Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


Crisis de fe

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA
16/10/2012
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Benedicto XVI ha publicado la Carta Apostólica Porta fidei, o “Puerta de la fe”, con la que convoca oficialmente al Año de la Fe. Este se estará desarrollando del 11 de octubre de 2012 al 24 de noviembre de 2013 y coincide con el 50.º aniversario del Concilio Vaticano II. Según el papa, será un momento especial de reflexión y redescubrimiento de la fe para todo el cuerpo eclesial. Un tiempo para reanimar, purificar, confirmar y confesar la fe. La necesidad de esta convocatoria parte de una constatación: “Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas”. Ya antes el papa había señalado que una de las mayores amenazas de la fe cristiana es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia, en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad.

Esta crisis también fue puesta de manifiesto en la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (Aparecida, 2007), al reconocer que “una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de la verdades de fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados”, no resistirá los embates del tiempo. Es decir, tarde o temprano terminará siendo irrelevante, “sal sin sabor”, esto es, sin aportar al mundo lo que este más necesita: indignación ética y compasión solidaria.

Entre las causas de esta crisis se encuentra un modo de vivir la fe, un modo de ser cristiano y de ser Iglesia. Hace años, el teólogo José María Castillo solía denunciar lo que él denominaba las alienaciones de la fe. Y citaba, entre otras, la reducción de la fe a un mensaje de salvación para la otra la vida (escape de la realidad) y a un mensaje de santificación individual (repliegue al dominio de lo privado); y la identificación de la fe con la práctica religiosa (la vida de fe se vive en los lugares “sagrados”, al margen del mundo). Mucho de esto, ciertamente, sigue vigente en bastantes comunidades y es tolerado o fomentado por la misma jerarquía eclesiástica. De esa forma, tenemos una Iglesia centrada en la doctrina, el rito y las devociones, y una institución así parece no tener relevancia en el mundo de hoy.

El Concilio Vaticano II denunció también este tipo de alienación de la fe. En la Constitución Gaudium et spes, número 43, se lee: “Se apartan de la verdad quienes, sabiendo que nosotros no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la futura, piensan que por ello pueden descuidar sus deberes terrenos, sin advertir que precisamente por esa misma fe están más obligados a cumplirlos (…). Pero no menos equivocados están quienes, por el contrario, piensan que pueden dedicarse de tal modo a los asuntos terrenos como si estos fueran del todo ajenos a lo religioso, como si lo religioso se redujera a ciertos actos de culto y a determinadas obligaciones morales. La ruptura entre la fe que profesan y la vida ordinaria de muchos debe ser contada como de los más graves errores de nuestro tiempo”. Podríamos agregar que esta ruptura es la consecuencia de no seguir la fe de Jesús (manifestada en su confianza y disponibilidad total en Dios) ni la fe en Jesús (expresada como seguimiento a él y su causa).

Ahora bien, ¿cómo cargar con esta crisis? Respondemos desde el aporte de dos teólogos conocidos: Joseph Ratzinger (el papa) y Jon Sobrino (el teólogo de la liberación). Para el papa, en el Año de la Fe hay que poner la mirada fija en Jesucristo, que inició y completa nuestra fe. En él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano: la alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor. En él, se iluminan plenamente los ejemplos de fe. Y, en ese sentido, dice que “por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores (…) Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos”.

Jon Sobrino, por su parte, habla de recuperar y poner a producir a Jesús de Nazaret y su cruz en un mundo de pobres y oprimidos. Y eso implica que personas y comunidades anuncien el Reino de Dios a los pobres; que se busque la vida digna para la mayoría de hombres y mujeres crucificados; que haya valentía para denunciar y desenmascarar el pecado concreto e histórico; que se mantenga la firmeza en los conflictos y persecución por causa de la justicia; que en el seguimiento haya conversión de la persona opresora a la persona servicial; que se cultive en cada uno el espíritu de Jesús (con entrañas de misericordia y corazón limpio para ver la verdad de las cosas). Si se hace todo eso, entonces se está creyendo en Jesucristo. Y se vive con fe cristiana.

Sobrino también pone como ejemplo de esta fe cristiana a los mártires. Los concibe como personas recias: recias en la profecía (Rutilio Grande hablaba de caínes; monseñor Romero clamaba contra los verdugos y opresores), recias en la utopía (Rutilio soñaba con la mesa compartida; Ellacuría, con revertir la historia a favor de las víctimas) y recias en la entrega (hasta dar la propia vida).

En ambos, el papa y Jon Sobrino, parece estar planteado que lo decisivo para enfrentar la crisis de fe es volver a una fe viva y fuerte en Jesús. Él es la Buena Noticia que se debe ofrecer y comunicar al mundo de hoy. Sin Jesús de Nazaret desaparece lo central del cristianismo. Nuestro mundo requiere de fe, la fe de los testigos y profetas que lleva a la pasión por Dios y a la compasión hacia los que sufren.


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