Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


¿Renovación o conversión?

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA
04/09/2012
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“Recepción latinoamericana del Concilio Vaticano II” es el nombre del panel-foro que se realizará esta semana en la UCA, con la presencia de los teólogos Víctor Codina, Pedro Trigo, Jorge Costadoat y Jon Sobrino. El tema tiene como contexto los 50 años del concilio, que se cumplirán en octubre próximo. Es lugar común reconocer que la reunión marcó una época nueva en la vida de la Iglesia católica. Uno de los obispos conciliares, monseñor Léon Arthur Elchinger, lo planteó de forma magistral en una de las plenarias donde se discutía el primer esquema de la Constitución sobre la Iglesia (Lumen gentium). Sus palabras describen una Iglesia más cercana al espíritu de Jesús de Nazaret.

Dijo Elchinger: “Ayer la Iglesia era considerada sobre todo como una institución; hoy la vemos muchos más claramente como comunión. Ayer se veía sobre todo al papa; hoy estamos en presencia del obispo unido al papa. Ayer se afirmaba el valor de la jerarquía; hoy se descubre el pueblo de Dios. Ayer la teología ponía en primera línea lo que separa; hoy lo que une. Ayer la teología de la Iglesia consideraba sobre todo su vida interna; hoy es la Iglesia vuelta hacia el exterior”. Las palabras de este padre conciliar suenan ahora más a innovación que a una mera renovación de lo viejo.

Ahora bien, hablar de recepción es ponderar cómo se han procesado estos cambios en las distintas realidades eclesiales y sus respectivos contextos históricos. El teólogo Yves Congar define la recepción como el proceso mediante el cual un cuerpo eclesial hace verdaderamente suya una determinación que él no se ha dado a sí mismo, reconociendo en la medida promulgada una regla que conviene a su vida. No se trata, pues, de una actitud predominantemente pasiva de asimilación y obediencia, sino que implica un aporte propio de discernimiento y enriquecimiento de lo recibido. Por otra parte, Leonardo Boff habla de la recepción creativa, en la que los destinatarios son coautores en la medida en que insertan el mensaje en los contextos vitales en que se encuentran.

Para Boff, en América Latina hubo una recepción creativa del Concilio Vaticano II, expresada —entre otras cosas— en los siguientes aspectos: “El Vaticano II dejó perfectamente claro que no es el mundo el que está en la Iglesia, sino la Iglesia la que está en el mundo como signo sacramental de salvación y de unidad. En América Latina se ha hecho la siguiente pregunta: ¿cuál es el mundo en el que debe estar preferentemente la Iglesia como sacramento de salvación? Y la respuesta es: el mundo de los pobres (…) El Vaticano II habla muchas veces del misterio de salvación; y aquí se ha entendido concretamente la salvación como el proceso de liberación integral (…) El concilio habló de la pobreza en el mundo y de los pobres; y aquí, en América Latina, se ha dado contenido político a la pobreza, que no es algo inocente ni natural, sino algo producido por mecanismos económicos y políticos”.

A lo anotado por Boff hay que agregar que las conclusiones de la Segunda Conferencia General del Episcopado, realizada en Medellín, representan uno de los mejores ejemplos de recepción creativa del Vaticano II. La temática central asumida por dicha conferencia la pone en esa perspectiva: “Presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio Vaticano II”. No se buscaba solo una aplicación, sino una relectura de los documentos del Vaticano II, desde la propia realidad latinoamericana. La recepción y puesta en práctica del concilio, pues, implicó no solo un proceso de adaptación y puesta al día, sino, sobre todo, un hondo proceso de conversión de toda la Iglesia en aspectos sustanciales de la vida eclesial. Citemos tres ejemplos.

Primero, frente a una Iglesia triunfalista, el Vaticano II proclamó una Iglesia servidora de la humanidad (Gaudium et spes, 40-43), que sigue el camino de Jesús pobre y humilde (Lumen gentium, 8). La Iglesia no es el Reino de Dios, sino solo su semilla en la tierra (LG, 5), atenta a los signos de los tiempos (GS, 4, 11, 44). Segundo, frente a una Iglesia clerical, el Vaticano II introduce el concepto bíblico de pueblo de Dios, pueblo de bautizados que tienen la misma fe, una misma Escritura, se nutren de la eucaristía y poseen pluralidad de carismas del Espíritu (LG, 12). El hecho de poner en la Lumen gentium el capítulo sobre el pueblo de Dios antes de hablar sobre los distintos ministerios y carismas fue una gran revolución eclesiológica. La jerarquía se inscribe dentro del pueblo de Dios, no al margen ni por encima. Tercero, frente a la concepción de la Iglesia juridicista, el Vaticano II destaca la dimensión de ministerio (LG, 1), Iglesia de la Trinidad que nace del Padre, está animada por el Espíritu (LG, 4) y refleja la luz de Cristo (LG, 1). El axioma clásico “fuera de la Iglesia no hay salvación” queda reformulado desde otra perspectiva: la Iglesia es el sacramento universal de salvación.

Sobre este punto —y desde nuestra propia realidad—, en la Segunda Carta Pastoral de monseñor Óscar Romero (“La Iglesia, Cuerpo de Cristo en la historia”) encontramos una recepción creativa e historizada de la Iglesia como “signo” (sacramento). La Iglesia, afirmaba monseñor Romero, está en el mundo para significar y realizar el amor liberador de Dios, manifestado en Cristo. Por eso, él siente preferencia por los pobres (LG, 8). Porque ellos son los que ponen a la Iglesia latinoamericana ante un desafío y una misión que no puede soslayar y al que debe responder con diligencia y audacia.

En este contexto, monseñor Romero entendió la persecución de la Iglesia como una consecuencia que le sobreviene al pueblo de Dios, cuando por fidelidad al Evangelio busca transformar un mundo dominado por la injusticia, la mentira y la muerte. Él lo expresó en los siguientes términos: “Mientras la Iglesia predica una salvación eterna y sin compromisos en los problemas reales de nuestro mundo, la Iglesia es respetada y alabada, y hasta se le conceden privilegios. Pero si la Iglesia es fiel a la misión de denunciar el pecado que lleva a muchos a la miseria, y así anuncia la esperanza de un mundo más justo y humano, entonces se la persigue y calumnia”.

¿Cómo, entonces, debemos celebrar los 50 años de este concilio? Ofrecemos dos pistas. El papa Pablo VI señaló en su momento que la tarea del concilio ecuménico no había quedado totalmente concluida con la promulgación de sus documentos. Estos representaban más un punto de partida que una meta alcanzada. En consecuencia, hay que releer, interpretar e historizar desde los propios desafíos. Por su parte, Juan Pablo II, en el marco de la celebración del jubileo del año 2000, planteó en la carta apostólica Tertio Millennio Adveniente, la necesidad de un examen de conciencia que evaluara la recepción del concilio. Y propuso algunas interrogantes.

¿En qué medida la Palabra de Dios ha llegado a ser plenamente el alma de la teología y la inspiradora de toda la existencia cristiana, como pedía la Dei Verbum? ¿Se vive la liturgia como “fuente y culmen” de la vida eclesial, según las enseñanzas de la Sacrosanctum concilium? ¿Se consolida, en la Iglesia universal y en las iglesias particulares, la eclesiología de comunión de la Lumen gentium, dando espacio a los carismas, los ministerios y las varias formas de participación del pueblo de Dios? ¿Se siguen las directrices conciliares —presentes en la Gaudium et spes— sobre el estilo de las relaciones entre la Iglesia y el mundo? ¿Son relaciones de diálogo abierto, respetuoso y cordial?

La celebración del quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II es una buena oportunidad para que los hombres y mujeres de la Iglesia respondan con honradez estas y otras preguntas, a fin de retomar el camino de una fecunda vivencia de la fe cristiana; lo que puede significar no solo darle continuidad a la renovación, sino algo más de fondo: entrar en un proceso de conversión.


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