Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


La civilización del espectáculo

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA
21/08/2012
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Ese es el título del más reciente libro del escritor peruano, Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. El ensayo parte de una preocupación: “La cultura, en el sentido que tradicionalmente se le ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer. Y acaso haya desaparecido ya, discretamente vaciada de su contenido y este reemplazado por otro, que desnaturaliza el que tuvo”. Vargas Llosa habla de la “alta cultura”, entendida como el patrimonio de ideas, valores y obras de arte, de conocimientos históricos, literarios, religiosos, filosóficos y científicos que en la actual sociedad están siendo sustituidos por la llamada “civilización del espectáculo”, donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal predominante.

Para el escritor, que la natural propensión a pasarla bien se haya convertido en un valor supremo ha tenido consecuencias inesperadas, como la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo de la información, el desarrollo de un irresponsable periodismo de chismografía y escándalo. Entre las causas de este cambio se mencionan el afán de bienestar, la libertad de costumbres y el creciente espacio ocupado por el ocio, propios del mundo desarrollado. Otro factor citado es la democratización de la cultura, que, en principio, tiene una motivación altruista: una sociedad democrática tiene la obligación moral de poner la cultura al alcance de todos. Pero, a juicio de Vargas Llosa, este justo propósito ha tenido el indeseado efecto de trivializar la vida cultural, donde cierto facilismo formal y la superficialidad del contenido de los productos culturales se justifican en razón del objetivo cívico de llegar al mayor número (la cantidad a expensas de la calidad).

Ahora bien, ¿cómo se expresa la civilización del espectáculo en diferentes áreas de la vida personal y colectiva? Los ejemplos que pone el autor deberían ponernos a pensar. Enunciemos algunos de ellos. En la actual civilización es normal y casi obligatorio que la cocina y la moda ocupen una buena parte de las secciones dedicadas a la cultura, y que los chefs, modistos y modistas tengan ahora el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos. Las estrellas de la televisión y los futbolistas ejercen sobre las costumbres, los gustos y las modas la influencia que antes tenían los profesores, los pensadores y los teólogos. Los deportes han adquirido una importancia que en el pasado solo tuvieron en la antigua Grecia; la diferencia con nuestra época es que ahora, por lo general, la práctica deportiva se hace a expensas y en lugar del trabajo intelectual (los partidos de fútbol sirven, sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo a lo irracional).

En la política se ha experimentado una banalización acaso tan pronunciada como en la literatura, el cine y las artes plásticas. El político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto y a la forma, que importan más que sus valores, convicciones y principios. En el ámbito de la sexualidad, predomina el sexo sin amor y sin imaginación; para muchos, sobre todo las nuevas generaciones, el acto sexual se ha convertido en un deporte o pasatiempo, un quehacer compartido que no tiene más importancia que la gimnasia, el baile o el fútbol. En el periodismo, las noticias pasan a ser importantes o secundarias no tanto por su significación económica, política, cultural y social, sino por su carácter novedoso, sorprendente, insólito, escandaloso y espectacular.

Hay que observar que el ensayo de Vargas Llosa no solo es una crítica a la cultura dominante que privilegia el ingenio sobre la inteligencia, las imágenes sobre las ideas, el humor sobre la gravedad, la banalidad sobre la profundidad, lo frívolo sobre lo serio; sino también es una voz, que parece clamar en el desierto, para que la figura histórica del pensador y el intelectual vuelva a tener vigencia en la configuración de la conciencia colectiva. De este, como productor de alta cultura, se espera que, frente al fanatismo, el fundamentalismo, el dogmatismo y sectarismo de distinto signo, ponga —desde su libertad de espíritu— su dosis de racionalidad, criticidad, creatividad y sensibilidad en los distintos ámbitos de la realidad.

En este plano, una visión más profética y más cercana a nosotros la representa Ignacio Ellacuría. El rector mártir proclamaba la necesidad de que la cultura —entendida como acción cultivadora y transformadora de la realidad— se encarnara entre los pobres “para hacer ciencia de los que no tienen voz, el respaldo intelectual de los que, en su realidad misma, tienen la verdad y la razón, aunque sea a veces a modo de despojo, pero no cuentan con las razones académicas que justifiquen y legitimen su verdad y su razón”. A Ellacuría le preocupaba no tanto el debilitamiento de la alta cultura, sino que no hubiese un saber situado en la realidad de las mayorías pobres, cuya función liberadora pudiera ser principio de humanización de todos.

Desde luego que también es importante tomar en serio la constatación que hace Vargas Llosa: en el pasado, la cultura fue una especie de conciencia crítica que impedía dar la espalda a la realidad; ahora, se ha constituido en un mecanismo de distracción y entretenimiento. El campanazo de alerta se da no solo porque se desnaturaliza y desprecia a la cultura, sino porque ello deshumaniza. Según el escritor, “nunca hemos vivido, como ahora, en una época tan rica en conocimientos científicos y hallazgos tecnológicos… y, sin embargo, nunca hemos estado tan desconcertados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, belleza, alma, trascendencia, significan algo todavía”.

Esta realidad ya la expresaba magistralmente aquel tango de Enrique Santos Discépolo e interpretado por Joan Manuel Serrat: “¡Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor. Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador! ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! Lo mismo un burro que un gran profesor. No hay aplazados ni escalafón, los inmorales nos han igualado. Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”. Es, como dice el tema, el “cambalache” que ha producido la llamada “civilización del espectáculo” y que el escritor peruano ha puesto en evidencia en su nueva obra literaria.


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Comentario

Guillermo Aguirre
22/08/2012 12:14:12 PM




Ya apuntaba Allan Turaine que el mismo objeto de estudio de las Ciencias Sociales se ha perdido y que la sociedad no dá para más...debemos de estudiar entonces al "sujeto social en movimiento" pero esto no implica acpetar cualquier acción banal como imagen auténtica del sujeto histórico, mas bien eso tendría que verse desde su deformación colectiva...y en la Realidad Nuestra ¿acaso la triste función de la actual Secretaría de Cultura no es la mejor muestra de la suplantación del quehacer cultural serio por la promoción del espectáculo fácil, pobre y populista disfrazado de una pretendida Inclusión Social?




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