Carta de Hilda María Jiménez al Fiscal General de la República de El Salvador
Licenciado Félix Garrid Safie
Fiscalía General de la República
Presente.
Uno de los casos que más ha impactado a la sociedad salvadoreña, después de la guerra, es el asesinato y la violación de mi hija Katya Natalia Miranda Jiménez. Esos trágicos hechos ocurrieron entre la noche del 3 de abril y la madrugada del 4 de abril de 1999, mientras ella se encontraba de paseo en un rancho propiedad de su familia paterna ubicado en la Playa Los Blancos de la jurisdicción de San Luis, La Herradura, Departamento de La Paz. Resulta obvio que dicho crimen no pudo ser cometido por otra persona que no se encontrara al interior de dicha propiedad.
Debido a que algunos de los sospechosos del mismo fueron sobreseídos por el Juzgado de Instrucción de San Luis Talpa, el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (IDHUCA) –entidad que me representa legalmente en El Salvador– le solicitó el 28 de enero de 2003 a su antecesor, Belisario Artiga, realizar nuevas diligencias de investigación sobre el caso que permitieran la correcta individualización de sus responsables y el posterior enjuiciamiento penal de los mismos (anexo copia a la presente petición).
En vista de que dicha comunicación no fue atendida, el IDHUCA presentó otra demanda el 30 de abril de 2003. En ambas solicitudes se hicieron nuevas denuncias por los delitos de Violación, Agresión Sexual Agravada, Homicidio Agravado, Encubrimiento, Complicidad y Fraude Procesal contra todas las personas adultas que permanecieron en el entorno de mi hija Katya la noche de su muerte.
Ninguna de estas comunicaciones ha sido respondida en cuatro años, tiempo que supera la estimación del “plazo razonable” según los parámetros de derechos humanos aplicables. Mientras tanto, la violación y el asesinato de mi niña junto al resto de delitos que favorecieron o facilitaron semejantes hechos y su posterior encubrimiento, continúan en la más completa y descarada impunidad.
En esta ocasión, en mi calidad de madre de la víctima –después de una difícil y dolorosa búsqueda de justicia durante casi ocho años– le reitero el contenido de los escritos relacionados y le pido por primera vez que, como Fiscal General de la República, cumpla con las atribuciones constitucionales que le han sido encomendadas tomando en cuenta los derechos de las víctimas y la excesiva dilación del anterior Fiscal en el trámite de estas peticiones.
Cuando Usted llegó al cargo manifestó –refiriéndose al caso de Katya– lo siguiente: “Voy a revisar todos los casos emblemáticos” (CoLatino, 26 de abril del 2006). Es el momento para demostrar con hechos su voluntad de actuar como es debido en el combate a la impunidad, especialmente porque faltan dos años para que prescriba la acción penal en el caso y se convierta en otro más donde por omisión se le niega justicia a las víctimas.
En la espera de su respuesta a la presente, me despido.
Atentamente,
Hilda María Jiménez Molina
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Junio/2000: ¡Justicia para Katya!
Katya, una linda niña de cuerpo y alma, sencilla, humilde, agradecida, cariñosa e inteligente. Esto y mucho más era mi amada hijita.
Katya, mi niña de apenas 9 años de edad, quien recién los había cumplido un sábado 13 de marzo de 1999. Ella fue violada y asesinada en la madrugada del domingo 4 de abril de 1999. En esa trágica ocasión, Katya estaba en compañía de su papá, Capitán Edwin Antonio Miranda Méndez, Jefe del Departamento de Logística del Estado Mayor Presidencial; su hermanita, Gina Marcela Miranda Jiménez; sus abuelos, Abogado Carlos Miranda González y Rosa Natalia de Miranda; sus tíos: Subcomisionado Godofredo Adalberto Miranda, quien se desempeñaba como Segundo Jefe de la División de Investigación Criminal (DIC) de la Policía Nacional Civil (PNC), Capitán Jorge Alberto Miranda de alta en la Fuerza Armada de El Salvador, Doris de Miranda, Yanira Miranda de Recinos, Tito Livio Recinos, Rebeca de Miranda; 5 niños menores de edad; y los empleados Luis Alonso López y Francisco Rosales, ambos trabajadores fieles de Carlos Miranda González.
Nadie, absolutamente nadie se pudo dar cuenta, ni escuchó, ni vio algo que le pareciera extraño y peligroso para alguna de las personas que allí se encontraban. Es absurdo y totalmente extraño que bajo el cuidado de gente capacitada en uso de armas de fuego, entrenados y sobrevivientes de una guerra tan intensa y difícil como la que sufrimos todas y todos los salvadoreños, hayan sido dormidos, sedados y burlados por alguien. Tendría que haber sido demasiado hábil y capacitado como para introducirse y dirigirse sin equivocación alguna, exactamente dentro de una mini tienda de campaña y casi atropellando al Capitán Edwin Miranda, para sacar tan sencillamente a Katya, como si mi hija -que medía casi un metro 40 centímetros- tuviese el peso de una pluma y no casi las 90 libras. Es imposible que su papá, quien se encontraba junto a ella, y sus abuelos que se encontraban a escasos 2 metros de distancia, al igual que el Capitán Jorge Miranda y Rebeca de Miranda, y todas las demás personas que allí se encontraban, no se hayan dado cuenta que mi amada Katya fue extraída, cargada, golpeada, abusada sexualmente (violada) con toda la crueldad existente y por último asfixiada. Nadie escuchó un grito de terror y de dolor, nadie se preocupó por protegerla y auxiliarla estando la mayoría armada y siendo todos responsables de velar por la vida y seguridad de todos los niños que allí se encontraban. Pudieron haber matado a mis dos hijas puesto que Gina Marcela al igual que Katya, se encontraba en la tienda de campaña con su padre, según su versión, quien le daba seguridad al Señor Presidente de La República de El Salvador y quien anduvo con el Servicio Secreto de Los Estados Unidos en la recién venida del Sr. Presidente Bill Clinton, en marzo de 1999
Me parece increíble que casos como el asesinato y violación de mi Katya siga, a casi 14 meses (4 de junio de 2000), sin resolverse. Porque se han destruido, alterado y ocultado pruebas que podrían haber incriminada aún más a los cuatro imputados (el papá de Katya, su abuelo y sus dos empleados), quienes están protegiéndose unos a otros y a la vez cayendo en miles de contradicciones. Todo ello es posible en El Salvador, porque la impunidad sigue imponiéndose sobre la base de un sistema judicial corrupto e ineficiente.
Espero que Dios Todopoderoso ilumine a la Señora Jueza para que cumpla con su deber: hacer prevalecer la Justicia. Una Justicia que sólo los más privilegiados de este pobre país, donde nos tocó nacer, puedan aspirar; y los menos privilegiados, tenemos que luchar duramente aunque nuestro corazón se desgarre y esté completamente ensangrentado. Debemos levantarnos, ponernos de pie y prácticamente olvidarnos del miedo a ser asesinados por nuestro deseo de pedir, a gritos y con todo el derecho del mundo, ¡Justicia!
Enfrentarnos a un sistema cerrado donde cuando no conviene escuchar no se escucha, donde existe un temor horrible a ser involucrados completamente porque eso puede provocar que se saquen a luz sus mismas corrupciones, donde el delincuente y el asesino con algún poder siguen teniendo privilegios, donde se ha olvidado por completo uno de los Diez Mandamientos: “No matar”.
¿Acaso en nuestro El Salvador desean que el pueblo tome la justicia por sus manos? ¿O quizá deseen regresar al tiempo del régimen militar?
Yo como madre de Katya, quien le dio con sacrificios no soldados a la Patria pero sí 2 niñas que serían brillantes, honradas y justas en sus profesiones escogidas por ellas mismas. Me entristezco profundamente de saber que la misma familia no me las cuidó; me horrorizo al pensar que pudieron haberme matado a mis dos amores, a mis pequeñas con las que me sentía realizada como madre y -aunque no tengo una carrera universitaria- me enorgullecía saberme buena y protectora mamá.
La vida a veces nos pega tan fuerte que nos hace dar vuelta. No puedo quedarme cruzada de brazos sin hacer nada para encontrar al o los asesinos de mi “bebé grande”, como yo la llamaba. Katya no les debía nada, ni una tan sola mala mirada, expresión o malcriadeza. Nada que la llevara a morir de esa forma tan terrible. Katya solamente quería ser buena hija, hermana, sobrina, nieta y amiga. Quería ser astronauta y darme la inmensa alegría de verla graduarse. Si algo se debía era por parte de nosotros los adultos y no de Katya. Nos arruinaron la vida completamente; ésta jamás será la misma para todos los que la conocimos. No pasa un segundo sin que la recuerde, sin extrañarla y querer tocarla, besarla, bañarla, peinarla, decirle que la amo, mirarla, escucharla…
Me mataron a mi niña y El Salvador o mejor dicho el Órgano Judicial, parece que no piensa llevar a la cárcel a los asesinos. Lucho por todos esos niños y niñas que aún siguen siendo objeto de abusos y maltratos, sin encontrar apoyo y ayuda en nosotros los adultos, en la gente “grande” que se supone tiene que atenderles y protegerles. Lucho por esos jóvenes y mujeres u hombres que fueron abusados en su infancia y jamás se atrevieron a decírselo a nadie, porque les hicieron creer que ellos eran los sucios y culpables, los malos, provocadores y mentirosos, y no los adultos.
Quiero confiar en mi país, quiero confiar en la justicia salvadoreña, quiero que la gente se anime a denunciar y a luchar -“Dios provee”-; quiero que las y los salvadoreños confiemos en que si se nos violan nuestros derechos, se castigará con todo el peso de la Ley a los responsables. Confío en Dios Todopoderoso, tengo fe y estoy plenamente convencida de detestar el maltrato infantil. Dios hace justicia pero pide con autoridad que también se haga justicia y cumplamos con las leyes aquí en la tierra.
Si mi caso o el caso Katya -como le llaman- queda en la impunidad, causará inmensa tristeza, indignación, repudio y desconfianza en todo nuestro país. Pero el mundo entero sabrá que El Salvador está harto de vivir en la impunidad. Le ruego a Dios no se origine un verdadero caos y vuelva a repetirse nuestra amarga historia, una guerra a la que no deseamos regresar.
Hilda María Jiménez Molina, junio del 2000.
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Noviembre/2000:Carta abierta de Hilda María Jiménez
San Salvador, 7 de noviembre del 2000.
A las niñas y niños de El Salvador, a todas las personas que me acompañaron durante el esfuerzo realizado para encontrar justicia para mi Katy, a todo el pueblo salvadoreño:
Por este medio, quiero despedirme temporalmente de todas y todos. Tras la reciente decisión del Órgano Judicial, salgo del país porque tengo temor y porque voy a buscar afuera el apoyo necesario para que la lucha que hasta ahora he librado no sea en vano. Aquí en el país, sigue siendo casi imposible confiar en el funcionamiento de las instituciones. Las del Estado trabajan de manera coordinada o sin ponerse de acuerdo -¡qué importa!- para que aquellos personajes con poder, responsables materiales e intelectuales en casos que ofenden lo más puro de la humanidad, permanezcan impunes. Las de la sociedad, que se rasgan las vestiduras ante el abominable crimen del secuestro cuando afecta a sus miembros, no hacen nada por acompañar el dolor y los esfuerzos de las madres que lloramos y clamamos sin ser escuchadas cuando exigimos la aplicación de la ley para reivindicar a nuestras criaturas maltratadas.
No abandono este difícil esfuerzo que inicié hace más de un año. Pero tengo que cuidar a mi otra hija, mi pequeña Marcelita, y garantizar que a mí no me ocurra nada para poder seguir adelante hasta que los asesinos de mi Katy y sus encubridores -dentro y fuera del aparato estatal- paguen sus culpas. A todo el pueblo salvadoreño que me ha apoyado, le pido que lo siga haciendo con su participación consciente que impida el triunfo de la impunidad. No podemos permitir que sigan destruyendo lo más sagrado que nos queda: nuestra niñez.
Gracias a todas y todos.
Hilda María Jiménez Molina.
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Abril/2002:A tres años del sacrificio, aún impune de Katya
¿Sabes algo princesa Katy?
Un día después de dejarte en el sepulcro, de donde no hubiera querido irme nunca, amada mía, Dios hizo algo realmente maravilloso. Me permitió verte platicando con Él, muy sonriente. Iban caminando sobre la arena. Tú llevabas la calzoneta roja con puntos negros, con la que te dejé ese sábado 3 de abril, cuando tu papá no te permitió irte conmigo a la Vigilia de Pentecostés. Te volviste y me sonreíste como diciéndome: "No se preocupe mamita, sólo mire con quien voy. ¡Con nuestro amadísimo Jesús!".
Han pasado tres años, mi princesita. Ya tienes 12 años. El señor que pintó tu retrato, donde estás con tu uniforme y con esa carita de ángel que le dio la vuelta al mundo por su tragedia, te dejó realmente PRECIOSA. Tal y como eres y debes estar hoy. La misma fotografía, pintada a mano y con un rostro de inmensa paz y alegría, con ese rostro que me dice y recuerda donde te encuentras hoy: con Jesús, cantando para Él, glorificándole y con la certeza que estarás allí por toda la eternidad.
Nuestra Madre María y Jesús, conocen el fondo de mi alma porque nunca podré engañarles. Nadie puede tomarme una fotografía y reflejar cuanto dolor hay en mi alma. El dolor del alma, no queda plasmado en un papel. Tú me conoces; tú sabes que estoy sufriendo terriblemente. Porque ellos no sólo me quitaron el derecho a cuidarte, amarte, mirarte, contemplarte y verte crecer, sino que me quitaron también el derecho de poder ir a ese jardín donde descansas. No puedo ir a platicarte, llevarte flores y pedirte -con voz fuerte, hasta poder llegar a ti- fe y fortaleza para seguir adelante. No puedo llegar a ti amada mía. No puedo contemplar nunca más tu rostro, tus brazos, tus manos, tus piernas, tus pies, tu pelo… En fin, amada, no puedo verte más ni escuchar tu voz, diciéndome: "MAMI".
Los que tuvieron la cobardía de hacerte todo ese daño que mi mente desea borrar para siempre de mis pensamientos, caminan de aquí para allá, tranquilos. Siguen trabajando, incluso, con grados más altos; siguen haciendo su vida como si nada pasó, pensando que nunca hicieron nada. Creyéndose, los infelices, que son inocentes. PERO LA VOZ DE SUS CONCIENCIAS, NUNCA LA PODRÁN CALLAR NI TAMPOCO ENGAÑAR. Te extraño, te amo y te prometo, princesa mía, que mientras vivamos tu amada hermanita Gina Marcela y yo, jamás seremos cómplices ni permitiremos que una niña o un niño esté siendo abusado. Ten la completa seguridad, mi amor, de que tu muerte no será en vano. Que tu sacrificio, algún día será reconocido, y miles y miles de niñas y niños gritarán y denunciarán a las bestias abusadoras. En cada hogar, en cada casa, serás recordada y reconocida por tu valentía. DISTE TU VIDA, PARA SALVAR A TODAS LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS, A QUIENES AMA JESÚS. Y EL DIVINO NIÑO JESÚS, NO PERMITIRÁ QUE SIGAN HABIENDO MÁS MÁRTIRES.
EL PUEBLO DE EL SALVADOR TE AMA Y TE LO AGRADECE.
Katy, sigues en nuestras mentes, almas y corazones como siguen todos nuestros amados mártires que dieron sus vidas por los demás, luchando por la gente indefensa, la menos privilegiada, la que nunca tuvo justicia. Dios nos permita Katyta hacerte justicia algún día y, de esa forma, poder hacerle JUSTICIA a todas las personas que un día fueron dañadas y atropelladas en sus derechos como seres humanos. Dios nos guiará, iluminará y nos permitirá saber la verdad. Solamente pide que confiemos en Él; que nos dé paciencia para dejar QUE SEA ÉL QUIEN ACTÚE, PARA GLORIFICARLE ETERNAMENTE.
Yo, Hilda María Jiménez Molina, mami de Katy, les ruego a todos los hombres, las mujeres, los niños y las niñas de El Salvador o de cualquier nacionalidad, que vayan a Jardines del Recuerdo y busquen el Jardín "El Paraíso". Allí se encuentran mi abuelita, mi madre -Hilda Molina de Jiménez- y mi tesoro KATYA NATALIA. No les pido que le lleven flores. Solamente visiten a mi hija y, por favor, les ruego que en sus mentes o en voz alta le digan que cuide de sus hijos e hijas, que les proteja de todo mal, de todo peligro y que no permita que gente mala y con deseos impuros se les acerque. Estoy segura que Katy escuchará sus ruegos, porque siendo una niña pura e inocente, estoy convencida que ESTÁ MUY CERCA DE JESÚS.
LES AMA FRATERNALMENTE,
Hilda María Jiménez Molina
Jueves 4 de abril del 2002.
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Mayo/2004:Katya Natalia Miranda Jiménez (Q.D.D.G)
Katyta:
Jesús recordó su sangre derramada por amor a la humanidad, al ver la sangre que recorría tu pequeño y frágil cuerpecito aquella madrugada del domingo 4 de abril de 1999. Lloró y se acercó a ti. Te levantó de la arena, limpió tu carita, secó tus lágrimas, alivió el dolor de tuboquita y tus pómulos cruelmente lastimados. Besó tu frente y te dijo:
"Katy, que lindo nombre tienes. Te amo y he venido por ti. Eres muy valiente. Prefieres morir para salvar a otrasniñas y niños. Ya no quieres que hayan más Katyas abusadas sexualmente, fisicamente, moralmente...
Ya no quieres que esos crímenes sigan en la más aberrante impunidad. ¿Verdad?. En este día glorioso de mi Resurrección, traigo estos regalos para ti:
Tu túnica blanca y las grandes alas que siempre quisiste tener.
También quiero que sepas que tu alma sigue estando pura".
Entonces, el cielo que brillaba inmensamente por todas sus estrellas y la luna llena dejo de llorar por tu martirio y sonrió al escuchar a Jesús diciéndote:
"Vamos hacia arriba, donde nos espera nuestro Padre Dios, nuestra Madre María, tu abuelita Hilda, tu hermanita Hildy y muchos angelitos.
Vamos donde no existe el dolor y el sufrimiento; donde no seguirás soportando el abuso que hasta hoy te ovligamos a callar.
Desde el cielo podrás cuidar a tus seres amados, a tu hermana Marce, a tu mami Hildy, a tu abuelito Tito y a todos los que llorarán al conocer de tu tragedia".
Hijita:
Por ti no me rindo aunque hayan pasado ya cinco largos, dolorosos y agotadores años.
Junto a tu hermanita Marce, tu recuerdo sigue siendo mi motor, mi energía, mi luz y guia para continuar luchando por conseguir verdad y justicia en tu caso y en todos los que siguen cruelmente archivados por la irresponsable actitud del Fiscal General de la República, Belisario Artiga.
Él y otros funcionarios siguen sordos y ciegos, sin investigar como es debido, ocultando y callando para terminar siendo cómplices de hechos abominables como tu violación y asesinato, sin importarles el inmenso dolor que desgarra nuestras almas al no poder ver más con vida a nuestras hijas e hijos.
Katyta:
Faltan pocos días para que Francisco Flores traspase la Presidencia de la República a Antonio Elías Saca.
¿Será este último capaz de contribuir a derrotar la impunidad en nuestro país?
Porque el pueblo que te vio morir y que sufrió por tu sacrificio, que te lleva en el alma y que sigue siendo valiente ya no aguanta tanto abuso y clama justicia.
En el día de las madres, te repito que te extraño y te adoro.
Hilda María , tu madre que sigue buscando justicia.
Desde mi lacerante exilio, 10 de mayo de 2004
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