Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


El papa ante las estructuras que matan

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA
03/12/2013
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En la primera exhortación apostólica del papa Fracisco, Evangelli gaudium (La alegría del Evangelio), se plantea —entre otros desafíos fundamentales— la necesidad y urgencia de que todas las comunidades asuman una “siempre vigilante capacidad de estudiar los signos de los tiempos”. Se trata, según el papa, de una responsabilidad grave, ya que algunas realidades del presente, si no son bien resueltas, pueden desencadenar procesos de deshumanización difíciles de revertir más adelante. Es preciso, por tanto, “esclarecer aque­llo que pueda ser un fruto del Reino y también aquello que atenta contra el proyecto de Dios” (n. 51). Para la Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II, los “signos de los tiempos” se definen como aquellos grandes hechos, acontecimientos y actitudes o relaciones que caracterizan a una época. Revelan, además, tanto las causas y los efectos de los eventos como las esperanzas y preocupaciones de hombres y mujeres de una etapa histórica determinada.

Entre los signos de estos tiempos, el papa señala tres hechos de carácter estructural que deben ser motivo de preocupación e interpelación para personas y pueblos. En primer lugar, la precariedad de vida de las mayorías. Sobre este aspecto explica que “la humanidad vive en este momento un giro histórico, que podemos ver en los adelantos que se producen en diversos campos. Son de ala­bar los avances que contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación”. Sin embargo, añade, “no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias fu­nestas. Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad” (n. 52).

En segundo lugar, el predominio de una economía que mata. Para el papa, “así como el mandamiento de no matar pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad’”. No puede ser, agrega, “que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del jue­go de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida” (n. 53).

Finalmente, el tercer hecho denunciado por Francisco es el de la violencia. Señala que “se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres, pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agre­sión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión”. Añade que “cuando la sociedad —local, nacional o mun­dial— abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reac­ción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz” (n. 59).

Ahora bien, ¿cuáles son las causas de estos hechos? La exhortación explica al menos tres: la idolatría del dinero, la absolutización del mercado, y el desprecio y rechazo a la ética. Para el obispo de Roma, “una de las causas de esta situación se en­cuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras socieda­des. La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adora­ción del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32, 1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verda­deramente humano” (n. 55).

Este totalitarismo del capital, según la exhortación, está directamente vinculado con los mecanismos y absolutización del mercado. El documento lo expresa críticamente en los siguientes términos: “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Es­tados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces vir­tual, que impone, de forma unilateral e implaca­ble, sus leyes y sus reglas” (n. 56).

Otra causa de fondo explicada en el documento está relacionada con la falta de una ética social que posibilite una buena economía y una buena política. En el mundo actual, afirma el papa, “la ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la degradación de la persona” (n. 57). En definitiva, “la ética lleva a un Dios que espera una respuesta com­prometida que está fuera de las categorías del mercado”.

Pero los signos de los tiempos no tienen que ver solo con lo que atenta contra la vida y deshumaniza, sino también con las presencias salvíficas y humanizadoras, que asumen los males del mundo como desafíos a ser superados (n. 84). En este sentido, Francisco habla de una presencia de Dios que acompaña en la historia y en la vida cotidiana, promoviendo la solida­ridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia. Esa presencia “no debe ser fabricada, sino descubierta, develada. Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero, aunque lo hagan a tientas, de manera imprecisa y difusa” (n. 71).

Y recuerda que el Evangelio “nos invita siempre a correr el riesgo del encuen­tro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo”. En fin, para el papa Francisco, un signo de los tiempos decisivo para los seres humanos es que “el Hijo de Dios, en su encarnación, nos invita a la revolución de la ternura” (n. 88). Despertar a la realidad, comprometernos con sus desafíos y vivir como hombres y mujeres de esperanza (siguiendo el camino de la plena humanización) son algunos de los mensajes centrales de esta exhortación.


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