No. 649-650 Noviembre-diciembre 2002

 

 

 

Recuperación de la memoria histórica

 

 

 

ÍNDICE

 

 

PRONUNCIAMIENTO

 

Un llamado a la sensatez y a la ética

La UCA, consciente del dolor y de la angustia que la actual crisis en la salud está causando a la población salvadoreña, y de un modo especial a las mayorías populares, que son las que más padecen los estragos de la enfermedad, considera necesario y oportuno hacer un llamado a la sensatez y a la ética.

La prolongada huelga en el sector salud plantea a toda la sociedad serios interrogantes sobre la gobernabilidad de El Salvador y sobre la fidelidad del Estado a sus funciones constitucionales básicas. Porque la tendencia a la privatización de los servicios públicos camina en una dirección claramente opuesta a los principios de la Constitución. En particular contra aquellos principios que inspiran su artículo primero, donde se establece que la persona es el origen y fin del Estado. Consecuencia de este artículo es la orientación estatal a la consecución del "bien común" y los derechos básicos, entre los cuales se encuentra la "salud". Desde esta perspectiva constitucional, es justo el disenso de los médicos frente a las tendencias a la privatización masiva del sector salud.

La escasa regulación existente respecto a la prestación de servicios públicos por instituciones privadas, el desorden con el cual se han llevado a cabo las privatizaciones anteriores, el daño directo generado a los consumidores de los diversos servicios públicos que han pasado a manos de la empresa privada, la exclusión de los derechos básicos que las privatizaciones implican y el incumplimiento de las normas y regulaciones establecidas por las propias leyes de privatización, no permiten esperar que la privatización de la salud contribuya a mejorar el derecho universal a una asistencia médica digna. A nadie se le escapa el incumplimiento del artículo 9, inciso segundo, de la Ley del Sistema de Ahorro para Pensiones, que manda redactar un reglamento para incorporar a los trabajadores (ellos y ellas) agrícolas y domésticos al sistema de pensiones. Dicho reglamento no ha sido escrito, a pesar de los seis años transcurridos desde la promulgación de la ley. El Estado salvadoreño se ha mostrado remiso, y de un modo persistente, para buscar soluciones a los derechos universales de la mayoría de sus ciudadanos.

Ahora bien, una huelga en un campo tan sensible como el de la salud pública plantea también serias interrogantes. No se puede afirmar que una huelga es ética simplemente porque no haya muerto nadie. La vida de la persona tiene un valor definitivo. Por lo tanto, ponerla en riesgo debe ser considerado como algo ilícito. Alegar que el sacrificio que hoy pasen los enfermos redundará en un mejor servicio en el futuro, tampoco es argumento. Porque nadie tiene derecho a exigir a los demás sacrificios, y mucho menos a imponérselos, bajo el alegato de que es por su bien. Y esto sirve tanto para quienes se deciden en favor de una huelga como para quienes prometen un servicio excelente tras un sacrificio inicial, en las primeras etapas de la privatización. Una huelga en el campo de la salud sólo puede utilizarse como instrumento de defensa de derechos en último recurso y cumpliendo con determinadas condiciones. Entre éstas habría que destacar una violación previa de derechos básicos, un daño a la salud, previsible y demostrable, mayor que el que se generaría con la huelga, y la seguridad de que ésta no dañará gravemente la vida de los enfermos.

A lo largo de este ya largo conflicto se han dado demasiados signos que indican que los ánimos están caldeados en exceso. El gobierno ha dado muestras de irresponsabilidad al no tomar en serio ni la reivindicación justa de los médicos, ni la opinión seria de los expertos nacionales en salud pública, quienes no han sido consultados sobre la reforma que se intentó llevar a cabo. La dirección del movimiento de huelga ha sido poco flexible a la hora de visualizar e incluir, en un adecuado plan de universalización del derecho a la salud, la necesaria participación y colaboración de sectores privados. Han buscado más el apoyo político que el respaldo de la sociedad civil, y en algunos momentos, han vertido afirmaciones reñidas con los derechos de los enfermos. La racionalidad, la prudencia y el sentido ético de la cosa pública son indispensables para no llevar al país por el deslizadero de la violencia social. En la medida en que este conflicto es alimentado por sus dos actores principales, ambos abren espacio para que se exprese con fuerza virulenta otro conflicto más profundo, el social, cuyas variadas demandas son de corte económico y social. El poder ejecutivo calcula que cuenta con poder para ganar el pulso a los médicos por desgaste o aplastamiento, si fuera necesario. Los médicos, por el otro lado, cuentan con que la necesidad de sus servicios especializados y el apoyo de ciertos sectores les darán un capital social capaz de resistir la embestida gubernamental. De este pulso de fuerza no se augura nada bueno para ninguno de los dos, ni para la población, que contempla impotente unos servicios paralizados.

La radicalización de las posiciones de ambas partes ha desembocado en enfrentamientos, en los cuales la brutalidad policial, cuyos agentes dispararon balas de goma y lanzaron gases lacrimógenos en una zona donde se concentran los hospitales, ha rivalizado con la agresiva violencia de los manifestantes. Por este camino, ni los salvadoreños, ni mucho menos los enfermos, a los que todos dicen querer servir, se verán beneficiados. En este contexto, es urgente hacer un alto en el camino para abrir espacios al diálogo racional, desde el que se resuelvan los problemas, y no al enfrentamiento sistemático.

El sitio idóneo para resolver el conflicto es la mesa de negociación, y para obtener resultados positivos es requisito indispensable tener voluntad de encontrar una buena solución para los usuarios de estos servicios. Pero, hasta ahora, cada parte se ha mantenido en sus trece y ninguna de ellas se ha esforzado por encontrar una solución verdadera que beneficie a la población desvalida. Tres cuestiones parecen claves para una negociación orientada por este criterio de carácter social y de bienestar público. El primero es garantizar que los servicios de salud seguirán siendo prestados por el Estado. El segundo es poner fin a la huelga y no tomar represalias contra los huelguistas. Por último, es necesario establecer, a mediano plazo, una estructura para discutir la reforma del sistema de salud. Si hubiera una genuina preocupación por el bienestar social, no parece que fuese muy difícil ponerse de acuerdo sobre estas cuestiones. Pero el consenso se vuelve imposible al mezclarse otras pretensiones no confesadas por ninguna de las dos partes, pero que debieran salir a la luz pública para ser confrontadas.

El fundamento último de la negociación no es sólo político, sino que es eminentemente ético. Se trata de convertir las fuerzas que ahora son de enfermedad y muerte en otras que sean de salud y vida. Es por eso que ya es hora de sentarse en una verdadera mesa de negociación para encontrar la solución viable y sostenible. Las recriminaciones mutuas y las demostraciones de fuerza debieran dejar paso a la sensatez, la cordura y la ética. Hasta ahora, lo único que ha habido son los preliminares de cualquier negociación, incluyendo las recriminaciones y hasta los insultos, pero eso es accidental si existe voluntad para negociar. Pero al parecer ese no es el caso, puesto que cada parte plantea propuestas que deben ser aceptadas en su totalidad y sin discusión por la otra. Tampoco hay mucho tiempo porque se trata de la vida y la muerte de una población que padece mucho a causa de la enfermedad. Los que tienen en sus manos el poder para decidir sobre la vida y la muerte de la población no pueden dejarla abandonada más tiempo para favorecer a un determinado grupo, defender una idea, o usarla como simple medio político. Tampoco cabe difundir mentiras, ni medias verdades sobre el conflicto. Ciertos medios masivos de comunicación, en lugar de hacerse eco casi exclusivo de la postura del poder ejecutivo, deberían dedicarse a explorar más los caminos de la razón y la ética.

Un país como el nuestro, deficitario en la prestación de un servicio digno de salud, debe pensar más en universalizar la atención médica de calidad que en privatizarla. De lo contrario, la exclusión seguirá siendo un mal social permanente, estructural y sistemático. No debe perderse de vista, sin embargo, que dicha universalización del servicio no está reñida con la inclusión de sectores privados en el esfuerzo por mejorar los niveles de salud a escala nacional.

El gobierno debe aceptar la reincorporación al trabajo de quienes están en huelga y restituirles los salarios. No se trata de pagar un trabajo no realizado, sino de reconocer de alguna manera las irresponsabilidades propias en la gestión de la huelga. Asimismo, el gobierno debe abandonar las campañas de desprestigio contra los médicos y detener las maniobras que actualmente lleva a cabo, como la amenaza de dejar sin efecto, de manera indiscriminada, todos los contratos vigentes, o de cerrar las clínicas empresariales. Estas acciones no son, en realidad, necesarias, a tenor del Decreto Legislativo 1024, y no tienen otro propósito que causar confusión y miedo.

Los médicos, por su lado, deben comprometerse a aceptar las conclusiones de un estudio inclusivo sobre la salud pública, que integre posibilidades de aportación al sistema de los sectores privados. Aportación adecuadamente regulada y con plazos razonables para incluir a toda la población salvadoreña en un sistema de atención médica universalizada. Mucho ayudará a los médicos, en el diseño de cualquier plan de futuro, tener una relación más fluida con la sociedad civil, de la cual forman parte. Y asumir ahora un renovado esfuerzo laboral, que aminore los efectos de los atrasos que se hayan podido dar, en la atención a los pacientes.

Más allá de las manipulaciones propagandísticas e informativas y de las simpatías personales, urge que la sociedad civil, en su conjunto, pida un fin justo de la huelga. Como urge también la revisión de las inexactitudes del Decreto Legislativo 1024. Ha sido doloroso que se haya tenido que recurrir a ese instrumento extremo (pero civilizado) de presión que es la huelga para frenar un proceso de privatización irresponsable de importantes servicios de salud. Pero, en este momento, asentada ya la voluntad de no privatizar, los detalles para resolver el fin de la huelga deberían ser un asunto expedito. Hacemos, en ese sentido, un llamado a la sensatez, al diálogo y a un pronto final del conflicto.

Asimismo, el fin de la huelga debe tener como continuación un diálogo multidisciplinar sobre un servicio de salud único y de calidad para atender las ingentes necesidades de la mayoría de la población salvadoreña. De tal manera que los únicos vencedores del actual conflicto sean los servicios de salud, en su diseño de futuro, en su calidad, en su apertura igual a todos y todas, y en la elaboración amplia de un plan de salud adecuadamente socializado, abierto a múltiples aportes y construido en colaboración con expertos de todas las disciplinas implicadas.


San Salvador, 6 de diciembre de 2002.


 

 

 

DOCTORADO HONORIS CAUSA

 

Historia hecha teología

José María Tojeira S.J.

 

La UCA, en sus más de 35 años, ha dado muy pocos doctorados honoris causa. En teología, sólo ha dado uno: a Mons. Oscar Romero. Lo recibió Mons. Arturo Rivera, porque la muerte violenta arrebató al hombre santo demasiado pronto. Tal vez para que se cumpliera una vez más la afirmación de la Escritura sobre el justo que muere prematuramente: “en pocos años llenó mucho tiempo” (Sab 4, 13). El doctorado que hoy otorgamos a Mons. Ricardo Urioste tiene mucho que ver con ese tiempo profundamente denso de nuestro Romero de América. Tiempo que trasciende sus tres años de pastoreo, en San Salvador, y que se extiende en las iglesias, hasta nuestros días. El paso de Mons. Romero por nuestras tierras actualizó de nuevo la pascua. Y la pascua del Señor crea siempre tradición, gozo profundo y esperanza. Tiempos nuevos que no se agotan en la rutina o en el cansancio del día a día. Y sobre todo, tiempo oportuno, kairós, que genera espíritu.

En ese contexto, en esa temporalidad densa, previa, contemporánea y posterior a Mons. Romero, se desarrolla la actividad y la palabra de Ricardo Urioste. Abriendo ventanas al Vaticano II, impulsando Medellín y Puebla, acompañando con fidelidad al arzobispo mártir, resistiendo, en la construcción de la paz, constante y firme, durante la guerra, al lado de los pobres siempre, y de manera muy especial, en el terremoto de 1986, sirviendo en todo tiempo a la Iglesia, Mons. Urioste crea y transmite teología, desde su palabra y su trabajo.

Desde su ejemplo y desde su figura, tan señera para muchos de nosotros, quisiera reflexionar hoy sobre el sentido de hacer teología, en una universidad, y sobre el sentido de este doctorado honorífico, que hoy le estamos otorgando.

Como ciencia de la fe, la teología es también ciencia del sentido profundo de lo humano. Dios se revela en el amor humano, y nos dice que la generosidad del crucificado, del servidor, del que resiste en el amor hasta el final, es, al mismo tiempo, y primariamente, amor divino. La llamada a la unidad que el Señor hace a sus seguidores, sugiere, en palabras del Concilio Vaticano II, “una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los Hijos de Dios en la verdad y en la caridad” (GS 24). Desarrollar esta analogía entre el amor divino y el humano, traducirla a obras de amor y verdad, es función de la teología. Una universidad, que, por definición, se dedica a producir conocimiento humano, a difundirlo y a hacerlo universal, tiene necesariamente que preocuparse por todo aquello que convierte lo humano en universal. La teología, como ciencia de la fe y como estudio universitario, contribuye a profundizar en la igual dignidad de las personas, al descubrir, en la propia humanidad, una realidad trascendente, que la reafirma y valora radicalmente. Hacer teología en una universidad, y máxime si ésta es de inspiración cristiana, es indispensable. Porque desde el análisis de la dimensión trascendente de lo humano, podemos profundizar con radicalidad, y en diálogo con las otras ciencias, la afirmación de que la humanidad es una. De algún modo, la teología ayuda a que las consecuencias sociales, éticas, filosóficas, científicas de esta afirmación, estén encaminadas a la creación de una cultura de constante humanización de nuestra propia realidad creada. El misterio amoroso que nos invade y nos trasciende, no niega la humanidad. Al contrario, le otorga una dignidad absoluta.

En El Salvador, con problemas graves de justicia social, con situaciones de pobreza y de disparidades escandalosas en el ingreso, con corrupción y debilidad institucional, con una institucionalidad que en determinadas y frecuentes ocasiones crea exclusión, con una democracia enferma de autoritarismo y de indiferencia ante las necesidades de los más débiles y pobres, la tarea de hacer teología se vuelve más imperante. Porque precisamente allí donde se niega la humanidad, en la cruz de una realidad injusta, es donde lo teológico adquiere su mayor fuerza y eficacia.

Pero la teología, como esa ciencia de la fe, tan particular, se hace simultáneamente desde una metodología científica y racional, y desde una vivencia personal y comprometida del misterio amoroso que le da origen. Parafraseando a santo Tomás de Aquino, desde la “representación figurada” del misterio del Señor Jesús, en la palabra y en la reflexión, y desde “la imitación de su obra”2. En otras palabras, que la teología se hace en un camino de doble vía: desde la reflexión, con una metodología racional y desde el compromiso cristiano, abnegado y servidor, con la historia concreta.

Esta doble tarea la hemos contemplado en El Salvador como desafío, en tiempos muy recientes. La guerra, instrumento aberrante e inhumano de solución de conflictos, nos dejó, en medio de la destrucción, ejemplos de ese amor, donde lo humano y lo divino se entrecruzan. No sólo en Mons. Romero, en un buen grupo de sacerdotes, en religiosas, o en los jesuitas de la UCA y sus dos colaboradoras. Un gran número de laicos y laicas supo dar la vida, en medio de la sencillez de sus rutinas. El celebrador de la Palabra que fue baleado, mientras caminaba para leer la Escritura y comentarla, en una ermita lejana. La mujer que dio de comer al hambriento y de beber al sediento, asesinada por practicar las obras de misericordia. El campanero que en Aguilares cayó víctima de los disparos, en medio de los sacerdotes a los que quería proteger, mientras tocaba las campanas de madrugada para que el pueblo se diera cuenta de que venían a llevarse a los curas. Hacer teología desde tanta entrega y tanta fe testimoniada, lleva a una transformación de la teología en su dimensión científica, convirtiéndola en teología de la liberación, y en teología narrativa, que actualiza el Evangelio, desde la narración de tanta generosidad y entrega. “Al término del segundo milenio (nos decía Juan Pablo II(, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires”3. Y ello cambia y actualiza, necesariamente, la teología. De esta teología nueva, nacida de la praxis liberadora y comprometida con los más pobres, rica en martirio y en honestidad humana y cristiana, será de la que hablemos hoy en este acto.

La generosidad derramada en El Salvador, en las últimas décadas, si se recuerda hoy desde la admiración y el respeto, humaniza profundamente a quien la contempla. En medio de una historia de gravísimas violaciones de la dignidad humana, la fuerza del Evangelio, encarnada en personas concretas, nos dice al mismo tiempo un nunca más, y un ahí están los hijos de Dios. Fuerza del Espíritu, enraizada profundamente en esos testigos del Señor hasta la sangre, testigos de la radical igualdad en dignidad de las personas, y mártires de la llamada a la solidaridad que esa igual dignidad reclama.

No es extraño que, desde esa experiencia rica en generosidad, Ellacuría hablara de la necesidad de salir de la guerra no sólo haciendo desaparecer las causas de la misma, sino construyendo una nueva civilización, que él llamaba civilización de la pobreza. Civilización donde se da prioridad a los valores de quienes persisten fieles a la humanidad, en medio de quienes la niegan, e incluso en medio del despojo de lo humano. Servicio, austeridad, fortaleza de ánimo, generosidad para compartir lo que se es y lo que se tiene, valores todos ellos puestos al servicio de un mundo más fraterno, más generador de esperanza, más justo y más humano.

Hacer teología no es, pues, disertar sobre lo lejano. La primera teología que se hace en la Iglesia primitiva era narración cercana. Recuerdo de una historia que descubría que en la pobreza hay espíritu, en la misericordia don, en la justicia reino de Dios. Seguridad en que la fe conduce al seguimiento del Señor, la esperanza lleva a la resistencia, el amor a la transformación de la realidad. Y que esos tres dones juntos y actuantes logran que, en medio de la muerte, surja una vida diferente y actuante ya en la historia. No es extraño que en estos tiempos recios, por usar una frase de santa Teresa de Jesús, vuelva la narrativa a convertirse en teología. “Nuestra fe (decía Mons. Urioste( supone mucho más de lo que estamos acostumbrados a hacer, aunque sea muy bueno. No se encuentra a Dios si no se encuentra al hermano necesitado” (Orientación, 13 de septiembre de 1987). El dolor del desaparecido y sus familiares, del amenazado, del pobre, del perseguido genera, en la solidaridad, encuentro con Dios. Generan teología en la narración de ese constreñirse de las entrañas, que empuja a encontrar a Dios, en el rostro irreconocible del golpeado por la injusticia, el dolor o el olvido.

Es lógico que, desde esta experiencia, la teología se vuelva solidariamente misericordiosa. La crítica liberadora, la propuesta esperanzada de nuevas metas de humanización, el ejercicio de la consolación, son formas hondas de esta misma opción teórico-práctica, intelectual y comprometida al mismo tiempo, de historizar la compasión y la misericordia de Dios. La teología es siempre kerygmática, pero el anuncio nunca se desvincula de la realidad. Las bienaventuranzas, las parábolas, el relato del juicio final, en san Mateo, vinculan siempre la salvación a la actividad humana y a la tarea de humanizar la sociedad.

Una universidad como la UCA, que quiere poner su centro fuera de sí misma, en la realidad del país y en las necesidades de las grandes mayorías, encuentra en la teología no solo un refuerzo o una palabra de ánimo, sino su verdadera alma. La inspiración cristiana no responde prioritariamente a una doctrina, sino a un espíritu. Como en la poesía de León Felipe, la doctrina se puede comer al templo, al arca que la guardaba y al hombre que la mantenía junto a su corazón, en el bolsillo interno del chaleco. La inspiración cristiana y la teología que perseguimos es el resultado de incorporar a la propia existencia esa fuerza vital del Evangelio. Que la Palabra sea alimento y que, de nuevo como en la poesía, nuestro propio cuerpo, como realidad histórica y vital, sea doctrina, arca y templo. En palabras de Ignacio Ellacuría, “al concebir la fe como principio de liberación, cuyo origen último y destino final es Dios mismo, y al ponerla en marcha desde la opción preferencial por los pobres que el Santo Padre ha resaltado en los últimos meses como una dimensión esencial de la más pura y exigente fe cristiana, no podemos menos de ver una potenciación mutua entre la fe que viene de arriba y el clamor de los pobres que viene de abajo, entre las exigencias más profundas de la fe y las exigencias más profundas del quehacer universitario”4.

Esta síntesis entre fe y realidad, en nuestros países con un margen tan grande de personas viviendo en la pobreza, pasa, necesariamente, por un compromiso solidario. No se puede amar a Dios a quien no vemos, diríamos hoy, sin amar a esas grandes mayorías que tienen hambre y sed de justicia, de que se les respete su dignidad humana, y que son tan visibles en nuestras sociedades.

Esta tarea, inspirada en la cruz, de unir la verticalidad de nuestra relación con Dios con la horizontalidad de los brazos abiertos hacia lo humano, se realza y se comprende mejor desde la contemplación de personas que se convierten, en el tiempo, en verdaderos paradigmas de acción, entrega y servicio cristiano. Los mártires constituyen la esencia de esas vidas ejemplares y evangelizadoras. El primer relato en el que se usa el término mártir, en su sentido actual, conocido como el martirio de Policarpo (san Policarpo de Esmirna), recorre los aspectos de la pasión del santo obispo, los cuales coinciden con rasgos concretos de la pasión del Señor Jesús. Cuando Ellacuría decía que con Monseñor Romero “pasó Dios por El Salvador”, no hacía otra cosa sino resaltar la hondura teológica de una vida y de una muerte que es, una vez más, testimonio de resurrección. San Juan Crisóstomo consideraba como la mayor prueba de la resurrección al hecho de que hombres y mujeres, incluso sin haber conocido personalmente a Cristo, fueran capaces de dar la vida por seguir su palabra. Otorgar la fuerza para el riesgo, para encarar la posibilidad de la tortura, la persecución, e incluso para aceptar con dignidad la muerte injusta y violenta, nos decía san Juan Crisóstomo, “no puede ser la hazaña de un muerto que yace tendido en el sepulcro, sino obra de quien resucitó y vive”5. A Monseñor Romero le dio esa fuerza el Resucitado, y al unirse a Él en la muerte, se convirtió también no solo en testigo de la resurrección, sino en espíritu vivificante y fortalecedor, unido al espíritu del Señor.

El testimonio de Mons. Romero, de nuestros mártires en general, se nos ha dado a todos como don. Pero no todos hemos sabido multiplicarlo desde nuestra palabra y nuestro servicio eclesial. Cuando en este momento estamos honrando a Mons. Urioste con un doctorado en teología, estamos reconociendo que, a partir de su palabra y de su servicio en la Iglesia, ha logrado convertir en teología, en ciencia de la fe, la historia reciente de nuestro pueblo. No solo desde su accionar diario y entregado, trabajando muy de cerca de tres arzobispos, sino también desde la capacidad de ayudar a la Iglesia local a abrirse a los nuevos aires del Concilio, a descubrir en los pobres su tesoro, y a servir sin descanso en la tarea de humanización de conflictos.

Su relación cercana con Monseñor Romero, plasmada inobjetablemente en el hecho de ser el sacerdote más veces nombrado en el diario personal del arzobispo mártir, no fue sólo un don para él. Desde la muerte martirial del pastor, Mons. Urioste fue convirtiéndose en un signo de su recuerdo y de su vigencia a la hora de iluminar la realidad salvadoreña. Consciente de que Mons. Romero “fue el hombre más querido y más odiado de El Salvador” (Orientación, 17 de marzo de 1996), Ricardo Urioste se empeñó en ayudar a todos a valorar y dimensionar al hoy Siervo de Dios Óscar Arnulfo Romero. Explicar la raíz del odio y del amor fue el primer paso. La causa fue probablemente la misma: ese modo de ser profundamente libre y verdadero del arzobispo mártir. Verdad y libertad que, desde el tiempo de Jesús, provocan siempre esa reacción de aceptar el Evangelio, o de rechazarlo. “Monseñor Romero se sintió libre con la libertad que Cristo nos dio y con la verdad que nos hizo libres”, decía Mons. Urioste en Orientación (4 de marzo de 2001). Todo un programa, en el fondo, de seguimiento de quien fue libre y liberador, Jesús de Nazaret. Todo un proyecto, verdad y libertad, para redimirnos de los odios fratricidas y para construir un país más solidario. Y todo un símbolo, el arzobispo sacrificado, servidor libre de la verdad, que desde su sacrificio nos anima a peregrinar, aun azarosamente, hacia esa sociedad más justa, construida sobre la verdad de nuestra realidad fraterna.

Este modo de pensar, teológicamente hondo, tiene siempre un reflejo sociopolítico en el discurso. Para el terremoto de 1986, Mons. Urioste recibió el encargo de dirigir la respuesta de emergencia del arzobispado. Eran tiempos duros y los hospitales apenas tenían medicinas para tanto herido. La arquidiócesis fue la única institución, con el apoyo solidario de las demás diócesis, que respondió masivamente a la catástrofe desde el primer día. Cuando ocho días después se tuvo un acto ecuménico frente a la imagen caída de El Salvador del Mundo, Mons. Urioste lo presidió. Su mensaje fue muy claro: pedía que la solidaridad con el dolor provocado por el terremoto, nos ayudara a solidarizarnos más ampliamente con las víctimas del terremoto de la guerra. “El terremoto no ha pasado, y la guerra tampoco” (Orientación, 26 de octubre de 1986) decía quince días después de la catástrofe, en la capital. El dolor de los pobres no está nunca desvinculado de una causalidad que va más allá de los fenómenos concretos. En el fondo, la guerra y el terremoto causaban víctimas, porque las relaciones entre los seres humanos, personales y estructurales, no eran tan fraternas como deberían ser. La falta de viviendas dignas, nos volvería a recordar, “anuncian luto” (Orientación, 21 de enero de 2001). El terremoto se convierte así, como la guerra, en “un símbolo cruel del deterioro en que vivimos” (Orientación, 28 de enero de 2001).

Los pobres, víctimas principales tanto de enfrentamientos sociales, guerra incluida, como de los desastres naturales, son para Monseñor Urioste el centro de nuestra opción cristiana. No hay pastoral social, no hay desarrollo digno, ni política responsable sin cercanía a ellos. “Hay que bajar al asfalto (nos decía recientemente en Orientación( y ver el dolor, el sufrimiento y convivir con él. Hay que subir a la montaña, pero para bajar de nuevo a la llanura y mezclarse con las angustias de los hombres. Es necesario volver a bajar y oír los gritos y los lamentos de la gente. Hay que cantar alabanzas a Cristo, pero hay que bajar a aliviar el llanto del pueblo que sufre” (Orientación, 24 de febrero de 2002). La pobreza y la exclusión nos llaman siempre a transformar la realidad. Frente a quienes creen que el problema es simplemente de inversión económica, Monseñor les recuerda que “construir un país no es tanto cosa de dinero, es cosa de solidaridad, de amor en obras de justicia y de dar prioridad a los pobres” (Orientación, 25 de maro de 2001). Y en esto, siguiendo una vez más una razón teológica: “Dios tiene un lenguaje muy distinto para referirse al pobre y al rico” (Orientación, 28 de octubre de 2001).

Frente a todos los problemas de nuestra convivencia, social, política y eclesial, Mons. Urioste ha vivido la vida con intensidad, inmerso cristianamente en la historia que le ha tocado vivir. Ha tratado de ver la realidad desde los ojos de Dios y ha practicado vitalmente aquella recomendación de los teólogos de hacer teología de rodillas. Por eso se ha convertido, para muchos de nosotros, en un referente de autenticidad. “No somos llamados a crear disfraces (nos decía hace poco(, somos llamados a vivir con y para la verdad” (Orientación,10 de febrero de 2002). Frente al clásico primun navigare, deinde vivere6, que decían los antiguos lobos de mar aventureros, nuestro sacerdote amigo insiste: “No hay razón para vivir, si no se vive la vida con autenticidad” (Orientación,12 de noviembre de 2000).

Este es el hombre al que estamos honrando. Una persona que opta por la verdad, en un mundo y una historia concreta, en la que estaba “desnuda la verdad, muy proveída, de armas y valedores la mentira”7. Un cristiano que sabe, y lo estoy citando, que “donde hay muerte en todos los sentidos, estamos llamados, con el resucitado, a clamar por la vida que viene de Dios” (Orientación, 26 de abril de 1998). Un sacerdote que ha aprendido desde la solidaridad diaria, y de nuevo lo cito, que “la primera cualidad del pastor es querer a los que pastorea” (Orientación, 23 de julio de 2000). Un testigo de la fe y un evangelizador que aspira a responder desde la fidelidad y el servicio eclesial, tanto a su responsabilidad de ser persona humana, como a la gracia de la vocación recibida.

En 1998, y desde tu habitual tribuna de Orientación (4 de octubre de 1998), nos decías, Ricardo, que “para ser santo es preciso ser humano, y para ser humano es necesario ser sensible y preocupado”. El juicio sobre la santidad se lo dejamos a Dios. Pero sí queremos decirte que desde la universidad te admiramos como hombre de fe y maestro al mismo tiempo en humanidad. Muchas gracias por tu vida y por tu servicio a la Iglesia y a El Salvador.


San Salvador, 8 de noviembre de 2002.
 

 

Mi profesión de fe

Mons. Ricardo Urioste

 

Decía un célebre jesuita, el padre Capello, profesor mío hace muchos años: “Más vale ser docto que ser doctor”. Desearía que Dios me permitiera llegar algún día a ser docto, en el corto tiempo de vida que me queda. Sin embargo, me enaltece en gran medida este honor que la Universidad Centroamericana, su Rector, Padre José María Tojeira y demás autoridades, han tenido a bien otorgarme. Varias son las razones para sentirme tan honrado. Hice todos mis estudios de secundaria y universidad con los padres jesuitas, aquí en El Salvador, en España e Italia. Recuerdo con agradecimiento a esos formadores, tanto a nivel académico como espiritual, en todos los lugares de estudio, tanto en San José de la montaña, de donde sentí mucho que los padres jesuitas, hubieran dejado el seminario, como en la Universidad de Comillas, en España, donde recibí mi formación teológica, y donde hace 54 años recibí la ordenación sacerdotal, como también en Roma, donde estudié derecho canónico. Hombres, todos ellos, mis profesores y formadores, sólidos, maduros y enteros, como directores espirituales y académicos. A ellos mi reconocimiento y mi profunda admiración.

Ya en El Salvador, todos hemos constatado la contribución esmerada que esta universidad ha dado al país. El recuerdo de sus hijos martirizados, hace casi trece años, fue la señal más preclara de su magnífico servicio. El Padre Ellacuría decía: “Que con Monseñor Romero Dios había pasado por El Salvador”; yo, a mí vez, creo que con los jesuitas martirizados, también pasó Dios por El Salvador. Creo que ellos fueron más salvadoreños de corazón, que por naturalización; creo que ellos descubrieron el rostro del pueblo pobre de El Salvador e hicieron lo que mejor pudieron hacer que fue servirlo hasta encontrar la muerte. También creo que Monseñor Romero fue un santo, creo que fue el salvadoreño que más amó a El Salvador, creo que fue un obispo hecho pueblo sufriente, creo que Dios lo ha ya canonizado.

La herencia por él dejada es una herencia sagrada. Su lema episcopal: “Sentir con la Iglesia” definió su ser y su hacer. Sentir con la Iglesia fue para él estar muy enraizado en Dios, muy cercano al pueblo y dispuesto siempre a pasar todos los riesgos, que al final lo llevaron a ofrendar su vida al pie del altar. Murió como siempre se había sentido, hombre de Dios, hombre del altar y hombre del pueblo y para el pueblo.

No debo olvidar a Monseñor Chavéz y tampoco a Monseñor Rivera. Ellos tres llenaron a plenitud casi 60 años de nuestra Iglesia. Ellos hicieron una Iglesia basada en Jesús y su evangelio. Ellos tuvieron compasión de la multitud. Ellos hicieron suyo lo que el Vaticano II pidió a los cristianos de todos los tiempos: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo… Es la persona del hombre los que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es por consiguiente el hombre; pero el hombre todo entero cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad “(Gaudium et Spes, 1).

Eso hicieron esos tres egregios obispos, con que Dios regaló a esta Iglesia local. Vieron las tristezas y las angustias de tanta gente en sufrimiento y con sus palabras y sus obras llevaron un lenitivo a tantos hombres y mujeres sufrientes en el país. Esa es la misión de la Iglesia. Ese su cometido. No llevarlo, a cabo, es ser infieles a Jesús y a su palabra.

Toda fidelidad a Dios debe ser también fidelidad al hombre y teniendo en la memoria a Monseñor Chávez, a Monseñor Romero, a Monseñor Rivera, a quienes dedico este doctorado y a ellos lo hago extensivo, y, teniendo en mente también a los padres jesuitas mártires de la fe, deseo aprovechar la ocasión de este doctorado honoris causa en teología, que se me confiere, para proclamar mi fe, que contiene, en parte, la teología que ha inspirado mi vida.

Esta es mi profesión de fe.

Creo en Dios, en el Dios de amor, Señor de la historia, creador del universo y creador del hombre y de la mujer, que oyó los lamentos de su pueblo y lo liberó de la dominación para hacerlo un pueblo libre, unido a Dios. Creo en Dios todopoderoso y creo en el Dios todo amor y benignidad.

Creo en el Dios que bajo a liberar al pueblo de la esclavitud y creo en el Dios que sigue bajando ahora para continuar su obra de liberación, en tantos oprimidos, en nuestro país y en el mundo entero.

Creo en Dios que escogió a Abraham para padre de todos los creyentes, que llamó a Moisés para guiar al pueblo a la libertad y que sigue buscando nuevos Moisés, que liberen a su pueblo.

Creo en Dios que nos invitó, por los profetas, a vivir una nueva vida y a decirnos que su plan de salvación no tiene estructuras injustas, que atacan y discriminan las personas. En una palabra, creo en el Dios que siempre nos pregunta: ¿Dónde está tu hermano?.

Creo en Jesucristo, Dios, que se hizo hombre en el seno de María, Madre de Dios y nuestra madre. Creo en el misterio radical de nuestra fe, la encarnación que hizo a Jesús en todo semejante a nosotros, menos en le pecado, y por encarnarse como hombre, sufrió pobrezas, escarnios e injusticias, invitándonos a nosotros a saber encarnarnos en el sufrimiento de los pobres y marginados.

Creo en Jesucristo que se hizo hombre para salvarnos y que su último acto de inmolación en la cruz nos valió la redención, que se realiza en la vida de todos los días y cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz.

Creo en Jesucristo que nació y vivió pobre, adelantándose así a todos los pobres del mundo.

Creo en Jesucristo que en su primera alocución pública en Nazaret, nos dijo a qué había venido al mundo “El espíritu del Señor esta sobre mí porque Él me ha escogido para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor” (Lc. 4, 18).

Creo que en El se cumplió ese día la Escritura y creo que los pobres siguen siendo los preferidos de Jesús y que deben ser también nuestros preferidos.

Creo que Jesús sigue buscando liberara a los cautivos de este tiempo de todo mal, cuya raíz es le pecado. Creo que Jesús vino a traer la libertad a los oprimidos por el hombre, por la injusticia, por todo mal y todo pecado.

Creo en Jesucristo, que viendo a la multitud, nos dejó dicho como primer programa del reino que venía a fundar: “Dichosos los pobres porque de ellos es el reino de Dios” (Lc. 5, 20).

Creo en Jesucristo que afirmó que Él era el Mesías, que habría de venir, cuando mandó a decir al Bautista: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la buena nueva” (Lc. 7, 22) y que por lo tanto, esa es la señal que la Iglesia debe dar para hacer presente a Cristo en el mundo y hacerse ella creíble y que esa es la señal que Jesús dio de que los tiempos mesiánicos han llegado.

Creo en Jesucristo que dijo: “Yo soy el buen pastor… el buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jn. 10, 11). Creo que el pastor sólo se identifica con Cristo, cuando está dispuesto a morir cada día por aquellos que lo necesitan, como Monseñor Romero, que treinta días antes de su muerte dejó escrito: “Jesús asistió a los mártires, y si es necesario lo sentiré muy cerca al entregarle el último suspiro. Pero más valioso que el momento de morir es entregarle toda la vida, y vivir para él” (Apuntes de retiro, 25 de febrero de 1980).

Creo en Jesucristo que dijo: “a mí nadie me quita la vida, sino que yo la doy”, pero que terminó como un condenado a muerte por los representantes oficiales de la religión, un crucificado por el imperio romano, en Palestina, que ha sido resucitado por Dios, como prueba que Dios está de su parte y en contra de todos los poderes que acabaron con él.

Creo en Jesucristo que dijo: “El que quiera venir en pos de mí, tome su cruz y sígame.” Predicar hoy a Jesucristo y su cruz, significa también comprometerse en la construcción de un mundo, donde sean menos difíciles el amor, la paz, la justicia, la fraternidad, la apertura y la entrega a Dios. Esto lleva consigo denunciar las situaciones que engendran el odio, la división. Aceptar la cruz que conlleva esta lucha, es cargar con la cruz como lo hizo el Señor.

Creo que cargar con la cruz, como Jesús, significa solidarizarse con los crucificados de este mundo: los que sufren violencia y pobreza y se sienten deshumanizados y privados de sus derechos y dignidad de seres humanos.

Creo en Jesucristo que nos dijo, por medio de Marcos: “El tiempo se ha cumplido y está cerca el reino de Dios; conviértanse y crean en la buena noticia” (Mc. 1, 15). Creo que la irrupción de su reino es una buena noticia para los pobres: la noticia de que su situación debe cambiar de raíz, no para convertirlos de pobres a ricos, sino para inaugurar una nueva forma de sociedad, donde se haga posible la solidaridad, que es la felicidad compartida, en la mesa común de los hermanos.

Creo en el Espíritu Santo por cuya obra se encarnó Jesús en el seno de María, dejando con ello a su Iglesia el mandato esencial de saber encarnarse, como Él, en los dolores y angustias de una humanidad sufriente. Creo que si la Iglesia no busca afanosamente su encarnación en el hombre y la mujer que sufren, no es la Iglesia de Jesucristo.

Creo en el Espíritu Santo que llevó a Jesús al desierto para ser tentado y con la fuerza del Espíritu, rebatió al Espíritu del mal, que lo incitaba a apartarse de su misión y con ello dio ejemplo a su Iglesia de ser siempre fiel a su misión, rechazando las tentaciones de poder, prestigio y privilegios.

Creo en el Espíritu Santo, en cuyo poder creemos y no en las riquezas y el poder terreno.

Creo en el Espíritu Santo que en pentecostés descendió sobre los apóstoles, como ha descendido sobre todos nosotros y que es fuente de vida y juventud y guía de su Iglesia, en el camino de la verdad completa, verdad sin la cual no seremos libres. Creo que ha venido sobre nosotros, todos, y nos invita a crear un mundo nuevo, donde todos tengamos por padre a Dios y vivamos como hermanos.

Creo en el Espíritu Santo que nos enseña a existir viviendo la vida del Espíritu que es la vida del hombre entero, cuerpo y alma.

Creo en Pablo, el apóstol, que nos dice: “Donde está el Espíritu del Señor ahí está la libertad (2Cor. 3, 17). Creo que el Espíritu Santo es libertad, libertad de amar, libertad de orar, libertad de pensar y decidir y que como dice el concilio, el pueblo de Dios: “Tiene como condición la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo” (Lumen gentium, 8).

Creo en la Iglesia, a la cual amo apasionadamente, porque Ella no está hecha en la tierra, está hecha en la Trinidad y no hay amor más grande que el amor y la solidaridad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios es sólo amor y amor debe ser la nota constitutiva de la Iglesia.

Creo en la Iglesia, que como Jesús, debe amar al pueblo, se solidariza con él, y se inmola por él. No creo en una Iglesia fría, indiferente y distante, a quien no le duelen los dolores del pueblo.

Creo en la Iglesia que reparte la gracia de Dios en su palabra y en sus sacramentos y que no ve sólo almas, sino también cuerpos que necesitan redención.

Creo en la Iglesia que se encarna, como Jesús y se acerca para salvar, “porque ha oído el clamor de su pueblo y se ha acordado de él”. No creo en una Iglesia que no ve, que no oye y que no siente. Creo en la Iglesia misericordiosa y tierna para dirigirse a los pequeños. Creo que todos sin excepción son sus hijos, pero que en ella hay quienes más necesitan de su amor y ternura: los pobres, los enfermos y necesitados de todos los tiempos.

Creo en la Iglesia que, como Jesús, se hace semejante a los hombres como rasgo esencial de su misión, y sabe compartir sus dolores y tristezas y busca liberarlos del pecado que los oprime.

Creo en la Iglesia que “está comprometida con la causa de los pobres, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la Iglesia de los pobres”, tal como lo expresa textualmente Juan Pablo II, en la Laborem Exercens, y por eso, no creo en una Iglesia que no está comprometida con los pobres, ni los ve como su misión, ni como su servicio, contradiciendo el evangelio y contradiciendo al pastor supremo.

Creo en la Iglesia que juzga para cumplir su misión “es su deber permanente estructurar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del evangelio; de forma que acomodándose a cada generación, pueda responder a las perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la mutua relación de ambas (Gaudium et Spes, 4). Creo en la Iglesia que analiza siempre los signos de los tiempos, como acontecimientos del Espíritu, que atañen a los hombres.

Creo en la Iglesia: “que no pone su esperanza en privilegios dados por el poder civil; más aún renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimos adquiridos, tan pronto como conste que su uso puede poner en duda la sinceridad de su testimonio” (Gaudium et Spes, 76).

No creo en una Iglesia que busca apoyarse en el dinero o en el poder civil, olvidándose así de Jesús pobre y libre. Creo, finalmente, que los pequeños y los pobres van a condicionar nuestra entrada al Cielo, así lo afirmó Jesús al decirnos en san Mateo: “Vengan benditos de mi Padre a tomar posesión del reino… porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber; forastero y me recibieron en su casa; anduve sin ropas y me vistieron. Enfermo y fueron a visitarme. En la cárcel y me fueron a ver” (Mt. 25, 34-36).
Creo que es una verdad de fe divina que él está presente en los pobres y pequeños cuando nos dice. “Siempre que no hicieron esto con alguno de estos más pequeños, conmigo dejaron de hacerlo” (Mt. 25, 45).

Esta es mi simple teología, esta es mi profesión de fe, esto es lo que este doctorado me ha hecho expresar y pensar. Sólo le pido a Dios que perdone mis infidelidades y que nuestra Iglesia crezca en el amor a Dios y a los pobres y en la defensa de la persona humana; que sea cada vez más, una Iglesia “sin mancha ni arruga”, como Jesús y el mismo magisterio de la Iglesia la desean.

Gracias de nuevo a ustedes y a esta universidad por este inmerecido reconocimiento.


San Salvador, 8 de noviembre de 2002.
 

 

 

 

ARTÍCULOS

 

Memoria histórica: relato desde las víctimas

Mauricio Gaborit S.J.

 

La salud mental de las sociedades donde se ha dado, permitido y amparado la violencia pasa por la recuperación de la memoria histórica. Los intentos de todas aquellas personas o instituciones que no desean que las desapariciones, las masacres y las torturas queden relegadas al olvido, lejos de caldear ánimos y reabrir heridas ya cicatrizadas, vienen a cerrar esas heridas, que han permanecido abiertas, y a reforzar la cohesión y el orden social. El recordar, es decir, la acción de hacer memoria, y las narraciones que de ella se desprenden no son una simple discusión verbal que intenta reconciliar versiones distintas de eventos acaecidos en el pasado Es la acción que empodera a las mayorías populares, a las víctimas y a sus familiares, de decir y decirse justicia y que va moldeando un conjunto de actitudes prácticas, cognitivas y afectivas, que posibilitan una verdadera reconciliación social. La recuperación de la memoria histórica es, por lo menos para el caso de El Salvador, indispensable para construir una historia que responda a las experiencias y vivencias de las mayorías, que no sea elitista ni, en definitiva, ignorante, ni enajenante.
 

 

La violencia ubicua y el abuso infantil

Mauricio Gaborit S.J.

 

En este artículo, el autor explica los mecanismos que propician algunas formas de violencia. En este sentido, sostiene que la encontramos en las sociedades que poseen un alto índice de desigualdad y de asimetría en el ejercicio del poder, y es ejercida por quienes sustentan ese poder con el argumento de obtener beneficios sociales, económicos y psicológicos. Menciona, asimismo, el carácter instrumental de la violencia y su dimensión simbólica o significada, que explican tanto las acciones violentas que se suscitan en las relaciones interpersonales y familiares como las que ocurren en el ámbito social y político. Específicamente menciona los factores que posibilitan el abuso y el abandono infantil, los cuales constituyen formas recurrentes y generalizadas de violencia en El Salvador.
 

 

Construyendo el pasado: la memoria como práctica social

Félix Vázquez Sixto

 

En este artículo, el autor esboza una propuesta alternativa para investigar y comprender la memoria social. Frente a los enfoques dominantes, se propone un estudio de la memoria examinado como proceso y producto social, donde se destaca su carácter comunicativo y el papel indispensable del contexto histórico, social y cultural para construirla, mantenerla y hacerla circular. Se enfatiza también la importancia de las prácticas sociales en la construcción de versiones sobre el pasado y el carácter argumentativo y retórico que supone hacer memoria. Asimismo, se pone de manifiesto la vinculación del hacer memoria con los contextos comunicativos y las producciones discursivas vigentes en la sociedad, poniendo de manifiesto su carácter de producción de presente y su papel de vínculo relacional creador de espacios de posibilidad sostenido en la acción social.
 

 

Discurso oficial y reparación social

Carlos Iván Orellana Calderón

 

En 1992 se firmaron los acuerdos de paz y, de cara a la transición en la que se embarcaba, El Salvador tuvo ante sí una invaluable ocasión para intentar elaborar y asimilar la experiencia de guerra, vivida durante más de una década. Sin embargo, esta oportunidad fue ignorada o distorsionada, en el mejor de los casos. Diversos obstáculos impidieron que un proceso de reparación social se desarrollara, con lo que de nuevo las demandas sociales de justicia y verdad se vieron frustradas. Entre estos obstáculos destaca el discurso oficial como un mecanismo de control social muy ideológico que, con sus contenidos y difusión particular, ha contribuido a deslegitimar e impedir todo esfuerzo reparatorio. El que la reparación social no se haya desarrollado en el país, conlleva serias implicaciones psicosociales y la relación existente entre ésta y el discurso oficial, apunta a la existencia de un conflicto del mismo orden, el cual mantiene vigente el dilema de enfrentarse al pasado de la guerra o conformarse con un presente, que invita a proyectarse de forma amnésica hacia el futuro.
 

 

Hacia una ciencia social emancipadora.

Reflexiones en torno a la obra de Ignacio Martín-Baró

Luis de la Corte Ibáñez

 

El autor hace ciertas reflexiones sobre la obra de Martín-Baró, aunque explica que no es partidario incondicional de la teología de la liberación, que no define su postura política como “de izquierda” y que es enormemente escéptico acerca de cualquiera de los llamados “grandes relatos” modernos y ante lo que Karl Popper describió como propiedad misérrima de todas las ideologías. ¿Cuáles son, entonces, su punto de vista y sus razones para reivindicar la figura intelectual de Martín-Baró? Pese a estas diferencias ideológicas, el autor ha logrado “comulgar” con Ignacio y con gran parte de su perspectiva intelectual y ética. Su objetivo es recordarlo en relación con aquellas sugerencias y aportaciones que, extraídas de su contexto original, le siguen pareciendo oportunas y valiosas para construir una psicología social a la altura de nuestro tiempo. En tal sentido, considera que cualquier discusión sobre la vigencia o caducidad de la obra de Martín-Baró habría de dirimirse mediante argumentos fundamentalmente intelectuales y científicos, antes que con meras alusiones a las coordenadas políticas e ideológicas, que influyeron en su pensamiento. Refiere que no es exagerado afirmar que Martín-Baró ha constituido un hito en la historia de la psicología social, dado que su aporte intelectual podría orientar el desarrollo de una futura ciencia social, comprometida con la difusión de la libertad y los derechos humanos de este siglo.
 

 

Apoyo psicosocial en tiempo de oscuridad: una experiencia compartida en El Salvador

Sol Yánez

 

El texto trata de describir el camino de apoyo psicosocial emprendido con un grupo de familiares de víctimas de violaciones de derechos humanos. Intentamos explicar cómo, a través de las narraciones, el diálogo y las acciones compartidas, estos familiares reconstruyen, en ese grupo, su memoria y su tejido social. Por un lado, describe el paradigma desde el cual acompañamos a los familiares y, por otro, compartimos las experiencias surgidas al hilo del proceso del grupo. Argumenta que el apoyo psicosocial, en su acompañamiento, constituye una relación entre iguales, con propósito e intención compartidos, y que las relaciones se establecen a través de las unidades narrativas de nuestra vida. Estas narraciones o relatos compartidos con el grupo de familiares, visibilizan el rostro y la voz de la injusticia, de la impunidad y del sufrimiento. En el diálogo y las experiencias compartidas se pueden crear lazos de apoyo mutuo y proyectar acciones par buscar la verdad y la justicia.
 

 

 

 

COMENTARIOS

 

El gobierno se prepara legalmente para la conflictividad social

Horacio Cerutti

 

Absurda politización de la crisis del sistema nacional de salud

Luis Ernesto Romano

 

Tropelías a la salud pública en tiempos de la globalización

Luis González y Luis Alvarenga

 

 

 

 

CRÓNICA DEL MES

Noviembre-diciembre 2002

 

Leyendo el Diario Oficial

Marzo-abril de 2002

 

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