Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


Mujeres de cuidado

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA
08/05/2012
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La expresión “mujeres de cuidado” es ambigua: puede significar la sospecha, recelo o desconfianza que puede generar una persona (de la cual debemos cuidarnos, porque no es de fiar); pero también puede representar —en un sentido totalmente distinto— la actitud ética de diligencia, gentileza, atención e interés por la vida en sus diferentes expresiones. Tiene que ver con la capacidad de amar, comprender y acoger los sentimientos del otro; de hacerse cargo de sus necesidades y de reconocer y fortalecer su dignidad. Cuando hablamos de “mujeres de cuidado” nos referimos a este segundo significado. En efecto, hoy día se va reconociendo que las vidas de las mujeres se han distinguido no solo por su capacidad de transmitir la vida, biológicamente hablando, sino de alimentarla y cuidarla. Por eso con justicia se afirma que ellas han sido y son las principales constructoras de dignidad humana y de comunidad. Más aún, se dice que su auténtico poder “es el de haber sido arquitectas de lo más humano en la persona”.

Asumiendo esta perspectiva, mujer de cuidado fue Olympe de Gouges, quien durante la Revolución francesa redactó “Los derechos de la ciudadana” (1791), antes de que fueran proclamados los de los ciudadanos. Gouges reclamó un trato igualitario de la mujer con respecto al hombre en todos los aspectos de la vida, públicos y privados: el derecho de voto, de ejercer cargos públicos, de hablar sobre asuntos políticos, de igualdad de honores sociales, de derecho a la propiedad privada, de participar en el ejército y en la educación, e incluso, de igual poder en la familia y en la Iglesia. La acusaron de haber escrito contra el gobierno republicano, de rebelde, de conservadora, de querer restaurar la monarquía. Más explícitamente, se habló de “haber querido ser hombre de Estado” y de ser conspiradora por “haber abandonado las virtudes propias de su sexo”. Gouges, considerada hoy día una de las precursoras del feminismo, fue guillotinada en 1793, dejando un legado de luchas reivindicativas a favor de las mujeres.

Más cercanas a nuestra historia y a nuestro país, mujeres de cuidado fueron también Rufina Amaya y María Julia Hernández (ambas fallecidas por causas naturales en 2007), símbolos de la lucha por la verdad y la justicia. La primera es la única mujer que se salvó milagrosamente en El Mozote y que escuchó cuando elementos del Ejército asesinaban a sus cuatro hijos; por más de 25 años Rufina repitió su testimonio en los más diversos espacios de la vida nacional y en varios países del mundo. Se considera que la recuperación de la memoria histórica de lo ocurrido en El Mozote se debe, en gran medida, a la valentía de esa mujer para relatar los terribles recuerdos de su experiencia.

En una parte de su testimonio, afirma: “Yo lo que espero es la justicia, que haya justicia. Una justicia no es venganza, sino que la justicia debe ser un reconocimiento a las víctimas y también un reconocimiento a los errores que ellos [los victimarios] cometieron. Deben pedirle perdón al pueblo, porque la mayoría de gente ha quedado sin hijos y sin papá; entonces, merecemos el respeto humano y que ellos reconozcan lo que hicieron, y también que le pidan perdón al pueblo. Que haya justicia, porque si no hay justicia, no hay perdón”.

Por su parte, María Julia, como directora de Tutela Legal del Arzobispado, impulsó un proceso jurídico en la búsqueda del derecho a la justicia para las víctimas de El Mozote. Como fruto de un minucioso trabajo de investigación y exhumación realizado por Tutela Legal, se individualizó a 819 personas ejecutadas por efectivos de la Fuerza Armada en El Mozote. De esas víctimas, 449 eran niños y niñas (menores de 18 años). Tutela Legal, bajo la dirección de María Julia, representa en este caso un símbolo de lucha contra la impunidad en El Salvador. En 2004, la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) le otorgó un Doctorado Honoris Causa en Derechos Humanos a Hernández. Citamos un fragmento de su discurso de aceptación al reconocimiento de la UCA: “El conocimiento de un pueblo de la historia de su opresión pertenece a su patrimonio y su finalidad es la de preservar del olvido la memoria colectiva. Las familias de las víctimas tienen el derecho de conocer la verdad, en lo que concierne a la suerte que corrieron sus parientes. Este ejercicio del derecho a la verdad y a la justicia es esencial para evitar en el futuro que tales actos se reproduzcan”.

Rufina y María Julia, pues, fueron mujeres de cuidado porque generaron la esperanza de que la verdad puede más que la mentira, la justicia más que la injusticia; ambas cultivaron la esperanza de que la fuerza de la víctima es más eficaz que la del verdugo, y lo hicieron contra corriente, es decir, en un contexto de prepotencia e impunidad oficial. Mujeres de cuidado, en fin, son todas aquellas que en el día a día, desde el anonimato, enfrentan la muerte lenta que produce la pobreza. Mujeres-madres que buscan oportunidades de trabajo o se rebuscan en el incierto mundo del subempleo para sacar adelante a sus hijos e hijas; luchadoras sociales que se involucran en las transformaciones políticas que nos aproximan a una sociedad incluyente (sobre todo, del oprimido que está excluido); educadoras y defensoras en derechos humanos que cuidan de la dignidad de la persona amenazada por la arbitrariedad, la impunidad y la prepotencia. De todas ellas, entre otras, podemos decir, citando al poeta cantor Silvio Rodríguez: “Me han estremecido un montón de mujeres, mujeres de fuego, mujeres de nieve… Me estremecieron mujeres que la historia anotó entre laureles, y otras desconocidas gigantes que no hay libro que las aguante”.


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