UCA

Universidad Centroamericana José Simeón Cañas



Carta a las Iglesias

© 1996 UCA Editores





Carta a las Iglesias, AñO XVI, No.365,

1-15 de noviembre, 1996



                  Cuatro preguntas a la Iglesia

                                

     Nuestra Iglesia siempre necesita ser interpelada -y más

ahora en tiempo de marcha atrás- para convertirse del pecado

a la gracia, para ser Iglesia de Jesús. Y nadie mejor que

los mártires para hacerlo. Estos mártires son los

asesinados por defender a las víctimas y enfrentarse a los

victimarios: son los Monseñor Romero, Ignacio

Ellacuría, Herbert Anaya... Y mártires son las

mayorías inocentes que sufrieron la muerte lenta de la

pobreza y al final la muerte violenta: son los campesinos de El

Mozote y del Sumpul, los indígenas de Guatemala, los muertos

por hambre y guerra en Ruanda y Zaire. Todos ellos nos interpelan,

y hacen a la Iglesia actual estas cuatro preguntas importantes. 



¿Es la Iglesia "realmente salvadoreña, real"?



     La encarnación es el principio y fundamento de la fe

cristiana. Dios se hizo carne y lo débil de la carne. Los

mártires también fueron carne real, carne

salvadoreña, con pobreza y sin poder, o abajados a la

pobreza y privados de poder. Pues bien, esto es hoy ser "real" en

El Salvador, mientras que la riqueza y el poder nos sitúan

en un mundo irreal por ser falsamente salvadoreño. Y

ésta es la primera pregunta que los mártires lanzan

a la Iglesia: si vive en El Salvador no sólo como en una

realidad geográfica, sino encarnada en y configurada por los

sufrimientos y angustias, gozos y esperanzas de los pobres. Y eso,

y no otra cosa, es lo que la hace una Iglesia "real". En palabras

de nuestra tradición, aunque cada día más

olvidadas, la primera pregunta de los mártires a la Iglesia

es si es Iglesia pobre y de los pobres, Iglesia popular y de las

mayorías populares, Iglesia salvadoreña y real.

     A como vamos, pareciera que la Iglesia oficial no está

tan interesada como antes en ser "real", en estar y

acompañar a los pobres, y distanciarse de los poderosos.

Pareciera, más bien, que de ella se ha apoderado un

sueño que no la hace vivir en la realidad. Pues bien, los

mártires nos dicen: "¿Cómo están ustedes

tan dormidos, cómo se desentienden de los sufrimientos del

pueblo? ¿Dónde están las homilías y las

cartas pastorales que ponen en palabra la verdad de la realidad?

¿Dónde está el abajarse a los pobres, compartir

su impotencia, poner a su servicio todo lo que ustedes tienen?".

     Los mártires nos dicen que la Iglesia tiene que ser

ante todo "real", y, por ello, de los pobres. Y sobre la roca de

esa realidad podrá y deberá edificar su

teología, sus sacramentos y su pastoral.



¿Busca la Iglesia "la salvación de un pueblo"?

     Jesús tuvo una misión, histórica y

transcendente, personal y popular. Esto lo resumió en el

anuncio de la venida del reino de Dios, y al servicio de esa tarea

hizo curaciones, expulsó demonios, acogió a

marginados, nos animó a tener confianza en Dios y a llamarle

Padre. Pero lo que ahora queremos recordar es que en la

implantación del reino de Dios veía Jesús la

salvación de un pueblo. Y así lo veían

también los mártires.

     De mártir a mártir, Ignacio Ellacuría

definió a Monseñor Romero como "un enviado de Dios

para salvar a su pueblo", salvación que tiene, por ello, una

dimensión esencialmente histórica, popular y

estructural. Así, salvar es decir la verdad en nombre del

pueblo: "estas homilías quieren ser la voz de este pueblo".

Salvar es "revertir la historia", no sólo maquillarla, y por

eso es fomentar la justicia. Salvar es guiar a pueblos que

están como ovejas sin pastor: "con este pueblo no cuesta ser

buen pastor". Es dar esperanza: "sobre estas ruinas brillará

la gloria del Señor". Es anunciar la utopía, "la

civilización del amor", que para ser real debe ser

"civilización de la pobreza". Salvar es anunciar al pueblo

que "se avizora al Dios salvador".

     Hoy prácticamente no se habla en la Iglesia de "salvar

al pueblo". Por eso los mártires siguen preguntando a la

Iglesia si tergiversa la salvación reduciéndola a lo

puramente interior y transcendente o si busca, además, "la

salvación de un pueblo".



¿Está la Iglesia dispuesta a "cargar con la cruz"?



     "Toma tu cruz y sígueme", dijo Jesús, y los

mártires nos lo exigen, sin decir palabra, con su propia

entrega. Pero en esto de la cruz hay que estar claros. Cruz no es

meramente, aunque haya que respetarlo y aliviarlo, el sufrimiento

que proviene de nuestra naturaleza limitada. Cruz es el

sufrimiento, físico y moral, que sobreviene por defender al

empobrecido de sus empobrecedores, al oprimido de sus opresores.

Entonces reacciona la injusticia y la mentira de este mundo asesino

y los "crucifica". La cruz surge de la encarnación en la

historia real y en su conflictividad real.

     Hoy en la Iglesia se rehuye, más de lo justo, el

conflicto con los opresores, con las estructuras de injusticia y de

mentira, y así se rehuye, más de lo justo, la cruz.

La pregunta que nos hacen los mártires no es masoquista,

pero exigen honradez con la realidad. Y de la respuesta depende,

además, la salvación. Según la paradoja

cristiana, "si la semilla no cae en tierra no produce fruto". Si la

Iglesia no carga con la cruz no podrá salvar. Ni

estará encarnada en una historia de cruces, ni tendrá

credibilidad ante los crucificados. Pero si carga con la cruz de la

injusticia y la mentira, dará mucho fruto.



¿Está la Iglesia "mostrando u ocultando el rostro de Dios"?

     Los mártires nos hacen esta última pregunta, la

más radical para un cristiano: "¿creen ustedes en Dios,

y en qué Dios creen?", y la respuesta no es obvia, pues la

poca fe se puede camuflar de varias formas. A Dios se le niega, en

efecto, con la injusticia, y entonces se le sustituye por los

ídolos de la riqueza y el poder. A Dios se le trivializa con

burdas supersticiones y con una religión de "lo raro"

(apariciones, entusiasmos, delirios, verborrea...). Y a Dios se le

tergiversa cuando se le aleja de los pobres, y se confunde su

transcendencia con solemnidades muy costosas o con la pompa del

poder.

     Ante esto, los mártires son quienes "sacan la cara a

Dios", quienes hacen creible a Dios, quienes creen en Dios. Con su

vida y con su muerte dan testimonio de una realidad última

por la que merece la pena darlo todo. Y dan testimonio de que esa

realidad última es, a pesar de todo, el amor, Dios, como

dice Juan.

     Y los mártires no sólo hablan de Dios sino que

son lugar de la presencia de Dios, escondido, desfigurado, pero, en

definitiva, presente en ellos. "El pueblo crucificado es el signo

de la presencia de Dios entre nosotros". "Con Monseñor

Romero Dios pasó por El Salvador".

     El concilio Vaticano II preguntó a la Iglesia si "vela

o desvela", si "esconde o muestra" el rostro de Dios. Los

mártires lo desvelan y lo muestran. Con ellos no pueden

repetirse las terribles palabras de la Escritura: "por causa de

ustedes se blasfema el nombre de Dios entre las naciones". Por el

contrario, a los mártires les decimos con agradecimiento:

"por causa de ustedes se bendice el nombre de Dios entre los

pobres".



     Estas preguntas que nos hacen los mártires son duras e

interpelantes. Pero los mártires nos dan también la

fuerza para contestarlas como Dios manda. Desde siempre, la

solución ha sido "tener los ojos fijos en Jesús". Hoy

hay que ponerlos también en nuestros mártires.

     Entonces es posible ser una Iglesia "real", una Iglesia que

trabaja por "la salvación de un pueblo", una Iglesia que se

introduce en la conflictividad de la historia y "carga con la

cruz". Es posible ser una Iglesia que "muestra el rostro de Dios",

que hace presente a Dios en nuestro mundo.

     La convicción de que esa Iglesia es posible proviene de

que los mártires la hicieron realidad.





            Masacres de familias y el caso Manzanares

                                

Las masacres familiares



  En menos de tres semanas han ocurrido tres asesinatos colectivos

que han consternado al país. El hecho de que hayan ocurrido

en tan poco tiempo y que en todos ellos se utilizara una violencia

brutal, con claras muestras de sadismo, ha causado una ola de

opiniones, según la cual la PNC posee poca o nula capacidad

para encontrar a los hechores de actos criminales y frenar una

violencia que ya ha llegado al paroxismo. Los tres casos, ocurridos

entre la última semana de octubre y las primeras de este

mes, arrojan un saldo total de 19 muertos, entre ellos nueve

menores de edad. Los asesinatos tuvieron lugar el primero en San

Salvador y los dos últimos en Sonsonate y tienen varias

cosas en común sobre lo que conviene reflexionar.

  En primer lugar, el móvil no ha sido el robo, sino el

homicidio, por lo que se ha especulado sobre la posibilidad de

"vendettas" personales. En segundo lugar, dado que ya han sido

arrestados ex-combatientes de guerra como sospechosos de haber

participado en anteriores asesinatos colectivos y dada la forma en

que los homicidas han operado en estas tres masacres, cabe la

posibilidad de que sean veteranos del conflicto armado, tanto de la

guerrilla como de la fuerza armada. Finalmente, la forma violenta

e indiscriminada en que fueron atacados niños y ancianos

recuerda cómo operaban los batallones élites de la

Fuerza Armada contra la población civil. La saña y

violencia utilizada por los hechores en estos casos podrían

ser interpretadas como una herencia directa del conflicto armado en

El Salvador.



  Esta barbarie nos lleva a otras dos reflexiones. La primera es

sobre los medios de comunicación y la violencia. Desde que

la delincuencia irrumpió después de la guerra, los

medios no se limitan a informar, sino que lo hacen con teatralidad

sangrienta. La prensa y los noticieros televisivos se recrean en

mostrar los casos más truculentos, cayendo en el amarillismo

y el sensacionalismo más burdos. Por eso se les ha acusado

de buscar en la violencia cotidiana un instrumento para provocar el

morbo y la insana curiosidad popular y así elevar las ventas

y los ratings de audiencia.

  Los medios, además, han logrado introyectar la idea de que

no hay solución para la violencia actual, pues la labor de

la PNC y de los órganos encargados de aplicar justicia son

inútiles, todo lo cual lleva a la conclusión de que

habrá que recurrir a medidas extremas, como la pena de

muerte, o los linchamientos populares que aparecerán tarde

o temprano.



  La segunda reflexión es sobre la ofensiva estatal contra

la delincuencia. Indudablemente el estado no puede cruzarse de

brazos ante esta barbarie, pero su ofensiva antidelincuencial tiene

limitaciones graves. En primer lugar reduce la violencia imperante

a la "violencia delincuencial", es decir, aquella cuyo móvil

consiste en apropiarse de los bienes de la víctima, por lo

cual el ejercicio de fuerza es esencialmente instrumental y

racional: utiliza los medios necesarios y no va más

allá de ellos. De ahí que las medidas para enfrentar

la violencia también tienen que ser de naturaleza

instrumental y punitiva: al delincuente hay que castigarlo en un

grado que compense el daño causado a sus víctimas y

a la sociedad.

  ¿Pero qué ocurre si la violencia, como en el caso de

las masacres familiares, no es sólo "delincuencial"? Ocurre

entonces que aparece lo complejo del fenómeno de la

violencia, y queda claro que es un desatino reducir las medidas a

mecanismos puramente punitivos, lo cual sólo es explicable

por la urgencia gubernamental de encontrar "soluciones"

rápidas y simples a los complejos problemas del país.

El castigo, como respuesta al auge de la violencia es la

solución más fácil, pues ahorra al gobierno la

penosa tarea de elaborar un diagnóstico serio sobre sus

causas. Pero por ello mismo es totalmente inadecuado. Y

además esa "solución" fácil refuerza las

tendencias autoritarias de un Estado controlado por la derecha.

  La cruzada contra la delincuencia es necesaria, y en ella debemos

involucrarnos todos los salvadoreños. Pero hay que lanzar

una campaña contra la violencia en todas sus manifestaciones

y modalidades. Contra la violencia delincuencial, sí; pero

también contra la violencia estatal, la violencia

empresarial y, en general, la violencia social que permea la

cotidianidad familiar, escolar y laboral. Ello requiere un

diagnóstico completo y riguroso sin el cual las medidas para

combatir el problema de la violencia seguirán pecando de una

simplicidad imperdonable.



El asesinato de Manzanares, ¿político o accidente

trágico y delincuencial?



  El 8 de octubre murió asesinado el ex dirigente del FMLN

Francisco Antonio Manzanares Mojarás. De acuerdo a las

primeras declaraciones el día de los hechos por presuntos

testigos, Manzanares Mojarás y el sargento de la PNC, Edgar

Barahona -presunto amigo de la víctima-, se encontraban en

las proximidades de una cabina telefónica, cerca de la

residencia del primero, en la colonia Satélite del

departamento de San Miguel, cuando aparecieron dos

automóviles con vidrios polarizados y las placas cubiertas.

De los automóviles se bajaron 5 hombres vestidos de civil,

con chalecos antibalas y botas militares, identificados por los

testigos como miembros de la División de

Investigación Criminal (DIC) de la PNC, quienes sitiaron a

Manzanares. Repentinamente uno de ellos, sin mediar palabras,

disparó contra éste, ocasionándole la muerte,

y dejando herido a su acompañante. Asimismo, los testigos

revelaron que un miembro de la DIC grabó el hecho con una

cámara de video, y que sus acompañantes les

advirtieron que "no fueran a declarar". La DIC reportó el

suceso como un accidente de tránsito y llevó el

cadáver de Manzanares al Instituto de Medicina Legal, donde

los forenses indicaron que la muerte se debió a un disparo

en la región occipital derecha del cráneo, producto

de un disparo de un fusil M-16.

  El mismo día, Rolando García, Subdirector de

Operaciones de la PNC, viajó a San Miguel y explicó

que los agentes estaban investigando un caso de extorsión

ocurrido en Ahuachapán y que en la colonia Satélite

se había programado la entrega del dinero por parte de las

víctimas. Según el funcionario policial, los miembros

de la DIC habían montado un operativo encubierto para

capturar a los extorsionistas y cuando descubrieron que

éstos recogían el paquete con el dinero les ordenaron

detenerse. Aparentemente hubo resistencia, dando lugar a que los

agentes les dispararan. Según García, la

confusión sobre cómo ocurrió el hecho se

debió a que en el Hospital San Juan de Dios, cuando llevaron

al occiso, también había varias personas

víctimas de un accidente de tránsito y los

médicos creyeron que Manzanares Mojarás era pasajero

de uno de los vehículos.

  El día 11, el cabo Guillermo Linares miembro de la DIC,

declaró ante un tribunal de San Miguel que disparó en

defensa propia porque Manzanares lo amenazaba con un arma de fuego.

"Admito que la reacción fue rápida, pero si no

disparaba, me iba a matar", dijo. La viuda de Manzanares

afirmó que su esposo le había comentado que desde

hacía tres meses varios policías habían

llegado a buscarlo a su casa y que había recibido amenazas,

y su padre, Francisco Manzanares, aseguró que la muerte se

debió a motivos políticos.



  Estos son los datos, el caso aún no está

esclarecido y ha generado una polémica sobre si debe ser

visto como el "lamentable final de una investigación y un

procedimiento policial" -tal como en sus declaraciones ha sostenido

hasta ahora el Subdirector de la PNC- o si, por el contrario se

trata de una ejecución sumaria con motivaciones

políticas.

  Nuestra reflexión es la siguiente. Más allá

de las razones que pudieron llevar a consumar el hecho, lo cierto

es que el uso de la prepotencia y la fuerza al desarrollar un

operativo policial parece haberse vuelto la regla y no la

excepción. De ser cierto que sin mediar palabras el agente

de la DIC le disparó a Manzanares, el hecho es ya en

sí gravísismo, sobre todo si no se ha establecido que

los agredidos portaban armas. Y si el disparo del agente de la DIC

fue en defensa propia ¿por qué disparar a la cabeza y

no a las piernas u otra parte del cuerpo a fin de inmovilizar al

"delincuente"?

  Lo preocupante de todo esto es en manos de quién

está la sociedad, pues por un lado miembros de la PNC

parecen estar involucrados en un caso de extorsión, y, por

otro lado, ellos mismos se las arreglaron para tomar la justicia en

sus manos, debilitando aún más la confianza que la

población pueda tener en el cuerpo policial. A la

confusión que han puesto de manifiesto los medios en torno

al caso, se ha sumado la confusión -real o ficticia-

existente en los organismos de justicia del país. Y como

están las cosas, la impunidad parece ser la sombra que

terminará por dejar en el olvido este violento asesinato.



Monseñor Romero: ayer, ahora y siempre en nuestra Historia.

     A próposito del proceso de beatificación

                                

  Monseñor, nunca antes he tenido valor de escribirle a

usted públicamente. Usted sabe lo débil que soy,

cuánto le amo y le respeto, cuánto lo extraño,

cuánto lo necesito. Humildemente me he dirigido al Padre

Ellacuría y al Padre Moreno, que son otras bendiciones de

Dios para nuestros pobres, pues han sido hombres brillantes

constructores del reino. Pero en Usted nuestro Señor nos

envió un pedacito de Reino, un trozo de tierra prometida,

una esperanza siempre presente, un resucitado en el corazón

de este su pueblo. Pero ahora, en este año que han apremiado

las angustias, las tristezas, la desesperanza, y en este noviembre

de mártires, con la llorada de rigor, con pañuelo y

lapicero en mano, me dedicaré a resumirle lo más

hondo que su "querido pueblo", incluyendo sacerdotes, religiosos e

instituciones, han hecho para tenerle presente y agradecerle su

amor.

  Bueno, lo primero fue en febrero del presente año en que

se cumplían once meses de gestionar ante las autoridades

respectivas la recogida de los textos de agradecimiento que estaban

en su primer sepulcro de catedral, y que no fueron colocados cuando

se trasladaron sus restos. Esto me causó dolor pues tuve la

oportunidad de constatarlo personalmente.

  Después de explicar que esas reliquias, aproximadamente

unas 140, eran sagradas, que cada una de ellas representaba una

angustia y una solución de graves problemas personales, un

profundo agradecimiento por las favores concedidos y un testimonio

de la santidad de su persona, por fin me dieron buenas palabras.

Pero el tiempo pasaba, y a pesar de visitas y llamadas, casi

perdí la esperanza, hasta que en el mes de febrero nos

dieron la buena noticia de que se habían recuperado casi

todas y que en este momento están colocadas al pie de su

mural en la casita del Hospitalito en donde están seguras

bajo el cuidado amoroso de las madres carmelitas.

  El domingo 24 de marzo el grupo MAIZ organizó, como el

año anterior, un día de convivencia comunitaria. En

el escenario lució una hermosa pintura de unos ocho metros

de largo, pintada por los jóvenes de ASTAC y en cuya base se

cantó, bailó, recitó. Vinieron buses y

camiones de diferentes comunidades llenos de adultos,

jóvenes y niños. Hubo artesanías, comida

típica, camisetas, libros, afiches etc. Se repartieron fotos

a todo color de un Monseñor Romero sonriente que

parecía decir: "Y ustedes, ¿qué dicen? ¿Que

me mataron? Pues no, estoy vivo y derrochando esperanza".

  La parte de atrás del auditorium se encontraba cubierta

totalmente por una exposición de dibujos y cartas de

niños de 5 a 16 años dedicados a Usted. Era algo

impresionante ver la originalidad y creatividad infantil y el

cariño con que le contaban sus problemas, aventuras o

ilusiones. Son niños que aún no habían nacido

cuando lo mataron, pero están enterados de sus historia por

sus padres y maestros. Todos los niños tuvieron premios de

dulces y vejigas, lápices y cuadernos con su respectiva

fotografía. Finalizó la convivencia con un acto

ecuménico emocionado.

  Hubo otra actividad de La Mazorca, que consistió en la

elaboración de 40 litografías de su rostro en donde

decía "San Romero", y que fueron vendidos casi todos fuera

del país, pero se adquirió una para la casita museo

del Hospitalito. Luego un viajero trajo una carta dirigida a Juan

Pablo II con 80 firmas de personalidades españolas en donde

se solidarizaban con el pueblo salvadoreño y solicitaban su

pronta canonización. Otro bonito detalle fue el obsequio de

2000 estampas de su imagen por un joven trabajador de imprenta,

para que furan repartidas. Así lo recuerda el pueblo,

Monseñor.

  Ahora, el día 1° de Noviembre la Iglesia

Salvadoreña finalizó el proceso diocesano de

beatificación con un evento en el auditorium del

arzobispado. Allí estaban el nuncio apostólico, el

actual arzobispo y su auxiliar Monseñor Rosa Chávez,

Monseñor Urioste, clérigos y religiosas, testigos y

amigos, en número reducido. Fue un acto formal, sin

emociones y sin experiencias espirituales. Pero mientras se

ocupaban en sellar las cajas de documentos, de la parte de

atrás del auditorim irrumpió el canto vibrante de

Magally, querida educadora venezolana, que con su himno, su

corrido, el gloria salvadoreño y sus vivas, nos hizo esbozar

una sonrisa en lugar de una lágrima. Liberó nuestro

espíritu, cantamos vivas y aplaudimos con timidez ante la

presencia imperturbable del arzobispo y del enviado del papa. Sin

duda, Monseñor, debemos pedir asesoría al pueblo para

celebrar su causa.

  Como decía, el acto fue protocolario, aunque es necesario,

y es justo agradecer el trabajo y sacrificio del Padre Rafael

Utrutia. Pero ya sabemos que la canonización real ya la

tiene, pues el pueblo lo ha hecho santo, y la voz de pueblo es la

voz de Dios. El Papa es el que dio el paso decisivo al visitar

aquí su tumba. Fue ya un poco tarde, y deberían

correr para alcanzar al pueblo que repite incansabalmente "San

Romero de América", como le llamó don Pedro

Casaldáliga sólo días después de su

martirio.

  A las Iglesias hermanas, más que alegrarles la

canonización las entristece, pues dicen que ahora

Monseñor ya no será de todos sino de la

jerarquía eclesial católica. A algunos nos preocupa

que lo quieran poner en un camerín, lejos de sus pobres, con

gesto piadoso y mirada al cielo. Mientras aquí en la tierra

a los pobres les roban su recuerdo, a ellos los desaparecen, pero

no su pobreza, les desaparecen la YSAX sin necesidad de

explosiones, como cuando la guerra, sino con un civilizado plumazo,

les desaparecen Caritas, les cambian la dirección de

ORIENTACION y del seminario, y quieren que desaparezca la historia

martirial de nuestra Iglesia.

  Deseamos, esperamos y oramos para que no sea así como lo

canonicen. Por favor no lo permita, que no lo aparten de sus

pobres. Que su recuerdo vivifique para siempre a este pueblo

huérfano que lo ama entrañablemente y que no por

gusto se llama "El Salvador".

  Con amor en Cristo Jesús,

                                                          Regina.

                                                                 

                                                                 

               Monseñor Romero, una herencia incandescente

         Entrevista con Monseñor Ricardo Urioste

                                                                 

                                            Vittoria Prisciandaro

                                                                 

  Varios años después de su martirio, Mons. Oscar

Romero continúa siendo "signo de contradicción":

amado por los pobres, odiado por los podedorosos. Mons. Ricardo

Urioste, colaborador suyo muy cercano, está seguro de

haberse encontrado ante un santo y mucha gente así lo

considera.

  "Fue un santo", pero la Santa Sede espera prudentemente, pues

Mons. Romero es todavía "signo de contradicción".

"Durante la última visita de Juan Pablo II en El Salvador,

cada grupo juvenil, cada congregación religiosa", recuerda

Mons. Urioste, "cada movimiento apostólico y laical,

escribió una carta al Papa en la cual le piden la

beatificación de Mons. Romero". Los jóvenes

intentaron leerla cuando el Papa bajo a visitar la tumba de Mons.

Romero, pero alguien desconectó la electricidad.



  P/ ¿Por qué este sabotaje, Monseñor?

  R/ Porque en El salvador, Mons. Romero todavía divide. Es

normal. Como Jesús, también Mons. Romero fue odiado,

sobre todo por quienes estaban en el poder. Y también por

algunos obispos.



  P/ ¿Quién, por ejemplo?

  R/ Por ejemplo, Mons. Pedro Arnoldo Aparicio y Quintanilla fue

siempre muy duro. Habló contra él en Puebla y en San

Salvador.



  P/ ¿Y de qué le acusaba?

  R/ De comunista, de subversivo, de izquierda, de que sublevaba

al pueblo. Pero no es ésa la verdad. Mons. Romero fue un

hombre que creyó que la encarnación de la Iglesia se

hace en los pobres, los cuales en el país son

mayoría. Y luchó por esto. Decía que nosotros,

la Iglesia, debemos hacer saber a quienes viven como esclavos que

son personas con derechos y deberes, con derechos, por ejemplo, de

organizarse para tener un salario mensual que les permita vivir con

dignidad. Pero no todos los obispos, no todos los sacerdotes, no

todos los religiosos son así. Por ello Mons. Romero fue muy

odiado por quienes tenían el poder, aun en la comunidad

eclesial, y muy amado por los pobres.

  P/ ¿Y ahora que ha muerto?

  R/ El Santo Padre, durante el almuerzo con los obispos en la

nunciatura apostólica de El Salvador, les preguntó

qué pensaban de la canonización de Mons. Romero. Uno

de los presentes, Mons. Marco René Revelo, en el pasado

obispo auxiliar de Mons. Romero y su gran adversario,

respondió: "Romero es el responsable de los 70,000 muertos

que se dieron en este país". Otros, por el contrario,

dijeron que debería estar en los altares. Esta es la

situación.



  P/ Al comienzo Mons. Romero fue enviado a San Salvador

precisamente porque se le tenía como "seguro". ¿Es

verdad, como se dice, que se "convirtió" después del

asesinato de su amigo jesuita, Rutilio Grande?

  R/ No. El estuvo siempre abierto a lo que Dios deseaba, como

aparece también en algunas cartas suyas que han quedado en

alguna congregación romana. No hablo de conversión,

pues siempre respondió como mejor podía a lo que Dios

le pedía. En un momento dado vió cuál era la

realidad y se fue por el camino que Dios le fue exigiendo.


  P/ Eso hizo que cambiara su relación con Roma.

¿Qué recuerda usted de esa nueva relación?

  R/ En Roma le aconsejaban ser prudente, no hablar demasiado. Pero

él dijo: "Si el Señor no hubiera hablado muchas

cosas, no lo hubieran crucificado". Cuando le pedían tener

cuidado con el comunismo, el marxismo, respondía: "Si yo

hablo contra los comunistas, mi gobierno tendría una

razón más para amenazar a otras personas. Y han sido

tantos los cristianos, catequistas, sacerdotes, monjas y religiosos

que han muerto". Mons. Romero era muy respetuoso del Papa y de la

Iglesia. Su lema episcopal era: "Sentir con la Iglesia". Y de

verdad lo pensaba y lo creía.



  P/ ¿Cómo explica usted, entonces, tanta sospecha y

confrontación?

  R/ Si nos preguntan si creemos lo que está escrito en el

evangelio, en la Solicitudo Rei Socialis, en los textos de Puebla

y Medellín, todos respondemos que sí, y esto es la

ortodoxia. Pero si algún obispo, algún sacerdote,

quiere encarnar esta doctrina, se hace sospechoso, como lo fue

Mons. Romero. Y ésta es la misma historia de Cristo.



  P/ ¿Qué tipo de relación tuvo Mons. Romero con

el Opus Dei?

  R/ Antes de ser obispo tenían buenos relaciones con los

sacerdotes del Opus Dei, y pienso que uno de estos sacerdotes fue

su confesor. Pero cuando llegó a ser arzobispo,

cambió de director y confesor, y buscó un jesuita, al

P. Azcue.



  P/¿Cómo explica usted este cambio?

  R/ Veía que ya no había sintonía de

pensamiento. Los del Opus Dei no coincidían con sus

discursos. Así que buscó a alguien que lo

comprendiese.



  P/ También el nuevo arzobispo, Mons. Fernando Sáenz

Lacalle, sucesor de Mons. Chávez, Romero y Rivera, viene del

Opus Dei.

  R/ Nosotros, hombres de fe, aceptamos cualquier obispo, sea cual

fuere. Más aún, pensamos que la Iglesia no pertenece

a niguno, ni a Mons. Romero, ni a Mons. Rivera, ni a otros. La

Iglesia pertenece al Espirítu. Hemos tenido a tres hombres

santos: Mons. Chávez, Romero, Rivera que nos han

enseñado cómo leer el evangelio y cómo

llevarlo a la práctica en El Salvador, teniendo presente el

alma y el cuerpo de nuestra gente.



  P/ La perplejidad, que se ha dado después del nombramiento

de Sáenz Lacalle ¿es parecida a la que causó el

nombramiento de Mons. Romero después de Mons. Chávez?

En aquella ocasión, usted mismo dijo en una entrevista que

no estaba satisfecho con Mons. Romero, sino que -reproducimos sus

palabras- "estaba profundamente disgustado".

  R/ Es verdad. Después del nombramiento de Mons. Romero no

escondí mi perplejidad. Por otra parte, no fui el

único: todos deseábamos que Mons. Rivera fuese el

sustituto de Mons. Chávez. Quiero decir también que

algunas confrontaciones con el nuevo Arzobispo no nos impide

respetarlo y trabajar con él, guiados del Espíritu y

de la tradición de nuestra Iglesia. Es nuestro obispo.

Cuando llegó Mons. Sáenz Lacalle, muchos hombres y

mujeres vinieron al arzobispado para preguntar si cambiaría

todo. Respondí: "¿Tú piensas en cambiar?". "No",

dijeron. "Entonces continúa haciendo tu trabajo en el nombre

de Dios, porque la Iglesia pertenece al Espíritu y al

evangelio".



  P/ ¿Ha habido cambios en la diócesis?

  R/ Sí, el vicario de pastoral, un sacerdote excelente, fue

removido, y quedó como secretario ejecutivo. Pronto

será enviado a una parroquia. Mientras tanto el obispo ha

asumido directamente este cargo. Creo que la radio desde la que

hablaba Mons. Romero ha sido el cambio más evidente. En el

seminario interdiocesano, que depende de la conferencia de los

obispos, fueron cambiados todos los responsables. Me han dicho que

el nuevo rector, sacerdote joven, buen sacerdote, ha prohibido

hablar de teología de la liberación. He escuchado

decir que los nuevos profesores han ido a la biblioteca para ver

cuáles libros ha excluido.



  P/ Y todos estos cambios ¿qué le hacen pensar?

  R/ La línea está cambiando. Se está haciendo

conservadora en las ideas, en la planificación, en las

formas, de acuerdo a las personas que fueron escogidas. Pero

nosotros estamos seguros que, más allá de nuestros

pensamientos y miedos, está el Señor que guía

a la Iglesia.



Tomado de la revista "Jesús", mayo 1996, pp. 84-85.





       Ignacio Ellacuría y Juan Ramón Moreno

                                

  En la eucaristía del sábado día 9 recordamos

a Ignacio Ellacuría y a Juan Ramón Moreno. La capilla

estaba a rebosar, y lo que más me impresionó es el

gran cariño que les tiene la gente, que cada quien

expresó a su modo.

  Sahib ponía sobre el altar el primer tomo de los escritos

filosóficos, recién salido de la imprenta, del Ellacu

joven, escritos sobre cine, Bergson, Angelito Martínez.

María Eugenia y Rosa María traían el primer

libro que fichó Juan Ramón para la biblioteca de

teología. La comunidad de radiohablantes de la YSUCA

ofrecieron el último poster de la radio, con unas manos

alrededor de un micrófono, signo de comunidad y de la voz

del pueblo. Rosario y Reyna Iris, secretarias y amigas fieles

durante más de veinte años, llevaban el pan y el

vino. La música estaba a cargo de una comunidad popular, San

Luis Mariona, que quizás no los conocieron en vida.

  Momento muy importante fue la homilía. El padre

José María Castillo, con la lucidez y honradez que le

caracteriza, habló cómo siente la realidad del

país: "muy mal y peor cada año que vengo", dijo. Pero

habló también dónde ve esperanza: en las

comunidades populares que ha visitado estos meses, en la juventud

que ve en el Centro Monseñor Romero, y sobre todo, en los

mártires y en su recuerdo. "Esto funciona", ha dicho estos

sábados al ver la capilla llena de gente. Para mí lo

más entrañable fueron sus palabras iniciales, dichas

sin ninguna pretensión: "Yo vine por primera vez a El

Salvador en 1990 poco después de que los mataran". Vino a

ayudar, a mantener viva una antorcha muy importante.

  Yo también pensaba en Ellacu y Pardito, como

llamábamos a Juan Ramón. Muchas cosas me vinieron a

la mente, pero menciono ahora sólo dos. "Los militares, los

políticos y los sacerdotes deberían dejar sus puestos

con menos dinero del que entraron", palabras del Ellacuría

clarividente, profeta, cristiano, que dijo en un programa de

televisión en el que apareció junto a Rey Prendes y

D'Aubuisson. De Juan Ramón recordé cuando me dijo:

"Es la última vez que monto una biblioteca". Y no le faltaba

razón para quejarse. Debido a cambios de local y al

terremoto, tres veces tuvo que organizar la biblioteca de

teología partiendo prácticamene de cero. Y sin

embargo, lo hubiese hecho una cuarta vez. Juan Ramón era de

una pieza, constante y entregado al trabajo, enamorado de la

teología y servicial a los alumnos.

  Y un último recuerdo de esa eucaristía. Regina,

gran amiga de Juan Ramón y de Ellacu, tenía un

ofrenda especial, un poco de tierra del País Vasco, que

ofreció con estas palabras.



  Un día como éste, 9 de noviembre de 1930,

  nació el Padre Ignacio Ellacuría en Portugalete,

  Vizcaya, País Vasco. En ese lugar se ha erigido un

  monumento en memoria del Padre Ellacuría, y un buen

  amigo nuestro, el profesor de filosofía Carlos

  Beorlegui, ha tenido la gentileza de enviarnos tierra de

  Portugalete que le vió nacer y crecer, que le vio ir a

  formarse y luego marchar en misión a América

  para quedarse.



  También recordó al Padre Juan Ramón nacido

un poco después, el 29 de agosto de 1933, en un lugar de

Navarra, cercano a Portugalete. Y prosiguió Regina:



  Sea esta madre tierra un símbolo de unidad entre el

  país vasco y El Salvador, entre Portugalete y la

  Universidad, donde estas queridas y entrañables

  semillas, llamadas Ignacio y Juan Ramón, con Julia

  Elba, Celina y todos los mártires, germinaron y

  fecundaron. Allá en España guardan su imagen, y

  nosotros aquí en El Salvador tenemos sus cuerpos y sus

  enseñanzas en esta capilla bajo el cuidado de

  Monseñor Romero. Y los tenemos en nuestras mentes y

  corazones.





                Carta a Ignacio Ellacuría

                                

Querido Ellacu:



  Un año más les estamos recordando a todos ustedes,

y este año recordamos también muy especialmente a

Monseñor Romero, pues en estos días se ha dado un

paso importante en el proceso de su canonización. Y de esto

quiero hablarte, pues creo que la dirección que tome este

proceso de canonización será importante para la

Iglesia y para el país.

  Para la mayoría de la gente Monseñor Romero,

canonizado o no, es un santo, y por eso alguien ha dicho estos

días que "han llegado tarde, Monseñor ya es santo".

Pero en este nuestro mundo, lo institucional también tiene

su importancia, y bueno es que lo declaren santo oficialmente. Pues

bien, este asunto de la canonización, que nos da una gran

esperanza, también me da algo de miedo. Y el miedo es que

canonicen a un Monseñor que no sea el "verdadero"

Monseñor Romero, que canonicen a un Monseñor bueno,

piadoso, sacerdotal, pero en definitiva a un Monseñor

aguado. Y es que algo tienen ustedes, los mártires de El

Salvador, que pone incómodos a los poderosos y a la

institución eclesial, y no acaban de ser aceptados como son.

  En vida, recuerdas bien los ataques de la jerarquía contra

él, y recuerdas también que a sus funerales

sólo se hizo presente Mons. Rivera, su amigo fiel.

Después de muerto, la tesis oficial vaticana mejoró

un poco las cosas, aunque no mucho: Monseñor habría

sido un hombre bueno, pero corto y manipulado sobre todo por los

jesuitas. Sólo Juan Pablo II cambió esta

visión cuando visitó su tumba y habló de

Monseñor como celoso pastor que entregó la vida por

su pueblo. Enseguida comenzó el proceso de

canonización. En lo sustancial, pues, parecería que

Monseñor Romero ya ha sido reivindicado institucionalmente,

y sin embargo me sigue dando miedo que no se acabe de aceptarlo

plenamente, tal cual él fue, que nos lo presenten sin la

profundidad que tuvo su vida, que no sea ya interpelación

para todos. Tengo miedo de que le quiten las aristas y el fuego que

tuvo como profeta, de modo que -Dios no lo permita- hasta aquellos

que desearon y celebraron su muerte podrían estar presentes,

sin mayor problema, en su canonización.

  Veamos. Oficialmente se nos recuerda que Monseñor fue ante

todo hombre de Dios y sacerdote. Pero, siendo esto una gran verdad,

me parece reduccionista, porque no dice toda la verdad, y me parece

peligroso porque no dice la verdad central, aunque se reconozca y

añada que Monseñor Romero hizo la opción por

los pobres. Para canonizar al "verdadero" Monseñor hay que

añadir y hacer central que fue un insigne salvadoreño

y que por eso se encarnó en una realidad de conflicto y

muerte. Que fue defensor de los pobres, y que por eso fue amado y

venerado por ellos. Que fue profeta y denunciador de los poderes

militares, oligárquicos y políticos, y que por eso

fue odiado por ellos. Que fue voz de los sin voz, y que por eso fue

voz contra los que tiene demasiada voz. Que fue creyente y hombre

de Dios, y que por eso fue enemigo acérrimo de los

ídolos. En suma, que el "verdadero" Monseñor

vivió para la justicia y para el Dios de la vida, y que por

eso luchó contra la injusticia y los dioses de la muerte.

Ese fue el Monseñor Romero total, el "verdadero"

Monseñor. Ese, y no otro, fue el Monseñor que

acabó mártir. A ese Monseñor, y no a otro,

queremos que canonicen.

  Ese es el miedo mayor, Ellacu, y junto a él tengo otros

miedos menores. "No está permitido el culto público

a Monseñor Romero", nos dicen. Pero el culto más

importante a Monseñor es precisamente su seguimiento en la

historia, y este seguimiento, aunque comience en lo escondido del

corazón, tiene que ser público para que lo vea la

gente y haga el bien -y buena falta nos hace. Miedo también

a la casuística sobre si Monseñor fue asesinado por

odio a la fe o por odio a la justicia, como si nosotros

pudiésemos separar lo que Dios ha unido: la fe en Dios y la

justicia en este mundo.



  Y vayamos ahora a la esperanza. La canonización del

"verdadero" Monseñor es una gran noticia, y nadie mejor que

tú para explicárnosla. Si no me equivoco, Ellacu, a

Monseñor le debes tú la fe en tu edad madura, cuando

tomaste las decisiones más hondas, en aquella época

en la que la negrura del pecado oscurecía más a Dios,

pero también en la que pudiste decir que "se avizora el Dios

salvador", como escribiste poco antes de tu martirio. Y viste

también cómo Monseñor llegaba al

corazón de las mayorías, allá donde nadie, ni

de un lado ni del otro, llegaba con tal hondura. Por tu

experiencia, pues, y por la experiencia de la gente, te convenciste

de que era bueno que hubiese un Monseñor como Romero. Y eso

es lo que pusiste en palabra.

  "Monseñor Romero, un enviado de Dios para salvar a su

pueblo", escribiste en 1981 en tu segundo exilio en España.

Hoy, Ellacu, con honrosas excepciones, ni los eclesiásticos,

y mucho menos los políticos, hablamos ya de "salvar a un

pueblo". Ni se nos ocurre que ésa sea nuestra misión,

y hemos encontrado mil razones, burdas o sutiles, para

desentendernos de ella. Y, sin embargo, eso es lo central que

tú viste en Monseñor. Y esa tarea es lo que nos hace

humanos y cristianos en la historia. Es "la causa más noble

de la humanidad", como decía otro de los clásicos,

Rutilio Grande.

  "Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador",

dijiste cuatro días después de su muerte en una aula

magna de la UCA. Dios, el misterio último de nuestra vida,

se te hizo presente y encarnado en Monseñor. Cuanto

más se escondía Dios en la tragedia de la realidad,

tanto más se mostraba para ti en la verdad y en el amor de

Monseñor Romero. ¡Cuántos intentos vanos por

separar a Monseñor de esta nuestra tierra y esconderlo en el

cielo! Y con ello, el peligro de las personas religiosas tantas

veces denunciado: "Porque no son de este mundo, creen que son del

cielo. Porque no aman a los hombres, creen que aman a Dios". Con

Monseñor fue al revés: "Porque fue de este mundo, fue

ciudadano del cielo. Porque amó a los pobres de este mundo,

amó a Dios". Así viste a Dios en Monseñor

Romero, y así Monseñor Romero nos mostró a

Dios.

  Esto es todo, Ellacu. Ya ves que Monseñor sigue dando que

hablar, y con él ustedes. También ustedes vivieron

para salvar a este pueblo, y también con ustedes Dios

pasó por El Salvador. A Monseñor, a ustedes y a todos

los mártires "no los olvidamos", como dice el poster de este

año.

  Quiero terminar con un sencillo y sincero "gracias" a todos

ustedes. En lo personal, Ellacu, hoy quiero agradecerte el respeto

y el cariño que tuviste a Monseñor, y lo que dijiste

de él. Tus palabras nos ayudarán a ubicarnos mejor en

los avatares del proceso de canonización, pero sobre todo

nos ayudarán a vivir como él, como ustedes, como

Jesús. Ellacu, ayúdanos a no olvidar al "verdadero"

Monseñor. Ayúdanos, sobre todo, a seguirle.



Jon



==================



  La Iglesia surge como concreción de las entrañas

de misericordia de Jesús, que se conmueven ante el

sufrimiento del pueblo "vejado y abatido" y anhelante de una

existencia mejor. ¡Hay que hacer algo! Y ese algo se concreta

en la Iglesia: "Y llamando a los doce╔".

  Pero es importante tomar conciencia que si la Iglesia es

respuesta al pueblo, es ante todo respuesta de Cristo y, en Cristo,

respuesta de Dios. No es una respuesta que pueda estructurarse, por

muy alta posición jerárquica que se ocupe dentro de

la Iglesia, según el propio arbitrio o según la

propia lógica, sino sólo según el designio y

la lógica de Dios. Muy pronto tuvo que aprenderlo Pedro (ver

Mt 16, 23). Sólo en la continua referencia a Cristo, en el

"permanecer con él", podrá la Iglesia configurarse

como respuesta de Cristo, como respuesta cristiana. Nace como fruto

del amor misericordioso de Cristo, y nace precisamente para hacerse

cauce operativo de ese amor comunicador de vida, que transforma la

existencia de los marginados de la historia. Nace para ser

sacramento de la acción salvífica del Señor,

y eso significa que en ella tiene que hacerse visible -y visible es

lo que se ve- la presencia actuante y liberadora del Dios

encarnado. Eso le exige ser "toda de Cristo", como afirma el

documento de Puebla, pero, como prosigue dicho documento, "con

él, toda servidora de los hombres" (n.294).

                                        Juan Ramón Moreno.







          Zaire, Ruanda, Burundi, pueblos crucificados

    Asesinado Monseñor Munzihirwa, arzobispo de Bukavu

                                

  "El signo de los tiempos es siempre el pueblo crucificado, que

  junta a su permanencia la siempre distinta forma de

  crucifixión. Es el siervo de Yahvé al que le

  siguen arrebatando hasta la vida, sobre todo la vida". Ignacio

  Ellacuría.



  Es necesario volver a recordar este texto, tantas veces citado,

para no olvidarlo. Lo hacemos para recordar en estos días a

su autor, el mártir Ignacio Ellacuría, y lo hacemos

para poner en palabra la tragedia humana, el martirio

anónimo, que está ocurriendo en la región de

los grandes lagos africanos.

  No estamos en situación de analizar las diversas causas

de esta tragedia: tensiones étnicas, actuación de

iglesias y otras instituciones culturales, y, sobre todo, el

reparto, egoísta y esclavizante, que hicieron los europeos.

Pero la conclusión es clara: en 1994, de medio millón

a un millón de personas fueron asesinadas. Y un

número mayor tuvo que buscar refugio en campamentos ubicados

en la frontera con Zaire.

  La tragedia se veía venir, sin que el mundo y sus

potencias se comprometieran a fondo con una solución. Ahora,

desde mediados de octubre, ha estallado la guerra entre Zaire y

Ruanda. Las previsiones, según la agencia EFE, son las

siguientes: "situación más caótica, combates,

saqueos de la ciudades y centenares de miles de refugiados

ruandeses y desplazados zaireños expuestos a morir de hambre

y enfermedades en pocos días". Sadako Ogata, de las Naciones

Unidas, formula el temor de que, comparando la situación

actual con la de 1994, "esta vez la crisis incluso pudiera ser

peor". La guerra podrá encenderse o apagarse, pero lo

más trágico es que ya ha comenzado el éxodo de

un millón de refugiados.

  En este contexto llega también la noticia de que el 29 de

octubre fue asesinado Mons. Christophe Munzihirwa, arzobispo de

Bukavu, ciudad donde está o estaba un inmenso campo de

refugiados. Mons. Munzihitrwa, zaireño de 70 años,

fue provincial de los jesuitas de 1980 a 1986, y ese mismo

año fue consagrado obispo. No pertenecía a ninguna de

las etnias en conflicto, tutsi y hutu, y trató de mediar

entre ambas. En el número del 16 al 30 de septimbre

publicamos una carta suya al embajador de Estados Unidos en el

Zaire en la que le pedía trabajar para hacer posible el

regreso de los refugiados y para tener elecciones libres y

democráticas. Releyendo ahora la carta, se nota

todavía más su tono profético.

  En El Zaire quedan religiosos y religiosas extranjeras

acompañando a la gente en su tragedia. A otros, varias

religiosas, ya se les ha forzado a salir. Muchas se

resistían y se han quedado como sin habla, sólo con

lágrimas: "Bukavu ya no existe. Van a morir centenares y

miles de hombres, mujeres y niños con quienes hemos vivido".

Son el siervo de Yahvé, el pueblo crucificado.



  "Oigan: En Ramá se sienten quejidos y un amargo

  lamento. Es Raquel que llora a sus hijos y no quiere que la

  consuelen, pues ya no están" (Jeremías 31, 15).



  Al terminar este comentario llega la noticia de que han sido

asesinados tres hermanos maristas españoles.





 Mensaje de la Conferencia Episcopal, 30 de octubre (extractos)

          "Amarás a tu projimo como a ti mismo"



  Los obispos de El Salvador nos hemos reunido cuando la angustia

invade la mayoría de los hogares en nuestro país. Las

últimas noticias nos hablan de familias enteras asesinadas

con saña y brutalidad sin par. Por otra parte, el clima e

incertidumbre hace muy difícil la vida de las personas,

pendientes de lo que les puede pasar en su propia casa, en los

caminos, en los autobuses.



El desbordamiento de la violencia



  Una mirada pastoral sobre la realidad de El Salvador nos muestra

un panorama en el que, a primera vista, sobresalen los signos de

muerte: es alarmante el secuestro de jóvenes, algunos de los

cuales aún siguen cautivos. Se habla más y más

del irrespeto que sufre la inocencia de los niños y

niñas, víctimas de abusos sexuales que les marcan

para toda su vida. Proliferan las bandas de jóvenes que

siembran inquietud y zozobra, principalmente en las ciudades. En el

campo, familias humildes son víctimas de la

extorsión, sin que se atrevan muchas veces a denunciar a los

responsables. Los homicidios están a la orden del

día. En una palabra: la violencia se ha desatado con rabia

bestial. Todo esto nos recuerda lo que dijimos en víspera

del segundo viaje del Santo Padre a El Salvador:



  "Los problemas sociales persisten, con dramática

  gravedad, haciendo muy difícil la vivencia cotidiana de

  la paz. Porque no podemos estar en paz cuando la extema pobreza,

  la inseguridad y el desempleo golpean con crueldad a tantos

  hermanos y hermanas en los recodos de los caminos y en las

  calles de la ciudad".



No podemos permanecer indiferentes



  Ante tanta maldad, surgen en el corazón de muchos

compatriotas preguntas angustiosas: ¿Por qué suceden

tales cosas? ¿Qué hace el Gobierno para ponerles coto?

¿Nos tocará resignarnos a soportar, impotentes, una

situación que no parece tener solución?

  En estos interrogantes predomina la inquietud por lo que hacen

los otros, comenzando por las autoridades del país. Pero

muchos se cuestionan también acerca de su propia

responsabilidad: ¿Qué está fallando en la

familia para que tengamos una situación tan grave de

desprecio a la vida humana? ¿Está cumpliendo la escuela

su función de formar integralmente -como apoyo a la familia-

a las nuevas generaciones? ¿Qué cosas se han hecho mal

en el proceso de inserción a la vida de los ex-combatientes

de la fuerza Armada y del FMLN? ¿Qué errores hemos

cometido los cristianos en la obra de evangelización para

que se den hechos que contradicen radicalmente la esencia del

mensaje de Jesús: "Les doy un mandamiento nuevo: que se amen

unos a otros como yo les he amado"? (Jn 13, 34).

  Somos seguidores de Jesús, quien dijo: "He venido para que

tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10). Para servir a

la vida debemos compromenternos todos en la creación de la

"cultura de la vida". Así lo plantea el Papa en el

capítulo final de su bella encíclica. La "cultura de

la vida" es el camino para construir una nueva civilización.

La primera condición para conseguir tan alto ideal es la

recta formación de la conciencia, porque ésta es la

luz interior que ilumina el camino de la vida, "el eco de la voz de

Dios en nuestra alma, en nuestro corazón". A esta tarea de

iluminar las conciencias, debemos dedicarnos en forma prioritaria

los pastores.



Propuestas concretas



  La "cultura de la vida" se construye en primer lugar en la

familia. Por eso pedimos al Gobierno que brinde todo el apoyo

posible a esta célula primigenia de la sociedad. Igualmente

importante es el apoyo a la obra educativa de la escuela, la cual -

junto con la familia- es un lugar privilegiado donde se aprenden

los valores humanos y espirituales que irán desterrando de

las mentes y los corazones, la violencia que lleva a la muerte.

  Añadimos a lo anterior nuestra íntima

convicción de que -según la sugestiva

enseñanza del Papa- el trabajo es la clave de la

cuestión social. Con cada compatriota que dispone de un

trabajo digno y estable se abre una nueva oportunidad a la paz.

Señalamos, finalmente, que la "dicha suprema" de la paz que

"siempre noble soñó El Salvador" sólo

tendrá bases sólidas si se combate a fondo la

corrupción y se mantiene el empeño por una recta

administración de la justicia.





 Mensaje de Paz para la nación, 31 de octubre (extractos)

        Iglesias y comunidades cristianas en El Salvador

                                

Signos del momento actual



  El comportamiento de la sociedad salvadoreña y la conducta

generalizada en todas las relaciones son incosecuentes con la

presencia reconciliadora y restauradora de Dios en nuestra

historia. En la base de esta realidad se encuentra el modelo

económico impulsado por el gobierno que genera un deterioro

ambiental y social a través de una crisis de valores. El

consumismo es promovido como forma de vida, pero sin proporcionar

a la población los medios de trabajo para acceder al consumo

en el mercado, excluyendo de ese modo a las mayorías

empobrecidas y sin empleo del país, desnutridas y

analfabetas, sin vivienda, sin servicios de salud y violentadas

socialmente.

  El ansia de consumismo y lucro generó la pérdida

de nuestra soberanía. El gobierno obedientemente

impulsó los programas del Banco Mundial y del Fondo

Monetario Internacional, creándose políticas macro-

económicas que han desmejorado la calidad de vida del pueblo

y disminuyeron la soberanía del Estado salvadoreño.

El proceso de globalización es negativo para la

economía, la política, la ecología y la

cultura del país. Los efectos son una mayor

concentración del poder y la riqueza del país en

pocas manos y las concesiones a mediado y largo plazo a

compañías transnacionales para que exploten nuestra

fuerza de trabajo. Esto afecta dramáticamente a las

condiciones laborales, principalmente en las zonas francas con

industrias maquiladoras, ya que esto no supone un aporte

significativo de recursos técnicos y financieros para el

desarrollo de El Salvador.

  La degradación ambiental, el control y autoritarismo que

se percibe en los procesos políticos, económicos y

sociales, el deterioro de la planta industrial y de otras fuentes

de trabajo, el consecuente aumento de la pobreza y la creciente

marginación y exclusión de las mayorías del

país, profundizan cada vez más la crisis en nuestro

país generándose corrupción, delincuencia y

otras formas de violencia que no se resolverán con

más violencia como pretenden hacerlo los impulsadores de la

ley, quienes reinstauraron -legalmente- la pena de muerte.



Nuestra palabra de fe y esperanza



  Los miembros del cuerpo de Cristo estamos llamados a ser

servidores de la reconciliación entre los hombres y las

mujeres, entre la sociedad y la naturaleza, entre los agresores y

sus víctimas, entre los adultos y los jóvenes, entre

todos y con todos. Con nuestro testimonio queremos transmitir la

alegría de la resurección de Jesús que

reconcilió todo lo creado venciendo la opresión de la

muerte y rompiendo todas las cadenas que dominan y dividen. Movidos

por el Espíritu que produjo el testimonio de los

mártires de la justicia, manifestamos nuestra

preocupación denunciando el deterioro acelerado de la vida

en nuestro país. La vida, don maravilloso de Dios, no tiene

cabida en nuestra sociedad.

  La violencia, en todas sus formas, sigue siendo el camino y la

manera para resolver los problemas y enfrentar las necesidades de

los grupos y de las personas que con fuerza dominan en todas las

relaciones que se viven en el país. Nadie escucha el llamado

de Dios, pero el evangelio proclama con alegría la vida y la

paz del Reino de Dios y los cristianos comunicamos esa

alegría anuciando el fin de toda volencia, sufrimiento y de

toda muerte y pena (Isaías 65: 17-25; Apocalipsis 21: 21).



Llamado a la libertad y la paz



  Caminando y en oración, fraternalmente llamamos al

gobierno a anteponer los interes generales de la nación por

encima de cualquier otro; a la empresa privada a impulsar el

proceso de desarrollo orientado a construir condiciones de

justicia; a los trabajadores a tener mayor participación y

protagonismo para construir una agenda de nación; a los

partidos políticos a que sus fines electorales no se

conviertan en el eje de su actividad; a las universidades a que

respondan a la necesidad de mayor investigación y

proyección social.

  Con esperanza invitamos a crecer y a desarrollar la

organización de los diferentes movimientos sociales.

Invitamos a todas las Iglesias a que manifestemos un mejor

testimonio de unidad en la fe, y de comprmiso en la

reconciliación y renovación moral de nuestra

sociedad, respondiendo al clamor y necesidades de los más

pobres, excluidos y marginalizados.



Iglesia Episcopal,                   Iglesia Luterana,

Iglesia Reformada,                   Iglesias Bautistas,

y otras instituciones de El Consejo Nacional de Iglesias y de La

Fraternidad Ecuménica por la paz.





    Miembros de pandillas participan en el aniversario de los

mártires



  Estos días han estado en el Centro Monseñor

  Romero de la UCA algunos miembros de pandillas, una joven de

  la "18" y tres varones de la MS. Ellos están intentando

  formar una organización que ayude a los pandilleros a

  encontrar oportunidades de desarrollo personal a través

  de educación y trabajo. Por su cuenta han hecho unos

  botones para conmemorar a los mártires de la UCA. Con

  ellos hemos hablado de la masacre, cómo les ha

  impactado ver las fotos y qué piensan que pueden hacer

  ellos, cómo jóvenes, por el país.



  P/ María, ¿puede usted decirnos por qué ha

venido al Centro Monseñor Romero de la UCA?

  R/ Sí, yo estoy investigando todo lo que fue la ofensiva

de 1989 a la que se le denominó "Febe vive". En esta

ofensiva hubieron hechos criminales. Hubo gente cercana que

sufrió mucho y gente que quizás hasta estos

días se está dando cuenta de cosas que ignoraba, por

ejemplo la muerte de los jesuitas. A estos jesuitas yo sólo

los conocía porque fueron maestros de mi hermano.

Conocía por sus obras a Martín-Baró,

psicólogo, y a Ignacio Ellacuría. Después que

pasó la ofensiva me enteré de que habían

muerto, pero yo nunca pensé que me iba a afectar tanto como

está sucediendo ahora. Entonces decía yo: "bueno

ellos murieron, quizás cayó una bomba, una balacera,

los jesuitas quizás iban en un carro y murieron". Mi familia

sí estuvo mucho tiempo en contacto con ellos, y yo miraba

que mi madre y mis hermanos lloraban y lloraban. Y yo decía

"¿por qué lloran?". Entonces, ellos no me explicaban el

por qué y decían que después lo iba a

entender, y creo que hoy sí lo estoy entendiendo.

  Ahora me he concentrado en la investigación de la muerte

de los jesuitas y he ido a muchas universidades a ver qué es

lo que se sabe. Hoy vine a la UCA y fui al Centro Monseñor

Romero donde se presentan unas fotos que ningún medio de

comunicación ni periódicos las pudo presentar.

Allí se ve cómo los seis jesuitas y las dos muchachas

Elba y Celina quedaron destrozadas. Son fotos que

impactarían a cualquier persona. Una persona que está

en sus cabales, con sentimientos religiosos, con tradiciones

religiosas, se espanta, porque piensa que esto sólo lo pudo

hacer un diablo. Y hoy que he estudiado el caso, incluso como se ha

procesado el caso de los jesuitas, veo que es doloroso saber que

todos los salvadoreños estamos llamados a elegir un

presidente, y es triste que las personas que votamos, en que

confiamos, sean, tal vez si no responsables, sí personas que

aceptan estos hechos de violencia. Por ejemplo se sabe, tal vez no

con hechos concretos, pero sí con algunas averiguaciones,

que en la presidencia de Cristiani ellos aceptaron que se llevara

a cabo la muerte de los jesuitas. Todo porque al pueblo

salvadoreño que estuvo ignorante de todo lo que

sucedía, con el llamado que hacían los jesuitas, le

despertaban la mente, la gente empezaba a darse cuenta de los

hechos violentos que se vivían en el país y que era

un momento de defender los derechos humanos. Entonces ese llamado

no le conviene a ningún gobierno ni a los países

extranjeros que ayudan a este país, porque la

política que ellos ejercen es de matar y dominar el que

tiene dinero, y los pobres están obligados a obedecer, y eso

no les convenía a ellos. Entonces los jesuitas eso

hacían, dar a conocer la verdad, demostrarles que todos

somos capaces de salir adelante.

  ¿Qué reto tiene la juventud? Pues no tener miedo a

nadie. Medir las consecuencias también, porque si no, uno se

va a dejar ir a la primera, pero uno tiene que meditar, pensar

bien, con aquella acción cuánto va a sacar de bueno

y cuánto va a sacar de malo. Por ejemplo, si hoy ya tenemos

la mente despierta y somos libres para hablar, aunque siempre hay

represalias, hay que saber medir las palabras, pero siempre para

sacar beneficio.

                                

                              * * *



  P/ Cuéntenos ¿qué sintió al estar

elaborando esos botones? ¿Conocía ya usted esta masacre

de los PP jesuitas?

  R/ Sí, mi nombre es Chepe, y viví bien de cerca la

masacre de los padres jesuitas ya que yo me encontraba aquí

cuando sucedieron esos hechos. Al saber lo de la masacre, lo que

había sucedido con tales personajes, nos sentimos, yo y mi

familia, todos decaídos porque esas situaciones fueron

demasiados crudas, y más con personas que no son de nuestro

país, pero ayudan al beneficio de nuestro país. Por

eso yo me siento muy contento de haber participado en la

elaboración de los botones. Yo participé en la parte

del diseño gráfico en la computadora. Me sentí

bastante bien, ya que estoy contribuyendo a un aniversario

más de las personas, de los mártires de la UCA y de

El Salvador, y va a quedar que yo participé en eso,

ayudándole a la comunidad también, porque eso es lo

que necesitamos ahorita los jóvenes, y que la gente vea

todas las barbaridades que se están cometiendo. Con estos

botones que nosotros hemos hecho le estamos diciendo a la gente de

que no, de que no se vuelva a repetir situaciones de este tipo.

  P/ Usted tuvo la oportunidad de ver las fotografías de la

masacre que hay en el Centro Monseñor Romero.

¿Qué sintió?

  R/ Sí, tuve la oportunidad de conocer, y al observar las

fotografías y los objetos que pertenecían a los

padres jesuitas sentí como un pequeño rencor, un

pequeño miedo, ya que, me dije, en mi país se han

hecho estas situaciones. Es algo bastante impactante ver la ropa de

ellos, ver fotos, ver situaciones en las que ellos se encontraban

en ese momento.



  P/ Y usted, Isamel, ¿qué recuerda y qué siente

ahora de la masacre?

  R/ Mi experiencia fue un poco cruda. No tuve conocimiento de

ellos porque cuando murieron yo estaba fuera del país

bastante tiempo, pero sí la noticia repercutió mucho

en los ciudadanos salvadoreños residentes en Los Angeles, y

a mucha gente nos dolió. Mi familia sí conoció

a los jesuitas y me contaban varias historias sobre ellos. Entonces

hoy que participamos en la elaboración de los botones, mis

compañeros me relatan muchas cosas sobre ellos. He venido a

la UCA y cada vez que vengo a la UCA he entrado a una iglesia donde

tienen fotos, cómo las personas murieron. Y yo,

sinceramente, siento un gran dolor, porque este país ha

vivido una violencia muy dura. Los años que pasó el

conflicto armado hubieron muchas penas, y así el pueblo

salvadoreño ha tenido que vivir diariamente muchos traumas,

muchas cosas que sucedieron. Me siento orgulloso de haber

participado en la elaboración de los botones, y así

contribuir a un aniversario más de los jesuitas.

  P/ Usted, como joven, está dispuesto a echarle el hombro

a este proceso de paz que se está impulsando acá en

el país?

  R/ Bueno, nosotros no estamos en la paz que nosotros

desaríamos tener. No hay paz en este país, porque

siempre hay contrariedades de ciertos partidos, pero nosotros,

jóvenes, tenemos que hacer la lucha de progresar y

así demostrar a este país que tenemos potencial, y

tenemos la capacidad de demostrarle al mundo que éste es un

país trabajador y que nosotros los jóvenes podemos

proponernos y lograr metas para que este país dé lo

mejor.



  P/ Terminamos con usted, Carlos. Cuéntenos su experiencia

en la elaboración de estos botones.

  R/ Bueno, yo no tenía mucho conocimiento acerca de los

padres, y me dí cuenta por la elaboración de los

botones. Ví las fotografías de ellos allá

abajo y realmente me impactó lo que ví. De ver de que

esa gente cometen esos actos. Al ver estas cosas, el reto que ahora

como joven me tengo que proponer es seguir adelante e influenciar

a los demás para hacer cosas que puedan hacer a nuestro

país progresar, porque aunque la guerra supuestamente ya

terminó, el país ha entrado a otra guerra. Actos

violentos todavía se ven en la televisión, en los

diarios, no ha cambiado. Todavía estamos en guerra y eso es

lo que nosotros como jóvenes tenemos que ayudar a cambiar.

Porque más que todo ahora la juventud es la que está

en guerra y nosotros estamos trabajando en un proyecto para poder

motivar a otros jóvenes, a enseñarles que sí,

que ellos pueden hacer algo bueno por ellos mismos, con ayuda de

otra gente, pero más que todo con ellos mismos.



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