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c. Un homenaje a Katya y a su madre desde San Luis de La Reina
Fotos
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Relato
del caso
El
sábado 3 de abril de 1999, Katya Natalia y Gina Marcela -hermanas de nueve
y siete años, respectivamente- llegaron al rancho en la playa propiedad de
su abuelo paterno, en compañía de su padre y otros familiares. La madre de
las niñas, Hilda María Jiménez, llegó después y se retiró al final de la tarde
pues se había comprometido con su comunidad a participar en actividades religiosas
propias de la Semana Santa. Como no era su intención quedarse a dormir en
el rancho, Katya Natalia y Gina Marcela sólo llevaban ropa para un día. Así,
la madre manifestó su deseo de llevárselas con ella; pero el padre de las
menores, Edwin Miranda, le dijo que se quedarían con él esa noche en la playa.
Tras una leve discusión, Hilda María accedió.
Lo que parecía ser un paseo normal,
se transformó dramáticamente. En la madrugada del domingo 4 de abril, Katya
Natalia fue violada y asesinada. Su pequeño cuerpo apareció a unos metros
del rancho ubicado en Los Blancos, departamento de La Paz.
Al momento de ocurrir los hechos,
eran casi 20 personas las que se encontraban en el lugar entre familiares
y empleados del abuelo de Katya. Había gente con formación militar, policial
y jurídica. El padre de la víctima, capitán de la Fuerza Armada de El Salvador,
era Jefe de Logística del Estado Mayor encargado de la seguridad del Presidente
de la República. Un tío de Katya Natalia, capitán retirado y alto oficial
de la Policía Nacional Civil, era el segundo jefe de la División de Investigación
Criminal de dicha institución. Otro tío que se encontraba en el lugar, también
era capitán en activo.
Según el abuelo de Katya Natalia,
nadie se enteró de lo ocurrido. El padre sostuvo que estaba durmiendo entre
sus dos hijas en una pequeña “tienda de campaña” y también afirma que no se
dio cuenta cuando sacaron a la niña de su costado. Todos los adultos dicen
que los “sedaron”. Pero las contradicciones y los vacíos son tantos…Torpeza
en el manejo de la escena del crimen, pasividad en las investigaciones y manipulación
de las pruebas encontradas, son sólo algunos ejemplos de todo lo que se hizo
para que los responsables del brutal hecho quedaran en la impunidad.
Debido a la poca diligencia oficial
en el esclarecimiento del caso, Hilda María Jiménez fue la única que exigió
incansablemente justicia. Ella siempre sostuvo con insistencia que su hija
sólo pudo levantarse con su padre o abuelo, pues era muy tímida y tenía muchos
temores.
Como resultado de la lucha de esa madre y la presión social, cuatro personas
fueron detenidas en enero del 2000: el padre de Katya, acusado por el delito
de abandono y desamparo en la niña; su abuelo, por el delito de violación
en menor y homicidio agravado; y dos empleados que “dormían” junto a la entrada
del rancho, por el delito de encubrimiento.
En
los tribunales Hilda María encontró nuevas trabas en su esfuerzo por dar con
el o los autores del asesinato de su hija. Tanto así que la Jueza de Instrucción
encargada del caso, debido a su actitud mostrada durante el proceso, fue amonestada
por la Corte Suprema de Justicia. Esta funcionaria no valoró en su debida
medida los aportes que se le presentaron para el esclarecimiento del caso,
desperdiciando posibles vías de investigación. Tampoco valoró la evidente
actitud de encubrimiento, llegando hasta el posible fraude procesal por parte
de algunos de los presentes en la escena del crimen cuando éste ocurrió. Además,
trató mal a la víctima en repetidas ocasiones.
El
10 de octubre del 2000, la Jueza otorgó el sobreseimiento definitivo al padre
de Katya. Los tres acusados restantes fueron sobreseidos de forma provisional,
a la espera de nuevas evidencias. En octubre de 2001, el sobreseimiento provisional
pasó a ser definitivo porque esas “nuevas evidencias” nunca aparecieron, debido
a que la Fiscalía General de la República no investigó más.
A
casi más tres años de la muerte de Katya, la sociedad salvadoreña mantiene
viva su indignación por este caso y recuerda a una madre ejemplar que luchó
contra todos los obstáculos por buscar justicia. Ella puso a prueba, una vez
más, nuestras débiles instituciones y reveló su ineficacia. En este caso se
juntaron el encubrimiento, un presunto fraude procesal y la manipulación de
pruebas para favorecer a los victimarios y dañar más a las víctimas. Pero,
también, el caso generó un amplio repudio de la sociedad y convocó a la solidaridad
activa para respaldar la persistente denuncia pública de esa valiente mujer.
Este es uno de los casos que más cobertura a recibido por parte de los medios
de comunicación y sobre el cual, sin duda, se ha opinado en cada rincón del
país.
Hilda
María Jiménez junto a Gina Marcela, la hija sobreviviente, tuvieron que abandonar
el territorio nacional, temiendo por su seguridad. Mientras, Katya Natalia
todavía espera que se le haga justicia.
INICIO
Carta de Hilda María Jiménez al Fiscal General de la República de El Salvador
Licenciado Félix Garrid Safie
Fiscalía General de la República
Presente.
Uno de los casos que más ha impactado a la sociedad salvadoreña, después de la guerra, es el asesinato y la violación de mi hija Katya Natalia Miranda Jiménez. Esos trágicos hechos ocurrieron entre la noche del 3 de abril y la madrugada del 4 de abril de 1999, mientras ella se encontraba de paseo en un rancho propiedad de su familia paterna ubicado en la Playa Los Blancos de la jurisdicción de San Luis, La Herradura, Departamento de La Paz. Resulta obvio que dicho crimen no pudo ser cometido por otra persona que no se encontrara al interior de dicha propiedad.
Debido a que algunos de los sospechosos del mismo fueron sobreseídos por el Juzgado de Instrucción de San Luis Talpa, el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (IDHUCA) –entidad que me representa legalmente en El Salvador– le solicitó el 28 de enero de 2003 a su antecesor, Belisario Artiga, realizar nuevas diligencias de investigación sobre el caso que permitieran la correcta individualización de sus responsables y el posterior enjuiciamiento penal de los mismos (anexo copia a la presente petición).
En vista de que dicha comunicación no fue atendida, el IDHUCA presentó otra demanda el 30 de abril de 2003. En ambas solicitudes se hicieron nuevas denuncias por los delitos de Violación, Agresión Sexual Agravada, Homicidio Agravado, Encubrimiento, Complicidad y Fraude Procesal contra todas las personas adultas que permanecieron en el entorno de mi hija Katya la noche de su muerte.
Ninguna de estas comunicaciones ha sido respondida en cuatro años, tiempo que supera la estimación del “plazo razonable” según los parámetros de derechos humanos aplicables. Mientras tanto, la violación y el asesinato de mi niña junto al resto de delitos que favorecieron o facilitaron semejantes hechos y su posterior encubrimiento, continúan en la más completa y descarada impunidad.
En esta ocasión, en mi calidad de madre de la víctima –después de una difícil y dolorosa búsqueda de justicia durante casi ocho años– le reitero el contenido de los escritos relacionados y le pido por primera vez que, como Fiscal General de la República, cumpla con las atribuciones constitucionales que le han sido encomendadas tomando en cuenta los derechos de las víctimas y la excesiva dilación del anterior Fiscal en el trámite de estas peticiones.
Cuando Usted llegó al cargo manifestó –refiriéndose al caso de Katya– lo siguiente: “Voy a revisar todos los casos emblemáticos” (CoLatino, 26 de abril del 2006). Es el momento para demostrar con hechos su voluntad de actuar como es debido en el combate a la impunidad, especialmente porque faltan dos años para que prescriba la acción penal en el caso y se convierta en otro más donde por omisión se le niega justicia a las víctimas.
En la espera de su respuesta a la presente, me despido.
Atentamente,
Hilda María Jiménez Molina
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Cartas
de Hilda María Jiménez (Madre de Katya)
Junio/2000:
¡Justicia para Katya!
Katya,
una linda niña de cuerpo y alma, sencilla, humilde, agradecida, cariñosa e
inteligente. Esto y mucho más era mi amada hijita.
Katya,
mi niña de apenas 9 años de edad, quien recién los había cumplido un sábado
13 de marzo de 1999. Ella fue violada y asesinada en la madrugada del domingo
4 de abril de 1999. En esa trágica ocasión, Katya estaba en compañía de su
papá, Capitán Edwin Antonio Miranda Méndez, Jefe del Departamento de Logística
del Estado Mayor Presidencial; su hermanita, Gina Marcela Miranda Jiménez;
sus abuelos, Abogado Carlos Miranda González y Rosa Natalia de Miranda;
sus tíos: Subcomisionado Godofredo Adalberto Miranda, quien se desempeñaba
como Segundo Jefe de la División de Investigación Criminal (DIC) de la Policía
Nacional Civil (PNC), Capitán Jorge Alberto Miranda de alta en la Fuerza Armada
de El Salvador, Doris de Miranda, Yanira Miranda de Recinos, Tito Livio Recinos,
Rebeca de Miranda; 5 niños menores de edad; y los empleados Luis Alonso López
y Francisco Rosales, ambos trabajadores fieles de Carlos Miranda González.
Nadie, absolutamente nadie se pudo dar cuenta, ni escuchó, ni vio algo que
le pareciera extraño y peligroso para alguna de las personas que allí se encontraban.
Es absurdo y totalmente extraño que bajo el cuidado de gente capacitada en
uso de armas de fuego, entrenados y sobrevivientes de una guerra tan intensa
y difícil como la que sufrimos todas y todos los salvadoreños, hayan sido
dormidos, sedados y burlados por alguien. Tendría que haber sido demasiado
hábil y capacitado como para introducirse y dirigirse sin equivocación alguna,
exactamente dentro de una mini tienda de campaña y casi atropellando al Capitán
Edwin Miranda, para sacar tan sencillamente a Katya, como si mi hija -que
medía casi un metro 40 centímetros- tuviese el peso de una pluma y no casi
las 90 libras. Es imposible que su papá, quien se encontraba junto a ella,
y sus abuelos que se encontraban a escasos 2 metros de distancia, al igual
que el Capitán Jorge Miranda y Rebeca de Miranda, y todas las demás personas
que allí se encontraban, no se hayan dado cuenta que mi amada Katya fue extraída,
cargada, golpeada, abusada sexualmente (violada) con toda la crueldad existente
y por último asfixiada. Nadie escuchó un grito de terror y de dolor, nadie
se preocupó por protegerla y auxiliarla estando la mayoría armada y siendo
todos responsables de velar por la vida y seguridad de todos los niños que
allí se encontraban. Pudieron haber matado a mis dos hijas puesto que Gina
Marcela al igual que Katya, se encontraba en la tienda de campaña con su padre,
según su versión, quien le daba seguridad al Señor Presidente de La República
de El Salvador y quien anduvo con el Servicio Secreto de Los Estados Unidos
en la recién venida del Sr. Presidente Bill Clinton, en marzo de 1999
Me
parece increíble que casos como el asesinato y violación de mi Katya siga,
a casi 14 meses (4 de junio de 2000), sin resolverse. Porque se han
destruido, alterado y ocultado pruebas que podrían haber incriminada aún más
a los cuatro imputados (el papá de Katya, su abuelo y sus dos empleados),
quienes están protegiéndose unos a otros y a la vez cayendo en miles de contradicciones.
Todo ello es posible en El Salvador, porque la impunidad sigue imponiéndose
sobre la base de un sistema judicial corrupto e ineficiente.
Espero
que Dios Todopoderoso ilumine a la Señora Jueza para que cumpla con su deber:
hacer prevalecer la Justicia. Una Justicia que sólo los más privilegiados
de este pobre país, donde nos tocó nacer, puedan aspirar; y los menos privilegiados,
tenemos que luchar duramente aunque nuestro corazón se desgarre y esté completamente
ensangrentado. Debemos levantarnos, ponernos de pie y prácticamente olvidarnos
del miedo a ser asesinados por nuestro deseo de pedir, a gritos y con todo
el derecho del mundo, ¡Justicia!
Enfrentarnos
a un sistema cerrado donde cuando no conviene escuchar no se escucha, donde
existe un temor horrible a ser involucrados completamente porque eso puede
provocar que se saquen a luz sus mismas corrupciones, donde el delincuente
y el asesino con algún poder siguen teniendo privilegios, donde se ha olvidado
por completo uno de los Diez Mandamientos: “No matar”.
¿Acaso
en nuestro El Salvador desean que el pueblo tome la justicia por sus
manos? ¿O quizá deseen regresar al tiempo del régimen militar?
Yo
como madre de Katya, quien le dio con sacrificios no soldados a la Patria
pero sí 2 niñas que serían brillantes, honradas y justas en sus profesiones
escogidas por ellas mismas. Me entristezco profundamente de saber que la misma
familia no me las cuidó; me horrorizo al pensar que pudieron haberme matado
a mis dos amores, a mis pequeñas con las que me sentía realizada como madre
y -aunque no tengo una carrera universitaria- me enorgullecía saberme buena
y protectora mamá.
La
vida a veces nos pega tan fuerte que nos hace dar vuelta. No puedo quedarme
cruzada de brazos sin hacer nada para encontrar al o los asesinos de mi “bebé
grande”, como yo la llamaba. Katya no les debía nada, ni una tan sola mala
mirada, expresión o malcriadeza. Nada que la llevara a morir de esa forma
tan terrible. Katya solamente quería ser buena hija, hermana, sobrina, nieta
y amiga. Quería ser astronauta y darme la inmensa alegría de verla graduarse.
Si algo se debía era por parte de nosotros los adultos y no de Katya. Nos
arruinaron la vida completamente; ésta jamás será la misma para todos los
que la conocimos. No pasa un segundo sin que la recuerde, sin extrañarla y
querer tocarla, besarla, bañarla, peinarla, decirle que la amo, mirarla, escucharla…
Me
mataron a mi niña y El Salvador o mejor dicho el Órgano Judicial, parece que
no piensa llevar a la cárcel a los asesinos. Lucho por todos esos niños y
niñas que aún siguen siendo objeto de abusos y maltratos, sin encontrar apoyo
y ayuda en nosotros los adultos, en la gente “grande” que se supone tiene
que atenderles y protegerles. Lucho por esos jóvenes y mujeres u hombres que
fueron abusados en su infancia y jamás se atrevieron a decírselo a nadie,
porque les hicieron creer que ellos eran los sucios y culpables, los malos,
provocadores y mentirosos, y no los adultos.
Quiero
confiar en mi país, quiero confiar en la justicia salvadoreña, quiero que
la gente se anime a denunciar y a luchar -“Dios provee”-; quiero que las y
los salvadoreños confiemos en que si se nos violan nuestros derechos, se castigará
con todo el peso de la Ley a los responsables. Confío en Dios Todopoderoso,
tengo fe y estoy plenamente convencida de detestar el maltrato infantil. Dios
hace justicia pero pide con autoridad que también se haga justicia y cumplamos
con las leyes aquí en la tierra.
Si
mi caso o el caso Katya -como le llaman- queda en la impunidad, causará inmensa
tristeza, indignación, repudio y desconfianza en todo nuestro país. Pero el
mundo entero sabrá que El Salvador está harto de vivir en la impunidad. Le
ruego a Dios no se origine un verdadero caos y vuelva a repetirse nuestra
amarga historia, una guerra a la que no deseamos regresar.
Hilda
María Jiménez Molina, junio del 2000.
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Noviembre/2000:
Carta abierta de Hilda María Jiménez
San
Salvador, 7 de noviembre del 2000.
A
las niñas y niños de El Salvador, a todas las personas que me acompañaron
durante el esfuerzo realizado para encontrar justicia para mi Katy, a todo
el pueblo salvadoreño:
Por
este medio, quiero despedirme temporalmente de todas y todos. Tras la reciente
decisión del Órgano Judicial, salgo del país porque tengo temor y porque voy
a buscar afuera el apoyo necesario para que la lucha que hasta ahora he librado
no sea en vano. Aquí en el país, sigue siendo casi imposible confiar en el
funcionamiento de las instituciones. Las del Estado trabajan de manera coordinada
o sin ponerse de acuerdo -¡qué importa!- para que aquellos personajes con
poder, responsables materiales e intelectuales en casos que ofenden lo más
puro de la humanidad, permanezcan impunes. Las de la sociedad, que se rasgan
las vestiduras ante el abominable crimen del secuestro cuando afecta a sus
miembros, no hacen nada por acompañar el dolor y los esfuerzos de las madres
que lloramos y clamamos sin ser escuchadas cuando exigimos la aplicación de
la ley para reivindicar a nuestras criaturas maltratadas.
No
abandono este difícil esfuerzo que inicié hace más de un año. Pero tengo que
cuidar a mi otra hija, mi pequeña Marcelita, y garantizar que a mí no me ocurra
nada para poder seguir adelante hasta que los asesinos de mi Katy y sus encubridores
-dentro y fuera del aparato estatal- paguen sus culpas. A todo el pueblo salvadoreño
que me ha apoyado, le pido que lo siga haciendo con su participación consciente
que impida el triunfo de la impunidad. No podemos permitir que sigan destruyendo
lo más sagrado que nos queda: nuestra niñez.
Gracias
a todas y todos.
Hilda
María Jiménez Molina.
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Abril/2002:
A tres años del sacrificio, aún impune de Katya
¿Sabes
algo princesa Katy?
Un día después de dejarte en el sepulcro, de donde no hubiera
querido irme nunca, amada mía, Dios hizo algo realmente maravilloso.
Me permitió verte platicando con Él, muy sonriente. Iban caminando
sobre la arena. Tú llevabas la calzoneta roja con puntos negros, con
la que te dejé ese sábado 3 de abril, cuando tu papá
no te permitió irte conmigo a la Vigilia de Pentecostés. Te
volviste y me sonreíste como diciéndome: "No se preocupe
mamita, sólo mire con quien voy. ¡Con nuestro amadísimo
Jesús!".
Han pasado tres años, mi princesita. Ya tienes 12 años. El señor
que pintó tu retrato, donde estás con tu uniforme y con esa
carita de ángel que le dio la vuelta al mundo por su tragedia, te dejó
realmente PRECIOSA. Tal y como eres y debes estar hoy. La misma fotografía,
pintada a mano y con un rostro de inmensa paz y alegría, con ese rostro
que me dice y recuerda donde te encuentras hoy: con Jesús, cantando
para Él, glorificándole y con la certeza que estarás
allí por toda la eternidad.
Nuestra Madre María y Jesús, conocen el fondo de mi alma porque
nunca podré engañarles. Nadie puede tomarme una fotografía
y reflejar cuanto dolor hay en mi alma. El dolor del alma, no queda plasmado
en un papel. Tú me conoces; tú sabes que estoy sufriendo terriblemente.
Porque ellos no sólo me quitaron el derecho a cuidarte, amarte, mirarte,
contemplarte y verte crecer, sino que me quitaron también el derecho
de poder ir a ese jardín donde descansas. No puedo ir a platicarte,
llevarte flores y pedirte -con voz fuerte, hasta poder llegar a ti- fe y fortaleza
para seguir adelante. No puedo llegar a ti amada mía. No puedo contemplar
nunca más tu rostro, tus brazos, tus manos, tus piernas, tus pies,
tu pelo… En fin, amada, no puedo verte más ni escuchar tu voz, diciéndome:
"MAMI".
Los que tuvieron la cobardía de hacerte todo ese daño que mi
mente desea borrar para siempre de mis pensamientos, caminan de aquí
para allá, tranquilos. Siguen trabajando, incluso, con grados más
altos; siguen haciendo su vida como si nada pasó, pensando que nunca
hicieron nada. Creyéndose, los infelices, que son inocentes. PERO LA
VOZ DE SUS CONCIENCIAS, NUNCA LA PODRÁN CALLAR NI TAMPOCO ENGAÑAR.
Te extraño, te amo y te prometo, princesa mía, que mientras
vivamos tu amada hermanita Gina Marcela y yo, jamás seremos cómplices
ni permitiremos que una niña o un niño esté siendo abusado.
Ten la completa seguridad, mi amor, de que tu muerte no será en vano.
Que tu sacrificio, algún día será reconocido, y miles
y miles de niñas y niños gritarán y denunciarán
a las bestias abusadoras. En cada hogar, en cada casa, serás recordada
y reconocida por tu valentía. DISTE TU VIDA, PARA SALVAR A TODAS LAS
NIÑAS Y LOS NIÑOS, A QUIENES AMA JESÚS. Y EL DIVINO NIÑO
JESÚS, NO PERMITIRÁ QUE SIGAN HABIENDO MÁS MÁRTIRES.
EL PUEBLO DE EL SALVADOR TE AMA Y TE LO AGRADECE.
Katy, sigues en nuestras mentes, almas y corazones como siguen todos nuestros
amados mártires que dieron sus vidas por los demás, luchando
por la gente indefensa, la menos privilegiada, la que nunca tuvo justicia.
Dios nos permita Katyta hacerte justicia algún día y, de esa
forma, poder hacerle JUSTICIA a todas las personas que un día fueron
dañadas y atropelladas en sus derechos como seres humanos. Dios nos
guiará, iluminará y nos permitirá saber la verdad. Solamente
pide que confiemos en Él; que nos dé paciencia para dejar QUE
SEA ÉL QUIEN ACTÚE, PARA GLORIFICARLE ETERNAMENTE.
Yo, Hilda María Jiménez Molina, mami de Katy, les ruego a todos
los hombres, las mujeres, los niños y las niñas de El Salvador
o de cualquier nacionalidad, que vayan a Jardines del Recuerdo y busquen el
Jardín "El Paraíso". Allí se encuentran mi
abuelita, mi madre -Hilda Molina de Jiménez- y mi tesoro KATYA NATALIA.
No les pido que le lleven flores. Solamente visiten a mi hija y, por favor,
les ruego que en sus mentes o en voz alta le digan que cuide de sus hijos
e hijas, que les proteja de todo mal, de todo peligro y que no permita que
gente mala y con deseos impuros se les acerque. Estoy segura que Katy escuchará
sus ruegos, porque siendo una niña pura e inocente, estoy convencida
que ESTÁ MUY CERCA DE JESÚS.
LES AMA FRATERNALMENTE,
Hilda María Jiménez Molina
Jueves 4
de abril del 2002.
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Mayo/2004:
Katya Natalia Miranda Jiménez (Q.D.D.G)
Katyta:
Jesús
recordó su sangre derramada por amor a la humanidad, al ver la sangre
que recorría tu pequeño y frágil cuerpecito aquella madrugada
del domingo 4 de abril de 1999. Lloró y se acercó a ti. Te levantó
de la arena, limpió tu carita, secó tus lágrimas, alivió
el dolor de tuboquita y tus pómulos cruelmente lastimados. Besó
tu frente y te dijo:
"Katy, que lindo nombre tienes. Te amo y he venido por ti. Eres muy valiente.
Prefieres morir para salvar a otrasniñas y niños. Ya no quieres
que hayan más Katyas abusadas sexualmente, fisicamente, moralmente...
Ya no quieres que esos crímenes sigan en la más aberrante impunidad.
¿Verdad?. En este día glorioso de mi Resurrección, traigo
estos regalos para ti:
Tu túnica blanca y las grandes alas que siempre quisiste tener.
También quiero que sepas que tu alma sigue estando pura".
Entonces, el cielo que brillaba inmensamente por todas sus estrellas y la
luna llena dejo de llorar por tu martirio y sonrió al escuchar a Jesús
diciéndote:
"Vamos hacia arriba, donde nos espera nuestro Padre Dios, nuestra Madre
María, tu abuelita Hilda, tu hermanita Hildy y muchos angelitos.
Vamos donde no existe el dolor y el sufrimiento; donde no seguirás
soportando el abuso que hasta hoy te ovligamos a callar.
Desde el cielo podrás cuidar a tus seres amados, a tu hermana Marce,
a tu mami Hildy, a tu abuelito Tito y a todos los que llorarán al conocer
de tu tragedia".
Hijita:
Por ti
no me rindo aunque hayan pasado ya cinco largos, dolorosos y agotadores años.
Junto a tu hermanita Marce, tu recuerdo sigue siendo mi motor, mi energía,
mi luz y guia para continuar luchando por conseguir verdad y justicia en tu
caso y en todos los que siguen cruelmente archivados por la irresponsable
actitud del Fiscal General de la República, Belisario Artiga.
Él y otros funcionarios siguen sordos y ciegos, sin investigar como
es debido, ocultando y callando para terminar siendo cómplices de hechos
abominables como tu violación y asesinato, sin importarles el inmenso
dolor que desgarra nuestras almas al no poder ver más con vida a nuestras
hijas e hijos.
Katyta:
Faltan
pocos días para que Francisco Flores traspase la Presidencia de la
República a Antonio Elías Saca.
¿Será este último capaz de contribuir a derrotar la impunidad
en nuestro país?
Porque el pueblo que te vio morir y que sufrió por tu sacrificio, que
te lleva en el alma y que sigue siendo valiente ya no aguanta tanto abuso
y clama justicia.
En el
día de las madres, te repito que te extraño y te adoro.
Hilda
María , tu madre que sigue buscando justicia.
Desde
mi lacerante exilio, 10 de mayo de 2004
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Un homenaje a Katya y a su madre
La comunidad de San Luis de La Reina, con el apoyo de su párroco Pablo Hernández expresaron su solidaridad con la lucha de Hilda María Jiménez (madre de Katya) a través de un mural que pintaron en el campanario de la parroquía, frente al parque central de esa localidad.
Esta muestra de apoyo para Hilda y de denuncia ante las injusticias que se cometen en nuestro país, llegó al IDHUCA acompañada de unas fotos(vea las fotos del mural) y de la carta que transcribimos a continuación:
San Luis de La Reina, Dpto. de San Miguel, El Salvador, 25 de agosto de 2004.
“Si no hay camino que nos lleve,
Nuestras manos lo abrirán,
y habrá lugar para los niños,
para la vida y la verdad;
y el lugar será de todos,
en justicia y libertad.
Si alguien se anima, avise:
seremos dos para comenzar”.
Oscar Campana
Para Hilda María Jiménez.
Desde San Luis de la Reina le escribimos para mostrarle nuestra solidaridad.
Han pasado 5 años de la partida física de Katya. Ella sigue entre nosotros y nos sigue invitando a caminar firme y valientemente en la búsqueda de la verdad y la justicia.
Queremos hacer de su conocimiento que le hemos acompañado en sus esfuerzos de justicia con nuestras oraciones, pero hoy se lo queremos expresar con un mural que ha sido pintado por un joven en el campanario de nuestra Iglesia Parroquial, ubicado frente al parque central de nuestro municipio.
Es en memoria de Katya, a la vez, una denuncia, porque en El Salvador no podemos seguir viviendo en la impunidad, en este sistema podrido desde la raíz. A las niñas y niños de El Salvador y un reconocimiento a su lucha por la justicia y la verdad.
Le acompañamos desde estas tierras que saben de sufrimiento e injusticias.
Pablo Edgardo Hernández
Párroco
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Fotos
Parroquía San Luis de la Reina, Departamento de San Miguel

Campanario de la parroquía donde ha sido pintada Katya junto a la Virgen de Guadalupe

La comunidad de San Luis La Reina trabaja en la elaboración del mural

Vista completa del mural

El mural ha sido terminado y ahora será un símbolo de denuncia y de la lucha en favor de la justicia y los derechos humanos

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