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Universidad Centroamericana José Simeón Cañas



Revista ECA

© 1996 UCA Editores





ECA, No. 576, octubre de 1996





     Propuestas de bienestar ¿con Estado de bienestar?

                    Francisco Javier Ibisate



                             Resumen



     El neoliberalismo, uno de los tantos "neos" de fines de siglo,

proclama entre sus objetivos la consecución del bienestar

social. Empero, ¿es posible conseguirlo, primero, sin un

Estado de bienestar, y segundo,  en una sociedad insolidaria, no

estructurada para el bienestar? El autor contesta a las dos

preguntas, echando una mirada al desarrollo histórico del

Estado de bienestar y a su contraposición con el esquema

neoliberal, su antípoda.



Introducción



     Al acabar el siglo XX queremos arrancar algunas páginas

negras de nuestra historia: los campos de concentración y el

archipiélago de Gulag, la carrera armamentística, el

muro de Berlín, la plaza de Tiannamen, el terrorismo

fundamentalista y el irrespeto a la naturaleza, que generosamente

nos ofrece cuanto tiene y contiene. Pero sobre todo

quisiéramos erradicar la angustia, la inseguridad y la

pobreza, que es la mayor violencia. En breve, quisiéramos el

bienestar de la sociedad, quisiéramos algo nuevo. Sin

embargo y pese al nuevo milenio, no podemos cortar la historia,

nuestra historia del siglo XX. Ella seguirá siendo la

historia del año 2000. Un signo de esta continuidad es la

proliferación y reencarnación de tantos neo: neo-

clásicos, neo-liberales, neo-keynesianos, neo-socialistas,

neo-estructuralistas... y también los neo-fundamentalistas,

que nos dan miedo. La proliferación de tanto neo parece

indicar que el ■fin de la historia■ lo tenemos que armar con

retazos y experiencias de la historia pasada. Con razón

dicen que la historia es la maestra de la vida.



     Es normal que siendo tan distintos neos, cada cual quisiera

reencarnar su retazo preferido de la historia. Hablar de la

sociedad de bienestar es un atractivo slogan para el año

2000. El problema es si podemos llegar a la sociedad de bienestar

a través del Estado de bienestar. Sin duda, muchos lectores

estarán en desacuerdo con esta correlación, porque

hace más de veinte años editaron carta de

defunción para el Welfare State. Hablar del Estado de

bienestar sería un anacronismo para estos lectores y

electores, pero la verdad es que sin el Estado de bienestar tampoco

tenemos bienestar. Una pregunta posible es ¿cómo

podemos llegar a una sociedad de bienestar sin un Estado de

bienestar? Y jugando más con las ideas que con las palabras,

¿es posible aceptar un Estado de bienestar en una sociedad no

estructurada para el bienestar? Preguntas un tanto sofisticadas

para decir que el problema no es sólo el Estado: el problema

es y somos la sociedad, una sociedad atomizada (Copenhague, 1995)

e insolidaria con los intereses de los demás. Es decir, una

sociedad a lo neoliberal.



     Son varias las razones que me han animado a escribir sobre el

Estado de bienestar. En primer lugar, que el neoliberalismo

está en estado de crisis, está sometido a

críticas multiformes en todos los continentes, porque ni su

aparición inicial como liberalismo, ni su

reencarnación actual manifiestan una intención

ideológica ni una potencialidad real para asegurar el

bienestar de las sociedades. Al igual que los imperios, vence, pero

no convence. En segundo lugar, porque en los países

desarrollados, intelectuales, académicos y hombres de

acción debaten sobre "el neoliberalismo en cuestión"

(ECA, 1996, pp. 67-73): unos sienten nostalgia por la

economía social de mercado; otros por el Estado de

bienestar, como los participantes en un reciente seminario, cuyas

ponencias y 

conclusiones me servirán de punto de partida. 



     En tercer lugar, de cara a nuestro país, el editorial

de ECA, "Perspectivas para el cambio social" (1996, pp. 553-568),

nos recuerda que nunca habían aparecido tantas propuestas

como en el presente año, invitando al diálogo y a la

concertación sobre el cambio social. El editorial analiza

específicamente el Manifiesto Salvadoreño de la

Asociación Nacional de la Empresa Privada, porque ha

recibido amplia publicidad en la medida que invita a un

diálogo intergremial y con la intelectualidad. En cuarto

lugar, porque parece que el peor enemigo del Estado suelen ser los

gobiernos y el nuestro no es la excepción. No puede haber

Estado social de bienestar si el gobierno no alcanza la

categoría de Estado.



                                                                  

La proliferación de tanto neo parece indicar que el ■fin de

la historia■ lo tenemos que armar con retazos y experiencias de la

historia pasada.

                                                                  



     El hecho de que en países europeos -cuna del modelo

liberal y luego, del Estado social de bienestar- revalúen

los logros y también las razones de su crisis para reiniciar

un proceso de readecuación de aquellos valores de justicia,

equidad y solidaridad frente al neoliberalismo imperante, nos puede

servir a quienes no estamos de acuerdo ni con el presente, ni con

el futuro próximo. La presencia de varias propuestas,

precedidas y acompañadas de las encuestas de opinión

pública, legitiman recuperar los aportes positivos de la

historia pasada. Comienzo sintetizando las reflexiones de algunos

seminarios europeos y las relaciono con nuestras propuestas

nacionales.



1. ¿Por qué nació el Estado de bienestar?



     La respuesta es breve: porque fracasó el Estado

liberal. Todos los modelos económicos están sometidos

a fases de euforia, logros, fatigas, declive y crisis.

También el modelo del que vamos a hablar. Las siguientes

reflexiones han sido extractadas de un reciente seminario centrado

en ■Los derechos económicos-sociales y la crisis del Estado

de bienestar" (l995)1. Este recuento histórico y esta

reflexión crítica no tendrían sentido si no

partimos de un amplio consenso de que, a nivel nacional e

internacional, no vivimos en sociedades de bienestar. Esta tesis no

necesita demostración, a menos que día a día

nos mientan todos los medios de comunicación social. En

otras palabras, en 1995 surge la nostalgia por un Estado social de

bienestar que promueva una civilización de la solidaridad.

Y surge la nostalgia a sabiendas de que el Estado de bienestar

entró en crisis en la década de los setenta, al igual

que en los países del este europeo renace la nostalgia del

pasado régimen, pese a sus graves defectos, porque tampoco

están contentos con su modelo actual de mercado. Las

nostalgias no buscan volver a lo mismo, sino a la renovación

de aquellos ideales y valores, como nueva solución, como una

tercera vía al neoliberalismo actual, fundamentado en el

individualismo económico y en la insolidaridad social. El

neoliberalismo no corrige los vicios humanos del liberalismo y el

prefijo "neo" sólo significa más de lo mismo. 

       

1.l. Las fuentes del Estado de bienestar



     En las ponencias del seminario mencionado se hace una

distinción entre el Estado social y el Estado de bienestar,

para indicar que en este último confluyen dos tradiciones

intelectuales y políticas diferentes. La tradición

social emanaría de la revolución francesa (1789) con

su célebre divisa revolucionaria: libertad, igualdad y

fraternidad. Esto lleva a que un autor, Preuss, entienda el Estado

social como: 



     una alternativa, por un lado, a la dictadura económica

y    política burguesa del capitalismo liberal y, por otro

lado, a   la dictadura del proletariado". El mismo autor encuentra

el   origen del Estado de bienestar "en la teoría

económica    keynesiana y su objetivo sería liberar

el potencial del    capitalismo en condiciones críticas. 



     En consecuencia, el Estado de bienestar integra dos

interpretaciones: 



     como respuesta a la democracia de masas, el Estado de

     bienestar puede ser visto como algo que surge de las demandas

     de una mayor igualdad y un reconocimiento de los derechos

     sociales a los servicios de bienestar y a la seguridad

     económica. Como una respuesta a los desarrollos del

     capitalismo, el Estado de bienestar puede ser interpretado por

     los marxistas y otros autores como un intento de hacer frente

     a las contradicciones y los problemas del sistema capitalista,

     contribuyendo tanto a la acumulación de capital como a

la   legitimación (N. Johson).



     Sin hacer distinción de fronteras entre ambas

tradiciones, el Estado de bienestar se refiere no sólo a las

experiencias de políticas keynesianas, sino también

a los experimentos de la social-democracia, integrando la

intervención del Estado en la economía "con el

objetivo de mantener el pleno empleo mediante la regulación

del mercado y la creación de un sector público

económico y, por otro lado, por la prestación de una

serie de servicios sociales de carácter universal" (M. J.

Rubio).



     Una disquisición más afinada es si el Estado

social es compatible con una concepción liberal-

individualista del Estado, que permita considerar las cuestiones

sociales como función legítima del gobierno, sin

necesidad de replantearse esa concepción liberal-

individualista del Estado" (modelo británico), o si, de

acuerdo al modelo francés, "la idea de primacía del

interés general constituye un elemento esencial de las

nociones de república (cosa pública) y del Estado;

por ello, el compromiso social del Estado es un rasgo nuclear del

mismo (Ashford). 



     En resumen, por confluencia de corrientes políticas, el

Estado de bienestar descansa en una reconsideración de los

ideales democráticos de la revolución francesa.



                                                                  

El neoliberalismo no corrige los vicios humanos del liberalismo y

el prefijo "neo" sólo significa más de lo mismo. 

                                                                  



1.2. Libertad, igualdad y fraternidad



     En el diccionario neoliberal aparecen los términos de

libertad e igualdad, pero la fraternidad es un elemento olvidado.

Esto significa que con las mismas palabras se expresan ideas o

ideales diferentes. Afinando la filosofía moral, se

distinguen tres nociones diferentes de libertad. La ■libertad

negativa■, entendida como ausencia de impedimentos negativos. La

■libertad positiva■ que, en el plano individual, es sinónimo

de autodeterminación racional y en el plano político

se identifica con la democracia. Y la ■libertad real■, cuyo origen

se remonta a la literatura socialista del siglo XIX, "cuya idea

nuclear es que sólo mediante la remoción de los

obstáculos de carácter económico y social,

lograrán los individuos ser realmente libres" (F. Laporta).

La idea de libertad se conecta esencialmente con la capacidad

económica. A la serie de libertades individuales, que reza

la Constitución, es menester que se agregue una

supervivencia digna: la educación, la vivienda y las

prestaciones sanitarias. La libertad se identifica con la libertad

real, que conduce al Estado a la prosecución, no sólo

de los derechos y la autonomía, sino también de los

derechos económico sociales. El problema es que no es

posible una libertad real sin una real igualdad.



     La concepción liberal enseña la ■igualdad

formal■ o la igualdad ante la ley, mientras que la noción

socialista requiere la "igualdad real", poniendo fin a las

desigualdades de carácter económico y social. Dado

que no todas las personas somos iguales por razones de sexo, raza

y etnia, edad, cultura, ideología, religión..., la

igualdad se concreta en dos principios: ■el principio de la no

discriminación■, según el cual las diferencias de

raza, sexo, religión... no deben engendrar consideraciones

desiguales, y el ■principio de la relevancia■, que valora

cuáles de estas diferencias humanas se ponderan o no se

ponderan para considerarnos desiguales. De acuerdo con este

principio, mientras la igualdad liberal conduce a un Estado

abstencionista (todos somos iguales ante la ley), la

formulación democrática de la igualdad conduce a un

Estado social, comprometido con el bienestar y el disfrute de los

derechos económicos y sociales.



     Por lo que hace a la fraternidad, se trata de un elemento

olvidado por el discurso liberal e incluso cuestionado por su

filosofía política, mientras que el Estado social no

deja a los individuos abandonados a su propia suerte. En las

corrientes filosóficas socialistas del siglo pasado, la

fórmula de la fraternidad se presentaba como un

antídoto del individualismo liberal, buscando compatibilizar

los intereses particulares con el interés general. La idea

de fraternidad "niega la concepción de la sociedad como mero

agregado de individuos, pero critica también aquellas otras

concepciones que anulan al individuo disolviéndolo en la

sociedad". Libertad y dignidad del individuo, junto con la defensa

del interés común. "La idea de fraternidad

servía para justificar la idea de obligaciones positivas

entre los individuos, y por ende, de éstos hacia la sociedad

y de ésta hacia aquellos" ( J. E. S. Hayward). Se introduce

así, desde el siglo pasado, la noción de fraternidad

asociada al término de solidaridad, como componente de un

Estado social democrático.



                                                                  

En el diccionario neoliberal aparecen los términos de

libertad e igualdad, pero la fraternidad es un elemento olvidado.

Esto significa que con las mismas palabras se expresan ideas o

ideales 

diferentes.

                                                                  



     Cuando la cumbre mundial sobre el desarrollo social (1995)

señala como uno de los graves problemas mundiales la

atomización e insolidaridad social, nos volvemos a formular

la misma pregunta del siglo XIX: "¿cómo ha de ser la

organización en la que la obligación hacia el otro y

hacia la comunidad conviva con y corrija el derecho de los

individuos? Desde esta perspectiva, el conflicto entre Estado

liberal y Estado social no es un conflicto entre individuo y

comunidad, sino un conflicto que enfrenta a dos modelos de

vinculación social diferente: una dineraria y otra basada en

el reconocimiento consciente de la sociabilidad estructural del

individuo concreto, que nos obliga a la búsqueda de un

terreno común" (P. Barcellona). En consecuencia, la idea de

democracia es más fuerte que el simple juego de

mayorías y minorías, siendo inseparable de la idea

del interés común. 



     Son ideas que materializan la soberanía del pueblo, que

sirven    de mediación entre el individuo y el Estado, que

ofrecen   criterios para resolver las diferencias y discrepancias

     egoístas entre los particulares, y que muestran la

presencia      de la razón en política, toda vez que

ni los deseos ni las     preferencias de los particulares coinciden

necesariamente con  la razón, ni podemos considerar siempre

justas a las   mayorías.



     En el seminario en cuestión se retoma la teoría

de que el  "Estado de bienestar es un desarrollo moralmente

positivo, en tanto en cuanto supone la superación de la

lucha competitiva por la supervivencia y un reconocimiento de la

responsabilidad colectiva de hacer frente a las necesidades

básicas de cada uno de nosotros en la sociedad" (Harris). 



     Harris asume que 



     la crisis del Estado de bienestar no es sólo ni

principalmente      de carácter económico, sino que

el núcleo de la discusión se   ha desplazado a la

misma idea de democracia. El elemento   central del Estado de

bienestar es la aceptación de un      compromiso

público creciente en la erradicación de la pobreza,

     el aumento del bienestar social y el logro de la igualdad. En

     definitiva, que el Estado de bienestar descansa en la idea de

     solidaridad social y que, por lo tanto, los poderes

públicos     deben suscitar un espíritu de

solidaridad vinculado a la idea    de pertenencia a una comunidad

y al objetivo de que todos los     miembros de la misma alcancen su

estatuto de ciudadanía. El  poder público debe ser

utilizado para el logro de fines   morales, que no pueden reducirse

al egoísmo... La garantía de   ese estatuto de

miembros plenos de la comunidad exige el     reconocimiento de unos

derechos económicos y sociales, que son    distribuidos

fuera del mercado y de acuerdo con un principio   de necesidad

socialmente reconocido.



     Con estas reflexiones de fin de milenio pareciera que

regresamos a finales del siglo XIX y que volvemos a escuchar a los

así llamados "socialistas de cátedra". Los ponentes

y autores citados en este seminario de investigación,

dedicado a la ciencias empresariales, son hombres de

cátedra, sumamente preocupados por este tema de actualidad:

"los derechos económicos y sociales y la crisis del Estado

de bienestar". Este seminario no tendría sentido si crisis

significara acta de defunción y entierro del Estado de

bienestar. Crisis significa aquí evaluación de los

objetivos, logros y problemas, así como de las

críticas de la nueva derecha y de la antigua y nueva

izquierda al pasado Estado de bienestar. 



2. Origen histórico del Estado de bienestar



     Aunque no es fácil fijar fecha de nacimiento a un

modelo que surge como reacción a otro, los ponentes de este

seminario se inclinan por la década de 1940,

señalando el papel relevante del gobierno laborista de

Clement Atlee (La seguridad social británica, l948),

precedido o acompañado por los programas de seguridad social

de Francia (1945) y por el conjunto de países europeos con

proyectos similares. Todo nacimiento tiene un proceso de

gestación y entre los padrinos hay que citar a los

"socialistas de cátedra" alemanes, cuya enseñanza se

traducirá en las famosas leyes sociales del canciller

Bismarck, el canciller de hierro. Los catedráticos

influyeron en los gobernantes, con, como testigo, el mensaje del

Káiser Guillermo II al parlamento, en noviembre de 1881: "El

Estado asume no sólo la misión defensiva de tutelar

los derechos ya existentes, sino también la misión

positiva de promover, mediante las instituciones y los medios

colectivos de que dispone, el bienestar de todos los

súbditos, y especialmente de los más débiles

y necesitados". 



     Este corto mensaje puede leerse simultáneamente como un

pródromo a la economía social de mercado y a la

configuración del Estado social de bienestar, modelos que

germinaron en tierra alemana. El mensaje es importante, porque los

socialistas de cátedra integraban el papel del Estado con el

problema de la libertad. El liberalismo clásico de finales

del siglo XIX, al igual que el neoliberalismo de fines del siglo

XX, consideran "la libertad individual y el poder del Estado como

magnitudes inversamente proporcionales, de tal forma que el

desarrollo o la ampliación del poder del Estado conlleva

inevitablemente la reducción de la libertad del ciudadano y,

viceversa, el desarrollo de la libertad individual requiere

inevitablemente el repliegue del poder estatal". La tesis liberal

o neoliberal es unidimensional y parcial. Si la opresión

política y las agresiones del Estado son negación de

la libertad, también lo son la pobreza, la

explotación laboral, la ignorancia... Como bien dijo el

Mahatma Ghandi, la pobreza es la mayor violencia y es lo que

más se está generalizando al final del siglo, bajo la

égida del neoliberalismo. El Estado debe proteger la

libertad frente a estas agresiones sociales. Por ello nos interesa

hacer un breve recorrido sobre la historia del Estado de bienestar,

que los ponentes dividen en dos fases.



2.1. Los años l950-1960



     Luego de la crisis económica liberal de 1930 y de la

segunda guerra mundial asistimos a una reestructuración

social, económica y política intercontinental. No es

justo mirar al Estado de bienestar simplemente como una mayor

intervención del Estado en la vida nacional, sino como una

menor intervención del Estado y del poder político en

todos los detalles de la vida nacional, propios de los modelos

centralistas, que se consolidaban en la Europa del Este y que se

publicitaban internacionalmente como el modelo y la solución

para el tercer mundo. En las décadas de la gran crisis

ideológica y económica liberal, el Estado de

bienestar aparece como una tercera vía o como un valladar

para que los países agotados o humillados por la guerra, la

destrucción, el desempleo y la pobreza no derivaran hacia

los atractivos enunciados por el bloque comunista, al cual se

adhirieron varios países europeos. Liberales y neoliberales

deben aceptar que el Estado de bienestar les salvó su propia

historia, por lo tanto, su reacción actual no debiera ser

tan visceral y virulenta.  



     En estas décadas, el Estado de bienestar suscitó

un consenso general, aceptado incluso por las izquierdas, como se

muestra en este breve testimonio de Tom Bottomore, quien resume las

rasgos más esenciales: "En la mayoría de Europa

occidental tuvieron lugar en aquellos años progresos

igualitarios en la distribución de la riqueza y en el

control económico a través de diversas formas de

economía mixta, así como una notable expansión

y perfeccionamiento de la política asistencial, facilitado

todo ello por unos índices de crecimiento excepcionalmente

altos". 



     En esta fase del Estado de bienestar, la teoría del

derrame funcionó: hubo crecimiento promedio del siete u ocho

por ciento anual, hubo progresos igualitarios en la

distribución del ingreso y mejoras sensibles en la seguridad

social. Estas tres cualidades nunca las ha conjugado el modelo

liberal. Las dos largas décadas de paz social y de

crecimiento generaron una época de confianza y optimismo, 



     occidente parecía haber encontrado por fin la

fórmula mágica  entre libertad e igualdad, entre

iniciativa privada e     intervencionismo estatal, entre eficacia

y justicia, en      definitiva, entre capitalismo y socialismo; y

sólo desde un     fundamentalismo cerril de izquierda y de

derecha resultaría     posible disentir de semejantes

logros. En este sentido, estaba    teniendo lugar un proceso de

convergencia hacia el centro  social demócrata, tanto en el

nivel electoral como en el nivel   teórico e intelectual.

     

                                                                  

La tesis liberal o neoliberal es unidimensional y parcial. Si la

opresión política y las agresiones del Estado son

negación de la libertad, también lo son la pobreza,

la explotación laboral, la ignorancia...

                                                                  



     El mismo ponente, F. Contreras Peláez, introduce otra

dimensión sociopolítica, destacada por E. R. Huber.

Se trata de la función de árbitro interclasista. 



     Huber concibe al Estado social o Estado de bienestar como la

     instancia en la cual la lucha de clases es encauzada, es

     ritualizada, es canalizada. Hablar de canalización, de

     domesticación, de ritualización equivale a

reconocer      implícitamente que la lucha de clases no va

a desaparecer, que  la lucha de clases no va a ser superada, sino

solamente      encauzada. Huber piensa que la división de

clases es el precio      a pagar por la libertad; en las

condiciones de las sociedades      industriales, una sociedad libre

será inevitablemente una    sociedad de clases. Por lo

tanto, el Estado social presupone  el conflicto, se asienta sobre

el conflicto y no intenta     escamotear ese dato; pero el Estado

social mantiene abiertas      vías de negociación

capaces de conseguir que la lucha de    clases sea sublimada en

forcejeo dialéctico, en forcejeo      judicial o sindical,

sin degenerar, por consiguiente, en     enfrentamiento abierto.  



     El Estado de bienestar asume dos compromisos

económicos: controlar o amainar los ciclos

económicos, con sus vaivenes de prosperidad y

depresión -trece veces repetidos en el calendario

histórico del capitalismo- y la preocupación por el

logro del pleno empleo, objetivos claves en la Teoría

general de Keynes. Dos problemas mundiales que vuelven a aparecer

en el calendario del neoliberalismo actual. Similar énfasis

se pone en el terreno social por dar satisfacción a las

necesidades elementales de la población, al margen del

mercado, adelantándose medio siglo al redescubrimiento de

que la inversión social es la base de todo desarrollo

económico. 



     Estos objetivos y logros se asientan sobre una nueva ciencia

y conciencia económica. Al decir ciencia nos referimos a la

nueva instrumentación para orientar la economía

nacional. Brevemente, se trata de la "elaboración concertada

de planes de desarrollo económico y social" y de la

gestión mixta del quehacer económico. Las

técnicas de planificación económica

parecerían aproximar la Europa occidental a la del este;

pero las diferencias son abismales. La planificación del

bloque del este, pese a todos los intentos de reforma, fue una

planificación militarizada (economía de cuartel de

ordeno y mando), centralista, vertical y detallada,

convirtiéndose en una aplanadora de la iniciativa

empresarial. La planificación occidental, asentada en la

contabilidad nacional, en la macroeconomía real y en las

matrices intersectoriales, será una planificación

estratégica, concertada entre el sector público y el

privado, una planificación indicativa (Jean Monnet la

llamó ■la planificación por la saliva■), que

logró las mayores tasas de crecimiento armónico que

Europa haya tenido. Nuestros críticos actuales de la

planificación manifiestan una gran ignorancia del mapa

geográfico y de la historia económica del presente

siglo. Da pena que hombres públicos, con tanta arrogancia,

dejen al descubierto su miopía histórica.         



     Yendo más al fondo de la explicación, los

instrumentos y las políticas económicas se

fundamentan en los valores éticos que los sustentan. Este

aspecto se desarrolló más ampliamente en un seminario

tenido en Barcelona (1993) sobre "El neoliberalismo en

cuestión", que nos sirvió de comentario en un

artículo anterior: "los problemas existentes desde hace

más de un siglo en buena parte del planeta

(marginación, bolsas de pobreza, falta de libertades,

inmigración forzada...) siguen presentes en la actualidad,

ya que no pueden desaparecer por arte de birlibirloque, ni por

pretendidos finales de la historia. Desde la asunción de

esta realidad, hay que reafirmar las bondades de un sistema

político, económico, social y cultural que refuerce

los valores de libertad con justicia, solidaridad e igualdad para

hacer frente a los valores insolidarios que predominan en nuestras

sociedades desarrolladas, entre ellos, y no el menos importante, el

de la exaltación de la riqueza y del éxito

económico, que contribuyen a dejar fuera de la sociedad a un

segmento importante de la población".



                                                                 

Liberales y neoliberales deben aceptar que el Estado de bienestar

les salvó su propia historia, por lo tanto, su

reacción actual no debiera ser tan visceral y virulenta.  

                                                                  



     A continuación la misma historia leída desde

horizontes diferentes. 



     Buena parte de la cultura neoliberal imperante durante la

     década de los ochenta se ha construido alrededor de la

lucha     contra los valores desarrollados en Europa durante la

     postguerra mundial; ejemplos claros y evidentes serían

la   crítica encarnada a las instituciones del Estado de

bienestar,     la cultura del triunfo individual "frente a los

demás" y el  ataque frontal a las organizaciones sindicales

como      pretendidos "sujetos retardatarios" del progreso social.

Pero      la oleada conservadora no nos puede hacer olvidar que

Europa    se construyó sobre los valores de justicia,

solidaridad y  progreso, los cuales, a pesar de los ataques antes

citados,  son valores que no han desaparecido... En tal tesitura

debemos   contribuir a cambiar los vientos de la historia y

recuperar -    incorporando todo lo que de nuevo sea necesario-

aquellos  valores que posibilitaron el desarrollo de una Europa

     solidaria, en la década de los sesenta y buena parte de

los  setenta. Además nos parece útil y necesario

deshacer un    equívoco existente respecto al pretendido

abstencionismo      económico y social de los gobiernos

conservadores. Si algo ha     caracterizado en la pasada

década a tales gobiernos ha sido un   descarado

intervencionismo en el ámbito económico -pero a    

favor del conglomerado militar en Estados Unidos- y en el

     ámbito laboral, pero para restringir los derechos

colectivos     y sindicales en Gran Bretaña... En suma,

debemos recapacitar      sobre qué tipo de desarrollo

propugnamos y con qué valores,   teniendo bien claro que la

competitividad es un valor que debe     servir para el

enriquecimiento colectivo y no sólo para   provocar un

agravamiento de las desigualdades, y que la  economía no

puede ser pensada independientemente de los  cuadros

institucionales y de la sociedad en que se inserta. El      debate

actual se realiza sobre el reparto de los frutos del   crecimiento,

lo que evidentemente es muy importante, pero no   sobre el sentido

y las modalidades a largo plazo del     desarrollo, lo cual no lo

es menos2.



2.2. La crisis de los setenta



     En el presente seminario, al igual que en tantos libros de

texto, se hace referencia a la crisis energética de los

años setenta, en particular a partir de l973. Después

de veinte años de crecimiento acelerado, que multiplica por

cuatro el PIB mundial -aunque no en forma equitativa-  volvemos a

entrar en una recesión, que combina el alza de los precios

con la contracción productiva. Hay agotamiento de las

economías, hay crisis energética, hay crisis

monetaria mundial, pero a veces se silencia otra crisis no menos

grave. Las revistas de geoestrategia nos recuerdan que para estas

fechas las grandes naciones de ambos bloques gastaban un

millón de dólares ■por minuto■ en la agobiante

carrera armamentística. Este dato es importante, no

sólo porque traduce a dólares la agresividad

ideológica, sino porque estos gastos multimillonarios pronto

sofocaron a todos los erarios públicos. 



     Sin embargo, en la lectura de los déficits fiscales, la

culpabilidad mayor recae unilateralmente en los gastos de la

seguridad social, olvidando el derroche en la inseguridad armada.

Conviene ser más equitativos al leer la historia y sobre

todo más éticos. Al querer equilibrar los

déficits fiscales, el armamento no pesa, sólo la

seguridad social es el mayor gravamen. Esta es la norma

ética de un imperio que quiere imponer el orden por la

fuerza bruta. He ahí la contradicción asentada en las

mismas Naciones Unidas, cuyo Consejo de Seguridad integra, con

poder de veto, a los cinco países mayores exportadores de

armamento bélico. 



                                                                  

Nuestros críticos actuales de la planificación

manifiestan una gran ignorancia del mapa geográfico y de la

historia económica del presente siglo.

                                                                  



     Lo cierto es que esta onda larga recesiva (ondas de

Kondratief), iniciada en 1970 y sin fecha de finalización,

genera una nueva atmósfera intelectual que adversa la

viabilidad del Estado de bienestar. Se dirá que el modelo

funciona bien en la fase de prosperidad, de una economía

sana en expansión, pero que el financiamiento de las

prestaciones sociales automáticamente se convierte en un

gravamen insoportable. Estadísticamente, éste

sí es un problema real, o parte del problema: "la curva del

crecimiento del gasto público (y más concretamente de

los gastos sociales) es más que proporcional a la curva de

crecimiento del producto interior bruto de casi todos los estados;

el gasto público crece más rápido que la

producción nacional". Realmente hay que aceptar que el uso

se transformó en abuso y, consecuentemente, en

déficit insostenible. Este será un punto central de

la crítica, que en parte sigue siendo unilateral y en parte

real, cuando las ayudas sociales se amplían indefinidamente.

Pero ¿se aplica la misma contabilidad a los presupuestos

militares? En la reflexión sobre el Estado social o de

bienestar es importante recoger todas las críticas y

analizar las causas reales y políticas, que transforman el

uso en abuso.  



3. Las críticas de la nueva derecha e izquierda al Estado de

bienestar



3.1. Las críticas neoliberales



     Los autores de la nueva derecha convergen en ciertas

conclusiones comunes: la recesión de los setenta no se debe

a factores coyunturales, como la crisis energética, sino a

defectos  estructurales del Estado de bienestar. 



     Opinan que el paternalismo estatal, el exceso de

regulación y      la hipertrofia burocrática

están asfixiando a la iniciativa      privada, están

destruyendo los incentivos, están arrebatando   a la

sociedad su dinamismo: responsabilizan a las políticas    

keynesianas, aplicadas desde la segunda guerra mundial, de la    

situación de estanflación (de estancamiento

más inflación) en    la que se encuentra occidente en

aquellos momentos. Como  alternativa a todo eso proponen

básicamente el repliegue del     Estado, es decir, la

desregulación, la desburocratización, el      

restablecimiento de los estímulos para la inversión,

la   reducción de la presión fiscal y la

reducción del gasto    público, lo cual conlleva

lógicamente recortes contundentes en  los gastos sociales,

el retorno a las políticas monetaristas.   Si en cierto modo

la idea del Estado de bienestar se apoya o   presupone una

teoría del fracaso del mercado, ahora los  neoconservadores

contestan con una teoría del fracaso del   Estado. En este

sentido, los gobernantes social demócratas      aparecen

como ingenuos aprendices de brujo que, en su bien      intencionada

obsesión por perfeccionar el capitalismo, lo que     hacen

es generar nuevos males. 



     Francisco Contreras sintetiza los rasgos comunes de la

crítica neoconservadora que, por tener un origen

ideológico, explica la realidad con una amalgama de

argumentos entre dudosos y falsos. Sin embargo, es necesario

escuchar las críticas que pueden también dar lugar a

una contrarréplica. Tal sería la exposición

del economista y filósofo F. A. von Hayek, quien, al estilo

de los fisiócratas, parte de un orden natural "el Kosmos,

orden social autorregulado, autógeno, autofundado", que

sería el mercado multipolar capitalista. Frente a este

Kosmos natural, la economía centralizada artificial siempre

sería un modelo imperfecto. Como entre lo blanco y lo negro

hay una diversidad de colores, sus conciudadanos gestores de la

economía social de mercado de Alemania ya han respondido al

irrealismo de Hayek, recordándole que "el mercado no es un

juego" (ECA, 1996, pp. 68-69).



     Otro grupo de críticos parte de una

interpretación ultraindividualista de la teoría de

los derechos naturales, destacándose el pensamiento de

Nozick. 



     Consideran que los derechos individuales son derechos

     absolutos, es decir, definen un espacio social inviolable

     dentro del cual el individuo es soberano; ese espacio social,

     por supuesto, incluye el patrimonio privado, incluye la

     propiedad. Por consiguiente, cada vez que el Estado profana

     ese recinto sagrado, por ejemplo mediante los impuestos, o

     cuando confisca una parte del patrimonio del sujeto, con el

     pretexto de distribuir los recursos y socorrer a los

más     desvalidos, estaría prácticamente

atentando contra la dignidad  humana, estaría

pisoteándola. 



     El Estado estaría conculcando el imperativo

categórico de Kant, "obra siempre de tal modo que trates a

la humanidad, tanto en tu propia persona como en la de los

demás, siempre como fines y no solamente como medios".

Interpretación algo parcial del imperativo

categórico, que habría que aplicar al origen mismo de

tantas propiedades privadas, y que, por añadidura, no

decreta la mínima solidaridad ante la inocente pobreza.



     Más importantes en la línea de una

crítica constructiva serían los problemas de un

Estado sobredimensionado y los fallos en el logro de los objetivos

inicialmente propuestos. La primera crítica se centra en la

sobredimensión y, por ende, en la sobrecarga estatal. El

título de Estado paternalista significa que tiende a hacerse

cargo de una familia siempre creciente en sus necesidades y, por

ello, se deja llevar por una dinámica intervencionista.

Problemas y pseudoproblemas inflan la ambición redentora del

Estado, sin capacidad para la autorrestricción. La creciente

demanda asistencial desarrolla la hipertrofia estatal. Este grupo

de críticos se apoyan en la "teoría económica

de la política", que sí parece decir cosas ciertas.

Los miembros del sector público y privado pertenecen al

mismo género de personas y tienen las mismas motivaciones.

En el mercado privado priva la competencia económica, pero

en el sector público, competencia política. 



     Entonces, los partidos, obsesionados por la rentabilidad

     electoral, obsesionados por ganar votos, multiplicarán

las  promesas, dispararán las expectativas del

público mucho más    allá de lo razonable...

De esta forma, los electores terminan   desarrollando la

psicología característica de los niños      

mimados, es decir, piensan que tienen derecho a todo a cambio    de

ningún esfuerzo. Esto genera una irresponsabilidad

fiscal    del electorado.



                                                                  

Los gobernantes social demócratas aparecen como ingenuos

aprendices de brujo que, en su bien intencionada obsesión

por perfeccionar el capitalismo, lo que hacen es generar nuevos

males. 

                                                                  



     La teoría económica de la política dice

algo cierto que percibimos en los repetidos procesos electorales,

pero esta teoría se aplica a toda la gama de partidos

políticos, que en nuestro caso prometen estar al servicio de

los más pobres de los pobres y no son estados ni gobiernos

del bienestar social. El electorado no es un ente atomizado, sino

que actúa en lobbies o grupos de presión, de

intereses, organizaciones patronales y empresariales, sindicales y

otras. Desde esta perspectiva hay que leer la frase siguiente,

"entonces, llevados por esta voracidad intransigente de los grupos

de presión y la actitud complaciente de los partidos

políticos, se termina desembocando en una situación

de ingobernabilidad, ya que el partido triunfador en las elecciones

accederá al poder lastrado por una serie de compromisos y de

promesas, en buena parte incompatibles entre sí; esto,

evidentemente equivale a una situación de ingobernabilidad".

Esta crítica, erigida inicialmente contra el Estado de

bienestar, se convierte en un boomerang, que regresa con la misma

fuerza sobre los partidos de derecha que, de acuerdo a nuestra

experiencia, mienten en sus promesas y no cumplen lo que mienten,

generando más bien un modelo excluyente, que fomenta el mal

común.

  

     El crecimiento y la hipertrofia del Estado se deberían

no sólo a presiones externas, sino también a impulsos

internos. Mientras que en el mercado capitalista el crecimiento

está sometido a las restricciones de la competencia, en el

sector estatal se invierte el proceso, de suerte que el

autocrecimiento es signo de competencia. Para la nueva derecha, la

inflación de las reivindicaciones, de las expectativas, la

actitud complaciente de los partidos políticos y la

tendencia de la maquinaria burocrática a la

autoreproducción desembocan en una situación de

sobrecarga, en el famoso concepto del goverment overload. El Estado

de bienestar es devorado por su propio éxito. Cada necesidad

satisfactoriamente atendida, en lugar de acallar la demanda

asistencial lo que hace es generar nuevas expectativas y nuevas

necesidades, en una progresión imparable, con lo cual la

sociedad termina exigiendo mucho más de lo que el Estado

puede realmente ofrecer.



     Las ponencias de este seminario recogen las críticas

principales de la nueva derecha, puesto que su primera

sesión se dedica a la crisis o a la etapa crítica del

Estado de bienestar. Las críticas de la derecha parten de

una medida de valor, el Kosmos u orden natural a no discutir, y ese

orden es el mercado capitalista. Pero este seminario, igual que

tantos eventos en diferentes meridianos y paralelos, se centra en

los derechos económicos y sociales, y desde esta perspectiva

humana, el mercado capitalista deja de ser el Kosmos u orden

natural. Por ello, la réplica a la crítica nos

conduce a otro ■fin de la historia■. Con este mismo fin, conviene

analizar la otra vertiente de críticas.



3.2. Las críticas de la izquierda



     Para ciertos grupos marxistas o filomarxistas, el Estado de

bienestar no pasa de ser un camuflaje del Estado capitalista-

filantrópico, donde persiste la explotación y donde

las concesiones ofrecidas a los trabajadores son cosméticas,

"con las cuales se intenta comprar la mansedumbre de los

trabajadores". Con mucha razón, el ponente de esta primera

sesión nos viene a decir que estas afirmaciones emanan

más bien de una página arrancada del manual de

economía política de la Unión

Soviética, que de la historia real de Europa occidental.

Sobre todo, después de los sucesos de 1989, no merece la

pena perder el tiempo con estas teorías que, en el fondo,

presuponen que el socialismo real del este, el socialismo superior,

será irremediablemente el sucesor del capitalismo actual.

Más acertado es detenerse en otras críticas, que

encierran una buena dosis de verdad, aproximándose a la

crítica de la derecha, la teoría económica de

la política. 



     La crítica se puede resumir en estas líneas de

J. Westergaard. y H. Rosler. "El impacto de los servicios sociales

ha tendido a ser fraccionador: señala divisiones entre

diversas teorías (clases) de trabajadores, entre los pobres

y los demás, entre los que necesitan una asistencia especial

y los que se limitan a utilizar los servicios generales". La crisis

fiscal del Estado, de J. O■Connor, sostiene que "la

distribución selectiva de prebendas por parte del Estado de

bienestar divide a la clase obrera". La función integradora

inicial de la clase laboral al bienestar del resto de la sociedad

sólo se ha conseguido en parte. El estrato superior del

proletariado (los trabajadores cualificados, los sindicados, con

contratos de larga duración...) ha sido asimilado o

englutido en el bienestar social. Pero no así el estrato

inferior de los trabajadores  (el lumpenproletariat), los

trabajadores eventuales o los parados crónicos, los

inmigrantes del tercer mundo, que siguen en el extramuros social.

La crítica enfila a los sindicatos de los estratos laborales

superiores, que defienden sus intereses, incluso a costa de los

intereses laborales de la clase inferior.  



     He aquí un botón de muestra, del cual hay muchos

ejemplares, "¿cómo reaccionaron los sindicatos alemanes

cuando hace unos años el líder social

demócrata Oskar Lafontaine aventuró la hoy famosa

propuesta de redistribución social del trabajo? (El tiempo

de trabajo en las nuevas condiciones se ha convertido en un bien

escaso, de forma que debe de ser también objeto de

redistribución social: hay que limitar o recortar la jornada

laboral de los trabajadores, reduciendo también

proporcionalmente los salarios, para así poder crear nuevos

puestos de trabajo). Los sindicatos alemanes reaccionaron

coléricamente; decían que era una propuesta insensata

y reaccionaria. Esto indica que los sindicatos están

alineados con los intereses de los trabajadores ya situados, pero

los pobres que no tienen trabajo, no tienen defensa". Esta

crítica nos acerca más a nuestra realidad que, por

supuesto, no pretende ser Estado de bienestar.



                                                                  

El estrato superior del proletariado ha sido asimilado o englutido

en el bienestar social, pero no así el estrato inferior de

los trabajadores, que siguen en el extramuros social.

                                                                  



     Quedan dos citas que, si valen para países

desarrollados, valen para los nuestros, readecuando las

proporciones. 



     Gunnar Myrdal escribe que siempre hay una minoría de

     perdedores, que son demasiado enfermos, demasiado viejos,

     demasiado negros, demasiado inempleables o demasiado poco

     cualificados para beneficiarse del crecimiento

económico, una    subclase de gente en bolsas de pobreza,

que tiene cada vez una   vida más precaria y que son

crecientemente excluidos. 



     K. Galbraith se expresa en forma semejante cuando habla de la

subclase funcional, de la sociedad dual o sociedad de los dos

tercios: 



     dos tercios de ciudadanos integrados, con puesto de trabajo,

     con acceso a la cultura, que votan regularmente en las

     elecciones, y un tercio de perdedores, que ni votan en las

     elecciones, ni tienen puesto de trabajo fijo y que se alejan

     cada vez más del crecimiento y de la

integración.

     



     Estas citas nos acercan a nuestra realidad, variando las

proporciones, y nos acercan a la cumbre mundial para el desarrollo

social de Copenhague (1995): "se generaliza la pobreza, el

crecimiento con desempleo y la atomización e insolidaridad

social"3. Estas estadísticas son la crítica

más objetiva a los modelos que han pretendido ser la etapa

superior de la historia. La prueba de su crisis es la insolidaridad

con los datos reales. Por ello queremos reencarnar algo nuevo.



3.3. Balance de las críticas y conclusiones



     El balance de las críticas nos confirma en esta

línea de la recreación de un modelo. F. Contreras

dirá que ambas críticas tienen un punto común,

donde los extremos se tocan: "ambas coinciden en que el capitalismo

no es reformable; el capitalismo no es susceptible de reparaciones

quirúrgicas: no sería viable, según ellos, un

capitalismo a la carta, en el cual fueran preservados los aspectos

positivos (la productividad, el dinamismo, la libre iniciativa,

etc.) y fueran eliminados los aspectos negativos (la desigualdad,

el desempleo, la marginación)". Sin alternativa de

vía intermedia, habría que optar entre el capitalismo

sin correcciones sociales o esperando su desaparición, o

saltar a un socialismo irreal, que ya ha quedado descalificado.



     De acuerdo a los datos y a los quince años que nos

separan de los experimentos de Thatcher y Reagan, "en aquella

anunciada revolución conservadora hubo más ruido que

nueces". Los gastos estatales, en relación al producto

interno bruto, no han descendido en ninguno de los países de

la OCDE, siguiendo en pie el derroche armamentístico. Las

medidas decididamente antisociales tropezaron con una fuerte

resistencia popular: los mineros en Inglaterra y los estudiantes en

Francia. Aunque estas medidas se siguen intentando y forzando, el

ideal de un Estado de bienestar es aún muy fuerte: "las

raíces del Estado de bienestar son más profundas de

lo que se hubiera podido esperar... Entonces la tan cacareada

crisis del Estado de bienestar en realidad equivale a un

estancamiento transitorio, esperemos, del proyecto, pero no a un

desmantelamiento sistemático del mismo". Los citados

experimentos neoconservadores no han dado resultados elocuentes,

porque los recortes presupuestarios no se concentran tanto en los

servicios universales, sino en aquellos destinados a las clases

especialmente indefensas, con menos capacidad de reacción.

Con ello se logra una situación de rápido deterioro

social. Desde esta perspectiva, con suficiente base

histórica, el ponente pasa a las conclusiones y es

preferible cederle literalmente la palabra.



     Pienso que el Estado social se basa en una problemática

     combinación de valores: libertad e igualdad,

     individualismo y solidaridad, etc. Son valores en

     tensión; es decir, el Estado social se basa en la

     tensión axiológica, la rivalidad entre valores

     opuestos, e intenta encontrar el equilibrio entre ellos. Pero

     en cualquier caso, los modelos alternativos, que resultan ser

     modelos radicales (el socialismo de Estado, el capitalismo

     salvaje) creo que se basan en ensoñaciones, en mitos.

     El neoliberalismo cree en el mito del mercado archieficaz, el

     mercado autorregulado que consigue por sí mismo, con

     sus reglas inmanentes, espontáneas, la máxima

     productividad y la máxima armonía; eso es un

     mito como otro cualquiera. Los marxistas creen en el mito de

     la sociedad comunista futura en la que habrá

     desaparecido el Estado, los hombres colaborarán

     espontáneamente en base a motivaciones puramente

     idealistas, el hombre nuevo de que hablan los marxistas. Pues

     esto también me parece una ensoñación, un

     mito como otro cualquiera.



          Finalmente, el Estado de bienestar sólo intenta

     ser realista, intenta contemporizar, desciende a la cenagosa

     realidad, acepta a los hombres tal como son en la actualidad;

     es decir, seres quizás básicamente

     egoístas, pero también capaces de cierto

     esfuerzo solidario, en condiciones transparentes y razonables.

     Mi conclusión sería que el Estado social es,

     finalmente, el único modelo político

     económico conocido capaz de armonizar la productividad

     económica y la libertad con dosis moderadas de justicia

     social y de igualdad y, aunque sólo fuera por falta de

     alternativas conocidas, merecería la pena, lejos de

     desmantelar lo construido, más bien actualizarlo,

     modernizarlo, agilizarlo, refinarlo; en definitiva, reparar el

     Estado de bienestar, pero no destruirlo, porque no conocemos

     nada mejor. 



     Si las palabras finales del ponente rezuman emoción y

preocupación, cada ponencia se prolonga en un debate, en las

mesas de trabajo. El debate en torno a esta ponencia se centra en

el impacto económico de la asistencia social sobre el erario

público, en relación el producto interno bruto. Se

analizan algunos datos de países europeos, donde el gasto

público oscila ente el 25 y el 30 por ciento de dicho

producto interno y en algunos casos hasta el 40 por ciento. Se

concluye que no es conveniente exceder determinados límites,

debido, en parte, a la transformación de la pirámide

de edades, concentrando más bien las ayudas en las nuevas

clases marginadas y más necesitadas. La conclusión

principal es que, más importante que el gravamen

económico, es la concientización de la sociedad en la

función de solidaridad, integrando en los programas de

asistencia social a organizaciones no gubernamentales y

filantrópicas, que llegan más directamente que el

Estado a los beneficiarios de la asistencia social.



      El contenido de estos debates demuestra la gran

preocupación en estos países europeos por las

renovadas bolsas de pobreza, desempleados crónicos, riadas

de inmigrantes y nuevos marginados por la edad y el desajuste

tecnológico. Un detalle personalmente significativo: en una

reciente estancia en Bélgica me obsequiaron una

investigación interuniversitaria sobre La connaissance des

pauvres (Louvain La Neuve, 1996). Hace treinta y cinco años,

en la Universidad de Lovaina, nos preocupábamos por la

pobreza dans les pays en voie de développement. Al

reaparecer estos problemas similares a los años de la

postguerra mundial, lógicamente resurge la idea de

reactualizar y readecuar un Estado social de bienestar, que

demostró ser capaz para aportar una respuesta, tanto en el

orden económico como humano.



     Hay un dato importante para nuestra siguiente reflexión

y aplicación a la economía nacional. En esas

décadas se desarrolló una contabilidad nacional, una

sólida macroeconomía al servicio del crecimiento

armónico y la modernización de las ramas sectoriales,

que hicieron posible la integración de las economías

nacionales e internacionales. Todo este instrumental técnico

servía como base para los planes de desarrollo

económico y social. No es posible descalificar al modelo del

Estado de bienestar como un mito social sin base técnico-

económica, cuando nuestra macroeconomía "oficial", en

su óptica neoliberal, suena tan aburrida y superficial, tan

encubridora de los desajustes estructurales. Es normal que los

países europeos, donde cohabitaron modelos de

economía social de mercado y estados de bienestar social,

añoren estos modelos, porque para el neoliberalismo todos

los conflictos sociales son episodios necesarios y positivos de la

libre competencia. 



     Así nos decía hace poco el Dr. Luis de

Sebastián: 



     la crítica del neoliberalismo (tema central de este

seminario)     tiene que partir de un supuesto filosófico y

de otro supuesto    económico. El supuesto filosófico

es el destino universal de    los bienes materiales, que son para

todos los seres humanos.      El supuesto económico es que

el comportamiento de los      individuos en la esfera

económica (el mercado) lleva     necesariamente a conflictos

de intereses que sólo pueden ser      resueltos o moderados

por una instancia exterior al mercado:  una clase social, el

Estado, la Iglesia o la sociedad entera.     Para el

neoliberalismo, los fenómenos que desde una visión

     ética de la realidad socio-económica llamamos

conflictos     (explotación, pobreza, desempleo, fuga de

capitales, quiebras      bancarias, crash de la bolsa,

enfrentamientos regionales) son    episodios necesarios y positivos

de la lucha de los ejemplares      más fuertes de la raza

humana para conseguir mayor riqueza,    mayor prosperidad, mayor

bienestar para la humanidad en     general, aunque no

necesariamente para todos y cada uno de los  miembros de esa raza.

Pero eso no importa: la humanidad se    considera mejorada

sólo con que algunos de sus miembros  alcancen niveles nunca

alcanzados de riqueza. Es un  "desarrollo vicario", en que los

ricos ejercen la función de      representar a toda la

humanidad en el disfrute de los bienes  materiales de la

creación.



                                                                  

Más importante que el gravamen económico, es la

concientización de la sociedad en la función de

solidaridad.

                                                                  



     Sin duda, Luis de Sebastián contempla desde el Banco

Interamericano de Desarrollo los efectos del neoliberalismo en boga

sobre todo en los países en desarrollo, donde él

trabajó por bastantes años. Como un puente a la

reflexión aplicada a nuestra economía, con miras a la

reencarnación de un neo-Estado social de bienestar,

añadimos un párrafo final: "esto nos lleva a insistir

en la re-distribución de los frutos del trabajo, del capital

y de la tierra (y otros recursos naturales) de una manera

más coherente con el destino universal de los bienes. La

distribución que los neoliberales relegan al final del

proceso de crecimiento, convirtiéndola en una

■distribución escatológica■, o sea, al final de los

tiempos, tiene que ser el grito de movilización contra el

neoliberalismo. El efecto ■rebalse■, es decir, que llegue a los

niveles inferiores de ingresos lo que sobra en los superiores, no

es aceptable éticamente ni funciona adecuadamente. El

proceso de distribución del producto nacional es un proceso

conflictivo en el que priman las relaciones de fuerza de los

distintos grupos que se disputan el pastel; que la

distribución del producto dejada al mercado es desigual y

normalmente injusta; y que la sociedad tiene que intervenir de

alguna manera para moderar estos conflictos y redistribuir

equitativamente lo que las relaciones de fuerza distribuyen con

poca equidad" (ECA, 1996, pp. 67 y 69).



4. Piezas para un proyecto nacional



     Como se indica en la editorial anterior de ECA, "Perspectivas

para el cambio social" (1996, pp. 553-558), nunca se habían

presentado tantas propuestas de un nuevo proyecto nacional como en

1996. Estas propuestas tienen un doble denominador común:

"la preocupación ante el rumbo impreso a El Salvador por el

gobierno actual" y el deseo de que cada proyecto se prolongue en un

diálogo abierto y concertado. El manifiesto

salvadoreño de la Asociación Nacional de la Empresa

Privada, sin duda el más publicitado, vino precedido por el

Plan del Frente para lograr una economía productiva con

desarrollo humano y por la propuesta de FUNDE, Crecimiento

estéril o desarrollo. Bases para la construcción de

un nuevo proyecto económico en El Salvador. FUSADES y otras

instituciones universitarias se agregan a la lista de aportes

valiosos. Asimismo, en julio de 1996, el Comité Permanente

del Debate Nacional presento su Propuesta de agenda nacional, desde

las fuerzas sociales: un aporte para el debate y la

concertación. 



     Aunque difieran ciertos enfoques y, de manera especial, la

extensión del apoyo teórico y estadístico,

estos proyectos se complementan o se retroalimentan por cuanto

vendrían a rehacer un diálogo entre entidades

empresariales, laborales, sociales y de investigación

académica. Lo importante es catalizar la propuesta de

diálogo.



     La pregunta mayor es si el gobierno quiere y está

abierto a participar en este diálogo, o más bien se

autocomplace, presentando una imagen no muy realista del

país en la sede de las instituciones financieras

internacionales, por cuanto desde ellas le dictan la

planificación económica nacional. Esto nos hace dudar

de si el gobierno conoce y quiere conocer la verdad

económica, social y espiritual del país. No basta ir

a contar la laboriosidad y la productividad del pueblo

salvadoreño, porque estas cualidades tradicionales no pueden

ejercerse en un entorno de globalización del desempleo, de

la pobreza y la marginación. Sin embargo, el discurso

presidencial del 1 de junio es una muestra de que el gobierno a

veces escucha. Luego de afirmar que estamos construyendo un nuevo

El Salvador y que "el mundo está mirando a nuestro

país con admiración", el presidente de la

república promete, "habiendo recogido opiniones de diversos

sectores y de profesionales", doce medidas económicas que,

bien leídas, muestran que no somos algo tan nuevo, ni

estamos tan admirados de nosotros mismos. Por ello, bien merece la

pena de avanzar en este diálogo. Estas líneas no

pretenden armar el mosaico del proyecto nacional, sino unirse a la

convocatoria abierta.

     

4.l. Una introducción al mosaico: ¿desacuerdo inicial?



     Releyendo estas propuestas se llega a la conclusión de

que enfrentamos un grave problema económico, pero que la

crisis no es sólo económica, sino multifacial.

Sintetizando, podemos afirmar que estamos anclados en una crisis de

la "verdad", que no nos atrevemos a reconocer ni a decir toda la

verdad. La gran víctima de la postguerra es la verdad. Con

razón, las encuestas de opinión pública

indican que se están agostando la credibilidad y la

esperanza. El mosaico hay que armarlo desde este preámbulo

y esto da razón a la propuesta de diálogo para

resucitar el creer y el esperar.



     Sentados en la mesa del diálogo conviene ceder la

palabra a la "Introducción" de la propuesta de FUNDE. Los

calificativos son duros, pero realistas: se critica el simplismo,

la superficialidad, el análisis parcial e incluso la

irresponsabilidad de la valoración gubernamental sobre la

buena salud de nuestra economía. FUNDE recoge aquí lo

que tantas instituciones académicas y sociales hemos dicho

y oído. Dice de forma más técnica lo que las

repetidas encuestas expresan en forma más popular.

Introducciones similares podemos encontrar en los programas del

FMLN y del Comité Permanente del Debate Nacional. Ahora

bien, recordemos que en 1993, un año preelectoral,

instituciones como el Departamento de Investigaciones

Económicas y Sociales de CENITEC, el Instituto de

Investigaciones Económico Sociales de la UCA y FUNDE

presentaron propuestas de consenso para el país4.



     Entonces y ahora se repite que nuestro crecimiento es

estéril, frágil y sobre flotadores mal encauzados.

FUNDE dice que nuestro economía no es un barco a vapor, sino

a vela; el Comité Permanente del Debate Nacional dirá

que nuestra economía ha cambiado de motor y combustible.

Entonces y ahora, con más razón y más pruebas,

se nos alerta sobre la creciente terciarización

económica que, aparte de crear un crecimiento deforme y no

sustentable, lo convierte en un modelo concentrador de la riqueza

y excluyente de empleo. Los equilibrios macroeconómicos

superficiales, y no nacionales, ocultan esta deformación

estructural de los sectores productivos y están

transformando una economía de producción y trabajo en

una economía de importación y especulación.



                                                                  

No basta ir a contar la laboriosidad y la productividad del pueblo

salvadoreño, porque estas cualidades no pueden ejercerse en

un entorno de globalización del desempleo, la pobreza y la

marginación.

                                                                  



     Son las bases estructurales de nuestra economía las que

se hallan debilitadas; mejor dicho, las hemos debilitado entre

todos los residentes del sector privado y público. Tenemos

que hacer una macroeconomía desde abajo, que puede llamarse

meso-economía. Algo que arranca de un análisis

matricial estructural, prestando atención a los adelantos

microeconómicos. Queriendo o sin querer, tenemos que rehacer

el plan de desarrollo económico social; y puesto que han

suprimido este ministerio y los otros ministerios económicos

no asumen esta responsabilidad (recomendación repetida en

las propuestas), dicho plan deberá emanar del presente

diálogo. Lo que está en juego aquí es el

concepto multidimensional del desarrollo y el modelo para lograrlo.

El problema de los modelos económicos es que realmente no

manejan ni modifican variables macroeconómicas, sino

acciones y actores humanos. El éxito de los modelos depende

del poder de convencimiento, del consenso razonado, de una

economía concertada. Por añadidura, toda

economía se realiza sobre una superficie geográfica

nacional -y la nuestra se halla bastante desarticulada-, lo cual

dificulta aún más nuestra integración

productiva. Sobre este aspecto también rondan las propuestas

nacionales, porque el pequeño El Salvador son dos: el

desolado campo agropecuario y la superpoblada área urbana

terciaria.



     Otro acuerdo difícil es apreciar objetivamente los

logros parciales y los desequilibrios económicos, sociales

y culturales derivados de los programas de estabilización y

ajuste estructural en su entorno de globalización. En este

punto las posiciones ideológicas pueden obnubilar los

resultados. FUNDE sintetiza acertadamente estos efectos en nuestras

economías cuando sostiene que 



     después de muchos años de vigencia e

implementación,   semejantes políticas han arrojado

un saldo netamente negativo.  Más allá de algunos

resultados positivos en el campo de la  estabilización

macroeconómica (resultados relativamente   frágiles,

como analizaremos más adelante), los programas de    

estabilización económica y ajuste estructural han

profundizado   y universalizado importantes problemas socio

económicos y      ecológicos; aumento y

generalización de la pobreza y   especialmente de la extrema

pobreza, incluso en los países del    norte; creciente

marginalidad y exclusión de cada vez más      

sectores, grupos sociales, empresas, regiones, países e   

incluso continentes (como Africa); precarización del empleo,

     deterioro de las condiciones laborales e incremento    

generalizado del desempleo y subempleo; fuerte presencia y  alza de

la delincuencia común en casi todas las sociedades y      

pujante "internacionalización" del crimen organizado;     

acelerada perversión de los estados y

■mundialización■ de la      corrupción; agravamiento

y globalización de los desequilibrios      de los

ecosistemas (reducción de la capa de ozono, cambio   

climático, efecto invernadero, desertificación,

escasez de     agua, etc.); pérdida de las identidades

culturales, así como   reducción de los

márgenes de maniobra de los gobiernos locales   (p. 5).

    

     Este valioso párrafo sintetiza bastantes aspectos

detallados en los documentos preparatorios de la cumbre mundial

sobre el desarrollo social (Copenhague, 1995). Son datos mundiales

y, por lo tanto, muy nacionales. Todos y cada uno amalgaman la

crisis económica con el deterioro ecológico, la

descomposición moral y el aniquilamiento de valores

culturales de larga tradición. Son muchas las voces que nos

alertan desde el primer mundo y desde nuestro continente sobre esta

avalancha de antivalores (ECA, 1996, pp.581-587).



     Es normal que ante la multiplicidad de problemas y propuestas

nos preguntamos por dónde comenzamos. De hecho, no podemos

aislar la salud de la economía del conjunto de debilidades

sociales y espirituales, como parecen querer intentarlo nuestros

organismos oficiales. En este sentido El manifiesto

salvadoreño de la Asociación Nacional de la Empresa

Privada se ciñe a cinco o seis retos económicos,

comentados en sus aportes positivos y en sus lagunas oscuras por el

citado editorial de ECA. Digamos que el programa de la empresa

privada enfatiza más el crecimiento que el desarrollo y

sigue considerando al primer mundo como paradigma modélico.

Por supuesto, la reciente representación oficial ante el

Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial (inicios de

octubre) silencia este entorno de problemas y busca en la

inversión extranjera la solución económica.

Una vez más, ¿la solución desde fuera? 

     

4.2. Se amplía la agenda del diálogo



     La pregunta es, ¿entre quiénes y sobre qué

temas dialogamos? En otras palabras ¿en qué orden

situamos estos problemas?, ¿a qué damos prioridad,

frente a la prioridad de los programas del ajuste y ante el

silencio de sus consecuencias nacionales? Al extender la agenda del

diálogo parecería que lo complicamos y lo

entorpecemos. No es esa la intención. No todos sabemos de

todo, pero aquí sí hay tarea para todas las fuerzas

sociales, porque el problema nacional hay que atacarlo desde todos

sus costados. Las propuestas abren vías para un aporte y una

acción multipolar. Su análisis introductorio muestra

suficientemente que el terreno nacional no es el más apto

para que surja espontáneamente un "milagro

económico". No estamos de acuerdo en que se sustituya el

realismo por el espejismo. En este campo nos iluminarán los

buenos economistas. 



     ¿Cómo puede ir bien la economía cuando sus

bases naturales, institucionales y humanas se vienen debilitando en

el largo plazo? Tal vez nos cueste más percibir estos

cambios estructurales, porque ocurren en el largo plazo. He

aquí algunos ejemplos ya repetidos. Son varias las

instituciones y publicaciones que quieren alertarnos sobre el

deterioro del ambiente ecológico y no deben reducir esta

actividad benéfica, reclamada en cada una de las propuestas

nacionales. ¿Qué economía y qué salud

preventiva pueden asentarse sobre la contaminación y el

agotamiento de la naturaleza? La ecología forma parte del

proyecto nacional, aunque la legislación oficial no

dé aún muestras de preocupación seria. 



     Las encuestas de opinión pública y hasta el

mismo discurso presidencial afirman que "la delincuencia y el

crimen organizado continúan figurando como uno de los

más graves problemas que confronta la población". El

documento dice "continúan figurando" como lo advertía

el informe de la Comisión de la verdad. Llama la

atención que nuestros emisarios ante el Fondo Monetario

Internacional y el Banco Mundial hayan pretendido diluir la imagen

de un país de alto riesgo, cuando la inversión sigue

siendo función de la productividad, de la tasa de

interés y de la corrupción y la violencia organizada.

Ahora, las tres atemorizan por lo menos a la inversión

nacional. Las propuestas y el proyecto de nación integran

esta variable o más bien esta constante.



     Con ocasión de la maltraída ley que

reimplantaría la pena de muerte, algunos diputados indecisos

manifestaron que podrían votar a favor de ella si

dispusiéramos de un sistema judicial honesto y fiable y de

una Policía Nacional Civil con cualidades similares. A este

conjunto de datos, las propuestas le llaman corrupción. La

violencia organizada y la corrupción tienen como

característica común que su represión y

castigo es inversamente proporcional a la categoría social

de quienes la ejercen. Por varios poros y fisuras estas

"costumbres" penetran al interior de las variables y conductas

económicas. Ahí están los narco-dólares

y tantas decisiones que se toman "por unos dólares

más". La economía es más que economía

y esto nos asusta o nos despista cuando queremos ensamblar

políticas económicas presentadas en estas propuestas.



                                                                  

     ¿Cómo puede ir bien la economía cuando sus

bases naturales, institucionales y humanas se vienen debilitando en

el largo plazo?



                                                                  



     Habría que agregar el deterioro de nuestra

psicología, de nuestras conciencias, de los valores

cívicos y de la neo-cultura individualista y agresiva.

Tenemos necesidad de volver a leer los acuerdos de paz porque, sin

ironías, hemos inventado la paz armada o la paz violenta. De

aquí brota todo lo demás. Integrar estos puntos en la

agenda del proyecto nacional no es complicar y entorpecer el

diálogo, sino ampliar la convocatoria a todas las instancias

técnicas, sociales, humanitarias y eclesiales, que tienen

mucho que decirnos sobre estos valores personales. También

ampliamos la convocatoria al mismo Estado. 



4.3. Crisis y modernización del Estado

     La palabra "crisis" no significa aquí que nuestro

Estado y gobierno se hallen en una situación declinante o

próxima al golpe militar. El término se usa en su

sentido etimológico de análisis, evaluación,

enjuiciamiento de las funciones y del papel del Estado al final del

milenio. La misma lectura se aplica al concepto de

modernización, ya que no todos la concebimos con los mismos

parámetros cuantitativos y cualitativos. Obviamente, no se

puede congeniar un proyecto de nación sino se llega a un

cierto acuerdo sobre el papel, la responsabilidad y las funciones

que en dicho plan de acción le corresponden al Estado. Punto

difícil, porque desde el mismo arranque se presentan

posiciones encontradas.



     El problema se complica porque, además de las opiniones

externas, hay que partir de la conciencia que los gobiernos

actuales tienen sobre sus propias responsabilidades como estados.

Sabemos que el gobierno y su partido oficial critican la

intromisión y la sobreinjerencia estatal de los gobiernos

anteriores, en la década de los ochenta. Sabemos que el

gobierno actual participa del pensamiento imperante neoliberal, de

acuerdo al cual, exagerando, el mejor gobierno es el que menos

gobierna. Este sí puede ser un obstáculo mayor al

intentar convencer a un convencido de todo lo contrario.



     El manifiesto salvadoreño de la empresa privada se

afilia a la posición neoconservadora del encogimiento del

Estado. El párrafo que sirve de muestra es algo visceral en

la primera parte y bastante ensoñador en su

conclusión. 



     El sector público tiende a manejar poco eficientemente

los  recursos y es miope para conocer a ciencia cierta las

     necesidades particulares de los ciudadanos; por ello debe

     regresar a su lugar y tomar el rol subsidiario que le

     corresponde, abriendo paso a las iniciativas de la sociedad

     civil, para que ésta, con conocimiento de sus

verdaderas     necesidades, y armada de una dosis de solidaridad,

asuma su  rol protagónico (p. 16). 



     Como aquí se trata de enunciar una posición

teórica dejamos los comentarios a las reflexiones vertidas

en el editorial de ECA (1996, pp. 564ss.).



     Distinta y más ecuánime es la posición de

FUNDE, cuando trata por ejemplo, "las política orientadas al

fortalecimiento administrativo del Estado" (p. l76 y ss.). FUNDE

reconoce, detalla y fustiga las debilidades del Estado, la

corrupción, la burocracia, el nepotismo, el clientelismo y

la ineficiencia, "que comporta el actual modelo de Estado" (p.

177). Este debilitamiento del Estado, o de los gobiernos, es tanto

más de lamentar porque todo el listado de las

"políticas económicas tendientes al crecimiento con

acumulación y desarrollo" (pp. 127-179) no puede realizarse

sin una acción concertada de un Estado orientador y

participativo junto con un sector productivo "armado de una dosis

de solidaridad". En este punto de partida son similares las

posiciones del FMLN, en su acápite dedicado a la

"modernización y democratización del Estado" (p. 28)

y del Comité Permanente del Debate Nacional, en sus

acápites sobre "La consolidación de la democracia y

la reforma del Estado" (p. 15 y ss.).



                                                                  

No se puede congeniar un proyecto de nación sino se llega a

un cierto acuerdo sobre el papel, la responsabilidad y las

funciones que en dicho plan de acción le corresponden al

Estado.

                                                                  



     Puesto que se trata de una cuestión en debate y de un

punto neurálgico en el proyecto de nación queremos

aportar nuestro grano, que en este caso no sería de ARENA.

En forma más amplia tocamos el tema en un artículo

titulado, "El año de la modernización, 1996" (ECA,

1996, pp. 59-76). Sintetizamos algunas reflexiones.



4.4. Definición e historia



     A nivel de conceptos generales partimos de la siguiente tesis:

la modernización del Estado significa la adecuación

organizativa y de su personal administrativo a las funciones que la

cambiante historia le va demandando. Es la historia nacional y

mundial la que determina sus funciones y responsabilidades. Un

Estado moderno es el que en cada momento acompaña y camina

con la nación. Sus funciones son los problemas de la

nación y su gran función es conocer la realidad

problemática de la nación. La modernización es

función de cada historia. El problema es que la historia de

ayer y de hoy no es la misma historia, ni tampoco es la misma

historia en las diversas naciones y continentes. Por lo tanto, no

puede haber un único modelo de Estado. Tampoco son los

problemas económicos los únicos parámetros que

determinan la extensión, la identidad y la naturaleza de los

estados. A lo largo de la historia, otros factores culturales,

tradicionales e incluso religiosos han determinado la línea

de sucesión, las características y la identidad del

Estado como autoridad y creador de valores humanos. Es

difícil querer imponer una etiqueta uniforme a todos los

estados. 



     De manera particular, un factor que viene a romper la

uniformidad de los estados es el desarrollo humano cultural del

gran conglomerado nacional, los ciudadanos. Esta riqueza nacional

permite una mayor delegación de funciones y unos vasos

comunicantes más amplios entre la administración

pública y la privada. Leyendo la historia a la inversa, con

no rara frecuencia les ha correspondido a los estados hacerse cargo

de funciones no realizadas o anárquicamente realizadas por

grupos diversos del sector privado. Leyendo las críticas

razonadas y razonables que se hacen al Estado en las mencionadas

propuestas nacionales, creemos que en el análisis de la

modernización del Estado conviene tener presente la

distinción entre el gobierno y la administración

pública. A los franceses les ha gustado decir que hemos

podido estar mal gobernados, pero que estamos bien administrados.

La distinción es importante, porque los gobiernos cambian y

la administración queda, pero si cambian los dos, el

problema se duplica.



     Si a lo largo del siglo ha habido dos fases de

modernización opuestas, la primera de ensanchamiento y

ampliación de funciones (1930-1970), la segunda de

reducción y reconversión de funciones (desde 1970),

al terminar el milenio volvemos a entrar en una fase de

evaluación, incluso de tenso debate sobre el papel y las

responsabilidades del Estado. Por una parte, la

mundialización económica y cultural "reduce los

márgenes de acción de los gobiernos nacionales" y,

por otra parte, al interior de las naciones y de los bloques

dependientes se incrementan los problemas sociales (pobreza,

desempleo, marginación, etc.), el deterioro técnico-

ecológico, así como la pérdida de los valores

cívico-humanos, al mismo tiempo que crece la

preocupación por el desarrollo. A esta lista hay que agregar

el complicado manejo de las políticas

macroeconómicas. Nos hallamos en esta etapa de

tensión y transición, donde la modernización

no es un proceso cuantitativo, sino esencialmente cualitativo, del

cual emerja un Estado social. 



4.5. La cumbre de Copenhague (1995)



     Si la historia determina el marco de la modernización

estatal, la cumbre mundial sobre el desarrollo social nos ofrece

este logotipo: las sociedades prósperas son las que existen

en función del ser humano. El logotipo corresponde a tres

grandes desafíos mundiales detallados en los documentos

previos a la cumbre: se generaliza la pobreza, el crecimiento con

desempleo y la insolidaridad social. La cumbre enfrenta a los

estados con tres problemas: el problema humano de la pobreza, el

problema económico del desempleo y el problema social de la

insolidaridad, es decir, la antítesis del desarrollo. Algo

que llama la atención en los programas de FUNDE, del

Comité Permanente del Debate Nacional y del FMLN es la

extensión y el detalle que dedican a toda la gama de

servicios sociales seriamente deficitarios. Por su parte, la

Asociación Nacional de la Empresa Privada arranca con un

himno al "capital humano", la gran riqueza del país, aunque

no detalla su condición de pobreza y marginación,

destacando más la escasez del ahorro interno que las

penurias del consumo. Es esta realidad histórica la que debe

fundamentar nuestra tesis de la modernización del Estado y

de la sociedad, transcendiendo el papel de la subsidiareidad hacia

la solidaridad. 

     Desde esta perspectiva es claro que el logotipo de Copenhague

no coincide con otros conceptos de modernización del Estado

y de la sociedad, concretamente, con los aplicados a la

restricción del espacio y las funciones del Estado, a la

privatización de sus activos, a la sola función de

subsidiareidad, a la simple tecnificación de la

administración pública. Por supuesto, es necesario

ponderar las soluciones y enmiendas concretas que se proponen en

las propuestas de FUNDE, del Comité Permanente del Debate

Nacional y del FMLN como medidas correctivas. 



     Es claro que este logotipo de la cumbre mundial no encaja con

los principios del neoliberalismo imperante, porque el desarrollo

de los seres humanos es un futuro, "un desarrollo

escatológico" al final de los tiempos (Luis de

Sebastián), que brotará de la sumatoria de los

crecimientos dispersos individuales. Para el neoliberalismo, las

sociedades prósperas se miden por el crecimiento de otras

variables macro-financieras, tal como pretende adoctrinarnos la

corriente neoconservadora.



     El logotipo de Copenhague nos centra en el eje de la

modernización. El ser humano es lo más moderno que

existe, precisamente, porque es lo más antiguo; el ser

humano siempre ha sido moderno o moderno a medias. Moderno a medias

porque el ser humano siempre ha estado presente, pero ni antes ni

ahora ha sido tratado, por lo general, como ser humano. Este ha

sido el problema siempre moderno en la historia de la humanidad. No

inventemos otra modernización. Ahora lo redescubrimos al

enfatizar el desarrollo del capital humano, a condición de

no pervertir esta expresión, haciendo del hombre una nueva

servidumbre de la revolución tecnológica. Si los

gobiernos quieren llegar a ser estados deben convertirse de las

mercancías al hombre, del crecimiento al desarrollo. En este

sentido, debemos aplicar el principio de la subsidiareidad a los

mismos gobiernos: tenemos que subsidiarlos. Desde la sociedad

debemos iluminarlos, orientarlos y animarlos para que cumplan con

las funciones de un Estado moderno. Estos diálogos o esta

crítica constructiva de los programas nacionales son un buen

"subsidio" al gobierno para convertirlo, no en subsidiario, sino en

solidario del desarrollo humano. Y ello por otra razón.



4.6. Estado y gobiernos



     La tesis neoliberal enuncia que el Estado es el problema. Ante

esta posición unilateral hacemos la pregunta: ¿el

problema es el Estado o son los gobiernos? Acercándonos a

nuestra historia es posible enunciar otra tesis: frecuentemente, el

mayor enemigo del Estado suelen ser los gobiernos. La tesis es

comprobable y las repetidas encuestas de opinión

pública están a nuestro favor. El Estado y los

gobiernos son dos entes diferentes. El primero es singular y

perenne, mientras que los segundos son plurales y transitorios. El

Estado es algo perenne: sus problemas, funciones y

responsabilidades vienen del largo plazo y tienen por horizonte el

largo plazo. Sus funciones y responsabilidades requieren, al menos,

dos cualidades: tecnicismo profesional y sensibilidad social.

Cualesquiera de estas cualidades que falte lo llevan a un populismo

político o a un tecnocracismo frío y sin

corazón. Estas acusaciones las hemos oído entre los

gobiernos que entran y los que salen.   



     En este tren del Estado se montan, por turno, los sucesivos

gobiernos y descubren bien pronto que cuentan con gran poder y con

cuantiosos fondos disponibles. Las funciones y responsabilidades se

insertan en los discursos públicos, porque pertenecen al

largo plazo, mientras que el poder y los fondos disponibles se

terminan en el más corto plazo. Estas han sido las

acusaciones tradicionales contra gobiernos entrantes y salientes,

pese al repetido eslogan de cambiar para mejorar. Si las encuestas

de opinión pública muestran estas fallas de nuestros

gobiernos, el aporte valioso del conjunto de propuestas es que

entrelazan correcciones y soluciones a la red de temas y subtemas

de la problemática nacional. Es cierto que ante la

diversidad de retos, desafíos y piezas rotas de nuestro

mosaico uno se pregunta por dónde comenzamos y cómo

lo financiamos. De hecho, en la mayoría de temas y subtemas

hay ministerios, dependencias y delegaciones responsables o

disponibles a tales fines. Siempre nos puede orientar el paradigma

de Copenhague: las sociedades prósperas son las existen en

función del ser humano. Este mismo logotipo inspira los

siguientes párrafos.



                                                                  

El ser humano es lo más moderno que existe, precisamente,

porque es lo más antiguo; el ser humano siempre ha sido

moderno o moderno a medias.

                                                                  



     Un autor que ha seguido la evolución de las reformas

económicas en América Latina, Moisés

Naím, antiguo director ejecutivo del Banco Mundial y

Ministro de Industria de Venezuela, aprecia las consecuencias

positivas desde "el descubrimiento del mercado y el abandono de la

excesiva dependencia en el Estado" y desarrolla las reformas

técnico cualitativas que debieran realizarse para que

gobiernos y estados se centren en la administración de los

servicios sociales en beneficio de las clases populares,

tradicionalmente olvidadas por los sectores públicos y

privados. Sin querer resumir el pensamiento y las recomendaciones

de este autor en dos párrafos, también es cierto que

él ve una dificultad congénita en los gobiernos para

realizar una función tan amplia, que transciende lo

subsidiario. Por eso, habla de "la incapacidad del Estado en

América Latina", de donde se extractan algunos

párrafos.

     

     El Estado en América Latina no funciona. Aunque puede

     que la capacidad del Estado haya sido mayor en el pasado

     durante períodos específicos y en ciertos

     países, en la mayoría de ellos nunca el Estado

     ha funcionado bien... Los politólogos han

     señalado que el funcionamiento inadecuado del Estado

     latinoamericano es el reflejo de una distribución del

     poder económico y político que sesga la

     acción pública en favor de los ricos, limita a

     la clase media y excluye al pobre. Los organismos de gobierno,

     dominados por pequeños pero influyentes grupos que

     representan intereses particulares, carecen de la

     autonomía suficiente para formular e implementar

     políticas públicas orientadas hacia la

     mayoría de la población. Tradicionalmente, los

     gobiernos en América Latina no han tenido la capacidad

     para evitar que los intereses de pequeños grupos e

     incluso de familias o individuos prevalecieran sobre el

     interés colectivo.

     

     Es claro que no somos la excepción que confirma la

regla. 



     Conviene seguir leyendo a éste y a otro autor, citado

a continuación, ya que nos proponen los países

sudasiáticos como modelos a imitar. Peter Evans contrasta el

"Estado depredador", típico en América Latina y

Africa, con lo que él llama el "Estado desarrollista", que

parece ser más común en los países del este de

Asia, aquellos que más han avanzado tanto en lo

económico como en lo social. Según dice, el Estado

desarrollista engendra una administración pública

más meritocrática y con estímulos

profesionales a largo plazo, que inducen elevados niveles de

compromiso y dedicación por parte de los funcionarios. Esto

crea un gran sentido de cohesión organizativa dentro del

Estado que, a su vez, se convierte en una fuente importante de

autonomía ante los intereses particulares. En cambio, en los

estados depredadores, el cargo de funcionario público suele

ser la alternativa de carrera para quienes no tienen muchas

más opciones o una diversificación transitoria de lo

que, en realidad, son carreras orientadas al sector privado.



     Lo importante es que el Estado desarrollista logra

simultáneamente un fuerte encaje en la sociedad a la vez que

retiene un grado considerable de autonomía frente a los

grupos que promueven o defienden intereses específicos. Las

causas que llevan a que en algunos países surjan estados

"desarrollistas" mientras que en otros el Estado "depredador"

tienda a ser la norma, aún son un misterio. Sin embargo, no

es ningún misterio que el Estado depredador y la desigualdad

en los ingresos y la riqueza van de la mano. Las políticas

públicas de los estados depredadores tienden a que aumente

la desigualdad y, a su vez, la concentración de la renta y

la riqueza facilita que los grupos en los que se concentra el poder

económico "capturen" a los organismos públicos,

sesgando su actuación en beneficio propio. De hecho, no es

accidental que en América Latina coincidan la peor

distribución del ingreso en el mundo y una larga trayectoria

de acciones gubernamentales fracasadas5. Recordamos que el autor se

pronuncia por una reducción cuantitativa del Estado y por

una reforma cualitativa de su administración pública.

Este monopolio del poder también es la gran barrera a

nuestras propuestas de reformas.

              

4.7. El beneficio de perder el tiempo



     El capítulo sexto de El manifiesto salvadoreño

se dedica a la obra de Hugo Lindo "Espejos paralelos". El

capítulo es breve porque también los sueños

son breves y el día laboral es más largo. El

sueño y el día laboral termina en una meta.

"Paradójicamente, el cambio es tan vertiginoso, que si no

aprovechamos esta oportunidad, quizás nunca más

tendremos la aspiración razonable de alcanzar al primer

mundo". Este epílogo de la empresa privada tiene varias

lecturas y por ello ha recibido tanto enhorabuenas como serias

críticas. En este punto hacemos nuestro el comentario del

editorial de ECA. 



     Finalmente, hay que llamar la atención de la empresa

privada sobre la posibilidad de poder imitar al primer mundo.

Alcanzar su nivel de vida y derroche no es "una aspiración

razonable", tal como lo sostiene el manifiesto con toda ingenuidad,

"por la sencilla razón de que no existen los recursos

materiales necesarios y porque tal estilo de desarrollo es

depredador del medio ambiente. Desde esta perspectiva, la

utopía no sólo está mal planteada, sino que

además, aunque fuera deseable, no es posible" (ver ECA,

1996, p. 566). 



                                                                  

El mayor enemigo del Estado suelen ser los gobiernos.

                                                                  



     Contrario a lo que afirma el manifiesto, las realidades de

finales de siglo no nos están proporcionando posibilidades

reales para dar semejante "salto". Prueba suficiente de ello son

las dificultades que experimentan las exportaciones

salvadoreñas en el primer mundo, que mientras exige libertad

de comercio a los demás, protege sus mercados, o el impacto

devastador que la agricultura subsidiada del primer mundo tiene en

la del mundo subdesarrollado, donde se niegan la protección

y el subsidio por igual. Todo esto sin desconocer, claro

está, que hay que contar con el primer mundo porque

ahí se encuentran los mercados más importantes para

las exportaciones del sur y por su monopolio de la

tecnología. Además, humana y cristianamente no es

deseable conformar nuestra sociedad según los

parámetros del primer mundo donde, en medio de la

abundancia, predominan la deshumanización, el egoísmo

y el sin sentido de la vida. Parte del desafío que enfrenta

al país consiste en construir una sociedad

salvadoreña y centroamericana más humana y solidaria

(ibíd). 



     Como indica el editorial citado, negar para nosotros el

paradigma del primer mundo no significa el aislamiento, no

sólo porque tenemos que entrar en la globalización,

sino sobre todo porque la globalización ya nos está

penetrando con sus ventajas y desafíos, con sus valores y

antivalores. Por otra parte, los programas nacionales, en forma

más detallada FUNDE, o el proyecto de competitividad

(cluster), ofrecen vías, acciones o políticas

encaminadas simultáneamente al logro del crecimiento con

acumulación y desarrollo, y a la inserción

internacional. Sin embargo, debemos combinar el enfoque y la

atención hacia fuera y hacia dentro, hacia el mercado

externo y hacia el mercado interno. Integrar el mercado externo al

interno es necesario para asegurar el crecimiento, pero prestar

mayor atención al mercado interno es más urgente y

más necesario para el desarrollo. En este aspecto coinciden

las propuestas de FUNDE, del FMLN y del Comité Permanente

del Debate Nacional. Este último programa lo sintetiza en el

acápite dedicado a las "Reformas a la estructura

económica: fortalecimiento de las capacidades productivas".

La introducción de FUNDE ya nos presentaba más amplia

y estadísticamente este problema, porque antes del mediano

plazo, la situación de pobreza y marginación puede

adquirir niveles explosivos.



     Por esta razón resultan algo contradictorios dos

párrafos del manifiesto de la empresa privada. Primero, se

enuncia una tesis que en nuestro país nunca ha rendido tales

efectos, como tampoco los percibimos actualmente: "por lo general,

los despegues económicos requieren de concentración

de ingresos y continuidad de las medidas por un tiempo prolongado,

a pesar de los costos sociales que provoquen, ya que sólo en

el largo plazo se cosechan los frutos del esfuerzo" (p. 19). Esta

condición inicial ya se ha dado en el país desde hace

décadas y la concentración del ingreso sólo

produjo mayor concentración, hasta que en 1980

estalló el conflicto civil, y las verdaderas razones las

adelantó la proclama de los jóvenes militares que

dieron el golpe de Estado de octubre de 1979.



     La empresa privada entiende que la tensión puede

recalentarse y por ello agrega: "pero nosotros no tenemos semejante

lujo; las expectativas de nuestra gente nos exigen plazos mucho

más apretados en el tiempo, aunque estamos conscientes que

el desarrollo económico es una obra, como señalamos

anteriormente, que requiere constancia y plazos realistas". Los

claroscuros de estos dos párrafos nacen de una imperfecta

lectura del párrafo intermedio, el desarrollo de Europa, que

serviría para tranquilizar las conciencias hasta el largo

plazo. "Cuando miramos a la Europa de hoy, con su economía

desarrollada, su red de protección social, y

regímenes democráticos, estamos apreciando el

resultado de una evolución de siglos". Este párrafo

merece un comentario, porque da toda la razón de ser a la

primera parte de este artículo.



     Esta lectura europea es bastante parcial, pero hace una gran

alabanza y publicidad al Estado social de bienestar. Es cierto que

Europa recorrió en todo el siglo XIX un proceso de

revolución industrial con las luces y sombras sintetizadas

inicialmente. Lo que silencia la Asociación Nacional de la

Empresa Privada es que "la red de protección social y los

regímenes democráticos" no nacieron ni florecieron

bajo las larga décadas del liberalismo de mercado, sino

hasta el advenimiento, a mediados del siglo XX, de los estados

sociales de bienestar. A ello se debe el título de este

artículo. La Asociación Nacional de la Empresa

Privada silencia algo fundamental y de muy cercana

aplicación para nosotros. La segunda guerra mundial,

amén de otras guerras civiles, nos dejó sin consumo

y sin inversión. La recuperación europea se hizo con

el trabajo y el sacrifico de todos, y para que todos pudieran

trabajar o reconstruir el país era necesario que a nadie le

faltara la alimentación ni los cuidados esenciales. Para

ello dispusimos por varios años, como principal documento de

identidad, de la cartilla de racionamiento. En aquellos años

de reconstrucción y de postguerra, la cartilla de

racionamiento era un símbolo de la solidaridad en el

sacrificio y en el trabajo. La reconstrucción de Europa no

surgió de la concentración de los ingresos, sino del

sacrificio del consumo superfluo. La cartilla de racionamiento nos

enseñó a distinguir lo necesario de lo innecesario,

lo más urgente de lo más superfluo, lo que no hace

falta para ser feliz.  



     Es lástima que a un buen ejemplo se le dé una

mala traducción. Acabamos de salir de una guerra cruel que

ha destruido miles de vidas, ha demediado nuestra capacidad

productiva y también ha pervertido muchas conciencias. Hemos

pasado una guerra, pero la guerra no ha pasado por nosotros. Del

ejemplo europeo hemos aprendido poco. Nos disculpamos diciendo que

aquello ocupó siglos. En un entorno de reconstrucción

de postguerra y de amplia pobreza lo primero en florecer ha sido la

publicidad de lo superfluo, el afán por regresar al

consumismo, los ingresos se han vuelto a concentrar y se globaliza

la pobreza, con su forzada cartilla de racionamiento. Y ahora nos

extrañamos de que nuestra balanza comercial haya alcanzado

un déficit próximo a los l,500 millones de

dólares, y ello no debido a importaciones de capital, sino

de consumo. Ahora, un boom ficticio termina en

desaceleración o más bien en recesión

estructural.



     En 1986, cuando se publicó la primera matriz

intersectorial del país, llevamos a cabo una

investigación, fundamentada en este instrumento de

contabilidad nacional, con el título: "Necesidades

básicas y reactivación económica". El

resultado de la investigación era y sigue siendo que la

satisfacción de las necesidades básicas (la canasta

familiar) es una de las políticas adecuadas para la

reactivación de la economía (un resumen aparece en el

Boletín de Ciencias Económicas y Sociales, 1987, 4). 



     Conviene recordar que en los diez últimos años

las remesas familiares, llamadas "pobre-dólares", han

ayudado a mantener a flote nuestra economía. Esas remesas

son sacrificio del consumo, pero cuando llegan al país las

monetizamos y las llamamos "divisas", igual que a los narco-

dólares, sin aprender la lección de que nuestra

economía flota sobre el sacrificio de los pobres. Nos

quedamos contentos porque los pobres ayudan a los pobres y porque

el Estado debe hacer el resto. Olvidamos la capacidad de

reactivación económica que se esconde en la demanda

deficiente de los sectores de menores ingresos. El primer

catalizador de la inversión es el consumo sencillo ( k =

1/1-c ), que se nutre más de insumos internos, mientras que

el consumo pudiente cataliza el efecto multiplicador externo. 



     No va por ahí la orientación de nuestro modelo

económico y por ello no hay "libertad real, ni igualdad
real" y menos aún fraternidad. El primer mundo no es nuestro

modelo porque, aparte de otras razones ya mencionadas, nuestro

régimen económico se debe asentar en la

moderación y la sobriedad del consumo, en lo necesario para

ser feliz; y por lo que atañe a la democracia social podemos

inspirarnos en los valores de la justicia, la equidad y la

solidaridad del Estado de bienestar readecuado, como nos

decían los ponentes europeos, a nuestro tiempo y a nuestras

circunstancias. Decir estas cosas es, tal vez, "el beneficio de

perder el tiempo".    

      Desde esta inspiración es posible y necesario

proseguir el diálogo consensuado de este conjunto de

propuestas nacionales. Si bien no todas coinciden en la misma

visión de la realidad presente, todas pretenden corregir

este presente y entrelazar un nuevo El Salvador. Hay suficiente

concordancia en las propuestas de políticas

macroeconómicas. El problema es que la macroeconomía

está hecha por instituciones y grupos de poder, y de

padecer, de donde brotan los desacuerdos. Como dicen todas las

propuestas, aquí está en juego la supervivencia

nacional y, por lo tanto, no podemos esperar hasta las

próximas elecciones presidenciales. Ojalá que este

diálogo no se convierta una vez más en el beneficio

de perder el tiempo.



Bibliografía



1. Los derechos económicos y sociales y la crisis del Estado

de   bienestar. Córdoba, 1995.



2. "El año de la modernización, 1996". Estudios

Centroamericanos, 1996, 567-568, p. 71.



3. "Pobreza, desempleo e integración social". Revista

Realidad, 1994, 42, pp. 841-869.



4. "Piezas para un modelo económico". Revista Realidad,

1993, 35, pp. 495-523.



5. Naím Moisés. El eslabón perdido en las

reformas económicas de América Latina. Santiago de

Chile, 1996.