Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


La gran alegría para todo el pueblo

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA
04/12/2012
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En la época navideña se asocia la alegría a fiestas y ofertas. Luces de múltiples colores, espectáculos pirotécnicos, árboles de Navidad, el marketing empresarial con las noches y días de compras donde se muestran cientos de productos a precios aparentemente bajos, el consumo sin freno, cenas, regalos, etc. anuncian la fecha. Pero ese tipo de alegría y celebraciones no solo suelen estar muy lejos del motivo primordial que revela el acontecimiento de la Navidad, sino que muchas veces lo ocultan, a tal grado que podemos olvidar o ignorar el sentido hondo de estas fiestas. Esto pasa con frecuencia y no parece que estemos haciendo algo significativo para revertirlo.

En este tema, como en otros sustanciales a la fe cristiana, se hace necesario volver a las fuentes. En el Evangelio de Lucas se habla de un mensajero de Dios (un ángel) que proclama la razón central de esta celebración. Bueno es recordarla con fuerza y pasión: “No tengan miedo, pues yo vengo a comunicarles una buena noticia, que será motivo de mucha alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, el Mesías, el Señor. Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 10-12).

El teólogo José Antonio Pagola, al comentar este pasaje bíblico, hace, al menos, tres consideraciones fundamentales. Primero, sostiene que en él se relata un acontecimiento popular (una alegría para todo el pueblo). Son unos pastores pobres, considerados en la sociedad judía como gente poco honrada, marginados por muchos como pecadores, los únicos que están despiertos para escuchar la noticia. Segundo, la buena nueva, causa de gran alegría, es que Dios ha entrado en nuestra vida; con Él podemos caminar hacia la superación de todo lo que nos deshumaniza y, por tanto, es posible vivir con esperanza. Dios comparte nuestra existencia, ya no estamos perdidos en nuestra inmensa soledad, ya no somos solitarios, sino solidarios. Él está con nosotros, nace para vivir Él mismo nuestra aventura humana.

Tercero, el Dios cristiano no es un dios desencarnado, lejano e inaccesible. Es Dios encarnado, próximo, cercano. Un Dios que contrasta con nuestros esquemas y moldes de pensamiento porque nosotros lo imaginamos fuerte y poderoso y Él se nos ofrece en la fragilidad de un niño débil, nacido en un pesebre (con sencillez y pobreza). Lo colocamos casi siempre en lo extraordinario y sorprendente, pero Él se nos presenta en lo cotidiano, en lo normal y ordinario. Lo imaginamos grande y lejano, y Él se nos hace pequeño y cercano. En suma, la Navidad, según Pagola, nos recuerda que la presencia de Dios no responde siempre a nuestras expectativas, pues se nos ofrece donde nosotros menos esperamos. No lo esperamos, por ejemplo, en cualquier ser indefenso y débil que necesita de nuestra acogida y hospitalidad.

En El Salvador, hay un lugar emblemático donde podemos encontrarlo en todo momento. Se trata del Hospital Divina Providencia, donde se atiende a enfermos de cáncer terminal. Este lugar es simbólico al menos por dos razones. En primer lugar, porque es un lugar fundado para que la esperanza de los enfermos pobres no se destruya; para que sus miedos e inseguridades no se pudran por dentro; para que sienta la cálida acogida del que es respetado en su dignidad personal; para acompañar en el itinerario que lleva a la muerte. Esto es, precisamente, lo que hacen las Carmelitas Misioneras de Santa Teresa de Jesús y el personal médico y paramédico de este centro que ofrece el calor de una compañía. Un hospital que funciona gracias a la Providencia que se hace presente en la solidaridad ciudadana. Ahora mismo, la radio de la UCA (YSUCA) ha lanzado una campaña de ayuda denominada “Solidaridad en Navidad”, para abastecer al Hospital de alimentos, sábanas, utensilios de limpieza y recursos económicos. Toda ayuda nunca estará de más para un centro que sirve a los más pobres y subsiste por la Providencia solidaria.

Pero este “hospitalito” —como se le conoce popularmente— es también lugar de martirio. Allí vivió monseñor Óscar Romero durante sus tres años como arzobispo. Campesinos, obreros, estudiantes, políticos, militares y figuras públicas lo visitaban en su pequeño apartamento, ubicado en la entrada del Hospital, para contarle sus penas, pedirle u ofrecerle ayuda, solicitar sus consejos, darle información. Según cuenta la hermana Luz Isabel Cueva, monseñor solía decir que su oficina estaba en el Seminario San José de la Montaña y que el Hospital era su Betania. Recordemos, de paso, que Betania representó para Jesús no solo un lugar geográfico, sino, ante todo, el lugar de hospitalidad, de encuentro con sus amigas Marta y María, y su amigo, Lázaro. Allí, Jesús experimentó el buen trato, la cordialidad y el diálogo franco. Similares cosas vivió monseñor en esta comunidad formada por enfermos y religiosas, y por eso la consideraba su Betania.

El hospitalito resultó también ser su Gólgota, esto es, el lugar de su martirio. El 24 de marzo de 1980, el arzobispo profeta fue asesinado cuando oficiaba la misa en la capilla del lugar. La presencia de ese Dios que ha querido encarnarse en lo humano, pues, se descubre hoy en los rostros humillados de tantos hombres y mujeres empobrecidos, enfermos, desempleados, migrantes, excluidos en razón de su sexo, raza o situación económica. Se descubre en el testimonio de los mártires que han llegado a compartir la cruz de Cristo hasta la entrega de su vida. En definitiva, la Navidad nos recuerda que Dios no está en contra ni al margen de nosotros, sino que se ha hecho solidario con nosotros para abrirnos un camino que nos lleve a constituirnos como familia humana animada por el amor. Y eso debe causarnos esperanza y una alegría grande.


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