Mario
Estuardo López Barrientos
Universidad
Centroamericana “José Simeón Cañas”
San Salvador, Abril de
2002
INDICE GENERAL
Capítulo 1: El
enfrentamiento en los escritos zubiriano-fenomenológicos
1.1.
La idea de mundo en la filosofía de Zubiri (1986)
Capítulo 2: El
enfrentamiento en los escritos zubiriano-praxeológicos
2.1.
El hombre en el horizonte de la praxis (1987)
2.2.
Los escritos propedéuticos (1987-1989)
2.3.
Los escritos sobre la historia (1989-1993)
2.4.
Aproximación a la obra filosófica de Ignacio Ellacuría (1990)
2.5.
Notas sobre la alteridad en Feuerbach (1993)
2.6.
Los escritos teológicos (1993-1994)
2.7.
Un solo mundo. La relevancia de Zubiri para la teoría social (1994)
2.7.1. El
enfrentamiento en la tesis doctoral
2.7.2.
La praxeología en la tesis doctoral
2.7.3.
La relevancia de Zubiri para la teoría social
2.8.
Los escritos sociológicos (1994)
Capítulo 3: La
crítica en los escritos praxeológicos
3.1. Los
escritos menores, sociológicos y teológicos (1995-2000)
3.1.1. Los
escritos menores
3.1.2. Los
escritos sociológicos
3.1.3. Los
escritos teológicos
3.2. Estructuras
de la praxis. Ensayo de filosofía primera (1995-1997)
3.2.1. Los
artículos previos a Estructuras de la praxis
3.2.2. Los
presupuestos de la crítica en Estructuras de la praxis
3.2.3. La
crítica a la altura de Estructuras de la praxis
3.2.4. La
praxeología como filosofía primera y las “estructuras de la praxis”
3.3. El
principio de todos los principios: acto en Husserl y Zubiri (2000-2002)
3.3.1. La idea
de acto en Husserl
3.3.2. Posibilidades
de una filosofía primera en la obra madura de Zubiri
3.3.3. Los
logros de Zubiri frente a Husserl
3.3.4. El
“deslizamiento” de Zubiri
3.3.5. La
índole esencial de los actos
Esta
investigación tiene sus comienzos en el curso de Metafísica que impartió Carlos
Molina, basándose en el libro Los problemas
fundamentales de la metafísica occidental de Xavier Zubiri. Mi inquietud a
lo largo del curso fue saber cómo quedaba la filosofía de Zubiri después de la
praxeología de Antonio González y en qué sentido ésta superaba las intuiciones
metafísicas de Inteligencia sentiente. Aquí debo aclarar que digo
‘metafísicas’ en el sentido dado por Zubiri de la obviedad y transparencia con
que las cosas se presentan en la intelección, es decir como la mismidad entre
inteligencia y realidad, y no tanto en el sentido de lo que sean las cosas
allende la aprehensión. Al finalizar el curso redacté unas primeras líneas que
titulé: “La crítica de Antonio González a la filosofía de Xavier Zubiri”, cuya
insatisfacción y deseo de profundización me han llevado a la realización de
esta investigación.
El objetivo que me he propuesto consiste
en exponer históricamente el enfrentamiento que A. González ha tenido con la
filosofía de X. Zubiri. Se trata de una introducción a la praxeología, pero
vista especialmente desde este enfrentamiento. He querido mantener el título
inicial, “La crítica de Antonio González a la filosofía de Xavier Zubiri”, no
por mero capricho espectacular, sino más bien porque no sólo hay un
enfrentamiento sino que, en su momento, se hace una crítica muy concreta en
cuanto al uso del término realidad y su deslizamiento, mucho más grave, que
podemos resumir muy sintéticamente señalando que en su filosofía madura Zubiri
hace un estudio de la realidad en la aprehensión y no del acto mismo de
aprehensión, o bien un estudio de la intelección como realidad y no como acto,
tal como se proponía en un comienzo.
Nuestra
fuente principal han sido los escritos publicados de A. González, tal como
aparece en su bibliografía en la página WEB de praxeología. En este sentido,
nuestra investigación ofrece además de una introducción a la praxeología y de
la crítica de nuestro autor a la filosofía de Zubiri, una visión general sobre
su obra completa hasta nuestros días. Como vemos en esa bibliografía, A.
González ha querido dividir su producción intelectual en tres etapas, a saber:
los escritos zubiriano-fenomenológicos (1984-1986), los escritos
zubiriano-praxeológicos (1987-1994) y los escritos praxeológicos (a partir de
1995). Dedicaremos un capítulo a la exposición de cada una de estas etapas:
En el
primer capítulo mantendremos la tesis que los escritos
zubiriano-fenomenológicos se denominan así porque hacen una lectura
fenomenológica de la filosofía de Zubiri, algo que dista, por ejemplo, de
Ignacio Ellacuría y que ubica a A. González en lo que Diego Gracia denomina una
nueva generación de zubirianos.
En el
segundo capítulo haremos referencia a los escritos zubirianos-praxeológicos,
donde encontramos intuiciones especiales que empiezan a madurar, por ejemplo el
acuño de la praxis como horizonte del filosofar después de Hegel, el diálogo
con las filosofías marxistas, la preocupación de sacar el mejor provecho
posible de la veta social y ética del pensamiento de Zubiri, la inmersión en
las intuiciones de la Teología de la Liberación y la preocupación de pensar una
filosofía de la liberación a la altura de los tiempos. En este capítulo,
además, sostendremos la tesis que estas características que encontramos en A.
González también las encontramos en el proyecto filosófico de I. Ellacuría, de
donde podemos hablar de un cierto parentesco, que lo denominamos de “libre
seguimiento”. ‘Seguimiento’, en el sentido de tradición y herencia entre
Ellacuría y A. González; pero ‘libre’, en el sentido de que A. González
encuentra una nueva interpretación de la filosofía de Zubiri, la interpretación
‘práxica’ de su pensamiento.
En el
tercer capítulo lo dedicaremos a los escritos estrictamente praxeológicos,
intentando señalar cómo A. González ensaya una nueva filosofía ya distinta de
la de Zubiri, la praxeología. Los hitos fundamentales de este capítulo, y por
tanto también del objetivo esencial de esta investigación, son el libro Estructuras
de la praxis (1997) y el artículo de reciente publicación “El principio de
todos los principios: acto en Husserl y en Zubiri” (2001). Desde ellos
intentaremos enumerar la crítica de A. González a la filosofía de X. Zubiri en
su doble aspecto: tanto en sus logros y aportes, como en sus deslizamientos y
yerros fundamentales.
Por
último, en las conclusiones finales, retomaremos sintéticamente todo lo
anterior para levantar algunas interrogantes sobre el estatus de la filosofía
zubiriana y sobre el filosofar mismo, así como las posibles perspectivas en las
que nos deja esta investigación. En concreto, intentaremos responder a las
siguientes preguntas: ¿Cómo ha de leerse la filosofía de Zubiri? ¿Cuál es el
estatuto filosófico de Inteligencia sentiente? ¿Cómo mantener la congenereidad
entre inteligencia y realidad? y ¿Cuáles son los alcances de una filosofía
primera?
El enfrentamiento en los escritos
zubiriano-fenomenológicos
Los escritos zubiriano-fenomenológicos
corresponden a la etapa biográfica de A. González de sus estudios de
licenciatura en filosofía, en la Universidad Pontificia de Comillas, en Madrid.
Prescindiendo de otros datos biográficos, que no tenemos, en esta etapa nuestro
autor publica un total de catorce recensiones y un artículo[1]. Por su carácter sintético, el valor de
las recensiones es muy difícil de determinar y no es conveniente especular
sobre ello. Por el contrario, es el artículo “La idea de mundo en la filosofía
de Zubiri” el que nos interesa.
1.1. La idea de mundo en la filosofía de
Zubiri (1986)
No nos interesa seguir detalladamente el
artículo de A. González en su exposición de la idea de mundo en Zubiri, sino
sólo en la medida en que podamos encontrar algo significativo que nos sirva
para entender el enfrentamiento de nuestro autor a la filosofía de X. Zubiri.
En concreto, este artículo nos interesa porque a partir de él podremos
demostrar que A. González pertenece a una nueva generación de zubirianos y
señalar algunas de sus características que conservará en las siguientes etapas.
Vamos
a fijarnos especialmente en el análisis que A. González hace de los apartados 3
y 4 del artículo, que versan sobre la idea de mundo en la aprehensión y allende
la misma, respectivamente. Como bien sabemos, esta distinción no es original de
A. González, sino del mismo Zubiri en su último esfuerzo de radicalización que
encontramos en la trilogía sobre la inteligencia sentiente. De hecho, es una
distinción que Zubiri, en cierta manera, hereda de la fenomenología de Husserl.
Es también una distinción que ha causado muchos problemas a la hora de entender
cabalmente la filosofía de Zubiri. Al no hacer esta distinción, muchos han
malentendido las tesis zubirianas, principalmente las de Sobre la esencia
(1962), pero también las de muchos de sus escritos previos a la trilogía. Pero
no ahondemos demasiado en este tema y regresemos al artículo en mención.
El
artículo comienza ubicando el problema de la conceptuación del mundo en la
filosofía contemporánea para luego esbozar el aporte de Zubiri ante tal
conceptuación. Ahora bien, el tratamiento que A. González hace de Zubiri no es
meramente sistemático, sino también histórico, demostrando cómo la idea de
mundo ha ido madurando en su obra, desde Sobre la esencia (1962),
pasando por “Respectividad de lo real” (1979), hasta Inteligencia sentiente
(1980-1983). En el apartado segundo del artículo, A. González presenta la idea
de mundo en Sobre la esencia y en “Respectividad de lo real”. En primer
lugar, dice A. González, la idea de mundo está unida a la idea de
respectividad. En esto consiste precisamente el aporte novedoso de Zubiri a la
filosofía contemporánea y clásica: el mundo dejaría de ser el mundo circundante
de un sujeto como se pensó desde Kant hasta Heidegger (“idea regulativa de la
razón”, “ser en el mundo”) y pasaría a ser la respectividad de lo real en su
formalidad de realidad. Hablar de mundo circundante, para Zubiri, sería
entonces un problema ulterior; ya que su idea de mundo es algo más radical y
básico: “mundo es la pura respectividad en el orden de la realidad en cuanto
tal”[2]. Para
Zubiri, la respectividad talitativa, en virtud de su contenido, se denomina
cosmos; mientras que la respectividad de lo real, en virtud de su formalidad de
realidad, se denomina mundo. De tal manera que “mundo es la función trascendental
del cosmos”[3]. Por
eso es que Zubiri puede hablar de varios cosmos mientras que mundo es uno sólo.
En Sobre la esencia, según A. González, la idea de mundo tendría dos
sentidos: uno formal, el mundo en cuanto integrado por el conjunto de esencias
constitutivas básicas o zona de realidad respectiva; y otro trascendental, el
mundo por su carácter trascendental de realidad. De estas dos apreciaciones
surgen, respectivamente dos problemas: primero, la confusión constante entre
cosmos y mundo, y segundo, si la realidad divina entraría en el carácter
trascendental de la realidad respectiva denominada mundo[4]. Ante
esto, A. González dice:
A mi modo de ver, en la
medida en que la idea de respectividad y, por ende, de mundo se radicalice, el
problema se podría plantear de un modo nuevo, por más que siempre resulte
problemático cuál sea la presencia de Dios en la respectividad mundanal[5].
De
esta manera se acerca al artículo de 1979, “Respectividad de lo real”. Ya en Sobre
la esencia (SE) había observado Zubiri que su concepto de respectividad no
era una relación más, ya que ésta supondría entender la realidad ya constituida
de los relatos. En “Respectividad de lo real” comienza entonces por definir lo
que se ha entendido por relación a lo largo de la historia de la filosofía. Ha
habido, señala Zubiri, básicamente tres conceptos: la relación categorial, la
relación constitutiva y la relación trascendental. Las tres resbalan en que son
relaciones de talidades ya constituidas. En la primera, la relación categorial hace
referencia a la ordenación o referencia de unas cosas a otras, lo que las
supone. En la segunda, la relación constitutiva hace referencia a constitución
de unas cosas por otras, lo que también las supone. En la tercera, la relación
trascendental hace referencia a la entidad misma del sujeto, que es la relación
que Aristóteles utiliza para explicar la potencia y el acto, o lo que le sucede
a Kant, para quien la relación trascendental se identifica con la entidad de la
inteligencia. En este caso, supone la entidad primera, sea de la potencia en
Aristóteles o de la inteligencia entitativa en Kant. En cambio, para Zubiri,
“la respectividad es anterior a toda relación, sea categorial, constitutiva o
trascendental... es un momento de la formalidad misma de la realidad en cuanto
tal, y, por tanto, más radical que la entidad o la talidad de cualquier sujeto”[6]. Con
esto, dice A. González, Zubiri ha dado un paso más allá: “no se puede negar que
estén iniciados ya en SE los desarrollos ulteriores del tema y la idea misma de
respectividad como momento de la formalidad de realidad. Pero el problema está
en que aquella idea de respectividad, si bien negaba la pura relación externa
(categorial), aún incluía la relación constitutiva y trascendental”[7]. Ya
en “Respectividad de lo real”, la respectividad se entenderá entonces como
remisión de la ‘suidad’, como su forma de realidad a otras formas y modos de
realidad, pero esto es todavía, como bien señala el mismo Zubiri, una primera
aproximación que deberá mejorarse en Inteligencia sentiente. A. González
cerrará de la siguiente manera este apartado:
Claramente, los análisis
de SE sobre la respectividad y, en consecuencia, sobre el mundo eran aún
inmaduros. Todo ello nos está conduciendo a un estudio de los últimos escritos
del filósofo, verdadero punto de partida para el discurso sobre el mundo.[8]
El
tercer apartado lo titula así: “El mundo en la estructura trascendental de la
impresión de realidad”. Como ya señalábamos arriba, es en este y el siguiente
apartado donde más nos detendremos, con el fin de sacar algunas luces para
nuestra investigación. Ya aquí empieza A. González a ofrecernos algunas claves
hermenéuticas para comprender adecuadamente el pensamiento de Zubiri:
Situar
el problema de la respectividad y por ello del mundo en el análisis de la
formalidad de realidad significa que la respectividad y el mundo no son, en
primera línea, momentos de lo que sea la realidad ‘allende’ la aprehensión,
sino que están dados en la misma formalidad, en el ‘de suyo’ sentientemente inteligido
en impresión de realidad.[9]
Pero
esto no es todo. A. González sabe que no sólo la idea de mundo adquiere mayor
relevancia a la luz de la última obra de Zubiri, sino que en sí toda la obra
del filósofo. Repetirá una y otra vez, y de muy distintas maneras, que el
verdadero punto de partida para comprender a Zubiri es la trilogía sobre la
inteligencia sentiente:
Es
más, partir de la inteligencia sentiente nos ayudará a distinguir los distintos
niveles del discurso sobre el mundo en obras anteriores, es decir, a esbozar
algo así como su ‘estatuto noológico’: no es lo mismo, como vamos a ver, lo que
sobre el mundo podemos decir instalados en la aprehensión de realidad,
individual o campal, que lo que descubriremos en el análisis de la intelección
racional.[10]
Aquí
debemos decir tres cosas: primero, que esta distinción entre lo dado en la
aprehensión y lo allende la misma, no es original de A. González, sino que ha
sido la expresa y deliberada intención del mismo Zubiri en su Inteligencia
Sentiente; segundo, que tampoco es algo que asume únicamente A. González,
sino también aquellos que más se han acercado al pensamiento de Zubiri, tales
como Diego Gracia, Pedro Laín Entralgo, Antonio Pintor-Ramos y el mismo
Ellacuría, independientemente de su valoración crítica al respecto; y tercero,
que ya en este artículo encontramos a un A. González empeñado en realizar una
labor de reconstrucción de la obra zubiriana a partir de su obra madura, y esto
con un afán de exégesis rigurosa y de búsqueda libre y apasionada. Esta
situación nos permitirá también tejer algunos hilos con los posteriores
intereses de A. González, como por ejemplo su gusto especial por el estatuto
noológico de las reflexiones filosóficas y teológicas en la obra de Zubiri, o
bien que precisamente a partir de esta distinción del estatuto noológico es que
A. González erigirá su crítica a la filosofía de Zubiri y construirá su
praxeología, pero estos hilos son todavía demasiado prematuros y mejor
regresemos al texto.
Como
decíamos, la idea de mundo ha de suscribirse al análisis de la estructura
trascendental de la impresión de realidad. A. González nos dirá que para Zubiri
la impresión de realidad tiene una estructura trascendental en virtud de que la
formalidad de realidad es inespecífica, trascendiendo cualquier contenido.
Ahora bien, “no es trascendencia ‘allende’ la aprehensión, sino comunicación
desde la formalidad de realidad sentida de una cosa a la formalidad de toda
otra cosa”[11]. Esta
trascendentalidad, que no es allende, se puede analizar de dos modos: según su
unidad con el contenido, o tomarla por sí misma e investigar sus diversos
momentos. En el primer modo lo único que podemos saber es que lo dado en
impresión, en virtud de su contenido, se presenta bajo una forma o modo de
realidad, pero no podemos determinar en qué consista ese modo o forma de
realidad. Veamos:
Hasta aquí no hemos
salido de la realidad dada en impresión. Ahora bien, cuando Zubiri quiere
referirse más en concreto a las formas y modos de realidad tiene que hacerlo en
forma de apéndice. Como es sabido, los apéndices son un recurso literario que
Zubiri utiliza para incluir en ellos todo lo que excede de una investigación de
los hechos dados en la aprehensión para pasar a una conceptuación de lo
que sea la realidad allende la misma. En principio habría que decir que la
forma de realidad no ofrece problemas; desde el análisis de la misma
aprehensión podemos decir que cada cosa real tiene una forma y un modo de
realidad en cuanto determinación de la formalidad por el contenido. Ahora bien,
determinar cuáles son esas formas y modos es ya hablar de lo que las cosas sean
en la realidad allende la aprehensión, y supone, por tanto, una búsqueda
racional que puede descubrir nuevas formas y modos que no estaban en el campo
de mi aprehensión.[12]
Por
esto no tenemos de otra que acudir al segundo modo: el análisis de la
formalidad de realidad en sí misma y no en función del contenido, que es
precisamente donde Zubiri planteará el problema del mundo. ¿Cuáles son los
momentos que integran la estructura trascendental de la impresión de realidad?
En
primer lugar, la apertura. Ésta se refiere a que el contenido de una
cosa real puede alterarse sin que tengamos otra cosa real: es la misma, aunque
modificada. En palabras de Zubiri: “no se trata de otra realidad, sino que es
realidad otra”[13]. El
segundo momento es la respectividad. Se refiere a que nada puede ser
real si no es en respectividad, dado que toda apertura “es siempre
‘apertura-a’”[14]. Aquí
Zubiri recoge sus análisis del artículo “Respectividad de lo real”, y señala
que previo y fundante a toda relación, incluida la trascendental, está la
respectividad. De modo que: “es la realidad misma, es la formalidad de realidad
la que en cuanto realidad es formalmente apertura respectiva”[15]. El
tercer momento de trascendentalidad es la suidad. La respectividad nos
lleva a una suidad: “es la respectividad la que funda la suidad, la suidad es
justo el resultado de esa intrínseca y formal respectividad”[16].
Entendemos aquí la suidad como el ‘propio’ del ‘en propio’, lo que una cosa es
en sí misma y no sólo de-respecto a una impresión. Esto es a lo que Zubiri se
refería cuando hablaba de una ‘respectividad constituyente’: “la respectividad,
antes de ser respectividad remitente que nos permita hablar del mundo, es respectividad
constituyente de lo real en la impresión”[17]. Es
una respectividad que constituye el ‘de suyo’ y no que relaciona varios ‘de
suyos’. Tras esto podemos hablar de un cuarto momento de la estructura
trascendental de la impresión de realidad, que es precisamente el momento mundanal.
Dice A. González: “la respectividad de la formalidad de realidad no se agota en
la suidad... La formalidad de realidad está abierta como realidad sin más, y
por ello abierta a hacer de la cosa real un momento del mundo. Por ello
afirmará Zubiri que la formalidad de realidad es ‘mundificante’”[18]. Con
lo que hemos llegado a la idea de mundo que Zubiri tiene en su análisis de la
impresión de realidad.
Aquí
se detiene A. González a hacer algunas consideraciones. En primer lugar subraya
que se ha llegado a una idea de mundo sin salirse del análisis de lo dado en la
aprehensión, en virtud de la trascendentalidad de la formalidad de realidad
dado en la impresión. Esto no quiere decir que se agote aquí la idea de mundo:
“La cosa real en la aprehensión, por ser real, es mundanal. Un problema
ulterior, ya lo sabemos, será el determinar racionalmente lo que en el mundo
sea. Eso nos lo posibilitará la apertura de esa formalidad de realidad al
mundo”[19]. En
segundo lugar, la noción de mundo de Zubiri difiere de lo que se ha pensado en
filosofía clásica y moderna: “No se trata, pues, de la apertura de cada cosa real
a otras cosas reales, lo que, en definitiva, sería una relación o, en todo
caso, un tipo ulterior de respectividad, sino que se trata de la apertura
respectiva de la misma formalidad de realidad de la cosa”[20]. En
este sentido, no se trata de un nuevo concepto de mundo, sino algo muy anterior
a todo concepto. Se trata de la apertura de la formalidad de realidad a la
realidad pura y simple, la cual es una apertura física: antes de todo concepto,
“sentientemente estamos ante una expansión física de la formalidad de realidad.
Y sin un concepto que ‘conjunte’, el mundo no es el conjunto de las cosas
reales, como pretendió la filosofía... El mundo no es concepto. Tampoco
propiedad, sino formalidad de realidad”[21].Y por
último, no es el cosmos, el cual designa a la conexión de las cosas reales en
virtud de su contenido. Mundo, en cambio, indica solamente, a este nivel del
análisis, el “momento que remite la formalidad misma de la cosa en la
aprehensión. No se trata de un ‘realismo ingenuo’, pues no estamos diciendo
nada sobre lo allende la aprehensión, sino simplemente sobre la formalidad de
realidad en la impresión, a la que no ha prestado atención la filosofía
precedente”[22]. A.
González señala que hasta aquí “no hemos agotado aún, ni mucho menos, lo que
Zubiri piensa sobre el mundo. No hemos hecho más que plantear adecuadamente el
tema en el análisis de la formalidad de realidad de la cosa”[23], con
lo que pasará al análisis de la idea de mundo allende la aprehensión, el cuarto
apartado del artículo.
Sirva
la siguiente definición para conceptuar la idea que Zubiri tiene del mundo:
El mundo es primaria y
radicalmente la mundanidad de cada cosa real, en cuanto realidad abierta como
real. Y sólo porque cada cosa es mundanal, sólo por esto, puede haber mundo
como unidad respectiva de lo real en cuanto real.[24]
Esta
idea de mundo se ha llegado por un esfuerzo ya no de análisis de lo dado en la
aprehensión, sino de la razón que busca y es llevada por la realidad misma
hacia lo allende: por eso se emplea la palabra “puede” y no “es”. Esto merecerá
el siguiente comentario de A. González:
Pero este discurso sobre
el mundo, como ya se puede entrever, tiene un nivel distinto al que hemos
seguido hasta aquí: nos lleva ‘allende’ la aprehensión. Esto es algo que Zubiri
no ha solido señalar en sus trabajos, pero que es preciso afirmar desde su
trilogía sobre la inteligencia. Y es que la formalidad de realidad sentida, por
ser realidad, nos está desde sí misma remitiendo a ese ‘allende’ mundanal, a la
intelección de las cosas como momentos del mundo.[25]
Notemos
cómo A. González se esfuerza en precisar el estatuto noológico de las tesis
zubirianas. Ahora procederá a argumentar cómo esta idea de mundo es posible y
tiene su base en lo dado en la aprehensión de realidad. Para ello acudirá a la
definición de campo de realidad, que hace referencia a ese mismo carácter de
formalidad de realidad que comparten las distintas cosas reales sentidas en
impresión. De esta manera podemos hablar del campo como una dilatación de la
formalidad de realidad dada en la impresión[26], y
esta formalidad de realidad, recordemos, tiene una estructura trascendental
dada en impresión, independientemente de los contenidos concretos o talidades.
A partir de esta idea de campo, se explicará la noción de mundo:
Desde esta idea de campo
podemos ahora entender mejor el paso al mundo de la realidad pura y simple. La
impresión de realidad de la que hemos partido no está solamente abierta a la
cosa real (suidad) ni está sólo abierta a otras cosas reales sentidas en la
misma impresión, sino que la formalidad de realidad está trascendentalmente
abierta a cualquier otra realidad, sea o no sentida en impresión: es la
apertura a la realidad pura y simple. Si hay, como sabemos, una intelección
campal (logos), también hay una intelección de lo que la cosa sea en ‘la’
realidad (razón). Y ahora nos interesa esta pura y simple realidad a la que nos
remite tanto la aprehensión primordial como el logos; es decir, nos interesa el
mundo.[27]
A
partir de aquí, A. González se dedicará a explicar muy zubirianamente cómo es
posible ese paso de la realidad en la aprehensión a la realidad allende, en
virtud de los modos ulteriores de intelección, como lo son el logos y la razón.
Claro que no se trata de dos realidades, como muchos parecen malinterpretar,
sino de la misma formalidad de realidad en expansión hacia nuevos modos y
formas de realidad. El argumento no es muy complicado:
Si realidad es abierta y
todo lo real es real en respectividad a otras realidades, todas las cosas
reales a las que nos vemos remitidos por el campo han de tener una
unidad de respectividad como momento real y físico y que es la que constituye
el mundo. Por eso dirá Zubiri que el mundo es la función trascendental del
cosmos y del campo.[28]
Fijémonos
en la cursivas y veamos cómo A. González expone la argumentación de lo que sea
el mundo en términos de posibilidad, que es lo propio de la razón. En virtud de
la respectividad encontrada en la formalidad de realidad, se explica el paso de
la impresión al logos y de éste a la razón: “Lo real campal nos lanza allende
del campo entero de la aprehensión hacia lo real en profundidad. Por eso la
razón es búsqueda”[29]. Es
una búsqueda que nunca agota la apertura mundanal, sino que más bien la
posibilita ofreciendo el acceso a nuevas formas y modos de realidad[30]. Ello
no indica que la realidad allende y la realidad aquende sean dos realidades:
La realidad mundanal es
la misma realidad del campo de la aprehensión en cuanto realidad: como
formalidad es la misma física y numéricamente. Lo que puede diferir y de hecho
difiere es su contenido, y también su forma y modo.[31]
O en
palabras de Zubiri, lo que nos lanza del campo al mundo
es justo la identidad
real y física del momento de realidad en el campo y en el mundo. En su virtud,
si intelijo la realidad campal no como campalmente sentida, sino según la
formalidad de realidad de la cosa campal, entonces estoy ya en el momento de
realidad que constituye el mundo mismo.[32]
De tal
modo que la realidad campal, en virtud de su formalidad, nos lleva hacia la
realidad mundanal, o dicho de otra manera, hacia otras formas y modos de
realidad distintas de las que nos habíamos encontrado en el campo. Siendo la
realidad siempre abierta, en virtud de la expansión propia de la formalidad de
realidad dada en impresión, podemos decir que la tarea de la razón es también
siempre abierta y problemática, y que sus hallazgos siempre son provisionales y
un constante ir verificando[33].
Mundo es, como ya señalaba Zubiri en “Respectividad de lo real”, la “unidad de
respectividad de todas las cosas reales y de todas las formas y modos de
realidad”[34]. Esta
definición tendría dos niveles: primero, desde la realidad aquende, se explica
gracias al carácter trascendental de la formalidad de realidad, la cual nos
remite a la realidad allende, el segundo nivel, como la unidad en respectividad
de las distintas formas y modos de realidad[35]. De
tal manera que “el mundo es, ciertamente, el orden de lo racional, pero de un modo
muy distinto de como lo entendió el idealismo: no es sino el mundo de las
formas y modos de realidad en su intrínseca emergencia desde sí mismas en
cuanto determinantes de lo real sentido”[36].
Con
ello A. González ha logrado describir la idea de mundo en la filosofía de
Zubiri. Pero no sólo eso, hay más, también nos ha dicho acerca de la idea de
metafísica y de las posibilidades de la marcha de la razón. Veamos:
Ciertamente, estas
formas de realidad podían ser ya anunciadas en un análisis de la impresión
misma de realidad, pero cuando en IS se intentaba, como vimos en el apartado
anterior, determinar esas formas y modos, nos veíamos constreñidos a una
filosofía de la realidad allende la aprehensión. Pues bien, como sabemos ahora,
esta filosofía de la realidad es la que llevamos a cabo mediante unas
intelecciones racionales propias de la metafísica. Y la metafísica, aunque
encuentra su núcleo fundamental en la aprehensión primordial de realidad,
siempre nos remite allende la misma, al estudio de las cosas reales en el
mundo, a las formas y modos de realidad.[37]
Con
algo similar cerrará este apartado:
Y es que en este
problema del mundo se nos hace claro aquello que Zubiri afirma de la
metafísica: “Lo metafísico de lo real en cuanto real, esto es, el orden de la
trascendentalidad. Ahora bien, lo trascendental no es algo concluso y a
priori; es algo dado en impresión (impresión de realidad). Y es algo
abierto, y abierto dinámicamente. Las verdades metafísicas son
sólo estadios de la marcha intelectiva hacia la unidad de la realidad”.[38]
El
artículo posee un apartado más y la conclusión, que apenas comentaremos. En ese
último apartado A. González trata acerca del “ser de lo real en el mundo”, en
el que analiza el problema del ser en la filosofía de Zubiri, y su papel en la
conceptuación del mundo. Para explicar el ser tendrá que acudir a la noción de
“actualidad”. Su trato será semejante a lo que hasta ahora hizo con la noción
de “respectividad”, pasando por Sobre la esencia y, más explícitamente,
por Inteligencia sentiente. Pero no ofrece mayor novedad para nuestra
investigación de la ya señalado hasta ahora, por lo que no nos detendremos en
ello. La conclusión recoge muy resumidamente todo lo anterior. Nos interesa en
especial el último párrafo que nos permite señalar que A. González, a esta
altura de su vida intelectual, está bastante claro de dos cosas: primero, que
es una tarea pendiente el determinar (no con ello se habla de discriminar) el
estatuto noológico de las tesis zubirianas; y segundo, que la correcta
interpretación de la obra de Zubiri ha de hacerse a la luz de su trilogía sobre
la inteligencia. Veamos:
La trilogía sobre la
inteligencia nos ha permitido distintos niveles en las afirmaciones
fundamentales de Zubiri sobre el mundo y sobre el ser. No todas tienen la misma
seguridad o el mismo ‘estatuto noológico’, pues no todas permanecen en el mero
análisis de la aprehensión, aunque todas tengan su punto de arranque y su
núcleo principal en la impresión de realidad. Pero las verdades metafísicas se
constituyen, además, en marcha ‘allende’ la aprehensión; son verdades abiertas.
De este modo, la inteligencia sentiente se convierte en verdadero principio
para la interpretación del resto de la producción filosófica de Zubiri. Hemos
tenido ocasión de comprobarlo, en especial en lo referente al mundo. De ahí la
radicalidad y el profundo crítico que encontramos en su producción filosófica
definitiva.[39]
En el
prólogo a Del sentido a la realidad. Estudios sobre la filosofía de Zubiri[40],
Diego Gracia señala que desde 1927 hasta nuestros días ha habido por lo menos
tres etapas y tres generaciones de discípulos zubirianos. La primera sería la
“generación de Naturaleza, Historia, Dios”, constituida por aquellos
alumnos de Zubiri antes de la Guerra Civil o aquellos que tomaron contacto
(oral o escrito) con él durante ese tiempo. Ellos son los que le hicieran el
libro-homenaje de 1953, publicado por la Revista Alcalá. La segunda sería la
“generación de Sobre la esencia”. Es gente joven que entra en contacto
con Zubiri en los años sesenta, desde la publicación de su éxito editorial Sobre
la esencia. Es una etapa, según relata Diego Gracia, en cierta manera
trágica para Zubiri debido a la adquisición de una imagen peyorativa,
confundiéndolo como un escolástico más. Aunque encuentre otros zubirianos no
escolásticos, a la cabeza de todos Ignacio Ellacuría, Diego Gracia señala que
es cierto que la obra Sobre la esencia da pie para una interpretación
escolática y que la mayoría de las lecturas de entonces fueron en esa línea. En
esta etapa se constatan al mismo tiempo dos extremos: “desde lo estrictamente
panegírico a la pura y simple descalificación global”. La tercera etapa
empezaría hacia 1980 cuando se inicia la publicación de Inteligencia
sentiente: “la obra que a mi entender –dice D. Gracia- constituye el canto
de cisne de Zubiri”. Inteligencia sentiente venía a acabar con la imagen
escolástica de Zubiri, al mismo tiempo que lo dotaba de la imagen de pensador
fenomenológico, conectándolo a la vez con sus escritos juveniles, especialmente
con su tesis doctoral. Esto hizo romper la dicotomía de partidarios y
retractores, y permitió situarlo mejor en la filosofía española contemporánea y
juzgar sin apasionamiento sus aportaciones en la filosofía europea del siglo
XX. A partir de entonces nace una nueva generación de discipulado, con
elementos jóvenes pero también con elementos de las otras dos generaciones,
todos empeñados en leer a Zubiri desde su trilogía sobre la inteligencia:
Somos muchos, en efecto,
los que hemos tenido que rectificar parte sustancial de lo dicho en el pasado.
No sólo los detractores, también los seguidores. A la postre, todos. Cuando,
hace algunos años, escribí un libro más o menos sistemático sobre la filosofía
de Zubiri, decidí prescindir de toda referencia bibliográfica, tanto de un lado
como de otro. Realmente, todo lo publicado sobre Zubiri con anterioridad a
1980, e incluyo, por supuesto, lo publicado por mí mismo, es hoy de muy escasa
utilidad.[41]
Quizás
el último juicio de Diego Gracia sea demasiado exagerado, pero sí hemos de
constatar una nueva generación de zubirianos empeñados en releer a Zubiri y
reconstruir su obra a partir de su última obra sobre la inteligencia. Y, como
hemos podido observar en los escritos zubiriano-fenomenológicos de nuestro
autor, estrictamente en su estudio sobre la idea de mundo en Zubiri, es
precisamente en esta generación donde se enmarca su pensamiento y sus
inquietudes filosóficas. “La idea de mundo en Zubiri” nos ha mostrado que A.
González está empeñado en releer la filosofía de Zubiri a la luz de su trilogía
sobre la inteligencia, demostrando un doble trato: el trato histórico,
propio de la determinación de la evolución intelectual en Zubiri hasta su obra
de madurez; y el trato sistemático, propio de la determinación del
estatuto noológico de las tesis zubirianas: la distinción entre lo dado y lo
allende la aprehensión, así como la distinción entre lo dado en aprehensión y
lo reactualizado en el logos y la razón. Por este doble tratamiento de la
filosofía zubiriana es que A. González puede calificar sus escritos de esta
etapa como escritos “zubiriano-fenomenológicos”, dándole el concreto sentido de
que se está haciendo una lectura de Zubiri desde su evolución intelectual, no
sólo en el período de Sobre la esencia a Inteligencia sentiente,
sino sobre todo desde su relación con la fenomenología que expresan sus
primeros escritos.
Podemos
concluir entonces que A. González pertenece a la tercera generación de
zubirianos que habla Diego Gracia y que su empeño se podría resumir en las
siguientes dos tareas: (1) leer la obra de Zubiri a la luz de Inteligencia
sentiente y, por lo tanto, desde su relación con la fenomenología y con sus
escritos juveniles, y (2) determinar el estatuto noológico de las tesis
zubirianas. Y es precisamente aquí donde A. González entiende que Zubiri ofrece
su “profundo crítico” y su “radicalidad filosófica”. Estas dos características
las mantendrá en lo sucesivo, aunque se le irán sumando otras características
nuevas a partir de su venida a Centroamérica y de su contacto con Ignacio
Ellacuría. Es lo que hemos de ver a continuación.
El enfrentamiento en los escritos
zubiriano-praxeológicos
Los escritos zubiriano-praxeológicos
corresponden a la etapa biográfica de nuestro autor desde que viene a
Centroamérica en 1986 hasta que termina sus estudios de doctorado en filosofía
en la Universidad Pontificia Comillas en 1994. Como veremos en su momento, en
esta etapa nos encontraremos con un A. González que, en cierta medida, sigue
las mismas líneas de Ignacio Ellacuría, sobre todo en lo que respecta a la
inmersión en las intuiciones de la teología de la liberación y la preocupación
de pensar una filosofía de la liberación a la altura de los tiempos, haciendo
dialogar la filosofía de Zubiri no sólo con las filosofías marxistas, sino
también con los teóricos contemporáneos del vínculo social, intentando estrujar
el máximo jugo posible de la veta social de la filosofía de Zubiri. No por ello
se podrá decir que hay repetición nomás entre I. Ellacuría y A. González. Como
veremos, lo que hay es admiración respetuosa y libre seguimiento: ‘admiración’
por la praxis intelectual de su maestro, pero, al mismo tiempo, ‘seguimiento
libre’ en la persecución de sus propias intuiciones de no menor rigor
intelectual y de no menor provecho práctico. Hay, por tanto, novedad de parte
de A. González, sobre todo en la medida que va acuñando la categoría de la
praxis como horizonte filosófico después de Hegel y como objeto de una
filosofía que realmente quiera ser liberadora.
En
esta etapa encontramos tres libros[42];
quince artículos[43];
cuatro comentarios[44];
cuatro prólogos[45]; una
presentación y una introducción[46].
Nuestra investigación excluye ya de entrada el artículo escrito en alemán[47], del
que no tenemos traducción. Nos enfocaremos básicamente en los siguientes
artículos: “El hombre en el horizonte de la praxis”; “Aproximación a la obra
filosófica de Ignacio Ellacuría”, “Notas sobre la alteridad de Feuerbach”, “El
significado filosófico de la teología de la liberación”, “Dios y la realidad
del mal”, “Orden mundial y liberación” y “Hacia una fundamentación de las
ciencias sociales”; y la tesis doctoral Un solo mundo. La relevancia de
Zubiri para la teoría social, por tocar sustantivamente nuestro tema. El
resto de la obra será observada en la medida que aporte algo significativo en
la misma exposición de nuestro trabajo. Por ejemplo, los comentarios son
valiosos en la medida que aportan algunos datos biográficos, desde el punto de
vista de cómo A. González se entiende a sí mismo, de cómo ve la situación desde
donde escribe, etc.; los prólogos y las introducciones, porque tocan en algún
momento los intereses intelectuales desde los cuales evalúa las obras
prologadas o introducidas. Hay artículos que apenas si tocaremos, como son los
de teología[48] y los
de la historia[49].
Ambos tipos de artículos constituyen unidades que por la especificidad de su
objeto, en términos generales, se auto-excluyen. Así mismo excluimos, en
términos generales y por la misma razón antes expuesta, el libro Introducción
a la práctica de la filosofía y el libro Trinidad y Liberación,
aunque haremos referencia a ellos en algún momento, pero siempre de modo
circunstancial.
A
continuación expondremos uno a uno los escritos seleccionados con el propósito
de ir sumando referencias y posibles conclusiones que fundamenten nuestras
tesis. En su momento, nos hemos visto obligados a agrupar algunos escritos para
dar una idea general de lo que hay en ellos y para tomar algunas notas de
nuestro interés. Así se explican los aparatados en los que tratamos los
‘escritos propedéuticos’ (2.2.), los ‘escritos sobre la historia’ (2.3.), los
‘escritos teológicos’ (2.6.) y los ‘escritos sociológicos’ (2.8.). Por lo mismo
podrá parecer a veces una cierta dispersión en la exposición. El hilo conductor
de este capítulo no es otra que la exposición de los escritos en su sucesión
cronológica, pero al mismo tiempo argumentando cómo se va configurando la
interpretación “práxica” que A. González hace de la filosofía de Zubiri.
2.1.
El hombre en el horizonte de la praxis (1987)
Este artículo incursiona con una gran
novedad: el esfuerzo de A. González de caracterizar el horizonte de la filosofía
pos-hegeliana y situar allí la antropología de Zubiri. Ese horizonte es el
horizonte de la praxis, entendido como el lugar donde se da la mutua
imbricación entre el hombre y la realidad. Así nace una nueva interpretación de
la filosofía de Zubiri, distinta de la hecha por Ellacuría. Pero veámoslo
detenidamente. Este artículo es importante, además, porque trata las temáticas
que serán recurrentes en toda esta etapa intelectual, como son: el carácter
práxico del hombre en virtud de su sensibilidad activa, la socialidad humana y
el carácter ético de la praxis social.
El artículo comienza caracterizando el
estado actual de la filosofía como un estado de crisis. Pero más que
desilusionarnos y abandonar la tarea filosófica como sugieren los
“postmodernos”, A. González nos invita a aprovechar la situación para “revisar
aquellos presupuestos incuestionados con los que la filosofía ha venido
trabajando hasta llegar a un callejón sin salida”[50]. Ya la filosofía
pos-hegeliana apuntaba a esta crítica y
esbozaba un nuevo horizonte: “Para Marx, abandonando el idealismo, la filosofía
habría de consistir en una reflexión sobre la actividad real de los hombres.
Para Nietzsche, la filosofía habrá de ponerse al servicio de la vida como
afirmación de la voluntad libre del hombre sobre un mundo desdivinizado. Para
Wittgenstein, se tratará de un análisis del lenguaje humano desde el punto de
vista de la pragmática”[51].
Para A. González, la filosofía de Zubiri puede
ayudar a clarificar este nuevo horizonte en el que se encuentra el pensamiento
occidental. Siguiendo la intuición de Ortega y Gasset, Zubiri señala que la
filosófica clásica y moderna se ha movido básicamente en dos horizontes,
entendidos según el modo de entender la relación del hombre con el mundo: el
hombre como mero trozo del universo (horizonte griego o de la movilidad) y el
hombre como continente del universo (horizonte cristiano o de la nihilidad).
Ante estos dos horizontes, se presenta la necesidad de uno nuevo: el horizonte
de la praxis. Aquí A. González, pasando por las investigaciones de la nueva
física (trato activo y no sólo contemplativo del hombre con su entorno), y las
reflexiones de Marx (énfasis en el papel activo y transformador del sentir
humano y, por tanto, del hombre) y Heidegger (la comprensión de la mutua
imbricación entre existente y mundo)[52], se preocupa en señalar que
hablar de un nuevo horizonte no es hablar de una tercera vía entre materialismo
e idealismo, sino “lo que al hablar de un ‘tercer horizonte’ se quiere indicar
es un modo de entender la presencia humana en el mundo según el cual ésta no es
solamente un producto o resultado de la naturaleza, sino que, a su vez, la
determina al conocerla y al transformarla”[53]. De tal manera que, aunque
sea “en un sentido enormemente amplio”, debe entenderse el horizonte
pos-hegeliano como el horizonte de la praxis. Dicho esto, A. González dedicará
los apartados 2, 3 y 4 de su artículo para determinar en qué sentido el hombre
es un animal práxico, social y ético.
El hombre es un animal práxico en virtud
de su sensibilidad activa. Siguiendo la argumentación de Zubiri, A. González
señala que la filosofía desde Parménides hasta Heidegger ha errado al no
considerar suficientemente el papel la sensibilidad humana en la inteligencia:
¿Qué
es lo que, fundamentalmente, han dejado fuera los análisis de Heidegger? Ante
todo, éste ha quedado preso de un prejuicio propio de casi toda la filosofía
occidental desde Parménides, con la única posible excepción de la izquierda
hegeliana. Haber considerado la sensibilidad humana como algo ajeno a la
intelección, como un factum brutum de escaso interés para entender tanto
al hombre como a la realidad (IS, 85 passim). El sentir sería una
característica que el hombre compartiría con los animales, habiendo de
encontrarse lo específicamente humano en una inteligencia entendida
fundamentalmente como logos o como razón. (...) Es lo que Zubiri ha denominado
la “logificación de la intelección” (IS, 86).[54]
Para Zubiri, la grave cuestión entre
inteligencia y realidad se juega en algo más radical que el logos, que es el
sentir humano. Allí, las cosas se presentan y se aprehenden como reales. El
sentir ya no se va a entender como una mera acumulación pasiva de datos (empeiría
aristotélica), sino como una actividad en la cual se halla inmerso el animal[55]. La estructura del sentir
tiene tres momentos: suscitación (lo que desencadena toda reacción animal),
afección (modificación tónica) y respuesta (restablecimiento del equilibrio
vital). La unidad de estos tres momentos se denomina comportamiento[56], mientras que el modo propio
de habérselas con las cosas se denomina habitud[57]. En sentido inverso, el
carácter o modo como las cosas quedan en el animal o en el hombre se llama formalidad[58]. Ahora bien, en la medida en que
ascendemos en la escala zoológica, el grado de formalización va siendo cada vez
mayor y va aumentado la independencia del animal respecto del medio. Se puede
hablar, entonces, prescindiendo de la formalidad propia de la vida vegetal, de
dos modos de formalidad: la formalidad de estimulidad, propia de los animales,
y la formalidad de realidad, propia de los seres humanos[59]. Pero ¿qué significa
‘formalidad de realidad’? A diferencia de los animales, donde las cosas se
presentan como meros estímulos-de respuesta, en el hombre las cosas se
presentan como algo de-suyo, es decir, “como realidades independientes de mi
aprehensión o anteriores a ella”[60]. A esto Zubiri denomina
realidad. Por ello se puede decir que la inteligencia es la habitud propia del
ser humano, su modo de enfrentarse a las cosas como reales, como de-suyo. El
hombre es, por ello, un “animal de realidades” en todos los momentos de su
actividad sentiente. Mientras que la actividad del animal está enclasada en un
circuito de estímulos y respuestas que se agota en la constitución de un medio
circundante, la actividad humana es intrínsecamente abierta e indeterminada.
Para Zubiri la intelección humana no es algo añadido al hacer del hombre, sino
que es el hacer mismo en cuanto un hacer intelectivo. De ahí que “la función
primaria de la inteligencia, estrictamente biológica, no es la de elaborar
conceptos ni esquemas de acción, sino hacerse cargo de las cosas como reales.
(...) No hay ni puede haber por ello praxis humana en sentido estricto si no
partimos de su inteligencia. Recíprocamente, como hemos visto, la inteligencia
no es sino la hiper-formalización de su actividad sentiente”[61].
Esto da pie para que A. González pueda
decir que la tarea filosófica de este nuevo horizonte no comienza en una teoría
de la inteligencia ni en una teoría del conocimiento, sino en la actividad
sentiente del hombre. No por ello prima la antropología frente a la metafísica,
sino que la actividad humana “tiene un carácter rigurosamente metafísico; la
mutua imbricación entre el hombre y el mundo es el horizonte mismo de toda
pregunta por la realidad”[62]. En otras palabras, en el
sentir humano, en la impresión de realidad, se juega toda ulterior tarea
filosófica:
Esta
imbricación íntima entre el hombre y la realidad que hemos señalado como marco
del pensamiento contemporáneo es lo que se expresa justamente en la fórmula
zubiriana de la ‘impresión de realidad’. No se trata, primariamente de la
fórmula que define una epistemología, una antropología, o una metafísica, sino
el horizonte mismo en el cual se constituye toda interrogación filosófica. Y es
que, en definitiva, “es imposible una prioridad intrínseca del saber sobre la
realidad ni de la realidad sobre el saber. El saber y la realidad son en su
misma raíz estricta y rigurosamente congéneres” (IS, 10).[63]
Hasta ahora se ha ido precisando un poco
más lo que se entiende por praxis como horizonte filosófico, en virtud de la
especialización misma del sentir humano, algo que ha olvidado la filosofía
anterior. Pero con ello solamente se ha analizado el modo propio de habitud
humana, dada a partir de la aprehensión primordial de realidad, pero no nos
hemos preguntado por lo que es la realidad profunda del ser humano. ¿En qué
consiste la realidad profunda del hombre? Para responder a esta pregunta y sin
detenerse en la diferenciación del estatuto noológico como lo ha hecho en el
artículo anterior, A. González pasará revista a lo que se ha dicho sobre el
hombre a lo largo de “siglos de reflexión filosófica de la humanidad”. Entre
los dos extremos que representan las
posturas dualistas y las monistas, encontraríamos todo un abanico de
posibilidades teóricas cuyo problema común consiste en haber resbalado en el
prejuicio aristotélico-escolático que identifica realidad con sustancialidad,
hablando así o de la unión de dos sustancias (los dualistas) o de la
posibilidad de una única sustancia desde la que emergerían las facultades y
potencias superiores (los monistas). En el caso de Zubiri sería diferente,
debido a que nos ofrece una consideración no sustancialista de la realidad:
“para Zubiri la realidad humana no se puede aclarar en términos de sustancia,
sino de sustantividad”[64]. Por sustantividad se
entiende el carácter unitario y estructural de la realidad: toda realidad
consiste en un sistema de notas[65]. En el ser humano nos
encontramos con dos tipos de acciones o notas: las físico-químicas (p.e., el
metabolismo de proteínas, los lípidos, la transmisión sináptica, etc.) y las
psíquicas (p.e., los sentimientos, recuerdos, hábitos, inteligencia, etc.). De
tal manera que
la
sustantividad del hombre consiste en la radical unidad de estas acciones o
notas psíquicas con las orgánicas. No se trata de la unión de dos sustancias,
sino de unidad estructural. Ni lo psíquico ni lo orgánico tienen suficiencia
constitucional por sí mismos (SH, 456) y no hay sino un único sistema.
Solamente por abstracción se puede hablar de “la” psique o “el” organismo. Todo
lo orgánico en el hombre es psíquico, y todo lo psíquico es orgánico.[66]
Esta concepción va más allá del
emergentismo materialista de Mario Bunge, debido a que éste, aunque considera
lo somático y lo mental como subsistemas parciales de un único sistema total,
identifica realidad, sustancia y materia. Para Zubiri, en cambio, materia no es
sustancia, sino sustantividad. Es además una sustantividad que puede “dar de
sí” distintas realidades. Este “dar de sí” puede ser por repetición
(mantenimiento de la especie), transformación (producción de notas nuevas) o sistematización
(producción de nuevos sistemas). Por esto, la vida más que una “emergencia”
consiste en una constante “sistematización” de la materia y esto es, muy
resumidamente, el materismo zubiriano[67]. Desde aquí que quede claro
que “la actividad humana ‘es unitariamente psico-orgánica en todos, absolutamente
todos sus actos’ (SH, 482)”[68].
Ahora nuestro autor pasará a considerar
el carácter práxico de la socialidad humana. La pregunta crítica, heredada de
Marx, es si en el ser humano existe una escisión entre su ser individual y su
ser genérico, es decir, si el hombre es un ser individual como piensan los
capitalistas o si es un ser genérico[69] . En concreto se pregunta:
“¿Es la socialidad humana un carácter meramente añadido a su individualidad, o
es un rasgo constitutivo, esencial de su realidad sustantiva?”[70]. Es la pregunta por el
vínculo social, que más adelante profundizará tanto en cursos y artículos, como
en el mismo desarrollo de su tesis doctoral.
Para dar solución a esta problemática
pasa, como es su costumbre, revista a las distintas posturas, esta vez en la
teoría sociológica. Frente a las posiciones clásicas como la de Durkheim (lo
social como un macrosujeto), o a las fenomenológicas de Schutz, Scheler y
Husserl (que enfatizan un análisis de vivencias de alteridad en un ego,
sujeto), la posición de Zubiri sugiere ir a la raíz misma del problema en la
versión constitutiva de los demás en mí:
El
problema de la versión a los otros es, ante todo, un problema de versión real y
física, no meramente vivencial ni intencional. Y esto, no por una dialéctica
abstracta, sino por una constatación. (...) La socialidad, antes de ser un
fenómeno consciente, es algo ya incrustado en las estructuras más radicales del
hombre. Por ello hemos de remitir el problema de la socialidad humana, en
primer lugar, a sus estructuras últimas, en virtud de las cuales el hombre, si
es individuo, es individuo de una especie. ¿Qué se entiende por especie?[71]
La especie no es predicado conceptivo de
individualidades reales, ni una unidad ideal de las mismas. Para Zubiri,
siguiendo los datos positivos que ofrecen las ciencias, la realidad material
muestra, en primer lugar, un carácter individual que hace referencia a una
cierta autonomía y coherencia independiente. Estrictamente, la única
sustantividad es el cosmos, en donde todas las cosas son notas de este sistema
único y total. Ahora bien, esto no quita verdad para que consideremos cada cosa
en su carácter individual, es decir, como una nota sustantiva (eso sí, nota-de
un sistema), o, en otro sentido, para que consideremos a una gran zona de
realidades formando ese tipo de unidad que llamamos ‘especie’. De tal manera
que la especificidad de las individualidades viene dada a través de lo que en
biología y paleontología se denomina phylum. Este phylum es
verdaderamente una realidad física y esencial en los individuos,
constituyéndoles a cada uno con las especificidades elementales de su especie[72]. A partir de esto se puede
decir que “biológica y físicamente, el supuesto ‘individuo’ lleva esencialmente
dentro de sí a los demás (SE, 318)”[73]. Y esto explica cómo la
socialidad es un momento constitutivo en cada individuo, de manera más radical
que otras explicaciones de orden fenomenológico u sustancialista.
A. González explayará su exposición
teórica, demostrando la diferencia que presenta la especie humana respecto de
las demás especies animales en su configuración social. Bástenos aquí decir que
hay una versión física y real de los demás en mis acciones, situación que si
bien se da con mayor predominancia durante la infancia, será recurrente a lo
largo de toda la vida de una persona. Por ello, “la raíz de la socialidad
humana, el carácter formal de su vínculo, es una héxis, es decir un modo
de habérselas con las cosas”[74] y la sociedad “podría ser
considerada, en esta perspectiva, también como una habitud basada, en
definitiva, en el carácter específico del hombre y en su necesidad biológica de
agruparse con otros hombres y configurar colectivamente sus actividades”[75]. A partir de esta héxis,
como modo social y dinámicamente configurado de habérselas humanamente con las
cosas, A. González explicará el lugar y el papel del lenguaje y de la cultura.
Esta última denominada, a grandes rasgos, mentalidad. La mentalidad no
hace referencia a ningún espíritu social que piensa fuera de los individuos,
sino el modo de pensar de cada uno de los miembros de la sociedad en cuanto que
está afectado por los demás.[76]
Dicho esto, pasa A. González a considerar
las estructuras éticas del animal de realidades. Dirá, en primer lugar, que si
bien la actividad del hombre está configurada de acuerdo a un haber
institucionalizado en cada sociedad, esto no lo limita a que sea un mero
repetidor más, sino que en mayor o menor medida puede cuestionar, traicionar o
proponer nuevas alternativas de acción. Y esto es lo que constituye el problema
moral. En segundo lugar, que la moral, antes de ser una actividad socialmente
institucionalizada (una moral concreta), es una estructura física del animal
humano que consiste en el hacerse cargo de las cosas como reales y de su misma
actividad como real:
Justamente
por esto, toda actividad humana, desde la más nimia a la más técnica, tiene un
carácter estrictamente moral. (...) Por el contrario, hay que sostener que no
hay actividades humanas ‘neutras’, sino que toda praxis, sea del tipo que sea,
está sujeta a una consideración moral, pues, en virtud de sus mismas
estructuras, el animal tiene que determinar el tipo de justeza que va a tener cualquier
actividad que realice: los hombres han de hacer justas, esto es ‘justificar’
todas sus apropiaciones.[77]
Este sería un primer momento de la
consideración ética de la actividad humana, todo lo elemental y biológico que
se quiera. Un segundo momento será la consideración de la actividad humana
institucionalizada y articulada en sistemas de normas y valores, que
caracterizarían eso que denominamos la “moral concreta”. Ambos momentos no
hacen referencia a dos fuentes distintas de moralidad, o a dos morales, sino
más bien a “dos ingredientes constitutivos de toda moral”[78]. Por último, cuando hablamos
de moral concreta podemos incluir un carácter constitutivamente histórico, como
transmisión de posibilidades y como entrega de modos de estar en la realidad. Toda
moral concreta está social e históricamente constituida, que posibilita o
limita otros modos de habérselas con las cosas. De ahí que se necesite un
tercer nivel, el propio de la razón. En este nivel ya no se hablará de
estructuras morales, sino de la consideración ética ante cualquier moral
concreta.
Por
grande que sea el carácter impositivo de este haber, por fuertes que sean las
sanciones ideológicas o normativas, el hombre, por el hecho, en principio
modesto, de ser un animal de realidades, puede distanciarse de lo socialmente
imperante y rebelarse, al menos en su interior (SH, 313). (...) En definitiva,
ésta y no otra es la función radical de la racionalidad del hombre (IR, 135ss):
la búsqueda y apropiación de posibilidades.[79]
Hemos visto hasta aquí la dimensión
social y las estructuras éticas del ser humano. Antes habíamos visto el lugar
de la impresión de realidad en la configuración de un horizonte filosófico
post-hegeliano y lo que era la realidad profunda del ser humano. En este
momento es cuando A. González precisa, por fin, lo que se ha de entender por
praxis:
Praxis
no es, estrictamente hablando, un mero sinónimo de acto o de actividad.
Considerando la actividad humana integrada estructuralmente por los actos que
ejecutan sus notas (SH, 88ss), hemos afirmado su unidad radical. Ahora bien,
esta actividad no es ni exclusiva ni primariamente individual, sino específica
y socialmente determinada. Tampoco es un mero resultante de la acción de una
sociedad que se impone como un macrosujeto a los hombres. Se trata de una
acción constituida ciertamente de modo social, pero siempre en respectividad a
lo socialmente institucionalizado en cuanto aprehensible como real: es la
acción histórica meramente receptiva, transformadora o, in casu,
revolucionaria. Pues bien, la intrínseca actividad del hombre,
constitutivamente moral, en cuanto que socialmente determinada, no sólo como
resultante institucional, sino como dirigida a la transformación de esa
sociedad, sea en la dirección que sea y con el grado de ‘conciencia’ explícita
que sea, es lo que denominamos praxis.[80]
Tenemos
así el primer concepto de praxis, que irá madurando y tomando diferentes
matices a lo largo de los años. Aunque tomará en el futuro una mayor precisión,
podemos afirmar con toda franqueza que este concepto de praxis se puede
mantener en la obra de A. González. Lo que realmente madurará, como veremos más
adelante, es la fundamentación de la radicalidad de la praxis, respecto a toda
teoría de la realidad. Por ello es que el tratamiento tenido en este artículo,
aunque novedoso en cuanto al horizonte del filosofar, es bastante fiel a la
antropología de Zubiri de Sobre el Hombre, independiente del estatuto
crítico en que esa obra se encuentre[81]. Más
adelante, sobre todo en su tesis doctoral, A. González madurará aquellos puntos
desde los cuales después se distanciará del mismo Zubiri. Con todo, que quede
claro que a partir de este artículo vemos a un A. González empeñado en
ofrecernos una nueva interpretación de Zubiri, ahora desde el horizonte de la
praxis: es la interpretación “práxica” de la filosofía de Zubiri.
2.2.
Los escritos propedéuticos (1987-1989)
En
este apartado queremos referirnos muy brevemente a los prólogos que A. González
ha preparado para la edición de una serie de clásicos de filosofía que publicó
UCA Editores en conjunto con el Departamento de Filosofía, así como al prólogo
a su libro Introducción a la práctica de la filosofía, por ofrecernos
algunas preocupaciones intelectuales de nuestro autor.
El
primero es el prólogo al libro de J. J. Rousseau, El contrato social. No
nos interesa aquí una exposición de los datos biográficos e intelectuales sobre
Rousseau, sino el enfoque general del prólogo. A. González mantiene la tesis
que Rousseau no es un representante más de los teóricos de la Ilustración,
sino, por el contrario, un crítico de la Ilustración: “la crítica que Rousseau
realiza podría denominarse ‘de izquierdas’ en cuanto que supone un
enfrentamiento y una superación del individualismo propio de la burguesía
entonces ascendente”[82]. Del
mismo modo, señala que “en la actualidad
se tiende a recuperar las dimensiones colectivistas de su filosofía
social, y su parentesco e incluso paternidad con el pensamiento marxista”[83].
Dicho esto, pasa revista a las diversas obras del autor, contextualizándolas y
dándoles el sentido antes referido. Rousseau sería un pensador que está más
allá de la Ilustración, que pone en tela de juicio el “progreso” de la ciencia
y de la técnica, la “desigualdad” de los hombres y el derecho a la “propiedad
privada” y la relación individuo-sociedad. En su lugar, Rousseau propone
considerar el carácter social intrínseco en toda individualidad, el
sometimiento a la voluntad general (pueblo) y a un marco jurídico regulador de
la convivencia. Frente a la crítica marxista a Rousseau, acusado de no teorizar
el hombre económico sometido a las leyes de la explotación, A. González señala
que la debida contextualización indica que la industrialización en tiempos de
Rousseau no tenía las mismas dimensiones que conoció Marx y que por lo tanto no
conoció lo que éste denominó el ‘proletariado’, pero que, sin embargo, Rousseau
siempre abogó por el sometimiento a la voluntad general del pueblo real, no
sólo ideológico, sino que también económico. Por su parte, A. González señala
que ciertamente un error en Rousseau fue no haber considerado que el derecho a
la propiedad privada, al adquirir mayores dimensiones, iba a entrar en
conflicto con la voluntad general tal como él la entendía. Con todo cabe decir
que “Rousseau fue un intelectual sumamente independiente de los prejuicios y
convenciones de su tiempo, y muchas de sus grandes intuiciones gozan aún de
relevancia en el nuestro”[84].
El
segundo es el prólogo a K. Marx, Los manuscritos de 1844 y Tesis
sobre Feuerbach. El tratamiento de esta obra puede caracterizarse
claramente como una apología a la filosofía marxiana, es decir, a las
intuiciones del mismo Marx, frente a las detractaciones que su obra ha tenido a
lo largo del siglo XX de parte del socialismo real, con sus dogmatismos y
escolasticismos de escuela. A. González contextualiza estas obras juveniles de
Marx, las que califica como “el bosquejo de la filosofía que sirve de
inspiración al conjunto de investigaciones científicas que Marx emprendió a
partir de esas fechas y que culminaron con la redacción de El Capital en
los últimos años de su vida”[85]. La
filosofía juvenil de Marx rechaza el determinismo mecanicista de Demócrito y
defiende con Epicuro la libertad del hombre y su capacidad de determinar la
naturaleza, no siendo por tanto un mero producto pasivo de la misma. En
especial, A. González analiza las tesis filosóficas de estas dos obras de Marx.
Su interés está en que Marx está situado más allá de Hegel, rompiendo con el
idealismo en lo que tiene de alineación del pensamiento respecto a la práctica
real de los hombres. Más allá del subjetivismo que va de Agustín a Hegel, Marx
piensa que “el hombre es un ser íntimamente imbricado con el mundo y con los
demás hombres”[86]. El
hombre solamente es sujeto en cuanto que transforma colectivamente el mundo.
Ahora bien, esta versión del hombre al mundo no se da en un ámbito pasivo o
contemplativo de una conciencia, sino en la vida práctica y sensible de los
hombres. Por eso Marx revisa la categoría de sensibilidad y su papel activo
respecto de la constitución del objeto (la alteridad). En este sentido, la
praxis no es más que actividad sensorial del hombre, es decir, el carácter
activo del trato humano con lo real (sentir). Por ello es que no en vano
Gramsci puede sustituir el término “marxismo” por el de “filosofía de la
praxis”[87].
Desde ahí se ha de comprender el humanismo de Marx que, a diferencia del
humanismo existencialista del siglo XX que defiende la desesperada
individualidad humana al margen del mundo real y de sus relaciones sociales,
propugna que el hombre ha de ser entendido en su trato activo con la naturaleza
y con los demás hombres. El humanismo de Marx no es individualismo idealista,
como tampoco es mero economicismo determinista, sino que defiende ante todo el
carácter transformador y emancipatorio de la praxis humana. Por último, A.
González hace una breve alusión a la importancia del estudio de Marx en
Occidente: “La práctica política que reclama sus orígenes en las reflexiones de
Marx ha sufrido con frecuencia la ignorancia o el ocultamiento de algunas tesis
fundamentales de la filosofía marxiana, con frecuencia presentada en manuales
que reflejan más la escolástica staliniana que el frescor del pensamiento de su
creador”[88]; y en
especial para América Latina: “Por ello, si se quiere prestar un servicio
efectivo a las tareas prácticas y a la emancipación real de los pueblos, es
menester un enfrentamiento renovado con los textos filosóficos marxianos”[89].
El
tercero es el prólogo a La Política, de Aristóteles. Es un estudio
bastante largo acerca de Aristóteles, de la interpretación de su obra y de los
contenidos de la misma. A. González mantiene la tesis que el estudio de
Aristóteles es vital en la medida que se quiere destruir algunos prejuicios que
todavía permanecen en la actualidad: “Sólo acercándonos a sus concepciones
sistemáticas sobre la naturaleza, la economía, la sociedad y el Estado podremos
medir el alcance de su pensamiento y, a partir de ahí, plantear una discusión
válida incluso para nuestro tiempo”[90]. De
nuevo, no vamos a entrar de lleno en lo que Aristóteles sistemáticamente pensó
en filosofía social y política, sino hemos de quedarnos en la valoración
general. Entre el conjunto de apreciaciones sobre la obra política de Aristóteles,
vamos a fijarnos, a este nivel, solamente en una: la que indica que la
limitación de Aristóteles estriba fundamentalmente en su concepción clásica de
lo que se da ‘en acto’ es mero desarrollo de lo que antes estaba ‘en potencia’.
Ante ello A. González interpone dos objeciones: “puede ser que la esencia,
lejos de toda idealidad formal, consista en una estructura física y real
susceptible de transformación por sistematizaciones progresivas. Y puede ser
también que las posibilidades que el hombre recibe y transmite en la historia
sean heterogéneas respecto a las meras potencialidades naturales”[91], que
son precisamente las tesis de Zubiri y de Marx, respectivamente. Así lo dice
explícitamente: “por ello no es de extrañar que la crítica que a Aristóteles
dirigen dos filósofos contemporáneos como Marx y Zubiri coincida en subrayar su
ceguera para este carácter transformador y abierto de la actividad humana”[92].
Dejemos hasta aquí este prólogo, y notemos que el punto de partida de A.
González para criticar las obras citadas se encuentra en estas dos fuentes
recién mencionadas: Zubiri y Marx. Y con ello podemos preguntarnos: ¿Qué es lo
que nuestro autor ha encontrado en estos dos filósofos?
Esto
será respondido en el Prólogo a su libro, Introducción a la práctica de la
filosofía. Veámoslo detenidamente. Como bien sabemos este es un texto de
iniciación a la filosofía, cuyos destinatarios son aquellos que se enfrentan
con la enseñanza de la materia de filosofía en bachillerato, pero también con
aquellos que desean introducirse en la filosofía misma. Nos interesa el enfoque
del libro que, en buena medida, puede entrever los intereses intelectuales de
nuestro autor. A. González señala que:
nuestro punto de partida
son ineludiblemente los interrogantes filosóficos que surgen, especialmente en
América Latina, ante la opresión que sufren hombres y pueblos enteros, y
también ante los consiguientes esfuerzos y luchas de liberación. (...) La
filosofía, respecto a otras disciplinas sociales y teológicas, ha de llegar
tarde a la pregunta por la liberación; pero tendrá inexorablemente que
enfrentarla. Y habrá de hacerlo, no cultural o propagandísticamente, sino como
estricta filosofía, tomando como problema fundamental y como horizonte final la
emancipación de esos hombres y pueblos. En tal sentido, el cual habría de
precisar quien acometa la tarea, cabe hablar de “filosofía de la liberación”.[93]
Ante
la pregunta por las características de una “filosofía de la liberación”, A. González
sugiere que ésta debe ser una filosofía “necesariamente universal en sus
pretensiones últimas de verdad y justicia”, pero además que debe tomar forma de
una filosofía de la praxis:
Ciertamente, la
emancipación humana plantea problemas que atañen al ámbito de las disciplinas
filosóficas clásicas y, en este sentido, envuelve dimensiones no sólo
“metafísicas”, sino también epistemológicas, lógicas, éticas, etc. Pero la
liberación, primariamente, es una actividad humana, una praxis, y no
puede ser comprendida correctamente si se pierde de vista este aspecto
fundamental. Por eso, si se quieren plantear los temas de la filosofía desde el
punto de vista esencial de este hacer emancipador, la reflexión habrá de tomar
la forma de una “filosofía de la praxis” histórica del hombre. La filosofía de
la liberación no puede ser, primariamente, ni una epistemología, ni una
ontología, ni una lógica dialéctica o analéctica, sino que ha de constituirse
como reflexión crítica sobre la praxis humana. Otra cosa es que la reflexión
plantee, inexorablemente, problemas éticos, epistemológicos o metafísicos.
Pero, así como la praxis humana no se deriva de la ética, sino que la inicia y
funda, las cuestiones teóricas que surgen en el “horizonte” de la liberación
han de plantearse justamente a partir del análisis filosófico de esa praxis.[94]
Sin embargo, la praxis no es tomada aquí
como una categoría más desde la que se han de desplegar “especulativamente las
demás categorías filosóficas”, lo cual sería un mero ejercicio intelectual de
escasa utilidad para la praxis misma, sino que ha de partir de la aprehensión
primordial de la praxis humana real: “La filosofía verdadera ha de partir de la
primordial aprehensión de la praxis humana real, en sus concreciones
individuales, sociales e históricas, y no de un concepto metafísico, por más
resonancias “progresistas” que éste tenga”[95]. De esta manera la
“principialidad de la
praxis” no solamente es muy relevante para un adecuado planteamiento de los
temas filosóficos fundamentales desde una óptica liberadora, sino que “puede
ser de suma utilidad metodológica para enfrentar uno de los mayores problemas
con los que se ha encontrado la misma autodefinición teórica de la filosofía de
la liberación: la relación con el “marxismo”[96]. Claro, habla del marxismo
como filosofía, y no tanto sus importantes señalamientos económicos,
sociológicos y políticos. Ante la pregunta si existe tal filosofía marxista,
responde que “Marx hizo filosofía y no sólo en su juventud” y que con él
arranca la superación “postmoderna” de la “metafísica de la subjetividad”[97]. Se
trata, por tanto, de hacer algo similar a lo de Gramsci: la refundación de la
filosofía marxista como filosofía de la praxis. De tal forma que la principal
deuda del libro no es con las filosofías de la liberación ni con las
interpretaciones del marxismo, “sino más bien con dos obras muy concretas: las
famosas Tesis sobre Feuerbach y la Inteligencia sentiente de
Xavier Zubiri”[98]. El
aporte de Zubiri consiste en darnos una “teoría de la sensoriedad de sumo
interés, al recoger dos dimensiones filosóficas fundamentales del sentir
humano: la unidad sentir e inteligir en una sola facultad (...) y, aunque
quizás no con la misma intensidad, la vieja intuición marxiana del carácter
activo del sentir”. Dicho esto, queda pues esbozado un proyecto intelectual que
va más allá de las pretensiones de un libro propedéutico para secundaria y que,
en cierta manera, hereda A. González explícitamente de I. Ellacuría:
La relevancia de estas
dos tesis es enorme, pues constituyen dos elementos para una estricta y
adecuada formulación filosófica –de la que aún carecemos- del concepto de praxis.
Ciertamente, no hay duda de que se trata de una interpretación de las
posibilidades de la obra de Zubiri, y no de una lectura “ortodoxa” (suponiendo
que esto sea posible) de sus escritos. Como interpretación, reconoce los
límites y sus posibles inadecuaciones respecto a las “intuiciones verdaderas”
del autor, sobre todo desde la conciencia de que todavía no disponemos de un
estudio riguroso sobre el problema de la actividad humana en esa filosofía.
Pero, con todo, nace de la convicción, que en parte debemos a Ignacio
Ellacuría, de que una lectura de Zubiri, en este horizonte y en esta situación,
puede resultar intelectual y prácticamente fecunda.[99]
Podemos
a esta altura del trabajo esbozar un proyecto intelectual en A. González que
responde a las siguientes características: (1) hacer una filosofía desde la
situación vital e intelectual en que se encuentra la realidad sociopolítica de
América Latina a la altura de los años ochenta; (2) una filosofía
principalmente de carácter emancipadora; (3) no regionalista, sino
universalista; (4) que tome la forma de “filosofía de la praxis”, en virtud que
su horizonte es la praxis histórica de los hombres reales; (5) que no sea
especulativa, sino que parta de la aprehensión primordial de la praxis humana;
(6) en diálogo con las filosofías marxistas de la praxis; (7) pero desde la
base de las Tesis sobre Feuerbach de Marx e Inteligencia sentiente
de Zubiri, dado que en ellos se constata la unidad estructural sentir-inteligir
y su carácter práctico y transformador; (8) nociones heredadas, en cierta
manera, de Ignacio Ellacuría[100].
2.3.
Los escritos sobre la historia (1989-1993)
A
continuación nos encontramos con el artículo “El problema de la historia en la teología de Gustavo
Gutiérrez” (1989). Si le añadimos los artículos: “Voluntad de libertad” (1991),
“La historia como revelación de Dios según Pannenberg. Reflexión crítica”
(1992), “Tesis sobre el final de la historia” (1992) y “Filosofía de la
historia y liberación” (1993), en su conjunto nos encontraríamos con los
“escritos sobre la historia”. Como ya señalábamos arriba, por
la especificidad de su objeto,
estos escritos se auto-excluyen de nuestra investigación. Bástenos aquí
mencionar que todos ellos se enfrentan con el concepto ilustrado de historia
(Kant, Hegel y Marx) y en su lugar, A. González propone el concepto zubiriano
(y aquí también el aporte de Ellacuría) de historia, eso sí, visto desde el horizonte
de la praxis, es decir, desde el enfrentamiento activo y transformador del
hombre con la realidad. A mi modo de ver, un buen esquema y resumen de los
contenidos específicos que se tratan en estos artículos se puede encontrar en
“Tesis sobre el final de la historia”, y a él podemos referirnos muy brevemente
y de manera circunstancial.
En “Tesis sobre el final de la historia”[101] A. González discute
filosóficamente con las tesis que predican el fin de la historia en el
capitalismo: en primer lugar, expone que la tesis del final de la historia ha
de ser distinguida de las tesis que niegan la realidad de la historia. En
segundo lugar, expone los contenidos y limitaciones de la filosofía ilustrada
de la historia. El concepto ilustrado entiende la historia como única, lineal,
fásica, ascendente, teleológica, necesaria y potencial[102]. En tercer lugar, demuestra
que este concepto ilustrado de historia no sirve para una filosofía de la
liberación: mantiene la alineación, falsea la realidad, legitima las victimas
de la misma, y es eurocéntrica. En cuarto lugar, se presenta cómo desde una
filosofía de la praxis se puede dar un alternativa al concepto ilustrado de
historia. La praxis, no es sujeto autoliberador sino sujeto histórico, en su
seno explica la radical sociabilidad y eticidad política y técnica, y no
justifica la víctimas de la misma historia. Además, desde la categoría de la
praxis, se fundamenta la unidad teoría-praxis y su relación entre la actividad
sentiente y la intelección. Desde una filosofía de la praxis, la historia no es
desarrollo de potencias sino apropiación y actualización de posibilidades. Por
último hay una conclusión que recoge sintéticamente los planteamientos
anteriores y una advertencia a la necesidad de formas alternativas de sociedad,
sin las cuales el final de la historia podría llegar a tener cabida.
Pero creo que aún podemos sacar algo más
de estos escritos. Ante la pregunta, ¿qué hay de ‘praxis’ en estos escritos
sobre la historia? Podemos decir que hay en ellos la utilización sistemática de
la categoría praxis, la cual es entendida como la actividad humana en general,
o, como ya señalábamos antes, como el horizonte en el que se da la imbricación
entre el hombre y la realidad. Las siguientes citas expresarán el sentido
concreto en que se utiliza la categoría de praxis:
La
praxis humana, entendida en términos de inteligencia sentiente, no es
reductible ni a naturaleza ni a razón o a espíritu, sino principio de acceso a
la naturaleza y fundamento del logos y de la razón.[103]
En
otro lugar:
Aquí
suponemos un origen del logos y de la razón en la praxis sentiente y por ello
una ulterioridad de los conceptos respecto a la realidad.[104]
De tal
manera que A. González está usando la categoría ‘praxis’ en el sentido que
Zubiri entiende por ‘inteligencia sentiente’, es decir, como el enfrentamiento
humano con su realidad. De ahí que pueda observar las virtualidades de la
categoría praxis descritas en el apartado 4 de las “Tesis sobre el fin de la
historia”[105].
Dejémoslo así por el momento, y pasemos al siguiente artículo.
2.4.
Aproximación a la obra filosófica de Ignacio Ellacuría (1990)
Este
artículo es importante para nuestra investigación porque en él encontraremos
elementos para comprender el interés filosófico de Ignacio Ellacuría y algunos
rasgos de su posible legado a A. González. No hemos de esperar en este artículo
(de hecho, en ningún artículo de A. González) un enfrentamiento con las tesis
ellacurianas, sino más bien una exposición bastante fidedigna de la filosofía
de I. Ellacuría, pero a la vez situada en el pensamiento contemporáneo
latinoamericano y en su raigambre zubiriana.
El
artículo pretende en concreto dar luces en cuanto a la contribución de I.
Ellacuría a la filosofía latinoamericana de la liberación. Esta contribución ha
de medirse, en un primer término, no por los contenidos concretos de las tesis
ellacurianas, sino sobre todo a su praxis intelectual y su modo de filosofar:
A mi modo de ver, la
relevancia de su obra no está primeramente en éste o en cualquier otro contenido
concreto de sus reflexiones filosóficas, sino más bien en el carácter
mismo de su tarea intelectual. (...) Parafraseando a Zubiri, podríamos trazar
un paralelo con Sócrates, diciendo que lo característico de la labor
intelectual de Ignacio Ellacuría no consiste tanto en haber puesto la praxis
histórica de liberación en el centro de sus reflexiones filosóficas, sino en
haber hecho de la filosofía un elemento constitutivo de una existencia dedicada
a la liberación.[106]
Dicho
esto, expone someramente la formación filosófica de Ellacuría y su relación con
Zubiri. Ellacuría está interesado principalmente en el tratamiento que Zubiri hace
de la historicidad humana, así como en dos elementos de su metafísica: la idea
de estructura y el carácter dinámico de lo real, desde donde podrá realizar un
diálogo con la filosofía marxista, en concreto, con el materialismo histórico.
Sin embargo, para entender la filosofía ellacuriana A. González propone
observarla desde su aporte respecto a la filosofía de Zubiri. Para A. González,
“Ellacuría es desde un principio consciente que en el núcleo mismo de la
filosofía de Zubiri hay una íntima imbricación entre la realidad del cosmos y
la inteligencia humana”[107].
Pero, ¿cómo entiende Ellacuría esta imbricación? De hecho, la comprensión de
esta imbricación, señala A. González, es un importante tema de discusión
intrazubiriano:
como decía el mismo
Zubiri con una expresión lapidaria que, a mi modo de ver, resume magistralmente
el sentido último de su trilogía sobre la inteligencia, “es imposible una
prioridad intrínseca del saber sobre la realidad ni de la realidad sobre el
saber. El saber y la realidad son en su misma raíz estricta y rigurosamente
congéneres” (Cita IRE, 10) (...) El problema obviamente consiste en cómo
mantener “ambas cosas” a un tiempo. Esta es, a mi modo de ver, una de las
cuestiones decisivas de la hermenéutica zubiriana. Cabe, por ejemplo, subrayar
el primer polo de la síntesis, esto es, el primado de la realidad sobre la
inteligencia, la cual en el fondo no sería sino otra realidad más del cosmos,
aunque, eso sí, una realidad privilegiada por su apertura trascendental al todo
de lo real. Cabe también, apoyándose sobre todo en los recientes estudios
genéticos sobre el pensamiento de Zubiri y sobre sus relaciones con la
fenomenología, mantener la teoría de la inteligencia como punto de partida
radical de la filosofía zubiriana, admitiendo, eso sí, el prius de la
realidad en la intelección. No nos interesa entrar aquí en la discusión
“intrazubiriana”, sino más bien determinar la posición de Ellacuría ante la
misma.[108]
Aquí
podemos encontrar la dificultad de la comprensión de la filosofía zubiriana
que, en palabras de A. González, consiste en “cómo mantener ambas cosas al
mismo tiempo” y desde la cual más adelante madurará su crítica a la filosofía
de Zubiri. Sin embargo, a estas alturas de su producción no está interesado en
resolver o dar un aporte personal a la “discusión intrazubiriana”, sino
solamente precisar cuál fue la visión de I. Ellacuría de cara a resolver los
problemas de América Latina.
Para
A. González, Ellacuría se inclinará “hacia otro tipo de solución distinta de
las apuntadas”[109]. Por
supuesto, no se refiere aquí a cómo entiende y cómo explica I. Ellacuría la
filosofía de Zubiri, sino a la solución que da de cara a resolver los problemas
concretos de las mayorías populares del tercer mundo. Es decir, no se trata de
la versión que Ellacuría aporta a la hermenéutica intrazubiriana, sino a su
propia producción filosófica. Dirá entonces que Ellacuría, a raíz de Estructura
dinámica de la realidad, encuentra que en la historia se hacen presentes
todos los demás dinamismos de lo real, de tal modo que la realidad histórica
sería el nuevo horizonte de la filosofía, el “lugar de imbricación entre
realidad e inteligencia, entre hombre y mundo”[110]. La
realidad histórica vendría a ser de esta forma una nueva concepción de
ultimidad para la filosofía y, como tal, el objeto de la misma[111].
Así se
ha de comprender la obra póstuma Filosofía de la realidad histórica de
I. Ellacuría, como el estudio de los momentos estructurales que integran la
realidad histórica. A. González rescata que I. Ellacuría en el último capítulo
de su obra entiende que el carácter formal de la historia es la praxis, si bien
es cierto, una praxis histórica:
Ellacuría culmina la
obra arriba mencionada preguntándose en su último capítulo por lo específico
del dinamismo histórico, esto es, por el carácter formal de la historia, para
concluir que la llamada realidad histórica integralmente considerada tiene un
carácter de praxis. Por praxis entiende él no un tipo de actividad
humana en cuanto contrapuesta a otras (por ejemplo, a la teoría o, como quería
Aristóteles, a la poíesis), sino “la totalidad del proceso social en
cuanto transformador de la realidad tanto natural como histórica” (FLF, 57).
Por su carácter transformador, la praxis histórica es el ámbito donde más
claramente se expresa la imbricación entre hombre y mundo, pues “en ella las
relaciones sujeto-objeto no son siempre unidireccionales”, tanto que es
“preferible hablar de respectividad co-determinante (FLF, 57)”.[112]
El artículo continúa con un apartado
sobre la historización de la inteligencia, un importante desarrollo
ellacuriano. “Zubiri –dice A. González- aparece en esa trilogía como heredero
de dos grandes intuiciones de la filosofía post-hegeliana (y, si se quiere,
post-moderna) en torno al problema de la intelección”[113]: por un lado, la intuición de
Nietzsche, según la cual el error clásico del idealismo tiene en su raíz la
artificiosa escisión entre inteligencia y sensibilidad; y, por otro lado, la
intuición del joven Marx de que la sensibilidad no es primariamente una
facultad pasiva y meramente receptora, sino constitutivamente activa en su
relación con el medio. La inteligencia, para Zubiri, está en íntima unidad con
el sentir, y éste no es una facultad sino un proceso sentiente. Desde ahí es
que A. González puede sostener –a la par de Ellacuría- que la inteligencia, en
primer lugar, tiene su origen en una praxis social e histórica concreta; en
segundo lugar, que la inteligencia tiene no sólo un origen, sino también una
destinación social; en tercer lugar, que la vinculación entre inteligencia e
historia es, no solamente cuestión de origen y de destino de la actividad
racional sino, como Ellacuría señala, un carácter constitutivo mismo de la
intelección[114].
El
artículo termina rescatando la perspectiva que deja I. Ellacuría a la filosofía
de la liberación, que consiste básicamente en tomar la praxis histórica como su
objeto y punto de partida del filosofar:
significaría la
construcción de una filosofía de la liberación como filosofía de la
praxis histórica, donde este ‘de’ es, a un tiempo, objetivo y subjetivo, pues
señala tanto el objeto como el punto de partida del filosofar. Este
planteamiento, que Ellacuría no pudo desarrollar, pudiera haberle llevado
incluso a introducir correcciones importantes en su Filosofía de la realidad
histórica, pues la praxis histórica, que allí es culminación, se convierte
ahora también en principio, tanto en el ordo essendi como en el ordo
cognoscendi: la naturaleza y el hombre son afectados parcial, pero
“físicamente” por la praxis histórica, la cual condiciona también el
conocimiento humano de los mismos.[115]
Junto a este artículo podemos retomar los
demás escritos de A. González sobre I. Ellacuría de esta etapa. Ellos son: el
“Prólogo” a Filosofía de la realidad histórica (1990), “Voluntad de
libertad” (1991), “Filosofía de la historia y liberación” (1993), “Dichosos los
que tienen hambre y sed de justicia. Recuerdo de Ignacio Ellacuría” (1993) e
“Introducción” a Para una filosofía liberadora (1994). Muy brevemente
hemos de referirnos a ellos con la intención de obtener algunas esquirlas de
interés para nuestra investigación. En su mayoría son esquirlas
circunstanciales y en éste nivel han de quedar. No se trata de encontrar una
contradicción entre I. Ellacuría y A. González, pues no lo vamos a hallar; de
lo que se trata es simplemente de mostrar un cierto legado, que más que tesis
teórica ha de buscarse en una búsqueda y en el espíritu que la anima: la
liberación.
Así, en el prólogo a Filosofía de la
realidad histórica, tiene que aparecer que “el objetivo último de las
reflexiones de Ignacio Ellacuría en el campo de la filosofía era el esbozo de
lo que podríamos llamar una ‘filosofía de la liberación’”[116], en donde merece especial atención su
artículo “La función liberadora de la filosofía”. Además A. González señala que
algunos rasgos de su posible evolución en el campo de la filosofía: un primer
momento que se dedica fundamentalmente al estudio de la obra de Zubiri, en cuya
filosofía había descubierto la posibilidad de un diálogo profundo con el
marxismo; y otro momento posterior, en el que acuña la actividad histórica de
la humanidad como objeto y punto de partida de una filosofía con intención
liberadora. Por último, una orientación general de libro: “Se
puede decir que el libro constituye un verdadero intento de fundamentar el
concepto teórico praxis histórica a partir del análisis estructural de los
elementos que la integran”[117].
En “Voluntad de libertad” y “Filosofía de
la historia y liberación”, encontramos a un I. Ellacuría que se enfrenta a las
tesis ilustradas de la historia, empeñado en observar sus limitaciones (p.e.,
la imposibilidad de universalizar la forma de vida occidental, etc.) y proponer
valoraciones filosóficas y éticas a favor de las mayorías empobrecidas del
tercer mundo. De igual forma, vuelve a aparecer el empeño de I. Ellacuría en
poner al servicio de la realidad latinoamericana la filosofía de Zubiri, en una
filosofía de la liberación “como iluminación de la praxis política y como
fundamentación intelectual de la teología de la liberación”[118]. Siempre reconoce A. González la
existencia socrática de I. Ellacuría, la cual le llevó a la muerte.
En la homilía “Dichosos los que tienen
hambre y sed de justicia. Recuerdo de Ignacio Ellacuría”, a raíz del cuarto aniversario
de su asesinato, recuperamos una nota eminentemente biográfica: “Personalmente
–dice A. González-, tengo que decir que en mi caso el primer recuerdo y el
primer agradecimiento en cierto modo coinciden. Cuando conocí por primera vez a
Ellacuría, que llegó a dar unas conferencias a la Universidad de Salamanca,
donde yo estudiaba, ya hablamos de la posibilidad de que yo viniera a El
Salvador a terminar mis estudios filosóficos. Aunque aquel plan no se realizó
entonces, Ellacuría me acabó trayendo a este país. Este es mi primer y
principal recuerdo, y lo que más he de agradecerle”[119]. Allí mismo señala que la labor de I.
Ellacuría la realizó como un verdadero intelectual, dedicándose sobre todo a la
“realidad verdadera de este pueblo crucificado”, tarea que la vivió no como un
imperativo moral, sino como una gracia de Dios, de los pobres, de los que aman
la verdad y por ella son libres.
Por último, en “Introducción” a Para
una filosofía liberadora, A. González nos habla del legado que deja I.
Ellacuría a algunos filósofos en Centroamérica:
podemos señalar en ellos una cierta inspiración
común: el deseo de elaborar una reflexión filosófica al servicio de la
liberación de los pueblos de América Latina y del tercer mundo. En concreto,
esta inspiración común encuentra una de sus fuentes principales en la obra
filosófica de Ignacio Ellacuría. No se trata de adscribirse a alguna tesis
determinada de su pensamiento, sino sobre todo de un modo de entender la tarea
filosófica. Una auténtica filosofía, en nuestra circunstancia, significa una
filosofía con voluntad liberadora.[120]
Estas aproximaciones, tanto las del
artículo como las biográficas y circunstanciales, nos permiten hablar de un
parentesco entre el proyecto filosófico de I. Ellacuría y el proyecto que A.
González va fraguando. Por eso expresábamos arriba que la relación de nuestro
autor con I. Ellacuría es de admiración respetuosa, ahora podemos decir incluso
afectiva, pero de libre seguimiento. Aquí nos incumbe, sobre todo, dar cuenta
de este libre seguimiento.
2.5. Notas sobre la alteridad en
Feuerbach (1993)
“Notas sobre la alteridad en Feuerbach”
es un artículo de “filosofía primera”, donde se plantea su profunda
problemática con soltura y madurez. Como veremos, A. González esboza, a partir
de este tratamiento de Feuerbach, las tres intuiciones indispensables de su
proyecto de fundamentación filosófica: la unidad entre sentir e inteligir, el
carácter activo del sentir y la alteridad irreductible que encontramos en el
mismo sentir. Recordemos que las dos primeras ya aparecían antes, son en el
legado de Nietzsche y de Marx que retoma y fundamenta Zubiri. La ‘alteridad’
es, pues, la novedad de este artículo. Veámoslo a continuación.
Feuerbach, dice A. González, es el primer
exponente del intento contemporáneo de superar la “metafísica de la
subjetividad” en nombre de una filosofía de la alteridad. Para ello se enfrenta
con las tesis de Hegel, quien trata justamente de no comenzar ni con la naturaleza
ni con la inteligencia, sino con el Absoluto, unidad de sujeto y objeto. La
crítica de Feuerbach es que tal intento ha pasado por alto el papel del sentir,
de tal manera que resbala fácilmente hacia el idealismo absoluto: “La supuesta “falta de presupuestos”, de
Hegel, con su comienzo en el Absoluto no es tal: es un comienzo en el
pensamiento que prescinde de la relación de éste con el sentir”[121]. Ahora bien,
Feuerbach está claro que lo mismo hubiera sucedido si Hegel, en vez de
inclinarse hacia el espíritu, se hubiera inclinado a la naturaleza, ya que
expresaría las mismas deficiencias filosóficas:
No
se trata de disolver el sujeto en la naturaleza ni la naturaleza en el sujeto.
Tampoco se trata de alcanzar una síntesis imposible en el Absoluto. La unidad
entre pensamiento y ser (en cualquiera de las dos direcciones) es estéril para
la filosofía, porque anula las diferencias, eliminando la crítica y
convirtiéndose en una mera “mística racional”. Se trata más bien de mantener
tenazmente la diferencia entre ambos.[122]
Desde
aquí, Feuerbach esboza lo que ha de ser una ‘filosofía del futuro’. Ésta no ha
de ser ni naturalismo, ni subjetivismo, ni idealismo absoluto. Habrá de ser una
filosofía que sepa mantener tanto la
vinculación como la diferencia entre sujeto y objeto. Y con ello, dirá A.
González, estamos ante un “verdadero esbozo de filosofía primera”. La tarea
entonces estriba en saber precisar en qué consiste esta vinculación, es decir,
en determinar “cuál es ese punto de intersección entre sujeto y objeto que
permita hablar tanto de una vinculación esencial como de un mantenimiento de la
diferencia o, dicho en términos no feuerbachianos, de la alteridad” (121). Y he
aquí el hallazgo de Feuerbach, que A. González alaba:
La
respuesta de Feuerbach es inequívoca: tal punto de intersección y de diferencia
es justamente la sensibilidad. Ella es, y no el pensamiento, la que funda la
constitutiva vinculación a un objeto. (...) La verdadera alternativa a Hegel no
es el sensualismo, sino una verdadera fenomenología de la sensibilidad.[123]
En su estudio de la sensibilidad,
Feuerbach sostiene la unidad de pensamiento y sensibilidad, pero únicamente en
el sentido de que la inmediatez de los sentidos, muy distinta de la filosofía
clásica, es el principio y origen de todo conocimiento. Su problema entonces
consiste en haber mantenido la sensibilidad y la intelección como dos
facultades diferentes, las cuales muestran su unidad únicamente en el objeto.
Por ello, A. González le critica a Feuerbach no haber podido ir más allá de la
síntesis kantiana. Ahora bien, ello no resta para pensar su idea de alteridad
(diferencia). Para Feuerbach la inmediatez de lo sensible no es identidad, como
pensó la filosofía idealista, sino alteridad (en sus palabras, “contradicción
irreductible”, “diferencia”): “en el sentir aparece justamente ese punto de
intersección que es al mismo tiempo sujeto y objeto, porque, propiamente, no es
ni lo uno ni lo otro, sino su unidad radical, su origen y al mismo tiempo su diferencia
insuperable”[124]. De ahí que en Feuerbach la alteridad
sensible es algo anterior a la distinción sujeto-objeto en sentido clásico y,
por lo tanto, no es unidireccional. En fin, esta alteridad sensible es la que
anuda lo nuclear de la alternativa filosófica que Feuerbach quiere presentar a
Hegel[125].
Dicho
esto, A. González pasa a determinar las perspectivas en las que nos deja
Feuerbach. Un problema que ha dejado Feuerbach es el haberse quedado preso de
la terminología tradicional y no haber hecho un mejor esfuerzo en el rigor de
los términos. Ello se debe, en parte, a su intento de sustituir la teología en
antropología, presuponiendo un ‘sujeto real’ anterior a sus acciones,
relaciones e historia. Este punto le es insuficiente para Marx y por ello señalará
el carácter activo del sentir humano, corrigiendo a Feuerbach. El problema de
Marx, sin embargo, es que olvidó la
unidad entre la sensibilidad y la intelección. De tal manera que ambos
autores quedan en la siguiente situación:
Feuerbach
ha tematizado la constitutiva unidad entre sentir e inteligir, pero le ha
faltado pensar el carácter constitutivamente activo no sólo del entendimiento
(esto lo sabe toda la filosofía hasta Hegel), sino también de los sentidos.
Recíprocamente, Marx, que ha explicitado el carácter activo del sentir, resbala
sobre su unidad con la intelección, si prescindimos de alguna remota
insinuación en alguna tesis de marcado sabor feuerbachiano.[126]
Así,
A. González apunta a la necesidad de una filosofía verdaderamente
post-hegeliana. Para ello, esta filosofía se ha de fundamentar, antes que todo,
en estas tres intuiciones: (1) la unidad sentir e inteligir; (2) la alteridad
irreducible en el sentir; y (3) su carácter activo. En sus palabras:
Tal
vez por esto una “filosofía del futuro” en el sentido de una alternativa a la
genial síntesis hegeliana de la filosofía europea habría de recoger estas tres
tesis fundamentales sobre los sentidos humanos, dos de las cuales están
nítidamente planteadas en Feuerbach: la unidad constitutiva y radical entre
sentir e inteligir, la alteridad insuperable del sentir y, finalmente, su
carácter activo. Este sería el ámbito previo y radical de la constitución de la
realidad, la inteligencia y la socialidad como tres dimensiones esenciales de
un hecho radical e irreductible: el sentir intelectivo.[127]
2.6. Los escritos teológicos (1993-1994)
Ya en 1989 A. González había publicado su
primer escrito teológico titulado “El problema de la historia en la teología de
Gustavo Gutiérrez”, que hemos mencionado arriba en los ‘escritos sobre la
historia’ (sección 2.3). Ahora nos dedicaremos a los siguientes escritos: “El
significado filosófico de la teología de la liberación” (1993), “Dios y la
realidad del mal en Zubiri” (1993), “La novedad teológica de la filosofía de
Zubiri” (1994) y el libro Trinidad y liberación. La teología trinitaria
considerada desde la perspectiva de la teología de la liberación (1994);
cerrando así su producción teológica de esta etapa.
En el primer artículo, A. González se
propone exponer el significado filosófico de la teología de la liberación. Este
significado se ha de buscar en el horizonte intelectual en el que opera, que
dista del que se da en la teología europea. Después de repasar los horizontes
intelectuales de la movilidad y de la nihilidad, A. González sitúa el horizonte
intelectual postmoderno enfrentándose con Hegel. El primer aporte contra Hegel,
dado en Feuerbach, consiste en poner la sensibilidad como “ámbito de una
alteridad que no es reductible a determinación de un sujeto”[128]. La sensibilidad aquí será tomada no
como una facultad de un sujeto, ni como mera receptividad, sino con un carácter
esencialmente activo que impide la espontaneidad del entendimiento, como
pensaba el idealismo. Aparece de nuevo el hallazgo citado en el artículo
anterior:
La
primacía del sentir por la alteridad irreductible que supone, su carácter
activo y su unidad con el sentir son las tres tesis filosóficas que comúnmente
aparecen integradas en el concepto de praxis.[129]
El segundo aporte consiste en la ruptura
con la prioridad metafísica del sujeto, gracias a la categoría praxis antes
expuesta. La actividad no sería el resultado ni de una sustancia ni de un
sujeto anterior a sus acciones, sino que pasaría a ser el lugar y punto de
partida para entender eso que se ha venido llamando sustancia o sujeto[130]. El tercer aporte, es que el concepto de
praxis que se esboza en Feuerbach, Marx y Nietzsche no sólo antepone la
actividad al sujeto o a la sustancia, sino que además critica la primacía del
logos indoeuropeo en la concepción de la inteligencia. Esto también lo hace
Zubiri, quien propone la idea de realidad como “formalidad de la alteridad de
lo sentientemente inteligido”[131]. Por último señala que estos tres
aportes tienen una grave importancia a la hora de pensar la alteridad y, por
tanto, los temas sociales, políticos, éticos y teológicos. Dicho esto, A.
González pasa a examinar los aportes de la teología de la liberación, aquí
recogidos muy resumidamente: En primer lugar, que el haber puesto como punto de
partida la realidad de los pobres, es decir una praxis histórica, se sugiere la
primacía de la praxis y por lo tanto la prioridad de la salvación (liberación)
frente a la revelación. En segundo lugar, el entender la realidad divina como
el realmente Otro, que no se ha de confundir con la alteridad cuestionante y
con el mal histórico radical que aparece en los pobres. Dios puede ser así una
experiencia fundante, y el mal o lo otro no son medios de su gracia. En tercer
lugar, que la divinidad no se entiende como Ente supremo ni como Sujeto
absoluto, sino fundamento posible de la acción humana, actividad pura. De ahí
el interés por la praxis de Jesús, por la ‘densidad metafísica’ de esa praxis,
es decir, “la praxis de Jesús como el ámbito mismo de la actualidad divina”[132]. Y en cuarto lugar, que el lugar de la
verdad en la teología de la liberación consiste en la verificación práctica, es
decir, no en la verdad de unas proposiciones “sino la actualidad misma de la
realidad de Dios en la historia que culmina en Jesús de Nazareth”[133]. Una buena conclusión del significado
filosófico de la teología de la liberación se podría resumir así:
desde
el punto de vista filosófico y manteniéndose en general dentro de la tradición
católica, la teología de la liberación representa algo tan novedoso como lo
fueron las teologías de la Reforma, tal vez con la diferencia de que aquellas
teologías influyeron de modo decisivo en la configuración del horizonte
intelectual y filosófico de la posteridad, mientras que la teología de la
liberación más bien se inserta en un horizonte ya esbozado, de modo más
semejante a como lo hizo la primera teología cristiana respecto al mundo
griego.[134]
“Dios y la realidad del mal en Zubiri” es
un extenso artículo de consideraciones filosófico-teológicas desde el
pensamiento de Zubiri. Su pretensión es, en un primer momento, revisar los
presupuestos filosóficos sobre el mal y su relación con Dios, para, en un
segundo momento, describir el pensamiento de Zubiri sobre esos temas. Por ello
es que dedicará algunas páginas a la exposición del mal en el horizonte de la
movilidad (el mal es no-ser, imperfección ontológica) y en el horizonte de la
nihilidad (hasta Hegel, el mal es la imperfección de la potencia que aún no se
halla en acto), para subrayar la necesidad de encontrar un nuevo punto de
partida. Aquí retoma los aportes de Feuerbach (el lugar de la alteridad), Marx
(el carácter activo del sentir) y Nietzsche (la unidad sentir-inteligir), así
como el de Zubiri:
Para
Zubiri la imbricación entre hombre y mundo que ha de definir el tercer
horizonte del filosofar se juega justamente en el sentir. A la filosofía
clásica la sensibilidad no le ha interesado porque la ha entendido como
equivalente a la sensibilidad animal, mientras que sería en el logos o en la
conciencia donde aparecería el momento verdaderamente diferencial de lo humano.
Zubiri, en cambio, sostiene que el sentir ya es formalmente intelectivo. De
este modo, el punto de partida radical del filosofar no hay que situarlo ni en
el sujeto sapiente ni en las sustancias del universo, sino en ese acto
originario que Zubiri denomina la aprehensión primordial de realidad. Desde ese
acto primigenio e irreductible es desde donde hay que partir, tanto para
tematizar qué es la realidad como para elaborar una teoría de la intelección. Y
desde allí es también desde donde hay que partir para conceptuar el problema
del mal.[135]
Dicho esto pasa a abordar el problema del
mal mediante la técnica zubiriana de diferenciar el estatuto noológico de los
análisis: el problema del mal en la aprehensión de realidad[136], en el campo de realidad[137] y la realidad del mal en el mundo, es
decir, la realidad profunda del mal[138]. Una vez sentada la reflexión
filosófica, abordará la discusión teológica sobre la creación de Dios y la
realidad del mal[139], y terminará señalando algunas
perspectivas teológicas, ahora ya, desde el horizonte de la “respectividad
entre hombre y realidad”[140] (de la praxis, filosóficamente
hablando), y desde la fe en el Hijo de Dios (teológicamente considerado) más
allá de la ley y de la moral. De ahí que pueda hablar en “La novedad teológica
de la filosofía de Zubiri” en que el mayor mérito de Zubiri no es haber
aplicado sus tesis filosóficas a problemas teológicos, sino haber abierto un
nuevo horizonte donde hacer teología libremente. Desde ahora la teología se
puede ubicar en un horizonte no sólo post-moderno, sino ante todo
post-hegeliano y por ello post-europeo[141].
Por
último tenemos el libro Trinidad y Liberación, el cual, aunque fue publicado
por UCA editores en 1994, es un trabajo académico presentado como tesis en la
Facultad de Filosofía de Sankt Georgen, en Frankfurt, en 1991. En él se plantea
el problema trinitario desde la perspectiva de la teología de la liberación. En
la introducción justifica el recurso a la filosofía: “Un rechazo apresurado de todo
cuestionamiento filosófico no implica más pureza ‘teológica’, sino más bien y
con mucha frecuencia la asunción acrítica de los conceptos filosóficos más en
boga”[142]. En el capítulo segundo, cuando describe
el método de la teología de la liberación, subraya el primado de la realidad
(frente al sentido, a la verdad y a la revelación) y el primado de la praxis
(sin escisión entre sentir e inteligir y como actividad constitutiva de la inteligencia
sentiente, que es social e histórica), señalando sus posibilidades frente a las
limitaciones de las teologías europeas de la revelación. Ya en el mismo
capítulo nos habla de una ‘teología de la praxis liberadora’ que tiene como
intuición fundamental la perspectiva del pobre. Así continua en los demás
capítulos revisando el problema trinitario desde las categorías zubirianas y
desde los aportes de algunos teólogos de la liberación.
Después de haber revisado rápidamente los escritos
teológicos, podemos concluir que, en términos generales, la reflexión desde y
sobre la teología de la liberación es una parte esencial dentro del proyecto
intelectual de nuestro autor. No es que deba atribuirse a A. González el
calificativo de ‘teólogo de la liberación’, sólo por darle un nombre, que en
todo caso resulta circunstancial y, a mi modo de ver, una pérdida de tiempo en
sutilezas. Por el contrario, el lugar de la teología de la liberación en A.
González ha de entenderse en que, para él, la teología de la liberación
representa un cúmulo de posibilidades respecto a la teología europea
contemporánea, a la hora de pensar la fe y la esperanza de las mayorías
oprimidas del tercer mundo. De aquí también se explica su afán de
fundamentación rigurosa de las tesis teológicas y el recurso a la filosofía.
Desde un nuevo horizonte filosófico como es el de la praxis, se puede pensar
una teología que anteponga la salvación y la liberación a la revelación, que es
precisamente el mérito que le concede a la teología de la liberación
2.7. Un solo mundo. La relevancia de
Zubiri para la teoría social (1994)
Podríamos
decir a grandes rasgos que los intereses intelectuales de A. González se mueven
en estas tres dimensiones: la filosofía primera, la filosofía social y la
teología, cosa que aún no lográbamos ver en la primera etapa. Estas tres
dimensiones hasta ahora se han presentado, aunque ya en el horizonte de la
praxis, en forma de meros bocetos y proyectos intelectuales, y nunca como
formas definitivas, acabadas o suficientemente desarrolladas. De las tres
dimensiones antes descritas, es justamente en la referente a la filosofía
social donde A. González mostrará haber llegado a una cierta madurez. Y el
producto de esa ‘madurez’ es justamente su tesis doctoral. Con ella, A. González
logra exprimirle el máximo jugo posible a la veta social del pensamiento de
Zubiri, tarea que venía haciendo I. Ellacuría con bastante vigor desde los años
setenta.
De
cara a nuestra investigación hemos de hacernos tres preguntas sobre el texto de
su tesis doctoral: primero, ¿cuál es el enfrentamiento de A. González con la
filosofía de Zubiri?; segundo, ¿qué hay de praxeología en esa tesis doctoral?;
y tercero, ¿cuál es la relevancia de Zubiri para la teoría social?
2.7.1.
El enfrentamiento en la tesis doctoral
El enfrentamiento a la filosofía de
Xavier Zubiri lo encontramos en el capítulo segundo de Un solo mundo y
podemos decir que guarda las mismas características que ya habíamos encontrado
en su primera etapa. En ese capítulo, A. González se propone investigar los
orígenes de la posición de Zubiri. Para ello, se referirá al prólogo de la
edición inglesa de Naturaleza, Historia, Dios, donde Zubiri divide su
vida en dos etapas intelectuales: una primera, ontológico-metafísica; y una
posterior, estrictamente metafísica. Sobre esta base, A. González desglosa la
biografía intelectual de Zubiri en tres fases: la de los escritos juveniles
hasta 1932, cuya “inspiración común” es la fenomenología y el estudio del
problema de la objetividad; la que va desde esa fecha hasta 1944, caracterizada
no sólo por una “remota inspiración” en la fenomenología, sino también en la
“ontología o metafísica” de Heidegger; y la tercera, después de 1944, la etapa
“rigurosamente metafísica”, donde ya no se centra en el problema de la
objetividad ni del ser, sino de la realidad en cuanto tal[143]. Dicho esto, pasa a cada una de las
etapas a subrayar el pensamiento social de Zubiri, sea frente a Husserl o
frente a Heidegger. Es en la tercera etapa en donde debemos detenernos brevemente.
Un problema intrazubiriano ha sido el sostener que en su última etapa (es
decir, desde 1944) Zubiri siguió madurando algunos conceptos. Por su parte, I.
Ellacuría habló de dos subetapas, una de maduración hasta 1962 y otra de plena
madurez hasta su muerte. Pero, por otra parte, D. Gracia, J. Bañón y el mismo
A. González han demostrado la maduración de algunas categorías zubirianas y de
su método filosófico posterior a la fecha de 1962. Veamos:
Sin embargo, las
publicaciones que Zubiri realizó después de la elaboración de estas cronologías
(especialmente su trilogía sobre la Inteligencia sentiente) han mostrado
que después de 1962 hay una verdadera evolución en muchos de sus conceptos
fundamentales[144].
Nada de extrañar, si se ha de tener en cuenta que entre Sobre la esencia
y la Inteligencia sentiente hay una diferencia de veinte años. No es
éste el lugar para entrar en discusiones sobre etapas y cronologías. Bastaría
con dejar consignados dos hechos. Por una parte, Zubiri entiende que todas sus
reflexiones desde 1944 pertenecen a una sola etapa, caracterizada por una
“inspiración común”. Hasta que no sean publicados todos los trabajos de la
misma, será difícil contradecirle en este punto. Por otra parte, dentro de esta
etapa hay una evolución continua que sólo termina con su muerte, y por ello es
posible distinguir en ella distintos períodos o “subetapas”.[145]
Ante
esta situación, A. González decide “seguir a Diego Gracia en su criterio de
tomar los últimos escritos de Zubiri como clave para interpretar toda su
producción anterior”[146]. Esto
guarda importantes consecuencias a la hora de enfocar el aporte de Zubiri a la
teoría social. Y así ha de ser leída la tesis doctoral:
en los capítulos
siguientes intentaremos una relectura sistemática de la reflexión del Zubiri
maduro sobre la sociedad desde la perspectiva de sus últimos escritos
filosóficos.[147]
Y este ha sido fundamentalmente el
enfrentamiento de A. González con la filosofía de Zubiri, incluso más allá de
su tesis doctoral. Sin embargo, es preciso señalar que con ello A. González no
está tergiversando el pensamiento de Zubiri, sino intentando sacarle el mejor
provecho posible, lo que en su primer artículo llamó “su radicalidad y profundo
crítico”[148].
2.7.2. La praxeología en la tesis
doctoral
La segunda pregunta planteada es un poco
más complicada y extensa. Ella puede ser respondida a partir del capítulo
tercero de Un solo mundo, en la que A. González habla de “la tarea de la
filosofía”. A mi modo de ver, en este capítulo encontramos desarrollado el
marco teórico que A. González utiliza para desligarse de Zubiri y crear su
propia filosofía, la praxeología. Es algo que ha venido buscando, en cierta
medida, desde su venida a Centroamérica. Recordemos lo ya dicho sobre su
búsqueda de una filosofía de la liberación para los pueblos oprimidos, sobre la
base del pensamiento de Zubiri, pero en diálogo con la filosofía de Marx y
otros teóricos contemporáneos, etc. ¿Qué tenemos, pues, de praxeología en este
capítulo tercero? El capítulo contiene tres apartados: en el primero analiza la
relación entre filosofía y ciencias; en el segundo, explica lo que hemos de
entender por análisis de hechos; y en el tercero desarrolla aquellos rasgos
propios de una filosofía primera. En su conjunto, podemos decir que en este
capítulo tenemos básicamente una idea de filosofía como filosofía primera, que
sirva de fundamento crítico para las ciencias y, por lo mismo, que pueda partir
de un análisis de los hechos. Veámoslo detenidamente.
En el primer apartado, dedicado a la
relación entre filosofía y ciencias, A. González acomete una aproximación
histórico-sistemática de cómo Zubiri ha pensado esa relación. Básicamente puede
hablar de cuatro enfoques posibles: Primero, el enfoque “fenomenológico” que
podemos encontrar en los primeros escritos de Zubiri hasta 1923. Aquí la
relación consiste en que mientras el papel de la filosofía consiste en hacer
una descripción fenomenológica de los objetos, la explicación de los mismos
correspondería al quehacer de la ciencia. El problema de este enfoque es que la
ciencia puede hacer sus propias descripciones sin necesidad de la filosofía, y
entonces ésta pasaría desapercibida[149]. Segundo, el enfoque “ontológico”,
que data hacia 1937. En este enfoque, el papel de la filosofía sería
proporcionar el ‘cuadro intelectual’ o el ‘sistema de referencia’ para que las
ciencias efectúen su propia percepción y descripción de objetos. Pero, de igual
forma, el problema de este enfoque es que las ciencias han demostrado que
pueden madurar por sí mismas sus propios sistemas de referencia, sin necesidad
de la filosofía[150].
Tercero, el enfoque “trascendental”, propio de la filosofía madura de Zubiri.
Aquí no se refiere a la subjetividad trascendental ni a la función
trascendental de la conciencia, sino a la función trascendental de la
formalidad de realidad de cada cosa real. Después de explicar lo que es la
función trascendental de la formalidad de realidad (la formalidad nos lleva de
lo dado en la aprehensión a lo allende, ello sin salirnos de la formalidad
misma, es decir de la realidad; la formalidad es una marcha en profundidad,
justo porque se expande hacia nuevas formas de realidad[151]), A.
González señalará que “mientras las ciencias constituyen un saber positivo, la
filosofía será un saber trascendental, sin que ello se refiera a dos zonas de
cosas, sino a que la filosofía estudiará los mismos contenidos de las ciencias
pero desde una perspectiva trascendental”[152]. La
filosofía no se limitaría de esta manera simplemente al análisis mediante el
logos, sino que también haría elaboraciones teóricas mediante la razón (la
razón es la marcha intelectiva hacia lo que las cosas son allende la
aprehensión, en el mundo). Un último enfoque posible en Zubiri, es el enfoque
“crítico”, que consiste en cuestionar los presupuestos injustificados en las
teorizaciones de las ciencias. Claro, hay que señalar que este enfoque crítico
no niega ni el “fenomenológico”, ni el “ontológico” ni el “trascendental”, sino
que los integra: no niega el enfoque fenomenológico justamente porque el
análisis de la aprehensión primordial de realidad se convierte en el momento
decisivo para la investigación de los presupuestos filosóficos que hay en las
ciencias; tampoco niega el enfoque ontológico porque la realidad de las cosas
analizadas sigue siendo el tema fundamental de la filosofía y solamente se dice
que en el cuadro conceptual que las ciencias utilizan, pueden haberse deslizado
presupuestos filosóficos que lleven incluso a soslayar preguntas científicas
capitales; por último, tampoco niega el enfoque trascendental porque
precisamente la consideración trascendental de todos los contenidos del mundo
real sigue siendo una tarea propia de la filosofía (la filosofía es análisis
trascendental de las realidades actualizadas en la aprehensión)[153].
Además la crítica filosófica es, al mismo tiempo, fundamentación ya que “las
realidades actualizadas en la aprehensión son ‘el fundamento de todo saber
real’ (IRE 177) y constituyen el punto de partida de la marcha racional de las
ciencias (cf. IRE 185)”[154]. Por
ello, A. González puede esclarecer la relación filosofía-ciencias:
con ello la filosofía no
aporta un marco conceptual, sino que depura filosóficamente el punto de partida
de las ciencias respecto a presupuestos filosóficos que pueden resultar
perjudiciales para ellas mismas.[155]
El segundo apartado de este capítulo está
dedicado a lo que se ha de entender por “análisis de hechos”. En primer lugar,
A. González nos ubica en lo que no son ‘análisis de hechos’, según Zubiri:
“Zubiri ha contrapuesto frecuentemente el análisis de hechos a los
“razonamientos conceptuales” (cf. IRE 14; IRA 233), a la “metafísica” (IRE 20),
a la “discusión dialéctica de conceptos” (cf. IRE 25), a las “conceptuaciones
teóricas metafísicas o científicas” (cf. IRE 89), a la “teoría” (cf. IRE 14), a
las “construcciones teóricas” (cf. IRE 156, 204s, 285), y a las “elaboraciones
conceptuales” (cf. IRE 203). Digamos, brevemente, que “análisis de hechos” se
opone, en la concepción de Zubiri, a la “teoría”, ya sea “teoría científica” o
“teoría metafísica”[156].
En
segundo lugar, definirá lo que se puede entender por ‘hechos positivos’
definiendo cada uno de sus términos. Muy sucintamente podemos decir que
mientras el término ‘positivo’ hace referencia únicamente al positum, es
decir, al “estar actualizado de algo”, el ‘hecho positivo’ hace referencia al positum
que, además, “puede ser aprensible por cualquiera”. Sin embargo hay que aclarar
que el ‘hecho positivo’ no es un ‘hecho científico’ debido a que éste es,
además, un hecho fijado, es decir que es un hecho positivo que está sometido a
una constatación de la realidad aprehendida en función de conceptos previos[157]. En
conclusión, hecho positivo será el resultado o término de lo que Zubiri
denomina ‘análisis’ a diferencia de ‘teoría’. Y aquí estamos entonces en la
necesidad de distinguir entre lo que se ha de entender por análisis y teoría:
Desde
el punto de vista de la trilogía sobre la inteligencia, habría que decir que el
“análisis” es cometido del “logos”, mientras que la “teoría” es tarea de la
“razón”.[158]
Así,
la razón ofrece explicaciones teóricas por medio de la construcción de
distintos esbozos sobre lo que las cosas podrían ser allende el campo de la
aprehensión. Estas construcciones racionales son siempre provisionales y de ahí
su carácter histórico. Mediante los esbozos se va penetrando en la realidad y
determinando progresivamente cuáles son sus notas constitutivas. Estas notas
constitutivas o fundamentales no son otra cosa que lo que Zubiri denomina
‘esencia’. Por eso, la esencia, lejos de ser una entidad metafísica
inconmovible, es un sistema de notas cuya intelección es provisional. De ahí
que, si la teoría es construcción histórica y provisional, algo semejante pueda
decirse de la metafísica: “en realidad, la metafísica no es otra cosa que
‘teoría de la realidad’”[159]. Por
su parte, señala A. González que el análisis no es para Zubiri, como a veces se
piensa, algo ajeno a las conceptualizaciones ni tampoco garantía de verdades
apodícticas. En este sentido, tanto las verdades del logos (análisis) como de
la razón (teoría) están sometidas a la posibilidad del error. ¿Cuál sería
entonces la ventaja del análisis frente a la teoría? Partamos de esta cita:
Sin embargo, hay una
ventaja del logos respecto a la razón. En el logos, la cuestión de la verdad se
resuelve dentro del mismo campo de realidad. La razón pretende decirnos lo que
son las cosas allende el campo de realidad, mientras que el logos no busca
salirse del campo de la aprehensión.[160]
Como el logos no pretende hablar más que
de las cosas reales tal como están actualizadas en la aprehensión, siempre es
posible examinar lo que es verdad y error en una afirmación apoyándose en la
actualidad misma de las cosas. Por eso, sin salir del campo de aprehensión, es
posible corregir el error del logos mediante ideas más conformes a la cosa real
y conseguir así una gradual aproximación en la conformidad. Por esto puedo
concluir así:
No
hay, por esto, atajos al análisis, porque todo concepto utilizado no sólo no
puede pretender una adecuación plena, sino que además, tiene que reconocer que
en su mismo origen hay una creación libre que podría haberse realizado en otra
dirección. (...) Lo esencial es que, para que el análisis sea análisis y no
teoría, éste verse sobre un positum actualizado en la aprehensión. Los
conceptos utilizados en el mismo sólo pretenderán aclarar con rigor los
caracteres constitucionales de este positum, pero no fundamentarlo en
ninguna realidad allende la aprehensión. Por eso, y sólo por eso, es análisis y
no teoría.[161]
La argumentación de A.
González prosigue distinguiendo entre lo que es el análisis de hechos zubiriano
y la reducción trascendental o la evidencia apodíctica fenomenológicas, que
nosotros vamos a pasar por alto. Solamente diremos que el análisis zubiriano no
es ‘descripción’ en el sentido que pueda presuponer la idea de un sujeto que la
realiza, como sugiere la fenomenología[162].
Por
último, el tercer apartado de este capítulo se refiere a la idea de una
filosofía primera que sea precisamente un análisis de hechos[163]. Para
A. González esta filosofía primera no es cuestión de curiosidad intelectual, no
es teoría metafísica, no es fenomenología, no es teoría científica ni filosofía
del conocimiento, sino que es análisis de lo dado en la aprehensión. Como
análisis, es una actividad del logos y no de la razón. Por eso tampoco es una
noología, un estudio de inteligencia en todos sus modos, como quiere J. Bañón[164], sino
solo análisis de ese ámbito primero que es la aprehensión primordial de
realidad. Como tal, para A. González la filosofía primera es, en definitiva,
una filosofía de la acción. Es una filosofía de la acción en el sentido que
para Zubiri la filosofía clásica no ha realizado un análisis del acto de
aprehensión, es decir, que la filosofía antigua, medieval y moderna no abordó
los actos por sí solos, sino como actos de las potencias y facultades de la
realidad humana o como actos de una conciencia. La filosofía clásica se ha
deslizado hacia entidades más allá de los actos. Para A. González, el hecho
positivo que estudia la filosofía primera es precisamente la acción, entendida
como la unidad estructural de los actos de aprehensión, sentimiento y volición.
La filosofía primera no estudia únicamente la aprehensión primordial, sino el
sistema de actos que constituyen esa aprehensión primordial:
La
filosofía tiene que incluir en sus análisis la realidad actualizada no sólo en
la aprehensión (verum), sino también en el sentimiento (pulchrum) y en la
volición (bonum). El hecho es la acción. (...) Por eso se puede decir que la
filosofía primera es una filosofía en el horizonte de la acción o de la praxis.
No se trata simplemente del “horizonte intelectual” de una filosofía (...).
Aquí el término “horizonte” se ha de tomar en un sentido más radical. Se trata
del horizonte en el sentido del sistema de actos que integran un hecho: el
hecho de la acción aprehendida primordialmente.[165]
Notemos
además que esta consideración de la unidad estructural en que se encuentran los
actos de aprehensión, junto con los de sentimiento y volición, es lo que le
permite a A. González establecer una distinción entre las diferentes ramas de
la filosofía, y la necesidad de una filosofía primera:
La unidad de la acción
es especial para entender la relación entre filosofía primera, noología,
metafísica y antropología en la obra de Zubiri. Noología y metafísica tienen su
punto de partida en la filosofía primera en cuanto estudio de la congenereidad
de inteligencia y realidad en la “aprehensión-de-realidad”. (...) Y es que en
la acción humana es justamente donde aparece la congenereidad entre la
inteligencia y la realidad. En virtud de esta congenereidad, no hay una
prioridad de la noología sobre la metafísica ni de la metafísica sobre la
noología, precisamente porque ambas parten del análisis de la aprehensión.
Tanto la noología como la metafísica requieren, por ello, una filosofía
primera.[166]
Dicho
esto pasa A. González a desarrollar el análisis que ha hecho Zubiri del acto de
aprehensión y de la realidad aprehendida. A mi modo de ver, estas páginas
ofrecen un muy buen resumen de la filosofía primera de Zubiri. Aquí nos
limitaremos a enumerar únicamente las temáticas tratadas, algunas de las cuales
las retomaremos cuando analicemos la crítica de A. González a la filosofía de
Zubiri. Por lo pronto, las temáticas encontradas aquí son las siguientes: (1)
la importancia que juega la alteridad en la estructura de la impresión de
realidad, en la aprehensión primordial; (2) la aseveración de que Zubiri
prefirió no diferenciar entre reidad y realidad, como si fueran dos zonas de
cosas, sino siempre supuso que eran la misma formalidad, la cual nos llevaba
cada vez más en profundidad en la misma realidad en la que ya estamos; junto a
esta, (3) la crítica a J. Bañón de distinguir entre reidad y realidad y
constituir dos zonas de cosas, encontrándose con el problema del salto de la
aprehensión a lo allende, al estilo del realismo crítico; (4) la actualidad
como esencia del acto de aprehensión, que no es actuidad al estilo aristotélico-escolástico
como la plenitud de algo, sino que hace referencia al estar –noergia-tanto de
la noesis como del noema; (5) la distinción entre una ‘filosofía primera’, que
estudia el acto de aprehensión, y una ‘metafísica de la actualidad’, que estudia
las formas de actualidad, aunque éstas no sean intelectivas; (6) la realidad
como alteridad –con sus dos momentos constitutivos: el contenido y la
formalidad; (7) la diferenciación entre la alteridad de Zubiri y la alteridad
de Levinás –mucho más restringida al encuentro del otro-; (8) y la alteridad
como apertura trascendental, en virtud del carácter inespecífico de su
formalidad, y desde la cual se puede hablar de respectividad como comunicación,
más allá de toda relación, hasta distintas y nuevas formas de realidad; (9) la
constitución de lo real a partir de sus notas y la sustantividad como lo real
en cuanto constitucionalmente suficiente; (10) la sustantividad como
estructura, es decir como sistema de notas funcionales, que será la idea de
estructura propia de la filosofía primera; (11) la conciencia como
co-actualidad de la intelección en la intelección misma, es decir como un
carácter de los actos –en este caso, conscientes- y no como una entidad previa
a los mismos; (12) el concepto de ‘persona’ como ‘suidad reduplicativa y
formal’ que utiliza Zubiri no para expresar la realidad profunda del hombre,
que sería una teoría de la razón, sino como conceptos utilizados por el
análisis del logos, los cuales, aunque puedan ser mejorables, son totalmente legítimos
a la hora de expresar lo que está dado en la aprehensión primordial;
finalmente, (13) el Yo como la actualidad de la realidad humana en el mundo, un
momento ulterior a la misma realidad humana. Esto apenas ha querido dar una
idea del caudal de precisiones que utilizamos para definir la filosofía de
Zubiri. Como dijimos arriba, estas páginas de la tesis doctoral de A. González
representan un buen resumen de la filosofía de Zubiri y a ellas hemos de volver
en su momento. Aquí no hemos tenido otra que desplegar muy sucintamente algunos
caracteres que aparecerán más adelante.
Hasta aquí, debemos decir que A. González
ha sido rigurosamente fiel a la filosofía de Zubiri, señalando en su momento
aquellas interpretaciones que desvirtuarían su pensamiento. Por supuesto, ha
sido una fidelidad no escolástica, ni mucho menos, sino que ha demostrado una
fidelidad creativa y rigurosamente inquieta en cuanto a precisar a cabalidad lo
que ha de ser un análisis frente a cualquier otro intento de teoría, en el
sentido antes explicado. Sin embargo, como nos daremos cuenta más adelante, no
es la postura última de A. González, sino, como ya mencionábamos arriba, ha
sido el marco teórico zubiriano desde donde nuestro autor puede emprender su
crítica a la misma filosofía de Zubiri. Evidentemente, todavía no se ha de
esperar una crítica a este primer y maduro marco teórico, aquí muy
sintéticamente enumerado. El intento de A. González será, como veremos
adelante, el de describir con mayor rigurosidad eso que es dado en la aprehensión
primordial, sin presuponer conceptos que resulten problemáticos y confusos
gratuitamente. El marco de este intento queda justificado en el cierre del
capítulo al que nos estamos refiriendo:
Esto no significa, naturalmente, que nuestros análisis sean definitivos.
Como análisis del logos, siempre son corregibles y perfeccionables. La
reducción fenomenológica pretendía una evidencia apodíctica que sirviera de
fundamento a las ciencias. Sin embargo, esta reducción estaba cargada con el
prejuicio de la subjetividad. El precio de la ruptura de este presupuesto es el
de cambiar el saber absoluto por unas pobres esquirlas de intrínseca
inteligibilidad. Es lo que puede proporcionar un análisis de la aprehensión.[167]
2.7.3. La
relevancia de Zubiri a la teoría social
La relevancia de Zubiri a la
teoría social es justamente el propósito de la tesis doctoral de A. González. A
ella dedica los capítulos primero, cuarto y quinto, además de la conclusión. Su
estudio aquí prolongaría todavía más estos apuntes y en parte se escapa del
propósito de nuestra investigación. Con lo ya descrito hasta aquí tenemos
material suficiente para entender tanto el enfrentamiento a la filosofía de
Zubiri como lo que hay de “praxeología” en la tesis doctoral de nuestro autor.
Hemos de contentarnos, por lo pronto, en saber que A. González se ha propuesto
demostrar que “la filosofía de Zubiri está en realidad cargada de actualidad
para la teoría social. Y ello, no a pesar de haberse ocupado de los temas
propios de la filosofía primera, sino precisamente por haberlo hecho”[168] y que ha logrado convertir su
hipótesis (“de la filosofía de Xavier Zubiri se puede derivar una idea del nexo
social apta para conceptuar el actual proceso de mundialización de los vínculos
humanos”[169]) en tesis: “la filosofía de
Zubiri proporciona una idea del nexo social apta para conceptuar el actual
proceso de mundialización de los vínculos humanos”[170].
2.8.
Los escritos sociológicos (1994)
Los “escritos sociológicos” de A.
González hacen referencia a sus artículos de filosofía social y a sus
comentarios de actualidad política. En esta etapa los escritos sociológicos son
cinco, dos previos a su tesis doctoral: “La universidad bajo el volcán” (1990)
y “Un pacto social para El Salvador” (1992); y tres posteriores a la misma:
“Orden mundial y liberación” (1994), “No por mucho trasnochar se detiene la
historia” (1994) y “Hacia una fundamentación de las ciencias sociales” (también
en 1994). Por supuesto, mientras que los dos primeros tienen el estilo de
análisis coyuntural, los otros tres ofrecen creativamente aportes teóricos en
un contexto de crisis de las ciencias sociales en su intento de caracterizar la
nueva configuración mundial a raíz de la caída del bloque socialista. No en
vano la tesis sobre la relevancia de Zubiri para la teoría social. A. González
ha podido, de esta manera, poner la filosofía de Zubiri al servicio de la
clarificación intelectual de problemas socio-políticos y de su consiguiente
esbozo de estrategias de acción, siguiendo así la praxis intelectual de I.
Ellacuría.
“Orden mundial y liberación” comienza
contextualizando la situación mundial tras la caída del bloque socialista. Más
que hablar de teorías, A. González señala que se trata de un hecho. Un hecho
que pone en crisis los modelos alternativos al sistema capitalista. Esto no
indica precisamente una bondad incuestionable del sistema capitalista, ni
tampoco que éste no pueda ser transformable en el futuro, como indican aquellos
que han procedido con ingenuidad, pereza intelectual y voluntad de legitimar el
dominio. Por ello hay que pensar teóricamente el ‘nuevo orden mundial’ para
encontrar posibles vías de acción[171].
Dicho esto, nuestro autor expone la actual crisis de los
paradigmas teóricos del desarrollo. En concreto el liberal, el modernizador y
el de la dependencia. Mientras que los dos primeros presentan claras
deficiencias, el tercero guarda intuiciones que es preciso retomar: sigue
siendo vigente el análisis histórico (la pobreza de los países del tercer mundo
se explica como resultado del imperialismo y la colonización) y estructural
(los países del tercer mundo se encuentran en una situación de dependencia
estructural respecto de los países del primer mundo, esto se constata por los
altos niveles de la deuda externa) que ha realizado la teoría de la
dependencia. Estas dos perspectivas mantienen todavía un potencial “crítico y
revolucionario” para pensar la actual situación mundial. La forma de vida de
occidente, su modelo de producción y consumo, no es universalizable para toda
la población mundial, en virtud de los límites ecológicos y del carácter
estructural del planeta[172]. Sin embargo, según
A. González, las terapias recomendadas por los teóricos de la dependencia, que
eran usualmente de carácter nacional (la toma del poder político), resultan ya
inviables. Si la crisis de la situación mundial es de carácter global, por la
misma vía han de dirigirse los esfuerzos de transformación[173]. Para esto, sin
embargo, nos vemos necesitados de revisar las teorías contemporáneas sobre el
nexo social mundial. Es algo que A. González tiene trabajado en su tesis
doctoral y que nosotros pasamos de largo. Aquí diremos nomás que nuestro autor
revisa las tesis de M. Weber, E. Durkheim y J. Habermas mostrando sus
deficiencias y proponiendo en cambio las de A. Giddens y X. Zubiri: mientras
que el primero habla de un solo sistema social, el segundo habla de un solo
mundo (un mismo phylum y un proceso histórico de estructuración)[174].
Elaborado un marco teórico para pensar la
sociedad mundial, intenta escudriñar en la situación actual de las estructuras
de la sociedad global, para determinar desde allí posibilidades de alternativa.
No se trata de fabricar utopías, sino de partir de posibilidades reales de
transformación del sistema. Desde aquí esboza una agenda de posibles
alternativas de acción, que van desde una mayor participación en el ámbito
local así como la perspectiva de una sociedad civil global, hasta la
democratización de las instituciones internacionales intentando asegurar, jurídica
y materialmente, mediante algún impuesto mundial, algunos derechos básicos como
son la alimentación, la salud y la educación. No se trata de construir un nuevo
sistema económico y social, sino la exigencia del cumplimiento de derechos
fundamentales y la realización de medidas económicas y sociales mínimas: “no se
trata solamente de resistir al imperio, de salirse de él, o de pasarse a un
imperio concurrente. Se trata más bien de transformar internamente al único
imperio existente, en el que estamos”[175].
Un par de meses después de la publicación
de este artículo, aparece en la misma revista ECA un comentario titulado “No
por mucho trasnochar se detiene la historia”, en la que nuestro autor responde
a otro malentendido comentario (de J.A.P.[176]), aclarando y precisando conceptos y
puntos de vista respecto de las aclaraciones de aquél, pero conservando
principalmente las tesis descritas en “Orden mundial y liberación”. Por ello,
aquí lo pasamos de largo por no presentar mayor novedad para nuestra investigación.
Por último, aparece el artículo “Hacia
una fundamentación de las ciencias sociales”. En él aparece la respuesta a una
tarea que preveía el mismo Ellacuría:
En
un conocido artículo, Ignacio Ellacuría señalaba que una de las tareas que ha
de enfrentar una filosofía dotada de función liberadora es la de elaborar una
teoría abierta y crítica de la sociedad. Probablemente esto indicaba no sólo
una cierta insatisfacción con lo que usualmente se entiende en los países
occidentales por “teoría crítica de la sociedad”, sino también la conciencia de
que los trabajos de las ciencias sociales, lejos de ser suficientes en sí
mismos, han de ser complementados por un enfoque filosófico de las realidades
que estas ciencias estudian.[177]
Lejos de esperarse de la filosofía
un conocimiento metafísico inaccesible para las ciencias sociales, el enfoque
filosófico debería consistir en una doble tarea: por un lado, criticar las
categorías filosóficas que admiten las ciencias sociales (p.e., la conciencia,
el sentido, etc.), y por otro lado, determinar el estatuto científico propio de
las disciplinas que se ocupan de la realidad social, colaborando así en su
fundamentación[178]. En lo siguiente desplegará
esta fundamentación en diez incisos, que aquí apuntamos brevemente: (1) los problemas
del positivismo; (2) de vuelta a los hechos mismos; (3) el hecho de la acción
social; (4) el sistema social; (5) el logos del sistema; (6) el logos de las
ciencias; (7) la razón teórica; (8) el método de la razón teórica; (9) la
verificación racional; y (10) la razón crítica. Después de esta amplia
fundamentación, aquí apenas enumerada, nuestro autor puede concluir: “La unidad
del saber científico no es reducción a uno de los momentos del mismo, sino
unidad entre aprehensión, logos y razón. Justamente en virtud de esta unidad
podemos decir que las (ciencias) sociales son ciencias positivas, hermenéuticas
y críticas en radical unidad”[179].
Hasta aquí los “escritos sociológicos”,
en un sentido bastante amplio, de esta etapa. Hemos visto en ellos cómo la
filosofía primera ha estado al servicio de las ciencias sociales, colaborando
en su fundamentación. Además se ha constatado un esfuerzo por pensar y
caracterizar rigurosamente la actual situación mundial y, desde allí, notar sus
posibilidades de transformación.
Si bien, en el capítulo primero
observamos a un A. González en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid,
empeñado en leer a Zubiri desde su Inteligencia sentiente, desde sus
primeros escritos y su relación con la fenomenología, y en determinar el
estatuto noológico (la distinción entre lo dado en la aprehensión y lo allende
la misma, y la distinción entre lo dado en la aprehensión, y lo descrito por el
logos y lo explicado por la razón) de las tesis zubirianas; ahora nos hemos
encontrado con un A. González que ha reflexionado desde Centroamérica y para
las mayorías empobrecidas del tercer mundo, siguiendo, en alguna medida, el
legado de I. Ellacuría en cuanto a las características generales de su proyecto
de emancipación humana. Pero puesto que ha habido novedad, este legado se hace
más vital y nunca escolástico. La novedad consiste en haber determinado el
horizonte de la filosofía post-hegeliana como el horizonte de la praxis, y
desde allí haber iniciado una nueva interpretación de la filosofía de Zubiri.
Se trata ya de la interpretación ‘práxica’ de la filosofía de Zubiri:
Ciertamente
–dice A. González- no hay duda de que se trata de una interpretación de las
posibilidades de la obra de Zubiri, y no de una lectura ‘ortodoxa’ (suponiendo
que esto fuera posible) de sus escritos. Como interpretación, reconoce sus
límites y sus posibles
inadecuaciones respecto a las ‘intuiciones verdaderas’ del autor, sobre todo
desde la conciencia de que todavía no disponemos de un estudio riguroso sobre
el problema de la actividad humana en esa filosofía. Pero, con todo, nace de la
convicción, que en parte debemos a Ignacio Ellacuría, de que una lectura de
Zubiri, en este horizonte y en esta situación, puede resultar intelectual y
prácticamente fecunda[180].
El horizonte de la praxis, ha dicho en su
tesis doctoral, no es solamente un horizonte intelectual en el que se enmarca
la filosofía, sino que es precisamente el horizonte desde dónde ha de hacerse
filosofía, es decir el lugar donde comienza la filosofía, su punto de partida.
Por praxis, A. González entiende, en un sentido amplio, la mutua imbricación
entre inteligencia y realidad. Un sentido más estricto se fue acuñando a partir
de las tres intuiciones fundamentales después de Hegel, a saber: la alteridad
irreductible en el sentir (Feuerbach), el carácter activo del sentir (Marx) y
la unidad estructural entre sensibilidad e intelección (Nietzsche). Así ha
pisado tierra firme desde la cual echar a andar un proyecto filosófico de
liberación. Para su fundamentación, ha recurrido a la filosofía de Zubiri. En
su tesis doctoral, A. González ha logrado mantener y madurar el mismo
enfrentamiento que ya veíamos en su primer etapa intelectual: Zubiri ha de
leerse a partir de su trilogía sobre la inteligencia y desde ella se ha de
precisar el estatuto filosófico de sus tesis, distinguiendo entre lo que es un
análisis de hechos positivos, de lo que es teoría científica o metafísica. Así
ha encontrado las características de una filosofía primera que sea análisis de
las acciones, entendidas éstas como sistemas funcionales de los actos de
aprehensión, sentimiento y volición. También ha podido explorar al máximo
posible la veta social de la filosofía de Zubiri, encontrándola capaz para
conceptuar el nexo social mundial. Desde aquí ha puesto la filosofía al
servicio de la clarificación conceptual y teórica de las ciencias sociales.
Éstas cuentan ahora con un fundamento para echar a andar sus investigaciones,
para vislumbrar las posibilidades reales de transformación del sistema mundial
y para esbozar proyectos alternativos de configuración social.
En esta etapa hemos visto además el lugar
que ocupan las reflexiones teológicas de nuestro autor. A. González se halla
inmerso en las intuiciones de la teología de la liberación, a saber: el primado
de la praxis y la perspectiva de los pobres. No ha prescindido de la filosofía
para su reflexión teológica, al contrario la ha puesto a su servicio en cuanto
a la clarificación de conceptos y a la depuración de presupuestos. La teología
de la liberación, con sus dos intuiciones fundamentales, ofrece un cúmulo de
posibilidades respecto a la teología europea contemporánea, a la hora de pensar
la fe y la esperanza de las mayorías oprimidas del tercer mundo.
Las últimas líneas escritas por A.
González en esta etapa nos ponen en una situación de singular inconformidad,
propio de una búsqueda intelectual más allá de la sofística:
La
apropiación crítica del pensamiento de otros, y no el vano deseo de
originalidad, es precisamente algo que ha servido de acicate para una creación
filosófica novedosa. Sin embargo, es posible que esta apropiación crítica sea
solamente un comienzo, inevitable pero insuficiente. Tal vez una filosofía con
vocación liberadora tenga un día justamente que liberarse de sus propias
fuentes para encontrar en sí misma, en su propia realidad, el “propio pozo” de
su quehacer intelectual. Pero esto exige, obviamente, algo más que buenas
intenciones programáticas. El infierno de la sofística está empedrado de
proyectos de filosofía. Si no se quiere penar para siempre en ese Hades, hay
que entregarse a la ardua tarea del filosofar, del auténtico filosofar, con
todo su rigor y radicalidad. Inútilmente se esperará en los textos que ahora
presentamos una nueva filosofía. Pero, en la medida en que son textos
filosóficos, se podrá escuchar el palpitar de su necesidad.[181]
Son palabras enigmáticas, maduradas en la
soledad de años de búsqueda y estudio. Sin embargo, son palabras que demuestran
trayectoria, insatisfacción y necesidad de novedad. Y esto es lo que hemos
querido presentar en estos dos primeros capítulos. Con todo, ha habido novedad
e intención crítica y liberadora.
La crítica en los escritos praxeológicos
Hasta ahora hemos visto el enfrentamiento
que ha tenido A. González con la filosofía de Zubiri en los escritos
zubiriano-fenomenológicos y en los escritos zubiriano-praxeológicos. En los
primeros escritos vimos a un A. González empeñado en hacer una lectura
fenomenológica de la filosofía de Zubiri. Esta lectura conlleva dos
características principales: por un lado, leer a Zubiri desde su trilogía sobre
la inteligencia sentiente y, por otro, establecer el estatuto noológico de sus
tesis. En los escritos zubiriano-praxeológicos encontramos a un A. González que
esboza un proyecto de filosofía de la liberación que sea filosofía de la
praxis, entendida ésta como el horizonte donde se da la mutua imbricación entre
inteligencia y realidad. Desde este horizonte puede nuestro autor emprender una
nueva lectura de Zubiri, ya no fenomenológica sino praxeológica: es la
interpretación “práxica” de la filosofía de Zubiri. Sus intereses intelectuales
le han llevado a intentar sacarle el máximo jugo posible a la veta social del
pensamiento de Zubiri. Ahora bien, esta veta social en Zubiri no se entiende a
pesar de haberse ocupado de la filosofía primera, sino precisamente en ella.
Así A. González logra determinar, desde Zubiri, la idea de una filosofía
primera de la acción (entendida como el análisis de los sistemas funcionales de
actos intelectivos, afectivos y volitivos), cuya función crítica es fuente de
fundamentación de todas las demás ciencias. Por último, vimos la inquietud de
un A. González que, en el marco de la apropiación crítica del pensamiento de
otros, “escucha el palpitar de la necesidad de una nueva filosofía”. El
desarrollo de esta nueva filosofía es lo que hemos de ver en este capítulo.
En los
escritos propiamente praxeológicos veremos que el enfrentamiento con la
filosofía de Zubiri se irá convirtiendo progresivamente en crítica a la misma.
Ya no se trata de una natural y esmerada apropiación crítica, como ha sucedido
en las dos etapas anteriores, sino estrictamente de una crítica a la filosofía
primera de Zubiri, cuyo sentido precisamos aclarar. Según el Diccionario de
la Lengua Española, la palabra “crítica” procede del latín crĭticus
y éste, a su vez, del griego κριτικός,
que significa ‘capaz de discernir, juzgar’; y cuya definición reza así: “juicio
público de las cualidades y defectos de una cosa u obra”. Siendo fieles a este
sentido, debemos aclarar que la crítica a la que aquí nos referimos es una
crítica que intenta precisar los novedosos aportes de Zubiri al pensamiento
occidental, tanto como depurar sus posibles y gratuitas imprecisiones. Es,
pues, una crítica que pretende ahondar en la misma filosofía madura de Zubiri y
explicitar las radicales intuiciones de Inteligencia sentiente. Sin
embargo, el resultado, a diferencia de lo que encontramos en los escritos
anteriores, es ahora radicalmente novedoso, se trata ya de una filosofía de la
praxis, de una “praxeología”.
En
esta etapa nos encontramos hasta la fecha con dos libros[182],
veintiún artículos[183],
cuatro comentarios[184], dos
prólogos[185], dos
presentaciones[186] y dos
recensiones[187].
Pudiera parecer que un problema que nos encontramos en estos escritos es que
corresponden a una etapa aún en desarrollo, pero ello no obsta en nuestra
investigación para que observemos en ella madurez y unidad, cuyo hito fundamental
lo constituiría el libro Estructuras de la praxis. Ensayo de una filosofía
primera. En él, nuestro autor propone una nueva filosofía, la praxeología,
distinta ya de la filosofía de Zubiri y que intenta recoger y desarrollar lo
que hasta ahora hemos visto en forma de esbozos e intuiciones fundamentales. No
es interés de nuestra investigación el desarrollo de la praxeología, sino su
radicalidad como filosofía primera, desde la cual es posible fundamentar una
crítica a la filosofía de Zubiri. Si bien es cierto que nos hemos propuesto
hacer una introducción a la praxeología, lo hemos querido hacer desde la
perspectiva del enfrentamiento de A. González con la filosofía de X. Zubiri.
Esto explica por qué no ahondaremos demasiado en las ‘estructuras de la
praxis’, sino que nos quedaremos básicamente con el enfrentamiento y con la
crítica de la praxeología a la filosofía de Zubiri. Siguiendo este interés, el
otro hito de nuestro trabajo es el artículo “El principio de todos los
principios: acto en Husserl y en Zubiri”, en donde nuestro autor trabaja
exhaustivamente el ‘deslizamiento’ de Zubiri en su conceptuación de los actos.
Ambos estudios constituyen básicamente la exposición de este capítulo y son el
principal interés de nuestra investigación.
Por otra
parte, no hemos querido abandonar al posible lector y estudioso de la obra
completa de A. González y por ello nos ha parecido necesario hacer una breve
referencia al resto de sus escritos publicados en esta etapa hasta donde nos
encontramos hoy día. Esto justifica el primer apartado de este capítulo donde
trataremos brevemente los ‘escritos menores’ (3.1.1.), los ‘escritos
sociológicos’ (3.1.2.) y los ‘escritos teológicos’ (3.1.3.) de nuestro autor,
dando continuidad a los apartados similares que aparecieron en la etapa
anterior. Sin embargo, el contenido de estas páginas es irrelevante para
nuestra investigación y por ello su lectura puede omitirse e ir inmediatamente
a la crítica de A. González a la filosofía de Zubiri.
3.1.
Los escritos menores, los escritos sociológicos y los escritos teológicos
(1995-2000)
Nuevamente
podemos agrupar estos escritos en distintos bloques temáticos según convenga.
Así podemos hablar de los ‘escritos menores’, los ‘escritos sociológicos’ y los
‘escritos teológicos’ de A. González en esta etapa. En los dos primeros grupos
de escritos no encontramos mayor novedad, respecto de lo dicho hasta ahora. Sin
embargo, en los escritos teológicos encontramos no sólo novedad, sino también
ruptura y deseo radical de fundamentación.
Entre
los escritos menores nos encontramos, por una parte, con los siguientes tres
artículos: “El problema de la alteridad en Ortega” (1997), “El concepto de
realidad en los Discursos de Maquiavelo” (1997) y “La memoria: aproximación
filosófica” (1999), los cuales tratan temáticas que, a nuestro modo de ver,
tienen finalidades educativas y que son de muy escasa utilidad para nuestra
investigación. Veámoslos rápidamente.
“El
problema de la alteridad en Ortega”, de hecho, ha sido escrito antes de 1995,
es decir en la etapa zubiriano-praxeológica, aunque ha sido publicado hasta
1997. Sin entrar en detalles podemos decir que este artículo es un estudio de
la filosofía primera de Ortega y Gasset, analizando su manejo de la idea de
alteridad, desde la cual se podría fundamentar, en un posterior momento, su
concreto aporte sociológico o político. En términos generales, la filosofía de
Ortega tiene el mérito de rechazar la idea de un ‘yo puro’ ultravital y
extrahistórico, y propone la vida como realidad radical, la cual es, antes de
toda comprensión, fundamentalmente acción o ejecutividad. En este sentido se
acerca a conceptuar la praxis, aunque no logra madurar este concepto, y termina
haciendo de la ‘vida’ una categoría metafísica. En concreto, el problema de
Ortega consiste en que no logró precisar si en la realidad radical se encuentra
un yo o si es algo anterior al yo, situación que después señalará Zubiri
distinguiendo entre realidad y ser, y
suscribiendo el yo al ámbito del ser y no al de la realidad. Además,
Ortega falló al no tratar del papel de la alteridad en la génesis de la
circunstancia, haciendo de aquélla un mero contenido de la segunda. Por su
parte, en cambio, Zubiri habla de la realidad como el modo de alteridad en que
las cosas quedan a una inteligencia, haciendo precisamente de la alteridad la
categoría fundamental para ir más allá del problema sujeto-objeto.
“El
concepto de realidad en los Discursos de Maquiavelo”, es un artículo de unas cuantas
páginas, que podemos pasar de largo, únicamente notando que A. González comenta
el estatuto filosófico de las aseveraciones de ese filósofo y su
contextualización en la historia de la filosofía. En cambio, en “La memoria:
aproximación filosófica” nos encontramos con la utilización de la praxeología
en el esclarecimiento de lo que hemos de entender por ‘memoria’, como momento
constitutivo de toda praxis, y no solamente referida al pasado como señala su
concepto tradicional y las teorías psicológicas.
Por
otra parte, también nos encontramos con cinco escritos que en alguna medida
tratan sobre I. Ellacuría. Ellos son: “El significado actual de Ignacio
Ellacuría” (1995), “Presentación” a sus Escritos filosóficos I (1996), “Fundamentos filosóficos de una
‘civilización de la pobreza’” (1997), “Universidad para el cambio social”
(1997), y el “Prólogo” a Ellacuría y los derechos humanos (1998). En
todos ellos encontramos en general dos tipos de afirmaciones: por una lado, la
invitación a seguir las huellas de Ellacuría en su vigor intelectual por pensar
la realidad y proponer alternativas de cambio; y, por otro lado, retomar el
juicio de Ellacuría de que el modo de vida de los países ricos no puede ser
universalizable al resto de países del planeta y que, por lo tanto, es
éticamente inviable cuestionando así con suma actualidad la civilización del
capital en sus pretensiones globales.
3.1.2.
Los escritos sociológicos
Entre
estos se hallan: “El hecho de la mundialización” (1995), “Acción política y
cooperación internacional” (1995), “El capitalismo desenfrenado” (1996) y “¿Qué
queda del socialismo?” (1997). El primero es un fragmento de la tesis doctoral
de A. González, en el que se presenta básicamente el diagnóstico de la
situación mundial hacia 1995 y la irrupción de una nueva sociedad mundial, no
sólo en virtud de la globalización de las relaciones comerciales y económicas,
sino también del desarrollo tecnológico y de las comunicaciones, configurando,
de hecho, una estricta sociedad con características mundiales.
En
“Acción política y cooperación internacional”, A. González nos presenta una
agenda de cuatro puntos sobre estos dos importantes temas a la hora de pensar
las alternativas al actual sistema mundial. En realidad estos puntos ya
aparecían en la etapa anterior, sobre todo en “Orden mundial y liberación” y se
pueden resumir de la siguiente manera: la necesidad de un cambio de estrategia
en la lucha liberadora, que ya no sea la toma del Estado-Nación, sino que
conjunte las dos perspectivas, la local y la global; el papel de los partidos
políticos, que no persigan alcanzar el poder estatal sino que actúen como la
retaguardia de los movimientos sociales; e incrementar los esfuerzos de
transformación de las instituciones mundiales, en vías de una mayor
democratización de las mismas y de incentivar medidas mínimas de seguridad
social mundial.
“El
capitalismo desenfrenado” es un comentario que apareció en un semanario de
nuestra universidad, en donde nuestro autor reflexiona sobre el llamado del
Papa Juan Pablo II en su visita a Centroamérica solicitando una paz justa para
todas y para todos las salvadoreños. Sin embargo, se pregunta nuestro autor en
cómo lograr esa paz si persiste el ‘capitalismo desenfrenado’, en clara crítica
a la derecha de nuestro país al despojar la propiedad social de las pocas
instituciones y empresas del pueblo.
Por
último, “¿Qué queda del socialismo?” es un esfuerzo por caracterizar la
herencia y actualidad del socialismo ante esta nueva situación mundial, cuyo
aumento constante de pobreza sigue poniendo en tela de juicio el pretendido
éxito universal del sistema económico capitalista. Partiendo no de teorías,
sino de los hechos mismos, la herencia del socialismo puede resumirse en cinco
puntos: (1) se mantiene el estudio científico de la lógica interna del
capitalismo; (2) nos deja la experiencia de la inviabilidad del socialismo real
al estilo de Stalin, es decir promulgando una concentración del poder en el
Estado, acrecentando la burocratización, impidiendo el desarrollo tecnológico,
e impidiendo una expansión al ritmo capitalista; (3) las altas cuotas de
pobreza en el mundo y las fronteras ecológicas del planeta ponen de manifiesto
los límites del capitalismo; (4) la búsqueda de una forma superior de
organización social, que responda a las lacras tanto del socialismo como del
capitalismo; en este sentido se puede proponer una democracia económica como la
que teoriza D. Schweickart; y (5) la tarea pendiente de una filosofía que sea
realmente liberadora en su intento de iluminar la praxis social, ya no desde
las explicaciones totales que ofrecieron las versiones oficiales del
materialismo dialéctico y el materialismo histórico y que terminaron por
propiciar y fundamentar la praxis totalitarista y dogmática del socialismo
real.
3.1.3.
Los escritos teológicos
En esta etapa se da un notable aumento de
la reflexión teológica de A. González, llegando a publicar doce artículos, dos
recensiones y un libro, por lo menos hasta la fecha. Sus intereses
intelectuales en teología responderían a tres grandes ejes temáticos, a saber:
(1) las reflexiones alrededor de la teología de la liberación y (2) la
necesidad de pensar una teología fundamental en seguimiento, pero, al mismo
tiempo, más allá de la misma teología de la liberación, y, por último, (3) el
ánimo de recoger y situar en perspectiva las reflexiones zubirianas sobre la
teología y la religión.
Sobre
la teología de la liberación encontramos los siguientes escritos: “La vigencia
del ‘método teológico’ de la teología de la liberación” (1995), “¿Son los
evangélicos tan conservadores?” (1996), “Tras la teología de la liberación”
(1999) y el libro Teología de la praxis evangélica. Ensayo de una teología
fundamental (1999). Como perspectiva general, hemos de constatar que todos
ellos formulan una crítica a la teología de la liberación y suponen, en cierta
medida, una crisis personal que es, al mismo tiempo, una crisis generacional,
tal como A. González lo señala en su libro cuando dice: “Este trabajo
representa, en cierta manera, el resultado de una crisis teológica.
Posiblemente no se trata sólo de una crisis personal, sino también de la crisis
de una generación”[188]. Sin
embargo, tampoco podemos obviar que esta crisis personal y generacional
funciona en nuestro autor como acicate para emprender su reflexión teológica.
Ya en su primer artículo de esta época, “La vigencia del ‘método teológico’ de
la teología de la liberación”, nos menciona que las dos intuiciones que
caracterizan la teología de la liberación han de estar rigurosamente justificadas,
tanto filosófica (la praxis como punto de partida) como teológicamente (la
perspectiva del pobre). Para A. González, si la teología de la liberación tuvo
en su inicio estas dos grandes intuiciones, “hoy debe demostrar su capacidad
para fundamentar y sistematizar estos conocimientos”[189] de
cara a seguir ofreciendo una alternativa de acción ante la injusticia y el
pecado en el mundo. Por ello puede decir que “la exigencia de buscar
alternativas al desorden vigente no le viene a la teología de la fidelidad a ninguna
doctrina ni a ninguna utopía, sino de los rostros demacrados de los derrotados
de la tierra”, subrayando que el cristianismo es un dinamismo suscitado por
Cristo en la historia, y no una mera cosmovisión religiosa y moral del mundo.
De igual forma, en este artículo aparecen críticas, bastante fuertes, a las
praxis eclesial católica. Estas críticas vuelven a aparecer en el comentario
“¿Son los evangélicos tan conservadores?” y en “Tras la teología de la
liberación”. A nuestro modo de ver, este último artículo sirve de bisagra
porque resume en buena medida la crítica a la teología de la liberación y, al
mismo tiempo, esboza el proyecto de teología fundamental de A. González.
“Tras”, señala nuestro autor, puede significar superación, pero también seguimiento
o continuidad, heredando sobre todo sus grandes intuiciones espirituales (la
perspectiva del pobre) e intelectuales (la primacía de la praxis). Dicho esto
narra lo que históricamente ha sido la teología de la liberación, y enumera
después sus límites. Por último, A. González esboza las líneas generales de una
teología “que quiera responder a los graves desafíos económicos, sociales y
políticos que atraviesan las iglesias en un mundo de injusticia y pecado”[190].
Estas grandes líneas son cinco: (1) la teología debe estar al servicio de la
praxis evangélica, al servicio de la vivencia del Evangelio; (2) debe ser
netamente bíblica; (3) ha de tener un marcado carácter profético; (4) debe
tener una perspectiva eclesiológica –por ejemplo, democratizar las iglesias; y
(5) debe tener una marcada inclinación ecuménica. Siguiendo estas líneas, ve a
la luz su libro Teología de la praxis evangélica. Ensayo de una teología
fundamental, que se fundamenta filosóficamente en su praxeología y
teológicamente en la tradición bíblica. Posteriores a este libro son los
artículos “El evangelio de la fe y de la justicia” (2000), “El reinado
trinitario del Dios cristiano (2000), “El anuncio del reinado de Jesús, del
Mesías” (2001), “Mateo 25 y la esperanza de los pobres” (2001) y “La razón de
la esperanza” (2001). Bástenos aquí saber que estos cuatro artículos, junto con
el libro, son todos escritos de teología fundamental, bíblicamente
fundamentados y teniendo connotaciones pastorales en las líneas antes
descritas.
En
cuanto a las reflexiones de Zubiri sobre teología y religión, encontramos en A.
González los siguientes escritos: “El problema de la teología en Zubiri”
(1996), “Presentación” de El problema teologal del hombre: Cristianismo
(1997), y “Aproximación a la filosofía de la religión de Xavier Zubiri” (1998).
Mientras que el segundo es una introducción editorial, contextualizando la obra
y dando sugerencias para su mejor estudio, y el tercero es un estudio sobre el
lugar que ocupa Zubiri en las aproximaciones filosóficas al hecho religioso, es
precisamente el primer artículo el que más se acerca a las intenciones de
nuestra investigación.
“El problema de la teología en
Zubiri” es un estudio bastante extenso en la que A. González se pregunta por el
estatuto propio de las reflexiones de Zubiri sobre temas teológicos. En este
sentido, nuestro autor señala que “lo decisivo es el estatuto noológico de las
afirmaciones de Zubiri sobre problemas teológicos, y no el que Zubiri se haya
entendido a sí mismo como filósofo o como teólogo”[191]. Dicho esto pasa a
diferenciar, en la obra de Zubiri, distintos niveles de acercamiento al hecho
religioso y a los problemas teológicos: en Zubiri encontramos en concreto un
análisis teologal (el hecho de la religación al poder de lo real) y una teoría teologal
(el fundamento último del poder de lo real), por una parte; así como un
análisis teológico (el hecho de la religación desde una confesión determinada)
y una teoría teológica (el fundamento último de la religación desde una
confesión determinada). Mientras que las dos primeras son propias del campo de
la filosofía, las dos segundas lo son de la teología. La diferencia consiste en
el carácter confesional propio de la teología, a diferencia de la neutralidad y
radicalidad de la filosofía. Otra diferencia entre los dos niveles filosóficos
y los dos niveles teológicos, es que en cada uno de ellos se distingue entre un
análisis de lo dado en los actos, y la teoría como fundamento de los mismos. No
vamos a ahondar en esto, tan sólo queremos apuntar que A. González hace un
esfuerzo por conceptuar el aporte de Zubiri a la teología. Desde aquí señala,
además, dos críticas: por una parte, dice nuestro autor, “cabe preguntarse si
el estudio de las religiones por Zubiri no hubiera sido más rico si hubiera
prescindido de su teoría teologal sobre Dios”[192], la cual hubiera permitido
acercarse al hecho religioso incluso en aquellas religiones no teístas, como el
budismo. Por otra parte, “si Zubiri no hubiera emprendido sus estudios de la
religión cristiana contando ya con el resultado de su justificación de la
realidad de Dios, tal vez hubiera podido desarrollar un estudio puramente
analítico del cristianismo, en el que se hubiera preguntado simplemente por el
modo concreto en que, según esta religión, Dios fundamenta las acciones
humanas”[193]. En otras palabras, la
crítica va en la línea de que Zubiri considera la realidad divina como
presupuesto de la fe, y esto no está dado en un análisis inmediato de los
actos. Es también la crítica a su filosofía primera que, como veremos a
continuación, consiste en haberse deslizado desde la alteridad radical en los
actos hacia la alteridad real más allá de los mismos, inclinándose a
consideraciones teóricas y metafísicas trascendentales.
3.2. Estructuras
de la praxis. Ensayo de una filosofía primera (1995-1997)
En la
etapa zubiriano-praxeológica encontramos que A. González ya en 1987 trazaba el
esbozo de un proyecto de filosofía de la liberación que fuera una filosofía de
la praxis, encontrando en la praxis el lugar de la mutua imbricación entre el
hombre y su realidad como horizonte filosófico después de Hegel. En aquél
momento sostenía que no se tenía una “adecuada formulación filosófica del
concepto de praxis”[194]. Es
hasta 1994 cuando A. González, en el contexto de la realización de su tesis
doctoral, logra madurar su idea de una filosofía de la acción, desde el
conceptual analítico y teórico de la filosofía de Zubiri, tal como lo hicimos
ver en el punto 2.7.2. (“La praxeología en la tesis doctoral”). Tres años
después sale a la luz su libro Estructuras de la praxis. Ensayo de una
filosofía primera, en el que expone una nueva filosofía, ya distinta de la
de Zubiri, la filosofía de la praxis, la praxeología. Se trata ya de la etapa
propiamente praxeológica que venía sugiriendo desde finales de 1994, cuando
decía que “escuchaba el palpitar de su necesidad”[195]. En
el estudio de este libro, que precisamente constituye el hito fundamental de
esta etapa, nos proponemos cuatro objetivos: Primero, recuperar los artículos
de filosofía primera previos al libro y señalar el lugar que les corresponde
dentro del libro. Segundo, hacer una breve mención a lo que podríamos denominar
“los presupuestos de la crítica”, tal como se propone en la primera mitad del capítulo
uno, hasta donde comienza la crítica de nuestro autor a las filosofías de
Husserl y de Zubiri. Tercero, enfocarnos básicamente en la crítica a Husserl y
a Zubiri. Y cuarto, desarrollar resumidamente el resto del libro (los capítulos
dos, tres, cuatro y cinco) intentando dar una idea de las tesis principales de
la praxeología. Veamos.
3.2.1.
Los artículos previos a Estructuras de la praxis
El
libro Estructuras de la praxis ve la luz en 1997. En él, A. González
ensaya una filosofía primera que sea praxeología. Sin embargo, ya entre 1995 y
1996 nuestro autor había publicado dos artículos en los que apunta hacia los
rasgos propios que originarían esa praxeología. Estos dos artículos son: “El
punto de partida de la filosofía” (1995) y “Hacia una filosofía primera de la
praxis” (1996). De hecho, ambos artículos, posteriormente revisados y muy
reelaborados, pasarían a ser los capítulos segundo y primero del libro,
respectivamente. Aquí tan sólo queremos apuntar esta evolución sin entrar en
los detalles que nuestro autor ha corregido entre los artículos y el libro.
Bástenos decir que el primer artículo ha sufrido fuertes modificaciones, tanto
de forma como de contenido[196],
mientras que el segundo artículo, aunque enriquecido con nuevos argumentos y
precisiones, sufre modificaciones básicamente de forma[197]. Por
esto, es el libro, en cuanto corrige y supera los artículos, el que expresa
mejor la intención de nuestro autor y a él hemos de referirnos en nuestra
investigación.
3.2.2.
Los presupuestos de la crítica en Estructuras de la praxis
Un
breve repaso del primer capítulo del libro nos ubica en el interés de A.
González de ensayar una filosofía primera que pueda fundamentar las ciencias y
orientar la praxis humana en el mundo contemporáneo. Son unas páginas muy bien
escritas donde nuestro autor hace un diagnóstico de la desorientación de la
humanidad contemporánea y de la crisis de las ciencias, de las tradiciones y de
las religiones en sus intentos de orientarla. Situación que se agrava aún más
en los países pobres, desde donde nuestro autor ubica su reflexión, siguiendo
las intuiciones heredadas de la teología de la liberación: es desde los pueblos
empobrecidos donde se han de pensar los desafíos de la humanidad contemporánea,
eso sí, desde una perspectiva racional y universal[198].
Ahora bien, este intento de fundamentación de la actividad científica y de
orientación de la praxis humana, necesita del viejo y siempre nuevo nivel
intelectual que caracteriza a toda filosofía, siempre que se decida ésta a ser
radical. Una vez más, la filosofía se hace necesaria para iluminar la
desorientación humana en el mundo. Pero ha de hacerlo no recurriendo a
tradiciones intelectualistas, sino radicalmente, es decir fundamentando su
propio punto de partida no en los presupuestos propios de la tradición en la
que se enmarca, sino constituyéndose a sí misma como un saber libre, un saber
libre de presupuestos. La filosofía debe encontrar y situarse en una primera
verdad que esté radicalmente justificada y en la que no se haya introducido
ningún supuesto ilegítimo[199]. Sólo
así, puede nuestro autor, pensar que la filosofía es un saber libre y
ab-soluto, es decir, suelto-de todo otro saber, y sólo así la filosofía es un
saber radical, que pueda orientar la praxis humana en el mundo:
Solamente como saber
radical, la filosofía es un saber libre. La libertad de la filosofía consiste
justamente en una independencia frente a todos los presupuestos, tantas veces
deshumanizadores, acumulados en las ciencias, en las religiones, y en las
culturas. La filosofía, como un saber libre, puede entonces aspirar a liberar a
otros. La filosofía liberadora no es primeramente una síntesis de otros
saberes, sino que ha de comenzar por constituir su propia libertad,
enfrentándose a la radicalidad de las verdades primeras.[200]
La
intención original de la filosofía es no aceptar tesis que no haya sido
suficientemente justificada de un modo accesible para cualquiera. Por eso, su
tarea consiste en una constante e interminable liberación de presupuestos no
justificados. Ya Husserl decía que el hecho que los presupuestos aparezcan en
el pasado no conduce necesariamente a que deban aparecer en el futuro. Por
ello, es necesario mantener el ideal de erradicar presupuestos. Pero, ¿cuál es
el criterio para erradicar presupuestos? Según nuestro autor, la hermenéutica
nos conduce a un inevitable relativismo y, por lo tanto, no sirve como criterio
para erradicar presupuestos. Por lo tanto, la tarea consiste en buscar y
situarse en una verdad anterior al lenguaje, una verdad primera sin
presupuestos. Ello no obsta para que al conceptuarla utilice presupuestos,
utilice el lenguaje, y siga siendo siempre una verdad primera:
Una verdad así, aunque
no garantiza la carencia absoluta de presupuestos en nuestras descripciones de
la misma, nos ofrece la posibilidad de una filosofía primera, siempre abierta y
nunca definitiva, pero capaz de progresar constantemente en la conceptuación
más libre y radical del punto de partida.[201]
Por
esto, la búsqueda de una verdad primera, para A. González, no niega la
historicidad de la filosofía. La filosofía, de hecho, no debe prescindir del
pasado para no caer en los mismos presupuestos. En su estudio del pasado
filosófico, nuestro autor encuentra dos filosofías que se han acercado al
hallazgo y conceptuación de esa verdad primera que se busca. Estas dos
filosofías son el ‘idealismo trascendental’ de Husserl y el ‘realismo
trascendental’ de Zubiri. Ambos han querido partir de un análisis de lo dado en
los actos, aunque luego han resbalado hacia uno de los dos polos que los
constituyen, a saber, o el sujeto trascendental o la realidad trascendental. A
diferencia de ambos, A. González encuentra que los actos son precisamente esa
verdad primera, y por ello quiere ensayar, desde ellos, una filosofía primera
que sea ‘praxeología trascendental’. Desde el hallazgo del acto como verdad
primera se entiende la crítica que A. González hace a la filosofía de Husserl y
a la filosofía de Zubiri, como veremos a continuación.
3.2.3.
La crítica a la altura de Estructuras de la praxis
Para
A. González, la fenomenología pretende encontrar una verdad primera
absolutamente justificada mediante un proceso que Husserl caracteriza como el
paso de la actitud natural a la actitud filosófica. Mientras que en la actitud natural
encontramos nuestros actos de percepción, de imaginación, de volición, de
intelección, etc., volcados sobre objetos percibidos, imaginados, queridos o
inteligidos; en la actitud filosófica prescindimos de tales objetos y nos
quedamos únicamente en la descripción de nuestros actos. Los actos pasarían así
a ser esa verdad primera e inmediata que busca la fenomenología y la
capacitarían para constituirse en una filosofía primera. Hasta aquí, A.
González no tiene problemas con Husserl. Ahora bien, los problemas comienzan
cuando Husserl en su descripción fenomenológica tiene que determinar los
contenidos de esos actos que constituyen la verdad primera, es decir, cuando,
en términos filosóficos, quiere distinguir entre lo ‘inmanente’ a nuestros
actos y lo ‘trascendente’ a ellos. Husserl, hacia 1907, señala dos posibles
sentidos del término inmanente a diferencia de lo trascendente. El primero, el
clásico de la filosofía moderna, señala que mientras lo inmanente son los
actos, el término de los mismos, es decir las cosas reales, serían lo
trascendente. Pero para Husserl esto es insuficiente y crea un nuevo concepto
de inmanencia en el que incluye también a las cosas, en tanto que se hacen
presentes a nuestros actos, no como independientes de los mismos, sino sólo tal
como aparecen en ellos. De esta manera Husserl puede hablar de que todos
nuestros actos son actos intencionales, es decir, actos que están
constitutivamente dirigidos hacia un término intencional: toda percepción es
“percepción-de”, toda volición es “volición-de”, etc. Hasta aquí, A. González
no tiene problemas con Husserl. El problema comienza cuando hacia 1910, Husserl
amplia el término inmanencia encontrando en ella ciertas instancias no
explícitas en los actos, pero sí implicadas en los mismos, constituyendo así lo
que él mismo llama una “trascendencia en la inmanencia fenomenológica”. Dentro
de lo dado en los actos, debe incluirse aquellas instancias que los presuponen
y que, de hecho, los constituyen formando unidades con sentido. Esta última posición
de Husserl lo lleva a un idealismo trascendental que necesita como
‘presupuesto’ un ego puro como polo unificador que trasciende nuestros actos.
Para A. González, esta ampliación de la inmanencia desvirtúa el sentido
originario de la filosofía primera que Husserl pretendía, abandonando el ámbito
de las verdades primeras e instalando su filosofía en el mundo de los
presupuestos. Ante ello reclama:
La
fenomenología podría haberse contentado con el análisis de lo que aparece en
nuestros actos, sin necesidad de trasladarse a ningún presupuesto de los
mismos, por muy verosímil que resulte su ulterior justificación. Toda
especulación de esta índole nos sitúa más allá del ámbito de lo inmediatamente
dado. Y con ello se merma la radicalidad fenomenológica, que consistía
justamente en admitir solamente lo que se nos da en nuestros actos, tal y como
se nos da y solamente en los límites en que se nos da. La ampliación de la
inmanencia desvirtúa, por tanto, el sentido originario de una “filosofía
primera”.[202]
Dicho esto, pasa a analizar la posición
de Zubiri. Aquí nuestro autor elogia a Zubiri dos cosas. En primer lugar, su
pretensión de hacer una filosofía primera que parta precisamente de lo dado en
nuestros actos, lo cual significa ya de entrada no aceptar el presupuesto de
una subjetividad trascendental como polo unificador que trasciende nuestros
actos. Ante esto merece el comentario de A. González: “Con ello Zubiri no hace
otra cosa que ser fiel al ideal fenomenológico de atenerse radicalmente a lo
dado, evitando incluir en ello ningún presupuesto”[203]. Zubiri habría regresado de
esta manera al segundo concepto de inmanencia: la inmanencia del acto junto con
todos los aspectos de la cosa que están presentes o ‘actualizados’ en ese acto.
Pero este no es el único elogio de A. González, sino que más adelante nos dice
que “Zubiri observa que en ese acto hay algo que la filosofía occidental ha
pasado por alto, y esta observación posiblemente constituye su más importante contribución a la
historia del pensamiento”[204]. ¿Cuál es entonces la ‘mayor
contribución’ de Zubiri, según A. González? El considerar que las cosas no
constan solamente como un conjunto de propiedades sistemáticamente organizadas,
“sino que, además, se actualizan en nuestros actos como radicalmente ‘otras’,
es decir, se actualizan en nuestros actos como independientes de los mismos”[205]. Es lo que Zubiri quiere
decir con la frase ‘de-suyo’. Las cosas se actualizan como siendo ‘de suyo’ y
no en función de nuestros actos. Las cosas se actualizan remitiéndose a sí
mismas, y no remitiendo a los actos en donde se actualizan. Por eso se trata de
una alteridad radical, de tal manera que el mayor hallazgo de Zubiri sería el
descubrimiento de esa ‘alteridad radical’ con la que las cosas se presentan en
nuestros actos, como independientes de los mismos. Hasta aquí, nuestro autor no
tiene ningún problema con la filosofía de Zubiri. Es más, precisamente el
descubrimiento de esta ‘alteridad radical’ en que las cosas se presentan en
nuestros actos, es, según A. González, la mayor contribución de Zubiri al
pensamiento occidental. Y es justamente aquí cuando dice:
Hasta
aquí, el planteamiento de Zubiri resulta, a mi modo de ver, intachable. Sin
embargo, las dificultades aparecen en el momento en que Zubiri utiliza el término
‘realidad’ para referirse a esa alteridad radical con la que las cosas se
presentan en nuestros actos.[206]
La
crítica de A. González a la filosofía de Zubiri parece consistir, hasta aquí,
en una crítica terminológica, en cuanto al empleo de la palabra de ‘realidad’
para designar esa ‘alteridad radical’ con que las cosas se presentan en
nuestros actos. Pero, ¿qué entiende Zubiri por ‘realidad’? Para Zubiri, la
palabra ‘realidad’ hace referencia al carácter cómo las cosas se presentan en
nuestros actos. Por ello no se trata de una zona de cosas situadas más allá de
nuestros actos, sino la manera en que las cosas se actualizan en los mismos.
Por eso, el mismo Zubiri ha preferido hablar en ocasiones de ‘reidad’, y no de
‘realidad’[207]. Su
filosofía no sería un realismo, sino un reísmo, eso sí un ‘reísmo
trascendental’. Es trascendental “justamente porque esa ‘realidad’ con la que
las cosas se actualizan en nuestros actos es un carácter que nos abre, desde
cada cosa real actualizada en ellos, a todas las demás cosas reales que hay,
tanto en nuestros actos como más allá de los mismos, en el mundo”[208]. Y
ésta es la idea de una filosofía de la realidad como filosofía primera,
empeñada en analizar la “función trascendental” que desempeñan las cosas reales
al constituir diversas formas de realidad.
Entonces
se puede apreciar una anfibología del uso del término realidad: por una parte,
realidad hace referencia a la alteridad radical con la que las cosas se
actualizan en nuestros actos; y, por otra parte, parece hacer referencia
también a las cosas tal como son con independencia de ellos. Esta anfibología
ha dado lugar a que J. Bañón sugiera distinguir entre ‘reidad’ y ‘realidad’,
respectivamente. Sin embargo, A. González entiende que
probablemente esta
distinción es lo que Zubiri quiso evitar al utilizar indistintamente el término
“realidad”. Para Zubiri, la realidad no es una zona de cosas, sino un carácter
de toda cosa, tanto en la aprehensión como más allá de la misma: “no se trata
de un salto de lo percibido a lo real, sino de la realidad misma en su doble
cara de aprehendida y de propia en sí misma”.[209]
Por
ello, puede decir Zubiri que es la realidad la que nos arrastra hacia otras
formas y modos de realidad, puesto que, en definitiva, estamos inmersos
inexorablemente en la realidad. De esta manera, no habría tal anfibología del
término realidad. Para Zubiri, tanto la realidad allende como la realidad
aquende es la misma realidad, la cual no es un campo de cosas, sino un carácter
de cada cosa que nos lleva a otras formas y modos de realidad. Para A. González
la distinción entre ‘reidad’ y ‘realidad’, tal como propone J. Bañón, las
convertiría a cada una en una zona de cosas, equivocando así el pensamiento de
Zubiri. Por esto ni en Zubiri ni en A. González hay una anfibología del término
realidad, por lo menos en el sentido de dos zonas de cosas. Ahora bien, el
hecho que no haya en ellos una anfibología del término realidad en el sentido
aquí señalado, no quita para que en ambos si exista la distinción entre lo que
está presente en nuestros actos y lo que los trasciende. Y justamente al hacer
esta distinción Zubiri permite que se dé la tal anfibología del uso del término
‘realidad’, utilizándolo tanto para designar la realidad tal como es en la
aprehensión, como a la realidad allende la aprehensión, la realidad profunda.
De tal manera que nos encontramos ciertamente con una anfibología del uso del
término realidad, aunque no sea para designar dos zonas de cosas, sino para
designar dos modos o formas de realidad: la realidad en la inmediatez de
nuestros actos y la realidad profunda, más allá de los mismos.
El problema para A. González consiste en
cómo describir lo que encontramos en los actos sin incluir en ellos ningún
presupuesto debidamente justificado. En lo sucesivo se referirá a Zubiri en
términos de: “probablemente, ya el
joven Zubiri se acercó a la fenomenología con intenciones metafísicas que, de alguna manera, han seguido presentes
en su proyecto filosófico a pesar de las grandes transformaciones que ha
experimentado a lo largo de su evolución intelectual”[210]. Fijémonos bien que las
cursivas nos dejan en una situación abierta respecto a cómo entender el
proyecto filosófico de Zubiri. Esto que nos quede claro: A. González no está
acusando a Zubiri de que su proyecto filosófico se reduzca a constituir una
metafísica en concreto. Eso no lo ha dicho; lo que ha dicho es que
‘probablemente’ y ‘de alguna manera’. En concreto, A. González acusa a Zubiri
de emplear injustificadamente la palabra realidad para describir la alteridad radical
con que las cosas se presentan en nuestros actos:
Sea
cual sea la interpretación definitiva de su pensamiento, es perfectamente
legítimo y necesario señalar que en nuestros actos las cosas presentan una
alteridad radical que nos remite a buscar lo que ellas sean más allá de
nuestros actos. Esta alteridad radical incluye, por supuesto, todos los
momentos que Zubiri detecta en la realidad, como su poderosidad, su fuerza de
imposición, etc. Pero no por ello está
suficientemente justificado que llamemos ‘realidad’ a esa alteridad radical,
señalando que ella es un carácter común a todas las cosas, incluso con
independencia de nuestros actos. La filosofía primera exige la distinción entre
lo actualizado en nuestros actos y lo que los trasciende.[211]
Como podemos ver, se trata de una crítica
terminológica: no está suficientemente justificado el uso del término realidad
para describir esa alteridad radical con que las cosas se presentan en nuestros
actos. Ahora bien, ¿por qué no está suficientemente justificado? Precisamente
porque la filosofía primera exige la distinción entre lo actualizado en
nuestros actos y lo que los trasciende, y la palabra ‘realidad’ expresa, en el
pensamiento de Zubiri, ambas situaciones. Por ello, A. González prefiere hablar
de alteridad, en vez de realidad. Es algo que ya había aparecido en la segunda
etapa, pero aquí se ha convertido en crítica. El problema consiste en que si
usamos el término ‘realidad’ para designar tanto el carácter de las cosas en la
aprehensión como el carácter de las mismas más allá de la aprehensión, entonces
rompemos la intención de quedarnos en una verdad primera, original e inmediata,
por muy efímera que parezca, y nos trasladamos fácilmente hacia otras
instancias que en todo caso están implicadas, y por lo tanto, supuestas. A.
González ofrece tres argumentos para preferir usar la palabra ‘alteridad’ en
vez de la palabra ‘realidad’, para expresar que las cosas se actualizan en
nuestros actos como independientes de los mismos.
El primer argumento señala que solamente
podemos pensar lo dado en la aprehensión y por lo tanto queda excluido el
término realidad para designar lo allende al mismo acto de aprehensión. Aún
cuando pensamos en las cosas allende la aprehensión estamos realizando actos de
pensamiento y, por lo tanto, estamos refiriéndonos al modo como las cosas se
presentan en cierto tipo de actos. Y las cosas se presentan en forma de
alteridad radical respecto de los actos, y no en forma de realidad. Desde este
punto de vista, ni siquiera podríamos utilizar el término ‘realidad’ para
designar lo allende a nuestros actos, sino que todo sería ‘reidad’.
El segundo argumento establece que los
actos son anteriores a la realidad. La ‘realidad’, tal como la denomina Zubiri,
es más bien el modo como se presentan las cosas en los actos. Las cosas se
presentan, en palabras de Zubiri, con carácter de realidad. Es lo que ha
llamado ‘en propio’, ‘de suyo’. A. González piensa que si bien las cosas se
hallan remitiendo a sí mismas, y no a los actos, lo hacen precisamente ‘en’ los
actos y por ello se puede hablar de una anterioridad de los actos sobre la
realidad. De esta manera, las cosas siguen remitiendo a sí mismas, con su
poderosidad, su fuerza de imposición, y los demás caracteres que dice Zubiri
sobre la realidad, pero lo hacen en los actos. Por eso, si queremos conceptuar
lo dado en y desde los actos, debemos decir que las cosas se presentan en los
actos con un carácter de ‘alteridad radical’ y no con un carácter de
‘realidad’. Y en esto radica la precisión fundamental que hace A. González a
Zubiri: que las cosas no están presentes en el acto en ‘carácter de realidad’,
sino simplemente en ‘carácter de alteridad’, y que los actos son anteriores a
esa alteridad radical:
También
se podría argumentar que los actos mismos siempre se presentan ante nosotros
como ‘reales’, y que por tanto siempre
hay una prioridad de la realidad sobre los actos. Frente a esa idea hay que
señalar, ante todo, que esa ‘realidad’ de los actos no es otra cosa que el modo
como un acto se presenta ante sí mismo o ante otro acto. Se trata, por tanto,
de una ‘alteridad radical’, y no propiamente de realidad más allá de los actos.
Y esa alteridad radical es un carácter de los actos presentados en el acto en que se presentan. (…) Por mucho que la
realidad radical nos remita más allá de nuestros actos, ella es siempre un
carácter que tienen las cosas en los
actos mismos. Hay una anterioridad del acto que se presenta y del acto en
el que se presenta sobre el modo de presentarse. El modo de presentarse es
siempre un momento de los actos, y solamente en la medida en que aparece en
ellos es relevante para la filosofía primera. Los actos son anteriores a esa
alteridad radical que Zubiri denomina ‘realidad’.[212]
El tercer argumento establece que la
filosofía primera no puede suponer como verdadero algo implicado en lo dado en
los actos. Es el argumento que utilizó contra Husserl y que ya vimos arriba: en
el análisis de un acto no podemos dar por implicados una conciencia o un sujeto
previo, por muy verosímil que resulte su justificación ulterior. De igual
forma, aunque pueda ser que en la alteridad radical esté implicada la realidad,
no por ello podemos introducir la palabra ‘realidad’ para describir lo que está
dado en nuestro análisis. La realidad así vendría a ser un presupuesto
injustificado, que no se da positiva e inmediatamente en el acto. En el acto lo
que hay es la alteridad radical con que las cosas se presentan, y no
propiamente la realidad: “la filosofía primera tiene que preguntarse solamente
por lo que está expresa y actualmente presente en nuestros actos, y no por lo
que está implícito en ellos. De lo contrario, estaríamos pasando de nuestros
actos a sus presupuestos, con lo que el proyecto de una filosofía como saber primero
y radical habría sido nuevamente traicionado”[213]. De esta manera, para A.
González la filosofía de Zubiri, con todo lo positivo y sugerente de sus
intuiciones, se encuentra en el mismo nivel que la filosofía de Husserl. Tanto
Husserl como Zubiri se han deslizado desde los actos hacia las instancias que
los presuponen: sea la subjetividad o la realidad. Para A. González, ni la
subjetividad ni la realidad se hayan explícitamente en los actos, sino que son
presupuestos introducidos gratuitamente y sumamente problemáticos a la hora de
describir el ámbito de la verdad primera:
De
hecho, el término ‘realidad’ presenta las mismas dificultades que el término
‘subjetividad’: ambos entrañan constitutivamente la referencia a lo que
trasciende nuestros actos, ya sea el sujeto o las cosas reales. La
‘subjetividad’ y la ‘realidad’ se refieren a una trascendencia ilegítimamente
introducida en la inmanencia de nuestros actos. Por eso, tanto la
‘subjetividad’ como la ‘realidad’ resultan términos enormemente ambiguos y problemáticos
cuando se emplean en un análisis que se quiere limitar metódicamente a la
verdad primera de nuestros actos, y de todo lo que en ellos se presenta, pero
solamente en la medida en que actualmente se presenta.[214]
Dicho esto, A. González enumera dos
ventajas que conlleva la distinción entre la alteridad radical en nuestros
actos y la realidad más allá de los mismos. La primera ventaja, más
superficial, consiste en evitar la impresión de una embriaguez de realidades.
Frente a la terminología de Zubiri, que da el mismo estatuto de realidad a las
cosas actualizadas en nuestros actos, sean números, seres de ficción, o
piedras, A. González señala que la distinción entre lo inmanente y lo
trascendente cumple una función crítica “respecto a toda atribución de realidad
a aquello que solamente aparece en nuestros actos”. Mientras que todas las
cosas se actualizan en nuestros actos en alteridad radical, no todas tienen
realidad, o por lo menos la misma realidad. De ahí explicamos la diferencia
entre una ensoñación y una cosa real, por ejemplo. La segunda ventaja, mucho
más grave, consiste en que la alteridad radical no nos saca de nuestros actos
hacia las instancias que los suponen. En la filosofía de Zubiri, la formalidad
de realidad, en virtud de su inespecificidad, nos conduce trascendentalmente a
nuevas formas y modos de realidad. En cambio, la alteridad radical en nuestros
actos no nos obliga a trascenderlos. De esta manera, no caemos ni en un
idealismo trascendental ni en un realismo trascendental, sino que nos quedamos
en una filosofía primera, que A. González denomina ‘praxeología trascendental’.
Hasta aquí la crítica de A. González a la
filosofía de Zubiri, a la altura de Estructuras de la praxis. Ha sido
una crítica en cuanto al uso del término realidad para denominar el carácter en
que las cosas se actualizan en nuestros actos como radicalmente otras,
distintos de los mismos. Por su parte, nuestro autor ha propuesto que a ese
carácter lo denominemos ‘alteridad radical’, en vez de ‘realidad’. La alteridad
radical nos permite quedarnos en la verdad primera de nuestros actos; la
realidad nos invita a trascenderlos, y ello resulta enormemente problemático.
Por ello, debemos admitir y tener claro que la filosofía primera, para ser tal,
sin traicionar su intención original, ha de partir de la distinción entre la
alteridad radical en nuestros actos y la realidad más allá de los mismos.
3.2.4.
La praxeología como filosofía primera y las “estructuras de la praxis”
En lo
que sigue del libro, A. González intentará demostrar cómo los actos constituyen
la verdad primera de la filosofía, y el estudio de las distintas
estructuraciones funcionales de actos, que constituyen las acciones, las
actuaciones y las actividades.
La
praxeología debe fundamentar radicalmente su punto de partida. Hipotéticamente
nos ha dicho A. González que los actos son el punto de partida de la filosofía
primera. En lo que sigue intentará explicar lo que se ha de entender por actos,
liberándolos de todo presupuesto injustificado. Así, críticamente nuestro autor
pasa revista a la historia de la filosofía para revisar los presupuestos
(sustancialista, subjetivista, intelectualista, empirista, idealista, activista
y pragmatista) que la han configurado y situarse más allá de ellos. Hecho esto,
concluye señalando que los actos consisten “en actualizaciones de algo que se
presenta como radicalmente otro”[215]. Para
la filosofía primera, los actos así considerados constituyen una verdad simple
y extralingüística, una verdad primera que sirve de principio, fundamento, base
para toda ulterior reflexión filosófica. No se trata de la verdad dual del
logos, que pretende una conformidad entre lo que se dice de la cosa actualizada
y la misma cosa actualizada, entre el logos y la cosa. Pero tampoco se trata de
la verdad real que señala Zubiri, ya que ésta, en cuanto distingue entre la
cosa actualizada y el acto mismo donde se actualiza, es también una verdad
dual; la verdad real en Zubiri hace referencia simplemente a la presencia de la
cosa en los actos. En cambio, para A. González se trata de una verdad simple,
no dual. Es la verdad de los actos por sí solos, los cuales constituyen el
lugar donde las demás cosas se actualizan constituyendo, aunque posteriormente,
verdades duales, sea la verdad real o la verdad del logos. Esta verdad primera
no es ni evidencia, ni adecuación, ni actualización, sino un factum, un hecho
accesible a cualquiera. Ello no significa que es una verdad primera apodíctica,
sino fáctica, que no niega el devenir ni lo contingente, sino que precisamente
es siempre deviniente y contingente. La justificación radical de la verdad
primera de los actos no está en su apodicticidad, sino en su carácter de
absoluto: “Los actos son ab-solutos en el sentido de que ellos están sueltos-de
cualquier justificación a partir de presupuestos”[216]. La
justificación de la verdad primera no es racional, sino fáctica: los actos son
hechos primordiales, absolutos e ineludibles. Esta absolutez le dota a la
filosofía de un carácter trascendental, en la medida en que pretende situar
todas las verdades que nos proporcionan los demás saberes en la perspectiva de
la verdad primera desde la que inician.
Ante
el torrente caótico de actualizaciones, sin orden y coherencia, A. González se
pregunta por la capacidad de la filosofía de acercarse a los actos y orientar
la praxis humana. Su método será el analítico, en primer lugar, salvaguardando
la pluralidad de actos sin necesidad de acudir a ninguna entidad metafísica que
los saque del devenir; en segundo lugar, señalando que no hace falta una
dilatación o trascendencia del acto, sino tan
sólo su actualización en otro acto, yendo más allá de la ampliación de
la inmanencia que proponía Husserl. De esta manera, la filosofía analítica
tiene consigo dos tipos de actos: el primordial, el acto de rememoración; y el
actual, que es aquél que traigo de un atrás, de un antes. El segundo acto ha
perdido sin duda su carácter de verdad primera, más no el primero, y con ello
se mantiene la filosofía en una tarea siempre constante de revisión de los
presupuestos y de precisión de los análisis[217]. La
verdad primera, de esta manera, lo único que permite es un proceso asintótico
de aproximación, y nunca una plena posesión de la verdad. Por ello “el filósofo
es amante de la sabiduría, pero no poseedor de ella”. Más que una posesión,
hemos entonces de contentarnos con una persecución humilde y constante de la
verdad. Ésta se ha de conseguir teniendo en cuenta dos cosas: primero, que en
los actos de rememoración podemos establecer una cierta tipicidad, determinando
las características de un cierto tipo de actos frente a otros; y segundo, que
esta determinación y ulterior análisis está siempre determinado por el lenguaje
y la mentalidad de la persona que los analiza, y por ello siempre es
susceptible a una crítica, en busca de la mejor forma de expresar las
tipificaciones encontradas en tales actos de rememoración. Esto quiere decir
que el análisis nunca es absoluto, sino que puede mejorarse. El análisis es un
momento ulterior, que pretende determinar conceptualmente las características
propias de los actos y de lo que está actualizado en ellos[218]. Las
verdades no son apodícticas, sino que siempre pueden ser mejoradas. Es lo mismo
que le sucede a la teoría, las cuales siempre son susceptibles de mejora. La
diferencia es que el análisis por moverse en el campo del logos es más preciso
que la teoría, la cual se mueve en el campo de la razón. En este sentido, el
análisis de los actos propio de la filosofía primera tiene dos características:
es un análisis dialógico, es decir, accesible para cualquiera con independencia
de sus presupuestos; y es mayeútico, es decir, algo inmediato a la persona que
hace el análisis, son sus actos y no los actos de un sujeto, son sus actos en
cuanto actos[219].
Dicho esto, A. González ha justificado radicalmente el hallazgo de los actos
como punto de partida de su filosofía, que aquí hemos presentado muy
brevemente. En los siguientes capítulos, nuestro autor desarrollará su análisis
de las distintas funcionalidades de actos: las acciones, las actuaciones y las
actividades, que aquí apenas vamos a mencionar.
Las
acciones son los sistemas funcionales de los actos sensitivos, afectivos y volitivos. Son
sobre todo las estructuraciones funcionales de estos tres tipos de actos
elementales que, por una parte, carecen de sentido, pero, por otra parte, no
son simples actos estimúlicos, sino que son acciones estrictamente libres. En
este nivel del análisis, A. González se preocupa de determinar el carácter
personal, social, espacio-temporal, verdadero y moral de las acciones.
Las actuaciones son sistemas funcionales
de acciones con sentido, es decir, acciones fijadas. De nuevo, se trata de una
estructura de actos sensitivos, afectivos y volitivos que, añadiéndoles los
actos intelectivos que les dan el “sentido” a nuestra acción, constituyen
verdaderas percepciones, emociones y deseos. Desde ellas podemos decir, por
ejemplo, que tomamos café, que leemos el diario, etc. Ahora bien, son acciones
intencionales que no suponen necesariamente los actos conscientes, como
señalaba la fenomenología. Podemos entender nuestras acciones sin que ello
significa precisamente que tengamos consciencia de las mismas. Aquí, nuestro
autor se preocupa en mostrarnos el carácter intencional, lingüístico-social,
verdadero y moral de las actuaciones.
Por último, la actividad consiste en
sistemas de acciones y actuaciones especificadas por la presencia de actos
intelectivos racionales que permiten seleccionar posibilidades. La actividad
consiste entonces en la apropiación de una determinada posibilidad de actuación
y, por ello, es constitutivamente racional y crítica. Su base son los actos
intelectivos, los actos racionales, los cuales consisten: primero, en una
búsqueda de lo que las cosas son con independencia de nuestros actos; segundo, en la apropiación de una posibilidad
entre varias, de aquí que sea un momento de la praxis y no una razón formal o
ideal ajena a la misma; y tercero, en que se pueden revestir de carácter
eminentemente lingüístico. Del mismo modo, A. González se preocupa en
señalarnos lo propio del carácter racional, crítico, creativo, personal,
histórico-social, verdadero y ético de la actividad. Sobre este último punto
bástenos decir que nuestro autor termina el capítulo con una verdadera
justificación racional de la ética, proponiendo una “ética formal de la
justicia” basada en el carácter igualitario, interpersonal y universalista de
los actos racionales, y que a la vez integra y supera la moral de las acciones
y de las actuaciones. Esta ética se postula como apta para pensar radicalmente
–más allá de la ética hermenéutica y de las comunidades ideales de
comunicación- los problemas propios de los países empobrecidos del tercer
mundo.
A. González concluye el libro diciendo
que la filosofía primera es una praxeología trascendental. Es una filosofía
primera que habita en toda tarea filosófica, evitando así cualquier
compartimentación del filosofar. Su objeto de estudio es la praxis humana. Por
praxis, nuestro autor entiende los distintos tipos de configuraciones de
nuestros actos. En concreto, las acciones, las actuaciones y la actividad
constituyen los tres modos fundamentales de praxis, junto con sus modos
veritativos, morales, personales, sociales e históricos. La praxis, así
considerada, ya no se opone a la teoría y ya no tiene un carácter amorfo. La
praxeología pretende ser un lógos de la praxis. No un logos que teoriza, sino
que analiza los actos que integran la praxis. La praxeología tiene un criterio
para revisar presupuestos: es la verdad primera que constituye la verificación
en la praxis. Además, es praxeología trascendental, porque se funda en el
carácter trascendental de nuestros actos y porque es punto de partida de toda
investigación radicalmente filosófica.
3.3.
El principio de todos los principios: acto en Husserl y en Zubiri (2000-2001)
Como
señalábamos en la introducción a este capítulo, los dos hitos fundamentales de
la crítica de A. González a la filosofía de Zubiri –y, por lo tanto, de nuestra
investigación- son el libro Estructuras de la praxis y el artículo “El
principio de todos los principios: acto en Husserl y en Zubiri”. Sin embargo,
antes de este último artículo A. González escribió otro titulado “¿Qué es la
praxis?” (2000). En él expone de manera pedagógica lo que se ha entendido por
praxis en la historia de la filosofía y la propuesta de asumir los actos como
la forma más radical de praxis:
Y es que hay algo común a la construcción de barcos, a la audición de la
música, a la contemplación teórica del mundo, o a los diversos intentos de
transformarlo. Y es que todos ellos están integrados por actos humanos. Hay un
hacer radical, en el que continuamente estamos, mucho antes de cualquier
clasificación de ese hacer según los distintos tipos posibles de actos. La
pregunta “¿qué haces?” puede ser respondida siempre aludiendo a algún tipo de
acto, por más que ese acto sea un simple “descansar”. El “yo no hago nada”
entraña siempre algún tipo de contradicción, pues quien pronuncia esa frase
está, al menos, hablando. El no hacer nada, en el rigor de los términos, no
acontece más que con la muerte. Si dejamos las distinciones entre contemplación
y producción, entre transformación y reflexión para un momento ulterior, nos
acercamos a un sentido radical de praxis. La praxis sería el conjunto de los
actos humanos, organizados según diversas estructuras.[220]
En
términos generales podemos decir que se trata de un artículo que recoge las
principales tesis de Estructuras de la praxis, tales como la obviedad de
la inmediatez de los actos, la necesidad de un análisis de los actos
(constatando su diversidad, sus distintas estructuraciones, su carácter de
intelectivos en virtud de la alteridad radical), desde los cuales se abren
campos de estudio inusitados y enormemente ricos, y el lugar de los actos en el
comienzo de la tarea filosófica. En este artículo además encontramos una nueva
crítica a la filosofía de Zubiri: ya no se trata solamente de la crítica en
cuanto al uso del término realidad para designar la alteridad radical con que
las cosas quedan en nuestros actos, sino que ahora es una crítica en cuanto a
la conceptuación de la índole esencial de los actos, distinguiendo entre
actualidad, actuidad y actualización. Esta crítica, sin embargo, es la que
encontramos también en “El principio de todos los principios: acto en Husserl y
en Zubiri”, aunque más exhaustivamente desarrollada. Esta situación nos obliga
a pasar de largo el artículo “¿Qué es la praxis?”, a pesar de lo valioso de su
contenido, con el objetivo de no cansar a nuestro lector con la exposición una
y otra vez de los mismos argumentos. Bástenos decir que, a nuestro modo de ver,
este artículo, aunque no publicado en papel, es una buena introducción a la
praxeología y sirve incluso de bisagra entre las dos fuentes principales de
nuestra investigación, constituyendo así un buen resumen de ambas. Vayamos
directamente entonces a la exposición de “El principio de todos los principios:
acto en Husserl y en Zubiri”.
El
artículo comienza señalando que “una cuestión decisiva en filosofía es la
pregunta por los principios”. Con ello quiere recoger el ideal fenomenológico
de atenerse a lo dado y solamente dentro de los límites en que se da, sin
incluir ningún presupuesto injustificado. Por supuesto, todo análisis de la
experiencia originaria está condicionada por conceptos que nunca son plenamente
neutrales, ya que cargan con los presupuestos propios de una determinada
lengua, cultura, tradición filosófica, etc. La filosofía primera debe atenerse
a lo inmediatamente dado, y desde allí someter a crítica y desechar los propios
conceptos en búsqueda de una cada vez mejor conceptuación de eso dado
inmediatamente. Para cumplir con este propósito la fenomenología propone
distinguir entre lo inmediatamente dado y lo que no lo es, mediante un proceso
que Husserl denomina el paso de la actitud natural a la actitud filosófica. La
actitud filosófica consiste, según Husserl, en hacer de los actos objeto de
nuestras investigaciones:
En
lugar de vivir en la ejecución del acto, y en lugar de aferrarnos ingenuamente,
según esa ejecución, a la posición del acto y al sentido de la misma, lo
miramos a él mismo [al acto], y lo convertimos a él, y a lo que él nos pueda
ofrecer en sí mismo, en un objeto que no es naturaleza alguna y que no contiene
ya nada de posición de la naturaleza.[221]
Los
actos se constituyen entonces en el objeto formal de la filosofía en su
radicalidad primera. “La filosofía –dice A. González- que quiera estudiar ‘el
principio de todos los principios’ es una filosofía que tiene por objeto
nuestros actos”[222]. De
ahí el interés de nuestro autor por ahondar exhaustivamente por lo que Husserl
y Zubiri han entendido por ‘acto’.
3.3.1.
La idea de acto en Husserl
En el
caso de Husserl , A. González está especialmente interesado en conocer a fondo
lo que ha entendido por acto en Investigaciones lógicas, publicado en
los años 1900-1901, y en Ideas, publicado en 1913, los dos hitos
fundamentales que representan las dos etapas de este autor, y que corresponden
a los dos momentos de la ampliación de la inmanencia que ya nos había hablado
A. González en Estructuras de la praxis. El objetivo central en Investigaciones
lógicas es la crítica al psicologismo, emparentada con el empirismo y el
positivismo. Según el psicologismo, al estudiar la mente, la psicología se
convertiría en la ciencia que fundamenta todas las demás ciencias. Ante esto,
Husserl señala que una fundamentación de las ciencias en otra ciencia cae
necesariamente en una petición de principio. Además, muestra cómo la psicología
empírica no puede dar cuenta de las ciencias ideales, tales como la lógica y la
matemática. Por ello, más que analizar las condiciones empíricas de
conocimiento, se necesita volver sobre las condiciones de posibilidad ideales
de conocimiento, tal como la conciencia. Ahora bien, aquí la conciencia es para
Husserl un carácter de acto, entendido éste no como la operación empírica de un
sujeto, sino como ‘vivencia intencional’. Los actos, en Investigaciones
lógicas, equivalen a lo que Husserl llama ‘vivencias intencionales’, es
decir, la aparición o presentación de un objeto, siendo este objeto que aparece
distinto de la aparición misma:
Y
esto significa entonces que la aparición (impresiones) de la cosa no es lo
mismo que la cosa que aparece. Lo que aparece es la cosa, mientras que la
aparición misma (las impresiones) es vivenciada (erlebt), pero ella misma no
aparece.[223]
Para
Husserl las cosas no son contenidos de conciencia, como pensó la filosofía moderna,
sino que los contenidos son la vivencia misma y ésta se diferencia de las cosas
exteriores percibidas o pensadas. Ya aquí, la fenomenología ha podido dar
cuenta de una liberación de presupuestos injustificados: no hay más que
contenidos de vivencias, la cual se refiere intencionalmente, no a sus
contenidos propios, sino a las cosas externamente. Y a estas vivencias se les
denomina actos. Ahora bien, no son actos en el sentido de activaciones de una
conciencia, de un yo puro, pues a esta altura de su producción filosófica,
Husserl no encuentra ningún yo puro en su descripción fenomenológica, sino tan
sólo un yo empírico. Ante la crítica de Hume de la imposibilidad de hallar un
yo empírico en lo inmediatamente dado, Husserl señala que el yo empírico no es
otro que el polo que aparece dentro de la vivencia intencional y que se
relaciona con el objeto intencional. Por tanto, no hay un yo puro dado con
inmediatez y la conciencia no es nada distinto de los actos y nada situado más
allá de ellos ejecutándolos. La conciencia no es otra cosa que un acto
‘psíquico’, es decir, una vivencia intencional. Entonces, ¿por qué hablar de
actos y no sólo de conciencia? Para Husserl es legítimo hablar de actos en la
medida que éstos designan mejor el carácter dinámico de las vivencias
intencionales.
Los
actos son, pues vivencias intencionales. En este sentido, para Husserl las
sensaciones no son actos, sino tan sólo momentos de los mismos. Las actos
estarían integrados por los siguientes momentos: primero, los posibles contenidos
sensibles de una vivencia que Husserl llama ‘sensaciones’, ‘contenidos
presentantes’ o ‘contenidos primarios’; segundo, la cualidad del acto, es decir
si se trata de una percepción, de un sentimiento, de un acto de fantasía, de
una volición; y tercero, que es lo decisivo, el ‘contenido intencional’ de los
actos, según el cual ellos tienen un sentido determinado y se refieren a un
objeto. Cabe además notar que el objeto puede ser considerado como parte del
‘contenido intencional’, sin embargo, hay que observar que el objeto en Husserl
no es propiamente un contenido, sino aquello a lo que los actos se refieren. En
este sentido, la objetividad es siempre trascendente al acto: por ejemplo,
cuando veo una casa, la casa es el término de mi visión, pero ella no está
dentro de mi visión, siempre la trasciende. Por ello, Husserl distingue del
objeto la ‘materia intencional’ del acto, la cual es la que le proporciona la
relación con el objeto. La materia intencional es el ingrediente decisivo de
los actos, en tanto que, al dirigirlos hacia sus objetos, los constituye en
actos. Finalmente, la unidad de cualidad y materia intencional, es decir la
unidad de todo aquello que no son contenidos primarios, es la ‘esencia
intencional’ de los actos.
Hemos
alcanzado así lo que Husserl entiende por acto en Investigaciones lógicas.
Sin embargo, hasta aquí queda planteado un problema que consiste precisamente
en que sus reflexiones lo han llevado a un dualismo entre la cosa trascendental
y los actos intencionales, de tal manera que cae en el mismo problema
típicamente moderno del paso o puente entre lo dado y lo allende. Por ello, se
ve obligado Husserl en Ideas a proponer lo que él llama una ‘reducción
trascendental’, que consiste en poner
entre paréntesis la realidad del mundo y la realidad de los actos, para
quedarse así únicamente en el ámbito de lo inmediatamente dado, prescindiendo
de toda explicación ulterior sobre los mecanismos reales en los que se fundan
las vivencias. Prescindiendo de la realidad tanto de las cosas reales como de
los actos, Husserl se queda en el ámbito de los fenómenos puros, los cuales son
unidades noético-noemáticas. Esto quiere decir que los objetos dejan de ser
considerados como términos reales, y ahora son considerados como términos
noemáticos, de interés para la fenomenología.
Con
esto, Husserl ha ampliado lo que entiende por acto, señalando que éste no sólo
se refiere a la conciencia en el sentido de vivencia intencional, sino también
a su término intencional. Los ‘contenidos primarios’ quedan ahora como residuos
fenomenológicos, como materias necesitadas de una nóesis que les dé sentido. La
nóesis, la índole propia de las vivencias intencionales, está constitutivamente
referida a un nóema. De esta manera, el nóema aunque pertenece a la vivencia,
no es un contenido de la misma. El nóema es trascendental, como ya lo vimos en
el ejemplo de la casa. Pero no es absolutamente trascendente, sino que se da lo
que Husserl denomina una ‘trascendencia en la inmanencia’[224].
Desde aquí Husserl puede estudiar diversos aspectos del nóema y su
correspondencia en la nóesis. Sin embargo, aún no nos ha dicho qué entiende por
acto. Acto ya no se referirá ahora a cualquier vivencia intencional, sino
únicamente a las vivencias intencionales efectivamente ejecutadas y que se
pueden calificar con el término cartesiano cogito. Husserl ha excluido entonces
de llamar acto también a aquellas vivencias intencionales potenciales:
El
sentido del término “acto” se restringe ahora a cierto tipo de vivencias
intencionales. Se trata de aquellas vivencias intencionales que pueden ser
calificadas con el término cartesiano del cogito. El cogito, como vivencia
efectivamente ejecutada, es ahora la nueva definición de lo que Husserl
entiende por acto. La razón de esta distinción estriba en que no todas las
vivencias potenciales son efectivamente llevadas a cabo. Es decir, tendríamos
vivencias intencionales potenciales y vivencias intencionales efectivamente
ejecutadas, que serían los actos propiamente dichos.[225]
Husserl
encuentra, sin embargo, la distinción entre actos posicionales y actos
neutralizados. Todos los actos, sean inmediatamente ejecutados, ejecutados en
el pasado, o mociones de actos, pueden neutralizarse para su estudio, y de esta
manera hallar que todos constituyen en la misma estructura intencional. De tal
manera que Husserl “está llamando ‘acto’ en sentido amplio a todas las
vivencias intencionales, para reservar después el término ‘acto’ para aquellos
que no han sido neutralizados”[226]. El
problema, sin embargo, está en que para Husserl todos los actos, sean las
cogitaciones específicas o los actos en un sentido amplio, solamente resultan
accesibles a un cogito.
Ya en Investigaciones
lógicas los actos eran tales por su carácter intencional. Pero si en Ideas
la intencionalidad no basta para que las vivencias sean consideradas actos,
¿cuál es entonces la índole de los actos? Esta índole de los actos, según
Husserl, es la presencia ejecutiva del ‘yo’, del ego que cogita. No por ello,
los actos son activaciones del yo como pensaba el psicologismo. Lo que sucede
es que los actos son los “rayos del yo”, que parten del yo puro y terminan en
los objetos. Por eso es un yo trascendental. Las objetos son puestos para este
yo, respecto al cual pueden ser actuales o potenciales. Lo importante es la
ejecutividad que encuentran en el yo:
La
introducción de alguna ambigüedad terminológica en la distinción sobre “actualidad” e “inactualidad” permitía, como
vimos, una cierta ampliación del concepto de “acto”, que entonces se puede
referir a toda vivencia posicional, con independencia de que haya un yo que
viva en ella como un sujeto que las ejecuta. Sin embargo, esto no impide que
Husserl siga distinguiendo entre los actos en sentido ampliado y los actos en
sentido estricto. Solamente estos últimos son verdaderas cogitationes en las
que vive un yo puro, y solamente mediante estos actos en sentido estricto
tenemos acceso a todas las demás vivencias. Esto significa, obviamente, un
cambio radical respecto a lo que habíamos visto en las Investigaciones lógicas.
Allí, el análisis de los actos no nos permitía encontrar ningún “yo puro”'. En
cambio, ahora es el yo puro el que define a los actos en sentido estricto como
cogitaciones de un ego.[227]
La
aparición del ‘yo puro’ puede explicarse por una dilatación del campo de la
inmanencia, dada en la misma reducción trascendental. Así como antes Husserl
había permitido integrar a los objetos (nóemas) en el campo de estudio de la
fenomenología, ahora también puede mostrarnos una presencia del ‘yo puro’. La
reducción trascendental nos ha permitido en un primer momento poner entre
paréntesis la realidad de las cosas y de los actos, para quedarnos con unidades
noético-noemáticas, con vivencias intencionales donde aparecen los objetos con
un carácter de “trascendencia en la inmanencia”. Pero, tras una nueva reducción
trascendental, donde ponemos entre paréntesis estos objetos trascendentales,
nos quedamos entonces únicamente con el ‘yo puro’, que constituye los objetos.
En otras palabras, el ‘yo’ no desapareció del campo fenomenológico, sino que
sigue estando presente. Sin embargo, no se trata de un ‘yo trascendente’, ni de
un ‘yo empírico’, sino de un ‘yo’ con un carácter de “trascendencia en la
inmanencia”. El ‘yo’ pasa a ser algo no sólo que pertenece a la vivencia, sino
que constituye la índole misma de toda vivencia intencional, de todo acto. Por
esto, para Husserl el yo no es un momento de la vivencia intencional, sino la
índole misma de toda vivencia intencional, “como un rayo de una mirada que se
dirige”. Ahora bien, la “trascendencia en la inmanencia” del ‘yo’ difiere
radicalmente de la de los objetos porque éstos se constituyen
trascendentalmente ante la subjetividad, mientras que el ‘yo’ no es
constituido, sino que siempre está presente como necesario en toda cogitación.
De
esta manera, acto ha dejado de ser una vivencia intencional como aparecía en Investigaciones
lógicas, y pasado a ser, en Ideas, la vivencia intencional ejecutada
por un ‘yo’. Mientras que antes la índole de los actos era su intencionalidad,
ahora su índole es la ejecutividad de parte del yo. Con esto, Husserl ha dado
un salto hacia la subjetividad trascendental, al idealismo trascendental.
Dicho
esto, pasa A. González a su análisis de Zubiri. En este análisis encontraremos
básicamente cuatro juicios: primero, que desde la filosofía madura de Zubiri es
posible hacer una filosofía primera que fundamente todos los demás saberes;
segundo, los tres logros o aportes de Zubiri frente a Husserl; tercero, el
deslizamiento de Zubiri a la hora de conceptuar los actos como actuidad y la
intelección como actualidad; y cuarto, las correcciones de A. González en
cuanto a conceptuar los actos como “actualizaciones de cosas”, quedándose así
en el ámbito de la filosofía primera que se busca para fundamentar todos los
demás saberes. Es lo que vamos a ver a continuación.
3.3.2.
Posibilidades de una filosofía primera en la obra madura de Zubiri
En
primer lugar subraya A. González el hecho de que “la filosofía de Zubiri ha
sido interpretada en años recientes como una continuación de la fenomenología”[228]. En
este sentido, para nuestro autor “la
‘noología’ que Zubiri esboza en su Inteligencia sentiente continuaría la
‘filosofía primera’ de Husserl, mostrando que el estrato más radical de la
experiencia originaria no es la conciencia intencional, sino lo que Zubiri
llama ‘impresión de realidad’”[229]. Es algo que ya
vimos en la primera etapa y que ahora lo retoma A. González explícitamente.
Para nuestro autor, frente a otras interpretaciones más realistas de la filosofía
de Zubiri, en cuyo estudio la inteligencia es tomada como una realidad más, la
interpretación fenomenológica de Zubiri “insiste en que su Inteligencia
sentiente cumple la función de una reflexión fundamental sobre la
experiencia originaria, a partir de la cual sería posible fundamentar todos los
demás saberes”[230]. A.
González dedica todo un párrafo para argumentar esta posible lectura
fenomenológica desde Inteligencia sentiente, frente a otras posibles
lecturas más realistas:
Ciertamente, Zubiri sostiene que es posible llevar a cabo un estudio de la
realidad sin un previo estudio sobre la inteligencia[231].
Pero con esto Zubiri no se opone a la fenomenología de Husserl, sino al
criticismo de la filosofía moderna “desde Descartes a Kant”[232].
Según Zubiri, la intelección y la realidad son rigurosamente congéneres[233].
Por eso mismo no hay una anterioridad del estudio de la inteligencia sobre el
estudio de la realidad. Pero tampoco la inversa: la intelección en todas sus
modalidades ya no es una realidad más entre las realidades del mundo, sino una
dimensión congénere de la realidad en todas sus dimensiones. Desde un punto de
vista “fenomenológico”' lo decisivo sería entonces estudiar esa “congenereidad”
donde la inteligencia y la realidad tienen su raíz. Precisamente en esa raíz
común es donde hay que buscar el origen de toda la experiencia humana sobre la
realidad. Desde este punto de vista, la Inteligencia sentiente de Zubiri
no sería solamente un estudio de la intelección y sus modos. Ella contendría
también una “filosofía primera” en el sentido de un estudio de la raíz común de
la inteligencia y la realidad. Buena prueba del carácter “fenomenológico” de la
“noología” de Zubiri sería su constante empeño en distinguir entre los hechos
inmediatamente dados, susceptibles de un análisis, y las conceptuaciones
teóricas que sobrepasan ese plano originario[234].[235]
No se
trata aquí de entrar en polémicas sobre qué quiso decir Zubiri, sino en todo
caso el constatar que ciertamente desde Zubiri se puede hacer una lectura
fenomenológica en búsqueda de una filosofía primera que sirva para fundamentar
los demás saberes.
3.3.3.
Los logros de Zubiri frente a Husserl
Zubiri
se propone estudiar los actos intelectivos en cuanto actos, y no como actos de
una potencia, de una facultad o de la conciencia, como lo han hecho la
filosofía antigua, medieval y moderna respectivamente. La filosofía clásica,
para Zubiri, se ha deslizado desde los actos hacia otras instancias más allá de
los mismos. Es la crítica que le hace a Husserl, el haberse ‘deslizado’, dentro
del acto de intelección, desde el acto mismo hacia la conciencia[236]. Y es
precisamente lo que A. González ha demostrado en su estudio del idealismo
trascendental de Husserl, sobre todo en el descubrimiento en los actos de un
‘yo puro’ que los ejecuta. Para Zubiri, la conciencia no existe, sino
únicamente los actos conscientes, los actos de darse cuenta. Con ello, Husserl
sustantivó el carácter de algunos actos nuestros, y los hizo “una especie de
super-facultad que sería la conciencia”
[237], lo
cual no es un hecho, sino una teoría. Ello no quita para que la teoría sea un
campo ilegítimo en filosofía, pero si hay que constatar que la teoría va más
allá de originariamente dado y que abandona el ámbito en el que ha de buscarse
“el principio de todos los principios” que se proponía Husserl. Ante esto, A.
González señala que
Con esto observamos que Zubiri no sólo se sitúa en continuidad con la
fenomenología. Su crítica a Husserl es, en cierto sentido “fenomenológica”. La
radicalización zubiriana de la fenomenología de Husserl no consiste en
conducir, como Heidegger, el planteamiento fenomenológico hacia otros ámbitos.
En el mismo análisis de los actos, y sin salirse de él, Zubiri pretende
mostrarle a Husserl un deslizamiento que le impide conceptuar plenamente los
actos por sí mismos, inclinándole a sustantivar unilateralmente ciertos
aspectos de los actos, como es su carácter consciente. En este sentido, la
filosofía de Zubiri, por más que pueda terminar en las antípodas del
planteamiento de Husserl, no sería en principio solamente una simple
continuación de la fenomenología, sino un intento de llevar a su cumplimiento
las pretensiones iniciales de la misma.[238]
Zubiri
también le critica a Husserl la idea de que la conciencia es lo característico
de los actos. En su lugar, Zubiri propone que antes del “darse cuenta” es el
“estar presente” de las cosas en los actos de intelección, es decir la
alteridad dentro de los actos de intelección. Para Zubiri, en la aprehensión de
realidad las cosas tienen contenidos y formalidad. La formalidad es el modo
como los contenidos quedan en nuestros actos. Para Zubiri, en el caso del ser
humano las cosas quedan en formalidad de realidad, es decir, quedan como
independientes de nuestros actos; en palabras de Zubiri, quedan como “de suyo”,
“en propio”, “prius”. A. González nos dice entonces que “no hay que aferrarse a
la terminología”, sino que lo esencial es entender lo que quiere decir: que las
cosas quedan en nuestros actos como algo independiente de los mismos, es decir,
que se presentan como radicalmente ‘otro’ respecto a nuestros actos[239]. A
esta alteridad radical con que las cosas se presentan en nuestros actos como
independientes de los mismos, es a lo que Zubiri llama “realidad”. Sin embargo,
la ‘realidad’ zubiriana es sui generis, muy diferente de lo que entendió
la filosofía escolástica y la filosofía moderna. Para éstos, la realidad es lo extra
mentem, lo que está ‘fuera’ de la mente a diferencia de lo que está
‘dentro’ de ella. La realidad así considerada es sumamente problemática, puesto
que no podemos asumir fácilmente el hecho de que haya dos tipos de cosas, unas
fuera y otras dentro. En realidad, lo que existen son las cosas fuera que en
nuestros actos presentan contenidos (datos hyléticos), para Husserl, o
contenidos y formalidad, para Zubiri. Para Zubiri, en nuestros actos
intelectivos las cosas están presentes en formalidad de realidad. Ahora bien,
estas cosas en nuestros actos se presentan como unidades estructurales de notas
sistemáticamente vinculadas entre sí, como sustantividades, accesibles a un
análisis de los actos elementalmente considerados y sin caer precisamente en
una teoría más allá de los mismos: “Hay
que insistir de nuevo en que esta realidad no se refiere a lo que esas notas
puedan ser con independencia de mis actos visuales, táctiles, etc. Estamos
simplemente hablando de la unidad que se constituye en mis actos sensoriales
entre las notas efectivamente sentidas”[240]. Además, este análisis de Zubiri hace
referencia primariamente a un nivel elemental de realidad, sin caer
precisamente en la necesidad de su sentido intencional. Por ello dice que
percibimos cosas y no objetos con sentido, es decir, que percibimos unidades de
notas sistemáticamente vinculadas entre sí, y no unidades con sentido como
sugiere la fenomenología.
Esto es importante para A. González, en
primer lugar, porque precisamente el descubrimiento de esta alteridad radical
es lo que permite “distinguir entre la cosa misma y el acto en que es sentida”.
En el caso de Husserl era diferente. Para él, las cosas sentidas (“contenidos
primarios”) y el acto de sentirlas (“sensaciones”) eran lo mismo, y el momento
de alteridad aparecía únicamente en virtud de la intencionalidad; a este
momento de alteridad Husserl le llamaba “objetividad”. Para Zubiri esta
objetividad es ulterior, muy diferente a la alteridad radical. La objetividad
hace referencia al sujeto, por ello es que Husserl no puede separar el binomio
nóesis-nóema, porque el nóema en Husserl no remite a sí mismo, sino que remite
necesariamente a la nóesis, donde encuentra su sentido y constitución. En
cambio, para Zubiri en la aprehensión la cosa no remite al acto de aprehensión,
sino a sí misma: es por esto una alteridad radical. Y esto es precisamente lo
que permite distinguir entre “la cosa que se actualiza y el acto mismo de
actualización”.[241]
También
es importante porque Zubiri no necesita de un sujeto para conceptuar los actos,
sino que estos pueden describirse como tales, sin hacer referencia a un sujeto o
a una conciencia. Para Zubiri antes de los actos de darse cuenta, las cosas
están presentes como remitiendo a sí mismas. Este “estar presente” de las cosas
en los actos, su actualidad, es la esencia de los actos de intelección; de tal
manera que aún las impresiones más básicas ya son intelectivas, en tanto que en
ellas se actualizan las cosas como reales. Zubiri logra ir a un ámbito más
radical que la supuesta “conciencia” y que el “sentido” que proponía Husserl.
Así se explica el paso de la ‘ejecución actual’ de los actos por un ‘yo’, en
Husserl, a la ‘actualidad’ de los cosas reales en nuestros actos, en Zubiri.
Habiendo demostrado la anterioridad de la ‘actualidad’ (estar presente) frente
a la conciencia (actos de ‘darse cuenta’), Zubiri sostiene que la conciencia se
funda en la actualidad. La actualidad es siempre una “actualidad común”, donde
está presente la cosa que se actualiza y el acto mismo donde se actualiza. Y en
esta actualidad común se funda la posibilidad de ‘darse cuenta’ de la cosa y de
‘darse cuenta’ del acto mismo de intelección. La actualidad común nos da entonces un nivel más radical que la
correlación sujeto-objeto, y es que precisamente desde esta actualidad común es
que se funda la posibilidad de toda subjetividad. En palabras de Zubiri, “la
actualidad común no es resultado, sino raíz de la subjetividad”[242].
Mientras que en Husserl, el ‘yo’ era la esencia de los actos, en Zubiri son los
actos la raíz o punto de partida del estudio de la presencia de aspectos
subjetivos en los mismos.[243]
Un tercer logro analítico que A. González
reconoce en Zubiri es que su descubrimiento de la “formalidad de realidad” le
permite situar las cosas reales en el acto mismo de aprehensión y con ello
evitar el problema del salto o puente entre dos zonas de cosas, así como el
problema de la reducción trascendental de Husserl. El mérito de Zubiri consiste
en prestar atención a la formalidad con que las cosas quedan en nuestros actos,
algo que no pudo hacer la filosofía clásica al fijarse únicamente en los contenidos.
Para Zubiri las cosas están presentes en la aprehensión no como contenidos,
sino como remitiendo a sí mismos, como independientes de la aprehensión. A este
quedar remitiendo a sí mismos le ha llamado formalidad de realidad. Desde ella
no hace falta dar un salto entre dos zonas de cosas, tal como sucede en el
“representacionalismo”. Tampoco hace falta poner entre paréntesis la realidad
entendida como sentido, sino que siempre seguimos conectados a la realidad
entendida como alteridad radical de las cosas en nuestros actos.
De
esta manera, A. González ha señalado los tres logros analíticos de Zubiri: (1)
el descubrimiento de la alteridad radical que permite distinguir entre la cosa
actualizada y el acto mismo donde se actualiza; (2) la anterioridad de los
actos intelectivos frente a los actos de ‘darse cuenta’, y la fundación de la
subjetividad en la ‘actualidad común’; y (3) el hallazgo de la formalidad de
realidad que nos permite evitar el salto o puente entre dos zonas de cosas y el
poner la realidad entre paréntesis.
3.3.4.
El “deslizamiento” de Zubiri
A.
González intentará decir lo que se puede entender por ‘acto’ en Inteligencia
sentiente, para después explicitar su crítica a tal idea de acto. Para
Zubiri, lo que define los actos ya no es la subjetividad ni la intencionalidad,
sino la ‘actualidad’ entendida como el “estar presente de la cosa real”:
Los
actos no consisten ni en activaciones de una conciencia, ni en intencionalidad,
ni en cogitaciones de un yo. Los actos, en el análisis zubiriano de la
intelección, consisten en actualidad.[244]
Dicho
esto, nuestro autor señalará que “el planteamiento de Zubiri no deja de
presentar algunas dificultades”[245]. La
primera de ellas sería terminológica y consiste en que Zubiri no puede llamar
‘acto’ a este estar presente de la cosa en la intelección (y de la intelección
en la cosa). La actualidad común de Zubiri no hace referencia al carácter de
‘acto’, sino al carácter de ‘actual’. Por eso diferencia entre ‘actuidad’ y ‘actualidad’.
Mientras que ‘actuidad’ hace referencia al carácter de ‘acto’, ‘actualidad’
hace referencia al carácter de ‘actual’. El problema es que Zubiri define el
‘acto’ en términos aristotélicos como la “plenitud de la realidad de algo”:
Lo
que tradicionalmente se ha llamado actualidad (actualitas decían los
medievales) es el carácter de lo real como acto. Y entendieron por acto lo que
Aristóteles llamó enérgeia; esto es, la plenitud de la realidad de algo.
Así, decir que algo es perro en acto significa que este algo es la plenitud de
aquello en que consiste ser perro. Claro está, en esta misma línea de
conceptuación, acto puede significar acción; y lo es porque deriva de lo que
algo es en acto. A todo lo real por tener plenitud de aquello en que en realidad
consiste y, por consiguiente, por poder actuar, es a lo que se llamó ser real
en acto. A este carácter de lo real es a lo que se llamó actualidad. Pero esto
es ante todo una denominación impropia. A este carácter debe llamarse más bien
actuidad. Actuidad es el carácter de acto de una cosa real.[246]
He
aquí el problema. Al conceptuar que ‘acto’ es la “plenitud de la realidad de
algo”, Zubiri se está deslizando desde una filosofía primera hacia una
metafísica. El qué sea la plenitud de la realidad de algo no está dentro del
ámbito de lo dado inmediatamente, como pretende la filosofía que busca “el
principio de todos los principios”. El problema es que “Zubiri hace suyo el
concepto de ‘actuidad’, en el sentido de la plenitud de la realidad de algo, y
lo integra a su propio discurso”[247]. De
ahí que explique como la intelección es siempre la actualidad de una actuidad:
[La
aprehensión] es siempre y sólo actualidad de lo que es ‘en propio’; esto es, actualidad
de la realidad, de la actuidad. Por tanto, toda actualidad es siempre y sólo
actualidad de lo real, actualidad de un actuidad, es un ‘estar en actualidad’.
De ahí que la actualidad, a pesar de ser un carácter distinto de la actuidad,
es, sin embargo, un carácter a su modo físico. Hay un devenir de lo real mismo
según su actualidad, distinto de un devenir según la actuidad.[248]
Con
ello, Zubiri se está refiriendo a la estructura metafísica de lo real con
independencia de la aprehensión, y no a la estructura de lo real aprehendido.
Ante esta situación, A. González señala que se podrían hacer dos salvedades u
objeciones en defensa de Zubiri. La primera de ellas sostiene que Zubiri llega
a entender que los actos son la plenitud de la realidad de algo al término de
su análisis de la realidad actualizada en la aprehensión. Ante lo que contesta
que, siendo esto así, se podría sostener entonces que Inteligencia sentiente
no es más que un estudio de la realidad en el acto de intelección, pero no el
propio acto de intelección:
Se
podría intentar decir que los actos como “plenitud de la realidad de algo”
pueden ser término de un análisis de la realidad actualizada en la aprehensión.
Esto resulta muy dudoso teniendo en cuenta los textos citados. Más pareciera que
Zubiri se refiere a la estructura metafísica de lo real con independencia de la
aprehensión, y no a la estructura de lo real aprehendido. Pero incluso si así
fuera, estaríamos en cualquier caso analizando la realidad actualizada en
nuestra aprehensión, pero no la aprehensión como acto.[249]
La
segunda defensa de Zubiri podría consistir en demostrar que en la “actualidad
común” están presentes tanto las cosas reales como el acto mismo de
intelección. Esto tiene lógica, pero se fundamenta en la consideración zubiriana
de que la intelección es una realidad más que se actualiza, y esto no es tan
obvio como parece:
Se
podría alegar que, en la actualidad común, también el acto mismo de aprehensión
es “actual” en la cosa. Ésta es sin duda la opinión de Zubiri. Sin embargo,
esta actualidad común de la cosa y de la aprehensión es siempre actualidad de
la realidad. En los dos casos se trata de un “estar presente” de algo desde sí
mismo como real. Precisamente porque el acto mismo de aprehensión es real,
puede entonces tener actualidad común con la cosa. Cuando aprehendo, por
ejemplo, una piedra, ésta tiene en la aprehensión la misma formalidad de
realidad que el acto aprehensivo mismo. Como dice Zubiri: “Mi propio acto de
intelección sentiente es real, es una realidad. Y esta realidad está
actualizada con la realidad de la cosa en la misma actualidad que ésta”[250].
Es una actualidad común a la cosa y al acto, posibilitada por el hecho mismo de
que el acto de aprehensión es aprehendido como real. (...) La congenereidad
originaria entre la intelección y la realidad es para Zubiri la congenereidad
de dos realidades, es decir, la actualidad común del acto “real” y de la cosa
“real”.[251]
Para
Zubiri la actualidad intelectiva es una entre muchas actualidades que la cosa
pueda tener. Y esto ya es metafísica más allá de lo dado en un análisis de los
actos de intelección. Con esto Zubiri se ha salido del ámbito y del deseo de
una filosofía primera, que fundamente todos los demás saberes:
Ahora bien, si los actos desaparecen de la filosofía primera, se hace
dudoso que pueda haber una “filosofía primera” en cuanto análisis del
“principio de todos los principios”. De hecho, para Zubiri la actualidad de la
realidad en la intelección es una más “entre las mil actualidades que una cosa
puede tener”[252].
Esto nos explicaría el hecho de que Zubiri, a pesar de realizar en Inteligencia
sentiente un agudo análisis de la intelección, nunca presente
explícitamente sus reflexiones de ese libro como una “filosofía primera”. Ahora
podemos columbrar una posible explicación: ya no tenemos actos, sólo tenemos
actualidad. La desaparición de los actos como actos nos impide aquella
operación que nos situaba en el principio de todos los principios, y que
consistía precisamente en convertir a nuestros actos en el término directo de
un análisis filosófico. Los actos son ahora realidades, actuales ante otras
realidades. Y la actualidad intelectiva es una entre las muchas actualidades
que la cosa puede tener. ¿Cuál es la prioridad de la “actualidad común” frente
a otras actualidades? Por más que se trate de un ámbito radical de
congenereidad, ¿qué la diferencia de otras congenereidades? La filosofía
primera comienza a escapársenos de entre las manos.[253]
A. González acusa a Zubiri de no haber
sido fiel a su proyecto inicial de estudiar la intelección como acto. Mientras
que Zubiri había criticado a la filosofía clásica de haberse deslizado desde
los actos hacia facultades fuera de los actos o, en los mismos, hacia la conciencia;
sin embargo, nos termina dando una idea aristotélica de acto como la plenitud
de la realidad de algo. Al hacer esto ha abandonado el análisis de la
intelección como acto, y se ha deslizado al grave error de considerar la
intelección como una realidad de orden metafísico. Zubiri se ha deslizado, así
como la filosofía moderna, dentro del acto mismo hacia algo distinto de los
actos. Es un deslizamiento desde el acto hacia la ‘actualidad’. La actualidad
también es un carácter del acto, pero en cuanto realidad y no en cuanto acto.
Peor aún, cuando nos dice que es ‘acto’ en cuanto ‘acto’, “el deslizamiento
apunta más allá de los actos mismos, hacia las estructuras metafísicas de la
realidad, hacia la ‘actuidad’”[254]. Con ello se ha salido de la
inmediatez primera de los actos, y se olvida el ideal fenomenológico de buscar
el “principio de todos los principios”
y el de atenerse a “lo dado y solamente a lo dado, en los límites en que
es dado”.
Hemos
apuntado entonces que la crítica de A. González consiste en que Zubiri: (1) se
ha propuesto estudiar la intelección como acto, y no como facultad o vivencia
de una conciencia, como lo ha hecho la filosofía clásica; (2) al hacer este
análisis del acto de intelección distingue entre actualidad y actuidad, entre
el “estar presente” de lo real en el acto de intelección y la “plenitud de la
realidad de algo”; y luego, (3) define la intelección en términos de actualidad
de una actuidad; con ello, (4) convierte la intelección en una cosa real más; y
(5) se desplaza desde las estructuras de lo dado inmediatamente, hacia las
estructuras metafísicas de la plenitud de la realidad; (6) cayendo así en una
cierta inconsistencia entre lo que se proponía y lo que terminó haciendo, y
abandonando de esta manera el “principio de todos los principios”, ideal de una
filosofía primera.
3.3.5.
La índole esencial de los actos
A.
González propone otro modo de entender los actos, desde “el mismo instrumental
conceptual de la filosofía de Zubiri”. En el análisis de los actos de
intelección como actualidad, Zubiri señalaba que la cosa real se “hace
presente”, de tal manera que la actualidad no consiste únicamente en que haya
una presencia de las cosas (pura presentidad), sino que las cosas “se hacen
presentes”. Ahora bien, este ‘hacerse presente’ no sólo expresa el hacerse
presente de la cosa en el acto, que ya señalaba Zubiri, sino en lo que consiste
el acto. Es decir, el acto consiste en ‘hacerse presentes’ las cosas como
radicalmente otras. Fijémonos que A. González ha integrado correctamente el
carácter de alteridad (con su poderosidad, su fuerza de imposición, etc.) con
que las cosas quedan en los actos, como remitiendo a sí mismas y no a los
actos. Efectivamente el ‘hacerse presente’ es de la cosa, pero es también la
índole propia de los actos en cuanto actos. Esto se ha podido decir sin ir más
allá del ámbito de la filosofía primera, en virtud de la alteridad radical. Por
esto, puede definir los actos como “actualizaciones de cosas”: “Las cosas se hacen presentes en
impresiones, en voliciones, en estimaciones, en razonamientos, etc. Todos ellos
son actos en virtud de este ‘hacerse presente’ de las cosas en ellos”[255]. Con esto, queda
asentado el matiz de que no hay actos sin actualizaciones de cosas, éstas
siempre en alteridad radical.
Para
explicar correctamente la índole de los actos, A. González señala que
“actualización” no es lo mismo que “actualidad” o que “actuidad”. No es
‘actualidad’ en tanto que ésta designa la presencia de la cosa en la
intelección y de la intelección en la cosa, haciendo de ambas, tanto de la cosa
como de la intelección, dos realidades co-actualizadas; en cambio
‘actualización’ define lo que es el acto como acto: “Mientras que la actualidad
compete a la cosa en cuanto actual en un acto, o al acto en cuanto co-actual con
la cosa, la actualización define lo que es el acto como acto”[256].
Tampoco es ‘actuidad’ porque la ‘actualización’ no es la plenitud de la
realidad de algo, sino el carácter de los actos en cuanto tales: “Mientras que la ‘actuidad’ nos habla de
las estructuras metafísicas de lo real, la ‘actualización’ nos habla del
‘hacerse presente’ de las cosas en la inmediatez originaria”[257], sin abandonar el ámbito propio de la
filosofía primera.
Por eso, para A. González los actos no se
definen por su intencionalidad, ni tampoco en función de un sujeto que los
ejecuta, sino en virtud de su dinamicidad constitutiva dada por el “hacerse
presente” de las cosas. Las cosas se ‘hacen presentes’ en alteridad radical.
Desde esta alteridad radical hemos podido distinguir “entre las cosas que se
‘actualizan’ y que de este modo son ‘actuales’ en los actos, y los actos mismos
en cuanto actualizaciones”[258]. Para nuestro autor, la actualización es
el concepto radical de acto, su esencia, como termina el artículo “¿Qué es la
praxis?”:
Lo
que se quiere decir simplemente es que son ellas, las cosas, las que se hacen
presentes, prescindiendo de cuáles hayan sido los mecanismos de esa presencia.
Pero, por otra parte, este “hacerse’’ no es ajeno a los actos, sino que designa
precisamente aquello en que los actos consisten. La actualización es de
las cosas, pero la actualización es el acto mismo. Es la unidad primaria y
compacta de la praxis y de las cosas. No estamos ante una relación entre dos
términos, pero tampoco solamente ante una actualidad de la cosa “en’’ el acto
con su radical alteridad respecto al mismo. La actualización designa algo más
radical, designa al acto mismo en cuanto que él no consiste sino en el hacerse
presente de la cosa. Hemos tocado fondo. Hemos alcanzado el ámbito originario
de toda experiencia de las cosas. Hemos alcanzado la esencia de la praxis.[259]
Hemos visto en este capítulo especialmente la
constitución de una nueva filosofía por parte de A. González. Mientras que en
la etapa anterior se trataba de una ‘nueva’ interpretación de Zubiri, la
interpretación ‘práxica’ de su filosofía; ahora se trata ya de un filosofía
radicalmente distinta de la Zubiri, se trata de la praxeología. Así ha logrado
nuestro autor dar cumplimiento a lo que en 1987 aparecía en forma de proyecto
filosófico. Una vez recorrido el camino, podemos decir que tres son los hitos
fundamentales de la constitución de la praxeología: en primer lugar, el
artículo “El hombre en el horizonte de la praxis” ha sido el comienzo de una
nueva interpretación de la filosofía de Zubiri, distinta de la que se hacía en
Madrid y distinta de la que hacía Ellacuría; en segundo lugar, la tesis
doctoral donde A. González madura las posibilidades de esta nueva
interpretación de Zubiri, tanto en contenido como en metodología; y en tercer
lugar, ya propiamente el libro Estructuras de la praxis, en donde
nuestro autor desarrolla su praxeología. Ahora bien, a diferencia de lo que esbozaba
en 1987, esta praxeología es deudora no sólo de la filosofía de Zubiri sino
también de la fenomenología de Husserl. Ello no obsta para que en la
praxeología se encuentre también un cierto parentesco con las filosofías de la
praxis de origen marxista y con la filosofía latinoamericana de la liberación,
como ya se ha venido señalando desde la etapa anterior.
La praxeología es la filosofía que se
dedica al análisis de los actos. Los actos en la obviedad de su inmediatez, se
constituyen en verdades simples, en verdades primeras, con toda su variedad y
multiplicidad. En su análisis de los actos, A. González descubre que
los actos son actualizaciones de cosas. Las cosas se actualizan como
radicalmente otras en los actos. Se
trata de la alteridad radical con que las cosas se presentan en nuestros
actos. Es precisamente esta alteridad radical lo que nos permite volvernos
sobre los actos para analizarlos. Además, es la alteridad radical de las cosas
en los actos la que nos invita a sumergirnos en ellas para determinar lo que
puedan ellas ser más allá de nuestros actos: es el paso de la alteridad radical
en nuestros actos a la alteridad real más allá de ellos. Los actos así
considerados son, para A. González, el comienzo de la filosofía, es una
filosofía primera. La filosofía primera entendida como praxeología analiza este
ámbito transparente en que consisten los actos. Al hacerlo, los hace objeto de
otros actos analíticos, desde los cuales se puede decir algo sobre ellos. Al
objetivarse, aquellos actos pierden la inmediatez propia de su ejecutividad y
se convierten en objetos de enunciados propios del logos, siempre sometidos a
una constante revisión y mejora. Por ello, la filosofía nunca alcanza plena y
definitivamente su objeto, y nunca es un saber apodíctico. Sin embargo, ello no
quita tampoco que la filosofía pretenda ser un saber libre, en el sentido que
está libre de los prejuicios desde los que intelige, ateniéndose a los actos
fácticamente dados. La verdad primera, de esta manera, lo único que permite es
un proceso asintótico de aproximación, y nunca una plena posesión de la verdad.
Por ello, como dice A. González, “el filósofo es amante de la sabiduría, pero
no poseedor de ella”. Desde la verdad
primera de los actos, la praxeología analizará los diversos modos de
estructuración de los mismos: así encontramos las acciones, las actuaciones y
la actividad. Las acciones son los sistemas elementales de sensaciones,
afecciones y voliciones, en las cuales se actualizan las cosas en alteridad
radical. Las actuaciones son sistemas de percepciones, emociones y deseos, es
decir, sistemas de acciones con sentido intencional. Y, por último, la
actividad es el sistema de acciones y actuaciones especificadas por la
presencia de actos intelectivos racionales que permiten seleccionar
posibilidades. La praxeología como actividad filosófica y racional puede
fundamentar una ‘ética formal de la justicia’, más radical para pensar los
problemas de los países empobrecidos del tercer mundo que las éticas del
discurso en boga.
Hemos visto, sin embargo, que la
praxeología media entre la fenomenología de Husserl y la noología de Zubiri. La
crítica radical a ambos es el haberse “deslizado” desde los actos hacia
instancias que los presuponen. Por una parte, bástenos señalar que en el caso
de Husserl el problema consiste en haberse deslizado desde los actos hacia el
presupuesto de un ‘yo puro’ como polo unificador de todos los actos, a los
cuales dota de sentido. Por otra parte, la crítica a la filosofía de Zubiri la
encontramos tanto en Estructuras de la praxis como en “El principio de
todos los principios: acto en Husserl y en Zubiri”. En ambos, A. González se
preocupa en señalarnos tanto lo positivo y rescatable como lo crítico y
mejorable de la obra de Zubiri. Así vimos en Estructuras de la praxis,
que A. González elogia a Zubiri: (1) el haberse propuesto hacer una filosofía
que parta del análisis de los actos, sin incluir en ello ningún presupuesto,
siendo así “fiel al ideal fenomenológico de atenerse radicalmente a lo dado”; y
(2) el haber descubierto en su análisis de los actos la alteridad radical con
que las cosas se presentan en ellos, siendo esto “su mayor aporte a la historia
del pensamiento”; mientras que en “El principio de todos los principios”
señala: (1) la “posibilidad” de pensar una filosofía primera desde la obra
madura de Zubiri; (2) el descubrimiento de la alteridad radical que permite
distinguir entre la cosa actualizada y los actos donde se actualiza; (3) el
demostrar la anterioridad de los actos intelectivos frente a los actos de
‘darse cuenta’, así como la fundación de la subjetividad en la ‘actualidad
común’; y (4) el hallazgo de la formalidad de realidad que nos permite evitar
el salto entre dos zonas de cosas y la reducción fenomenológica de poner la
realidad entre paréntesis.
Sin embargo, por otra parte, en Estructuras
de la praxis A. González le acusa a Zubiri que es problemático el uso del
término ‘realidad’ para designar la alteridad radical con que las cosas se
presentan en los actos. A. González propone que desde una filosofía primera hay
que distinguir entre lo dado en los actos y lo allende a los mismos,
ateniéndose únicamente a lo dado en los actos. Desde lo dado en los actos lo
que se da es una ‘alteridad radical’, donde las cosas se presentan como remitiendo
a sí mismas, independientes de los actos, y no propiamente la ‘realidad’ pues
ésta nos saca fácilmente de lo dado en los actos hacia instancias que los
presuponen. De ahí que para A. González el término ‘realidad’ sea tan
problemático como el término ‘subjetividad’, porque hace referencia a
instancias más allá de los actos. Así como no podía admitir que los actos
implican una subjetividad que los ejecute, como le critica a Husserl, ahora
tampoco puede admitir que la realidad esté implicada en la alteridad radical
con que las cosas se presentan en los actos.
En “El principio de todos los
principios”, A. González ha señalado explícitamente que Zubiri no ha
conceptualizado radicalmente los actos tal como se proponía al inicio de Inteligencia
sentiente. Cuando Zubiri conceptúa los actos de intelección,
distingue entre actualidad y actuidad, entre el ‘estar presente’ de lo real en
el acto de intelección y la ‘plenitud de la realidad de algo’; y luego define
la intelección en términos de ‘actualidad de una actuidad’. De esta manera
convierte la intelección en una cosa real que se actualiza, desplazándose así
desde las estructuras de lo dado inmediatamente, hacia las estructuras
metafísicas de la plenitud de la realidad; abandonando de esta manera el ‘principio
de todos los principios’, ideal de una filosofía primera. En su lugar propone
considerar los actos, ya no como la plenitud de la realidad de algo, sino como
actualizaciones de cosas, notando además que la ‘actualización’ consiste en un
‘hacerse presente’ la cosa en los actos. De tal manera que salva la alteridad
radical, ya que el ‘hacerse presente’ sigue siendo de las cosas, aunque no
sepamos los mecanismos en que esa presencia tiene lugar; pero, además, salva la
inmediatez propia de la filosofía primera ya que este ‘hacerse presente’ de las
cosas se da ‘en’ los actos. Esto significa que, para A. González, la índole
esencial de los actos consiste en ser actualizaciones de cosas. Por ello,
nuestra praxis es el ámbito u horizonte donde se da la mutua imbricación entre
nosotros y el mundo, intuición que aparecía ya en la etapa anterior iniciando
un inesperado dinamismo filosófico.