| Mientras el gobierno parece creer a pie juntillas
que el país avanza con paso firme y seguro hacia “la cima del
desarrollo”, “por la ruta de la libertad” y, por lo tanto, demanda
“redoblar esfuerzos” y “hacer acopio de todo nuestro optimismo” (ver
discurso anual del presidente Flores, en la sección de “Documentación”
de esta edición), la población observa el acontecer nacional con
indiferencia. Del desánimo y la frustración primeras ha pasado a un
segundo estadio de la apatía y escepticismo. Contrario a las
insistencias del presidente Flores, no son pocos los que piensan que el
país carece de rumbo y que las posibilidades se habrían agotado. Frente
a este panorama, muchos se preguntan qué hacer. Ignorar la realidad no
es una buena solución; alimentar la confrontación política y social
tampoco contribuye a resolver los problemas de la gente.
No obstante, los dos partidos grandes han adoptado esta última opción
como línea política fundamental. La política de ARENA tiene como
propósito destruir al FMLN, su adversario principal, para así imponer su
visión del país sin contratiempos; éste, por su lado, ha reaccionado en
términos similares. Esta confrontación política mantiene a la sociedad
dividida en tercios: el que simpatiza, aunque de una manera difusa, con
el gobierno y ARENA; el contrario al gobierno y ARENA, el cual no se
aglutina necesariamente alrededor del FMLN, pues no tiene la capacidad
de su contrincante para reunir a quienes están en su contra, y el que se
mantiene al margen de estas alternativas. Estas divisiones, en
apariencia irreconciliables, imposibilitan cualquier acuerdo social e
incluso legislativo. Este último sólo es posible por medio de la
negociación de cuotas de poder, en la derecha. Aunque el acuerdo es
necesario para resolver los graves problemas nacionales, los dos
partidos grandes apuestan a derrotarse para imponer, desde el poder, sus
ideas. Los dos se consideran mutuamente excluyentes. Así, enfrascados en
su lucha, ambos dejan de lado a los más de dos millones de salvadoreños
que viven en la indigencia y la pobreza.
Esta dinámica de neutralización de fuerzas y bloqueo recíproco ha hecho
que El Salvador pierda la poca capacidad que había adquirido, a
comienzos de la década de los noventa, para decidir sobre asuntos
fundamentales. En la actualidad, cualquiera de los dos partidos grandes
que pretenda la aprobación de un proyecto de ley, debe hacer alianza con
los otros. Sin embargo, en la práctica, ARENA tiene el control, porque
el FMLN ha mostrado no tener capacidad para hacer tales alianzas. Esta
situación se presta al tráfico de votos en la Asamblea Legislativa, a
cambio de cuotas de poder y dinero. Sin duda, esta situación es incómoda
para ARENA, que se dispone a reconquistar su independencia en las
próximas elecciones, para lo cual debe conseguir la mayoría de los
escaños legislativos. Si se sale con la suya, fortalecerá su posición,
pero eso equivaldría a imponer decisiones partidarias a la generalidad.
La imposición será mayor si, además de controlar el poder legislativo,
consigue —y tiene muchas probabilidades— retener el poder ejecutivo un
nuevo periodo.
La cuestión crucial aquí no es cuál de los dos partidos saldrá
victorioso de esta confrontación, sino la situación precaria de la
mayoría de la población salvadoreña, la cual se debate entre la vida y
la muerte. Es por eso que los problemas que la afectan deben ser sacados
del contexto de la lucha política partidaria, librada por estos dos
partidos, para convertirlos en tema fundamental de un gran acuerdo
nacional. El mecanismo que se ofrece para ello es un diálogo con alcance
nacional, tanto por su problemática, como por sus participantes y sus
consecuencias. Si fue posible resolver el conflicto armado por medio de
un diálogo, seguido de una negociación, hay sobradas razones de orden
social, político y ético para intentarlo de nuevo; esta vez, para
enfrentar la situación de pobreza e indigencia de la población
salvadoreña. De lo que se trata es de hacer realidad los derechos
económicos y sociales de todos. Es una cuestión básica de derechos
humanos: del derecho a la vida.
|