El Salvador, quince años después: otra lectura

 

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Con la firma del Acuerdo de Chapultepec entre el primer gobierno de Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), se estableció formalmente el fin del conflicto armado en El Salvador. Pero antes, el 4 de abril de 1990 se firmó en Ginebra el documento donde se fijaron los cuatro objetivos principales del proceso de pacificación; en éstos se incluían –además del cese al fuego– el respeto irrestricto de los derechos humanos, la democratización del país y la reunificación de la sociedad.

Para evaluar los avances y retrocesos de dicho proceso, resulta imprescindible hacerlo desde los objetivos aludidos. De ahí que, si bien el primer resultado fue logrado plenamente, existen fuertes dudas sobre el cumplimiento de los otros tres. Precisamente por eso se dice que en el país ya no hay guerra, pero tampoco paz.1 Esta frase resume la considerable división que existe al analizar la situación actual. Una parte subraya logros en el fortalecimiento de la democracia y las instituciones públicas, en el combate a la pobreza, en el mejoramiento de la salud y la educación pública, y en los niveles de vida alcanzados en algunas zonas del país. Mientras, la otra considera que la realidad desmiente esas afirmaciones.

El Órgano Ejecutivo administrado por Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) desde hace diecisiete años, resalta la estabilidad macroeconómica y los indicadores que ubican a El Salvador como un país de renta media baja. Ese balance oficial contrasta con el malestar de la sociedad, organizada o no, que se queja por los graves problemas que le afectan: altísimos índices delincuenciales y de violencia, situación económica cada vez más precaria, profunda y creciente desigualdad entre ricos y pobres, falta de credibilidad en los partidos políticos, fragilidad y mala conducción de las instituciones publicas, excesivo peso de las élites económicas en decisiones políticas, impunidad, corrupción y emigración constante a los Estados Unidos de América (EUA). Tal cúmulo de problemas y la incapacidad estatal para superarlos, influye directa y negativamente en la situación de los derechos humanos.

No puede calificarse de exitosa una economía improductiva que para sostenerse depende del ingreso del dinero enviado por compatriotas y que esa sea, más allá del discurso, la verdadera "estrategia" para reducir la pobreza. El régimen económico impuesto desde 1992, sólo ha beneficiado a determinados grupos empresariales y le ha exigido un enorme sacrifico humano a las mayorías para conseguir escasos progresos en los indicadores económicos y sociales. El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) asegura que, entre 1990 y el 2004, la economía salvadoreña creció muy lentamente y la poca riqueza creada se distribuyó de manera muy desigual. De hecho, el 20% de la población con más recursos recibió en el 2003 el 57% de todos los ingresos;mientras, el 40% de la gente más pobre sólo el 10%. Así, ese año, el 31% de la población seguía viviendo en extrema pobreza; es decir, con menos de un dólar diario.

Para el IDHUCA, en los últimos tres lustros todavía no se ha conseguido consolidar la democracia ni se ha alcanzado el respeto irrestricto de los derechos humanos; eso, que supone
además la ausencia de verdad y justicia para las víctimas en todos los niveles, impide que la salvadoreña sea una sociedad conciliada y unida. Dicho en otras palabras, no se han alcanzado los grandes objetivos acordados el 4 de abril de 1990. Y de eso depende, en gran medida, el futuro.

Quienes cuentan con poder económico, político y mediático difunden el rostro de un país que camina por la senda del progreso; mientras, quienes están dispersos y forman parte importante de la sociedad que vive descontenta, no encuentran ánimo ni recursos para comenzar a construir un poder ciudadano capaz de empujar hacia los cambios necesarios para transformarlo de fondo.

Otro factor que frena las posibilidades de salir a flote entre las adversidades señaladas, es que las salvadoreñas y los salvadoreños se encuentran en medio de una polarización extrema entre las principales fuerzas políticas: ARENA y FMLN. Esa situación ha neutralizado la posibilidad de lograr el consenso de una agenda mínima de trabajo en beneficio de la colectividad.

Esta profunda división interna alcanzó su máximo, hasta la fecha, cuando el 5 de julio del 2006 en la capital del país un manifestante disparó un arma de guerra contra un grupo de policías, asesinando a dos agentes e hiriendo a más de diez. Este hecho es relevante por las emociones y las acciones que suscitó, pues mucha gente revivió dramáticos y terribles hechos y caminos que llevaron al país a una guerra fratricida.

No obstante, en las semanas sucesivas la sociedad salvadoreña –organizada o no– fue incapaz de unirse en una sola reflexión compartida del evento; así, se utilizaron las dos muertes con fines partidistas electoreros mientras otros sectores las ignoraron, prefiriendo denunciar sólo el descontento que llevó a la gente a protestar. En todo caso esos trágicos sucesos fueron negados, adulterados o mal utilizados según determinados intereses.

Por eso se puede afirmar que en El Salvador de la posguerra nunca se alcanzó la verdadera reconciliación y que la ausencia de la verdad seguida de la justicia como valores, aún no constituye la base de una convivencia democrática. Ahora que se le ha corrido el "maquillaje" al país, surge la interrogante: ¿quién puede asegurar que las divisiones y las tensiones existentes no provocarán otro conflicto violento, independientemente de su forma?

En el IDHUCA existe la convicción de que es necesario intervenir ahora que todavía hay cierto margen de acción, en lugar de esperar a mañana cuando la presión social busque formas peligrosas de solución a sus problemas más graves. Es necesario hacer un profundo balance sobre lo ocurrido durante los últimos tres lustros y abrir un debate sobre el pasado para buscar, en el presente, estrategias en función de salvar el futuro. Por eso se habla de "la otra lectura", la que debe hacerse desde la sociedad y no las de los poderes económicos, políticos y mediáticos.

En ese marco, se realizó el Encuentro "El Salvador, quince años después: otra lectura" como forma de concretar en el 2007 el Foro de San Salvador "VERDAD, JUSTICIA Y PAZ". En ese evento se evaluó la situación del país desde una perspectiva de derechos humanos más allá de las visiones ideológicas, partidistas y oficiales con el fin de generar posteriores discusiones y entendimientos básicos sobre el rumbo del país, los graves problemas que afectan a la población en la actualidad y las posibilidades objetivas para superarlos.

En el Encuentro participaron expertos y activistas sociales, nacionales e internacionales. Para su mejor realización, se organizaron conferencias abiertas al público; además, se integraron cuatro mesas de trabajo para analizar –el viernes 23 y el sábado 24 de marzo– los temas de derechos humanos, desarrollo económico y social, seguridad ciudadana y democratización, tomando como base los acuerdos de paz.

El propósito de estas reflexiones colectivas especializadas era buscar consensos sobre nuevos insumos para elaborar propuestas de políticas públicas. Asimismo, se pretendía y pretende –tras el evento– contribuir a generar e impulsar un movimiento social que cuestione a los órganos estatales, a los gobiernos locales y a otras instituciones como las que integran el Ministerio Público, por sus decisiones erradas; éstas deben entender que, de seguir así, se agravarán las actuales condiciones y se producirán consecuencias nefastas para una convivencia pacífica. También, con eso, se intenta contar con los argumentos para convencer a quienes están pensando emigrar al exterior de que, con su participación, es posible que las cosas cambien y que vale la pena luchar por una existencia digna en su propio país, en lugar de buscar el "sueño americano".

El decimoquinto aniversario del fin de la guerra fue recordado en otras actividades desde una lectura partidista y sesgada de sus causas, del significado de los acuerdos de paz y de lo que se consiguió tras las hostilidades. Así, se desperdició una buena oportunidad para retomar la senda del diálogo y la negociación como fórmula para encarar los conflictos y superarlos; en lugar de eso, durante esta conmemoración se agudizó la fractura que divide al país. La conferencia que realizó el IDHUCA pretendía dar voz a la sociedad civil, en especial a los grupos e individuos que no se sienten representados en la Asamblea Legislativa pero que no están resignados a ver que se sigan malogrando posibilidades para, finalmente, encaminar a El Salvador hacia un desarrollo sostenible para todas y todos.

Por lo que concierne al desarrollo anual del Foro de San Salvador "VERDAD, JUSTICIA Y PAZ" en marzo, cabe señalar que esa decisión parte del compromiso con las víctimas. Marzo es un mes con un sentido profundo para un pueblo al que le arrebataron personas valientes y comprometidas con la verdad y la justicia como el jesuita Rutilio Grande, asesinado el 12 de marzo de 1977; Marianella García Villas, asesinada el 14 de marzo de 1983; Koos Koster, otros tres periodistas holandeses y sus acompañantes salvadoreños, asesinados el 17 de marzo de 1982; y monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, asesinado el 24 de marzo de 1980. Se deben recordar, también, hechos relevantes ocurridos durante ese mes, que marcaron la historia del país: la publicación del informe de la Comisión de la Verdad, el 15 de marzo de 1993 y –cinco días después– la auto amnistía de los responsables de las atrocidades sufridas por la población durante el conflicto armado.

La presente publicación contiene la sistematización de la conferencia pública y el trabajo realizado en las mesas especializadas durante el evento. De esa forma se intenta entregar un documento que contribuya a que la sociedad salvadoreña haga otra lectura de los acuerdos de paz, quince años después del fin de la guerra. Las reflexiones, ideas y propuestas que ahora se presentan son un aporte universitario a la vida nacional, no sólo por el balance de la situación del país que contienen sino también porque pretenden ser insumos de una propuesta para enderezarle el rumbo político, económico y social que lleva y encauzarlo hacia la dirección correcta: la de la paz con verdad, justicia, democracia y respeto plenos de los derechos humanos. La esperanzada intención de quienes participaron en este esfuerzo es la de alejar a la sociedad salvadoreña de la pesadilla que hace quince años creyó haber superado y acercarla en serio al sueño que entonces se forjó.

Benjamín Cuéllar
Director del IDHUCA
San Salvador, El Salvador, junio del 2007.

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