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Los desafíos del Procurador de Derechos Humanos

   
  La ILEA en El Salvador
   
  La empresa Just Garments cierra en medio de abusos ¿Las trabajadoras necesitan apoyo
   
  Por la dignidad de las víctimas, no a los criminales impunes
   
  La verdadera paz, pues, es fruto de la justicia. El IDHUCA ante los quince años del acuerdo de Chapultepec
COMUNICADO DE PRENSA

El 20 de noviembre del 2007 la Corte Interamericana de Derechos Humanos dictó sentencia en el caso “García Prieto y Otro Vs. El Salvador”. En ésta, dicha Corte estableció la responsabilidad estatal en la violación de los derechos a las garantías judiciales, a la protección judicial y a la integridad personal de Gloria Giralt de García Prieto y José Mauricio García Prieto Hirleman, tanto por no haber realizado una “investigación completa” como por la “falta de la debida diligencia para actuar de oficio por parte de las autoridades policiales y judiciales de El Salvador, así como el retardo en el pronunciamiento de la resolución judicial para concluir la investigación de los hechos”1 sobre el asesinato su hijo,  Ramón Mauricio García Prieto Giralt.

La sentencia confirma que “existió, por parte de las autoridades policiales y fiscales, una falta de diligencia en la conducción de la investigación, lo cual ha impedido el esclarecimiento e identificación de los autores responsables de las amenazas y hostigamientos en contra de algunos miembros de la familia García Prieto Giralt, así como su procesamiento y eventual sanción. Además, la falta de una investigación adecuada y seria ha permitido la continuidad de tales actos hasta el presente”. 2

También determinó la existencia de responsabilidad oficial en la violación de los derechos a las garantías judiciales, a la protección judicial y a la integridad personal de las mismas víctimas, “por el incumplimiento del deber de investigar las amenazas y hostigamientos sufridos por el señor José Mauricio García Prieto Hirleman y la señora Gloria Giralt de García Prieto […]”.3

En la parte dispositiva de la sentencia, la Corte ordenó al Estado  “[…] concluir las investigaciones pendientes respecto al homicidio de Ramón Mauricio García Prieto y las amenazas y hostigamientos, en un plazo razonable […]”.4 En tal sentido, “ debe utilizar todos los medios disponibles para hacer expedita la investigación y los procedimientos respectivos, y así evitar la repetición de hechos como los del presente caso”. 5

Pese a todo lo anterior, transcurridos más de seis meses desde la notificación de la sentencia, las víctimas no han sido informadas sobre la estrategia o los avances en las indagaciones fiscales tanto por el homicidio de Ramón Mauricio, como por las amenazas y hostigamientos contra los señores García Prieto Giralt. En cambio, el Estado salvadoreño ha solicitado a la Corte una interpretación de la sentencia; pero eso no lo exime de su obligación de cumplirla, pues el artículo 59.4 del Reglamento de la misma dispone que “la demanda de interpretación no suspenderá la ejecución de la sentencia”.

1 Párrafo 116 de la sentencia.
2 Párrafo 159 de la sentencia.
3 Párrafo 160 de la sentencia.
4 Párrafo 5, parte dispositiva de la sentencia.
5 Párrafo 195 de la sentencia.

Transcurridos catorce años desde el asesinato de Ramón Mauricio, sus padres siguen exigiendo justicia. Por lo anterior, el pasado 6 de junio se reunieron con el Fiscal Adjunto de Derechos Humanos para:

  1. Pedir información sobre la estrategia diseñada para investigar los hechos aludidos o que la misma se defina en el plazo más breve posible.
  2. Solicitar el nombramiento de un fiscal especial –como en ocurrió con los “títulos irregulares”, “ANDA” y “casinos”– para el esclarecimiento de los casos García Prieto Giralt y Katya Miranda.
  3. Reiterar la buena disposición de las víctimas de colaborar con la Fiscalía General de la República para que el Estado cumpla su obligación de investigar, juzgar y sancionar a los responsables de las violaciones de derechos humanos en el presente caso.

Finalmente, Gloria y Mauricio –víctimas de la impunidad, pero ejemplo de lucha para la sociedad en la posguerra– requieren de la población digna del país su solidaridad, para derrotar la injusticia en su contra y sanear, de una vez y para siempre, El Salvador. La situación del país es insostenible, precisamente por la impunidad imperante que favorece en diversos ámbitos a grupos o figuras poderosas, sin importar el agravio intolerable que le generan al resto de la colectividad. Es tiempo, ya, de acabar con eso mediante la unidad de las víctimas en contra del abuso oficial.

San Salvador, 9 de junio del 2008.

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Posición del IDHUCA ante el proyecto de Código Procesal Penal

Es un hecho objetivo que la realidad es dinámica y, por tanto, está sujeta a transformaciones permanentes. Ante eso, el Derecho debe estar en sintonía con dichos cambios sociales, económicos y políticos para intentar mantener la armonía y –de alguna manera– la cohesión entre todas las personas y los sectores de una colectividad.

Ello ocasiona que todas las leyes, de la naturaleza que fueren, son susceptiblesa modificaciones de acuerdo con los signos de los tiempos y las necesidades concretas de los pueblos. En esa línea, las normativas penal y procesal penal no son la excepción; deben, necesariamente, adaptarse a las exigencias que demanda la realidad así como a la propia evolución jurídica de las principales conceptos e instituciones.

Así, es indiscutible que cualquier Derecho Penal o Procesal Penal moderno deben incluir en sus disposiciones todos los componentes y aportes sobre garantías y derechos fundamentales que devienen de los grandes avances en materia de derechos humanos. De igual forma, se deben considerar el lamentable incremento y perfeccionamiento que ha tenido la delincuencia nacional y transnacional, sobre todo la organizada, la cual ha penetrado vitales instituciones estatales y amenaza con socavarlas.

Pero, además, se debe traer a colación de manera muy especial las realidades cultural, social, histórica y hasta política en las que se va a aplicar dichas disposiciones legales; ignorar estos aspectos contextuales básicos puede volver ineficientes o inútiles los propósitos contenidos en cualquier legislación.

Con estas breves palabras se pretende irle abriendo campo a la discusión integral sobre el proyecto de Código Procesal Penal propuesto por la Comisiónad hoc para el estudio del mismo, presentado en noviembre del 2007 ala Asamblea Legislativa por la Unidad Técnica Ejecutiva del Sector de Justicia y con el cual –de ser aprobado– se pretende derogar el Código Procesal Penal vigente desde abril de 1998.

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IDHUCA Y APES EXIGEN RESPETO A LA LIBRE EXPRESIÓN

“El asesinato, secuestro, intimidación, amenaza a los comunicadores sociales, así como la destrucción material de los medios de comunicación viola los derechos fundamentales de las personas y coarta severamente la libertad de expresión.Es deber de los Estados prevenir e investigar estos hechos, sancionar sus autores y asegurar a las víctimas una reparación adecuada.” (Artículo 9, Declaración de Principios sobre Libertad de Expresión)

Siempre que puede, el presidente Antonio Saca se declara defensor de la libertad de expresión y presume de su gobierno como un garante de su respeto. Pero la realidad es otra. Mucha gente es víctima de la inestabilidad laboral; sin embargo, en el caso de las y los periodistas ésta compromete su independencia. Al final del 2007, por ejemplo, un comunicador radiofónico fue despedido sin indemnización. En otro ámbito, está la agresión policial contra Alex Nolasco, del Canal 21, en Cutumay Camones; también la captura y prisión de Haydeé Chicas, encargada de comunicaciones del Comité Cristiano Pro Desplazados de El Salvador (CRIPDES). Todas son señales inquietantes que no deben obviarse, en medio de un clima generalizado de violencia que ha alcanzado al gremio como en el caso del asesinato de Salvador Sánchez, corresponsal de Radio Cadena “Mi Gente” y YSUCA, hace cuatro meses.

A esos hechos se agrega otro reciente. Desde inicios de enero, el empresario William Chamagua –propietario de Radio “Cadena Mi Gente”– así como el personal de la emisora han recibido amenazas de muerte a causa de su labor informativa; éstas ya fueron denunciadas al más alto nivel en la Policía Nacional Civil y la Fiscalía General de la República, con el acompañamiento del IDHUCA y la APES. Las autoridades se comprometieron a investigar los hechos a la brevedad posible.

No obstante, a dieciséis años de la firma del Acuerdo de Chapultepec y el inicio de los esfuerzos por democratizar al país, es deplorable que la libre difusión de ideas, pensamientos e información sea empañada por amenazas serias con las que, según parece, se pretende callar voces críticas a la actual gestión gubernamental. Garantizar la vigencia de estos derechos, es una obligación que adquirió el Estado salvadoreño cuando ratificó la Convención Americana de Derechos Humanos.

Este caso cuestiona el supuesto clima favorable para la inversión extranjera y el sistema de libertades que pregona el presidente Saca. Chamagua –socio mayoritario de Radio Cadena “Mi Gente”– es un emigrante salvadoreño comprometido con el desarrollo del país y la democratización de la palabra. Su situación de riesgo es muestra de lo lejos que se encuentra El Salvador de la tan difundida paz social, así como del irrestricto respeto de los derechos humanos.

En el marco de una campaña preelectoral adelantada, inconstitucional y tensa como la actual, el libre ejercicio periodístico es fundamental para monitorear las acciones de los políticos y dar espacio a la voz ciudadana. Atentar contra los medios de difusión mina la posibilidad de que la población se informe y participe racionalmente, pidiendo cordura a los partidos y escogiendo la mejor opción para ser representados.

Ante estos hechos, el IDHUCA y APES exigen:

  • A la Policía Nacional Civil y la Fiscalía General de la República que se investigue, pronto y de forma eficaz, la denuncia presentada por la víctima para esclarecer los hechos y determinar las responsabilidades del caso.

  • A la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos que supervise y acompañe las indagaciones, garantizando el respeto a la vida y a la integridad –tanto física como moral– del propietario y de todo el personal que labora en la estación.

  • Al presidente Saca que cumpla su deber de asegurar el libre ejercicio del periodismo sin obstáculos laborales y riesgos personales, realizando todos los esfuerzos necesarios para prevenir que ocurran más hechos intimidatorios o de otro tipo que entorpezcan esa labor.

San Salvador, 21 de enero del 2008.

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URGE ENCAUZAR EL PAÍS HACIA LA PAZ

Los hechos recientes ocurridos en Cutumay Camones confirman que El Salvador se dirige hacia una crisis más profunda y ponen en entredicho los supuestos avances, logrados tras la firma de los acuerdos que pusieron fin a la guerra. Cada vez más, la población ocupa espacios públicos exigiendo respeto de sus derechos; no le queda otra, por el mal servicio que le presta un sistema de justicia y otras instituciones inoperantes cuando busca solucionar sus legítimas demandas. Y después, lo que recibe como respuesta es la acción represiva de las autoridades. En el presente año declarado oficial y pomposamente como el de “la paz social”, da fe de lo anterior –por citar tres ejemplos– lo acontecido en Tacuba, Suchitoto y Cutumay Camones.

Así reacciona el gobierno. Primero golpea a la gente con el incremento del costo de la vida y la grave alteración de sus condiciones ambientales; luego, lo hace mediante la fuerza excesiva e injustificada de una Policía Nacional Civil distante del sueño de 1992 –cuando sustituyó a los antiguos cuerpos de (in)seguridad– y cercana, para mal del país, a los primeros círculos de un infierno con el que nadie –por acción u omisión– debería coquetear. Lejos de ser garante del respeto de los derechos humanos, se está convirtiendo en el brazo represor del opresor al actuar en función de intereses políticos, partidistas y empresariales. De esa brutalidad no se ha librado ni la prensa.

En el plano normativo, impone leyes coercitivas para frenar con antelación cualquier intento de construir un movimiento social amplio y creativo, fuerte y participativo. Decretar una ley “especial” antiterrorista, crear tribunales con “dedicatoria” e incluir en el Código Penal el delito de desórdenes públicos agravados con prisión de cuatro a ocho años, sin posibilidad de sustituir esa pena por otra medida, son ejemplos recientes.

¿Qué harían quienes habitan lujosas residenciales si les montaran un relleno sanitario en la puerta de sus mansiones o suspendieran el servicio de agua para su consumo unos días, sin que nadie resolviera su problema? Protestarían, como cualquiera. ¿Les echarían entonces los antimotines? ¿Les dirían “terroristas”? No, obvio, porque este es un país con dos caras. La del glamour, de los pocos que tienen mucho, de los que salen del territorio a derrochar su riqueza, de los que pagan seguridad privada para tener tranquilidad, de los que se cobijaron con el manto de la impunidad y –por ahora– siguen gozando de ésta. Esa es una; pero está la otra sangrienta y doliente de las más de diez muertes violentas al día; la de quienes viven atormentados por la inseguridad permanente y pagan “renta” o una “cora” para que no les pase algo; la de quienes no recibieron ni reciben justicia y salen a buscarla junto a la gente que emigra en balsas, trenes, camiones, buses o a pie en pos de oportunidades de desarrollo.

Elcaso de Cutumay Camones, además, muestra otra arista de la crisis que se cierne sobre el país. Esos intereses particulares, en el marco de una campaña electorera más adelantada que nunca y por ende inconstitucional, son combustible barato para la confrontación y la violencia. En el afán de desacreditar, obstruir y anular al adversario, es la población más necesitada la que sufre –como en la guerra– las consecuencias lamentables de una disputa sin fin entre dos polos encontrados.

Por lo anterior, el IDHUCA hace un enérgico llamado a:

  1. Detener las acciones represivas contra la población y establecer el diálogo como medio para solucionar los problemas sociales. El Estado se debe a la gente; por tanto, tiene que aprender a escucharla y colocar el bien común por encima de cualquier interés particular de partido políticos, empresarios u otros.

  2. Poner la fuerza policial en función del respeto de los derechos humanos. Es necesario rescatar su espíritu originario para que atienda las protestas sociales de forma proporcional, sin atentar contra la vida o la integridad de la población.

  3. Liberar a las personas inocentes detenidasen Cutumay Camones el pasado viernes 23 de noviembre que acusan de cometer los delitos de desórdenes públicos, lesiones y daños agravados.

  4. Dejar de lado, de una vez por todas, la confrontación como estrategia electorera. Los partidos políticos deben pensar antes en las necesidades del país y en su estabilidad, que en sus ansias de poder; no pueden ni deben seguir jugando con las necesidades de la gente.

  5. Crear los tribunales ambientales para que conozcan, resuelvan y castiguen a quienes dañen los recursos naturales necesarios para la subsistencia de la población.

  6. Consolidar un movimiento social inteligente, con gran imaginación y capacidad para frenar los atropellos de quienes han secuestrado la institucionalidad.

Aún es posible cambiar el rumbo de El Salvador que ahora va hacia una progresiva ingobernabilidad. Ante las medidas autoritarias como las adoptadas este año, la participación ciudadana decidida y responsable es fundamental para empujar al Estado hacia el camino apropiado de la democratización y el respeto de los derechos humanos sobre la base de la verdad la justicia y la reconciliación. Ese es el verdadero sendero hacia la paz.

San Salvador, martes 27 de noviembre del 2007.

 

 

Derechos humanos, pactos y elecciones. Cátedra de realidad nacional (14-11-2007)

Reflexionar sobre estos asuntos en la realidad de nuestro país, profundamente dividido en diversos y esenciales ámbitos, no es tan difícil; pero tampoco es tan satisfactorio. No es difícil, porque las cosas están claras. Pero no es grato porque esa claridad no la genera una luz al final del túnel, sino que es producto de un escenario en el cual son demasiado obvias las posiciones intolerantes, con poca o nula perspectiva de Patria y a veces hasta torpes, que no alcanzan a ver en la persona humana “el origen y el fin de la actividad del Estado” como ordena el primer artículo constitucional. Eso ocurre, pese a contar con documentos internacionales y acuerdos nacionales –junto a opiniones y propuestas de una sociedad preocupada por el rumbo del país– que bien podrían orientar a cualquiera con la suficiente voluntad y la necesaria destreza para culminar con éxito el proceso de pacificación nacional cuyos componentes fundamentales se establecieron en Ginebra, el 4 de abril de 1990, con la rúbrica de las representaciones estatal e insurgente.

El fin del conflicto armado era el primero de esos grandes pasos a dar para llegar a la paz. Pero a ese le seguían otros tres: “impulsar la democratización del país, garantizar el irrestricto respeto de los derechos humanos y reunificar a la sociedad salvadoreña”. El del inicio, aparentemente el más complicado, se dio y muy bien. Acabó la guerra “por la vía política al más corto plazo posible”, sin que un solo proyectil se cruzara y mucho menos un combate se entablara entre los ejércitos gubernamental y guerrillero. Pero, ¿y los demás? El análisis de lo ocurrido lo hago desde el trabajo del IDHUCA, cuyo origen y fin –en palabras de su fundador, el mártir Segundo Montes– es la mayoría de la población que “lejos de poder satisfacer sus necesidades básicas”, es víctima de “una secular situación de injusticia estructural” y de “múltiples formas de violencia”.

De 1980 en adelante, las perspectivas de una real democratización se alejaron más y sólo volvieron a presentarse cuando acabó la guerra. Bien había quedado establecido en el citado Acuerdo de Ginebra, el que marcó el rumbo del proceso a impulsar, que esa era el siguiente paso. ¿Qué ha ocurrió en ese ámbito? ¿Se avanzó? ¿Cuánto? ¿Por qué? La Carta Democrática Interamericana señala en su segundo artículo lo siguiente: “El ejercicio efectivo de la democracia representativa es la base del estado de derecho y los regímenes constitucionales de los Estados Miembros de la Organización de los Estados Americanos. La democracia representativa se refuerza y profundiza con la participación permanente, ética y responsable de la ciudadanía en un marco de legalidad conforme al respectivo orden constitucional”.

¿Participa en esas condiciones la población salvadoreña para profundizar, así, la democracia representativa en el país? Comencemos por algo de lo más relevante: las “reglas del juego” las quebranta cualquiera de manera impune, sobre todo las autoridades encargadas de garantizar que sean respetables y respetadas. Es el caso, primero, de la Asamblea Legislativa que el 21 de julio del 2004 acordó incluir nombrar magistrado del Tribunal Supremo Electoral a Julio Moreno Niños violando, flagrante y descaradamente, la Constitución. Tres años después y pese a que hay más de un recurso admitido por la llamada Corte “Suprema” de Justicia impugnando la elección de Moreno Niños, el ente rector de los comicios –integrado de esa forma– ha adoptado decisiones cruciales que sólo han contribuido a una mayor polarización partidista y al deterioro de la credibilidad ciudadana en la supuesta “democracia” salvadoreña; “democracia” que como una especie de Rey Midas, pero al revés, para mal nacional convierte en indigno lo que debería florecer como supremo: impartir justicia y ejercer el sufragio.

Pero la democracia no termina ahí, según la Carta Democrática Interamericana. Su cuarto artículo establece los “componentes fundamentales del ejercicio de la democracia”: transparencia de las actividades gubernamentales, probidad y responsabilidad de los gobiernos en la gestión pública; respeto de los derechos sociales así como la libertad de expresión y de prensa; y subordinación constitucional de todas las instituciones estatales a la autoridad civil legalmente constituida y el respeto al Estado de Derecho por parte de todas las entidades y todos los sectores de la sociedad.

¿Está el gobierno salvadoreño en la posibilidad de dar la cara sin temor para sostener su solvencia en estos temas? ¿Es una buena carta de presentación el hecho de que sólo acá –a diferencia del resto de países en la región latinoamericana– nunca se haya denunciado e investigado en serio, procesado en los tribunales, sancionado como manda la ley y detenido aunque sea en “jaula de oro” a un ex presidente de la República por corrupción y/o por su responsabilidad en graves violaciones de derechos humanos? ¿Será que todos han sido hombres probos, inmaculados, dignos de toda fe, merecedores del reconocimiento y la gratitud de la sociedad entera? ¿O será que el férreo control de las dos instituciones que tapan la cloaca donde se esconden los delincuentes de cuello blanco y los de camisa ensangrentada –Fiscalía General de la República y Corte de Cuentas– les permiten a esos y otros siniestros personajes de la vida política, económica y social permanecer impunes?

¿Hablamos también del respeto de los derechos sociales, otrocomponente fundamental del ejercicio de la democracia según el citado documento interamericano? Pues resulta que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), al analizar el cumplimiento de los Objetivos del Milenio por parte del Estado salvadoreño, sostuvo en mayo del año en curso que –de superar asuntos “metodológicos” en la medición oficial– en el 2005 la población salvadoreña en situación de pobreza relativa alcanzaría el 58.4% y en pobreza extrema el 27.7%.

Vivimos en un país con dos rostros. Uno: el del glamour, el de los pocos que tienen mucho, el de los que viajan al extranjero a derrochar su riqueza, el de los que pagan seguridad privada para su tranquilidad, el de los que salen en la revista “Blur” de La Prensa Gráfica, el de los que se cubrieron con el manto de la impunidad y siguen –por ahora– regocijándose con ésta. Pero está el otro rostro sangriento, doliente; el de las más de diez personas muertas a diario cuyas fotos –con suerte– aparecen también en el mismo periódico, pero en la “nota roja”; el de quienes no recibieron ni aún reciben justicia y tienen que salir al exterior a buscarla junto a la gente que emigra en balsas, trenes, camiones buses o a pie en pos de las oportunidades que aquí no le ofrecen; el de quienes viven atormentados por la inseguridad permanente y pagan la “renta” o una “cora” para que no les pase algo. En fin, el de la niña Yolan que ahora cumple siete años de ser víctima de la impunidad, tras el asesinato de sus dos hijos Memo y Liquito Carías, de veintinueve y doce años. El de Gloria Giralt de García Prieto, quien sentó en el banquillo de los acusados de la Corte Interamericana de Derechos Humanos a un Estado protector de criminales y están en la víspera de su sentencia. El de Hilda María Jiménez, madre de Katya, quien escapó del país también hace siete años y vive asilada en los Estados Unidos de América junto a su otra hija, Marcelita, tras ser amenazada de muerte por reclamar la justicia que aún no llega.

Estas tres mujeres con su ternura y digna terquedad, su imaginación e inteligencia, le sacaron la máscara que le colocaron al país para cubrirle su rostro doloroso, injusto y ensangrentado, aquellos que aún presumen de un “nuevo” El Salvador. Son estas víctimas valiosas y valientes, junto a otras tantas producto de hechos ocurridos antes de 1992 y después de ese año, las que sin quitar el dedo de la llaga les gritan a los victimarios y a sus defensores, asesores y aliados que las heridas no se han cerraron con el fin de la guerra y que luego de ésta se han abierto muchas más.

Son estas víctimas de la muerte violenta junto a las de la muerte lenta, producto de un régimen económico y social desigual y excluyente, quienes poco o nada fueron consideradas en las negociaciones de los llamados “acuerdos de paz” ni en el “Pacto de San Andrés” y el “Plan de Nación” durante el gobierno Calderón Sol; tampoco en “La Nueva Alianza” y el “Foro de Solidaridad por el Empleo” de Flores, o las mesas de trabajo y el “País Seguro” de Saca; mucho menos en cada ENADE donde se proclama –como ocurrió ayer, en palabras del presidente de la ANEP– que el éxito del país se basa en el “capitalismo moderno”.

No hay pacto ni elecciones que valgan si las víctimas del “mal común” vigente no son la principal parte protagónica de esos acontecimientos. Es necesario eso para evitar más engaño o confusión, en aras de alcanzar un gran objetivo: el de la construcción de una mejor sociedad donde se dignifique a sus víctimas sin distinción y, así, la sociedad se dignifique a sí misma.

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LA IMPUNIDAD: EL GRAN OBSTÁCULO PARA LA PAZ
(En memoria de Manuel Córdova Castellanos)

El pasado miércoles 10 de octubre, una representación oficial estuvo en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) intentando justificar lo injustificable. Los voceros oficiales se enredaron torpemente tratando de explicar y convencer al ilustre organismo regional de la validez y la eficacia de la llamada Ley de Amnistía General para la Consolidación de la Paz. En ese afán persistieron con el absurdo argumento de colocar esa aberración legislativa como el soporte, “la piedra angular”, de la situación actual del país: con algunas dificultades, según éstos, pero armónica y esperanzadora. Así, manifestaron ante la CIDH que dicha ley era producto del consenso de los actores políticos. Claro, hablaban en nombre de los victimarios y no de las víctimas. También sostuvieron que las condiciones del momento en que se aprobó, la exigían; es decir, hace catorce años, cuando se daban los primeros pasos para establecer la democracia de la cual ahora presumen.

Mal lugar y peor momento escogieron para eso. Se les olvidó que la CIDH rechazó esa amnistía desde su aprobación y luego, de manera reiterada, al condenar al Estado por casos infamantes como el magnicidio de monseñor Óscar Arnulfo Romero y la ejecución de seis sacerdotes jesuitas, de Elba Ramos y de su hija Celina en esta Universidad. Como siempre, imaginaron que sus insolentes e insostenibles “argumentos” convencerían a esa Comisión –justamente dedicada a la promoción y defensa de los derechos humanos en el continente– de dar marcha atrás en lo que ha sostenido persistentemente: que su contenido viola la Convención Americana sobre Derechos Humanos y constituye el mayor obstáculo para alcanzar la ansiada paz.

Ante esos hechos, el IDHUCA manifiesta:

  1. Que la amnistía es fruto de una decisión política inconsulta que le ha negado a las víctimas sus derechos a la verdad, a la justicia y a la reparación del daño que les causaron antes, durante y después de la guerra. Con esa ley, además, se premió a criminales peligrosos.

  2. Que la ciudadanía y, principalmente, las personas que sufrieron atropellos ofensivos de la dignidad humana deben saber que esa amnistía viola la Constitución salvadoreña, la Convención Americana sobre Derechos Humanos y otros instrumentos internacionales aceptados y respetados en las verdaderas democracias.

  3. Que existe la obligación insoslayable de derogarla, porque sólo así se podrá enfrentar a quienes antes hicieron del Estado una maquinaria criminal para aniquilar a sus “enemigos” y ahora dan ejemplo de impunidad en otra clase de crímenes.

  4. Que la valoración oficial sobre el cumplimiento de los acuerdos firmados hace más de quince años es excluyente e inmoral, al mentir deliberadamente intentando esconder la situación actual de muerte lenta y violenta que afecta a las mayorías.

  5. Que la impunidad del pasado alimenta la del presente, aunque con nuevos matices. En ese escenario, ya son más de sesenta mil asesinatos los de la “cuenta nueva” después del “borrón” de la amnistía protectora de genocidas.

  6. Que el Acuerdo de Ginebra –el del inicio– estableció los cuatro grandes componentes del proceso de pacificación inacabado en el país: fin de la guerra, democratización, respeto irrestricto de los derechos humanos y reunificación de la sociedad. Sólo uno se alcanzó; el cumplimiento de los tres restantes es la agenda pendiente de la sociedad salvadoreña.

En medio de ese escenario, el vil asesinato de Manuel Córdova Castellanos, un día después del triste papel gubernamental en la CIDH, es una bofetada más al rostro de los criminales que pretenden pasar a la historia como “héroes”, como “personas decentes”, como “empresarios honorables”... La ejecución del único Fiscal General de la República que en la posguerra trató –con suslimitaciones– de derrotar la impunidad, exige una investigación oportuna y profesional porque tras aquélla deben estar agazapados quienes secuestraron las instituciones para su beneficio particular.

EL IDHUCA reconoce públicamente la valiente labor del doctor Córdova Castellanos. Para que los derechos humanos se realicen, es imprescindible contar con funcionarios comprometidos en serio como él con la verdad y la justicia. Asumió investigaciones criminales de alto riesgo y encaró a poderes ocultos e impunes en casos como los de Ramón Mauricio García Prieto, Francisco Velis, las señoras Kalberg y Cromeyer, Lorena Saravia y Adriano Vilanova. También pidió la captura del venezolano Víctor Rivera, alias “Zacarías”, cuya intervención en la ejecución de los diputados salvadoreños en Guatemala ha dado mucho de qué hablar. Además, fue el Fiscal General que condujo la reforma del sistema penal en el marco de los lineamientos establecidos por los llamados “acuerdos de paz”.

Por último, el IDHUCA reitera el llamado a las víctimas de violaciones de sus derechos humanos antes, durante y después de la guerra, que continúan exigiendo o esperando justicia. Éstas y los organismos que las acompañan, junto al resto de la sociedad, deben hacer un frente común para emplazar a un Gobierno que alardea de la solidez de sus instituciones y de la calidad de la democracia salvadoreña. Que el Estado no le tenga miedo, entonces, a comprobar que eso es cierto impulsando la reconciliación nacional mediante el establecimiento de la verdad, la impartición de justicia, la reparación del daño causado a esas víctimas y el estímulo de mecanismos racionales de perdón. Que se atreva; si no, jamás habrá paz en el país.

San Salvador, sábado 13 de octubre de 2007.

Ver archivo de audiencia pública en CIDH:
Proceso de paz en El Salvador. Participantes: Gobierno de El Salvador (Nota: por problemas de audio durante la grabación de la audiencia, el video no se encuentra completo)

Ver archivo de audiencia pública en CIDH:
Caso 11.481 – Monseñor Romero, El Salvador (Seguimiento de recomendaciones). Participantes: Oficina de Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador / Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL)

 

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Comunicado del Movimiento Sin Plomo y el IDHUCA

Desde el 2005, varias comunidades del municipio de San Juan Opico, departamento de La Libertad, denunciaron la contaminación ambiental por plomo a causa de las operaciones industriales de la empresa Baterías de El Salvador S.A. de C.V. Sin embargo, el presidente Elías Antonio Saca, varios de sus ministros y gobiernos anteriores incumplieron su obligación constitucional de proteger la vida y la salud de la población salvadoreña, además del medio ambiente, al tolerar dichas actividades lesivas e ilegales desde mucho antes. Dos años después de las denuncias iniciales,cuando ya se ha agravó la contaminación de la zona, el gobierno ordenó el cierre de la empresa; dicha medida no constituye una respuesta satisfactoria frente al daño producido a las víctimas. Por eso MANIFESTAMOS:

  • Que la responsabilidad estatal de proteger la vida y la salud no se solventa con el cierre de la fábrica. Si éste se realizó respetando la legalidad, es positivo pues evitará daños mayores. Pero, además, se deben determinar todas responsabilidades públicas y privadas; sancionar a quienes autorizaron, toleraron y realizaron diversos delitos ecológicos en el presente caso; y reparar el daño a las víctimas.

  • Que es reprobable la doble moral del presidente Saca, quien en la sede de la Organización de las Naciones Unidas pretende aparecer como un defensor del medio ambiente mientras en el país él y sus ministro de Salud, Medio Ambiente y Trabajo, entre otros, permiten su deterioro y ponen en peligro la vida de sus habitantes.

  • Que es igualmente censurable la actuación negligente y cómplice de la Fiscalía General de la República. Su dejadez en la investigación y las irresponsables declaraciones de su titular han provocado daños irreversibles en la zona y en las personas que viven en esta.

  • Que independientemente del cierre de las instalaciones de la empresa, todas esas responsabilidades estatales deben ser investigadas y sancionadas.

  • Que el gobierno debe establecer el alcance geográfico de la contaminación ambiental al individualizar a todas las personas afectadas para brindarles la atención médica necesaria que les permita recuperar su salud.

  • Que el papel de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos PDDH, como magistratura de conciencia del Estado salvadoreño, debe destacarse y aplaudirse por haber emitido dos resoluciones y acompañado a las víctimas en sus demandas.

  • Que el éxito parcial en la defensa de los derechos de las comunidades afectadas es fruto de su participación organizada, de su capacidad y valentía, de su imaginación­ y creatividad orientadas a reivindicar su dignidad y el futuro de sus hijas e hijos.

EL MOVIMIENTO SIN PLOMO –integrado por habitantes de las colonias Santa Fe, Joya de Cerén, Nueva Candelaria, Brisas de San Andrés, Ciudad Versailles, Estación Banderas, Lotificación Prado II, Cantón Chanmico, Cooperativa 5 de Noviembre y Asociación de Regantes de Zapotitán– continuará su lucha con el respaldo del IDHUCA y el CESTA hasta lograr que se investiguen hasta el fondo de los hechos, se sancione a todos los responsables del deterioro de la salud de personas inocentes, se repare a las víctimas los daños causados –tanto materiales como humanos—y se descontamine la zona.

San Salvador, 26 de septiembre de 2007.

Leer también: IDHUCA anuncia adhesión en defensa de afectados por plomo
Cierre de planta RECORD podría alargar el problema: IDHUCA
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Libres tres detenidos en protestas de Tacuba

En 1995, un grupo de comunidades del municipio de Tacuba, Ahuchapán, abrió zanjas e instaló tuberías para hacer realidad un viejo sueño: tener agua potable en sus casas. Para lograrlo tocaron todas las puertas posibles, incluida la del alcalde, sin encontrar una respuesta satisfactoria. Finalmente, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a través de CREA Internacional, les entregó quince millones de colones; es decir, más de un millón setecientos mil dólares. Sin embargo, ese monto no era suficiente. Por eso, los habitantes de la zona –considerada en extrema pobreza y, por lo tanto, beneficiaria actual del programa Red Solidaria– lograron reunir con grandes esfuerzos otros tres millones de la antigua moneda salvadoreña, lo que significó un aporte de 225 colones por familia. Eso no fue todo; durante 350 horas planificaron la ejecución del proyecto que, además, les tomó 96 días de trabajo de sol a sol hasta que salió agua de un chorro en sus hogares.

Esta historia contrasta con otro hecho ocurrido ese mismo añocuando Carlos Augusto Perla tomó las riendas de ANDA –la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados– y entró al gabinete del entonces mandatario, Armando Calderón Sol. Así, mientras las comunidades se “rebuscaban” para conseguir el vital líquido, Perla y una red de pícaros –parte de la cual, la de abajo y no la de sus jefes, se descubrió ocho años después– avanzaban en una historia de corrupción que minó las arcas estatales y socavó la promesa de llevar agua a todo el país. Los dieciocho millones de colones que invirtieron las comunidades de Tacuba resultaron una migaja, al compararlos con lo hecho por Perla, Orellana y compañía con –en el mejor de los casos– la anuencia de autoridades más altas. Los fondos defraudados no llegaron a su destino: aliviar las necesidades de la gente.

En medio de escenario tan perverso, para evitar sospechas y acusaciones la rendición transparente de cuentas era lo más lógico por parte de quienes manejarían cualquier dinero. También era comprensible que la gente exigiera balances claros de los recursos invertidos, sobre todo cuando eran resultado de su esfuerzo y sacrificio. Esto último sucedió en el caso del municipio examinado. Una vez instalado el sistema de agua, la junta directiva de la Asociación de Desarrollo Comunal (ADESCO) “Bendición de Dios” fue delegada para administrarlo. Pasaron once años sin que ésta informara a la comunidad. Por eso y por el temor de que se estuvieran usando mal los recursos, la población eligió una nueva junta directiva de la ADESCO; ésta no fue reconocida por el alcalde y no asumió el control de un sistema que dentro de ocho años verá agotada su vida útil.

Frente a esa urgencia, la población acudió a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y al juzgado de paz local, buscando soluciones; pero los directivos de la ADESCO no se presentaron. Luego de agotar todas las instancias y ante la falta de resultados, la nueva junta directiva ocupó la oficina desde donde se controlaba el recurso hídrico. El jueves 28 de junio, agentes enmascarados de la Unidad de Mantenimiento del Orden –con apoyo de helicópteros y a balazos– irrumpieron en el local para capturar a cuatro líderes comunales y remitirlos al tribunal; de éstos, tres quedaron detenidos tras la audiencia inicial por la supuesta realización de los siguientes delitos: disparo de arma de fuego, lesiones, privación de libertad y amenazas agravadas. El juez de Paz de Tacuba los sobreseyó de los dos primeros, pero mantuvo el resto; así, decretó pena de prisión para los dirigentes por considerar que podían fugarse y eso lo confirmó el juez de Instrucción de Ahuachapán.

Los abogados del IDHUCA y la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES) acudieron a la instancia superior que resolvió, el jueves 19 de julio, que los líderes comunales no cometieron el delito de privación de libertad; sobre la detención de los dirigentes, estableció lo siguiente: “La libertad en el proceso es la regla general y la prisión preventiva absolutamente excepcional”. Por eso, decretó medidas sustitutivas.

Mientras esto le sucedía a quienes reclamaban transparencia en la administración de fondos, Perla fue condenado; el tribunal 3º de Sentencia de San Salvador le recetó quince años de prisión, pero podrá salir libre al cumplir dos tercios de su pena. Como ya estuvo tres años detenido, sólo le restan siete para que eso ocurra. Premio inmerecido a quien impidió que comunidades como Tacuba tuvieran el servicio, ante el inadmisible castigo a quienes lograron instalar el sistema de agua potable en esa localidad.

Estas resoluciones demuestran lo que desde acá se ha repetido: que en el país le cae todo el peso de la ley al que no tiene influencias, vinculaciones con el partido o algún tipo de poder, mientras a los verdaderos delincuentes se les trata con “guante de seda”. Eso pasa porque la institucionalidad –construida o reformada con mucha ilusión cuando acabó la guerra– ha sido secuestrada y es manipulada al antojo de sus captores.

Por eso se aprueban y aplican iniciativas contra la libertad de expresión y el derecho al debido proceso, como la Ley Especial contra Actos de Terrorismo. Por eso el Ejecutivo impone el endurecimiento innecesario de normas penales y procesales, como el aplicarle diez años de cárcel a quien ejerce su derecho a protestar. Tal sanción es desproporcionada frente a otras establecidas en el Código Penal; éste establece de tres a seis años de prisión por tortura o privación de libertad, de cuatro a ocho por desaparición forzada de personas, de cuatro a seis por fraude electoral, de cuatro a ocho por negociaciones ilícitas, de tres a diez años por enriquecimiento ilícito, de seis a diez por violación sexual o de tres a cinco años por acoso sexual, por citar sólo algunos ejemplos.

Es evidente, entonces, que se pretende intimidar a quienes pretendan ejercer sus derechos a expresarse y protestar contra los desatinos oficiales, que suelen ser muchos. Así, lo que están consiguiendo es que la mayoría de la población viva en una especie de libertad condicional: si la gente no reclama, estará tranquila aunque viva –por ejemplo– sin agua; pero si abre la boca y sale a la calle para quejarse por ese o cualquier otro mal su destino será Mariona, Cárcel de Mujeres o cualquier otro penal del país, como ya ocurrió. ¿Es este el país de las libertades que pregona el presidente Antonio Saca? ¿O lo que él plantea se restringe a los intereses económicos y políticos de sus “padrinos”?

No obstante, en medio de todo eso hay señales positivas como para no bajar la guardia creyendo que la construcción de un mejor país ya no es posible. Por un lado, hay que rescatar el protagonismo de las comunidades organizadas de Tacuba que lograron –pese a todos los obstáculos– proveerse de agua y demostraron que el trabajo conjunto es el mejor camino para progresar y avanzar en lo que el Estado no ha hecho. Asimismo, es digno de resaltar el papel jugado por la cámara judicial que resolvió el jueves 19 de julio: que los líderes comunales no cometieron el delito de privación de libertad y que la prisión preventiva no es la regla sino la excepción.

La situación actual demanda que el país se conduzca por el camino del fortalecimiento de las instituciones. Eso requiere respetar la independencia entre los órganos estatales; que a todas las entidades públicas les permitan desarrollarse sin interferencias políticas partidarias, económicas, mediáticas o de cualquier otro tipo. Pero eso no se logrará sin una ciudadanía fuerte, organizada, creativa y responsable, capaz de lanzarse al rescate de la institucionalidad secuestrada.

En el pasado, la población se organizó en torno a su principal preocupación: tener tierra para trabajarla y ganarse el sustento diario. Pero entonces los poderes reales usaron las instituciones para impedir eso, mediante la represión y la impunidad de sus responsables. Ahora, no es la tierra el gran problema que aglutina a las mayorías sino el agua. Para reivindicar su derecho al vital líquido, la población ha comenzado a unirse y, de nuevo, los poderes reales han comenzado a enfrentarla con las mismas herramientas: el endurecimiento de las leyes, la brutalidad policial, el uso de los militares –por de pronto, más para intimidar– y la distorsión de la verdad. ¿Se cometerán los mismos errores? ¡Cuidado!

 

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¡Salvar a El Salvador!

“El terrorismo prospera a menudo en ambientes en que se
producen violaciones de los derechos humanos
y donde los derechos civiles y políticos están limitados”

(Kofi Annan)

Quince años y medio después del fin de la guerra, el país está a la deriva y va en retroceso. Como en el pasado, se manipula la institucionalidad al antojo del grupo en el poder y se restringe gradualmente el ejercicio de los derechos civiles y políticos. Por eso, pero sobre todo porque aún es tiempo de salvar a El Salvador, ante la situación actual el IDHUCA:

  • RECHAZA el peligroso protagonismo de la Fuerza Armada de El Salvador (FAES). Además de lanzarla a invadir Irak en contra del sentir mayoritario, violan la Constitución al utilizar su Unidad Élite y el Comando de Fuerzas Especiales en la captura de José Mario Belloso el domingo 1 de julio y en los violentos sucesos ocurridos, un día después, en Suchitoto. De continuar así, abrirán la puerta a una nueva intromisión castrense en la política nacional cuyas nefastas consecuencias son de sobra conocidas.
  • CONDENA la aplicación discrecional de la Ley Especial contra Actos de Terrorismo en perjuicio de trece personas capturadas en Suchitoto el lunes 2 de julio y, antes, contra vendedores informales. Esos hechos no deben calificarse como tales ni sus protagonistas pueden ser tachados de terroristas, porque no lo son. La verdadera amenaza del terrorismo se cierne sobre el país en la medida que –además de seguir enviando tropas a Irak– se incrementa la exclusión, la marginación, la intolerancia y la confrontación en lo social, lo económico y lo político. Lo anterior configura un terreno fértil para la radicalización extremista. Por eso Kofi Annan, ex secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), afirma que el “asegurar los derechos humanos es un elemento inherente y esencial de cualquier estrategia de lucha contra el terrorismo”.
  • DENUNCIA a la dirección de la Policía Nacional Civil, cuya Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO) violó en Suchitoto el cuarto de los Principios básicos sobre el empleo de la fuerza y armas de fuego por los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley, aprobados por la ONU en septiembre de 1990. Según éste, “en el desempeño de sus funciones, utilizarán en la medida de lo posible medios no violentos antes de recurrir al empleo de la fuerza y de armas de fuego”; estos recursos sólo se podrán usar “cuando otros medios resulten ineficaces o no garanticen de ninguna manera el logro del resultado previsto”.
  • DENUNCIA, además, al Fiscal General de la República por imputar sin fundamento la realización de actos terroristas a las trece personas detenidas. Eso se demuestra fácil y lamentablemente –por el daño que le causa a la institucionalidad– al leer su requerimiento del jueves 5 de julio. Sin individualizar responsabilidades, ofrece como “pruebas” las actas de las capturas y declaraciones de policías; entrevistas que, en todo caso, se refieren delitos comunes como daños a la propiedad pública y privada; y menciona las “barricadas” hechas por manifestantes, quienes lanzaron “palos y piedras” a los agentes de la UMO que se defendieron lanzándoles “gases químicos como granadas de humo”. Hasta el presidente Saca afirmó hace unos días, lo siguiente: “Hay que separar el tema del terrorismo con el tema de actos delincuenciales; actos vandálicos es lo que tuvimos en Suchitoto”.
  • DENUNCIA, también, a la titular del Juzgado Especializado de Instrucción de San Salvador por no declararse incompetente para conocer los hechos, pese a que los mismos no constituyen “delitos de realización compleja” y a que la representación fiscal no demostró que fueran resultado de una estructura de “crimen organizado”, como exige la ley que creó dichos tribunales.
  • REQUIERE enfrentar la impunidad de forma seria y responsable. La captura de José Mario Belloso no significa que en El Salvador brilla ya la justicia, como presumen el presidente Saca y otros funcionarios. Al contrario, ese hecho confirma lo mal que han actuado y el daño que le han hecho al país. Hoy piden crear una comisión especial para investigar “grupos armados ilegales” cuando, por falta de un compromiso real con la justicia, no cumplieron las recomendaciones de la Comisión de la Verdad y del Grupo Conjunto creado –precisamente– para investigar dichas agrupaciones criminales. De no haber incurrido en esa absurda omisión oficial, quizá se hubieran salvado, entre otras, las vidas de los dos jóvenes policías ejecutados el 5 de julio del año pasado; también las de Ramón Mauricio García Prieto Giralt y Darol Francisco Velis, así como las de todas las personas asesinadas por la fatídica “Sombra negra” y otros escuadrones similares cuya existencia actual ha sido denunciada en varias ocasiones.

Por todo lo anterior, el IDHUCA:

  • DEMANDA al presidente Saca y a su gabinete, dejar de instrumentalizar las instituciones para asegurarse frutos electorales en el 2009. No debe, pues, seguir adelante con su última iniciativa: la de incrementar la pena para el delito de desórdenes públicos. De esa forma, pretende cerrar el círculo para “legalizar” la criminalización de cualquier protesta social legítima.
  • EXIGE responsabilidad al Órgano Legislativo para que trabaje en función de las víctimas y el respeto de los derechos humanos, superando de una vez por todas las visiones partidistas electoreras que lo ha convertido en una arena de lucha ideológica.
  • RECLAMA dignidad al Órgano Judicial, para erigirse como la primera y mejor trinchera en la defensa inclaudicable de la legalidad y para reivindicar su independencia ante cualquier tipo de presión, venga de donde venga, en sintonía con la ONU cuando señala que “los jueces resolverán los asuntos que conozcan con imparcialidad, basándose en los hechos y en consecuencia con el derecho, sin restricción alguna y sin influencias, alicientes, presiones, amenazas o intromisiones indebidas, sean directas o indirectas  de cualquiera sectores o por cualquier motivo”.

  • EXHORTA a los medios de difusión masiva para que no alienten la confrontación, en el marco de un proselitismo partidista anticipado y muy riesgoso. Más allá de la campaña “Medios unidos por la paz”, lo que se espera de éstos es que informen con objetividad y profesionalismo para contribuir a alcanzar la tan ansiada paz social.
  • EXIGE a los partidos políticos que dejen de jugar con fuego, porque pueden incendiar a El Salvador. De no ser así, serán los principales responsables de profundizar la ingobernabilidad y generar un conflicto social cuya dimensión y consecuencias son previsibles. Reflexionen sobre su actuación, porque aún faltan dieciocho meses para las elecciones; sigan como hasta ahora y quien sabe qué país administrará el que resulte “triunfador”.
  • INVITA a la sociedad en general a participar activa, decidida, valiente y creativamente en el surgimiento de un movimiento ciudadano amplio y capaz de frenar los atropellos del mal gobierno y los desatinos de la “clase política”, para evitar que se conduzca al país por el camino de la violencia y el caos.

Por último, al no haber individualizado responsabilidad penal alguna y a partir de la definición que Amnistía Internacional hace de los presos de conciencia –quienes “sin haber utilizado la violencia ni haber propugnado su uso, son encarceladas o sometidas a otras restricciones de su libertad a causa de sus creencias, su origen étnico, sexo, color o idioma”– el IDHUCA exige la inmediata liberación de las trece personas detenidas en Suchitoto el lunes 2 de julio.

San Salvador, miércoles 18 de julio del 2007.

 

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Exitoso combate a la tortura y la impunidad en la PNC

El 19 de diciembre del año pasado, el Sub Inspector Edwin Arnoldo Guevara Henríquez y otros agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) pertenecientes a la Unidad 911 en Apopa, San Salvador, ingresaron sin orden judicial y de forma prepotente a la casa de Liliana Cecilia López. En el lugar funciona un negocio familiar; los policías argumentaron que era un “chupadero y un prostíbulo”. Liliana, con su hijo de tres meses en brazos, los cuestionó por la forma en que entraron; por eso comenzó a maltratarla Guevara Henríquez, quien le pegó varias veces y la tiró al suelo. El bebé recibió un golpe en la cabeza; para evitar una tragedia, Liliana se lo entregó como pudo a su madre. Entonces, Julio César López –hermano de la víctima– intervinó para que cesara el atropello y sólo consiguió que le fracturaran la nariz. Su padre fue encañonado y agredido por los agentes; su hermana fue amenazada.

Los agresores llevaron a Liliana y a Julio César a la delegación El Ángel, en Quezaltepeque; los amarraron a un poste y les dijeron que con la policía no debían meterse porque siempre perderían y podían terminar muertos. Una hora después los trasladaron a la delegación Centro, donde les hicieron un chequeo médico medianrte el cual se determinó que Julio César debía ser hospitalizado; sin embargo, Guevara Henríquez los trasladó a la delegación del Distrito Italia. Ahí continuaron los atropellos. Liliana pidió que le llevaran a su hijo para amamantarlo y le dijeron que lo hiciera entre las rejas de la bartolina, porque no tenían la llave.

Al ser liberados, Liliana y JulioCésar denunciaron a los delincuentes con uniforme en la Inspectoría de la PNC y en la Fiscalía General de la República. Mientras duró el proceso judicial, observaron gente merodeando su casa. Eso y el miedo a perder el caso, los motivó a buscar el acompañamiento del IDHUCA. Así, el jueves 7 de junio del año en curso, el Juzgado Cuarto de Sentencia de San Salvador condenó a Guevara Henríquez –por cometer actos arbitrarios y lesiones– a cinco años en prisión.

Ante el triunfo de estas víctimas, el IDHUCA considera:

  • Que es necesario reconocer su dignidad y valentía pues, pese a los actos intimidatorios en su contra, no cesaron de buscar justicia. Son, entonces, un ejemplo a seguir para acabar con la impunidad, fortalecer las instituciones y construir una sociedad respetuosa de los derechos humanos.
  • Que es necesario erradicar de la PNC estas prácticas; porque dañan a la sociedad entera y deshonran a una institución hija de los acuerdos de paz, alejádola cada vez más del ideal que le dio vida tras el fin al conflicto armado.
  • Que es urgente revisar el papel de la Inspectoría General de la PNC y todos sus mecanismos de control para evitar que, con el pretexto del combate a la delincuencia, se cometan más atropellos de este tipo y se abra la puerta a situaciones aún más graves en el futuro con otras motivaciones, entre la cuales pueden estar las políticas.
  • Que la mejor forma de control de esta institución y toda la administración pública debe surgir de un poder ciudadano organizado y fuerte, activo y con imaginación. Sólo así se enderezará el peligroso rumbo actual del país.

San Salvador, 11 de junio del 2007.

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Los desafíos del Procurador de Derechos Humanos


Quince años han pasado desde aquel 27 de febrero de 1992 cuando se nombró al Dr. Carlos Mauricio Molina Fonseca como titular de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH). Entonces, la “hija predilecta de los acuerdos de paz” –como la denominaron muchas personas adentro y afuera del país– estaba recién nacida y todos observaban llenos de expectativa su crecimiento. Tres lustros después, por esta institución han pasado cuatro personajes, tan dispares como la Dra. Victoria Marina de Avilés, quien logró generar credibilidad y respeto para el trabajo de la PDDH, y Eduardo Peñate Polanco, el nefasto individuo que la puso al borde de la muerte. Ahora se anuncia otro acuerdo partidario para colocar al frente a Óscar Humberto Luna, quien antes de esta decisión se desempeñó como subjefe de la Sección de Notariado de la Corte Suprema de Justicia.

En primer momento debe decirse que Luna es una persona con experiencia y conocimientos previos en el tema. Él ya había trabajado en la institución durante el período de Molina Fonseca, además ha ejercido una labor de cátedra universitaria en la materia que le ha permitido obtener importantes conocimientos teóricos. Se está, pues, frente a una persona que no puede alegar ignorancia y a quien, por lo tanto, debe exigírsele un trabajo de calidad y un cabal cumplimiento de sus obligaciones constitucionales.

Por eso, y con la experiencia que da el acompañamiento a las víctimas, el IDHUCA desea proponer algunos desafíos importantes para el nuevo titular. Uno de sus principales retos será recuperar la estatura moral y ética de la institución para que nuevamente sus resoluciones –pese a no ser vinculantes– sean atendidas y acatadas. Una señal de que esto ha sucedido será que todos los funcionarios y funcionarias temblarán de remordimiento ante la sola posibilidad de ser condenados y señalados como violadores de derechos humanos. El procurador deberá entonces ganarse la credibilidad de la población, para que todos los ciudadanos decentes vean a los señalados como los caínes bíblicos, marcados por su delito y entonces le pasen la factura. Esto demanda rapidez para resolver y atender casos, así como voluntad para dar seguimiento a sus resoluciones.

Asimismo, es importante que evalúe el estado actual de la PDDH, los recursos humanos y materiales con los que cuenta para que desde ahí pueda plantearse una reingeniería y proyectarse estratégicamente para atender las necesidades de la sociedad. Habrá que buscar la forma de construir una institucionalidadfuerte que no dependa de los vaivenes políticos ni de la voluntad de quien llegue ahí sino de una base organizativa y de personal que le marque el ritmo al titular y le facilite el cumplimiento de sus deberes.

En cuanto a los males del país, habrá que recordar un planteamiento hecho cuando se eligió a la procuradora saliente desde este mismo espacio. Entonces se dijo que debía ser parcial “pero esa parcialidad no tiene que ver con favorecer a los responsables de las violaciones a los derechos humanos, sino con una opción sin regateos a favor de las víctimas” (Proceso 960, 18/7/2001). Y es que la raíz de los males nacionales está en la impunidad en todos los ámbitos, jurídica, económica, política, ambiental, social, cultural, etcétera. Sin embargo, entre todo será importante que priorice su atención hacia la violación del derecho a la vida y la seguridad y de los derechos económicos, sociales y culturales.

Las más de diez muertes diarias, la sospecha del funcionamiento de grupos de exterminio y la brutalidad con que se cometen los asesinatos en el país merece su acción decidida investigando y denunciando. Anteriormente, frente al primer informe del que fue su jefe, Carlos Molina Fonseca, también se había señalado esta necesidad. “A la procuraduría le corresponde actuar con mayor decisión en la investigación, en la elaboración de recomendaciones puntuales que ataquen los fenómenos, en el seguimiento de las mismas y en la exigencia de su cabal cumplimiento” (Proceso 542, 9/12/1992), se dijo entonces y se mantiene ahora.

También se demanda este mismo protagonismo frente a la violación sistemática de los derechos laborales, la posibilidad de que se privaticen servicios importantes para la población como la salud y el agua potable y los reiterados señalamientos al sistema de pensiones. Además hay que recordar que Óscar Luna llega a la institución en un momento difícil, cuando puede verse el inicio de una campaña electoral adelantada, caliente y polarizante. En esta dinámica están todos los funcionarios y políticos tanto del partido oficial como de la oposición, incluido el propio presidente Saca quien ha encabezado los llamados a polarizar el país. Semejante situación plantea la posibilidad de un aumento paulatino o quizás repentino de la violencia y ante esto tendrá que responder la PDDH.

Para darle respuesta a estas y otras demandas el nuevo titular deberá armarse de valor y firmeza. Se requiere que adquiera o potencie sus capacidades técnicas y administrativas, así como su habilidad para dialogar y negociar. En esta nueva etapa de la institución deben tenderse nuevos puentes de acercamiento con las demás instituciones del Estado y con la sociedad y sus expresiones. Buena parte de su éxito depende de la facultad que tenga para coordinar el trabajo. En ese sentido, y parafraseando los íconos de la política de inseguridad impulsada por Saca y Flores, el IDHUCA le tiende su “mano amiga” para apoyar el trabajo de fortalecimiento institucional, capacitando y ofreciéndose a sumar esfuerzos para multiplicar resultados.

Esto sin embargo no implica que se callará ante los fallos y omisiones, cuando eso suceda también habrá “mano dura”, denunciando cuando se aleje del cumplimiento de sus atribuciones constitucionales. Se espera de esta nueva gestión un marcado protagonismo en defensa de los intereses de las mayorías y no una reedición de la gestión de Molina Fonseca cuando la institución era demasiado timorata para enfrentarse a los problemas nacionales y señalar a los criminales. Finalmente, se aplaudirá con ambas manos cuando se demuestre capacidad para enfrentar los desafíos planteados y otros que seguramente aparecerán.

Luna deberá enfrentarse a dos grandes males que afectan la institucionalidad nacional y en particular a la PDDH. El primero, es el reparto de las entidades gubernamentales, así logran ponerlas al servicio de sus intereses y no de los del país. La PDDH es una porción de ese pastel y eso debe tenerlo claro el nuevo titular y la población. Y el segundo, es la asignación presupuestaria, en particular a esta institución se le asigna muy pocos recursos y todos los años se ve a sus funcionarios solicitando aumento de recursos sin obtener mayores resultados. Tan infame es esta asignación que hasta el momento ha funcionado con una cantidad de fondos similar a la que tiene la Secretaria de Comunicaciones de la Presidencia de la República.

Ninguno de estos males se ha solucionado en la Asamblea Legislativa. Han pasado quince años desde que la Procuraduría ilusionó a la población y desde entonces no se ha hecho más que atacarla o ignorarla. Es necesario entonces la acción de un movimiento social inteligente, racional y creativo para que se alíe a esta institución que tanta sangre y dolor le costó a cientos de víctimas. No puede permitirse que se le siga matando a pausas y para evitarlo es necesario el ojo vigilante y el involucramiento de todos y todas, para premiar a los funcionarios y políticos que cumplan con su trabajo pero también para pasarle factura a quienes no lo hagan. No debe permitirse que esta institución se convierta en un satélite del gobierno de turno sino una piedra en el zapato que le obligue a quitárselo para ponerse al lado del descalzo.

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La ILEA en El Salvador

Parte 1:

Desde el 2005 se escuchan y leen en foros, espacios de opinión pública y electrónicos, diversas críticas contra el IDHUCA por capacitar en derechos humanos a policías, jueces y fiscales latinoamericanos en la Academia Internacional para el Fortalecimiento de la Ley (ILEA, por sus siglas en inglés). Tanta murmuración aflora desde la incapacidad para distinguir entre esa Academia y la nefasta Escuela de las Américas; además, evidencia una escasa visión estratégica en la lucha contra la impunidad que, para el IDHUCA, debe darse mediante el acompañamiento de las víctimas a fin de castigar a los criminales y –parafraseando a Ellacuría– revertir la historia desde éstas.

El IDHUCA ha comprobado en su práctica de casi veintidós años que en el país no se investigan los delitos y castiga a sus responsables, por tres carencias: falta de capacidad, falta de recursos y falta de voluntad para impartir justicia. En la medida que se desarrollen las facultades técnicas de los funcionarios del sector y cuenten éstos con los medios adecuados, muchas víctimas verán resueltos sus casos y se podrá denunciar –con mayor objetividad y claridad– cuando por la calidad de la víctima o del victimario no se esclarezcan los hechos o se proteja adrede a los delincuentes.

En ese marco, cabe preguntarse qué es la ILEA, por qué se instaló en El Salvador y qué hace acá, cuál es la relación del IDHUCA con ésta y el por qué de dicha relación. Hasta la fecha, el Instituto había evitado abordar estos asuntos pues su compromiso es con las víctimas, a quienes se debe y quienes –en todo caso– merecen explicaciones de sus actos; no obstante, la desinformación al respecto y las falsas acusaciones contra un esfuerzo institucional, universitario y serio, obligan a dar respuesta a esas interrogantes.

La ILEA fue creada en 1994, durante la administración del presidente William J. Clinton. Inicialmente fue concebida como un centro de instrucción policial de alto nivel, para enfrentar nuevas mafias cuyo accionar e impacto traspasaban las fronteras de algunos países europeos. Se trata del llamado “crimen transnacional” y tiene que ver con narcotráfico, fraude financiero, crimen organizado, terrorismo y turismo sexual así como trata de mujeres, niños y niñas, entre otros. Aunque la iniciativa es estadounidense, este fenómeno es mundial y, por tanto, afecta a El Salvador y a toda Centroamérica; su combate, por tanto, exige la cooperación regional para realizar investigaciones adecuadas y establecer las necesarias coordinaciones de las distintas corporaciones policiales.

La primera ILEA se instaló en Budapest, Hungría, en 1995; ahí se han entrenado, a la fecha, más de nueve mil policías provenientes del centro y el sur de Europa, incluyendo rusos. También existen otras sucursales en Tailandia, Botswana y Estados Unidos de América (EUA). En el caso de América Latina se intentó instalarla hace cuatro años en San José, Costa Rica, donde el convenio de cooperación entre ambos países no fue ratificado por el Congreso costarricense; éste se negó a autorizar exenciones tributarias y privilegios diplomáticos para su personal. Además, el movimiento social tico –real y activo– rechazó que se estableciera en su suelo. No obstante, dicho Estado apoyó su instalación en otro país del área ante la necesidad de contar con un cuerpo de investigadores capaz, profesional y de naturaleza civil.

La Casa Blanca, entonces, dirigió su mirada a El Salvador. Y en el país pudo fijar la sede de la Academia en cuestión por tres razones: la entrega total del gobierno a las determinaciones de la administración Bush, la falta de una oposición parlamentaria capaz de revertir esa situación y la inexistencia de un movimiento social con la fuerza suficiente para impedir que se adopten medidas como éstas. En Costa Rica el escenario es diferente y por eso –además de haber impedido la instalación de la ILEA en su país– los partidos políticos opositores en el Congreso y las organizaciones populares en las calles tienen en jaque a Óscar Arias en lo que toca al tratado de libre comercio con EUA.

¿Qué hacer ante esa situación? ¿Llorar sobre la leche derramada –como dice el refrán– o pensar desde la realidad de las víctimas para actuar en consonancia con sus necesidades y demandar con éstas soluciones a sus problemas? ¿Dedicarse a “denunciar” que la ILEA es la “nueva Escuela de las Américas”, la reedición de la “escuela de asesinos”, o investigar cuál es su propuesta y si en algo puede contribuir a combatir la impunidad?

Hay quienes sostienen que la ILEA y la Escuela de las Américas son lo mismo. Esa confusión evidente entre sectores de oposición y organizaciones sociales se debe, en parte, a la falta de acuciosidad en la búsqueda de información sobre el tema y a la secretividad o la poca transparencia con la que los órganos Ejecutivo y Legislativo en El Salvador han manejado su instalación. Ambas situaciones han propiciado campañas contra ésta y el IDHUCA, dentro y fuera del país; algunas con afirmaciones del todo falsas, temerarias y altamente peligrosas, como acusar con nombre y apellido al director del Instituto de estar en la “planilla” de la ILEA.

Más que reaccionar ante las calumnias, hoy se impone informar –a partir de la experiencia práctica– que dentro de las instalaciones en el país de esa Academia se han capacitado oficiales de Policía provenientes de Ecuador, Paraguay, República Dominicana, Guatemala, Honduras, Panamá, El Salvador y Costa Rica. Los policías ticos, precisamente, han sido de los alumnos más destacados en los cursos. Resulta entonces que las fuerzas políticas y sociales en aquel país se opusieron y evitaron la instalación de la ILEA en su territorio, pero no a que sus funcionarios se preparen mejor para realizar bien su labor.

Los cursos de especialización responden tanto a las necesidades que dieron origen a la ILEA –combatir el “crimen transnacional”– como a las urgencias propias de la región latinoamericana en otras áreas esenciales como manejo de la escena del delito, inteligencia policial, protección de víctimas y testigos, violencia intra familiar y derechos humanos, entre otros. En el caso de las policías centroamericanas se ha priorizado la capacitación en los dos últimos ámbitos mencionados, así como en la investigación del turismo sexual y el combate a las pandillas. Tanto los contenidos curriculares de los cursos como la metodología utilizada, se monitorean antes por el IDHUCA.

A la ILEA ingresan, además, jueces y fiscales latinoamericanos que –al igual que los policías– acreditan un desempeño profesional impecable, poseen cualidades de liderazgo, no tienen antecedentes penales y se comprometen a trabajar con sus instituciones durante los tres años posteriores a su graduación. La jornada diaria de estudio consiste en clases expositivas y ejercicios prácticos dirigidos por especialistas civiles con experiencia en diversas agencias policiales estadounidenses. El curso básico que se imparte dura seis semanas; los primeros dos días están reservados para el estudio de los derechos humanos en el ámbito teórico y práctico, con especial énfasis en la dignidad humana y las garantías procesales.

La Escuela de las Américas –que según la Sección 911 de la Ley de Defensa Nacional de los Estados Unidos de América del 2001 ahora se llama Instituto para la Cooperación y Seguridad Hemisférica Occidental, también conocido como WHISC o WHINSEC por sus siglas en inglés– es otra cosa del todo distinta. Funciona únicamente en su sede original –Fort Benning– ubicada en Columbus, Georgia; ahí se entrena a personal militar latinoamericano en idioma español.

El IDHUCA ha sido crítico de la participación de militares de EUA en la formulación de las políticas y en el entrenamiento de los ejércitos del área durante los años de la llamada “guerra fría”. La Escuela de las Américas fue responsable de adiestrar, entre 1946 y el 2001, a por lo menos 60,000 militares de la región; entre ellos, numerosos salvadoreños responsables de torturas, desapariciones forzadas, masacres y golpes de Estado. En lugar de juzgar y procesar a esos criminales de guerra y violadores de derechos humanos, la Fuerza Armada de El Salvador continúa enviando a egresados de la Escuela Militar y oficiales graduados a los diferentes cursos que el WHISC ofrece. En el 2001 asistieron once salvadoreños, cuarenta y ocho en el 2002, sesenta y seis en el 2003, catorce en el 2004, setenta y tres en el 2005 y veintiocho en el 2006. Si se observa, hay una tendencia al incremento sin que exista una clara y fuerte oposición dentro del país a esa situación.


Parte 2:

La presencia de ILEA en el país debe ser aprovechada para fortalecer la labor de jueces, fiscales y policías; las instituciones a las que pertenecen, más allá de la propaganda oficial, han sido cuestionadas casi siempre por los irrisorios logros obtenidos en la investigación de los delitos, la persecusión y sanción de sus responsables, la reparación del daño a las víctimas y la influencia de todo lo anterior en la violencia y la inseguridad pública. Sobre todo en el caso de la PNC, se ha observado la manipulación del partido en el Ejecutivo de cara a las elecciones, con los planes “mano dura” y “súper mano dura”. Está incompetencia está sirviendo como pretexto y base para justificar el uso de la Fuerza Armada de El Salvador (FAES) en tareas que constitucionalmente no le corresponden y que –en el pasado reciente– le acarreó consecuencias nefastas a la población porque el cuerpo militar no está diseñado para cumplir funciones de seguridad interna.

En ese sentido, desde hace varios años el IDHUCA ha participado en su adiestramiento desarrollando procesos de formación en derechos humanos para operadores de justicia. Esa decisión es fruto de las lecciones aprendidas en el litigio y acompañamiento de víctimas en tribunales civiles, penales y militares, tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Casos como los de Darol Francisco Velis, Adriano Vilanova, Katya Miranda y hermanos Carías, entre otros, son emblemáticos porque tienen una variable común: el deficiente y malicioso desempeño policial y fiscal al desproteger la escena del delito, permitir la tergiversación de pruebas y otras graves omisiones. Ese proceder institucional impactó negativamente en la identificación de los responsables materiales e intelectuales de esos lamentables crímenes, por lo que esos hechos continúan en la impunidad parcial o total.

Además, el IDHUCA y la institución a la que pertenece tienen ya camino recorrido en el monitoreo, litigio, denuncia pública y legal del rol de la FAES en el conflicto y el posconflicto. En la lucha contra la impunidad militar se ha exigido verdad y justicia por el asesinato de los seis sacerdotes jesuitas y sus dos colaboradoras, por varios casos de desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales durante el conflicto armado, por el asesinato de Ramón Mauricio García Prieto –concretamente al exigir que se investigue al general Mauricio Ernesto Vargas por su presunta participación como autor intelectual del crimen– y por la muerte del estudiante cadete Erik Mauricio Peña Carmona, ejecutado por dos compañeros suyos dentro de la Escuela de Aviación.

Actualmente se le brinda asesoría y asistencia al mayor Adrián Meléndez Quijano que batalla en el Tribunal de Honor de la FAES y en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), donde se solicitaron medidas cautelares y se presentó una queja contra el Estado por violación de sus derechos a la protección y garantías judiciales, y a la honorabilidad; todo eso ha ocurrido en el marco de una querella iniciada contra el Ministro de la Defensa Nacional, general Otto Romero, a quien las instituciones se niegan a investigar. En este trabajo, ninguna de las voces que cuestionan el compromiso de la UCA y el IDHUCA con las víctimas ha denunciado tales arbitrariedades y violaciones de derechos humanos al interior de la FAES. Ese constante esfuerzo por lograr que la institución armada se apegue a los estándares de una sociedad democrática y respetuosa de los derechos humanos, le ha acarreado al Instituto atentados, amenazas, seguimientos y otros actos intimidatorios contra algunos de sus miembros.

Esa vasta experiencia está a la base de la decisión institucional de participar en las capacitaciones que imparte la ILEA, como una oportunidad para influir en la formación técnica teórica y práctica que conlleve a mejorar la capacidad operativa en la identificación de criminales y en la recolección de pruebas. Todo eso, para contribuir a garantizar las sanciones penales a todo nivel y, principalmente, porque de esa manera se repararía a las víctimas con lo que para el IDHUCA es el fin último de todo su quehacer, el conocimiento de la verdad.

Por otra parte, es importante que las instituciones, organizaciones y cualquier otro sector social centre sus esfuerzos en luchas concretas y se plantee verdaderos desafíos, en lugar de perderse en seudo causas que no contribuyen a dar el salto necesario para la defensa organizada, consciente, activa y masiva a favor de la vigencia de los derechos humanos en este momento de condiciones objetivas pero no subjetivas para el desarrollo de un real y fuerte movimiento social; hay mucha indignación, sí, pero muy poca acción. Entre las acciones que sí podrían evitar que el pasado se repita están, en primer lugar, el monitoreo atento y directo de las instituciones relacionadas con el combate del delito y de los entes que fortalecen sus capacidades, como la ILEA. Se trata de medir los resultados de impacto que generan ese adiestramiento.

Además, no es una decisión ingenua porque para eso, aún sabiendo de antemano las críticas ideologizadas que recibiría, el IDHUCA condicionó su participación docente a la vigilancia del contenido de los cursos y del perfil de sus participantes. Más productivo que la pancarta, en este caso, sería crear una alianza desde la sociedad para observar –desde adentro y desde afuera– la actuación de las alumnas y los alumnos de esa Academia; así podrían hacerse señalamientos bien fundamentados. En tal sentido debe apuntarse que ya existen instituciones de alto prestigio en derechos humanos interesadas ese esfuerzo, como Washington Office on Latin American (WOLA) y el Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH).

En segundo lugar, los esfuerzos de oposición deberían enfocarse hacia la verdadera Escuela de las Américas o el Instituto para la Cooperación y Seguridad Hemisférica Occidental –como se le ha rebautizado– especialmente porque el gobierno salvadoreño continúa enviando militares a dicho organismo. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Acaso no vive El Salvador en paz? Ante eso, resulta imperativo que se exijan cuentas sobre semejante decisión pues –como ya se señaló- en el pasado allí se entrenaron verdaderos violadores de derechos humanos en la región, muchos de los cuales aún gozan de impunidad.

En tercer lugar, tras la adopción de la Declaración sobre Seguridad adoptada por la Organización de Estados Americanos en octubre del 2003, se planteó un nuevo concepto de seguridad hemisférica que amplía la definición tradicional de defensa de la seguridad de los Estados a partir de la incorporación de nuevas amenazas que incluyen aspectos políticos, económicos, sociales, ambientales y de salud. Este nuevo concepto multidimensional abarca la creación de fuerzas de despliegue rápido, organizadas bajo un mando regional unificado y con capacidad para actuar con base en órdenes de captura y procedimientos de extradición simplificados. Estas nuevas tendencias mal concebidas o mal entendidas, podrían inclinarse hacia la militarización de los métodos de investigación y el quebrantamiento de las garantías procesales.

Se necesitan acciones contundentes para combatir el narcotráfico, el terrorismo y otros delitos; cierto. Pero también se requiere de entidades policiales fiscales y judiciales capaces y eficientes, conscientes de su rol y naturaleza civil, poseedoras de un alto grado de coordinación institucional para resolver casos y prevenir que se realicen otros. Si estas condiciones no se dan, entonces se continuará con la apuesta progresiva del empleo de fuerzas militares para enfrentar esos delitos. Esta opción es la que tiene ya a ciertos sectores militares y políticos de Centroamérica y los Estados Unidos de América, frotándose las manos porque ven en ella la oportunidad de oro para retomar el protagonismo que les fue arrebatado con los procesos de paz en Centroamérica. Tal situación en El Salvador tiene eco en los llamados Grupos de Tarea Conjunta y la militarización de los Centros Penales. Evitar que esa tendencia avance haciendo un contrapeso con la profesionalización de policías y operadores de justicia, debe ser la prioridad de quienes se dedican a “observar” y defender derechos humanos.

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La empresa Just Garments cierra en medio de abusos
¡Las trabajadoras necesitan apoyo!

La empresa salvadoreña Just Garments, S.A. de C.V. fue fundada en el 2003 y promocionada en el exterior como una “cooperativa sindicalizada” controlada por las trabajadoras, donde todos sus derechos serían impecablemente respetados. Pero la fábrica, rápidamente se convirtió en una compañía violadora de las leyes laborales internas y de los derechos de las trabajadoras, víctimas de quienes supuestamente las beneficiaban.

Desde el 2004 a la fecha, se han recibido numerosas quejas de trabajadoras de Just Garments en algunas de las organizaciones que firmamos este comunicado. Los reclamos a través de los años tienen que ver con malos tratos, acoso sexual, despidos injustos, obligación de trabajar horas extras no pagadas y falta de pago de indemnización como lo manda el Código de Trabajo o –en cuatro casos– pagos parciales de la indemnización en contravención de la ley. Dicha empresa, además, se ha apropiado sistemáticamente de las deducciones hechas en los salarios de las trabajadoras de las cuotas del Seguro Social y de los fondos de pensiones (AFP’s), privándolas del derecho a recibir atención médica para ellas y sus familias; negándoles, también, el derecho a una pensión en el futuro y cometiendo así un delito penado por las leyes salvadoreñas.

Que el robo de cuotas de los salarios de las trabajadoras en Just Garments y en cualquier otra empresa que cometa esa violación sea un delito en El Salvador, es un logro de diversas organizaciones de mujeres así como de otros organismos de defensa de derechos humanos y laborales.

Sobre el sindicato de Just Garments, éste nunca funcionó realmente; nunca tuvo autonomía ni democracia interna y no representó fielmente los intereses de las trabajadoras. Ese sindicato fue controlado y manipulado por el administrador suplente de la sociedad Just Garments S.A. de C.V, señor Gilberto Ernesto García Dueñas, para promocionar campañas de recolección de fondos principalmente en los Estados Unidos de América (EUA); fondos que, tras del colapso de la sociedad, pretende seguir recolectando entre algunas organizaciones que por ignorancia o ingenuidad siguen creyendo que beneficiará a las trabajadoras. De acuerdo con las trabajadoras despedidas recientemente, al momento de su cierre en la empresa no quedaban trabajando ya ninguna de las trabajadoras que iniciaron el proyecto original en el 2003.

Hemos tenido conocimiento de más fraudes en las últimas semanas. Por ejemplo: SEAC International LLC, una firma solidaria y comprometida con el comercio justo, acusa a Just Garments de estafa y apropiación indebida ya que después de haber prestado de buena fe más de ochenta mil dólares a Just Garments, ahora ésta se niega a devolver dicha cantidad y se rehusa a reconocer dicha deuda. Además, por incompetencia y negligencia de la administración, un contenedor cargado de tela destinado para el ensamblaje por la empresa Just Garments fue declarado en estado de abandono por Aduanas de El Salvador; dicho contenedor sigue incautado en las bodegas del Estado y el señor García Dueñas –a quien iba dirigido dicho contenedor como representante legal de Just Garments– se niega a firmar el reconocimiento de que ese contenedor no le pertenece, condenando esa inversión a su pérdida definitiva.

Debe quedar claro que en el caso de Just Garments, las víctimas han sido las trabajadoras que por necesidad de sobrevivir soportaron los abusos mencionados Por esto, las organizaciones abajo firmantes –con una larga trayectoria en la defensa y promoción de los derechos de las trabajadoras en El Salvador– apoyan las demandas de las despedidas de Just Garments como lo han hecho y lo seguirán haciendo cuando reciban denuncias de este tipo de violaciones, sin importar quién sea su responsable.

Nuestras organizaciones no participan ni han participado en “boicot” alguno contra Just Garments. Nuestro único interés y actividad tiene que ver con el APOYO INCONDICIONAL A LAS TRABAJADORAS VÍCTIMAS, sobre la base de la JUSTICIA, la VERDAD y la DIGNIDAD para que hechos como el de Just Garments no vuelvan a repetirse y para que las trabajadoras no sufran más por los abusos y la manipulación de las patronales.

Por todo lo anterior, SE HACE UN LLAMADO a las personas y organizaciones –sobre todo estadounidenses– que hayan apoyado y aportado económicamente a Just Garments para que AHORA APOYEN A LAS TRABAJADORAS EN SUS JUSTAS DEMANDAS SEGÚN LA LEY SALVADOREÑA Y LA ÉTICA DE LAS ORGANIZACIONES QUE PROMUEVEN LA PRODUCCIÓN JUSTA

En concreto, se debe EXIGIR a la empresa Just Garment:

  • El pago del 100% de indemnización, vacaciones, aguinaldos proporcionales y salarios adeudados al último grupo de trabajadoras despedidas tras el cierre de la fábrica el 2 de abril del 2007.
  • El pago de las prestaciones de ley (100% de indemnización, vacaciones y aguinaldo) y salarios adeudados a las trabajadoras despedidas en el periodo 2004-2007, mientras la empresa recibía donaciones y otras dádivas del exterior.
  • El reintegro a todas las trabajadoras afectadas de los descuentos de las cuotas del Seguro Social hechos a sus salarios y no pagados al Instituto Salvadoreño del Seguro Social.
  • El pago a los fondos de pensiones (AFP’s) de las cuotas descontadas a todas las trabajadoras afectadas, de los cuales se apropió ilegalmente la empresa Juste Garments durante su funcionamiento.
  • Un bono que permita a las trabajadoras despedidas sostenerse con dignidad, mientras realizan los trámites para el reintegro de sus dineros y mientras encuentran otro trabajo.
  • Las trabajadoras que por necesidad aceptaron en los últimos años indemnizaciones por debajo de lo legalmente establecido, deberán recibir un complemento que cubra el 100% de su indemnización, vacaciones y aguinaldos legítimamente merecidos.

El pago de la deuda a la empresa de comercio justo SEAC Internacional LLC, para no afectar aún más la imagen del país entre los buenos inversionistas.

También se invita a las organizaciones de derechos humanos y comercio justo en los EUA que de buena fe apoyaron y promovieron a la empresa, hagan ahora una reflexión sobre el porqué fracasó la experiencia y que, además, demanden una auditoría seria de los fondos transferidos a Just Garment para conocer el destino de sus inversiones o donaciónes. Eso, con el fin de que esta clase de violaciones contra las trabajadoras no se repita ni en El Salvador ni en ningún otro país.

San Salvador, jueves 19 de abril del 2007.

Asociación de Mujeres por la Dignidad y La Vida (Las Dignas)
Asociación de Mujeres Salvadoreñas (AMS)
Federación Sindical Salvadoreña (FESS)
Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (IDHUCA)
Movimiento Salvadoreño de Mujeres (MSM)
Mujeres Transformando
Organización de Mujeres por la Paz (ORMUSA)
Centro de Estudios para la Mujer (CEMUJER)
Comité Nacional Laboral, oficina centroamericana

Para una información más detallada, favor contactar a:
- Henry Fino. Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (IDHUCA), correo electrónico: idhuca@yahoo.es
- Karla Molina. Asociación de Mujeres por la Dignidad y la Vida (Las Dignas), correo electrónico: economia@lasdignas.org
- Carlos Salinas. SEAC Internacional LLC: carlosmsalinas@verizon.net

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Por la dignidad de las víctimas, no a los criminales impunes

En otros países, a las víctimas de graves violaciones de derechos humanos les piden perdón y se adoptan medidas para repararles el daño sufrido; acá, el poder las ignora y las desprecia. En otros países se investiga, enjuicia y castiga a los responsables de esos terribles actos; acá, el poder los premia. En otros países como Alemania, Rusia e Irak derribaron las efigies de esos criminales; en El Salvador –quince años después de la guerra– quieren presentar a genocidas como héroes y pretenden terminar de sellar el blindaje de impunidad que los protege, con homenajes insultantes y provocadores.

Hasta el año pasado lo habían hecho con menos descaro. En el cementerio, cantando beligerantes ante la tumba del principal responsable del magnicidio de monseñor Romero y padre de los escuadrones de la muerte, tal como lo señaló la Comisión de la Verdad; o erigiéndole una estatua en la sede de su partido. Pero hoy, ya no se conforman con el culto privado. Sin vergüenza alguna, salieron de las penumbras a bautizar espacios públicos con el nombre de Roberto D’Abuisson Arrieta. No contentos con eso, en la Asamblea Legislativa pretendieron –el pasado jueves 15 de febrero– declarar “hijos meritísimos” de El Salvador al mayor "escuadronero" y a quien, durante años, presidió un régimen responsable de masacres tales como las de El Mozote y El Sumpul. Ni D’Abuisson ni José Napoleón Duarte merecen serlo, porque sus nombres están manchados con la sangre de un pueblo cuyos mártires son quienes deben ser consagrados como lo mejor de nuestra sufrida patria.

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La verdadera paz, pues, es fruto de la justicia

¿Es cierto o no lo que afirmó Su Santidad?

Responder esta interrogante es vital, ahora que las diferentes fuerzas políticas del país se aprestan a celebrar los quince años del Acuerdo de Chapultepec. Para eso, se debe reflexionar desde y para las víctimas salvadoreñas –del pasado y el presente– si existen motivos reales para la fiesta. ¿Han tenido éstas –desde que se pactó la “paz” hasta este día– seguridad, acceso a la justicia y oportunidades para vivir dignamente? Veamos.

Se callaron los fusiles y cesaron los combates entre los ejércitos del gobierno y la guerrilla, pero las muertes violentas de esta “paz” suman decenas de miles y siguen aumentando.

¿Es cierto o no?

Las víctimas de violaciones a sus derechos humanos y de la violencia actual, sus familiares y las organizaciones sociales que las acompañamos, exigimos verdad y reclamamos justicia sin obtener ni la una ni la otra. ¿Y qué decir del perdón que deben pedir los responsables de su dolor? Hasta ahora, no lo han hecho. El Salvador también se desangra, entonces, por esas heridas que permanecen abiertas.

¿Es cierto o no?

Se construyeron autopistas dentro del país para que circulen mercancías de las grandes empresas transnacionales; en contraste, continúa el interminable tránsito de salvadoreñas y salvadoreños por otras rutas: las que conducen al exterior donde, a pesar de los riesgos y sacrificios, esperan encontrar el empleo que acá no les brinda el “exitoso modelo” salvadoreño y enviar desde allá los “pobre dólares” para el sustento de sus familias.

¿Es cierto o no?

Pedimos al Todopoderoso que la propaganda adormecedora mediante la cual se maximiza oficialmente el quehacer de las instituciones estatales, en medio de una aberrante cotidianeidad, no oscurezca el camino de la verdad que nos hará libres. Que el Señor ilumine a todas las víctimas de todo tipo de maldad, para que la “fiesta rosa de la paz” de los poderosos se convierta en el punto de partida hacia la superación –con su participación organizada– de lo que hasta ahora le ha tocado sufrir a las mayorías en El Salvador: luto, inseguridad, corrupción, exclusión e impunidad.

Sólo así se podrá alcanzar la verdadera paz que proclamó, en el 2002, Su Santidad Juan Pablo II y que hoy reitera el Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz, dirigido “en particular a todos los que están probados por el dolor y el sufrimiento, a los que viven bajo la amenaza de la violencia y la fuerza de las armas o que, agraviados en su dignidad, esperan en su rescate humano y social (...) a los niños, que con su inocencia enriquecen de bondad y esperanza a la humanidad y, con su dolor, nos impulsan a todos trabajar por la justicia y la paz”.

He ahí la ruta que hasta ahora no se ha seguido. Instamos al pueblo salvadoreño a que demande y trabaje por cambiar el rumbo actual. Porque ya es demasiado tanto engaño, tanta propaganda mentirosa. Porque ya es intolerable encontrarse todos los días en medio de la guerra de la inseguridad y la muerte violenta, de la marginación y la pobreza, de la violencia y el abuso sexual contra la niñez, la adolescencia y las mujeres, del desprecio a las víctimas y de la impunidad para los victimarios.

¿Es cierto o no?

San Salvador, lunes 15 de enero del 2007.


Dagoberto Alfaro (camarógrafo cristiano evángelico) * Asociación Movimiento Salvadoreño de Mujeres (MSM) * Asociación para la Autodeterminación de Mujeres Salvadoreñas (AMS) * Yolanda Carías (madre de Guillermo Rodríguez Carías y Federico Calderon Carías) * Guillermo Cines (camarógrafo cristiano evángelico) * Comité de Familiares de Víctimas de las Violaciones de los Derechos Humanos de El Salvador (CODEFAM) * Gloria y Mauricio García Prieto * Hilda María Jiménez (madre de Katya) * Institutos de Estudios de la Mujer “Norma Virginia Guirola de Herrera” (CEMUJER) * Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (IDHUCA) * Instituto de la Mujer (IMU) * Guillermo Pineda (camarógrafo cristiano evángelico) * Julio Rodríguez (periodista cristiano evángelico) *Samuel Roque (camarógrafo cristiano eván