Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


Volver a Galilea

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA
22/04/2014
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“En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ‘Alégrense’. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: ‘No tengan miedo: vayan a comunicar a mis hermanos que se dirijan a Galilea; allí me verán’” (Mt 28, 8-9). Este texto nos recuerda que las mujeres que acompañaron a Jesús hasta la tumba (María, entre ellas) fueron las primeras testigos de la Resurrección. Un hecho incómodo para aquella cultura, en la que la mujer estaba descalificada como testigo. Alegrarse, no tener miedo e ir a Galilea son los tres mensajes que reciben. Ahora bien, ¿a qué viene ese mandato de ir a Galilea? ¿Cuál es su significado?

El teólogo José Antonio Pagola, en su libro Jesús. Aproximación histórica, nos presenta algunas consideraciones. En primer lugar, sostiene que el relato del sepulcro vacío, tal como está recogido al final de los escritos evangélicos, encierra un mensaje de gran importancia: es un error buscar al Crucificado en un sepulcro; no está ahí, pues no pertenece al mundo de los muertos. Es una equivocación rendirle homenaje, admiración y reconocimiento por su pasado. Ha resucitado y sigue animando y guiando a sus seguidores.

En segundo lugar, destaca el carácter simbólico de la expresión. Hay que volver a Galilea para seguir sus pasos: hay que vivir curando a los que sufren, acogiendo a los excluidos, perdonando a los pecadores, defendiendo a las mujeres y bendiciendo a los niños; hay que hacer comidas abiertas a todos y entrar a las casas anunciando la paz; hay que contar parábolas sobre la bondad de Dios y denunciar toda religión que vaya contra la felicidad de las personas; hay que seguir anunciado que el Reino de Dios está cerca. Con Jesús, es posible un mundo diferente, más amable, digno y justo. Hay esperanza para todos; Él irá adelante. Allí lo verán. En suma, Galilea es más que un espacio geográfico, tiene un sentido simbólico: es el lugar del seguimiento a Jesús, el punto de partida de la misión de la Iglesia a todos los pueblos, el lugar de la manifestación gloriosa del Hijo de Dios.

En tercer lugar, Pagola nos habla de un fenómeno singular que transforma de raíz la adhesión de los discípulos. Ellos reavivarán lo que experimentaron junto a Jesús por los caminos de Galilea, pero esta vez a la luz de la Resurrección. Impulsados por su fe en el Resucitado, empiezan a recordar sus palabras, pero no como si fueran el testamento de un maestro muerto, que pertenece al pasado, sino como palabras de alguien que está “vivo” y sigue hablando con la fuerza de su Espíritu. Nacen así los Evangelios. Estos escritos no recopilan los dichos pronunciados en otro tiempo por un rabino famoso, sino el mensaje de alguien resucitado por Dios, que comunica su espíritu y su vida a quienes lo siguen.

Por otra parte, y siempre a propósito del texto citado, el papa Francisco, en su homilía de la vigilia pascual, explicó que “volver a Galilea” quiere decir releer todo a partir de la cruz y de la victoria de Jesús. Es decir, releer la predicación, los milagros, la nueva comunidad, los entusiasmos y las defecciones, hasta la traición, a partir del final; un final que es inicio de una vida totalmente disponible a Dios, la de Jesús resucitado. Añadió que “no se trata de volver atrás, no es una nostalgia, sino volver al primer amor para recibir el fuego que Jesús ha encendido en el mundo, y llevarlo a todos, a todos los extremos de la Tierra”.

En su mensaje Urbi et orbi, el papa dijo que en Jesús resucitado el amor vence al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte. Y desde esa certeza hizo, entre otras, las siguientes peticiones:

Ayúdanos a derrotar el flagelo del hambre, agravada por los conflictos y los inmensos derroches de los que a menudo somos cómplices. Haznos disponibles para proteger a los indefensos, especialmente a los niños, a las mujeres y a los ancianos, a veces sometidos a la explotación y al abandono. Haz que podamos curar a los hermanos afectados por la epidemia de Ébola en Guinea Conakry, Sierra Leona y Liberia, y aquellos que padecen tantas otras enfermedades, que también se difunden a causa de la incuria y de la extrema pobreza. Consuela a todos lo que hoy no pueden celebrar la Pascua con sus seres queridos, por haber sido injustamente arrancados de su afecto, como tantas personas, sacerdotes y laicos, secuestradas en diferentes partes del mundo. Conforta a quienes han dejado su propia tierra para emigrar a lugares donde poder esperar un futuro mejor, vivir con dignidad y, muchas veces, profesar libremente su fe. Te rogamos, Jesús glorioso, que cesen todas las guerras, toda hostilidad pequeña o grande, antigua o reciente.

En definitiva, el anuncio de la buena nueva de la Resurrección no es la transmisión de una doctrina ni la imposición de una moral, sino el convencimiento de que algo nuevo y decisivo se ha producido. Para los primeros cristianos, creer en la Resurrección significaba ir a Galilea y regresar a Jerusalén, reunir a la comunidad y compartir las experiencias, sin miedo a los judíos ni a los romanos (Lc 24, 33.35). Significaba recibir la fuerza del Espíritu Santo, abrir las puertas, anunciar la buena noticia a la multitud (Hch 2, 4); y tener la valentía de decir: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). Proclamar y ser testigo de la resurrección de Jesús significaba creer que Dios es capaz de sacar vida de la misma muerte (Hb 11, 9); creer que el mismo poder que Dios usó para resucitar a Jesús será usado también en sus seguidores y seguidoras, por medio de la fe (Ef 1, 19-23). La tradición apostólica lo resume de la siguiente manera: “La muerte no ha podido con Jesús; el Crucificado está vivo. Dios lo ha resucitado”.


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