Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


"Ya nunca más esclavos, sino hermanos"

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA
06/01/2015
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El mensaje del papa Francisco a propósito de la Jornada Mundial de la Paz 2015 es utópico y profético, en el mejor sentido de ambos términos. Por un lado, nos recuerda el proyecto o sueño que Dios tiene sobre la humanidad: el “deseo de una vida plena forma parte de un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer”. Y a renglón seguido nos conecta con la tradición bíblica que nos habla del origen de la familia humana: “En el libro del Génesis, leemos que Dios creó al hombre, varón y hembra, y los bendijo, para que crecieran y se multiplicaran (cf. 1, 27-28). Hizo que Adán y Eva fueran padres, los cuales, cumpliendo la bendición de Dios de ser fecundos y multiplicarse, concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios”.

Ahora bien, el proyecto de Dios que es don y tarea, responsabilidad y gratuidad, se enfrenta con la realidad negativa del pecado. Realidad que, a juicio del papa, muchas veces interrumpe la fraternidad creatural y deforma continuamente la belleza y nobleza de ser hermanos y hermanas de la misma familia humana. Caín, además de no soportar a su hermano Abel, lo mata por envidia cometiendo el primer fratricidio. “El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4, 1-16) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres y mujeres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros”. En la historia de los orígenes de la familia humana, enfatiza Francisco, el pecado de la separación de Dios, de la figura del padre y del hermano, se convierte en una expresión del rechazo de la comunión, traduciéndose en cultura de la esclavitud (cf. Gn 9, 25-27), con las consecuencias que esto conlleva y que se perpetúan de generación en generación: rechazo del otro, maltrato de las personas, violación de la dignidad y los derechos fundamentales, institucionalización de la desigualdad.

Y con fuerza profética el papa denuncia la condición en la que se encuentran en el mundo de hoy, “tantos trabajadores y trabajadoras, incluso menores, oprimidos de manera formal o informal en todos los sectores, desde el trabajo doméstico al de la agricultura, de la industria manufacturera a la minería, tanto en los países donde la legislación laboral no cumple con las mínimas normas y estándares internacionales, como, aunque de manera ilegal, en aquellos cuya legislación protege a los trabajadores”. Asimismo, señala “las condiciones de vida de muchos emigrantes que, en su dramático viaje, sufren el hambre, se ven privados de la libertad, despojados de sus bienes o de los que se abusa física y sexualmente”. Habla también de las personas obligadas a ejercer la prostitución, entre las que hay muchos menores, y servir como esclavos y esclavas sexuales; de las mujeres obligadas a casarse, aquellas que son vendidas con vistas al matrimonio o las entregadas en sucesión a un familiar después de la muerte de su marido, sin tener el derecho de dar o no su consentimiento. Señala que no puede dejar de pensar en los niños y adultos que son víctimas del tráfico y comercialización para la extracción de órganos, para ser reclutados como soldados, para la mendicidad, para actividades ilegales como la producción o venta de drogas, o para formas encubiertas de adopción internacional.

Según el papa, hoy como ayer, en la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción de la persona humana que admite que pueda ser tratada como un objeto. Explica que cuando el pecado corrompe el corazón humano y lo aleja de su Creador y de sus semejantes, estos ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos. La persona, creada a imagen y semejanza de Dios, queda privada de la libertad, mercantilizada, reducida a ser propiedad de otro mediante la fuerza, el engaño o la constricción física o psicológica; es tratada como un medio y no como un fin. El carácter utópico y profético de su mensaje se completa con el llamado al compromiso para derrotar las esclavitudes modernas. Aquí el desafío es para los Estados, las organizaciones intergubernamentales, las empresas y la sociedad civil. El obispo de Roma exhorta a cada uno, según su puesto y responsabilidades, a realizar gestos de fraternidad con los que se encuentran en un estado de sometimiento. Exhorta a peguntarse, tanto comunitaria como personalmente, cómo nos sentimos interpelados cuando encontramos o tratamos en la vida cotidiana con víctimas de la trata de personas o cuando tenemos que elegir productos que podrían haber sido fabricados mediante la explotación de otras personas.

Finalmente, el papa reconoce que la lucha contra las formas de esclavitud moderna sobrepasa las competencias de una sola comunidad o nación. Para derrotarla se necesita una movilización de una dimensión comparable a la del mismo fenómeno. Por esta razón, hace un llamamiento urgente a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y a todos los que, de lejos o de cerca, incluso en los más altos niveles de las instituciones, son testigos del flagelo de la esclavitud contemporánea, para que no sean cómplices de este mal, para que no aparten los ojos del sufrimiento de sus hermanos y hermanas en humanidad, privados de libertad y dignidad, sino que tengan el valor de tocar la carne sufriente de Cristo, que se hace visible a través de los numerosos rostros de los que él mismo llama “mis hermanos más pequeños” (Mt 25, 40.45). De ahí que, ante la predominante globalización de la indiferencia, nos pide que seamos artífices de una globalización de la solidaridad y de la fraternidad, que dé esperanza y haga reanudar con ánimo el camino de la construcción de la nueva humanidad. El mensaje del papa, pues, está claro: la paz exige que ya nunca más haya esclavos, sino hermanos.


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