Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


Humanizar los servicios de salud

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA
17/07/2012
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Es comúnmente aceptado que la salud de la población es uno de los indicadores que mejor expresa su calidad de vida. Por consiguiente, la salud y el bienestar están estrechamente vinculados. Esa relevancia que tiene la salud para la gente está plasmada en nuestra Constitución, que en el artículo 65 establece que “la salud de los habitantes de la República constituye un bien público” y que “el Estado y las personas están obligados a velar por su conservación y restablecimiento”. El artículo 66 asigna además al Estado la responsabilidad de dar asistencia gratuita a los enfermos que carezcan de recursos. No obstante, del total de la gente que se enferma en el país, el 40% no recibe los servicios requeridos; y solo cerca del 20% de la población tiene algún seguro de salud.

De ahí que podemos afirmar que asignarle pobres presupuestos a la salud es deshumanizarla. La falta de recursos, la insuficiencia de personal en muchas áreas, la falta de modernización de las estructuras, los obstáculos burocráticos son factores que excluyen o discriminan de lo que debe ser parte del bien común: la salud. En El Salvador, esta falta de equidad se aprecia en que somos uno de los pocos países de América Latina donde el gasto privado en salud, estimado en más del 4% del producto interno bruto (PIB), supera al gasto público (3.6%). Esta situación contrasta con la de Costa Rica y Panamá, que tienen una estructura de gasto más coherente con el principio de garantizar el derecho a la salud a toda la población. Su gasto público general en ella, como porcentaje del PIB, es del 5.9% y 4.3%, respectivamente.

Deshumanización de la salud es el hecho —más o menos común en las distintas sociedades— de que la medicina moderna haya llegado a niveles muy altos de desarrollo técnico y científico sin que se asuma del todo que el enfermo es un ser humano, y no simplemente un organismo que necesita reparación. Cuando la técnica solo busca la eficacia del tratamiento, sin un encuentro mayor con la persona (calidez), la dimensión humana desaparece, porque no queda sitio para la individualidad ni hay respuesta para las demandas psicológicas y afectivas. Resulta contradictorio que en el tratamiento médico se procure que haya un equipo de especialistas, una vigilancia constante sobre las diferentes funciones del organismo con la ayuda de todos los aparatos posibles, y que con frecuencia se eche de menos el calor humano que acompaña en el dolor y en el sufrimiento que puede provocar una enfermedad. Aunque sus reacciones biológicas puedan estar perfectamente controladas, la soledad y la angustia del enfermo no se reflejan en ninguna pantalla.

Deshumanización es también convertir al enfermo en un cliente. En tiempos en casi todo se mira con los ojos de la rentabilidad, los hospitales y los profesionales de la salud viven bajo dos fuertes presiones: convertir la profesión o la institución en una empresa lucrativa; y ofrecer servicios altamente tecnificados (habitualmente onerosos) en los que el paciente es tratado como un simple historial médico. Cuando la salud de una persona se deja al dinamismo del mercado, el enfermo es visto como un cliente con capacidad de pago. No objetamos el cobro por servicios profesionales en la práctica privada. Lo que sí preocupa es convertir a la medicina en un negocio, donde lo que predomina es un afán de lucro que puede llevar a cobros excesivos; a procedimientos, hospitalizaciones y consultas innecesarias; a la privatización de un derecho social fundamental.

Frente a estos riesgos de deshumanización, se plantea ahora, desde la ética, la necesidad de humanizar los servicios de salud. Esto supone, entre otras cosas, recuperar el sentido de la enfermedad, del dolor y del sufrimiento desde el reconocimiento de la dignidad de la persona. La medicina, en cuanto praxis racional, tiene como destinatario al ser humano en su integralidad (como sujeto a enfermedad y salud). Si decimos que el enfermo o la enferma no han de ser tratados como objetos sino como sujetos, no como cosas sino como personas, esto no se debe primariamente a la relación interpersonal médico/enfermo, sino al hecho objetivo de que la medicina trata con personas, no solo con cuerpos. Si esto es así, la práctica médica habrá de caracterizarse por mantener entrañas de misericordia y potencial de ternura ante el sufrimiento ajeno.

La humanización de la salud exigiría una medicina técnicamente buena; dominar conocimientos, experiencia, técnica. Un buen personal de salud sería aquel que hace buena medicina, científica y técnicamente hablando; y que dispone del saber y busca lo que es mejor para el ser humano concreto, sujeto de salud o enfermedad. Esto pasa por prevenir el peligro de la mala praxis, al menos en la parte que le corresponde al profesional de la salud.

La humanización exige también que la preparación académica de los profesionales de la salud tenga en cuenta la dimensión humana y psicológica. En la medida en que avanzan y perfeccionan las técnicas médicas, parece que todo esfuerzo se dirige a un mayor conocimiento del uso de los aparatos, mientras disminuye la capacidad de prestar al enfermo otro tipo de ayuda humana que también necesita. Acompañar al paciente en su enfermedad, dolor y sufrimiento implica un aprendizaje humano y no meramente académico. Este aspecto no hay que dejarlo a la buena voluntad o a las cualidades humanitarias innatas del personal médico. Debe haber una formación ética de cierta profundidad y consistencia.

En definitiva, humanizar la salud exige indignación y lucha frente a las carencias de salud por motivos estructurales. La indignación pasa por desenmascarar la violación sistemática de un bien público sustancial relacionado con el derecho a la calidad de vida. Y la lucha implica el impulso de reformas al sistema de salud, que cambien su carácter burocrático, centralizado, excluyente, deficiente, desfinanciado y carente de sostenibilidad humana. El horizonte de estas reformas ha de ser el ejercicio efectivo del derecho a la salud para las mayorías populares, que presentan los mayores riesgos de enfermar y morir de forma prematura.


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