Malestar nacional

Editorial UCA
08/01/2018

En toda historia y vida social encontramos elementos positivos y esperanzadores. Pero en un nuevo año conviene, de entrada, resaltar aquellos aspectos negativos que crean malestar y que deben superarse. Así, en primer lugar, hay que destacar la racha de homicidios y suicidios en la PNC. Las explicaciones pueden ser muchas: a los agentes les faltan sicólogos; se ven acosados tanto por la criminalidad como por la opinión ciudadana; sus jefes los alientan o les permiten responder a la violencia con violencia; tienen malos salarios; no se les trata como a profesionales. Con tales condiciones, no es raro que se den incidentes violentos. Incluso cabe decir que la situación en la Policía no es más que un reflejo de la situación del país. Lo cierto es que se echa de menos en el Estado el deseo de insistir en la formación de una cultura de paz en la PNC. Ni se forma adecuadamente, ni se persiguen actitudes machistas o autoritarias, ni se investigan a fondo las faltas y delitos cometidos por los miembros de la corporación. Siendo la seguridad y convivencia ciudadana un eje fundamental del desarrollo humano, es indispensable tener una política de Estado clara y asumida por todos en favor de una Policía con mejores y mayores recursos, tanto técnicos como humanos y salariales, y en todo respetuosa con los derechos humanos.

Otra mala noticia de inicio de año es la reducción de los fondos asignados a educación y salud. Los planes en estos dos indispensables rubros del desarrollo humano van quedando orillados. Pareciera que la política nacional es mantener las redes de salud y educación en su estado actual, en tantos aspectos deplorable. Sin educación y salud no hay futuro. Y ciertamente no avanzamos ni avanzaremos mientras mantengamos el sistema de salud pública de doble rasero y una educación que se renueva lentamente en calidad y que apenas crece en extensión. Los políticos de todos los partidos parecen estar presos de la visión de la élite empresarial, que insiste en que la única manera de tener más recursos es producir más. Una visión irresponsable, dada la baja inversión privada en el país y la permanente búsqueda de este sector de maximizar su riqueza, criticando cualquier subida de impuestos y evadiendo o eludiendo los mismos de muy diversas maneras.

Por otra parte, empiezan a publicarse datos consolidados de 2017 que reflejan los múltiples aspectos de la crisis salvadoreña. Seguimos sufriendo una verdadera epidemia de homicidios. Las cifras permiten hablar de una epidemia grado 5; en otras palabras, la base numérica de asesinatos para definir la existencia de una epidemia multiplicada por cinco. La tasa de muertes en accidentes de tránsito es también propia de una epidemia. El hecho de que los homicidios se hayan reducido en comparación a 2016 y 2015 no dice mucho en favor de los planes estatales contra la violencia, puesto que en la historia de El Salvador ha habido años en los que los homicidios por cada 100 mil habitantes han sido casi la mitad que los registrados en 2017. Ensalzar los supuestos avances mientras continuamos en una grave crisis de desprecio e irrespeto a la vida hace temer el acomodamiento con la epidemia de crimen mientras los números no sean tan exorbitantes como los de 2015.

En definitiva, 2018 no comienza bien. Enfrentar la realidad; diseñar y aceptar soluciones que pueden significar esfuerzo e incluso sacrificio para quienes tienen más; y asumir la política como un verdadero arte de construcción del bien común son desafíos prioritarios para este año. Continuar actuando ante los problemas nacionales con un ritmo semejante al de la posguerra es condenarnos al estancamiento, el subdesarrollo, la violencia y la migración como solución individual a la falta de oportunidades y la inseguridad. Es necesario hacerse otros planteamientos. Nada cambiará ni mejorará si nos recetamos lo mismo de los últimos 26 años. Solo propuestas y acciones serias y, en cierta medida, radicales y nuevas pueden ayudarnos a superar el malestar nacional.