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Segundo Montes, vigente

Hace dieciocho años, la UCA fue sacudida hasta su médula. En la residencia de los jesuitas fueron masacrados, junto a Elba y Celina Ramos, seis sacerdotes; mientras, afuera, otro tanto de salvadoreños y salvadoreñas –a quienes los curas ejecutados entregaron su vida– también eran víctimas de los combates entre los ejércitos gubernamental y guerrillero. Entre las y los mártires en la Universidad Centroamericana estaba Segundo Montes, un sociólogo brillante que fundó en 1975 el primer organismo de derechos humanos en Latinoamérica: el Socorro Jurídico Cristiano. Segundo nació en Valladolid, España; fue, entre sus compañeros, uno de los primeros que se nacionalizó salvadoreño. A sus cincuenta y seis años había acumulado amistades, conocimientos y publicaciones. Además, fue una voz importante y seria en el análisis de la situación de la población desplazada, refugiada y emigrante; también fue pionero en el estudio del impacto que las remesas tenían en la economía salvadoreña.

En 1988, sus investigaciones revelaban que en Estados Unidos de América había un millón de salvadoreños y salvadoreñas; asimismo, daban cuenta de que la cantidad de dólares que enviaban a sus familias posibilitaba no sólo la supervivencia de éstas sino la de todo el país. Eso, que ahora suena trillado, fue entonces una novedad y hoy, lamentablemente, aún es una realidad. El monto de las remesas que ascendía entonces a mil trescientos millones de dólares, era el equivalente a la “ayuda” que cada año enviaba EUA y el valor de todas las exportaciones nacionales; correspondía a casi dos veces el presupuesto nacional.

Para Montes, la salida de la gente hacia otras tierras y sus consecuencias eran otra prueba más de un profundo conflicto social que tenía como base la injusticia. “Si esta problemática no se aborda debidamente, quizás se finalice la guerra, pero las condiciones que la originaron perdurarán y volverán a hacer crisis o a estallar en cualquier momento”. Hoy, veinte años después del señalamiento, el desequilibrio social y económico persiste junto a una insoportable violencia y un ambiente de inseguridad casi pleno. Por ahora y ojalá para siempre, no se están padeciendo prácticas estatales de violaciones sistemáticas de derechos fundamentales por razones políticas, como sucedía en aquellos años; pero sí se mantiene la exclusión de grandes sectores de la población que han comenzado a protestar por su precaria condición. A éstos les responden lanzándoles en su contra unidades antimotines, aprobando leyes para contener su movilización y crean tribunales especiales para encarcelarlos. La crisis se cuece a fuego lento, en una olla de presión que estallará de obstruirse su válvula fundida –como antes de 1970– entre la emigración y el mercado.

Y es que, como el mismo Montes afirmó en la revista ECA de junio de 1988, el fondo estructural del atropello de los derechos civiles y políticos es la negación sistemática de los económicos, sociales y culturales. “La urgencia por salvar vidas humanas, por detener la violación a estos derechos más perceptibles y coyunturales, puede hacer olvidar o perder el horizonte estructural que subyace a tales violaciones, y que ha sido y continúa siendo la causa de la presión social para hacer cambios. Esa presión es inhibida o reprimida violentamente (…) el fondo estructural de violación sistemática a los derechos humanos, es el conjunto de los derechos económicos, sociales y culturales, que imposibilita la reproducción humana material, social y espiritual para una inmensa mayoría de los salvadoreños”.

La validez de este planteamiento se puede constatar con datos, como lo hizo en su momento Segundo. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sostiene que –de superar asuntos “metodológicos” en la medición oficial– el 58.4% de la población salvadoreña aparecería instalada en la pobreza relativa y el 27.7% en la extrema. “El estado o situación de pobreza –dijo en su momento el sacerdote mártir– es una secuencia de las condiciones estructurales de la sociedad, y a su vez se convierte en causa o limitante para salir de tal estado o situación, frente a la imposibilidad de movilidad social ascendente a través de la educación, trabajo, o salud”.

Otros datos. Según la Fundación Nacional para el Desarrollo (FUNDE), en la tasa de desempleo en el 2004 fue del 6.8%; la de subempleo del 35.4%. Significa eso que el 42.2% de la población no tuvo un ingreso fijo y estable ni servicios médicos y seguros de enfermedad, vejez, discapacidad o muerte. Además, FUNDE sostiene que en ese mismo año el 49.8% de los empleos se ubicaban en el sector informal y el 56% de las personas asalariadas en lo urbano no estaba cubierto por la seguridad social. Lo anterior profundiza la vulnerabilidad de un amplio sector, especialmente entre la juventud y quienes habitan en zonas rurales; además, impide que niñas, niños y adolescentes reciban la educación necesaria para romper tan perverso círculo.

También en este tema hay coincidencias con el padre Montes, quien en su momento señaló lo siguiente: “Las Oficinas Centrales de Empleo, ya sea para el área metropolitana de San Salvador, ya sea para las tres ciudades mayores del país, no sólo son incapaces de conseguir ocupación a sus demandantes inscritos, sino que, dada su limitada eficiencia, atraen a una cantidad insignificante de personas que buscan trabajo (….) Este agravamiento se puede apreciar también por la cantidad de empresas que han cerrado, así como el número significativo de trabajadores que han quedado cesantes”. Algún parecido con la realidad actual no es coincidencia, sino producto del régimen económico impuesto desde entonces y que –ahora también– genera a muchos y muchas profesionales jóvenes serios problemas para integrarse a la vida productiva por la falta de oportunidades; de ahí que salgan a buscarlas en otras latitudes.

Los ingresos de la población “privilegiada” que tiene un trabajo, deberían ser suficientes para garantizar alimentación y otros recursos básicos a sus familias; para disfrutar, pues, de una vida digna. Eso no sucede así por la defensa a ultranza que desde el Órgano Ejecutivo se ha hecho a favor del empresariado más poderoso, argumentando que una sustancial y justa subida de sueldos provocaría el cierre de varias compañías que no podrían cumplir tal disposición. Hace dos años hubo un risible y hasta ofensivo aumento del salario mínimo que ni siquiera compensó el alza del costo de la vida; hace unos días, el presidente Antonio Saca anunció otro mini incremento del mini salario mínimo. La reacción empresarial tras el anuncio reciente presagia otra decepción más. Igual pasaba en tiempos de Montes, quien aseguraba al respecto lo que sigue: “De cualquier forma, el salario mínimo es totalmente insuficiente, no ya para salir de la pobreza relativa, pero ni siquiera para romper la barrera infranqueable de la pobreza absoluta (...)”.

Los textos de Segundo ilustran no sólo la situación de la época que le tocó vivir y analizó con lucidez, sino también la actual. En buena medida porque fue un visionario, capaz de analizar los acontecimientos y prever sus consecuencias; pero también por la torpeza de quienes han mal dirigido al país después de la guerra y lo han llevado hasta el presente estado de cosas. Éstos han defendido los intereses que los jesuitas inmolados criticaban por mezquinos. Por eso ordenaron su muerte. Los responsables aún impunes de la masacre en la UCA buscaban, además de callar esas voces, desacreditar dichos planteamientos. Desdeñaron los llamados de atención de los mártires jesuitas y la crisis, aunque maquillada y disfrazada, permanece hoy y se agudiza pese al fin de la guerra.

En el ahora de El Salvador, las opiniones de Montes son de nuevo –como en 1988– una clara advertencia sobre el peligroso rumbo que transita y una denuncia del mal –del pecado social, en palabras de monseñor Romero– que mantiene sumergida a tanta gente en un sufrimiento inclemente e inmerecido. “Las estructuras vigentes en El Salvador –estableció Segundo– (...) no permiten una vida digna y mínimamente humana a la inmensa mayoría de la población, lo cual las convierte en violatorias de los derechos económicos, sociales y culturales a que se ha comprometido el Estado y la sociedad (…) la guerra podría tener un final militar, pero si no se resuelven los problemas estructurales que están a la base de la injusticia y de los conflictos, no se alcanzará la paz”.

 

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La tragedia de los "balseros salvadoreños"

Las costas de Oaxaca, México, fueron escenario de una nueva tragedia migratoria. Veinticuatro personas, la mayoría de El Salvador, perdieron la vida en su afán de llegar a Estados Unidos de América (EUA). Todas viajaban sin documentos, en busca de las oportunidades que no encontraron en sus países. Y es que, por encima del discurso oficial que se empeña en disfrazarlo, el éxodo de compatriotas sigue respondiendo a la realidad de una sociedad excluyente, violenta e insegura. Quienes en ese marco arriesgan sus vidas en una travesía cada vez más peligrosa, mantienen la “salud” financiera del país y hacen posible que la situación nacional todavía sea manejable. Sin esta salida obligada, la presión sería incontrolable hasta el punto de estar en la víspera de una crisis política, social y económica de grandes proporciones.

Ese torrente humano no lo ha detenido las dolorosas historias que constantemente se conocen a través de los medios de difusión masiva. El hambre y el deseo de romper con un destino fatal que condena a las mayorías a pasar sus vidas luchando contra la muerte violenta y lenta, son más fuertes que la posibilidad de perder la vida entre los rieles de un tren, la arena del desierto, el oleaje del mar, la correntada de los ríos, las balas de la “migra” o la furia de los “minuteman”. Los atropellos que sufren estas personas en el camino son innumerables y de todo tipo: asaltos, trata laboral, violaciones sexuales, patronos abusivos que les quitan sus documentos y las mantienen amenazadas en esa situación; hay quienes han sido secuestradas para pedirle rescate a sus familiares en EUA. La Comisión Nacional de Derechos Humanos de México (CNDH) también ha documentado atentados contra sus derechos en el “Informe especial sobre la situación de los derechos humanos en las estaciones migratorias y lugares habilitados del Instituto Nacional de Migración en la República Mexicana”.

Sobre los sitios de reclusión, la CNDH señala que “existe en estos establecimientos una concepción netamente compatible con el sistema carcelario, debido a que operan con celdas, rejas metálicas, aldabas, candados, y cuentan con bases de cemento que se usan como camas, características que corresponden más a un reclusorio que a un alojamiento administrativo. Lo anterior se agrava si se considera que a veces los periodos de aseguramiento se prolongan durante semanas o meses”. Semejante situación es reflejo de la tendencia, cada vez más marcada, a presentar la población emigrante como criminal; relacionada con el narcotráfico, el terrorismo internacional y, en el mejor de los casos como delincuente común aunque no existan pruebas que respalden tales vinculaciones.

De lo que sí hay evidencias es que alrededor del fenómeno imperan redes delictivas que le sacan un gran provecho. El tráfico de indocumentados está generando altas ganancias para quienes lo ejercen. Un “coyote”, por una persona, cobra cantidades que a veces superan los cinco mil dólares y es capaz de crear una verdadera estructura que incluye autoridades migratorias de los países de tránsito. También hay quienes se ofrecen para transportar personas en las fronteras, pero terminan explotándolas sexual o laboralmente; en otros casos las ejecutan para hacer jugosos negocios con sus órganos. Por eso, el refuerzo de las medidas de seguridad debe estar orientado contra las mafias y no contra la población emigrante.

Ésta también es utilizada para fines partidarios. En el país, el gobierno central de turno la ocupa como herramienta electoral no sólo afirmando que si pierden las elecciones habrá deportaciones masivas, sino también manipulando el Estado de Protección Temporal (TPS) para presentarse como una administración preocupada, humana y eficaz. Sin embargo, hasta el momento no ha sido capaz de volver más segura la llamada “ruta del migrante” o de garantizar el respeto de los derechos de quienes son detenidos y deportados antes de llegar a EUA. Los consulados no se han destacado por eso y en el IDHUCA se han documentado casos en los que la participación estatal ha sido reprochable. El de Elí Rivera es un de esos; tras sufrir un grave accidente en México, no obtuvo ayuda para regresar al país y completar el tratamiento necesario para su curación.

Por eso, al valorar la reacción oficial ante el naufragio reciente en Oaxaca, es válido afirmar que ha estado condicionada por la atención que los medios de difusión masiva y la comunidad internacional le brindaron al mismo. Que altas autoridades migratorias acudan al lugar a identificar a compatriotas salvadoreños fallecidos, a repatriar sus cadáveres y acompañar a los sobrevivientes es la excepción, no la regla, por esa indiferencia gubernamental. México, más allá de este caso, sigue siendo un cementerio de salvadoreños y salvadoreñas en el que las personas difuntas en su peregrinar no son reclamadas sino que van a dar a una fosa común; y sus familias las siguen reportando como desaparecidas, a quienes probablemente murieron sin que nadie las reconociera.

Ante la constante salida de salvadoreños y salvadoreñas persiste entre los gobernantes una visión de mercaderes, según la cual los y las emigrantes son una fuerza laboral que permite el sostenimiento del modelo económico impuesto en sus países de origen. Se les necesita para globalizar la economía. Su condición permite “abaratar” costos y enviar recursos a las naciones pobres, pero en el país no están dispuestos a tolerar las consecuencias culturales, sociales y políticas de esa diáspora. Se pacta la liberación de bienes, recursos financieros y servicios, pero no de la mano de obra.

Acá cabe mencionar que, recientemente, la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA, por sus siglas en inglés) entregó el Premio en Derechos Humanos 2007 ala UCA y al congresista James McGovern. Este último fue reconocido, entre otros logros, por sus esfuerzos –junto a Joe Moakley– para frenar las deportaciones de salvadoreños durante la guerra y esclarecer la masacre en la UCA ocurrida en noviembre de 1989. La UCA, por su parte, recibió el reconocimiento por su trabajo a favor de los derechos humanos, que tiene en el padre Segundo Montes a uno de sus principales promotores e inspiradores.Segundo se caracterizó por su compromiso y labor con la gente más humilde de El Salvador; esa que en el intento por salvaguardar su integridad personal se vio forzada a abandonar hogares y pertenencias, a causa de la violencia política y la guerra. El padre Montes conoció, profundizó y reveló a la opinión pública –antes que nadie– la dimensión de la emigración salvadoreña y el impacto de sus remesas en la economía nacional. “Una vez más los pobres –denunció en 1987– están enviando divisas y sosteniendo en gran parte la economía del país, mientras otros con mayor capacidad hacen grandes capitales y los expatrian”.

Eso sigue ocurriendo hoy. La emigración, sobre todo a territorio estadounidense, se ha convertido en uno de los fenómenos actuales más preocupantes que influye y afecta el respeto de los derechos humanos en Centroamérica. Por eso urge enfrentarlo, con la certeza de que no se puede controlar pero sí humanizar.

El padre Alejandro Solalinde Guerra, de la Pastoral de Movilidad Humana de la Diócesis de Tehuantepec, en su ponencia durante el seminario internacional denominado “El fenómeno migratorio y los derechos humanos en la frontera sur de México”, formuló su esperanza en la población emigrante de la siguiente manera: “Este es el evento que marca el principio del siglo XXI. Un fenómeno de trascendencia internacional. Ni las mafias ni el Estado lo pueden controlar. EUA tiene miedo y no lo puede comprender; no sabe qué hacer ante este éxodo sin Moisés hacia una tierra, soñada pero no prometida. Los emigrantes llevan consigo los valores de un nuevo humanismo, la solidaridad con los otros que viajan y el sacrificio por los suyos. Algún día decidirán y refundarán EUA para hacerlo más humano y justo”.

 

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Piedra angular o de tropiezo (I y II)

I Parte

Convirtieron al Estado en una maquinaria criminal para aniquilar a sus enemigos; con sus recursos –supuestamente puestos en función de garantizar el respeto de la legalidad y los derechos humanos– los persiguieron, torturaron, desaparecieron y ejecutaron con salvajismo. Además, secuestraron las instituciones encargadas de investigar y sancionar esos hechos para asegurarse la impunidad. Y hasta hoy lo han logrado, pues pese a que transcurrieron ya quince años desde que el conflicto armado terminó, todos los que se han sentado en la silla presidencial apadrinados por Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) han decidido no enfrentar ese pasado para resolverlo; por el contrario, resolvieron proteger a los mayores criminales de la historia nacional –junto con los de 1932– y así frenaron tanto el avance en la construcción y consolidación de un verdadero Estado de Derecho en el país.

Desde que la Asamblea Legislativa aprobó la funesta Ley de Amnistía General para la Consolidación de la Paz en marzo de 1993, han sostenido –sobre todo el anterior y el actual presidente– que esa normativa es la “piedra angular” de los acuerdos de paz; el soporte del “nuevo” El Salvador. En lo primero no tienen ninguna razón, pues nunca se mencionó esa medida en dichos convenios entre las partes beligerantes. Pero en lo segundo, no se equivocan. La impunidad y la violencia que hoy reinan en el territorio nacional son, en buena medida, fruto del “borrón” de aquel entonces; a la fecha, la “cuenta nueva” ya asciende a más de sesenta mil muertos y sigue creciendo. Contrario al discurso oficial, está claro que la amnistía no propició la reconciliación y la paz sino que “democratizó” la violencia, la inseguridad, el irrespeto de la ley y la discrecionalidad, tanto en la investigación de los delitos como en el castigo a sus responsables. Esa aberrante normativa, pues, es el sostén de un país que de “nuevo” no tiene nada de fondo pues sigue siendo malogrado por gobiernos inhumanos e indignos que desprecian a las víctimas y le rinden honores a los victimarios; gobiernos que en lugar de comprometerse con la verdad y la justicia, mienten y violan los derechos de quienes padecieron brutales ultrajes.

Al respecto, Paolo Luers sostiene –en su recién estrenado espacio de opinión– lo siguiente: “Hay dos afirmaciones, en este contexto, que requieren respuesta. Una es que la impunidad otorgada por la amnistía del (sic) 1993 es una especie de pecado de nacimiento de nuestra sociedad de posguerra y, como tal, directamente culpable de la impunidad que beneficia a los corruptos, los pandilleros y los narcos de hoy. Es como decir: Porque nadie está en la cárcel por el asesinato de Oscar Arnulfo Romero, andan libres los asesinos de los señores Manzanares en Suchitoto y de Federico Bloch”. Y continúa: “No hay nada para sustentar esta tesis. La impunidad de hoy es resultado de los pecados de la posguerra, no de los Acuerdos de Paz y la amnistía. Tiene que ver con la ineficiencia de la fiscalía (sic) de la policía, con los errores de la política de seguridad pública, con la corrupción entre los jueces. Tiene como trasfondo la extrema polarización que ha impedido pactos nacionales en el área de seguridad pública y reforma del sistema judicial”.

Hay que ir por partes. Nunca, al menos desde el IDHUCA, se ha dicho que esa amnistía sea “directamente culpable de la impunidad que beneficia a los corruptos, los pandilleros y los narcos de hoy”. Como se lee antes de la aseveración del citado columnista u “opinólogo”, el Instituto de Derechos Humanos de la UCA sostiene que esa decisión política de los victimarios y sus representantes parlamentarios tiene mucho que ver –no todo, pero sí mucho– con la actual postración del país ante la violencia, la inseguridad, la corrupción y la falta de alternativas viables para superar semejantes problemas.

De acuerdo con lo relativo a la ineficiencia de la Fiscalía General de la República y de la Policía Nacional Civil, a las desatinadas políticas de seguridad, al problema de la impartición de justicia y a la continuada guerra –ya no armada, sino electorera– entre el gobierno de ARENA y la oposición del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). De acuerdo. Pero hay que ser más serios al analizar el por qué de esos “pecados de la posguerra”. Una mala investigación de los delitos como la que se estila en El Salvador, junto a los perversos requerimientos fiscales –dependiendo a quién hay que favorecer o a quién hundir–y la cargada “administración” de justicia al servicio de determinados intereses particulares y no del bien común, ¿a quiénes han beneficiado?

¿A lasvíctimas humildes y anónimas que aún buscan a sus familiares desaparecidos y a las cuales, sin afán de lucro ni agenda política, el IDHUCA se siente honrado no de hablar en su nombre sino de acompañarlas en su genuino bregar? ¿O al general retirado –ahora, como antes, empresario de basura– que pudo haberse molestado e iniciado otra guerra, derribando esta flamante sociedad “reconciliada y en paz” por ser señalado como lo que fue: responsable de graves violaciones de derechos humanos? ¿O a Gloria y Mauricio García Prieto que han batallado contra cualquier cantidad de amenazas y obstáculos de diverso signo para que la muerte inaceptable de su hijo Ramón Mauricio, ocurrida en medio de la naciente “paz”, no quede impune? ¿O al general retirado, firmante de los acuerdos que dieron paso a la actual sociedad salvadoreña –“altamente reconciliada”, en palabras de Luers– y señalado por las víctimas como principal sospechoso de la autoría intelectual en el citado caso García Prieto, cuya impunidad ha sido defendida con uñas y dientes por representantes oficiales en los órganos del sistema interamericano de derechos humanos?

A diferencia de lo que sostienen algunos, la amnistía –“parte vital e indispensable del proceso de reconciliación”, en palabras de Luers– es, más bien, base fundamental del autoritarismo actual. Esa decisión política inconsulta fue una de las primeras señales claras de éste, impulsado sobre todo –aunque no únicamente– por ARENA. Ese es el rasgo propio de ese partido; así impuso la dolarización, el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos de América y la progresiva destrucción de la Finca El Espino, por citar sólo tres situaciones emblemáticas.

Por respeto a las víctimas y por las nefastas consecuencias que la amnistía ha tenido para el país, es imperante derogarla. Pero no. El presidente Antonio Saca y su antecesor Francisco Flores –tristemente recordado y mal visto, según parece, hasta por sus mismos correligionarios– no sólo fueron incapaces de definir y ejecutar una agenda de derechos humanos que honrase y dignificase a las víctimas, sino que acudieron a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) a defender tan cuestionada ley.

Se les olvidó o no les importó que la CIDH la hubiese rechazado desde su aprobación y luego, de manera reiterada, al condenar al Estado por casos infamantes como el magnicidio de monseñor Óscar Arnulfo Romero y la ejecución de seis sacerdotes jesuitas, de Elba Ramos y de su hija Celina en la UCA. Como siempre, torpes, imaginaron que sus insolentes e insostenibles “argumentos” convencerían a dicha Comisión –justamente dedicada a promover y defender los derechos humanos en el continente– de dar marcha atrás en lo que ha sostenido persistentemente: que su contenido viola la Convención Americana sobre Derechos Humanos y constituye el mayor obstáculo para alcanzar la ansiada paz.

El mal gobierno actual y los anteriores, enfrascados en esa recalcitrante defensa de lo indefendible, han proclamado necedades como la siguiente de Flores: “La Ley de Amnistía es la piedra angular de los acuerdos de paz, es lo que nos permitió a nosotros perdonarnos (…) la persecución de los crímenes de guerra hubiera producido otra guerra; hubiera cerrado las puertas a la posibilidad de reconciliarnos (…) A mí me parece que aquellos que buscan quitar esa piedra angular de los acuerdos de paz, pueden sumergirnos en un grave conflicto adicional…” ¡Por favor! ¿Quién perdonó a quién? ¿Los de un bando a los del otro? ¿Cuál otra guerra? ¿La de los criminales de la anterior contra sus víctimas? ¿Cuál reconciliación? ¿Entre quienes? ¿Entre diputados y diputadas de uno y otra facción? ¿Cuál otro conflicto, si no se ha salido –del todo y bien– del anterior? Es cierto que se acabó la guerra. Pero para finalizar con éxito el llamado “proceso de pacificación” salvadoreño falta alcanzar tres metas más:democratización del país, respeto irrestricto de los derechos humanos y reunificación de la sociedad salvadoreña. Eso no lo dice el IDHUCA, hablando en nombre de las víctimas; lo acordaron el gobierno de Alfredo Cristiani y el FMLN en Ginebra, el 4 de abril de 1990.

Parte II

Para que una sociedad se presuma democrática, debe ser plural e inclusiva. Pero, como se afirmó en la primera entrega de esta reflexión, tras la guerra los poderes visibles y ocultos se apropiaron del Estado –del “nuevo El Salvador”– para profundizar la exclusión de las mayorías al arrogarse el “derecho” de negarle a otras personas sus derechos a la verdad y la justicia. Lo hicieron pasando por encima de las víctimas en nombre de la “democracia” y la “paz” alcanzadas, al aprobar una amnistía arbitraria mediante la cual anularon –al menos hasta ahora– la posibilidad de investigar graves violaciones de derechos humanos y crímenes de guerra en los que participaron financiadores, planificadores, ejecutores y encubridores que aún permanecen cobijados bajo la impunidad.

La inclusión no es eso. Como asunto propio de un real proceso democratizador va más allá de la celebración periódica de elecciones, la apertura de mercados, la libertad para comerciar y otros temas concernientes a la forma y no al fondo. Tiene que ver con propiciar condiciones para la convivencia civilizada; con abolir privilegios de cualquier tipo para individuos ogrupos; con garantizar que el brazo de la justicia sea lo suficientemente largo para alcanzar a todos los criminales, sin importar de quién son familiares o amigos; con respetar la dignidad de todas las personas, por encima de cualquier cosa. Tiene que ver, esencialmente, con la observancia de los derechos humanos y tiene que producir buenos ejemplos que, además de generarle sano orgullo a algunos, envíen mensajes positivos que –superando lo que ahora ocurre en el país– encanten y animen a la sociedad entera para su participación organizada en el esfuerzo por alcanzar las metas de Ginebra.

Hoy acá no se vive eso, independientemente de lo que digan quienes le cantan a los “éxitos” de un “modelo” nacional que se exportó a otros países en los cuales, sin embargo, no se adoptaron medidas como la amnistía decretada por la Asamblea Legislativa salvadoreña el 20 de marzo de 1993. En Guatemala, por ejemplo, se aprobó la Ley de Reconciliación Nacional mediante la cual se estableció que la justicia determinaría –en casos individuales– si se trataba de delitos políticos o comunes relacionados con el conflicto armado. La ley tenía excepciones: no se beneficiaría con la amnistía a responsables de tortura, genocidio o desapariciones forzadas, ni crímenes no relacionados con el conflicto armado. La ley guatemalteca reconoció la normativa internacional relativa a los delitos que no pueden ser amnistiados; y esas son, precisamente, las mismas disposiciones que le echan en cara a los representantes del Estado salvadoreño, cada vez que en algún foro internacional se atreven a defender a los victimarios –a hablar en su nombre, con el pretexto de hacerlo en nombre de toda la sociedad– para que sigan protegidos por la impunidad.

Dicen que cuando se pierde, hay que asegurarse de aprender bien la lección. Eso lo han logrado grupos de personas en comunidades en Chalatenango, Morazán, Tecoluca, Zacatecoluca y otras que fueron víctimas de actos criminales durante el conflicto político y bélico; éstas, que sufrieron grandes pérdidas, sí asimilaron una enseñanza esencial: nunca es tarde para establecer los cimientos de la paz, colocando donde corresponde las piedras de la verdad y la justicia, así sea hoy o mañana. Se trata de resolver el presente, no el pasado. ¿Por qué? Pues porque con la amnistía no se resolvió nada más que la seguridad, la tranquilidad y el progreso para los señores de la guerra y la muerte; mientras, la mayoría de la gente sigue sufriendo por múltiples razones que tienen que ver con una exclusión arbitraria y contraria a la democracia.

Sintiéndose dueños del destino nacional, durante las audiencias especiales ante la Comisión Interamericana celebradas el miércoles 10 de octubre, los grandes victimarios fueron representados por agentes de un Estado que han secuestrado para su beneficio. Cuando se abordó el magnicidio de monseñor Óscar Arnulfo Romero y lo hecho hasta ahora para dar con sus responsables, la respuesta oficial confirmó la estrategia que seguirá impulsando en el plano internacional cuando se le pida cuentas al gobierno. Carlos Alfredo Méndez Flores, pieza fundamental de ese contingente, aseguró que mantienen reuniones con altos representantes de la iglesia católica para –según él– poner fin al proceso dentro del sistema interamericano de derechos humanos.“Permítanos un compás de espera para que, primero Dios, logremos un acuerdo”, rogó ante dicha Comisión Méndez Flores.

Y agregó que el Estado salvadoreño “no reconoce la responsabilidad en este lamentable hecho”. Entonces, ¿de qué está hablando? ¿A qué acuerdo pretende llegar el gobierno? Porque la verdad, la justicia y la reparación del daño a las víctimas no admite regateo alguno; no son negociables. Podrán conversarse los procedimientos para alcanzarlas, pero hasta ahí. No puede, el gobierno, ofrecer no entorpecer el proceso de beatificación de monseñor Romero para dar por cerrado el caso en la Comisión Interamericana. Son dos cosas distintas y, ante eso, no hay donde perderse.

Sin embargo, semejante proceder no es casual. También actuó así en el caso García Prieto, cuando negoció con la que fuera viuda de Ramón Mauricio; sobre la base de un monto, el gobierno logró que ésta se presentara en la audiencia final ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos en enero del año en curso, sosteniendo que ya había arreglado con el Estado. Sobre esa base, la delegación oficial presidida por Óscar Santamaría –también partícipe en las audiencias en octubre– pidió que la causa se cerrara. Así quisieron ignorar a los padres y a las hermanas de la víctima, también víctimas y parte principal en el proceso. Seguramente, se basaron en el adagio “divide y vencerás” para diseñar su perversa táctica en su afán de salir “bien librados”. Las zancadillas que pretenden echarle a la justicia en este terreno puede revertírseles, porque ni la Comisión Interamericana ni la Corte son como las instancias judiciales salvadoreñas.

No sólo hay que analizar qué se dice ante esos organismos regionales; también hay que evaluar a quienes hablan en nombre del Estado. Merece especial atención que a la Comisión acuda en su defensa alguien vinculado, de una u otra forma, a Álvaro Rafael Saravia; éste fue condenado en territorio estadounidense, a pagar diez millones de dólares a la familia de monseñor Romero por su asesinato. El juez Oliver Wanger, determinó que había suficiente prueba contra Saravia por su participación en el hecho, entre la cual figuraba la agenda decomisada en un operativo militar realizado en mayo de 1980. En una de sus hojas se detalla la compra de material bélico para la “Operación piña”, nombre asignado al magnicidio; en la siguiente aparece una tarjeta de presentación del “Dr. Carlos Alfredo Méndez Flores”. No se tiene certeza de qué tipo de relación tenía el citado abogado con Saravia, pero de no existir el argumento de la amnistía esa duda ya se hubiera aclarado.

Hay un caso en el cual se derrotó dicha amnistía: el de la autoría intelectual y el encubrimiento en la masacre de UCA. Pese a Méndez Flores, defensor de sus responsables como también lo fue de los materiales, el asunto se litigó en el sistema interno y en un Juzgado de Paz de San Salvador se emitió una histórica resolución que declaraba inaplicable la ley de amnistía por estar en obvia contradicción con la Constitución. Dicha resolución constituye un logro importante. Pero no todo fue “miel sobre hojuelas” pues la titular del tribunal agregó que, pese a lo anterior, no podía investigar a los imputados–altos jefes militares y un ex presidente– porque el crimen había prescrito.

El caso de la masacre en la UCA –como el de monseñor Romero– continúa activo en su exigencia por la verdad, la justicia y la reparación. No podrá el Estado, en éste, intentar negociar ninguna beatificación a cambio de la impunidad para los criminales. Habrá que ver, entonces, con qué sale. Pero en cualquiera de estos casos y otros, hasta ahora sólo ha logrado la impunidad judicial para sus autores dentro del país. Pero esos delincuentes no deben ser líderes políticos en la construcción de una sociedad distinta ni deben pasar a la historia como los salvadores de la Patria; mucho menos se debe permitir que los presentes como referentes morales para nadie. Ante esas facetas de la impunidad –la política, la histórica y la moral– no hay amnistía que valga.

Las víctimas y el pueblo solidario con éstas deben asegurar eso. En el camino sobran las piedras de tropiezo, pero hay espacios para seguir adelante. Eso ya lo había sentenciado Maggi Popkin, cuando dijo: “Frente a esta realidad, no se quiere sugerir que los esfuerzos para abrir y reabrir casos para revertir o limitar la aplicación de leyes de amnistía sean intentos vanos, sino que paulatinamente contribuyen a la lucha para que las víctimas y la sociedad en su conjunto conozcan la verdad. Son luchas de largo plazo que duran muchos años más que el período inmediato de una transición a un gobierno democrático o el fin de un conflicto civil amargo”.

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La niñez salvadoreña sí "suda la camiseta"

Desde los seis años, Paquito vende periódicos en las cercanías de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA). Todos los días se levanta a las cuatro de la madrugada para recoger su fardo de matutinos, que se los fía un distribuidor después de pagar los recibidos el día anterior. Luego carga sobre su espalda la mercancía por más de una hora, hasta llegar a su puesto. En el camino debe evitar que los niños mayores le quiten “su” venta. Así gasta su mañana entre el humo de los buses, los insultos de los conductores y el peligro de las calles capitalinas.

A mediodía, se va al parqueo de un supermercado donde gana unas monedas extra para su familia lavando y cuidando vehículos, cargando bultos y otras “artes” como cuando –en ocasiones– acarrea agua para una vendedora de flores que, junto a sus hijos, también busca algo de dinero para sobrevivir. La madre de Paquito lava y plancha ajeno, mientras su hermana mayor cuida al resto de sus hermanitos y vende dulces. A este niño la vida le ha pospuesto, de forma indefinida, el juego y los estudios. Recientemente, se enteró de la celebración del día del niño porque vio unos afiches que algunos estudiantes habían pegado en los postes cercanos a la UCA; pero la celebración para él, no le alcanzó más allá de ese cartel.

Algo parecido le toca sufrir a Lorena, una adolescente de quince años nacida en Chalatenango que se trasladó a San Salvador hace un año para trabajar en una residencia de la zona norte metropolitana. Aunque desde hace unos años siempre se levantaba temprano para hacer los oficios domésticos, la diferencia ahora es que cumple con esa tarea en una casa que no es la suya; en un lugar en el que no están ni su madre ni sus hermanos y donde recibe –por ese trabajo– cincuenta dólares mensuales, sus tres tiempos de comida y un sitio donde dormir. La mayor parte de ese dinero le sirve para ayudar a los suyos; con lo que le queda compra artículos básicos como el cepillo y la pasta dental, o cuando es posible un par de zapatos o ropa. Su jornada supera, por mucho, las ocho horas diarias establecidas por ley. Comienza a las cinco de la mañana y generalmente termina a las nueve de la noche, más o menos, después de levantar la mesa y lavar los trastes que utilizaron sus “patrones” durante la cena.

Lorena, igual que Paquito, tuvo que interrumpir sus estudios de cuarto grado porque en las mañanas y las tardes tiene mucho quehacer; si terminara a tiempo su jornada laboral, en las noches tampoco podría asistir a la escuela por no exponer su integridad física y su vida debido a la violencia y la delincuencia imperante en el país, además del mal servicio de buses que le dificultaría transportarse. Similar situación afrontan más de veinte mil niñas y mujeres que desempeñan este trabajo, según el informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) del 2002 titulado "Sin descanso: Abusos contra niños trabajadores domésticos en El Salvador". En éste se afirma que el llamado “servicio doméstico”, por realizarse en un lugar privado, es más complicado de monitorear para ubicar los abusos que se cometen contra quienes lo realizan. Sin embargo, el citado reporte documenta algunos como la vulnerabilidad ante el acoso sexual y el abuso físico. Lorena ha tenido la suerte de no enfrentar, aún, esos atropellos.

En este ámbito también es común que los empleadores o empleadoras retengan los “papeles” –documentos de identidad– de sus empleadas, con el pretexto de evitar que se roben las pertenencias familiares o para impedir que se relacionen con personas ajenas a la casa, que tengan amistades o que salgan a pasear. Tales medidas limitan la libertad de estas personas y las colocan en una situación que algunos no dudan en calificar como una forma moderna de esclavitud.

En ese escenario, el Ministerio de Trabajo y Previsión Social (MTPS) no ha tenido el protagonismo esperado partiendo de sus atribuciones y su discurso. En la página web de esa cartera se presume, como un logro importante de El Salvadorhaber sido uno de los primeros Estados que ratificaron el Convenio 182 de la OIT, donde se plantea un compromiso oficial de eliminar las peores formas de trabajo infantil; sin embargo, en la práctica no existe la supervisión necesaria en trabajos como el doméstico que se realiza sin contratos, horarios, prestaciones y otras medidas de protección para las niñas y mujeres que lo desempeñan. Tampoco existe la posibilidad de que coticen seguridad social; y sólo si la “patrona” es “buena”, le abona a una cuenta previsional.

Lorena y Paquito son sólo dos muestras vivas y sufridas de un problema que afecta a miles de niños y niñas; problema ante el cual no se advierte una acción gubernamental eficaz, decidida y responsable. El trabajo infantil persistirá mientras no existan oportunidades para que las personas adultas saquen adelante a sus familias. Por eso, no basta con firmar convenios y crear comités; falta generar condiciones de vida y de trabajo dignas.

El desinterés de la administración pública se refleja, además, en la pobre promoción de valores a favor de la niñez. Este año, en medio del desfile declarado o no de precandidatos, precandidatas, “candidotes” y “candidotas” por la “pasarela” de una campaña electorera anticipadísima, se diluyó la celebración nacional del día de la niñez. Pero esa no es la única conmemoración tirada al olvido por esta sociedad. También está la del “Día Nacional para la erradicación de la violencia sexual ejercida contra las niñas y niños de El Salvador” el 4 de abril de cada año, día en que violaron y asesinaron a Katya Miranda; ni el Ministerio de Educación ni otra entidad estatal han asumido la responsabilidad de evocarlo como es debido, promoviendo una reflexión crítica y sana sobre la necesidad de garantizarle a la niñez una existencia libre de ese mal.

Tampoco se ha promovido la conmemoración del 29 de marzo, que es el “Día dedicado a los niños y (las) niñas desaparecidos durante el conflicto armado”. A propósito, este segmento de la población también fue duramente golpeado durante la guerra. Murieron miles de niñas y niños en medio de masacres o enfrentamientos; sobre sus pocos años, cargaron fusiles gubernamentales o guerrilleros; cocinaron, llevaron mensajes y sirvieron de “pantalla” en casas de seguridad; vieron desintegrarse sus familias; sufrieron la separación forzada de sus padres y madres; su niñez la vivieron en medio de la muerte y el dolor.

Pero al final de los combates, sus padecimientos no terminaron. Ahí están–como ejemplo– las muertes violentas de Katya, Maycol Ticas, Federico Carías, Gerardo Villeda, Dany Alexander Guevara y otros niños ejecutados en el Plan de la Laguna, y tantos más fallecidos de forma violenta y también lenta por lascondiciones de pobreza y exclusión que les afectan; niñas y niños, además, arriesgan sus vidas al ser entregados a los “coyotes” en un intento por reencontrarse con sus padres, madres o hermanos que los esperan en suelo estadounidense.

La Convención sobre los Derechos del Niño y la Niña establece que deben desarrollar su personalidad y crecer en el seno de su hogar, en un ambiente de felicidad, amor y comprensión. Sin embargo, Paquito y Lorena no disfrutan eso; su realidad es la evidencia del creciente segmento infantil desamparado por una sociedad donde –tras la guerra– el poder ha instalado como sus soportes la brutalidad, el egoísmo y la insensibilidad. Políticos y gobernantes se abstraen de esa realidad y dedican sus recursos humanos y materiales a sostener adelantadas batallas de grupos por encima del bien común; eso sí, a la hora de la retórica no dudan en proclamarse los “redentores” de la niñez y en colocarla a ésta en el primer lugar de sus prioridades. Eso pasa dentro y fuera del país; acá lo hacen con cinismo y afuera sin vergüenza. Como bien se afirma, el papel aguanta con todo; desde los discursos politiqueros hasta otro tipo de porquerías.

Un difícil presente y un peor futuro enfrentan Paquito y Lorena, de no cambiar de raíz la situación. A diario sudan la camiseta de verdad, buscando ingresos; sus vidas son un ejemplo real de solidaridad con sus seres queridos al entregar su infancia para asumir una carga que no les corresponde. En sus débiles hombros descansa el porvenir de un El Salvador que aún espera se cumplan las promesas de Antonio Saca; éste y la mayoría de los políticos sin importar su signo, por más que digan “sudar la camiseta” no han podido ver más allá de sus narices. Por eso, el compromiso no debe ser con “el caudillo” ni con “el partido” sino con la niñez y la adolescencia salvadoreña.

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Estética "Saca y asociados" (UNISEX)

Cosmetología. Puede que sea esa la profesión a la que se dedique Antonio Saca cuando desocupe Casa Presidencial. Él y su partido han demostrado ser expertos en esconder realidades bajo las cremas, la sombra y el carmín de la retórica que describe un país inexistente ante foros internacionales. Es lo que hizo el titular del Ejecutivo hace unos días en la Organización de Naciones Unidas (ONU). Llegó a Nueva York y, entre otras cosas, dijo: “Debemos ser conscientes que el presente y el futuro del planeta y de nuestras sociedades, dependerá de las decisiones que tomemos y más aun de las medidas que tendremos que poner en práctica para revertir los actuales desequilibrios que enfrenta el ecosistema global, a fin de garantizar la continuidad de la vida y el desarrollo sostenible en su más amplia dimensión”. Eso hubiera satisfecho a “la noble afición”, usando un léxico que le luce más por su oficio anterior, de haber tenido credenciales comprobadas de defensor ambiental; pero en su boca, suena a embuste.

Ni el presidente ni su partido, están comprometidos con el tema pues desde hace más de dieciocho años han propiciado –por acción u omisión– severos daños ecológicos al país. ¡Cómo creerle a Saca si durante su gestión se ha devastado sin piedad el principal pulmón del “gran San Salvador”, la finca “El Espino”, con la venía de su anterior ministro de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Hugo Barrera! A este último, además de no sancionarlo por otorgar un cuestionable permiso al Club Campestre para deforestar y permitir la destrucción del arrecife en la playa “Los Cóbanos”, lo mantiene aún en su equipo al frente de la Comisión Ejecutiva Portuaria Autónoma. En la administración de Saca, quien osa hablar de desarrollo sostenible, el ex ministro de Obras Públicas fue uno de los peores verdugos de la mencionada propiedad; también los predecesores del presidente permitieron a grupos empresariales la apropiación de terrenos en ese inmueble para ampliar una universidad privada y construir “moles” de cemento.

Si como Saca sostiene, el presente y el futuro de El Salvador dependen de lo que decida, habrá que evaluarlo –junto a los tres presidentes anteriores a él– a partir de eso: de sus medidas para bien o para mal del ambiente. Lo citado es sólo una parte de lo mal que lo han hecho. Pero hay más. La indiferencia estatal ante las empresas contaminantes ha distinguido, en negativo, a los cuatro gobiernos de Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) en el Ejecutivo. En el municipio de San Juan Opico, departamento de La Libertad, se instaló hace más de diez años Baterías de El Salvador, S.A. de C.V., más conocida como “Record”. A partir de entonces se comenzaron a contaminar con plomo los mantos acuíferos, la tierra y el aire de la localidad; ahora la gente sufre mareos, vómitos, fuertes dolores de cabeza, debilidad, dificultades de aprendizaje y concentración en la niñez, así como problemas de coordinación motriz.

Desde el 2005, la fábrica operaba en dicho municipio sin permiso del Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social. Para entonces, ya había estudios que determinaban la existencia de plomo en la sangre de sus habitantes. Sin embargo, no fue sino hasta el recién pasado lunes 24 de septiembre que la cerraron. Pero ese tardío fallo no soluciona las desgracias en la zona. Pasarán muchos años antes de que se descontamine y repare el daño ecológico causado; los recursos naturales y las personas seguirán almacenando partículas del mencionado metal mientras éstas permanezcan ahí, diseminándosecon la lluvia y el viento.

La reprobación en este caso alcanza también al desempeño del actual Fiscal General de la República, Félix Garrid Safie, quien sigue confirmando que el cargo le queda grande. Pese al cierre de la fábrica, los pronunciamientos de la población y los informes de otras entidades estatales, el Fiscal no ha hecho nada para investigar los hechos y ubicar a los culpables para sancionarlos. Se escuda en que no es un especialista para determinar si hay plomo en el lugar; pero, eso sí, se atreve a decir que no ve delito alguno pese a no haber investigado todavía.

Pero, de esta experiencia también hay que rescatar la esperanza. Por eso, resulta válido subrayar el protagonismo de las comunidades afectadas. El cierre de “la Record” –un primer paso; un éxito parcial– es fruto de su participación auténtica y organizada, de su capacidad y valentía, de su imaginación­ y creatividad orientadas a reivindicar su dignidad y el futuro de sus hijas e hijos. Se debe destacar y aplaudir, además, el papel de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos al emitir dos resoluciones señalando el abuso de la empresa mencionada, así como el pasivo y cómplice actuar de las instituciones públicas que también han permitido la contaminación en San Miguel.

En el kilómetro 143 de la carretera Panamericana, una empresa de fertilizante –se dice que es la transnacional “Monsanto”– abandonó noventa y dos barriles de toxafeno, veinte de materia prima para elaborar insecticidas y cuarenta litros de metil y propanol. El toxafeno es un químico prohibido, incluido entre los doce contaminantes orgánicos persistentes; puede provocar convulsiones, cáncer y malformaciones genéticas. Actualmente, todo ese material está en recipientes deteriorados sin protección alguna que evite su filtración a los mantos acuíferos y que las lluvias lo lleven hasta los ríos, o que el sol lo convierta en vapor y se esparza por el aire. Los hechos ocurren ante la tradicional indiferencia de las autoridades sanitarias y fiscales, pese a que vecinos de la zona los denunciaron desde 1998, sin que a la fecha hayan logrado el retiro del material para que deje de afectar a ancianos, niños, niñas y adultos.

En la larga lista de la negligencia gubernamental para atender situaciones extremas de este tipo, se debe agregar lo que pasa desde 1986 en la quebrada El Garrobo en la ciudad capital. Desde entonces, Orlando de Sola descargó ripio y utilizó el lugar como un botadero a cielo abierto sin que los representantes del Estado hayan impuesto su “autoridad”. El Juzgado Segundo de Vigilancia Penitenciaria le ordenó realizar obras de mitigación; pero el plazo para eso se venció, sin que hubiera cumplido. Ahora se le ha dado un nuevo término, hasta diciembre; a la fecha, no ha hecho nada para cumplir con la orden judicial. ¿Por qué? ¿Acaso sabe que es y seguirá siendo impune? Parece que sí, pues pese a que el 5 de octubre del 2005 se inundó la zona por causa de la tierra depositada en ese terreno tras la construcción del bulevar Orden de Malta, no se le sancionó por las pérdidas materiales producidas a las familias pobres de la zona.

Esas situaciones y otras igual o más graves, tienen como base la falta de una idea distorsionada de lo que significa el ambiente para la humanidad. Por más que pronuncien rimbombantes apologías, a quienes han conducido el Ejecutivo en el país los recursos naturales les valen desde la perspectiva de la dignidad individual y colectiva; sólo les interesan porque los ven como una posibilidad de lucrarse o favorecer a sus “amistades”, que se benefician de un “sistema de libertades” proclamado por un Estado cuyo origen y fin no es la persona humanani trabaja en función de la justicia, la seguridad jurídica y el bien común, como reza el primer artículo constitucional.

El discurso de Saca el pasado 19 de septiembre en el seno de la ONU, refleja que el ecosistema es visto desde su gobierno como fuente para llenar de dólares los bolsillos de sus allegados. “La iniciativa –sostuvo entonces– está basada en la demanda de los mercados, por medio de la administración y comercialización de los beneficios y servicios ambientales, derivados de la fijación y captura de carbono, que las propiedades cafetaleras generen y que sean viables de comercialización (…)El mercado voluntario de carbono presenta una nueva fuente de ingreso, a través de un servicio ambiental innovador que es la reducción de las emisiones de carbono”. Esa es su retorcida idea de desarrollo sostenible, maquillada con un inexistente sentido humano.

Ante gobiernos como éste y los anteriores, defensores del derecho a un medio ambiente sano y ecológicamente equilibrado pero sólo del “smog” para arriba, el ejemplo del Movimiento sin Plomo y los esfuerzos de otras comunidades organizadas, deben ser ejemplos a imitar por el resto de la población para exigir que lo que se dice afuera se transforme –de veras– en una realidad adentro.

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La ignorancia es atrevida

La libertad de expresión fue considerada por primera vez como un derecho fundamental en cartas y declaraciones que, desde hace más de dos siglos, se redactaron en Estados Unidos de América y Francia; eso ocurrió, incluso, antes de que ambos países se constituyeran como estados libres e independientes. Casi dos siglos después, en 1969, la Organización de Estados Americanos (OEA) en el artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos la definió como “la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección”. Con el paso del tiempo, estas normativas han influenciado a las constituciones de los países latinoamericanos, incluido El Salvador. Aunque la definición en la Carta Magna nacional no es tan amplia como la de la OEA, el presidente Antonio Saca no se cansa de pregonar que acá se respetan las libertades y en cada foro que puede presenta al país como un paraíso democrático.

El pasado 8 de mayo, en el marco de un taller que organizó la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), declaró lo siguiente: “Como presidente de El Salvador, me interesa defender los espacios para la expresión del ciudadano, de la prensa, y para las voces disidentes, las quejas y los reclamos. De eso se trata el proceso democrático en libertad (...) En este país, todos no debemos permitir que se adultere el juego democrático, ni tampoco debemos permitir que se manoseen las virtudes del estado de libertad que tanto nos ha costado construir a todos los salvadoreños”.”. Como bien señala el dicho: “Quien no lo conozca, que lo compre”. La realidad no tardó mucho en demostrar que el supuesto interés democratizador del mandatario no pasa de la labia. Ni dos meses habían pasado cuando el 2 de julio, en Suchitoto, trece manifestantes fueron arrestados y acusados de actos terroristas cuando protestaban por la posible privatización del agua. Entre los detenidos estaba una comunicadora. Y el presidente Saca avaló las capturas que cuestionan, por encima de cualquier retórica, la vigencia de la libertad de expresión en el país.

Eso ocurre en un mundo donde la muerte acecha a las y los comunicadores. Durante el 2006, según un informe de Reporteros Sin Fronteras, fueron asesinados 81 periodistas; también se habla de 871 detenidos, 56 secuestrados y 1,472 agredidos o amenazados. A estas cifras hay que sumarle los 912 medios de comunicación censurados. Eso hizo de dicho año, el más arriesgado en la materia; sólo 1994 lo supera, cuando muchos profesionales de este ámbito perdieron la vida cubriendo los genocidios de la antigua Yugoslavia y Ruanda.

En la lista de muertes, El Salvador también ha puesto su lamentable cuota. Douglas Hernández González, corresponsal de La Prensa Gráfica murió de forma violenta el año pasado. En 1997, Lorena Saravia –locutora de Radio Corporación Salvadoreña– fue ejecutada con un “tiro de gracia” sin que a la fecha se hayan ubicado y castigado a los autores materiales e intelectuales del crimen. Más recientemente, el jueves 20 de septiembre, se agregó a la lista el nombre de Salvador Sánchez Roca. Las voces de estos comunicadores ya no sonarán en las estaciones de radio o televisión ni sus notas aparecerán en los periódicos. Todo lo que tenían que aportar, fue silenciado por la violencia. Ello, sin embargo, no debe ser excusa para perder la cordura y hacer imputaciones irresponsables; sin resultados contundentes de una investigación criminal irrefutable, estas víctimas no pueden ser piezas en el ajedrez electoral nacional y parte de la confrontación que ya empezó de cara al 2009.

Pero la población también ha visto vehículos de la Telecorporación Salvadoreña incendiados o a periodistas de esta u otra empresa siendo atacados por manifestantes que los identifican con una tendencia partidista. Esos grupos intolerantes no han acabado de entender que el ejercicio de estas libertades no es privilegio de un sector, sino también le corresponde a sus “contrarios”. Quienes se ganan la vida como cualquier otra persona y no necesariamente comparten la línea editorial del medio para el que trabajan, deben ser respetados sin que nadie impida su labor. Todas y todos deben asumir que el respeto a la dignidad de las personas no es parcial.

Otra forma de frenar el quehacer periodístico es la de intimidar a las y los periodistas, arriesgando su situación con citatorios para que testifiquen. Lo hizo el Tribunal de Ética Gubernamental cuando investigaba una acusación de corrupción al Ministro de Salud Pública y Asistencia Social, Guillermo Maza. Dicho organismo llamó a Glenda Girón, la periodista que cubrió el caso, para que relatara lo que ya había sido investigado y publicado en la revista Enfoques de La Prensa Gráfica. Eso es peligroso, sobre todo si lo que se pretende es que revelen sus fuentes informativas. Tal medida coloca a estas personas como blanco de aquellos que se puedan sentir señalados y las ponen en la misma situación de indefensión que ya ha llevado a varios testigos a la tumba.

La Declaración de Principios Básicos sobre Libertad de Expresiónestablece que las leyes para proteger la reputación e intimidad no deberían tener penas de cárcel ni inhibir el trabajo periodístico. Delitos como las calumnias, los daños al honor y la intimidad, y el desacato son sancionados en El Salvador, precisamente, con prisión. Además, hay otras limitaciones legales a la libertad de expresión que tienen que ver con la posibilidad de obtener información. La Corte Suprema de Justicia, por ejemplo, nombró a un vocero único para “controlar” lo que los medios de difusión publican. Asimismo, se ha señalado que la ley de la Corte de Cuentas impide que cualquier ciudadano pueda acceder a lo que produce.En la misma dirección, el presidente Saca ha declarado que la mejor ley de acceso a la información es la que no existe.

Al hablar de libertad de expresión, suele hacerse un énfasis especial en el periodismo y las empresas mediáticas se han apropiado del término para defender sus intereses. Por eso, se debe aclarar que este derecho no es exclusivo de nadie sino propiedad de todos y todas. Los medios y los periodistas son importantes porque constituyen vehículos para que la población pueda informarse, manifestarse, organizarse y emprender creativamente la tarea de transformar la sociedad; deben, entonces, ser herramientas para facilitar el ejercicio de la ciudadanía y la democracia.

Resulta vital que la gente ejercite ese derecho; el país necesita que esta garantía constitucional sea recuperada por la colectividad y se asegure su vigencia. Debido a la trascendencia de la misma, tanto para la construcción de un mejor país como para la defensa de las libertades que pregona Saca, el IDHUCA y la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos –dependiente de la OEA– realizaron un taller dirigido a periodistas, comunicadores, estudiantes y docentes. En ese marco, se intercambiaron experiencias de trabajo y también se habló sobre las herramientas jurídicas básicas que dicha Relatoría provee, para que periodistas y la población en general puedan garantizar su ejercicio de este derecho en el Sistema Interamericano.

Pese a que se trató de un evento académico valioso para el país, no faltó el comentario visceral de El Diario de Hoy que lo definió como "un nuevo frente que abren instituciones identificadas con la izquierda". Tan desatinada nota –quien sabe si informativa o editorial, porque su redacción no deja claro cuál género periodístico se utilizó– indica que el discurso beligerante y polarizado que en el pasado provocó tanta muerte en el país, sigue vivo en ese medio. Atendiendo a las normas éticas, hay que decir que eso no es positivo aunque; hay que aclarar que la promoción, educación y difusión de los derechos humanos para todos y todas no es un acto ilícito ni lo cobija determinada bandera partidista. El IDHUCA y la OEA impartieron ese taller desde el único frente posible para quienes están comprometidos con la verdad y la justicia: el de la dignidad de las víctimas y la defensa de los derechos humanos en cualquier circunstancia. Lo demás, incluido el comentario del matutino, sólo es una muestra de que en el país la ignorancia es atrevida y calenturienta.

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Apuntes sobre derechos huamanos y policía (II)

De la experiencia chilena en la creación de una verdadera entidad de investigación criminal, cabe rescatar lo que Andrés Domínguez califica como el liderazgo racional de mando; se trata de una conducción basada en la autoridad y no en el autoritarismo. El segundo tiene que ver con un poder derivado del rango o el “dedazo” y su concreción práctica da pie al abuso y la violencia, la afrenta para quien lo sufre y el descrédito de quien lo ejerce. La primera, por el contrario, proviene del latín “augere” que significa aumentar, hacer crecer; tiene que ver, entonces, con la capacidad de la persona que la detenta para elevar a quienes dirige, para hacerlos más humanos y mejores profesionales. Al autoritario se le obedece por obligación y no por convicción; en tal situación, el reducido no desperdicia oportunidad para engañarlo. A la autoridad se le cree y respeta; se cumplen sus disposiciones con motivación y satisfacción.

Dicho liderazgo, esencial para realizar la imperiosa reingeniería de la PNC, lo define Dominguez en su libro titulado “La Policía de Investigación Criminal: fundamentos, racionalidad y operación” como “la fuerza inteligente, emocional y profesional, capaz de implementar un proceso de modernización de un conjunto de personas desde la promoción de sus capacidades, aportes, creatividad y energías, hacia metas compartidas e innovadoras, que abran paso a los cambios positivos que impone el nuevo modelo de producción de la justicia penal, en una dinámica autosustentada y autosostenible en el tiempo”.

El verdadero líder –añade al oído de las jefaturas policiales salvadoreñas, desde la más baja hasta la más alta– “sabe descifrar las características de cada situación y los desafíos que de ella se desprenden, aprovechando el saber colectivo del conjunto, y se hace capaz de proponer la respuesta más adecuada del equipo y el concurso de cada uno de sus integrantes en ella. Esto implica que el líder conoce con objetividad sus fortalezas y debilidades, sus capacidades de comunicación y participación, abriendo paso a sus expresiones y contribuciones, creando una confianza compartida”.

Y al respecto, Dominguez remata señalando que “el liderazgo real de mando emerge desde su equipo, como el director de la orquesta desde los músicos de ésta, y no a la inversa, de modo que el desafío consiste en su capacidad de obtener de cada uno de los integrantes de su unidad toda su contribución potencial posible, armonizándola con los aportes de los otros, de manera que todo el equipo alcanza su productividad máxima en la medida que su líder construye, promueve y estabiliza una cultura relacional positiva (...)”

Para la reconversión requerida de la PNC que acá se plantea, se debe tener claro que la Policía materializa la fuerza del Derecho. No se puede admitir entonces que la institución ejerza la violencia porque, como bien señala el experto chileno en derechos humanos, “la fuerza es a la violencia lo que la música es al ruido; se miden por decibéles, pero hay una gran diferencia entre la primera y el segundo”. No existe entonces violencia legítima, sino fuerza válida fundada en normas legales y justas que se ejerce para que el Estado de Derecho funcione brindando seguridad a toda la sociedad; si no hay seguridad, éste no existe o es sumamente deficitario.

Es acá donde se puede observar, de forma más clara, que la eficacia de la fuerza policial es inseparable del buen desempeño del Estado de Derecho. Para eso está diseñada la corporación: para hacerlo eficaz. Una investigación del delitoprofesional, sin saltarse lo que algunos llaman “leguleyadas” ni recurrir a métodos criminales violentos como la mal llamada “limpieza social”, conducirá a imponer penas efectivas a los delincuentes; posibilitará, además, la reivindicación del derecho de las víctimas a conocer la verdad y a que les sea reparado el dañosufrido. Sólo así, garantizando justicia sin discriminaciones, es posible hablar de democratización y respeto irrestricto de los derechos humanos

Con todo lo anterior, cabe hacer una breve reflexión final sobre la situación actual del país en la materia. Tras diversos hechos recientes –cuyos antecedentes datan de hace más de una década– se ha afirmado que dentro de la PNC existen estructuras de sicarios, narcotraficantes y otras formas del crimen organizado. En ese ambiente, su conducción ya anunció una amenazante depuración que llena de zozobra a sus integrantes, muchos de los cuales a diario exponen sus vidas. Qué bien que lo verdaderos delincuentes uniformados y armados, vayan a la cárcel porque es cierto que la institución está contaminada por un virus que la amenaza gravemente, como también es cierto que eso se debe denunciar con firmeza. Pero no es justo que las críticas obvien señalar a quien de verdad ha favorecido el surgimiento y desarrollo de esos y otros males: toda la “clase” política nacional que –como gobierno y oposición– ha metido a la corporación policial en su cancha electorera, descuidando la ruta fijada para ésta en 1992.

Desde hace varios años se ha vendido la idea de que la institución se depura constantemente, que las “manzanas podridas” no son toleradas y que se hacen esfuerzos sostenidos para que el resto no se pudra con las plagas de la corrupción y la criminalidad. Pero lo ocurrido demuestra que eso no es del todo real. Si hasta le han entregado reconocimientos a quienes ahora aparecen señalados como “casos aislados de malos policías”. Por eso, se debe exigir el pago cabal de la factura quienes han mal dirigido a la institución que tanta sangre le costó al pueblo salvadoreño. Esto último también debe ser motivo de reflexión para quienes desde la oposición ven ya a la PNC como un cuerpo carcomido, similar a los que tras años de cruenta lucha desaparecieron por su actuar represivo y criminal. Motivo de reflexión, sí; pero también de acción inteligente, para rescatar una institución secuestrada por intereses egoístas que le han torcido el rumbo.

Y la población también debe asumir su responsabilidad, impidiendo que la PNC se siga malogrando al alejarse más de la misión con la que surgió hace quince años: ser una de las herramientas estatales privilegiadas en la protección y la promoción de los derechos humanos. La sociedad sabe el mal que puede hacer una policía que no cumpla su misión; el pasado y el presente de El Salvador aportan elementos abundantes en tal dirección. Es hora, pues, de comenzar a imaginar todo lo bueno que se puede construir con una institución policial garante de los derechos humanos, porque ya se sabe todos los males que produce lo contrario. El reto está planteado.

SALUDAREMOS LA PATRIA, ORGULLOSOS

A propósito de los festejos oficiales por el ciento ochenta y seis aniversario de la independencia de España, se recuerda hoy lo que hace doce años –el 13 de septiembre de 1995– el IDHUCApublicó en este mismo espacio y que lastimosamente aún se considera válido.

Saludaremos la Patria orgullosos, cuando el pan de cada día sea una realidad en todas las mesas y no existan niños quemándose la vida o drogándose para fantasear con el juguete que nunca han podido tener. Saludaremos la Patria orgullosos, cuando nuestras libertades no sean pisoteadas por policías civiles o por militares que –en nombre del orden y el respeto ajeno– la siguen llenando de víctimas. Saludaremos la Patria, orgullosos cuando la educación y la salud sean algo más que una poética y bella declaración escrita en su Constitución. Saludaremos la Patria orgullosos, cuando la justicia deje de ser la serpiente que anda por su tierra mordiendo sólo al descalzo, y cuando los que la enlutaron y bañaron con sangre paguen sus culpas.

Saludaremos la Patria orgullosos, cuando los que se apropian de los bienes públicos no sean encubiertos y cuando los que negocian con sus tierras y sus árboles –dejándonos sin agua y aire– reparen los daños que le han causado. Saludaremos la Patria orgullosos, cuando seamos verdaderamente independientes de modelos, agencias y bancos que imponen miseria y hambre. Saludaremos la Patria orgullosos, el día que no pinten su campo de rojo sangre y cuando la paz deje de ser una simple palabra, lejana y con sabor amargo. Saludaremos la Patria orgullosos, cuando la violencia deje de afligir nuestros rostros y robarnos lágrimas. Saludaremos la Patria orgullosos, cuando el que exija lo justo sea respetado. Saludaremos la Patria orgullosos, cuando los frutos que da esta tierra no queden en pocas manos. Saludaremos la Patria orgullosos, el día que aprendamos a ser seres humanos.

¡Sólo entonces saludaremos con pleno orgullo a la Patria donde sus mejores hijas e hijos, sin descanso, trabajaron y trabajan por su verdadero bien: el bien común!

 

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Apuntes sobre derechos huamanos y policía (I)

Ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias, tortura y otras violaciones a los derechos humanos fueron cometidas por los antiguos cuerpos de seguridad, antes y durante el conflicto armado salvadoreño. Eran sistemáticas y deliberadas. Por eso, los acuerdos que pusieron fin a dicho conflicto también liquidaron a la Policía Nacional; además, desmantelaron la Policía de Hacienda, la Guardia Nacional y la Policía de Aduanas. Así se logró, con medida tan extrema, terminar con los actos de esas fuerzas en contra de la dignidad humana y se le abrió paso a la creación de la Policía Nacional Civil (PNC), con el objeto de superar definitivamente la ejecución de hechos similares; ésta, pues, nació cobijada por el ideal de convertirse en una institución garante y respetuosa de los derechos humanos.

Y aunque durante casi todos los quince años de su existencia la PNC ha sido la institución más denunciada en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos –su hermana por origen y mandato– hay que entender que sin aquella sería imposible hablar de legalidad, Estado de Derecho y derechos humanos. No hay probabilidad alguna, por ejemplo, de obtener justicia si no es mediante su labor de investigación técnica y científica; no se puede salvaguardar la paz social y la seguridad personal, sin sus patrullajes. Eso, precisamente, es lo que se espera de ella y por eso no debe ser vista como el enemigo ni es lo más conveniente satanizarla; hay que verla y apreciarla, más bien, desde su potencial protagonismo como pilar fundamental de las garantías fundamentales de la población y trabajar en serio para que se convierta en eso.

Ya en el siglo XVIII, los franceses habían entendido tal dimensión y la plasmaron en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, el 26 de agosto de 1789, cuyo artículo doce dice: “La garantía de los derechos del hombre y el ciudadano necesita una fuerza pública. Esta fuerza se intuye, por tanto, para beneficio de todos y no para utilidad particular de aquellos que la tienen a su cargo”. Ahí está el meollo de los cuestionamientos a la Policía salvadoreña: el que la hayan puesto, en diversas situaciones, al servicio de intereses particulares. Por eso ahora enfrenta tantos problemas. Convertir a la PNC en una institución al servicio de todas las personas, siempre y sin distinción, es el reto que debe asumir quien la critica o ataca y quien forma parte de ella. ¿Cómo? Partiendo de las conversaciones con Andrés Domínguez Vial –asesor de la Policía de Investigaciones de Chile desde hace más de dieciséis años– durante su reciente visita al país, el IDHUCA propone hacerlo desde cuatro perspectivas.

En primer lugar, se debe alcanzar un acuerdo nacional para crear una Policía del Estado y no del gobierno o, peor aún, del partido. Eso reclama tanto una actitud abierta de los órganos Ejecutivo y Legislativo como la aportación seria de la corporación –tienen que “creerse el cuento”, le dijo Domínguez Vial a sus jefes superiores– y la disposición de las fuerzas sociales y políticas para dialogar en aras de arribar a los consensos necesarios sobre el tipo de institución que se necesita y sus objetivos de corto, mediano y largo plazo. Con la participación policial, la de otras entidades estatales y de la sociedad, se debe diseñar las políticas públicas atinadas para enfrentar la situación concreta de violencia, criminalidad y delincuencia que afecta a la población; también con esfuerzos internos y externos, se debe establecer el rol que le corresponde a la institución en tal escenario. Sólo así se podrá concretar la necesaria reingeniería de la PNC que supere lo hecho hasta ahora: medidas esporádicas, coyunturales y –en definitiva– “parcheras”.

Junto a eso, se debe trabajar en la profesionalización de su personal. Es ésta la otra perspectiva. Es necesario dotarlo de habilidades que no posee sabiendo que dentro de la corporación existen diferentes especialidades. Sólo en lo relativo al ámbito de la investigación criminal se tienen que abordar tres niveles distintos: el de los delitos llamados “menores”, cuya superación o reducción pasan por la creación de redes comunitarias que contribuyan al trabajo policial; el de los delitos complejos que exigen enfrentarlos con investigadores expertos en criminalística; y el del crimen organizado, ante el cual no se trabaja a partir de las denuncias ciudadanas sino de la información, la inteligencia y el análisis policial.

“La mayor parte de las policías –afirma Domínguez Vial en uno de sus libros sobre la materia– carecen de formas científico-técnicas suficientemente evaluadas y estables de selección de sus cuadros; la formación es, en la más de las veces, reemplazada por un entrenamiento que pone más énfasis en el aprendizaje de la disciplina que en la construcción profesional valorizada de las personas; y cuando se llega a la capacitación de los oficiales superiores, la formación se asemeja a un mosaico de materias, muchas veces desvinculadas entre sí y expresivas de barnices de conocimientos jurídicos, sociológicos, psicológicos, etc., que no llegan a integrarse en la matriz del profesional policial”.

Además del conocimiento técnico en cada una de las ramas de su  desempeño, resulta esencial garantizar dentro de la PNC el arraigo de los valores éticos, morales y de derechos humanos. Quien se dedique a esta importante profesión para la vigencia de la democracia, tiene que hacerlo por vocación y no por falta de otra opción para subsistir, porque su vida ha estado ligada a cuerpos armados de algún tipo o porque simplemente le gustan las armas. El trabajo policial debe ser una opción de vida inclinada a la búsqueda de la verdad; dice Domínguez Vial que en un proceso judicial, por ejemplo, el investigador o la investigadora policial “no es hincha del fiscal, del defensor o del juez; es hincha de una verdad que averigua y entrega a éstos para ser debatida y se imparta justicia a las víctimas”. Sus miembros deben ser activistas principales de la defensa y la promoción de los derechos humanos. Es importante que quien decida ser policía entienda que debe servir al público y no servirse de éste.

La perspectiva siguiente tiene que ver con sus liderazgos. La institución debe tener dirigentes independientes, que sepan darle su lugar en la sociedad y la institucionalidad estatal restante; que tengan la capacidad, la independencia y el coraje para impedir que intereses extraños la manipulen y sometan hasta ponerla a su disposición. Esa presión externa es el “caldo de cultivo” para que se fortalezca y consolide la corrupción en la Policía, sobre todo si las condiciones laborales de sus integrantes son precarias. Basta saber que muchos policías en su “tiempo libre” se desenvuelven como taxistas, guardaespaldas o vigilantes de locales comerciales; otros se han dejado sobornar.

“La corrupción –señala al respecto Domínguez Vial– implica una perversión policial de extraordinarias consecuencias por ser no sólo un delito específico, sino un factor criminógeno que amenaza al conjunto de la institución: afecta gravemente la credibilidad que exige la autoridad policial para obtener sus resultados con eficiencia; altera la confianza necesaria de la comunidad para el desarrollo de las políticas de justicia que implica una colaboración activa de ella; e implica una contradicción insuperable entre las finalidades de la Policía –la producción de la seguridad jurídica en todas sus dimensiones– como fundamento de la legitimidad que la justifica y la distorsión de los propósitos con que ha sido mandatada constitucionalmente, por una apropiación privada de la función pública”.


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País vulnerable ¿Hasta cuándo?

El huracán “Félix” dejó a su paso por Centroamérica más de cuarenta muertes, alrededor de cien personas desaparecidas, cerca de cuarenta mil damnificados y el 90% de la infraestructura de Puerto Cabezas, Nicaragua, destruida. Allá, el fenómeno natural golpeó con toda su fuerza y desnudó su costa atlántica. En El Salvador, no pasó de ser otro susto similar al del “Adrián”; sin embargo, de nuevo dejó al descubierto las carencias nacionales.         Está claro que la vulnerabilidad del territorio nacional no ha disminuido. Al contrario. El pasado lunes 20 de agosto, el “Dean” azotó la península de Yucatán, México, y acá –dos días después– la cabecera departamental de La Unión se inundó. Antes ya había ocurrido otra tragedia similar en Berlín, Usulután: el 29 de mayo una fuerte tormenta dejó dos muertos, un desaparecido y cincuenta y ocho damnificados en ese municipio. ¿Hasta cuándo cualquier huracán o una “situación atemporalada” en la región seguirán poniendo de rodillas a todo el país?

Los desbordamientos de ríos y los derrumbes se producen puntual y recurrentemente en el invierno. Eso ocasiona cuantiosos daños materiales y luto, año tras año. No obstante, es muy poco lo hecho para disminuir la fragilidad de las poblaciones afectadas; por eso, sectores como el del bajo Lempa y las cuencas de los ríos Jiboa y Grande, en Usulután y San Miguel respectivamente, así como las comunidades que viven en las riberas del Acelhuate y el Arenal en San Salvador, sufren las consecuencias de la improvisación oficial.

El país siempre ha estado amenazado por fenómenos naturales como los mencionados, aunque el “ojo” de los mismos pase a miles de kilómetros del mismo. El “Fifí” en 1974, el “Mitch” en 1998 y el “Stan” en el 2005, son algunas muestras de eso. Con tal historial, no se puede admitir que siga la incapacidad para enfrentarlos sin traumatismos ni histerias, pero considerando de forma prioritaria y efectiva la necesidad de evitar efectos negativos para la Nación. Es cuestión de equilibrio. Y eso no sólo tiene que ver con los huracanes. Hace apenas unos meses, el Ministerio de Agricultura y Ganadería previó considerables pérdidas económicas por la falta de lluvias en la zona oriental, la cual sufrió –en estos días– los efectos más severos de las precipitaciones provocadas por el “Félix”; esa es la misma región que siempre se inunda en la temporada tormentosa. En el oriente del país, la mayoría de la gente sufre si cae agua; y si no cae, también. Ambas situaciones extremas son temidas por sus habitantes.

En todo esto, influyen dos condiciones que también son permanentes sobre todo en la mencionada zona oriental y en el norte del país: la pobreza y el deterioro ambiental. Para paliar la primera, el gobierno de Antonio Saca ha impulsado la llamada “Red Solidaria” cuyos fines son más electoreros que sociales. Porque no basta con entregar dinero a las familias, o instalar escuelas y unidades de salud en las localidades. Eso es bueno, siempre que sea un esfuerzo permanente y pensado; pero no es suficiente para enfrentar el problema y es muy dañino si se utiliza como recurso partidario para comprar voluntades.

Si se quiere garantizar resultados reales y profundos en el combate a la pobreza y la miseria, se debe generar oportunidades laborales de calidad para las personas que –producto de las remesas– han aumentando su nivel de escolaridad y, por tanto, sus aspiraciones económicas y profesionales. Asimismo, se debe incrementar el salario mínimo en el sector agrícola pues éste aún no llega a los cien dólares mensuales, mientras la canasta básica lo supera por mucho. Semejante situación no sólo ha provocado que las comunidades vivan en la precariedad, sino que las familias –que en las escuelas las presentan como la base de la sociedad– se desintegren por la emigración del padre, de la madre o de ambos en busca de ingresos para que los suyos sobrevivan. Así, no sólo se incrementa la fragilidad ante fenómenos como los mencionados, sino también frente a las realidades sociales cotidianas.

En el plano ambiental, la situación también es complicada. Buena parte de los recursos naturales están depredados y quedan muy pocas regiones boscosas en el país. La finca El Espino, por mencionar algo, ha sido devastada por partes y se encuentra amenazada por el crecimiento poblacional, los intereses del poder económico y la negligencia estatal. La ampliación del campo de golf del Club Campestre y la construcción del Bulevar Diego de Holguín, son los atentados más recientes y graves en su contra y en contra de toda la sociedad. Por ninguno de esos hechos, los funcionarios promotores de los mismos –Hugo Barrera y David Gutiérrez– enfrentaron la justicia. Tampoco se ha investigado a Baterías de El Salvador, mejor conocida como la “Record”, por llenar de plomo los mantos acuíferos en El Sitio del Niño y afectar seriamente a su población. La impunidad en todos los ámbitos, hace que las conductas criminales se reproduzcan y se asuman como normales.

Ese efecto multiplicador de la falta de castigo a los delincuentes, tuvo ya sus consecuencias. Ahora resulta que la inundación en La Unión del mes pasado, pudo ser consecuencia de la deforestación. La tala de árboles en más de diez mil metros cuadrados de la quebrada El Chogal, parece ser la causa de la tragedia en el Barrio San Antonio de esa ciudad; las investigaciones también apuntan hacia la extracción de piedra en la zona. Si finalmente se comprueba eso, las autoridades deberían entender que el daño al ecosistema aumenta la fragilidad de la población ante esos embates de la naturaleza. Partiendo de eso, habría que resguardar los pocos recursos del país. Pero lo visto hasta ahora demuestra que la voracidad empresarial y la tolerancia estatal están conspirando para acabarse todo; es urgente, entonces, un cambio hacia un verdadero modelo de país fundado en la sustentabilidad. La naturaleza es recurso vital para cualquier sociedad y su deterioro afecta todos los derechos humanos, comenzando por la vida.

Eso debió ser una lección aprendida tras el derrumbe en Las Colinas, Santa Tecla, por el terremoto de enero del 2001. Las inundaciones en San Salvador hace dos años también mostraban que las tres “moles” –esos centros comerciales insultantes ante la situación de pobreza que prevalece entre la mayoría de la población salvadoreña– construidas también en la finca El Espino sobre lo que antes fue terreno verde, ocasionaron estragos entre esos sectores más vulnerables. La voracidad empresarial impune por la permisividad gubernamental, contrarias ambas a lo que manda el primer artículo constitucional que pone como centro de la actividad estatal a la persona humana, no sólo destruye especies animales y vegetales sino también la vida misma de la población.

El huracán “Félix” fue uno más en la lista de esos fenómenos que ha enfrentado el país durante la primera década del presente siglo. Dos terremotos, al menos cuatro tormentas tropicales y una erupción volcánica son eventos que El Salvador ha sufrido en ese período. Todo eso ha producido desastres de grandes proporciones para amplios sectores del pueblo por la falta de una visión de país, generosa y solidaria, que permita equilibrar el desarrollo con la naturaleza; eso ha ocurrido y seguirá ocurriendo, mientras no se sancione ejemplarmente a quienes atentan contra la vida en función de sus particulares intereses.

Por suerte, ningún huracán ha desatado toda su furia contra el territorio salvadoreño, como lamentablemente ha pasado en Honduras y Nicaragua. Al país le ha tocado padecer sus efectos secundarios; pero eso no garantiza que no pueda ocurrir. Hay muchas situaciones, como el calentamiento global, anunciando que eso sucederá tarde o temprano –ojalá más tarde que temprano– de no cambiar el rumbo. Lo peor es que, cada vez más, la naturaleza devuelve la violencia con la que es tratada en mayores proporciones. Así las cosas, es urgente enfrentar esa realidad y planificar estrategias para aminorar la vulnerabilidad social frente a terremotos, huracanes, tsunamis y erupciones volcánicas. El país no puede darse el lujo de seguir siendo frágil, porque las consecuencias económicas y sociales se las cobran a la gente más pobre.

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¿Policía o polizón? reconversión policial ¡ya!

“¿Quién vigila a los vigilantes?”
(Platón: “La República”)

Tras ciento setenta y un años transcurridos desde 1821 a 1992, la sociedad salvadoreña vio ante la perspectiva de concretar por fin una institucionalidad ajustada al respeto de los derechos humanos; Y una de las decisiones más trascendentales entonces fue la de entrarle al tema de seguridad, desmantelando los antiguos cuerpos de seguridad y creando la Policía Nacional Civil (PNC). Estas conquistas abrieron, en su momento, la posibilidad de que en el país existiera un Estado regido por la Constitución y las leyes; un país donde, después de tanto, se respetaran las reglas del juego.

No obstante la quimera que hoy se trae a cuenta, también hay que destacar la serie de circunstancias que impidieron su realización y la situación actual que –a quince años de existencia– revela un desempeño histórico de la adolescente corporación cuestionada por sus malos pasos al participaren ejecuciones con motivación política realizadas entre 1993 y 1994; asesinatos vinculados con el crimen organizado ocurridos en 1995 y 1997; y secuestros, extorsiones y casos de contrabando entre 2000 y el 2001. Son muchos los hechos delincuenciales de semejante gravedad en las que personal policial ha sido señalado y algunos en los que se ha condenado por su participación en los mismos, en ocasiones como ejecutores y en otras como encubridores.

Por eso, no es extraño lo sucedido julio del corriente año en San Miguel cuando se capturó a dos miembros de la PNC por el asesinato de un humilde hombre; por este suceso, recientemente hubo cuatro capturas de policías. En el caso en cuestión, los imputados han sido vinculados a una estructura criminal que cometía asesinatos por encargo en la zona y desviaba algunas investigaciones a fin de garantizar la impunidad. Como antes, presuntos criminales uniformados están siendo acusados ahora por homicidio, encubrimiento e incumplimiento de deberes.

Si se apela al sentido común, habrá que preguntarse si –pasados tres lustros de aciertos, porque los hay, y desaciertos– la conducción de la seguridad pública y el actor social –llámese movimiento social o de otra forma, si lo hay– deben sentarse a “repensar” qué tipo de Policía necesita el país sobre la base de una revisión honesta y descarnada de lo acumulado en dicho período. De entrada, pueden identificarse tres grandes rubros de intervención: vigilancia y control (interna y externa); dirección técnica y apartidista; y formación técnica suficiente, especializada y constante.

Para comenzar estaría bien hacer la básica distinción entre policía ypolizonte, pues la PNC ha contado con ambos entre sus filas. Según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), Policía es el “Cuerpo encargado de velar por el mantenimiento del orden público y la seguridad de los ciudadanos, a las órdenes de las autoridades políticas”; el segundo es la “persona que se embarca clandestinamente”.Todos los que, haciendo uso de las potestades y recursos policiales, han violado leyes y lesionando a la ciudadanía son polizontes que no debieron ingresar o permanecer en la institución; unos por razones éticas y otros por razones profesionales. Aunque varios están tras las rejas, su modo de operar indica dónde están las grietas de la PNC; hace falta actuar con decisión y justicia, para no permitir que ésta siga albergando polizontes.

Aunque el director de la Policía junto al Ministro de Seguridad y Justicia apunten sus esfuerzos a la depuración de “manzanas podridas”, la población debe saber que estas no existen. Lo que hay son problemas serios de gestión y auditoria permanente de desempeño, por citar algunos de los más graves. Debería ya pensarse en una reingeniería del cuerpo. Porque como lo advirtió Andrés Domínguez Vial, asesor de la Policía de Investigaciones de Chile, en su visita al país: “La Policía le da eficacia al Derecho y a los derechos ciudadanos”. Existen, pues, sobradas razones para que la sociedad asuma algún protagonismo en el fortalecimiento de esta institución exigiendo una policía de Estado y no de un gobierno.

Para comenzar, la Constitución establece que la PNC tiene dos grandes funciones: trabajar por la seguridad pública en el ámbito preventivo y represivo; y desarrollar, bajo la conducción de la Fiscalía General de la República, la investigación criminal. En la práctica se constatado las deficiencias en estas materias y no se aprecia la especialización del personal que labora en cada rama. En otros países como Brasil, Chile, México y Honduras, ambas funciones son realizadas por cuerpos diferentes y con buenos resultados. Aunque el país a optado por tenerlas en una sola corporación, al menos, debería trabajarse en la especialización de quienes ejecutan dichas funciones.

En la medida que se escarba en esta materia, el abanico de las deficiencias se abre. Por tanto, lo más sensato sería trabajar por un “sistema policial” democrático, coherente con el Acuerdo de Chapultepec y adecuado a un escenario que no es el mismo de hace quince años; estos supone un conjunto de elementos entre los que puede citarse un liderazgo real derivado de una autoridad legítima, las normas que establezcan facultades legales claras, la carrera policial, una doctrina precisa y asumida desde la dirección hasta la base, requisitos de ingreso, un sistema educativo y mecanismos de control, entre otros.

Urge una reconversión así, promovida desde dentro de la misma PNC y con la colaboración de otras instituciones diversas de la sociedad y el Estado. Porque en lo que va del 2007, la sociedad ha conocido de abusos policiales–tratos degradantes incluidos– detenciones arbitrarias, violaciones al debido proceso, graves negligencias en la investigación criminal y más. En una entrevista televisiva, Domínguez Vial compartió con la audiencia la siguiente máxima de la Policía chilena: “No se captura para investigar, se investiga para capturar”. Esto, que hace referencia a un supuesto básico en un Estado de Derecho y que se contempla en diferentes instrumentos de protección de derechos humanos, está lejos de concretarse en El Salvador. La mayoría legislativa únicamente piensa en incrementar las penas a los delitos, con el objeto de garantizar la captura y no la investigación profesional.

Es necesario e impostergable un golpe de timón. Se deben generar procesos formativos policiales constantes que apunten a la excelencia profesional, en los que participen civiles y agencias especializadas nacionales e internacionales, y cuyo punto de partida sea el conocimiento y la apropiación de los derechos humanos.

Otro asunto esencial es el control interno y el monitoreo externo de la Policía. La corporación se rige por un código disciplinario que ha sido modificado según las circunstancias del momento; quizá, la peor versión de esos desatinos fue la depuración arbitraria y casi traumática de cientos de policías a través del decreto 101 en el 2001. En estos días, una nueva propuesta de ley disciplinaria ha arribado a la Legislatura. ¿Eso es suficiente para prevenir la existencia de malos elementos? La respuesta es no. Para evitar que esas desviaciones ocurran, se debe trabajar en el proceso más cuidadoso de reclutamiento, y en la socialización de la doctrina policial democrática; además, se tienen que mejorar las precarias condiciones económicas de los agentes, especialmente, porque estos arriesgan a diario sus vidas. Ahora que la nueva propuesta de ley se discute, los diputados deberían pensar algún mecanismo de control externo con participación de la sociedad civil pues se trata, en todo caso, de prevenir abusos y corrupción dentro y fuera de la PNC. En consecuencia con lo anterior y contando con una definición clara del tipo de Policía que se desea, puede entrarse después a revisar la Ley de la Carrera Policial y buscar creativamente incentivos para que una persona se atreva –por vocación y no por necesidad– a ser garante estatal de la seguridad en un país violento.

Se debe tener bien presente que si no hay seguridad, no hay Estado de Derecho o éste es deficitario. Y una sociedad insegura es una sociedad enferma ¿Cuándo se ha visto que una enfermedad se cure con la aprobación de una ley o que esta desaparezca porque un decreto la prohíbe? La situación del país en general y la de la Policía en particular, requieren romper esquemas y soltar la imaginación dentro de las instituciones estatales y la sociedad. Si no este barco llamado El Salvador –con policías y polizontes, víctimas y victimarios– seguirá hundiéndose hasta tocar fondo.

 

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Talando el Estado de Derecho

Un funcionario público puede actuar ilegalmente, cuando la impunidad impera en un país; en ese escenario, muchas veces se violan derechos humanos. En El Salvador, esa es la forma cómo algunos servidores estatales han deteriorado el sistema de leyes, valores, principios e instituciones que con innumerables y grandes dificultades se intentó construir tras el conflicto armado. Haciendo memoria, el sentirse “por encima de las normas” en el país fue la regla de oro en el pasado y al parecer la costumbre –o quizá, mejor, la mañita– que en el presente parece perpetuada. Como dicen: “Gallina que come huevo, aunque le quemen el pico”. Y el actual gobierno, al igual que losanteriores desde hace más de dieciocho años, no es la excepción. Pero durante éste, sobran los malos ejemplos: “polisicarios”, un Ministro de Salud que trabaja en función de su interés personal y un ex Director General de Centros Penales acusado de acoso sexual, entre muchos casos. Esta “subcultura” política tiene manifestaciones que destacan: decisiones contrarias a la legislación secundaria y la Constitución, comisión de delitos o actos amañados, desacato a órdenes judiciales y aprobación de disposiciones inconstitucionales, entre muchas.

Se debe señalar –en sentido inverso– que una sociedad donde prevalece la convivencia democrática es aquella en la que, de manera inequívoca, sus servidores públicos se someten a los dictados de la ley. El Estado de Derecho es un poder limitado por el ordenamiento jurídico; quien dentro de la administración pública lo incumple o irrespeta, no queda impune. Pese a ese ideal, a ese “deber ser” harto enarbolado en los discursos oficiales, acá en el país la institucionalidad –talvez con una que otra honrosa excepción– no funciona así. Actúa de forma tramposa, leal a las afinidades partidarias y de otra índole; no al bien común. Pero esa dañina falla se puede contrarrestar en la medida que existan denuncias ciudadanas y funcionarios dispuestos a hacer valer el orden establecido en función de la vigencia de los derechos humanos. Actualmente, existe la posibilidad de sentar un precedente importante para cambiar tal situación.

El 25 de octubre del 2005, trabajadores de la empresa Constructora Nacional, S. A. (CONASA) talaron ciento diez árboles de distintas especies en un tramo de la calle San Antonio Abad de San Salvador, específicamente en el lugar ubicado entre la Avenida Masferrer Norte y la prolongación de la 75 Avenida Norte. En dicho lugar estaba presente Óscar Alfredo Díaz Cruz, que entonces se desempeñaba como Director de Inversión Vial del Ministerio de Obras Públicas (MOP), verificando la devastación de árboles para realizar la “obra”.

Ese hecho además de ilegal, fue deliberado porque nadie –¡mucho menos un funcionario!– puede alegar desconocimiento de la ley y las ordenanzas; o manifestar que, aun conociéndolas, no las acata arguyendo criterios inaceptables e inaplicables al caso. Allí es donde la picardía y el autoritarismo asoman sin vergüenza, imponiendo la voluntad del funcionario por encima de la normatividad y el interés colectivo. El MOP no debió ignorar el artículo 15 de la Ley Forestal y otras disposiciones establecidas en laOrdenanza para la Protección del Patrimonio Arbóreo del municipio de San Salvador, que obligan a seguir un procedimiento y así obtener el permiso para podar árboles.

Frente a esto la Alcaldía Municipal de San Salvador (AMSS), en el ejercicio de sus atribuciones, ordenó detener la tala hasta que esa cartera de Estado no obtuviese los permisos correspondientes. No obstante, pese a estar concientes de la ilegalidad, el MOP y la citada empresa continuaron en su labor destructora; cortaron, aproximadamente, setecientos árboles más. En esa ocasión, se presentaron al lugar algunos representantes de la municipalidad capitalina para exigir el cumplimiento de la orden edilicia y un fiscal de medio ambiente. El representante del Ministerio, Díaz Cruz, ordenó a los trabajadores ignorarlos y continuar perpetrando el delito ecológico. ¿Puede haber una arbitrariedad más clara y descarada que esa?

Los representantes de CONASA y el MOP fueron denunciados en la Fiscalía General de la República (FGR) por la AMSS y el IDHUCA, bajo los cargos de desobediencia el primero y actos arbitrarios los segundos. Sin embargo, la Fiscalía –en lugar de proceder como correspondía– solicitó a un tribunal el sobreseimiento definitivo para los imputados argumentando que cuando una obra es de interés nacional no se necesita autorización municipal. La juez correspondiente accedió a dicho requerimiento, dejando impune el hecho criminal.

Al finalizar el año pasado, David Gutiérrez –protagonista estelar de esta historia– dejó la titularidad del Ministerio de Obras Públicas en medio degraves señalamientos de negligencia y corrupción. Una de éstas trascendió al gran público, por un informe de auditoria preliminar de la Corte de Cuentas en el que se observaron irregularidades en los balances de esa cartera de Estado por 40.35 millones de dólares. También se le atribuyó la realización de licitaciones amañadas y deficientes para la adquisición de un sistema de semáforos, así como la construcción deficiente de caminos rurales y obras de mitigación.

Los cuestionamientos a este ex funcionario, hombre muy cercano al presidente Antonio Saca, continuaron. El 22 de mayo del año pasado le entró a la construcción del tramo del Bulevar Diego de Holguín –que cruza la Finca El Espino– talando árboles en un terreno con una extensión de 4.91 kilómetros perteneciente a las alcaldías de San Salvador y Antiguo Cuscatlán. Por este descomunal y abusivo acto, Gutiérrez también fue denunciado y el Ministerio del Medio Ambiente y Recursos Naturales –a cargo de quien era el segundo del MOP cuando éste devastó esa parte del inmueble– emitió una sanción consistente en una multa de 26,145 dólares, equivalentes a ciento cincuenta salarios mínimos. Multa que deberá ser pagada con el dinero de las y los contribuyentes; no con el del ex funcionario irresponsable. Además, el MOP tendrá que realizar obras de mitigación, protección de suelos y arborización en la zona con un costo aproximado de ciento treinta mil dólares.

Para salir al paso de semejantes acusaciones, la “rueda de caballitos” del gabinete de Saca se movilizó rápidamente. Gutiérrez alegó problemas de salud y renunció al cargo. En medio de esto, el Director de Inversión Vial del MOP –el mentado Díaz Cruz, responsable también de la segunda tala– fue trasladado a la Dirección Ejecutiva de Medio Ambiente; así, de un real depredador pasó a ser un supuesto protector del medio ambiente. ¿Cuál es el criterio de idoneidad para el cargo?

Afortunadamente, la Cámara Primera de lo Penal revocó la decisión de el Juzgado Undécimo de Paz que liberó a Gutiérrez, Díaz Cruz y a CONASA, S. A., de la denuncia hecha por la AMSS y el IDHUCA. Dicha Cámara ordenó procesarlos y que se les decreten medidas alternas a la detención, tales como la prohibición de salir del país y una fianza de doce mil dólares para cada uno de los imputados.

Ahora el Fiscal General de la República –defensor de los intereses del Estado y de la sociedad– en lugar de andar lavándole la ropa sucia a los “hombres del Presidente”, tiene la oportunidad de demostrar su compromiso con la Nación y su pericia como acusador. Ahora es el momento para que la ciudadanía consciente se pronuncie y, sin quitar el dedo de la llaga en el presente caso, exija en justicia y respeto de sus derechos humanos en otros, tanto individuales como colectivos. Experiencias como ésta deben servir para animar a la ciudadanía en la lucha contra la impunidad y la recuperación de la confianza en el sistema de justicia, porque sólo en la medida que se procese y sancione a quienes –para favorecer determinados intereses o por un proceder autoritario– creen y sienten que están por encima de la ley.

Es hora de reconstruir la base sobre la cual descansa la débil democracia salvadoreña. No se debe permitir a nadie que continúe minando el poco y endeble Estado de Derecho que, casi en agonía, existe en el país; no se debe permitir porque, sobre esa plataforma, se deben desarrollar la convivencia humana y el ejercicio del poder. No hacerlo asegura el mantenimiento de la impunidad y de los personajes impunes. El de este caso, tiene nombre y apellido: David Gutiérrez, ex ministro de obras públicas del presidente Saca. ¿Será cierto lo que dijo otro de sus hombres más cercanos, el ministro de Seguridad Pública y Justicia, cuando a inicios de julio pasado capturaron a Mario Belloso? "El mensaje –afirmó entonces René Figueroa– es que en El Salvador no hay impunidad". Como dicen: “¡Pruébenmelo!”

 

 

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Si no puede, mejor dé chance y no pena

Desde que Félix Garrid Safie fue nombrado Fiscal General de la República, se objetó su inexperiencia profesional y su marcada inclinación política; no obstante, algunos pidieron darle oportunidad para mostrar que el “saco” no le quedaba grande. Pero no lo consiguió; lejos de eso, ha confirmado las críticas iniciales. Su actuación al frente de la Fiscalía General de la República (FGR) en varios casos importantes, ha evidenciado su desconocimiento de la ley y los procedimientos, así como su falta de independencia. Las muestras de esas carencias las comenzó a dar en los primeros días de su gestión.

El 5 de julio del año pasado, su reacción inmediata ante el asesinato de dos policías frente a la Universidad de El Salvador fue hablar de la posible participación de pandillas; según él, los grafitos dejados por los manifestantes eran indicios de tal vinculación. Esa imprudente y absurda declaración sólo entonaba con la aplicación de la desacertada política de “mano dura”, cuando era reflejo condicionado oficial responsabilizar a las maras de todos las calamidades nacionales. Con esa ocurrencia salió el Fiscal General, quizá pensando apoyar la estrategia del presidente de su partido –Alianza Republicana Nacionalista (ARENA)– y también de la República. Pero Antonio Saca tenía otra “pensada”: echarle la culpa al opositor Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. Safie, entonces, quedo muy mal parado ante la opinión pública por su patética afirmación.

No aprendió y un año después ratificó su acomodo a los designios del mandatario, al iniciar el proceso judicial contra las personas capturadas en Suchitoto acusándolas de “terroristas”. Quién sabe si por tozudez, soberbia u obediencia ciega se empecinó –con la juez “blindada” que conoce el caso– en continuar con su error pese a que Saca rectificó afirmando que los hechos eran meros disturbios. De nuevo, su jefe –de partido, al menos– lo dejó “colgado de la brocha”.

Pero además de buscar plegarse a los dictados de Casa Presidencial sin medir costos, también ha acreditado su incompetencia técnica y profesional para investigar delitos. Safie tendrá que consignar en su trayectoria otras pifias inexcusables en el caso de un Fiscal General. Para muestra, algunos botones. El pasado lunes 30 de julio, veintiséis personas acusadas por contrabando de queso quedaron libres pues la FGR no precisó la participación de cada una en el ilícito. Sus agentes tampoco pusieron tras las rejas a miembros de la banda de roba carros “Chávez Abarca”, acusados de falsedad ideológica; un descuido tan risible como indignante, lo impidió: las “pruebas” no cumplían con los requisitos de autenticidad. Otro miembro de esa banda también salió libre porque los fiscales presentaron la acusación, ¡dos meses tarde!

Más todavía. El Fiscal General casi pasa a la historia con una mancha más en su hoja de vida como burócrata por el caso de Mario Belloso. El Tribunal Cuarto de Sentencia de San Salvador le previno por no haber registrado debidamente en esa sede judicial un arma de fuego, videos, fotografías y la identidad del testigo clave. Todo esto pudo quedar fuera del proceso, otra vez por ineptitud.

¿Acaso Safie y los suyos ignoran los procedimientos? Parecería que sí. Quizá por eso dan “palos de ciego” a cada rato. También lo ha hecho para escoger testigos que le ayuden a fundamentar casos. Hasta el momento ha obviado la orden, dada por un juez, de enjuiciar a Mario Orellana por el robo descarado a la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA). A este individuo, considerado el “cerebro” de la operación, le otorgó criterio de oportunidad Belisario Artiga –su antecesor– y él se lo mantiene. También anunció que haría lo mismo con los policías señalados como sicarios en San Miguel.

Este manejo de los testigos le generó un nuevo revés. Asustado ante la posibilidad de perder el juicio contra Belloso, la FGR citó a dos periodistas nacionales dejando al desnudo no sólo su desesperación por encontrar una forma de superar los errores iniciales en la custodia de las pruebas, sino también otros asuntos que desde siempre han sido motivo de preocupación: la necesidad de fundamentar de manera científica y técnica los casos, así como la desconfianza en la capacidad estatal para proteger a quien se atreve a colaborar con el sistema.

Si los investigadores fueran competentes para lo primero, la vida de muchas personas no peligraría al declarar como víctimas o testigos. Eso redundaría en mayor solidez de los requerimientos fiscales y, por tanto, más efectividad en la lucha contra la impunidad. Pero eso sigue siendo un “sueño imposible”. La FGR apenas presenta sus escritos, siempre con el riesgo potencial de que en los tribunales les hagan reparos como los mencionados antes. ¿Cómo esperar que vayan más allá con análisis balísticos, forenses, de ADN y otros?

“El miedo no anda en burro”, dice el refrán. Y es cierto. La gente de los medios citada, sabe muy bien a qué peligro se enfrentan; está familiarizada con el mismo al conocer de primera mano, por su oficio, lo que le sucede a testigos y víctimas en este país. A cada rato reportan asesinatos relacionados con la incompetencia estatal para resguardar a estas personas. Además, existe justo recelo ante la posibilidad de que el crimen organizado ya esté dentro de la Policía Nacional Civil y en toda la administración pública. Ese temor que desalienta y manda un mal mensaje –“si declaro puedo resultar siendo una víctima más”– también se encuentra entre el resto de la población. Por eso, como dice el otro refrán, “donde hace miedo ni vergüenza da”.

En la situación de las y los periodistas se debe considerar que su trabajo los lleva a penetrar, muchas veces, en espacios de alto riesgo; si los delincuentes los olfatean y perciben como “orejas”, pueden atentar contra su vida o la de sus familias. Pese a eso, últimamente las autoridades encargadas de investigar los delitos y sancionar a sus responsables han estado convocándolos para declarar por los casos que reportan en los medios de difusión. Así lo hicieron cuando se investigó al Ministro de Salud, Guillermo Maza, y en el juicio contra la banda conocida como “Tacoma Cabrera”.

En ese afán no les ha importado ignorar el artículo 187-A del Código Procesal Penal, el cual determina que las y los periodistas pueden negarse a declarar sobre los hechos que conocen en el ejercicio de su profesión. Sin embargo, según declaraciones del fiscal Walter Ruiz, en el caso “Belloso” se les llamó para que explicaran el manejo profesional de los vídeos y las fotografías; si esto era así, no había motivo para oponerse a concurrir. Los profesionales mediáticos, como cualquier persona, tienen la obligación de obedecer las órdenes judiciales pues –pese a la importancia y particularidad de su profesión– no pueden estar por encima de la ley; por tanto, deben acudir a las citas en los tribunales. Eso sí, cuando se les pida revelar datos o fuentes pueden invocar la protección que les brinda el mencionado artículo de la legislación penal.

Con todo, no hay que perder de vista el panorama para poder identificar dónde está el verdadero problema. El difícil trance de acudir a declarar y sus consecuencias se superarían si la FGR hiciera bien su trabajo, apostándole a privilegiar la prueba científica como principal cimiento de los casos y protegiendo–cual debe– las pruebas que se recopilan. Hasta ahora, el manejo mediático y propagandístico de ciertos delitos, así como la necedad de mantener “raptada” la institucionalidad al servicio de intereses particulares individuales o de grupos de poder político, económico o de cualquier otra índole, ha fomentado el triunfo de la impunidad.

Hay que revertir tal estado de cosas, si de verdad se quiere sacar adelante a El Salvador. En eso, la población en general debe asumir un protagonismo decisivo exigiéndole a sus “servidores” que cumplan las promesas que le hicieron antes de ser nombrados y honren los compromisos que adquirieron al ser juramentados. Esos funcionarios que con su incapacidad le han entregado el país a la delincuencia común y organizada, si no pueden con el encargo mejor que le den chance a quienes sí tienen capacidad y respetan la Constitución. Ya no se puede seguir probando, dando el beneficio de la duda o esperando a que aprendan en el puesto, sobre todo cuando se trata del cumplir una misión tan importante como la de fiscal; ésta –entre otras atribuciones– incluye la defensa de los intereses del Estado, la defensa de los intereses de la sociedad, la defensa de la legalidad, el patrimonio de la acción penal y la dirección en la investigación de los delitos Por eso, ya no se debe seguir experimentando con Safies, Artigas y más. Urge rescatar ésta y el resto de instituciones “secuestradas”, antes de que la situación estalle.

 

Sin vergüenzas

Todas las tardes doña Santos se sienta frente a la ventana esperando que regrese de jugar, de la Universidad o de estar con sus amigos. Pero no. Hace más de veinticinco años que no escucha su voz ni su risa, se fue y no regresó; se llevó la alegría. Ahora, el pelo de esta madre se decoloró; pero cuando desapareció, aún tenía vida. Pese a todo, el paso de los años no le ha marchitado la esperanza de que esté vivo, de verlo, hablarle, besarlo y decirle “hijo”. Esa ilusión creció cuando se firmó el Acuerdo de Chapultepec. Hace poco celebraron, quienes lo firmaron, quince años desde entonces y a ella la ausencia todavía la hiere, la lastima. Sigue preguntándose, ¿dónde está? Y sigue esperando respuesta. ¿Acaso no es esto una tragedia repudiable? La comunidad internacional así lo entiende y por eso ha declarado la desaparición forzada como un crimen contra la humanidad, que no se acaba mientras no se sepa qué pasó con la víctima. Más allá de los años que pasen desde que ocurrió el hecho, para doña Santos todos los días hay violencia por esa separación forzada, dolorosa.

Por eso, una delegación de la Organización de Naciones Unidas (ONU) declaró hace unos días que el Estado salvadoreño comete ese delito. Por más que el Vicecanciller menosprecie el señalamiento y afirme que desde 1992 no se registran ese tipo de casos, la recalcitrante negativa oficial para investigar los que se dieron durante el conflicto armado lo legítima. Eduardo Cálix, el mencionado funcionario, quizá no se da cuenta que con sus palabras –lejos de librar de culpas al Estado– avala la acusación porque en el fondo está aceptando que sí hubo desapariciones forzadas y que si no hay nadie tras las rejas por esa práctica es porque no se investigó, porque nunca se tuvo un real compromiso con la verdad.

Aunque desde 1980 hasta 1992 la ONU registró 2,661 desapariciones forzadas, además de la falta de castigo, hasta la fecha a ninguna víctima se le ha reparado –en lo posible– el daño causado. Que ahora funcione una Comisión Interinstitucional de Búsqueda de Niños y Niñas Desaparecidas, no es un logro que se pueda agenciar el gobierno. Si de éste dependiera este trabajo no se realizaría; fue la Corte Interamericana de Derechos Humanos la que, en su condena por el caso de las hermanas Serrano Cruz, obligó a que se hiciera. Por eso, no tiene sentido que Cálix haga berrinches después de que la delegación de la ONU reconoció el trabajo de la Asociación Pro Búsqueda y no el de la citada entidad oficial. Qué puede reclamar, si lo que se hace no es de buena gana sino por imposición y para no terminar de hundir la imagen gubernamental.

Eso lo confirma su retorcida concepción de las desapariciones, que de seguro comparten sus compañeros de gabinete; el Vicecanciller cree que este delito es una “consecuencia innata de una confrontación interna”. A partir de esa retrógrada idea, se entiende que le hayan puesto candado a los archivos oficiales que podrían ayudar a esclarecer estas injusticias. Durante más de veinticinco años, familiares de víctimas y las organizaciones de derechos humanos que les acompañan han demandado acceso a la documentación que pueda ayudarles a resolver los casos; sin embargo, siempre han chocado con la oposición estatal. No investigan ni dejan que otros lo hagan; o, como dice la gente: ni pichan, ni cachan, ni dejan batear. En ese sentido, el grupo de la ONU que visitó el país también recomendó abrir los archivos “con el fin de fortalecer los resultados de hallazgo de personas desaparecidas”.

La representación de este organismo internacional, tambiénconminó a que El Salvador se adhiriera a la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas, a la Convención sobre la Imprescriptibilidad de Crímenes de Guerra y de Lesa Humanidad, y al Estatuto de Roma que da vida a la Corte Penal Internacional. Claro que el Vicecanciller se opuso, con el pretexto de que estos instrumentos internacionales contrariaban el ordenamiento jurídico interno; en realidad, lo hace por temor a que su suscripción tenga consecuencias legales para los violadores de derechos humanos que han protegido desde 1992.

El otro “jalón de orejas” que le dieron al gobierno fue por la Ley de Amnistía, para reformarla y poder así contemplar sanciones para los responsables de crímenes contra la humanidad. Esto ya lo han pedido, de forma más enérgica y tajante, otros organismos internacionales –como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)– sin obtener resultados favorables. Lo mismo ha sucedido ahora. Más aún, esta normativa ha sido calificada antes como “la piedra angular” del proceso de paz por el ex presidente Francisco Flores y hoy como su “columna vertebral” por Cálix.

“Si le quieren hacer variantes en nombre de los derechos humanos (...) lo que vamos a lograr es que aquí abramos viejas heridas y pongamos en riesgo la estabilidad social en el país”, afirmó el Vicecanciller. Lo mismo que durante trece años se ha estado repitiendo por los protagonistas del conflicto; lo mismo que le exigieron los militares a Antonio Saca cuando era candidato presidencial; lo mismo que le dicen a doña Santos y a las otras víctimas que buscan justicia. Este estribillo oficial no tiene sentido por varias razones.

Primero, porque lo decente en el ámbito mundial es que después de una guerra se juzguen los principales criminales como un paso necesario para restaurar la paz. Además, porque las heridas de las que hablan no las tienen quienes violaron los derechos humanos, sino sus víctimas. Por otra parte, para asumir como válido ese argumento tendrían que explicar a cuál estabilidad social se refieren. En la actualidad, a diario se cometen más de diez homicidios, la sociedad está polarizada, la violencia se respira en todos los rincones y a cada segundo, y la pobreza mantiene como rehén a más del 40% de la población. Si eso es estabilidad social para los voceros del gobierno, andan mal de la cabeza o bien de los bolsillos.

Y no sólo esa forma de entender la realidad indica que algo no les funciona bien; también está la ocurrencia más reciente de Alianza Republicana Nacionalista (ARENA). El grupo de diputados de esta agrupación política promovió declarar “Hijo Meritísimo de El Salvador” a Roberto D’Abuisson, líder de los escuadrones de la muerte y principal acusado de la ejecución de Monseñor Romero.

De 1977 a 1979, período en que dirigió la Agencia Nacional de Servicios Especiales de El Salvador (ANSESAL) en la Guardia Nacional, el Socorro Jurídico Cristiano registró más de 456 denuncias de desapariciones forzadas, asesinatos y torturas. En 1978, la CIDH visitó el país y en su informe estableció lo siguiente: “Obran en poder de la Comisión pruebas inequívocas de que Sergio V. Arriaza, Juan José Yánez, Lil Milagro Ramírez, Ricardo Arrieta, Carlos Antonio Madriz y Luis Bonilla fueron detenidos y torturados por agentes del Gobierno de El Salvador”. Los responsables de esos hechos eran subalternos de D'Abuisson. Este individuo también fue señalado por la Comisión de la Verdad como fundador de los escuadrones de la muerte que actuaban desde las secciones de inteligencia en la Fuerza Armada de El Salvador. Además, en un tribunal civil de Fresno, California, el ex embajador de Estados Unidos en El Salvador, Robert White, los señaló como el principal responsable del homicidio de Monseñor Romero.

Esta deplorable designación que ahora promueven, es como echar limón y sal en una herida que no se ha cerrado y de la cual sigue brotando sangre; es un atentado certero contra la “paz social” y otra muestra más de la terquedad institucional en promover la impunidad. Por eso, cada día queda más claro que la decencia, la vergüenza y la dignidad son valores desconocidos para la mayoría de legisladores, legisladoras, el mandatario, sus ministros y otros funcionarios públicos.

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"Errores" institucionales

No es casual que las instituciones públicas del país sean vistas con suma desconfianza por la población ni que la criminalidad se haya instalado en el mismo. Las actuaciones de la Fiscalía General de la República (FGR) y el Órgano Judicial favorecen el crecimiento del problema delincuencial y justifican el recelo ciudadano. El Instituto Universitario de Opinión Pública de la UCA (IUDOP) registró eso en una encuesta realizada a finales del 2006. En ésta, dichas entidades estatales se ubicaron como las peor evaluadas por la gente. Y algunos hechos recientes dan fundamento a semejante valoración.

Hace más de cuatro meses la FGR acusó a Roberto Carlos Silva Pereira, un diputado suplente que saltó del anonimato a la fama acusado de lavar dinero y cohecho; hace más de dos, la Asamblea Legislativa lo despojó del fuero constitucional. Sin embargo, Silva no fue encerrado porque quienes debían evitar su fuga hicieron gala de su inoperancia. Se les escapó de la misma forma que lo hicieron Raúl García Prieto y Nelson García, con la diferencia de que Silva no se conformó con evadir la cárcel; además, ridiculizó al Estado alardeando de su “astucia” con fotografías en las que aparece relajado, leyendo un periódico.

De seguro, Silva aprendió de los casos mencionados, así como del “ejemplo” de otros parlamentarios que evadieron el muy corto brazo de la justicia doméstica –con más éxito, eso sí– como Francisco Merino y Orlando Arévalo, quienes mantuvieron su privilegio constitucional y siguen instalados en su curul. Con esos antecedentes, ¿qué puede temer el nuevo fugitivo? Más aún, con lo sucedido se ha enviado un buen mensaje a los demás delincuentes y malo para la sociedad: cualquiera puede transgredir la ley y no le pasa nada. Lo mismo sucedió con José Mario Belloso: fríamente mató a dos policías, huyó y sigue prófugo.

Cuando el “célebre” Silva perdió su fuero, se destacó un contingente de ciento cincuenta policías para vigilarlo; aunque tras una demanda por acoso la cantidad se redujo a doce agentes, seguía siendo considerable el número de agentes de la División Élite contra el Crimen Organizado (DECO) encargados de “garantizar” que no escapara ¿Cómo huyó entonces? Dos cosas: o un “amigo” influyente le ayudó o el personal de la DECO no es tan bueno ni especializado como dicen. En cualquiera de los escenarios, lo que procede es realizar una investigación exhaustiva y sentar un buen precedente con el o los responsables.

Esa no fue la única oportunidad en que Silva se les pudo ir de las manos. La FGR debió haberlo capturado cuando fue desaforado. Entonces podía proceder como lo hubiera hecho con cualquier otro acusado. Le correspondía encerrarlo durante setenta y dos horas, período en el cual procedía presentar una demanda ante el tribunal correspondiente para enjuiciarlo. No hay excusas. El Código Procesal Penal establece que la Fiscalía debe hacerlo cuando: “Existan elementos de convicción suficientes para sostener, razonablemente, que el imputado es, con probabilidad, autor o partícipe y, que el delito tenga señalado pena de prisión cuyo límite sea superior a tres años”. Pese a esa disposición, no se hizo nada. ¿Por qué? Rolando Monroy, jefe de la Unidad Financiera de la FGR, dijo que no habían antecedentes y que optaron “por lo seguro”; según él, temían que los magistrados declararan nulo el juicio si detenían a Silva.

No obstante las declaraciones de Monroy, el 28 de noviembre –un día antes de que Silva perdiera su inmunidad– el jefe de prensa y comunicaciones de la Fiscalía avisó que tenían lista la orden de captura. “Si la Asamblea aprueba el desafuero, se procederá a su detención”, aseguró entonces. Quizá el comunicador deba asesorar a Monroy y explicarle cuál es la forma de proceder en estos casos, pues parece que él conoce mejor esos recursos.

También falló la Cámara Primera de lo Penal, al decretarle detención preventiva a Silva y emitir la orden de captura dieciocho horas después. Eso dio tiempo al acusado para esconderse; pudo, incluso, abandonar el país sin ningún obstáculo pues nadie lo perseguía. Ahora que se les cuestiona a los funcionarios judiciales por no haber actuado ágilmente, con sus pretextos no hacen más que terminarse de hundir. Uno de ellos, Guillermo Arévalo, por persignarse se arañó; éste pretendió justificar lo injustificable diciendo que pensaban que trataban “con gente decente, que se iba a desenvolver a la altura” ¡Por favor! Y así quieren que no los critiquen. Cuesta creer que un ostentoso acusado de lavar dinero y de cohecho, sea “gente decente” Pero ese no es el problema. El problema es que con semejante afirmación se adelantó criterio a favor del imputado. Eso no lo puede hacer un juzgador; se supone que su decencia debe comprobarse en el tribunal.

Para colmo, Arévalo agregó: “No imaginé que sería urgente capturarlo. Consideraba de lo más normal, girar la orden después”. Claro, eso es lo “más normal” en un sistema como el salvadoreño, en el que pasan años sin que se resuelvan los casos y se archivan aquellos que implican a personajes con poder político, económico o de otro tipo. En cualquier otro país, donde hay funcionarios inteligentes y capaces, eso no es normal. Claro que era apremiante capturar a Silva, sobre todo con los antecedentes de fuga ya citados.

La institución que posee el patrimonio de la acción penal –la FGR– ya comienza a acumular fracasos en la gestión de Félix Garrid Safie. Para desgracia de la población salvadoreña y en especial de las víctimas, con este caso y otros se demuestra que no cambiará su rumbo después de la infame gestión de Belisario Amadeo Artiga Artiga. Los corruptos y violadores de derechos humanos pueden estar tranquilos; continuarán en la impunidad, por una perversa combinación de la incapacidad institucional con la decisión oficial de protegerlos. Eso ha pasado con el Ministro de la Defensa Nacional, Otto Romero, sobre el cual pesan dos procesos de desafuero que no avanzan en la Asamblea Legislativa; antes, la FGR pidió al Órgano Judicial –procedimiento deliberadamente incorrecto, por cierto– desestimar las acusaciones porque “no había delito que perseguir”. Los tribunales, por su parte, continúan mostrándose lentos para proceder. Por eso, la gente no se atreve o no pretende presentar sus denuncias; de hacerlo, con las tardanzas y torpezas oficiales, lo único que logran es poner en peligro sus vidas.

Quienes todavía no tienen claro porqué la delincuencia lejos de disminuir aumenta, aquí tienen otro ejemplo que confirma lo que el IDHUCA siempre ha sostenido: la impunidad es el principal abono en la tierra salvadoreña para que la violencia y la criminalidad no sólo hayan nacido, sino que se hayan reproducido y sigan creciendo. Se habla en público, pero sobre todo en privado, de funcionarios corruptos que nunca son debidamente investigados. Todavía falta saber qué pasará con Mariano Pinto, Enrique Molins y David Gutiérrez, a quienes se les ha expuesto en los medios de difusión por esa causa. Lo más seguro es que nada, si queda en manos del sistema y sus “normalidades”.

Tantos y tan graves desatinos se cometen cuando el caso de Carlos Perla se encuentra en una etapa decisiva. ¿Incurrirán en más “errores”? Ojalá, por el bien del país, que no. Ojalá se obtenga un éxito real en la lucha contra la impunidad; por lo menos uno –¡por favor!– para que la gente tenga esperanza, busque justicia sabiendo que se puede alcanzar y se logre así –de una vez por todas– que funcionen las instituciones. Eso pasa por lograr que en el caso de la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA), caigan todos los responsables de corrupción; que en ese acuoso, escandaloso y sucio lago se atrapen sin distinción ni privilegios a todos los peces, gordos y flacos.

Por ahora, Silva y otros corruptos están libres; también los violadores de derechos humanos del pasado y el presente, se mueven tranquilamente por todo el país. Mientras, los más altos responsables estatales encargados de perseguir a los delincuentes e impartir justicia a las víctimas, no muestran interés real por derribar el muro de la impunidad; más aún, en los tribunales internacionales, sus representantes se dedican a atacar a las víctimas y despilfarrar recursos públicos comprando algunas voluntades. Si eso no cambia, por más decretos legislativos o campañas por la paz social y la “reconstrucción del tejido social” que se publiciten, la violencia no se detendrá. El mensaje que falta es uno: que con sus hechos el Estado certifique una clara y real disposición a combatir y erradicar la impunidad.

 

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García Prieto: otra torpeza estatal

Cada vez que el Estado salvadoreño acude a un tribunal internacional, llega a hacer lo mismo: el ridículo. Sus bochornosas actuaciones de seguro serán, por mucho tiempo, el hazmerrerír de la comunidad regional y mundial de derechos humanos. Por la incapacidad del personal que representa al país en estos ámbitos se han perdido territorio y dinero; prestigio y respeto no, porque nunca ha tenido. Por desgracia, ese alarde de incapacidad y mala intención ha pisoteado a víctimas de violaciones de derechos humanos. Sin embargo, son éstas quienes –henchidas de dignidad– han desmentido el discurso oficial que intenta presentar el país como “modelo exitoso” de paz, democracia, respeto de la dignidad humana y (re)conciliación. Su lucha ha demostrado que la retórica no alcanza para ocultar el desprecio oficial hacia la verdad y la justicia. Primero, fueron los familiares de las hermanas Serrano Cruz que lograron una condena en la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) y evidenciaron su resistencia a cumplir fielmente la sentencia. Ahora son Gloria Giralt de García Prieto y Mauricio García Prieto quienes han acorralado, de nuevo, a la administración de Antonio Saca.

Durante más de doce años, ambas víctimas de la violencia y la impunidad durante la posguerra han demandado la investigación completa del asesinato de su hijo Ramón Mauricio y de las amenazas, atentados y otro tipo de intimidaciones en su contra, así como la condena y sanción para todos los responsables materiales e intelectuales. Gloria y Mauricio no han claudicado, pese al desmedido afán de quienes quieren garantizarles la impunidad a esos criminales mediante la utilización maliciosa e indecente de las instituciones públicas.

Por eso, su batalla –la de David contra Goliat, en palabras de Gloria– ha trascendido las fronteras nacionales y se libra hoy donde no pueden manipular a su antojo leyes y tribunales. Ahí es donde más se desnuda el Estado salvadoreño como lo que es: perverso. Precisamente esa perversidad hace que sus delegados pierdan la dimensión de las cosas y parezcan jugadores de potrero, torpes y marrulleros, pretendiendo competir en la “liga de campeones”. Pasó en el 2006 con el caso de las hermanas Serrano y ahora –el 25 y 26 de enero– con el caso García Prieto. Pese al fracaso oficial en el primero, se repitió la estrategia.

Nadie que posea algo de inteligencia se lanza visceralmente contra las víctimas para evadir responsabilidades, como cuando afirmaron que las hermanas Serrano no habían existido y que sus familiares tenían problemas mentales. En la audiencia reciente del caso García Prieto, Fredy Ramos –fiscal auxiliar y testigo estatal– dijo que las amenazas eran “inventadas” por las víctimas; arrinconado por el interrogatorio y enredado en sus falacias, reconoció luego que sí se habían probado pero que no juzgaron a sus responsables porque las víctimas no los habían identificado. Virginia Lorena Paredes de Dueñas –jueza de instrucción y también deponente por el Estado– sostuvo que había llegado a la convicción de que el robo fue el móvil en la ejecución de Ramón Mauricio, porque su viuda declaró que éste quiso desenfundar su arma al momento del asalto. En ningún expediente policial, fiscal y judicial del caso aparece tal afirmación. Por lo anterior, Ramos y Paredes de Dueñas deberían ser procesados por falso testimonio.

Óscar Santamaría, la “carta fuerte” oficial, “olvidó” cuál era el objeto de la audiencia y –en lugar de refutar los cargos– ocupó su tiempo en una defensa vehemente del “proceso de paz” salvadoreño y de su “amigo”, el general Mauricio Ernesto Vargas. Su intervención estuvo totalmente fuera de lugar, pues se estaba juzgando el papel estatal en el caso y nada más. ¿Por qué no hizo lo debido el ex canciller y jefe de la delegación gubernamental en las negociaciones que pusieron fin a la guerra, de la cual también formó parte Vargas? Esta claro: no podía defender lo indefendible. No tenía cómo probar ante la Corte IDH el interés gubernamental por asegurar la plenitud de la justicia.

Hasta entonces, el comportamiento de la delegación salvadoreña era previsible. Durante más de una década desde que el caso ingresó al sistema interamericano de protección de derechos humanos, la versión oficial de los hechos y la forma de encarar el proceso siempre fue el mismo. Pero ahora, Cancillería llevaba un “as bajo la manga”. La mala costumbre de comprar voluntades de jueces y diputados para mantener privilegios, no cabía en la Corte IDH. Pero existía una “oportunidad de oro”: el “arreglo económico” con la viuda de Ramón Mauricio –que reapareció después de varios años de silencio– para liberar al Estado de cualquier reclamo o responsabilidad y atacar a quienes fueron sus suegros, afirmando entre otras cosas que sufrían “paranoia de persecución”. Así, según la retorcida mente de quienes idearon semejante “plan”, conseguirían un sobreseimiento definitivo de la Corte IDH. Sin embargo, tiraron el dinero a la basura –quién sabe cuánto– porque el caso seguirá su curso pues hay otras víctimas que sólo finalizarán su lucha cuando obtengan justicia.

Con esa infame “movida”, lo único que lograron es confirmar el marcado interés estatal por garantizarle la impunidad a los criminales materiales e intelectuales que falta procesar y castigar. Además, de esa forma, queda reconocida la responsabilidad institucional aunque no exista la suficiente humildad para pedir perdón ni la valentía para rectificar. ¿Quién paga una fuerte cantidad de dinero para solucionar un problema que no ocasionó o solventar una deuda que no es suya? Lo peor de todo para el Estado, pero mejor para el país, es que no se logrará el objetivo de finalizar la querella. El caso no termina; más aún, la Corte IDH podría invalidar el arreglo si no está fundado en el respeto de los derechos humanos reconocidos por la Convención Americana sobre Derechos Humanos. ¡Vaya bochorno que deberá enfrentar la administración Saca, si eso pasa!

Los acontecimientos del último jueves y viernes de enero en San José, Costa Rica, ocurren en un escenario singular: el de la “fiesta rosa” del Acuerdo de Chapultepec. Ahí, Saca hizo un esfuerzo espectacular por renovar el maquillaje sobre una realidad inexistente. El Salvador no vive en paz y el respeto de los derechos humanos es una fantasía, cuando quien los viola tiene “amigos” con poder que lo defiendan y lo ocultan bajo las faldas de la impunidad. La ejecución de Ramón Mauricio García Prieto Giralt ocurrió en medio de la observación internacional de Naciones Unidas, no durante la guerra; ocurrió cuando se hablaba de la transición a la democracia. Por eso, es significativo que el caso haya colocado a las autoridades en el banquillo interamericano de los acusados.

Y eso lo lograron Gloria y Mauricio García Prieto, pese a todo. Primero, mediante el empuje de la observación internacional mencionada, se condenó internamente a José Raúl Argueta Rivas y Cancillería pidió a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos cerrar el expediente porque ya se había impartido “justicia; no obstante, esta Comisión presionó hasta lograr la captura y condena de Julio Ismael Ortiz Díaz –el segundo de los tres autores materiales– y el Estado le pidió de nuevo archivar el expediente. ¿No era Argueta Rivas el único asesino? Ahora afirman que no hay otro autor material y mucho menos intelectual; que las amenazas son “inventadas” por la familia y que ésta no colabora identificando a sus responsables, cuando se contradicen aceptando que si han existido. ¿Se puede dar algún crédito a las autoridades salvadoreñas, después de todo eso y de pagarle a una demandante para retirar su acusación? No.

La lucha de Gloria, Mauricio y toda la familia García Prieto Giralt ha estado llena de dolores; pero nunca han buscado dólares de un Estado que se empeña en pisotear su dignidad. Su petición a la Corte IDH es la de reabrir el caso y que se inicie una investigación seria, tendiente a esclarecer los hechos y sancionar a todos sus responsables; para eso, solicitaron que se anule la prescripción en el presente caso. Además, instaron al honorable tribunal regional ordenar al Estado que desmantele los escuadrones de la muerte.

Esta es una historia de doce años batallando por conocer la verdad y lograr justicia, que aún no termina. Existe un plazo pendiente para presentar los alegatos escritos finales por parte del Estado y las víctimas que continúan el proceso. Luego, la Corte Interamericana de Derechos Humanos emitirá su fallo definitivo e inapelable sobre el cual –tras la actuación oficial reciente en la audiencia del 25 y 26 de enero en San José, Costa Rica– existe plena confianza que será favorable para Gloria, Mauricio y el pueblo salvadoreño, agobiado por tanta violencia que afecta a las mayorías y hastiado por la impunidad que favorece a una minoría.

 

 

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