Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


Profeta

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA
15/04/2014
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“¿Quién dice la gente que soy yo?”. Los tres primeros Evangelios recogen esta pregunta dirigida por Jesús a sus discípulos. Ellos se pusieron a pensar y fueron respondiendo, uno tras otro, diciendo lo que habían oído al pueblo: “Algunos dicen que eres Juan Bautista; otros que Elías; otros afirman que eres alguno de los profetas”. En definitiva, para la mayoría de hombres y mujeres de la época, Jesús no parecía ser un sacerdote, un maestro de la ley, un escriba, sino un verdadero profeta. Ahora bien, ¿qué significaba para la fe de Israel la persona y el mensaje proféticos?

A veces se piensa que un profeta es una persona que adivina el futuro, una especie de mago o clarividente. Pero desde la tradición de los profetas de Israel, se plantea una visión muy distinta. En ellos, lo más típico no es que vean el futuro, sino que, en nombre de la experiencia de fe, interpreten el presente de la realidad que vive el pueblo; y en nombre de la misma experiencia de la fidelidad de Dios, se atrevan a anunciar esperanza para el futuro.

José Luis Sicre, experto en el Antiguo Testamento, señala, entre otros, tres rasgos esenciales de los profetas de Israel: son personas inspiradas, públicas y amenazadas. Veamos.

El profeta habla en nombre de Dios. Cuando el profeta habla, suele comenzar con estas palabras: “Así dice Yahvé”, “Oíd la palabra de Yahvé”, “Dice el Señor”. Esta recurrencia indica que el principal rasgo de un profeta es que habla en nombre de Dios. Es decir, es una persona inspirada. Es el portavoz y la boca de Dios. Monseñor Romero decía que los profetas son “micrófonos de Dios”. Más que poseer la palabra divina, el profeta es poseído por ella, que es como un fuego que quema por dentro (Jer 20, 9). El profeta es llamado por Dios para cumplir una misión. Por tanto, en el profetismo, la iniciativa siempre parte de Dios, es Él quien llama y envía. Dios llama a campesinos como Miqueas, pequeños propietarios como Amós, mujeres como Débora, hijos de sacerdotes como Jeremías o personas que conocen el poder como Isaías. Cuando los profetas son llamados por Dios, la primera reacción es negativa; nadie quiere ser profeta porque sabe que es una vocación arriesgada, peligrosa.

El profeta habla en nombre del pueblo. El profeta tiene experiencia de Dios y de la realidad. Por un lado, tiene una fe profunda en el Dios que sacó al pueblo de la esclavitud en Egipto y selló una alianza para instaurar su justicia y fraternidad. Por otro, es un gran conocedor de la historia y de la realidad de su pueblo. Es una persona pública, vive inmerso en la realidad, conoce las angustias y esperanzas de las personas y las colectividades. Tiene puestos los pies en la tierra y el corazón en Dios. Su palabra nace de la experiencia de Dios y del contacto con la realidad que vive el pueblo. En nombre de Dios, denuncia y llama a la conversión a los poderosos que oprimen a los pobres; y comunica consuelo y esperanza al pueblo atribulado.

El profeta es una persona amenazada, es perseguido. El ejemplo más claro de esto en el Antiguo Testamento es Jeremías: fue acusado de ser un traidor a la patria —señalado como el “profeta del terror”—, lo torturaron, lo encarcelaron (Jer 37, 11-16) y finalmente lo mataron. Pero el profeta no solo vive en conflicto con los poderosos, sino consigo mismo. A veces siente que la carga es muy pesada, vive momentos de crisis y abandono, desearía no haber nacido ni haber sido elegido. Jeremías, de nuevo, es un buen ejemplo de ello (Jer 20, 7-18).

Conocida esta fuerte tradición, el modo de ser de Jesús, según la opinión de la gente de su época, encajaba perfectamente con el de los profetas. Jon Sobrino explica, en este sentido, que Jesús no solo anuncia el Reino y proclama a un Dios Padre, sino que denuncia el antirreino y desenmascara a los ídolos. Con ello, va a las raíces de una sociedad oprimida bajo todo tipo de poder: económico, político, ideológico y religioso. No se limita a denunciar al Maligno (realidad genérica), sino a sus responsables concretos (realidad histórica) En esta práctica, Jesús aparece en la línea del profeta clásico de Israel, la de Amós, Isaías y Jeremías, entre otros.

Sobrino también comenta que la actividad profética de Jesús se hace presente en las controversias, en los desenmascaramientos y en las denuncias. En esos contextos, Jesús se dirige a las colectividades. Denuncia, en plural, a los escribas, a los fariseos, a los ricos, a los sacerdotes, a los gobernantes, no solo a los individuos. Todos ellos tienen en común que representan y ejercen algún tipo de poder que configura la sociedad. Se dirige a ellos para que cambien como grupos y así se transforme la sociedad. Jesús desenmascara la riqueza, entendida como insultante abundancia que contrasta con la inhumana pobreza de otros (Lc 16, 19-31). También entra en contradicción con los escribas y fariseos, porque usaban su influjo intelectual e ideológico no para acercar el pueblo a Dios, sino para oprimirlo.

En estos días en los que recordamos la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús, no debemos perder de vista esta dimensión fundamental: su actividad profética. No hacerlo nos aleja del Jesús real. Hoy necesitamos conocerlo de manera más vital (no solo cúltica), comprender mejor su proyecto y dejarnos afectar por su pasión por Dios y por su compasión hacia el ser humano. Por eso, al hacer memoria del difícil itinerario de Jesús, hay que tener presentes algunos de los rasgos relevantes de su actuación que explican, desde un punto de vista histórico, las causas de su martirio.

El teólogo José Ignacio González Faus enuncia los siguientes: Jesús comunicó y anunció el Reino de Dios que llega (como una Buena Noticia); compartió mesa, intereses y sentimientos con los excluidos de su sociedad; amparó y curó (entendiendo estas acciones como señales de la llegada del Reino); llamó a algunas gentes sencillas para que le siguieran en el estilo de vida que emprendía (construyó con ellos una especie de comunidad “alternativa”, que no se regía por los criterios sociales de la época); entró en conflicto con la teología oficial de su tiempo (en temas como el descanso del sábado, el valor de la ley, el significado del templo, etc.); desató la necesidad de quitarlo de en medio violentamente (su proyecto resultó ser una amenaza para los poderes establecidos); y cuando vio venir el final, apostó por la esperanza hasta tal punto que decidió celebrar una cena con los suyos. En esta, compartió el pan y pasó una copa de vino, dando a entender que en ese gesto de la necesidad compartida y de la alegría comunicada se resumía su vida, y que en adelante así se haría presente ante sus seguidores.

Añadamos, finalmente, que esa reunión fraterna fue el contexto de su exhortación principal —la última— a sus discípulos: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos: en que se aman unos a otros”. El amor que se inspira o se arraiga en el de Jesús es el que posibilita un nuevo tiempo y una nueva humanidad.


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