Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


"Dios está en medio de nosotros"

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA
12/03/2013
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La conmemoración del trigésimo tercer aniversario del martirio de monseñor Óscar Romero tiene como lema e idea fuerza “Dios está en medio de nosotros”. La frase está tomada de su homilía del 16 de diciembre de 1979, en un contexto socio-político donde las mayorías pobres de El Salvador eran oprimidas y reprimidas cotidianamente. Desde ese dramático entorno, monseñor sostuvo que “ningún cristiano debe sentirse solo en su caminar, ninguna familia debe sentirse desamparada, ningún pueblo debe ser pesimista, aun en medio de las crisis que parecen insolubles. (…) Dios está presente, no duerme, está activo, observa, ayuda, y a su tiempo actúa oportunamente”.

Esta convicción de monseñor Romero tiene como fundamento bíblico la experiencia de fe del pueblo israelita. En lo que podríamos llamar su credo histórico, se lee: “Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron dura servidumbre. Clamamos entonces a Yahvé, Dios de nuestros padres, y Yahvé escuchó nuestra voz; vio nuestra miseria, nuestras penalidades y nuestra opresión, y Yahvé nos sacó de Egipto” (Deut 26, 5-9). Según este relato, el Dios de Israel es al que el ser humano invoca cuando se ve perdido y abatido, y este Dios oye su lamento y viene a ayudarlo. Es el Dios de personas, no de cosas, que actúa por amor compasivo hacia los que llama “su pueblo”. Conoce bien los sufrimientos de los suyos, oye sus clamores y no permanece indiferente, porque el sufrimiento de los desvalidos conmueve su corazón. Se trata, por tanto, de un Dios cercano y solidario.

Por otra parte, la misma autodefinición de Dios en el Antiguo Testamento, “Yo soy el que soy”, es decir, un Dios presente y actuante, pone de manifiesto una relación activa de Dios con las personas, los pueblos y la historia. En consecuencia, Dios se define en relación a los seres humanos, revelando sus intenciones y el designio que tiene sobre ellos. Monseñor Romero vinculó este modo de ser de Dios a la propia historia salvadoreña y a su experiencia de fe. Buscó discernir cómo está presente Dios en medio de nosotros. Algunas de sus respuestas vitales fueron las siguientes.

Dios está en el que sufre. Para monseñor Romero, hay un criterio para saber si Dios está cerca o lejos de nosotros: “Todo aquel que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre, del desaparecido, del torturado, del prisionero, de toda esa carne que sufre, tiene cerca a Dios”. Monseñor nos desafía a contemplar los rostros de quienes sufren, y a mantener muy ligadas la cercanía a Dios y la cercanía al pobre. En el Documento de Aparecida se responde en cierto modo a ese desafío cuando se habla de la necesidad de volver nuestra mirada hacia los pobres, desempleados, migrantes, desplazados, campesinos sin tierra, personas que sobreviven en la economía informal. Hacia las mujeres que son excluidas por razón de su sexo, raza o situación socioeconómica. Hacia muchos jóvenes que reciben una educación de baja calidad y que no tienen oportunidades de progresar en sus estudios ni entrar en el mercado de trabajo. Esa cercanía es condición básica para desarrollar una lucha por la justicia, la solidaridad y el respeto a los derechos humanos.

Dios está en la liberación cósmica. Para monseñor Romero, a nivel ecológico, la nota dominante del mundo actual es el descuido, la inequidad y el derroche de los recursos. En principio, uno podría pensar que el tema es ajeno a él, porque en su contexto de represión y opresión muy poco se hablaba de la problemática ecológica. Los desafíos medioambientales no estaban en la agenda predominante de la política, la religión o los medios de comunicación social, al menos en el país. El mayor drama se concentraba en la vida humana amenazada por la pobreza y por la violencia represiva o reactiva. En ese contexto, monseñor Romero sostenía que “nada le importaba tanto como la vida humana” (16 de marzo de 1980); y más concretamente, la vida del pobre: “La mayor gloria de Dios es que el pobre viva”. Pero en ese mismo espíritu de preocupación por la vida, mostró también especial interés por lo que llamó “el gran problema ecológico”, que se pone de manifiesto en el “empobrecimiento y muerte de nuestra naturaleza”, y que le exige al ser humano respeto y protección de esta (11 de marzo de 1979).

El enfoque teológico pastoral que hace monseñor Romero plantea, desde el concepto bíblico de la Alianza, que la Iglesia busca no solo salvar al ser humano de un peligro, de un estado de sufrimiento, de una injusticia, sino también ponerlo en un nuevo tipo de relación —de cordialidad y hospitalidad— con Dios, consigo mismo, con los otros y con la naturaleza. En una de sus homilías habló en los siguientes términos: “La liberación que la Iglesia espera es una liberación cósmica. La Iglesia siente que es toda la naturaleza la que está gimiendo bajo el peso del pecado. ¡Qué hermosos cafetales, qué bellos cañales, qué lindas algodoneras, qué fincas, qué tierras las que Dios nos ha dado! ¡Qué naturaleza más bella! Pero cuando la vemos gemir bajo la opresión, bajo la iniquidad, bajo la injusticia, bajo el atropello, entonces duele a la Iglesia y espera una liberación”. Monseñor Romero, entonces, no desligó el problema ecológico del problema de la injusticia social. Desde su perspectiva, el cuidado de los pobres y el cuidado de la tierra forman parte del modo de ser de Dios; modo que también hemos de imitar los seres humanos.

Dios está donde hay esperanza. La esperanza cristiana es promesa, quehacer y espera. Así la entendió monseñor Romero. Promesa, en tanto que “el pueblo cristiano camina animado por una esperanza hacia el Reino de Dios”. Quehacer, porque “la esperanza despierta el anhelo de colaborar con Dios, con la seguridad de que si yo pongo de mi parte, Dios hará la suya y salvaremos al país”. Y espera, pues “las horas de Dios también hay que observarlas, hay que esperar cuando pasa el Señor para colaborar con él”. Por tanto, para monseñor, el contenido de la esperanza está vinculado a condiciones bien concretas que hay que alcanzar: la vida digna para las mayorías, el respeto de los derechos humanos y el cuidado responsable de la naturaleza.

En suma, el martirio y legado de monseñor Romero se constituyen en voz que descubre la presencia de Dios en medio de nosotros, siendo principio de esperanza, de interpelación, y estímulo para la liberación de lo que nos deshumaniza. Presencia que es garantía de una “tierra nueva”, donde reine la justicia, el amor, y se encuentre la alegría negada por los poderosos que se esfuerzan en eternizar el orden egocéntrico y excluyente.


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