creo en el Espíritu Santo que nos enseña a existir viviendo la vida
del Espíritu que es la vida del hombre entero, cuerpo y alma.
Creo en Pablo, el apóstol, que nos dice: “Donde está el Espíritu del
Señor ahí está la libertad (2Cor. 3, 17). Creo que el Espíritu Santo
es libertad, libertad de amar, libertad de orar, libertad de pensar y
decidir y que como dice el concilio, el pueblo de Dios: “Tiene como
condición la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos
corazones habita el Espíritu Santo como en un templo” (Lumen gentium,
8).
Creo en la Iglesia, a la cual amo apasionadamente, porque Ella no está
hecha en la tierra, está hecha en la Trinidad y no hay amor más grande
que el amor y la solidaridad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Dios es sólo amor y amor debe ser la nota constitutiva de la Iglesia.
Creo en la Iglesia, que como Jesús, debe amar al pueblo, se solidariza
con él, y se inmola por él. No creo en una Iglesia fría, indiferente y
distante, a quien no le duelen los dolores del pueblo.
Creo en la Iglesia que reparte la gracia de Dios en su palabra y en
sus sacramentos y que no ve sólo almas, sino también cuerpos que
necesitan redención.
Creo en la Iglesia que se encarna, como Jesús y se acerca para salvar,
“porque ha oído el clamor de su pueblo y se ha acordado de él”. No
creo en una Iglesia que no ve, que no oye y que no siente. Creo en la
Iglesia misericordiosa y tierna para dirigirse a los pequeños. Creo
que todos sin excepción son sus hijos, pero que en ella hay quienes
más necesitan de su amor y ternura: los pobres, los enfermos y
necesitados de todos los tiempos.
Creo en la Iglesia que, como Jesús, se hace semejante a los hombres
como rasgo esencial de su misión, y sabe compartir sus dolores y
tristezas y busca liberarlos del pecado que los oprime.
Creo en la Iglesia que “está comprometida con la causa de los pobres,
porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de
su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la Iglesia de los
pobres”, tal como lo expresa textualmente Juan Pablo II, en la Laborem
Exercens, y por eso, no creo en una Iglesia que no está comprometida
con los pobres, ni los ve como su misión, ni como su servicio,
contradiciendo el evangelio y contradiciendo al pastor supremo.
Creo en la Iglesia que juzga para cumplir su misión “es su deber
permanente estructurar a fondo los signos de los tiempos e
interpretarlos a la luz del evangelio; de forma que acomodándose a
cada generación, pueda responder a las perennes interrogantes de la
humanidad sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la
mutua relación de ambas (Gaudium et Spes, 4). Creo en la Iglesia que
analiza siempre los signos de los tiempos, como acontecimientos del
Espíritu, que atañen a los hombres.
Creo en la Iglesia: “que no pone su esperanza en privilegios dados por
el poder civil; más aún renunciará al ejercicio de ciertos derechos
legítimos adquiridos, tan pronto como conste que su uso puede poner en
duda la sinceridad de su testimonio” (Gaudium et Spes, 76).
No creo en una Iglesia que busca apoyarse en el dinero o en el poder
civil, olvidándose así de Jesús pobre y libre. Creo, finalmente, que
los pequeños y los pobres van a condicionar nuestra entrada al Cielo,
así lo afirmó Jesús al decirnos en san Mateo: “Vengan benditos de mi
Padre a tomar posesión del reino… porque tuve hambre y me dieron de
comer, tuve sed y me dieron de beber; forastero y me recibieron en su
casa; anduve sin ropas y me vistieron. Enfermo y fueron a visitarme.
En la cárcel y me fueron a ver” (Mt. 25, 34-36).
Creo que es una verdad de fe divina que él está presente en los pobres
y pequeños cuando nos dice. “Siempre que no hicieron esto con alguno
de estos más pequeños, conmigo dejaron de hacerlo” (Mt. 25, 45).
Esta es mi simple teología, esta es mi profesión de fe, esto es lo que
este doctorado me ha hecho expresar y pensar. Sólo le pido a Dios que
perdone mis infidelidades y que nuestra Iglesia crezca en el amor a
Dios y a los pobres y en la defensa de la persona humana; que sea cada
vez más, una Iglesia “sin mancha ni arruga”, como Jesús y el mismo
magisterio de la Iglesia la desean.
Gracias de nuevo a ustedes y a esta universidad por este inmerecido
reconocimiento.
San Salvador, 8 de noviembre de 2002.
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