Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


Construir sobre símbolos de vida, no de muerte

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA
09/12/2014
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Una de las noticias que ha causado estupor en los últimos días es la decisión del alcalde capitalino, Norman Quijano, de cambiar el nombre a la calle San Antonio Abad por el del fundador del partido Arena, Roberto D’Aubuisson. El asombro deriva del carácter simbólico que tiene el asunto. El buen sentido aconseja que cuando se escoge un nombre para una institución, organización, calle, etc., se busque uno que represente un valor, un modelo a imitar, un ideal humano para la vida pública. Es decir, nombres de personas que con la fuerza del ejemplo han llegado a ser fuente de vida y de comportamiento ético para la colectividad.

Si hablamos de san Antonio Abad, aunque es distante en el tiempo (nació en el año 250) y en el espacio (Egipto), su memoria ha perdurado y se ha universalizado por ser un testigo fiel de Jesús de Nazaret. De Antonio se sabe que al morir sus padres distribuyó sus bienes entre los pobres, siguiendo a la letra el consejo de Jesús: “Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dalo a los pobres”, y luego se retiró al desierto, donde comenzó a llevar una vida de penitencia. El ejemplo de su extraordinaria vida espiritual se conoció rápidamente, hasta el punto que desde todo Oriente acudían a él monjes, peregrinos, sacerdotes, obispos, enfermos y necesitados en busca de consejo o ayuda.

¿Qué es lo que atraía de san Antonio Abad? Sin duda, su solidaridad con los pobres y con los cristianos perseguidos. Atraía su austeridad, su penitencia y, sobre todo, su capacidad de compartir con los demás los dones con que Dios lo había favorecido. Fue un testigo de la fraternidad efectiva. Esta es la memoria que estuvo presente cuando los habitantes y autoridades religiosas de nuestro país designaron a un pequeño pueblo y sus calles aledañas con el nombre de san Antonio Abad.

Sin embargo, el espíritu que orientó esa denominación se ve hoy amenazado por motivos oscuros, al querer renombrar una calle principal para homenajear a Roberto D’Aubuisson, líder histórico del partido Arena, cuya trayectoria está estrechamente vinculada a las actividades criminales de los escuadrones de la muerte de las décadas de los setenta y los ochenta, que causaron la pérdida de muchas vidas, entre ellas la de monseñor Óscar Romero. En este caso, la investigación de la Comisión de la Verdad —avalada por las Naciones Unidas— concluyó que D’Aubuisson giró instrucciones precisas a miembros de su equipo de seguridad, actuando como escuadrón de la muerte, de organizar y supervisar la ejecución del asesinato. Poco tiempo después, acusó a la guerrilla de haber cometido el crimen. Una forma de encubrimiento similar a la que se usó en la masacre en la UCA.

No estamos hablando, pues, de una persona que sea fuente de moralidad o digna de imitar, sino de alguien que utilizando estructuras estatales llegó a convertirse en fuente de terror y de violaciones continuas a los derechos humanos de los que él consideraba sus enemigos políticos. Su nombre evoca temor, muerte y sufrimiento provocados de manera cruel e injusta. Sus apariciones en los medios de comunicación, amenazando, denigrando y haciendo juicios sumarios sobre personas que después eran desaparecidas o asesinadas, están registradas en la historia reciente salvadoreña.

Son comprensibles, entonces, las reacciones de repudio que ha causado en una buena parte de la población semejante despropósito del alcalde arenero. El arzobispo José Luis Escobar también ha manifestado su descontento señalando que la decisión municipal atenta contra la fe católica, la idiosincrasia del pueblo y los valores asociados a la cultura democrática. En ese mismo sentido, varias voces se han pronunciado argumentando que la sociedad salvadoreña necesita no ensalzar a los victimarios, sino dignificar a las víctimas. Y han recordado que la población de San Antonio Abad tiene sus propios referentes de ejemplaridad: el sacerdote Octavio Ortiz y los catequistas Ángel Morales, David Caballero, Jorge Gómez y Roberto Orellana. Todos ellos víctimas del terrorismo de Estado, asesinados por los cuerpos policiales de antaño cuando participaban en un curso de formación cristiana en la casa de retiros El Despertar.

Si se quisiera revindicar a las víctimas y refundar la sociedad salvadoreña desde la verdad, la justicia y la reconciliación, bien podría promoverse una nueva denominación de calles, avenidas, instituciones y plazas públicas con los nombres de tantos hombres y mujeres que generosamente ofrendaron sus vidas en la búsqueda de una sociedad realmente libre, justa y fraterna. Monseñor Romero decía que el mayor tesoro del padre Ortiz era su capacidad de amar y de servir con humildad. Y agregaba: “El gran mensaje de Octavio y los jovencitos muertos con él fue que este mundo pasa y solo queda la alegría de haberlo usado para implantar allí el Reino de Dios”. Ellos se convirtieron en modelos de referencia para la consecución de la vida plena. Y es esto justamente lo que debemos buscar en el afán por refundar nuestra sociedad.

En un contexto donde predominan las conductas violentas, donde se desprecia la vida y no terminamos de tomar en serio la necesidad de un proyecto común de nación, se requiere, entre otras cosas, exaltar las figuras que han predicado con el ejemplo ideales de justicia, paz y cordialidad. Hacer homenaje a los que han hecho lo contrario es eludir lo que exige la realidad salvadoreña; esto es, seguir el camino que valora y da prioridad a las personas (especialmente, a los pobres y vulnerables), el camino que favorece la justicia para que haya paz social, que asume el desarrollo no solo en su dimensión social y económica, sino también en los valores que se cultivan y transpiran. Una sociedad desarrollada debería ser una sociedad ética, que aprecia la vida de personas que se caracterizaron por su talante de paz, honradez, concordia, sensatez y buen juicio. Sustituir un buen ejemplo por uno malo es un atraso y una pérdida del quicio. Bueno es que se corrijan los errores, aunque sean crasos. Eso siempre y cuando se mantenga la disposición a oír la voz de la razón y se tenga la capacidad para discernir entre el bien y el mal.


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Comentarios

alguien que quiere lo mejor para la uca
10/12/2014 08:42:42 PM




1
¿Porqué no hubo oposición en las 2 ocasiones (Mons Romero y los mártires del a uca), porqué los crímenes se cometieron de forma tan impune? "Porque no tenemos lucha contra seres de carne y hueso si no contra los principados y potestades en las regiones celestes" Biblia.



edgar
10/12/2014 01:42:40 PM



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0
el dia de la inauguracion ( si se da ) todos a boicotearla



Tesa De López
09/12/2014 02:42:32 PM



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Adonde se puede presentar una petición formal para que retiren el nombre de ese personajillo? aunque el Sr. Norman Quijano, ya advirtió que volvera a "renombrar" la calle, que tal eso? habrase visto semejante actitud de prepotencia! lejos del dialogo y la tolerencia. Volviendo al punto inicial, Adonde puedo presentar un escrito formal peticionando que no se nombre ni se renombre a esa calle de manera tan nefasta??




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