“El problema de la
fundamentación a luz de las obras
Verdad
y método
de Hans-Georg Gadamer
y
Estructuras
de la praxis, ensayo de una filosofía primera
de Antonio González”
Tesis de grado
Carmen Elena
Villacorta Zuluaga
San Salvador
28/02/2002
Índice
I. HANS-GEORG
GADAMER Y LA HERMENÉUTICA FILOSÓFICA
2. Verdad y
método: origen de la hermenéutica filosófica
2.1. La hermenéutica filosófica como
respuesta a la pregunta por la comprensión humana
2.3.
La lingüisticidad como nota constitutiva de la comprensión
3. Conclusión
II. ANTONIO
GONZÁLEZ Y LA PRAXEOLOGÍA TRASCENDENTAL
2. Verdad primera y praxeología
2.1. Los actos como punto de partida
2.2. La acción como sistema de actos
2.3. El sentido de la acción como
actuación
2.4. Los actos racionales en la actividad
3. Conclusión
III.
HERMENÉUTICA, PRAXEOLOGÍA Y FUNDAMENTACIÓN
1. El problema de la fundamentación
2. Objeciones a la hermenéutica filosófica
3. Objeciones a la praxeología trascendental
Las jóvenes
generaciones que estamos recibiendo el milenio que empieza somos una clara
muestra de la evidente confusión que caracteriza al mundo moderno. Hasta hace
poco, muchos de nuestros padres entregaban sus vidas a las causas
revolucionarias y cifraban todas sus expectativas e ideales en la lucha por
conquistar un mundo libre de injusticias y opresiones. No se han necesitado
demasiados años para que el panorama haya dado un vuelco completo. Los jóvenes
de hoy ya no soñamos con un mundo mejor ni le apostamos a ninguna causa
colectiva. La única consigna que nos sirve de guía es la de “sálvese quien
pueda”, inmersos como estamos en una realidad que no nos presenta muchos
paradigmas de los que asirnos.
Aparentemente,
existe una gama amplísima de opciones de vida. Pero no contamos con algún
criterio seguro en virtud del cual elegir alguna de ellas. La elección resulta,
más bien, bastante arbitraria. Además, bien pensado este asunto, la inmensidad
del elenco de alternativas que se nos ofrece es más una ilusión publicitaria
que un hecho real. La cultura occidental se promueve como garante de bienestar,
augurando maravillosas oportunidades de viajar, de alcanzar la fama y la
fortuna, de ser exitosos en cualquier empresa que nos propongamos, de poder
seguir los estudios que elijamos y hasta de transformar por completo nuestra
apariencia física hasta alcanzar el modelo estético del momento. Pero en la realidad
las cosas son muy distintas y a la hora de enumerar las verdaderas alternativas
con las que cuenta cada individuo, apenas si se agotan los dedos de una sola
mano.
Impedimentos
principalmente económicos, pero también culturales, religiosos y educativos,
entre otros factores, vuelven muy estrecho el círculo de nuestras
posibilidades. La sensación de total extrañamiento que el mundo nos produce
obedece a que, por una parte, nos vemos inundados de información sobre las
malas noticias que nos rodean, pero, por otra, nos sentimos atados de manos
como para poder actuar en consecuencia. Resulta deprimente y hasta desesperante
hojear un periódico o ver un noticiero, porque por muy inhumanas y grotescas
que nos parezcan las atrocidades que los periodistas se desviven en enseñarnos,
la sensación de impotencia es abrumadora.
Ya el mundo no
se nos presenta como una materia disponible que podamos transformar y manipular
a nuestras anchas, ni como un sistema de elementos que funciona mal y cuya
reparación está en nuestras manos llevar a cabo, sino como un conglomerado
caótico de situaciones con las cuales no tenemos la menor idea de qué hacer. El
mundo dejó de ser un sorprendente objeto de curiosidad o un prospero y
prometedor espacio físico del cuál hacerse cargo, para convertirse en una
fuente permanente de tristeza y desconcierto.
Estamos
arrojados a una humanidad que continuamente nos da muestras de completa
inmadurez e irracionalidad. Pero, al mismo tiempo, se impone la sensación de
que no es mucho lo que nos queda por inventar porque ya todo está inventado, ni
mucho lo que nos queda por probar, porque todo ya ha sido probado y, peor aún,
ha fracasado. Fracasaron las grandes religiones, las grandes utopías y las
rimbombantes ciencias. Fracasaron los modelos económicos y políticos.
Fracasaron las promesas de un futuro mejor.
A la hora de la
verdad, nuestras opciones son escasas. O nos lanzamos a ultranza a la
adquisición de objetos (casas, carros, cuentas bancarias, mascotas), o nos
adscribimos a alguna de las iglesias, sectas o deportes de moda, o nos vamos
del país a buscar nuestro destino en otros parajes, no menos áridos, pero
distanciados de las miserias inmediatas entre las que nos tocó crecer. Sea
donde sea, adoptamos una rutina que nos permita simplemente “irla pasando”, sin
mayores compromisos, sin apuestas a largo plazo y sin hacernos demasiadas
preguntas.
¿Qué tiene todo
esto que ver con la filosofía? Se preguntará el lector ¿Y especialmente con la
hermenéutica filosófica de Gadamer o con la praxeología trascendental de A.
González? Es lo que intentaremos observar a lo largo de éstas páginas. Por el
momento, nos basta con decir que, de todos los discursos que actualmente nos
invaden, es el filosófico el que más se percata de la profunda confusión de la
situación histórica actual.
Más allá de los
blindados círculos intelectuales y académicos, las ciencias no dan muchas
muestras de hacerse responsables de las consecuencias de sus invenciones y
descubrimientos. Por su parte, las religiones parecen haber adoptado las leyes
del mercado y estar más interesadas en aumentar el número de feligreses que en
proporcionarles a éstos criterios razonables de orientación. Ni que decir tiene
que, en este pasar revista por las diferentes ofertas discursivas, los
políticos ocupan el peor lugar. En América Latina, no sólo es que la clase
política haga oídos sordos con respecto a la insatisfacción creciente de las
sociedades con su modo abusivo de gestionar el haber público, es que, además,
su cinismo crece en la misma medida que los reclamos.
Frente a un
panorama semejante, en el que todos, de un modo u otro, parecen haber perdido
la cabeza, ciertos sectores de la filosofía se muestran auténticamente
preocupados por conservarla para ponerla al servicio de una realidad de la que la
mayoría quisiéramos más huir que hacerle frente. Incómodos con los horrores que
se registran a diario, con la profunda injusticia en la que consiste el nuevo
orden mundial y con lo a gusto que se muestran ciertas teorías con el desorden
imperante, ciertos pensadores se dan a la tarea de considerar los problemas en
toda su radicalidad, dedicando tiempo y discernimiento a buscar la punta
extraviada de la madeja enredada en la que nos encontramos.
Al igual que las
generaciones posmodernas, la filosofía, en su eterna juventud, expresa bien la
situación de nuestra contemporaneidad. Por un lado, tenemos aquellas posiciones
filosóficas que se limitan a explicar el presente estado de cosas, llegando
casi a justificarlo. Y por otro, están las filosofías que defienden, si no una
transformación completa de la sociedad, al menos la posibilidad de encontrar un
criterio firme de elección entre unas opciones y otras. Las obras de Gadamer y
de A. González son dignas representantes de cada una de estas posturas.
La partida que
se está jugando aquí es la de las posibilidades de una fundamentación de la
ética y de todo el quehacer humano en el mundo. Si al final de este estudio
termináramos por darle la razón a Gadamer, tendríamos que aceptar
definitivamente el relativismo al que, para muchos, estaríamos inexorablemente
abocados. Si es cierto que, como afirma la hermenéutica, no es posible
encontrar una verdad primera, libre de supuestos y accesible para cualquiera,
la humanidad debe resignarse a seguir transcurriendo por la historia sin ningún
asidero fijo y viendo cómo un minúsculo segmento de sí misma decide
inconsultamente los destinos de la gran mayoría. Si, por el contrario, diéramos
por ciertas las tesis de A. González, veríamos que los seres humanos no estamos
necesariamente atados de manos para erigir preceptos éticos. Se trataría de una
pequeña gran victoria de la filosofía.
Pequeña porque,
por mucho que se logre demostrar la viabilidad de una fundamentación de la
ética, el salto desde la conquista de un logro tal hasta la concreción de una
ética mundial a la altura de las circunstancias continuaría siendo siempre
abismal, dados los monumentales obstáculos prácticos que ello acarrearía.
Grande porque, pese a lo reducido y limitado de sus alcances en el pantanoso campo
de la práctica, la filosofía habría demostrado su capacidad de aportar un grano
de razón al océano de sinrazón en el que navegamos. Por decirlo de otro modo,
de resultar avalada la posibilidad de una fundamentación última de la
filosofía, de la ética y, por ende, de la praxis humana, el hecho de que la
humanidad continuara como está ya no correría a cargo de la filosofía. La
filosofía habría cumplido su misión originaria.
Puede que estas
últimas consideraciones dejen entrever una cierta simpatía por la propuesta de
Antonio. Pero, como tanto lo ha enfatizado Jordi Corominas, en filosofía las
decisiones no se toman apelando a las simpatías, sino discutiendo
auténticamente y a fondo los problemas. A ello pretendemos dedicar este
trabajo. Una joven estudiante de filosofía, contagiada por el escepticismo que
impregna el ambiente de su generación, pero mordida por el gusanillo de la duda
sobre la posibilidad de un horizonte que se vislumbre más allá de la
resignación frente al estado de cosas actual, no puede menos que volver la
mirada hacia ese resquicio en el que habitan las dudas inmortales del ser
humano y los atisbos de respuesta en el que consiste el filosofar.
Para terminar,
diremos que ésta tesina consta de: una exposición de la hermenéutica filosófica
de Hans-Georg Gadamer; una exposición de la praxeología trascendental de
Antonio González; un capítulo sobre el problema de la fundamentación a la luz
de cada una de las propuestas; y, finalmente, una conclusión general. Más que
decir una última palabra sobre cuál de los dos autores está en lo cierto o
pretender demostrar que uno tiene más razón que el otro, nos conformamos con
dejar plasmado este diálogo, con el objeto de dar cuenta de los caminos por los
que discurre la filosofía contemporánea y proporcionar al lector elementos
útiles para el análisis de un asunto que nunca dejará de permanecer abierto y
ser problemático.
Quizá el
problema de mayor relevancia para la filosofía contemporánea es el que respecta
al fundamento último de todo saber y de todo hacer. La historia de la filosofía
occidental, aún con todas las disparidades y disimilitudes que caracterizan a
sus protagonistas, está marcada por la búsqueda de esa verdad primera, columna
vertebral de todas las demás verdades. El último gran representante de éste
ideal, tan ambicioso como difícil de alcanzar, fue Husserl. Como sabemos, la
fenomenología de Husserl es un análisis trascendental que pretende llegar a una
verdad primera sobre la cual dejar reposar todo el edificio del conocimiento y
del comportamiento humano.
Con este
análisis, Husserl llegó a la conclusión de que no existe la pretendida
objetividad en la que creía a pie juntillas el objetivismo, pues todo lo
aprehendido y lo pensado es siempre aprehendido y pensado por un sujeto. Por
supuesto, Husserl fue un filósofo de la modernidad y él mismo reconoció su
procedencia cartesiana y kantiana. No obstante, puso un primer pie fuera de la
filosofía moderna al criticar lo que sus predecesores ni siquiera podían ver
como objeto de crítica: las ciencias naturales.
Lo que para Kant
continuó siendo el modelo de verdad y la única manera de garantizar la tan
deseada objetividad, para Husserl pasó a ser un producto más del sujeto
trascendental, verdadera condición sine
qua non de cualquier tipo de conocimiento. Con esa idea, la historia de la
teoría del conocimiento experimentó un giro radical. Husserl constituye el
punto de arranque de la filosofía del siglo XX al afirmar que las ciencias de
la naturaleza son tanto un producto de la subjetividad como las ciencias del
espíritu. No existe, pues, nada que no pase por el filtro del sujeto, porque es
el sujeto el que posibilita la aprehensión y comprensión de todo lo dado.
Así llegó, al
siglo que recién dejamos, la hora de abandonar la ingenuidad que impregnaba a
las concepciones de mundo anteriores, para las cuales el método de las ciencias
naturales era la ruta inequívoca hacia el conocimiento cierto y verdadero.
El rotundo
viraje que imprimió la aparición de la fenomenología a la filosofía de
principios del siglo pasado, después de la cual las ciencias no pudieron seguir
considerándose del mismo modo, provocó, entre muchas otras consecuencias que no
vienen al caso, la ruptura del quehacer filosófico en dos líneas opuestas. Por
un lado, tenemos a los pensadores que, guardando fidelidad a Husserl, continúan
afirmando la validez y necesidad de una verdad primera, orientadora de todo
hacer y de todo conocer. Por otra parte, encontramos a aquellos que han
terminado por negar rotundamente la posibilidad de una verdad semejante.
De la mano de
Heidegger, se inscriben en la línea de rechazo a la posibilidad de una verdad
primera Hans-Georg Gadamer y posmodernos como Vattimo y Rorty. También, aunque
desde planteamientos muy distintos, se adscriben a ésta posición autores como
el segundo Wittgenstein y Karl Popper[1].
Por el contrario, pensadores de raigambre zubiriana, como Diego Gracia, Jesús
Conill, Antonio González y Jordi Corominas, defienden la intuición husserliana
a cerca de la necesidad y posibilidad de encontrar una verdad radical,
trascendental y accesible para cualquiera que, aunque mínima y provisional,
permita fundamentar la acción y el conocimiento humanos[2].
No deja de
resultar llamativo el hecho de que tanto Verdad
y método, obra maestra del alemán Hans-Georg Gadamer, como Inteligencia y Realidad, el primer libro
de la famosa trilogía del español Xavier Zubiri, estén destinados a responder a
la pregunta sobre las posibilidades de la comprensión humana. Ambos filósofos
coinciden con Heidegger en su afirmación de que la comprensión es el modo de
ser propio del «estar-ahí»[3].
No puede seguirse afirmando, como hasta antes de Heidegger lo hacía la
filosofía occidental, Husserl incluido, que, por un lado, existe un sujeto que
comprende y, por otro, un objeto esperando a ser comprendido. Gadamer es
enfático en sostener que “lo que es, es para ser comprendido” y el ser humano
no puede estar en el mundo si no es comprendiendo[4].
No obstante, el
desarrollo propio de ese «estar en el mundo comprensivamente» conduce a los dos
discípulos de Heidegger por rutas divergentes. Mientras que Gadamer encuentra
en la tradición y, más específicamente, en la comprensión del lenguaje, el tope
de todo reflexionar filosófico, Zubiri le apuesta a una verdad mucho más radical,
anterior a toda tradición y a todo lenguaje. Más que el “comprensor del ser”
que veía Heidegger en el ser humano, Zubiri encuentra un “animal de
realidades”, constitutivamente abierto al «de suyo» de las cosas, esto es,
vertido sobre la radical alteridad con la que todas las cosas aparecen en
nuestras impresiones.
Salta a la vista
que la praxeología trascendental de A. González tiene su asidero en el análisis
trascendental con el que Zubiri parece haber alcanzado una verdad primera mucho
más honda y radical que las que defendieran sus maestros Husserl y Heidegger.
En relación con esto, es preciso señalar que, pese a que la filosofía primera
de Zubiri no responda propiamente a una inquietud ética, su análisis de la
«formalidad de realidad» como verdad radical, transcendental, absoluta y
accesible para cualquiera ha adquirido una relevancia especial en el debate
ético de nuestros días.
Si Verdad y método puede definirse como el
desarrollo hermenéutico de la concepción heideggeriana de la comprensión como
nota esencial del «estar ahí», Estructuras
de la praxis de A. González es una recuperación de la filosofía primera
zubiriana, con miras a esbozar una fundamentación de la ética. A continuación
veremos una síntesis de cada uno de estos planteamientos.
Hans-Georg Gadamer fue un testigo del siglo XX, en todo el
sentido de la expresión. Nació en 1900 en Breslau, Alemania, y su mundo fue
siempre el mundo académico. Su padre, un químico farmacéutico fiel amante de
las ciencias naturales, pero poseedor de una amplia cultura, rechazó la
temprana inclinación del joven Gadamer por el teatro, la literatura y las
“ciencias del espíritu”, por considerarlas “poco lucrativas”.
Con ganas de rebelarse contra la rigidez de la educación
prusiana propia de su hogar, pero, sobre todo, motivado por un auténtico
interés por el conocimiento, Gadamer se adentró por el sendero que su padre
condenara. Pronto se inició en diversas lecturas filosóficas y científicas; sintiendo
una especial predilección por los clásicos griegos que lo acompañaría a lo
largo de su vida. “Por principio, sólo leo libros que cuenten al menos con dos
mil años de antigüedad”, llegó a comentar alguna vez en una broma nada carente
de fundamento[5].
Llevando a cabo sus estudios universitarios en la
Universidad de Hesse, Gadamer formó parte de la famosa e influyente “Escuela de
Marburgo”. Allí la filosofía tenía un peso singular y estaba marcada por el
pensamiento kantiano. De hecho, el primer libro filosófico que leyera Gadamer a
sus 18 años sería La crítica de la razón
pura. Gran parte de los más sobresalientes pensadores alemanes pasarían por
tal escuela como docentes, estudiantes o llegando a desempeñar ambos roles. El
último fue el caso de Gadamer, quien primero fue alumno de intelectuales de la
talla de Paul Natorp, Nicolai Hartmann y Martín Heidegger y luego, después de
superar varios inconvenientes relacionados con el arribo del
nacional-socialismo al poder, consiguió su cátedra oficial en la universidad.
La vida estudiantil de Gadamer transcurrió entre las aulas,
la biblioteca y los diferentes círculos de intelectuales que se reunían para
leer y disertar sobre filosofía, arte, poesía, literatura o política. Además de
la filosofía, fueron para él de gran interés la filología, la poesía y, en
menor grado, la teología. Figuras decisivas en su formación fueron, además de
los maestros citados: el teórico de arte Oskar Schürer, el poeta Max Kommerel y
el “demoníaco”[6] filósofo Max
Scheler. Capítulo aparte merece el influjo ejercido por Heidegger no sólo sobre
el joven Gadamer, sino sobre la “Escuela de Marburgo” en general. Al respecto,
afirma: “Todo cambió al producirse el encuentro con Heidegger: un
acontecimiento fundamental no sólo para mí, sino para el Marburgo de aquella
época, una síntesis tal de energía espiritual, de a la vez simplicidad tan
poderosa en la expresión y tan radical simpleza en sus preguntas, que todos los
juegos de ingenio con categorías y modalidades a que, con mayor o menor destreza,
alguien como yo estaba acostumbrado, se desvanecieron sin dejar rastro [...] La
densidad y la energía de la enseñanza de Heidegger conseguían que todo lo que
había conocido hasta entonces –con excepción, quizá, de Scheler— se me
apareciera como débil e insípido”[7].
Y es que Heidegger fue determinante en la vida de Gadamer,
no sólo desde el punto de vista filosófico (como tendremos ocasión de ver más
adelante en este trabajo), sino también pedagógico: “Él nos enseñó lo que puede
ser una clase y espero que ninguno de nosotros lo haya olvidado”. “[Su método]
consistía en que la interpretación se esforzase al máximo por persuadir de la
verdad del texto interpretado, aunque ello implicara correr el peligro de
perderse por completo en éste último”[8].
Gadamer empieza a poner en práctica en sus propias clases las lecciones
pedagógicas heredadas de su maestro; cosa que continuaría haciendo durante sus
largos años de docencia en distintas universidades alemanas.
Conocer a Heidegger constituyó, pues, un punto de inflexión
en la vida y el pensamiento de Gadamer, quien a partir de entonces pudo tomar
distancia crítica de su maestro Hartmann y de la dinámica académica que había
llevado hasta ese momento.
Otro cambio radical se produciría en la tranquila Marburgo
de la década de 1930 con el ascenso de Hitler al poder. Ni Gadamer ni sus más
cercanos compañeros pudieron prever la dimensión del horror que rápidamente
empezó a propagarse por Alemania. La vida cotidiana universitaria se modificó
pronto: desde la implementación del saludo matinal nazi hasta el despido y
exilio obligatorio de varios catedráticos (muchos de ellos amigos íntimos de
Gadamer) por razones políticas.
A Gadamer —quien a los 14 años había vivido ya la
experiencia de la Primera Guerra Mundial en el pequeño Breslau— lo más crudo de
la Segunda Guerra lo alcanzó en Leipzig, siendo ya un intelectual reconocido y
respetado. “El seminario de Hölderlin del invierno de 1937 fue el último de mis
seminarios en Marburgo. En él volvió a reunirse todo el grupo, parte de cuyos
miembros no sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. En 1938 fui a Leipzig,
dando fin a mi existencia marburguesa, de casi dos decenios, como un sueño que
hubiera sido soñado hasta el final. Al recibir, poco después, un nuevo
nombramiento para la cátedra de filosofía de Marburgo, lo rechacé. Los sueños
no se cumplen. Ellos mismos son su cumplimiento”[9].
Leipzig constituyó para nuestro pensador una experiencia
completamente nueva. Se trataba de una universidad dotada de todos los
recursos, de cabezas muy prestigiosas y de sorprendente autonomía con respecto
a los asuntos políticos. La prioridad de la universidad de Leipzig era la
investigación. A quienes pertenecían a ella se los juzgaba con criterios
científicos, no políticos.
Gadamer se desempeñaba como profesor titular de Leipzig
(lugar que no podía ocupar cualquiera, pues para ello era necesario haber hecho
méritos académicos evidentes y haberse mantenido más o menos neutral dentro de
la convulsa coyuntura), cuando la universidad fue prácticamente arrasada por la
brutalidad de la guerra. Con todo, la actividad y producción universitarias no
cesaron y Gadamer continuó cosechando éxitos, ahora también en el ámbito
internacional, pues ya era enviado a representar a Alemania en congresos y
eventos académicos en el extranjero. Terminada la guerra, era preciso emprender
la reconstrucción de la universidad y entablar relaciones con el nuevo régimen,
liderado por los rusos. Fue Gadamer el elegido para asumir la rectoría de la
universidad y llevar a cabo dicha transición.
“En esos tiempos fueron muchas las cosas que aprendí, y con
ello no me refiero únicamente al juego político. En el mundillo académico, la
política está a la orden del día, y las reglas del juego se conocen desde
Maquiavelo, siendo en todas partes las mismas. Lo que tuve oportunidad de
comprobar fue, más bien, la esterilidad, la utopía que todo pensamiento
restaurador constituye en sí mismo”[10].
La rectoría en la universidad de Leipzig
duró 10 intensos años, al cabo de los cuales Gadamer decidió aceptar una oferta
por parte de la universidad de Heilderberg. Pese a su abnegación al trabajo y
su diplomacia para tratar con el nuevo establecimiento en Leipzig, las
tensiones terminaron por agotarlo. No era fácil para un intelectual de la talla
de Gadamer estar al frente de una institución que, en desmedro de su reconocido
rigor científico, prescindía de los mejores pensadores por razones ideológicas.
La rigidez y el dogmatismo del socialismo imperante equiparaban al régimen
soviético con el nazismo. Durante el desempeño de sus funciones, Gadamer sería
clasificado incluso como un “rector reaccionario”. “Al final, de hecho,
posibilitar el traslado al oeste de todos mis excelentes compañeros en Leipzig,
Theodor Litt, Karl Reinhardt, Friedrich Klingner, etc., se convirtió en una
ocupación melancólica a la que tuve que consagrar buena parte de mi tiempo”[11].
Así, aunque eran obvias las razones que lo llevaban a
marcharse, terminó por argumentar añoranza por su tierra natal frente a las
autoridades rusas y pudo regresar a Hesse, no sin problemas. Algunos de sus
enemigos se encargaron de hacerlo llevar a prisión, en donde militares rusos lo
retuvieron 4 días.
Tras una corta estancia en Frankfurt, en Heilderberg
iniciaría Gadamer otra larga y fecunda etapa de 25 años. Entre sus méritos como
docente de esa institución se cuentan la implementación de círculos de lectura
“domésticos”, al modo de los que en su alma
mater en Marburgo promoviera Hartmann, y las lecciones en el seminario de
filosofía de profesores invitados. También a ese período heilderberguense
pertenece la elaboración de su gran obra: Verdad
y método. A ella consagró casi una década de trabajo, constantemente
interrumpido y obstaculizado por las múltiples ocupaciones que exigían sus
compromisos como docente y como miembro destacado de diferentes y prestigiosos
centros de investigación. “Por fin, en 1959, la reunión de mis estudios sobre
hermenéutica filosófica, bajo el título Verdad
y método, puso término a un largo proceso de crecimiento que había sido
interrumpido muchas veces. Tras las huellas de Dilthey, Husserl y Heidegger,
mis estudios sobre estética, filosofía de la hermenéutica, y filosofía de la
historia, confluyeron por fin en una rendición filosófica de cuentas [...] Mi
intento hermenéutico [...] estaba imbuido del deseo de ir más allá de la
religión cultural burguesa en que seguía perviviendo y remontarse a sus fuerzas
originarias [...]”[12].
Como él mismo lo señaló, la obra suscitó un interés
creciente. Tanto es así que hoy en día es considerada por algunos como una de
las fundamentales que se escribieran durante el siglo XX en materia filosófica.
De hecho, hacer filosofía en la actualidad implica dialogar con la hermenéutica
de Gadamer. Pensadores de gran prestigio e influencia mundial, como Habermas y
Apel han dedicado sendas páginas y diversos encuentros a confrontar sus tesis
con el planteamiento gadameriano. Único sobreviviente de su generación, se
convirtió en ejemplo de longevidad lúcida y sensata, interesándose siempre por
los problemas actuales. El mismo hombre que presenciara el surgimiento de las
maravillas tecnológicas del siglo XX (la luz eléctrica, el automóvil, el cine,
el teléfono...) y que, sin embargo, persistiera con ahínco en señalar el peso
de la tradición en la vida moderna; el mismo defensor a ultranza de la
relevancia del pasado, que se formó y desarrolló su carrera dentro de la sólida
tradición de la filosofía alemana, se convirtió él mismo en una tradición.
Su legado se celebra ahora más que nunca, tras su reciente
fallecimiento el 13 de marzo a la edad de 102 años. Al final de su vida el
pensador se ocupó de la relación entre las religiones y expresó gran
preocupación por el aumento de los conflictos sangrientos que tienen
motivaciones religiosas. Justo antes de su muerte había publicado su último
libro: La lección del siglo.
El origen de la
hermenéutica se remonta siglos atrás, al momento en el que los pensadores
medievales vieron la necesidad de forjar un método de interpretación correcta
—es decir, científica— de las Sagradas Escrituras. Más tarde, la hermenéutica
adquirió, además de su originaria y conocida connotación teológica-filológica,
una relación estrecha con las ciencias jurídicas, a las cuales también sirvió
de herramienta interpretativa.
Pero es en el
historiográfico siglo XIX en el que la hermenéutica alcanza su mayor esplendor.
No se trató solamente de que las jóvenes “ciencias del espíritu” empezaran a
reclamar para sí la disciplina hermenéutica, con el objeto de interpretar
correctamente la historia; es que, en autores como Dilthey, la hermenéutica
llegó a ser el método por excelencia, el modo correcto, del conocimiento
histórico. “[...] Para la fundamentación de las ciencias del espíritu por Dilthey
la hermenéutica era más que un instrumento. Era el médium universal de la conciencia histórica, para la cual no hay
otro conocimiento de la verdad que el comprender la expresión, y en la
expresión la vida. Todo en la historia es comprensible, pues todo en ella es
texto [...] Dilthey acaba pensando la investigación del pasado histórico como desciframiento y no como experiencia
histórica”[13].
Desde entonces
hasta ahora, el concepto de hermenéutica permanecerá estrechamente ligado a la
ciencia histórica en particular y a las “ciencias del espíritu” en general.
Pero habría que esperar hasta mediados del siglo XX para que, proveniente de la
pluma de Hans-Georg Gadamer, se perfilara como tal una hermenéutica filosófica.
¿En qué consiste ésta? Es a lo que procuraremos dar respuesta a continuación.
2.1 La
hermenéutica filosófica como respuesta a la pregunta por la comprensión humana
La hermenéutica
de Gadamer apunta hacia un ámbito mucho más radical del que alcanzara la
escuela histórica al asumir la tarea de interpretar la historia como si ésta
fuera un texto pleno de sentido. El punto de partida de Gadamer es la
afirmación de que la comprensión humana es un dinamismo que abarca tanto al ser
que comprende como a la cosa comprendida. El constante dinamismo en el que
consiste la comprensión es a lo que denomina “movimiento hermenéutico”. Este
punto de partida encuentra en Heidegger su principal apoyo, pues fue el autor
de Ser y tiempo quien llegó a tan
contundente y revolucionaria conclusión, abriendo con ello el problema
hermenéutico. “La analítica temporal del estar ahí humano en Heidegger ha
mostrado, en mi opinión de una manera convincente, que la comprensión no es uno
de los modos de comportamiento del sujeto, sino el modo de ser del propio estar
ahí. En este sentido es como hemos empleado aquí [en Verdad y método] el concepto de «hermenéutica». Designa el carácter
fundamentalmente móvil del estar ahí, que constituye su finitud y su
especificidad y que por lo tanto abarca el conjunto de su experiencia del mundo.
El que el movimiento de la comprensión sea abarcante y universal no es
arbitrariedad ni inflación constructiva de un aspecto unilateral, sino que está
en la naturaleza misma de la cosa”[14].
Es por esto que Verdad
y método, la gran obra de Gadamer, no puede ser vista únicamente como la
respuesta a un problema epistemológico. Sí se trata de una indagación por las
posibilidades de todo conocimiento, pero partiendo de la convicción de que el
ser es esencialmente comprensivo. El sentido de la investigación que se lleva a
cabo en éste, uno de los textos más influyentes de la filosofía contemporánea,
es “rastrear y mostrar lo que es común a toda manera de comprender: que la
comprensión no es nunca un comportamiento subjetivo respecto a un «objeto»
dado, sino que pertenece a la historia efectual, esto es, al ser de lo que se
comprende”[15]. Más que
una teoría del conocimiento, la hermenéutica filosófica es, pues, un
planteamiento metafísico que busca llegar al terreno previo a toda teoría. Es,
en definitiva, un intento de dar respuesta a la inmortal pregunta por el ser,
porque cuando se hace referencia a la comprensión se está hablando,
precisamente, del modo de ser del estar ahí.
En el prólogo a
la segunda edición de Verdad y método,
Gadamer aclara: “No era mi intención componer una «preceptiva» del comprender
como intentaba la vieja hermenéutica. No pretendía desarrollar un sistema de
reglas para describir o incluso guiar el procedimiento metodológico de las
ciencias del espíritu. Tampoco era mi idea investigar los fundamentos teóricos
del trabajo de las ciencias del espíritu con el fin de orientar hacia la
práctica los conocimientos alcanzados [...] Mi verdadera intención era y sigue
siendo filosófica; no está en cuestión lo que hacemos ni lo que debiéramos hacer,
sino lo que ocurre con nosotros por encima de nuestro querer y hacer”[16].
Pero ¿por qué
apelar a la hermenéutica? Es la pregunta que continúa imponiéndose, no obstante
las aclaraciones y precisiones de nuestro autor. En sus investigaciones
filosóficas, Gadamer descubre que el ser es un ser que comprende, pero que
puede comprender gracias a que está inmerso en una determinada tradición. El
estar ahí no puede ser absoluto, «suelto-de» todo, indeterminado. Por el
contrario, la existencia previa de una tradición es la condición de posibilidad
de expansión del ser. Sólo dentro del entramado de conocimiento que le precede
es que el estar ahí puede dar de sí, ser sí mismo, entrar en el dinamismo de la
comprensión que le es inherente. La apelación a la hermenéutica encuentra su
explicación en el hecho de que comprender el estar ahí implica necesariamente
comprender la tradición que lo circunscribe y posibilita.
“La tesis de mi libro es que
en toda comprensión de la tradición opera el momento de la historia efectual [...]
La determinación por la historia efectual domina también la moderna conciencia
histórica y científica, y lo hace más allá de cualquier saber sobre este
dominio. La conciencia de la historia efectual es finita en un sentido tan
radical que nuestro ser, tal como se ha configurado en el conjunto de nuestros
destinos, desborda esencialmente su propio saber de sí mismo. Y esta es una
perspectiva fundamental, que no debe restringirse a una determinada situación
histórica”[17].
Por «historia
efectual» entiende Gadamer la historia del acontecer humano. Y el acontecer
incluye tanto aquello de lo que podemos ser conscientes, como aquello de lo que
no lo somos. La ciencia histórica constituye la evidencia de hasta qué punto la
humanidad ha alcanzado conciencia sobre su propio acontecer. Por su parte, la
filosofía ha arrojado luz sobre el hecho de cuán determinados estamos por tal
conciencia histórica. Pues bien, la tesis de Gadamer es que la historia
efectual, el devenir histórico, está determinándonos mucho antes y con
independencia de los esfuerzos científicos y filosóficos por esclarecer ese
devenir y esa determinación.
La conciencia
histórica que se despertara en las brillantes cabezas de los pensadores
decimonónicos, no obstante la luz que arrojó sobre el conocimiento de la
humanidad a cerca de su propia historia, incurrió en dos graves errores que
Gadamer se preocupa ampliamente en explicitar. El primero de ellos fue haber
adoptado por parámetro único y certero de medición de la verdad a la
metodología de las ciencias naturales. Y el segundo, haber caído en la
ingenuidad de pensar que retener la conciencia histórica bastaba para controlar
las determinaciones que constantemente operan sobre el investigador; es decir,
de pensar que con la conquista de la conciencia histórica se había conquistado
también la objetividad de las ciencias del espíritu.
Largas páginas
de Verdad y Método están dedicadas a
cuestionar la primacía que la Edad Moderna otorgara a las ciencias naturales y
a su método. En primer lugar, la conciencia histórica sólo es uno de los
momentos de la historia efectual, porque la historia efectual es anterior a
toda forma de conciencia. En segundo lugar, ni las ciencias pueden abarcar el
total del conocimiento humano ni el método científico puede ser considerado el
baremo de lo verdadero. De hecho, Gadamer ve indispensable recuperar para la
reflexión filosófica sobre la verdad no sólo a las ciencias del espíritu, sino
también, y ocupando un lugar privilegiado, a la experiencia del arte.
“El fenómeno
de la comprensión no sólo atraviesa todas las referencias humanas al mundo,
sino que también tiene validez propia dentro la ciencia, y se resiste a
cualquier intento de transformarlo en un método científico. La presente
investigación toma pie en esta resistencia, que se afirma dentro de la ciencia
moderna frente a la pretensión de universalidad de la metodología científica.
Su objetivo es rastrear la experiencia de la verdad [...] e indagar su
legitimación. De este modo, las ciencias del espíritu vienen a confluir con
formas de la experiencia que quedan fuera de la ciencia: con la experiencia de
la filosofía, con la del arte y con la de la misma historia. Son formas de
experiencia en las que se expresa una verdad que no puede ser verificada con
los medios de que dispone la metodología científica”[18].
También sendas páginas de la obra que
convirtió a Gadamer en merecedor del prestigio y reconocimiento mundiales están
dedicadas a criticar a la conciencia estética de origen kantiano —subordinada
del todo al método científico— y a proponer una forma completamente novedosa de
aproximación filosófica al fenómeno artístico. No se trata sólo de legitimar
epistemológicamente la experiencia artística, sino de empezar a buscar una
nueva concepción de «verdad» a partir del conocimiento que se desprende de la
obra de arte, bien sea ésta plástica o literaria. Es importante dejar claro que
Gadamer no pretende defender la validez del conocimiento proveniente del arte,
equiparándolo a la validez del conocimiento científico. Su propuesta es todavía
más osada: una revaloración radical del concepto de verdad, aún dominado por
las ciencias naturales, en el que la experiencia artística ocupe un papel
protagónico.
“El que en la
obra de arte se experimente una verdad que no se alcanza por otros caminos es
lo que hace el significado filosófico del arte, que se afirma frente a todo
razonamiento. Junto a la experiencia de la filosofía, la del arte representa el
más claro imperativo de que la conciencia científica reconozca sus límites [...]
Pero no nos quedaremos en la justificación de la verdad del arte. Intentaremos
más bien desarrollar desde este punto de partida un concepto de conocimiento y
de verdad que responda al conjunto de nuestra experiencia hermenéutica”[19];
es decir, al conjunto de nuestro universo comprensivo, de nuestro modo de estar
en el mundo. La legitimación de la verdad de las ciencias del espíritu, del
arte y de las mismas ciencias de la naturaleza pasa necesariamente por una
“profundización del fenómeno de la comprensión”.
El movimiento
hermenéutico envuelve todo comprender. Y en ese sentido puede afirmarse que la
hermenéutica es universal. La universalidad de la hermenéutica no reposa en una
confianza ingenua en que todo puede ser comprendido. Todo lo contrario. Parte
de la aceptación de los límites de la comprensión humana, cuyo rasgo esencial
es el estar siempre situada y marcada por su finitud. “La totalidad de sentido
que se trata de comprender en la historia o en la tradición no se refiere en
ningún caso al sentido de la totalidad de la historia [...] La tradición
histórica se piensa, no como objeto de un saber histórico o de un concebir
filosófico, sino como momento efectual del propio ser. La finitud de la propia
comprensión es el modo en el que afirman su validez la realidad, la
resistencia, lo absurdo e incomprensible”[20].
Que estamos siempre en tradiciones es lo que a Gadamer le preocupa enfatizar, y
lo hace una y otra vez. Ese estar en una tradición no puede ser sino finito e
histórico, pero es también abierto y dinámico. Veamos en qué sentido la
pertenencia a tradiciones entraña todos estos rasgos.
En su afán por
reivindicar la autonomía de la razón y en su confianza en que ésta era fuente
inequívoca de verdad y libertad, la Ilustración se empeñó en denostar todo
conocimiento proveniente de la autoridad, por considerarlo lleno de
«prejuicios» carentes de fundamento racional. De acuerdo a ésta concepción,
sólo el uso de la razón propia podía garantizar un conocimiento verdadero. Se
trataba de la prepotencia característica del pensamiento ilustrado, que terminó
por convertirse en su ruina. Como contraparte a ese desprecio por el pasado,
apareció el romanticismo defendiendo el peso de la tradición que la Ilustración
se había empeñado en aligerar. El planteamiento romántico consistía en revivir
lo clásico, llegando incluso a darle una mayor validez que a lo revolucionario.
No obstante, su defensa continuaba enmarcándose en una errónea abstracción
ilustrada: la oposición entre razón y tradición, entre libertad y autoridad.
Gadamer ataca
esa abstracción por ser justamente eso, una abstracción carente de fundamento
real:
“No creo que entre tradición
y razón haya que suponer una oposición tan incondicional e irreductible [...]
En realidad la tradición siempre es un momento de la realidad y de la historia
[...] La tradición es esencialmente conservación, y como tal nunca deja de
estar presente en los cambios históricos. Sin embargo, la conservación es un
acto de la razón, aunque caracterizada por el hecho de no atraer la atención
sobre sí [...] Incluso cuando la vida sufre sus transformaciones más
tumultuosas, como ocurre en los tiempos revolucionarios, en medio del aparente
cambio de todas las cosas se conserva mucho más legado antiguo de lo que nadie
creería, integrándose con lo nuevo en una nueva forma de validez. En todo caso,
la conservación representa una conducta tan libre como la transformación y la
innovación. La crítica ilustrada a la tradición, igual que su rehabilitación
romántica, queda por lo tanto muy por detrás de su verdadero ser histórico”[21].
Los subtítulos
de los apartados de la segunda parte de Verdad
y Método resumen bien la validación a la que los conceptos de «prejuicio»,
«tradición» y «autoridad» son sometidos por parte de Gadamer. Englobados bajo
el gran título de “Fundamentos para una teoría de la experiencia hermenéutica”,
se leen: “La historicidad de la comprensión como principio hermenéutico”, “el
círculo hermenéutico y el problema de los prejuicios”, “Los prejuicios como
condición de la comprensión” y “Rehabilitación de autoridad y tradición”.
Ya vimos que la
comprensión es esencialmente histórica, dada nuestra pertenencia ineludible a
tradiciones. Ahora, si tuviéramos que definir una forma geométrica para la
comprensión, la forma sería el círculo, pues todo nuevo conocimiento se
alimenta de la tradición de la cual procede, para luego pasar a formar parte de
ella. Y así es como va constituyéndose nuestro universo comprensivo.
Ya Heidegger en
su analítica de la comprensión había evidenciado la existencia de una
precomprensión a la hora de aproximarse a todo texto, a todo nuevo conocimiento
y había esclarecido lo positivo de la estructura circular del comprender: “El
círculo no debe ser degradado a círculo vicioso. En él yace una posibilidad
positiva de conocimiento más originario, que por supuesto sólo se comprende
realmente cuando la interpretación ha comprendido que su tarea primera, última
y constante consiste en [...] asegurar la elaboración del tema científico desde
la cosa misma”[22]. Es cierto
que Husserl fue el primero en insistir sobre la exigencia de entender la cosa
desde la cosa misma; pero también lo es que el maestro de Heidegger traicionó
su propia exigencia poniendo al principio del proceso comprensivo una conciencia
trascendental, cuyo problema radica en ir más allá de la cosa. El círculo
hermenéutico heideggeriano representa un giro decisivo, tanto para las teorías
del conocimiento anteriores como para la hermenéutica antigua. Y es esa la
concepción sobre la cual basa Gadamer su propuesta: “El círculo no es de
naturaleza formal; no es subjetivo ni objetivo, sino que describe la
comprensión como la interpretación del movimiento de la tradición y del
movimiento del intérprete [...] El círculo de la comprensión no es en este
sentido un círculo «metodológico» [como lo era, por ejemplo, en la hermenéutica
de Schleiermacher] sino que describe un momento estructural de la comprensión”[23].
Así pues, no
sólo es que los autores ilustrados se equivocaran al descalificar de tajo la
voz de la autoridad, es que no cayeron en cuenta de que son los «prejuicios»
los que posibilitan el conocimiento. De nuevo, esta vez por causa de la aguda
argumentación gadameriana, la arrogante e ingenua racionalidad ilustrada es
herida de muerte. “Para nosotros la razón sólo existe como real e histórica,
esto es la razón no es dueña de sí misma sino que está siempre referida a lo
dado en lo cual se ejerce”[24].
No existe algo así como una racionalidad omnipotente, que pueda decidir sin más
no volver nunca la vista hacia atrás. La razón es algo humano y como todo lo
humano está atravesada por múltiples determinaciones y limitaciones. La primera
de ellas es que carga consigo todo el peso del pasado.
Valga aclarar
que la aceptación de esto ni está queriendo defender un determinismo de la
tradición, ni está restableciendo la vieja confianza medieval en la autoridad.
Lo que pretende Gadamer es minar, por un lado, la inmediata asociación:
tradición igual a falta de libertad y autoridad igual a abandono de la razón;
y, por otro, la percepción de la distancia en el tiempo como un obstáculo que
es preciso salvar.
“El tiempo ya no es
primariamente un abismo que hubiera de ser salvado porque por sí mismo sería
causa de división y lejanía, sino que es en realidad el fundamento que sustenta
el acontecer en el que tiene sus raíces el presente [...] De lo que se trata es
de reconocer la distancia en el tiempo como una posibilidad positiva y
productiva del comprender”[25].
Y es que el
hecho de que estemos siempre determinados por nuestras tradiciones no significa
que seamos incapaces de ser creativos e innovar. Al contrario. Uno de los
rasgos constitutivos de la estructura circular del movimiento hermenéutico es
su apertura. De hecho Heidegger —a diferencia de Gadamer, cuyos ojos están
puestos en el pasado— insiste en la futuridad del estar ahí. El ser está
siempre abierto al futuro. Lo que pasa es que su estar consiste también en
pertenecer a un entramado de conocimiento previo, producto de la racionalidad
de personas que le precedieron y que en el presente son consideradas
«autoridades».
Sería injusto y
sobre todo injustificadamente prejuicioso desmeritar la razón contenida en las
voces de las autoridades. Tanto es así que ningún nuevo conocimiento que
pretenda ser tomado en serio puede desconocer lo que se investigó, descubrió y
afirmó sobre determinada cuestión con anterioridad. La ventaja que los nuevos
pensadores poseen sobre sus antecesores radica en el tiempo transcurrido, pues
es la posibilidad de tomar distancia de los problemas que ocupaban a los
antiguos autores lo que permite a los jóvenes ganar una perspectiva distinta, a
menudo más amplia, de aproximación a los fenómenos.
Jamás se produce
conocimiento libre de prejuicios. Y tampoco es posible hacer conciencia de la
totalidad de los prejuicios en los que habitamos. Sólo la distancia
proporcionada por el paso del tiempo va abriendo nuevas rutas de comprensión.
Al no encontrarse directamente afectados por las circunstancias que atravesaban
a quienes les precedieron, los nuevos autores están capacitados para aventurar
análisis y emitir juicios menos acalorados sobre los acontecimientos.
Por supuesto,
estos autores nuevos se encuentran a su vez atravesados por nuevas
problemáticas y por prejuicios que no alcanzarán a detectar. Hará falta
entonces que una futura generación venga a ampliar sus miras. El propio
planteamiento de Gadamer sirve para ilustrar esto: la Ilustración transcurrió
sin que ninguno de sus notables representantes advirtiera la inexorable pertenencia
de todos los seres humanos a tradiciones que Gadamer logra clarificar de modo
tan contundente. Así mismo, jóvenes pensadores empiezan a cuestionar a Gadamer,
poniendo de manifiesto aquello que Gadamer no alcanzó a ver[26].
Se trata del movimiento circular en el que consiste la hermenéutica filosófica.
“Ser histórico quiere decir no agotarse
nunca en el saberse”[27].
Es, pues, en el
descrédito de los prejuicios, en el «prejuicio contra todo prejuicio» propio de
la Ilustración, en donde Gadamer ve el prejuicio más injustificado y necesitado
de quebrantar. “Si se quiere hacer justicia al modo de ser finito e histórico
del hombre es necesario llevar a cabo una drástica rehabilitación del concepto
de prejuicio y reconocer que existen prejuicios legítimos”[28].
En principio, podríamos afirmar, con Heidegger, que será legítimo aquél
prejuicio que haya surgido a la luz de la investigación de la cosa y no más
allá de ella, independientemente de que en el presente su validez haya sido
refutada. De acuerdo a este planteamiento, el prejuicio pasado habría
posibilitado la existencia de uno más verdadero o adecuado[29].
Esta
rehabilitación compete no sólo a la filosofía, sino también y urgentemente a
las ciencias del espíritu. La historicidad propia de las ciencias no es un
conjunto de prejuicios de los cuales haya que prescindir. Por el contrario, los
datos anteriores exigen ser tomados en cuenta en primer lugar. No hacerlo
implica continuar flotando ingenuamente en la tradición a la cual se está
pretendiendo analizar. “El que se cree seguro en su falta de prejuicios porque
se apoya en la objetividad de su procedimiento y niega su propio
condicionamiento histórico, experimenta el poder de los prejuicios que le
dominan incontroladamente como una vis a
tergo. El que no quiere hacerse cargo de los juicios que le dominan acaba
considerando erróneamente lo que se muestra bajo ellos [...] El que se sale
reflexivamente de la relación vital con la tradición destruye el verdadero
sentido de esta”[30]. “En las
ciencias del espíritu opera un momento de tradición que incluso constituye su
verdadera esencia y su característica”[31],
pues si algo pretenden comprender las ciencias humanas, eso tiene que ver con
las tradiciones de las cuales ellas mismas forman parte; y si sobre algo
pretenden arrojar luz es sobre aquello que hemos heredado de la tradición y que
nos determina sin que nos demos cuenta.
La investigación
histórica reposa sobre la historia efectual, sobre la vida misma. Por eso no es
correcto hablar de un «objeto» histórico, pues la comprensión de la historia
pertenece a la misma historia que se pretende comprender. En todo caso, la
historia sólo podría ser objeto de sí misma. “Un pensamiento verdaderamente
histórico debe ser capaz de pensar al mismo tiempo su propia historicidad [...]
El verdadero objeto histórico no es un objeto, sino que es la unidad de lo uno
y de lo otro, una relación en la que la realidad de la historia persiste igual
que la realidad del comprender histórico. Una hermenéutica adecuada debe
mostrar en la comprensión misma la realidad de la historia. Al contenido de
este requisito yo le llamaría «historia efectual». Entender es, esencialmente,
un proceso de historia efectual”[32].
Para la historia, entender es entenderse. Entenderse en su esencial
historicidad. Lo que el concepto de historia efectual significa es, en
definitiva, que todo comprender es un acontecer. La marcha de la historia no se
congela mientras se la analiza, sino que continúa incorporando en su andar todo
análisis y toda comprensión.
A luz de su historicidad, las ciencias del espíritu han
de poner en cuestión su extrema confianza en el método. Los cientistas sociales
suelen trabajar bajo la falacia de que un método correcto de investigación
puede garantizar el camino hacia la verdad. El quid de la cuestión sería entonces diseñar la metodología adecuada
para que el asunto de la verdad quede más o menos resuelto. Pero este modo de
concebir el conocimiento pasa por alto la pertenencia de todo método y de toda
verdad a la historia efectual. La pertenencia a la historia efectual entraña
una verdad que antecede a todo método, porque es la verdad originaria en la que
nos encontramos, independientemente de cualquier método y de cualquier verdad
que se logre alcanzar con él.
“No se exige, por lo tanto,
un desarrollo de la historia efectual como nueva disciplina auxiliar de las
ciencias del espíritu, sino que éstas aprendan a comprenderse mejor a sí mismas
y reconozcan que los efectos de la historia efectual operan en toda
comprensión, sean o no concientes de ello. Cuando se niega la historia efectual
en la ingenuidad de la fe metodológica, la consecuencia puede ser incluso una
auténtica deformación del conocimiento. Esto nos es conocido a través de la
historia de las ciencias, en la que aparecen demostraciones irrefutables de
cosas evidentemente falsas[33]”.
La revaloración de la tradición lleva a Gadamer a otra
consecuencia importante: el replanteamiento del concepto de «horizonte». Dado
que el movimiento hermenéutico transcurre siempre dentro de los márgenes de la
tradición y consiste en la adopción de unos prejuicios y el desecho de otros de
modo paulatino, no existe en realidad tal cosa como horizontes distantes entre
sí, sino que hay una línea de continuidad entre un horizonte y otro.
“[...] El
horizonte cerrado que cercaría a las culturas es una abstracción. La movilidad
histórica de la existencia humana estriba precisamente en que no hay una
vinculación absoluta a una determinada posición, y en este sentido tampoco hay
horizontes realmente cerrados. El horizonte es más bien algo en lo que hacemos
nuestro camino y que hace el camino con nosotros. El horizonte se desplaza al
paso de quien se mueve. También el horizonte del pasado, del que vive toda vida
humana y que está ahí bajo la forma de la tradición, se encuentra en un
perpetuo movimiento. No es la conciencia histórica la que pone en movimiento al
horizonte limitador; sino que en la conciencia histórica este movimiento tan
solo se hace conciente de sí mismo”[34].
No
es, pues, que el conocimiento histórico permita objetivar los distintos
horizontes temporales y culturales para poder atraparlos en el análisis; es que
el conocimiento se enmarca dentro de un único horizonte histórico que
continuamente se desplaza y transforma.
El concepto de
horizonte reviste una importancia especial para la hermenéutica, por su
estrecha relación con el de «situación». Se interpreta desde una determinada
situación, que a la vez posibilita y limita las miras comprensivas. “Horizonte
es el ámbito de visión que abarca y encierra todo lo que es visible desde un
determinado punto [...] La elaboración de la situación hermenéutica significa
entonces la obtención del horizonte correcto para las cuestiones que se nos
plantean cara a la tradición [...] La conciencia de la historia efectual es en
primer lugar conciencia de la situación
hermenéutica”[35]. Las
ciencias del espíritu alcanzarán un horizonte correcto de interpretación cuando
asuman que su ser concientes de la historicidad no las exime ni puede eximirlas
de su pertenencia intrínseca a la historia efectual.
Cuando se habla
de situación hermenéutica se hace referencia al colchón de conceptos
considerados como «contemporáneos»[36];
es decir, aquellos conceptos que tienen sentido en nuestra vida de hoy. Sólo
podemos comprender la tradición desde nuestros conceptos o desde nuestra manera
de entender esos conceptos. Pero para comprender la tradición es preciso
trasladarse a épocas anteriores y a situaciones hermenéuticas diferentes a la
nuestra. Ese trasladarse no implica romper con el presente, sino aproximarse al
pasado sin perder de vista la actualidad. No se trata de desechar los nuevos
conceptos e intentar adoptar los antiguos, sino de entender lo otro sin olvidar
que no es posible abandonar lo que hemos llegado a ser. A ese desplazamiento en
el que nos arrastramos a nosotros mismos hacia otras tradiciones es a lo que
Gadamer denomina «fusión de horizontes». Y con la fusión se logra una
perspectiva más amplia de comprensión. “Ganar un horizonte quiere decir siempre
aprender a ver más allá de lo cercano, no desatenderlo, sino precisamente verlo
mejor integrándolo en un todo más grande y en patrones más correctos”[37].
“Partíamos entonces de que
una situación hermenéutica está determinada por los prejuicios que nosotros
aportamos. Estos forman así el horizonte de un presente, pues representan
aquello más allá de lo cual ya no se alcanza a ver. Importa sin embargo
mantenerse lejos del error de que lo que determina y limita el horizonte del
presente es un acervo fijo de opiniones y valoraciones, y de que frente a ello
la alteridad del pasado se destaca como un fundamento sólido. En realidad el
horizonte del presente está en un proceso de constante formación en la medida
en que estamos obligados a poner a prueba todos nuestros prejuicios [...] Ni
existe un horizonte del presente en sí mismo ni hay horizontes históricos que
hubiera que ganar. Comprender es siempre
el proceso de fusión de estos presuntos «horizontes para sí mismos» [...]
La fusión tiene lugar constantemente en el dominio de la tradición; pues en
ella lo viejo y lo nuevo crecen siempre juntos hacia una validez llena de vida,
sin que lo uno ni lo otro lleguen a destacarse explícitamente por sí mismos”[38].
2.3 La
lingüisticidad como nota constitutiva de la comprensión
Hasta ahora,
hemos afianzado los conceptos de «prejuicio», «autoridad», «tradición» y
«horizonte», bajo la luz de una nueva perspectiva. Pero la carrera de Gadamer
por dilucidar la pregunta por la comprensión humana no termina aquí. Falta
considerar otras nociones claves dentro de su planteamiento. La más importante
de ellas es la de «lenguaje».
Aquello que nos permite pertenecer a una misma comunidad y constituir esa
tradición que nos es esencial no es otra cosa que lenguaje. Por eso la
comprensión no puede ser sino lingüística. El lenguaje es la casa de la
tradición y comprender es reelaborar la tradición con conceptos propios de la
actual situación hermenéutica. El lugar en el que adquiere vida el dinamismo
del círculo hermenéutico es el lenguaje. En él se funden pasado y presente, constituyendo
el espiral de nuestro universo comprensivo.
En el lenguaje
converge todo aquello que tenemos en común y que hace posible el diálogo.
Gadamer equipara la relación con la tradición con la experiencia del tú, es
decir, con la experiencia del diálogo con un otro. El ejercicio de la
comprensión es, en resumidas cuentas, una “conversación hermenéutica”; esto es,
conversación con una tradición que constantemente se afirma frente a nosotros,
nos interroga e interpela. “La comprensión en las ciencias del espíritu
comparte con la pervivencia de las tradiciones un presupuesto fundamental, el
de sentirse interpelado por la
tradición misma”[39]. La
tradición es ese otro con el que estamos en la obligación de dialogar, si es
que nos interesa comprenderla y, con ello, comprendernos a nosotros mismos.
“[...] En el terreno hermenéutico el correlato de esta experiencia del tú es lo
que acostumbra llamarse conciencia
histórica. La conciencia histórica tiene noticia de la alteridad del otro y
de la alteridad del pasado, igual que la comprensión del tú tiene noticia del
carácter personal de éste”[40].
Estamos volcados hacia la tradición, sentimos la necesidad de reaccionar frente
a ella. Y ese estar volcados y ese reaccionar revisten un carácter dialógico.
En el prólogo a
la segunda edición de Verdad y Método
se anunciaba que el capítulo sobre la experiencia revestía una importancia
capital en el conjunto de la obra. Por «experiencia» entiende Gadamer:
frustración de una expectativa, confrontación con la realidad, visualización de
la negatividad fundamental que implica estar en el mundo, dada la constatación
de que, más a menudo de lo que se quisiera, las cosas no son como uno se
imaginaba, esperaba o deseaba que fueran. Experiencia es, en definitiva,
experiencia de la propia finitud e historicidad. Por eso la conciencia de la
historia efectual es experiencial, tiene el carácter de la experiencia.
Ahora bien, “la
experiencia hermenéutica tiene que ver con la tradición. Es ésta la que tiene que acceder a la experiencia. Sin embargo,
la tradición no es un simple acontecer que pudiera conocerse y dominarse por la
experiencia, sino que es lenguaje,
eso es, habla por sí misma como lo hace un tú [...] La tradición es un
verdadero compañero de comunicación, al que estamos vinculados como lo está el
yo al tú”[41]. Al igual
que la relación entre el yo y el tú, la relación con la tradición es
dialéctica. Somos un alter, tanto
respecto de la tradición como respecto de un tú. Pero tú y tradición nos
configuran y determinan hasta el punto de que no seríamos lo que somos sin
ellos. Es nuestro diálogo con la tradición lo que va tejiendo el entramado de
la tradición misma en la que habitamos. La tensión que genera ese diálogo se
resuelve en el terreno de la comprensión.
De la afirmación
de que comprender es dialogar, puesto que la tradición es un otro con el que se
dialoga, se siguen consideraciones insoslayables. Pongamos en primer lugar la
que tiene que ver con las condiciones de posibilidad del diálogo. Condición sine qua non para que pueda darse una
conversación auténtica es la disposición a escuchar al otro. Alguien que busca
comprender debe de estar abierto a lo que el otro tenga que decir. Con ello no
estará renunciando a su propio punto de vista, sino dejándolo un momento en
suspenso, para intentar ponerse en el lugar de su interlocutor y poder ver que
lo que él dice tiene sentido. Cuando leemos un texto con la genuina intención
de comprenderlo, de cierto modo nos sometemos a él, lo dejamos hablar,
permitimos que nos diga algo. A menudo, aquello que nos dice consigue modificar
nuestra propia concepción del asunto o, cuando menos, amplía nuestro panorama.
De no ser así, la lectura habrá sido inútil.
En segundo
lugar, hay que decir que en un diálogo lo hermenéuticamente relevante es
aquello sobre lo cual se dialoga y no la individualidad de los dialogantes. La
biografía de un autor es secundaria con respecto al contenido de su obra.
Asimismo, las motivaciones profundas que tuvo un personaje histórico para tomar
tal o cual decisión ocupan un segundo plano cuando el historiador está
investigando un determinado acontecimiento. Desde el punto de vista de la
hermenéutica, importan tanto el sentido del texto como el acontecimiento
histórico en sí con sus causas y sus repercusiones. Pero las consideraciones
sobre la vida y razones interiores del autor o del protagonista de determinado
evento histórico trascienden el objeto hermenéutico. Algunos hermeneutas de la
vieja escuela creyeron que su tarea consistía en descifrar las motivaciones que
impulsaron al autor a producir su discurso. Pero, de acuerdo con Gadamer, la
tarea hermenéutica no reviste este carácter psicológico. El lenguaje, como el
tú, no es algo en sí mismo, sino algo siempre referido a otra cosa. Lo que
persigue la hermenéutica es la cosa a la cual hace referencia el lenguaje y no
las causas subterráneas que podrían atribuirse a la creación de los discursos.
“Tendremos que tener en
cuenta en primer lugar que el lenguaje en el que algo echa a hablar no es
posesión disponible de uno u otro de los interlocutores. Toda conversación
presupone un lenguaje común, o mejor dicho, constituye desde sí un lenguaje
común [...] El acuerdo sobre el tema, que debe llegar a producirse en la
conversación, significa necesariamente que en la conversación se elabora un
lenguaje común. Este no es un proceso externo de ajustamiento de herramientas,
y ni siquiera es correcto decir que los compañeros de diálogo se adaptan unos a
otros, sino que ambos van entrando, a medida que se logra la conversación, bajo
la verdad de la cosa misma, y es ésta la que los reúne en una nueva comunidad.
El acuerdo en la conversación no es un mero exponerse e imponer el propio punto
de vista, sino una transformación hacia lo común, donde ya no se sigue siendo
lo que se era”[42].
Y es que otra de
las características del diálogo es que por medio de él se busca un acuerdo. En
una auténtica conversación, los dialogantes van tras la verdad de la cosa
misma, no pretenden dar su opinión por cierta a toda costa.
La persecución
de la cosa que se expresa lingüísticamente en la que consiste la hermenéutica
adopta en el planteamiento de Gadamer una forma específica: la forma de la
pregunta. Comprender un texto significa haber entendido la pregunta a la que el
texto intentó dar respuesta. Cuando buscamos comprender algo, formulamos
preguntas al respecto, con lo cual se pone en evidencia nuestra ignorancia
sobre aquello que queremos saber. En esa medida, la pregunta es apertura. “Todo
saber pasa por la pregunta. Preguntar quiere decir abrir. La apertura de lo
preguntado consiste en que no está fijada la respuesta”[43].
No obstante, la apertura de la pregunta tiene sus límites. “El planteamiento de
una pregunta implica la apertura pero también su limitación. Implica una
fijación expresa de los presupuestos que están en pie y desde los cuales se
muestra la cantidad de duda que queda abierta”[44].
Por eso la pregunta es algo así como la brújula en el océano del conocimiento.
Que una pregunta tenga sentido y conduzca hacia la comprensión de algo
significa que está orientada, es decir, que desde ella puede deducirse lo que
se sabe y lo que se ignora y que por eso se pregunta. Gadamer recupera a
Sócrates en su sabia afirmación de que, para aprender, es necesario reconocer
que no se sabe. El que quiere aprender hace preguntas y es entonces cuando
ejercita su pensamiento. Cuando sólo opina no piensa, sino que repite.
Así pues, el
conocimiento se mueve dentro de la dialéctica de pregunta y respuesta. Como
vimos, al preguntar se abren posibilidades. Responder no es sino optar por una
posibilidad. “La estrecha relación que aparece entre preguntar y comprender es
la que da a la experiencia hermenéutica su verdadera dimensión [...] Preguntar
permite siempre ver las posibilidades que quedan en suspenso”[45].
En cierta entrevista, interrogado sobre el significado de la hermenéutica,
Gadamer respondió: “hermenéutica es saber que el otro puede tener razón”. He
aquí el núcleo del planteamiento gadameriano. No hay un saber indubitable, sino
que todo saber es susceptible de quebrarse por una pregunta. De hecho, el saber
adquiere siempre nuevas formas. “Toda actualización en la comprensión puede
entenderse a sí misma como una posibilidad histórica de lo comprendido. En la
finitud histórica de nuestra existencia está el que seamos conscientes de que,
después de nosotros, otros entenderán cada vez de manera distinta”[46].
Y esto es así
porque cada vez que se comprende operan dos momentos esenciales: el de interpretación y el de aplicación. Si “el lenguaje es el medio
universal en el que se realiza la comprensión [...,] la forma de realización de
la comprensión es la interpretación”[47].
Comprender no es repetir mecánicamente lo que otro dijo, sino elaborar la
información interpretándola con la ayuda del propio lenguaje. Por eso la
comprensión no es nunca algo pasivo, sino que exige actividad, es un ejercicio.
El que comprende está siempre interpretando y aplicando lo comprendido a su
contexto lingüístico. Así es como viejas problemáticas adquieren sentido en el
presente. El que puedan tener sentido actual es precisamente lo que pone de
manifiesto que la relación entre aplicación, interpretación y comprensión es
indisoluble. Existen, de hecho, preguntas antiquísimas, las preguntas de
siempre, que continúan resonando en nuestros oídos, porque continúan teniendo
sentido para nosotros. Lo que varía son las interpretaciones que cada
tradición, cada sociedad, cada individuo pueden hacer de ellas y el modo en el
que la lengua permite aplicarlas en cada caso. Interpretar es apropiarse de lo
que se comprende y aplicar es ubicar lo comprendido en las coordenadas
lingüísticas del presente.
De lo anterior
se sigue que una de las tareas que Gadamer atribuya a la hermenéutica histórica
sea la recuperación de la hermenéutica teológica y jurídica como ejemplos a seguir.
Uno de los énfasis que sobresalen a lo largo de la segunda parte de Verdad y método insiste en la relación
entre hermenéutica y comprensión de la cosa misma. Pues bien, de ello la
hermenéutica jurídica y teológica son los mejores modelos. La hermenéutica
espiritual-científica debe entenderse como la mediación entre la tradición y el
presente. Y a eso es precisamente a lo que el jurista y el teólogo se dedican.
“Lo que es verdaderamente común a todas las formas de la hermenéutica es que el
sentido que se trata de comprender sólo se concreta y se completa en la
interpretación, pero que al mismo tiempo esta acción interpretadora se mantiene
enteramente atada al sentido del texto. Ni el jurista ni el teólogo ven en la
tarea de la aplicación una libertad frente al texto”[48].
Todo lo contrario, su labor consiste en conseguir que sus interpretaciones
guarden la mayor fidelidad posible a las leyes y a las Escrituras. Una
interpretación correcta no puede ser arbitraria. Un jurista será buen jurista,
así como un teólogo será buen teólogo, mientras que su manera de aplicar los
textos a la época actual no traicione el sentido original de los mismos. Está
claro que interpretar y aplicar implican siempre cierta transformación del
sentido de un texto, pero el arte de la hermenéutica consiste en procurar
fidelidad a lo que se expresa en él.
Todas estas
consideraciones llevan a una conclusión fundamental: la afirmación de la unidad
entre pensamiento y lenguaje. “La relación esencial entre lingüisticidad y
comprensión se muestra para empezar en el hecho de que la esencia de la
tradición consiste en existir en el medio del lenguaje, de manera que el objeto preferente de la interpretación
es de naturaleza lingüística”[49].
Aquí cabe aclarar que no es que Gadamer olvide los aspectos no lingüísticos de
nuestra existencia. Para afirmar que toda experiencia humana es expresable
lingüísticamente se necesitaría estar fuera de la realidad. Todos sabemos que
en más de una ocasión las palabras se quedan cortas frente a la elocuencia de
una imagen o la fuerza de un sentimiento. A lo que sí le apuesta Gadamer es a
la convicción de que la comprensión humana, la razón, sólo puede expresarse
lingüísticamente. La famosa y criticada frase “el ser que puede comprenderse es
lenguaje” no debe entenderse como “todo lo que existe es lenguaje”, sino como
“cuando queremos comprender algo estamos abocados al lenguaje”.
“Si intentamos considerar el
fenómeno hermenéutico según el modelo de la conversación que tiene lugar entre
dos personas, entre estas dos situaciones en apariencia tan distintas como son
la comprensión de un texto y el ponerse de acuerdo en una conversación hay un
aspecto común fundamental: que toda comprensión y todo acuerdo tienen presente
alguna cosa que uno tiene ante sí. Igual que uno se pone de acuerdo con su
interlocutor sobre una cosa, también el intérprete comprende la cosa que le
dice su texto. Esta comprensión de la cosa ocurre necesariamente de forma
lingüística, pero no en el sentido de revestir secundariamente con palabras una
comprensión ya hecha; la realización de la comprensión, ya se trate de textos o
de interlocutores que le presentan a uno el tema, consiste justamente en este
llegar a hablar la cosa misma”[50].
Comprender algo,
aunque este algo sea de naturaleza no lingüística, significa poder ponerlo en
palabras. No es, pues, que primero se comprenda y después se hable sobre lo
comprendido. Es que son las palabras las que le dan forma a la comprensión.
Gracias a las palabras aquello que se busca comprender puede ser comprendido;
en ellas sale a flote la realidad de la cosa misma.
Dentro del marco
de esta reflexión de Gadamer sobre la comprensión y su lingüisticidad, la
lengua escrita adquiere un privilegio especial.
“El que la esencia de la
tradición se caracterice por su lingüisticidad adquiere su pleno significado
hermenéutico allí donde la tradición es escrita
[...] La tradición escrita no es sólo una porción de un mundo pasado sino
que está siempre por encima de éste en la medida en que se ha elevado a la
esfera del sentido que ella misma enuncia. Se trata de la idealidad de la
palabra, que eleva a todo lo lingüístico por encima de la determinación finita
y efímera que conviene a los demás restos de lo que ha sido. Pues el portador
de la tradición no es ya tal o cual manuscrito que es un trozo del entonces,
sino la continuidad de la memoria. A través de ella la tradición se convierte
en una porción del propio mundo, y lo que ella nos comunica puede acceder por
sí mismo al lenguaje. Allí donde nos alcanza una tradición escrita no sólo se
nos da a conocer algo individual sino que se nos hace presente toda una
humanidad pasada en su relación general con el mundo [...] Es así como se
plantea el verdadero cometido de la hermenéutica cara a los textos escritos.
Escritura es autoextrañamiento. Su superación, la lectura del texto, es pues la
más alta tarea de la comprensión [...] El proceso de la comprensión se mueve
aquí por entero en la esfera de sentido mediada por la tradición lingüística”[51].
Esa mediación es
lo que posibilita el proceso comprensivo. Por eso hermenéutica es mediación.
Siempre que estemos en condiciones de leer y entender lo leído, algo
alcanzaremos a captar de un texto, algo de él nos resultará familiar, por muy
desconocida que nos sea la materia o por mucho que sea el tiempo que haya
pasado desde que dicho texto se haya producido. “La posición entre extrañeza y
familiaridad que ocupa para nosotros la tradición es el punto medio entre la
objetividad de la distancia histórica y la pertenencia a una tradición. Y ese punto medio es el verdadero topos de
la hermenéutica”[52].
Lo que hace la hermenéutica es dar cuenta de la transformación que sufre el
lenguaje al intentar hacer hablar a las cosas mismas en el transcurso del
tiempo.
El lugar en el que se da testimonio de esa transformación
es la lengua escrita. “Lo que se fija por escrito se eleva, en cierto modo, a
la vista de todos, hacia una esfera de sentido en la que puede participar todo
el que esté en condiciones de leer [...] En la escritura el sentido de lo hablado
está ahí por sí mismo, enteramente libre de todos los momentos emocionales de
la expresión y comunicación. Un texto no quiere ser entendido como
manifestación vital, sino únicamente respecto a lo que dice [...] La lectura
comprensiva no es repetición de algo pasado, sino participación en un sentido
presente”[53]. Lo escrito
no sólo cobra independencia de su autor y del lector originario para el que fue
pensado, también es independiente con respecto al tiempo en el que se escribió.
Lo que hace a la lengua escrita un objeto privilegiado de la hermenéutica es
justamente ese elevarse por encima de las diferentes épocas y motivaciones,
conservando siempre un mismo y originario sentido.
Lo que hace la interpretación es llevar a cabo la «fusión
de horizontes» que ya habíamos mencionado. Toda comprensión exige una formación
y reformación de conceptos. Interpretar y aplicar quieren decir formar y
replantear conceptos con el fin de capturar el sentido de un texto dentro del
horizonte comprensivo del presente. “La interpretación en el medio del lenguaje
muestra por sí misma con claridad lo que la comprensión es siempre: una
apropiación de lo dicho, tal que se convierta en cosa propia”[54].
Esa es la razón por la que toda interpretación es siempre provisional, no puede
aspirar a ser definitiva. Las interpretaciones varían de acuerdo a las
variaciones de las diferentes situaciones hermenéuticas a lo largo del tiempo.
Lo que permanece invariable es que nuestro modo de ser comprensivo nos impulsa
a querer encontrar el sentido de las cosas. Por eso hablamos, por eso
producimos textos y en ese sentido puede asegurarse que la hermenéutica es
universal. Tal es la tesis de Gadamer con respecto a la mutua imbricación entre
comprensión y lenguaje: que la razón es esencialmente lingüística, “el lenguaje
es el lenguaje de la razón misma”[55].
Verdad y método, además de ser una sistematización erudita
de los diferentes desarrollos que se han dado en la historia del pensamiento en
el campo de la hermenéutica o interpretación correcta de los textos, es una
propuesta nueva e insoslayable de comprensión del concepto de verdad, a partir
de experiencias que tradicionalmente han sido excluidas o relegadas de los
ámbitos científicos; específicamente a partir de la experiencia del arte.
Conviene señalar
que el planteamiento de Gadamer responde, no sólo a la pregunta metafísica por
las posibilidades de todo conocimiento, sino también a una profunda
insatisfacción con lo que considera el abusivo acaparamiento de la verdad a
manos del método de las ciencias naturales. La hermenéutica filosófica es un
intento de conquistar, tanto para el mundo del conocimiento en general, como
para las ciencias sociales en particular, un concepto radicalmente nuevo de
verdad, en el que haya cabida para todos los momentos de verdad que la rigidez
y prepotencia del método científico ilustrado dejaran de lado.
Gadamer pone en
evidencia la ingenuidad del planteamiento ilustrado y enciende todas las
alarmas con respecto al frecuente olvido del pasado en el que suele incurrir
todo ímpetu revolucionario o transformador. En nombre de lo presuntamente
nuevo, se olvida que en todo comprender habita inexorablemente el pasado, pues
es precisamente desde la tradición desde donde todo comprender es posible.
No se puede dejar
de advertir la equiparación que la filosofía hermenéutica establece entre
comprensión y lenguaje. Si el ser humano es esencialmente comprensivo y la
comprensión es esencialmente lingüística, la esencia de lo humano se
encontraría en el lenguaje. De hecho, como vimos al final de esta síntesis, la
razón es para Gadamer una razón lingüística y toda pretensión de verdad debe
jugarse en el ámbito del lenguaje. No sería de extrañar que las éticas del
discurso, que ven en el diálogo el terreno en el que se debe librar la batalla
de la filosofía moral, procedan de la hermenéutica filosófica gadameriana.
Gadamer mismo es un defensor incondicional del diálogo. Al preguntársele por su
definición de hermenéutica, ha llegado a responder que: “es saber que el otro puede
tener razón”.
La vigencia de
su planteamiento radica, justamente, en este irrevocable llamado a la humildad
y a la aceptación de que nuestra razón, lejos de gozar de plena autonomía, está
situada en la historia y, por ende, atravesada por múltiples determinaciones.
Es una razón limitada que está arrojada al diálogo permanente con todo
interlocutor pasado y presente. No obstante, puede suceder que en la marcha
filosófica se descubra que existe un nivel más hondo y radical que el del
lenguaje. Esto haría tambalear a toda la estructura de la hermenéutica
filosófica. Es lo que veremos en el próximo capítulo.
Antonio González Fernández nace en Asturias, España, en 1961. Termina el Bachillerato en el Colegio San Ignacio de Oviedo en 1979, año en el que Ignacio Ellacuría lo cautiva para ingresar a la Compañía de Jesús y lo introduce al estudio del pensamiento de Xavier Zubiri. Estudia filosofía en la Universidad Pontificia de Salamanca y a partir de 1983 se convierte en colaborador habitual de la Fundación Zubiri. De hecho, uno de sus primeros trabajos fue la elaboración de los índices analíticos de la primera edición de Inteligencia y Realidad. En 1986 obtiene su licenciatura en filosofía en la Universidad de Comillas y viaja a El Salvador para desempeñarse como catedrático de Historia de la Filosofía en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Posteriormente, adelanta sus estudios de teología en Frankfurt, Alemania, y hace su Doctorado en Filosofía en Comillas. Continúa fungiendo como profesor invitado, tanto en su alma mater como en la UCA de Managua y en la UCA de El Salvador, en donde más tarde se convertirá en Jefe del Departamento de Filosofía y Coordinador del Doctorado en Filosofía Iberoamericana.
Entre sus múltiples
actividades académicas se cuentan las conferencias dictadas en Friburgo,
Münster, Frankfurt, Barcelona, Madrid, Managua, Guatemala, El Salvador, México
y Brasil, las ediciones póstumas de Zubiri, los índices analíticos de varias de
las obras de éste, la coordinación de los escritos filosóficos y teológicos de
Ellacuría, la preparación de la edición de la Filosofía
de la realidad histórica de Ignacio Ellacuría y de El problema filosófico de la historia de las religiones de Xavier
Zubiri. y la publicación de gran cantidad de artículos y ensayos sobre filosofía
y teología.
En ¿? publica su Introducción a la práctica de la filosofía
que se ha convertido en imprescindible libro de texto en el mundo académico
salvadoreño y en 1997 sale a luz su
obra Estructuras de la praxis, ensayo de
una filosofía primera. De ella opinará Jordi Corominas: “He de confesar que
pocos libros me han satisfecho tanto intelectualmente como éste. Hasta su
lectura algunos escollos me parecían insalvables impidiendo una navegación
filosófica con un rumbo más decido: no acertaba a ver cómo era posible hoy
desarrollar una filosofía sin supuestos sin caer en algún género de dogmatismo;
y por otro lado, abandonado al marasmo del relativismo, en el fondo me parecía
que el discurso filosófico sonaba a hueco; infatuado con palabras añejas, no
era más que un género de mala literatura [...] A. González invita precisamente
a filosofar, a discutir, a pensar los problemas mismos abandonando todo criterio
de autoridad y apuntando en certera estocada al meollo de las cuestiones a
menudo embozadas en un sinfín de sendas perdidas y de estudios
historiográficos, contextuales y etimológicos en los que a menudo se acaba
olvidando el problema filosófico mismo”[57].
Acerca de la evolución
del pensamiento de éste, nuestro segundo autor, cabe citar la tesis de
licenciatura de Mario Estuardo López en la que se divide la obra de A. González
en tres etapas: la de
los escritos zubiriano-fenomenológicos (1984-1986), la de los escritos
zubiriano-praxeológicos (1987-1994) y la de los escritos praxeológicos (a
partir de 1995). “Los escritos zubiriano-fenomenológicos se denominan así
porque hacen una lectura fenomenológica de la filosofía de Zubiri, algo que
dista, por ejemplo, de Ignacio Ellacuría y que ubica a A. González en lo que
Diego Gracia denomina una nueva generación de zubirianos [... En] los escritos
zubirianos-praxeológicos encontramos intuiciones especiales que empiezan a
madurar, por ejemplo el acuño de la praxis como horizonte del filosofar después
de Hegel, el diálogo con las filosofías marxistas, la preocupación de sacar el
mejor provecho posible de la veta social y ética del pensamiento de Zubiri, la
inmersión en las intuiciones de la teología de la liberación y la preocupación
de pensar una filosofía de la liberación a la altura de los tiempos [...] Estas
características que encontramos en A. González también las encontramos en el
proyecto filosófico de I. Ellacuría, de donde podemos hablar de un cierto
parentesco, que lo denominamos de “libre seguimiento”. ‘Seguimiento’, en el
sentido de tradición y herencia entre Ellacuría y A. González; pero ‘libre’, en
el sentido de que A. González encuentra una nueva interpretación de la
filosofía de Zubiri, la interpretación ‘práxica’ de su pensamiento [... En] los
escritos estrictamente praxeológicos, intentamos señalar cómo A. González
ensaya una nueva filosofía ya distinta de la de Zubiri, la praxeología”[58].
2.
Verdad primera y praxeología
Así como Gadamer se ve en la necesidad de
aclarar a sus lectores que Verdad y
Método tiene una pretensión estrictamente filosófica, Antonio González
introduce su obra Estructuras de la
praxis señalando que sus páginas pretenden ser páginas de filosofía. Ahora
bien, mientras, como vimos arriba, la intención filosófica de Gadamer reviste
un carácter epistemológico, en González queda clara desde el principio una
inquietud de carácter ético. En otras palabras, si Gadamer pone la filosofía al
servicio de la pregunta por la comprensión humana, A. González ve en la
filosofía el campo del conocimiento llamado a orientar la praxis de la
humanidad.
Para nuestro segundo autor, resulta obvio
que ni las religiones, ni las ciencias, ni las culturas, ni las ideologías han
conseguido esbozar para el hombre un rumbo a seguir. Por el contrario, la
diversidad de propuestas, discursos, posibilidades y, sobre todo, realidades
cada vez más tristes y sorprendentes dan cuenta de la profunda confusión en la
que nos hallamos sumergidos los seres humanos a estas alturas del transcurrir
histórico. Ahora, viendo prácticamente agotados los relatos que otrora
sustentaban la esperanza en un mundo mejor, surge la pregunta por cuál de los
saberes es el que está llamado a orientar la praxis de la humanidad. A. González
piensa que ese saber es la filosofía, pero no cualquier filosofía. No las modas
intelectuales o las ideologías que pretenden pasar por reflexión filosófica
rigurosa. Ni las posturas interesadas, sospechosamente conformes con el caos
reinante. La filosofía a la que aquí se apela es una filosofía radical, libre
de supuestos y con pretensión de universalidad. Se trata de una filosofía que
libra contra sí misma la incansable batalla por conseguir su propia
fundamentación y su autonomía con respecto de toda ciencia y de toda tradición,
y que, en ese sentido, pretende ser “ab-soluta” y accesible para cualquiera.
Pero ¿no será esta una visión excesivamente romántica
de la filosofía? ¿De verdad puede existir una filosofía con semejantes
características? ¿Acaso no fue contundente Gadamer en su argumentación en
contra de una filosofía tal? No en vano A. González se ve en la obligación de
dialogar con él a la hora de empezar a esbozar su planteamiento. Recordemos
que, para Gadamer, la pretensión de una filosofía sin supuestos, además de ser
propia de la arrogancia de la Ilustración, es un imposible. Para el filósofo
alemán, no podemos comprender sin supuestos porque son los supuestos los que
posibilitan nuestra comprensión. El esfuerzo por eliminar todo prejuicio no
sería sino un prejuicio más: el prejuicio contra todo prejuicio. Y esta
afirmación parece irrebatible cuando Gadamer enfatiza el carácter lingüístico
de toda comprensión. Estamos siempre sumergidos en el lenguaje y el lenguaje
está siempre cargado de prejuicios; por eso no es posible escapar de ellos.
No obstante, A. González no se da por satisfecho con
esta conclusión, pues considera que renunciar a la liberación de los
presupuestos equivale a renunciar a lo más propio y decisivo de la filosofía. Y
es que la filosofía no es el conjunto de discursos inconexos que podría
parecer. La historia del filosofar está atada a un mismo hilo conductor: el
esfuerzo por encontrar una verdad primera que se sostenga por sí misma, cuya
entera autonomía y radicalidad le permitan sustentar otras verdades.
Adscribirse sin más a las tesis gadamerianas le implicaría a la filosofía dejar
a un lado aquello que le es más propio, resignarse a navegar en medio de la
multiplicidad de discursos y, lo que es más grave, olvidarse de la posibilidad
de ofrecer una orientación a la praxis de la humanidad.
Dentro de la concepción de Gadamer, todo el hacer
humano se resume en lenguaje y tradición. Por ende, más que filosofía, tendría
que haber una hermenéutica filosófica que se ocupara de interpretar
adecuadamente la voz omnipresente del pasado. Pero ¿qué pasaría si pudiéramos
encontrar una verdad pre-lingüística y pre-tradicional? ¿una verdad allende a
toda cultura y comprensible para cualquiera? Se trataría de la verdad primera
de la que hablara Husserl; una verdad primera que permitiría fundamentar todos
los demás saberes y ofrecer un criterio único de valoración con el cual
orientar la praxis. La búsqueda de esa primera verdad es la apuesta de A.
González. El saber encargado de emprender tal búsqueda es a lo que se denomina
«filosofía primera», lo que en A. González desemboca en el esbozo de una
«praxeología transcendental».
Por supuesto, la idea de que se puede alcanzar una
verdad primera irrevocable es insostenible. Si algo debemos recuperar del
legado de Gadamer es su sensato llamado a la humildad y a la aceptación de que,
por mucho que queramos, no podemos escapar del todo a los supuestos contenidos
en el lenguaje, porque para todo aquello que queramos expresar tenemos que
recurrir a él. Por eso la verdad primera a la que hace referencia A. González
no es única y definitiva, dada de una vez por todas y para siempre. Se trata de
una verdad que iremos alcanzando paulatinamente, de modo asintótico, sin perder
de vista que jamás se llegará a un alto en el camino.
Dada su relevancia para el planteamiento praxeológico,
A. González toma a Edmund Husserl y a Xavier Zubiri como ejemplos del
peregrinar filosófico hacia la verdad primera. Para empezar, Husserl encuentra
en los actos humanos la primera y más radical de las verdades. Los enunciados
que emitimos sobre las cosas del mundo están siempre cargados de prejuicios. En
cambio, los actos en sí mismos “tienen en cuanto actos el carácter de verdades
primeras, independientes de toda otra verdad, inmediatas y perfectamente
accesibles para todos sin necesidad de suponer ninguna ciencia, ninguna
religión, ninguna cultura ni ideología”[59].
Husserl iba tras aquello que se nos da, pero sólo en la medida en la que se nos
da. Y en esa búsqueda encontró a los actos como aquello que se nos da
originariamente y sin lugar a dudas. A la hora de describir tales actos y
definir su contenido, Husserl vio que éstos están siempre referidos a otra
cosa. Por ejemplo, la percepción es siempre «percepción-de-algo». No existe un
acto perceptivo en sí mismo; existen actos en los que se perciben cosas. Por
eso los fenómenos forman parte de nuestros actos, aunque no podamos dar fe de
su realidad más allá de ellos.
Hasta aquí no habría nada que objetar, de no ser
porque, ahondando en su análisis sobre la naturaleza de los actos, Husserl
introduce el supuesto de la subjetividad. Básicamente, su argumentación se
basaba en que, si bien es cierto que no puede decirse que hay siempre un «yo
puro» presente en cada uno de los actos, también lo es que el «yo» está siempre
implicado en todos ellos. Así como hay siempre en los actos una referencia a
otra cosa, está también implicado un «yo» para el que las cosas tienen unidad y
sentido. Las cosas no son en el vacío, sino que son siempre para “alguien”. Al
interior de los actos, el «yo puro» es lo único constante en medio del perpetuo
fluir de todo lo dado.
El problema es que, en esta segunda fase de su
análisis, Husserl introduce un supuesto que trasciende al acto como tal: la
subjetividad. Al hablar de un «yo puro» implicado en cada acto, traiciona la
consigna original de quedarse únicamente con lo dado, porque supone la
presencia de un sujeto previo a la realización de todo acto. De este modo, el
estatus de primeridad pasaría a ser adquirido por el «yo puro», en lugar de
seguir perteneciéndole al acto en cuanto acto. De ahí que al planteamiento de
Husserl A. González le dé el nombre de «idealismo trascendental». González
presume que Husserl se apresuró a introducir un sujeto trascendental en la
inmanencia del acto porque temió quedarse con una verdad primera tan efímera y
escurridiza como el perpetuo fluir de los actos. Husserl buscaba una verdad
apodíctica, necesaria, definitiva. “[...] La idea de «subjetividad» resulta
inadecuada para una filosofía radical porque, por más que se insista en que
ella acompaña todos nuestros actos, el término mismo sugiere la idea de algo
que está más allá de los mismos, pues es el sujeto que los ejecuta [...] La
verdadera fidelidad al proyecto inicial de la fenomenología hubiera consistido
en permanecer aferrados a la facticidad de nuestros actos, sin desertar del
devenir, pues justamente en el devenir es donde hemos encontrado las verdades
absolutas y primeras”[60].
Otro de los planteamientos filosóficos con intenciones
de radicalidad y universalidad que A. González toma en cuenta a la hora de
introducir su propia propuesta es el «realismo trascendental» de Xavier Zubiri.
Zubiri detecta la desviación que sufrió el análisis de los actos en manos de la
fenomenología de Husserl y decide emprender la descripción de los actos
evitando trascenderlos. En tal empresa, “Zubiri observa que en los actos hay
algo que la filosofía occidental ha pasado por alto, y esta observación
posiblemente constituye su más importante contribución a la historia del
pensamiento”[61]. Resulta
que —y esto es algo que, aunque aparenta ser sencillo, nadie había notado
antes— en los actos las cosas aparecen siempre como otras, se nos presentan
siempre como un alter con respecto
del acto mismo. “Esto es lo que Zubiri expresa diciendo que las cosas se
actualizan como siendo «de suyo», y no en función del acto”[62].
Sucede de ese modo en cualquier tipo de actos, incluso
en los sueños, fantasías o alucinaciones. Un ejemplo útil para ilustrar esto es
el que propusiera Ortega y Gasset sobre un acto alucinatorio con un toro[63].
Supongámonos en el acto presente de estar alucinando con un toro. En ese
instante, todo lo que nos suceda será totalmente independiente del hecho de que
el acto sea una alucinación o no. El caso es que nos encontramos frente a un
toro furioso al cual aprehendemos como tal, como un toro furioso, un otro
respecto de nosotros y respecto del acto en el que se nos presenta. Este
ejemplo cumple el doble propósito de ilustrar, en primer lugar, la afirmación
de que las cosas se presentan como otras, como «de suyo», en nuestros actos; y,
en segundo lugar, la afirmación de que ese presentarse las cosas en su radical
alteridad frente a nosotros es completamente independiente de la realidad de la
cosa allende nuestra aprehensión. En pocas palabras, el que la cosa se presente
en nuestros actos de aprehensión como otra no dice nada sobre la existencia de
la cosa más allá de nuestros actos aprehensivos. Y esa es una verdad primera,
originaria y previa a toda lingüisticidad.
La objeción que A. González pone a este planteamiento
es que, pese a mantenerse dentro de los límites de la verdad primera, sin salir
huyendo hacia ningún supuesto, Zubiri hace uso del término “realidad” con una
ambigüedad que resulta problemática. “Para Zubiri, la realidad no es una zona
de cosas, sino un carácter de toda cosa, tanto en la aprehensión como más allá
de la misma [...] La realidad de las cosas en la aprehensión nos invita
persistentemente a olvidarnos de nuestros actos y a sumergirnos en la realidad
de la cosa con independencia de los mismos”[64].
Por eso, en principio, es comprensible que Zubiri hable indistintamente de
«realidad» para designar tanto el carácter de «de suyo» con el que las cosas
aparecen siempre ante nosotros, como la realidad de las cosas allende a
nuestros actos de aprehensión. Las cosas se nos presentan como «reales», como
existiendo por sí mismas, con total independencia de cuánto podamos probar esa
«realidad» o esa existencia fuera de nuestra aprehensión.
Veamos por qué A. González rechaza lo que considera
una anfibología en el uso del término «realidad». Estamos en la verdad primera
de los actos. Es decir, que los actos son la verdad más radical. En el análisis
de los actos, descubrimos que las cosas se presentan siempre como otras. Esa
otredad remite a la realidad de las cosas, allende a nuestros actos. Pero una
cosa es cómo se nos presenten las cosas y otra diferente es que podamos
asegurar que las cosas existen más allá de nuestra aprehensión, por mucho que
lo primero nos empuje constantemente hacia lo segundo. A. González demanda para
la filosofía primera la necesidad de diferenciar entre la alteridad radical,
que es el modo en el que las cosas se nos presentan, y la realidad que las
cosas reclaman para sí, con independencia de que las aprehendamos o no. Si
pretendemos ser consecuentes con la afirmación de que el acto es la más radical
de las verdades, es preciso dejar muy claro que el acto es anterior a la
realidad. Que las cosas aparezcan en los actos como reales es sólo el modo de
las cosas de aparecer. Por eso, la presunta «realidad» de las cosas no puede
tener prioridad sobre el acto mismo. Las cosas podrían tener otro modo de
presentarse en nuestra aprehensión, pero la prioridad seguiría siendo siempre
para los actos y no para el modo de presentarse de las cosas.
Esta diferenciación va a caballo de la lucha por
conservar para la filosofía primera únicamente aquello que aparece en nuestros
actos: “[...] Tal como hemos señalado a propósito de Husserl, la filosofía
primera tiene que preguntarse solamente por lo que está expresa y actualmente
presente en nuestros actos, y no por lo que está implícito en ellos. De lo
contrario, estaríamos pasando de nuestros actos a sus presupuestos, con lo que
el proyecto de una filosofía como saber primero y radical habría sido
nuevamente traicionado [...] De hecho, el término «realidad» presenta las
mismas dificultades que el término «subjetividad»: ambos entrañan
constitutivamente la referencia a lo que transciende nuestros actos, ya sea el
sujeto o las cosas reales”[65].
2.1 Los
actos como punto de partida
Así pues, A. González cuestiona tanto al
«idealismo transcendental» de Husserl como al «realismo transcendental» de
Zubiri. Su propuesta va encaminada a constituir una «praxeología
transcendental»; es decir, un análisis de la praxis que se mantenga
completamente fiel a ella y se circunscriba a los límites en los que se da.
Sólo así sería posible encontrar un criterio que nos permita discriminar los
presupuestos legítimos de aquellos que deben ser eliminados. Dentro de la
propuesta praxeológica de A. González, los actos continúan siendo el punto de
partida de la filosofía primera. Pero ¿qué significa exactamente esto? ¿Cómo se
justifica la afirmación de que los actos son la verdad primera de la filosofía?
¿En qué consiste el análisis de los actos que constituyen nuestra praxis? ¿A
qué se refiere A. González cuando habla de actos?
Para empezar, hay que decir que aquí acto
no significa otra cosa que actualización de algo otro en la aprehensión. Cuando
se dice que el acto es la verdad primera de la filosofía, no se está
entendiendo verdad en el sentido de adecuación de un objeto a un sujeto. El
problema de los objetos y los sujetos trasciende la inmediatez de los actos y
nuestro autor es enfático en afirmar que precisamente de lo que se trata en
filosofía primera es de delimitar los actos, evitando saltar hacia aquello que
los trasciende.
Volvamos al ejemplo del acto de
alucinación con un toro. Desde la filosofía primera, sólo estamos autorizados
para asegurar que lo que hay en ese acto es un toro aprehendido por alguien.
Nada podemos decir a cerca de las propiedades del toro, de las propiedades de
ese alguien, de las condiciones de posibilidad de que ese alguien aprehendiera al
toro, ni de la existencia del alguien o del toro, más allá del acto en el que
el toro apareció en la aprehensión. Lo único que podemos asegurar es que hubo
un acto en el que se aprehendió un toro. Y punto.
Es tan simple como suena, porque la
verdad primera de los actos no es dual, sino simple. Nos importa el carácter
fáctico de los actos y nada más que eso. Todo lo demás trasciende el terreno
que le compete a la filosofía primera. Más aún: “toda la firmeza y la solidez
que puedan tener las verdades duales procede de la verdad simple de nuestros
actos, pues ellos son el componente básico de toda otra verdad”[66].
Los actos son el punto de partida porque
poseen la verdad simple e inmediata de los hechos. Un acto es un hecho. Y en
esa medida es indubitable, incuestionable y accesible para cualquiera.
Podríamos afirmar, con Gadamer, que es inútil buscar un fundamento último para
la filosofía, pero no podríamos negar el acto en el que se hizo tal afirmación.
Por eso la verdad de los actos no es una verdad lingüística ni proposicional.
No se trata de una proposición con intenciones de fundamentar a todas las
demás. Se trata de una verdad inmediata que admite innumerables posibilidades
de ser expresada lingüísticamente. No es que haya una única formulación que
damos por verdadera. Damos por verdadero el hecho de que nos encontramos en un
incesante fluir de actos, en el río de Heráclito en el cual no podemos bañarnos
dos veces. Y esto es independiente de qué conceptos usemos para expresar la
verdad primera que poseen los actos en su eterno fluir.
“La conceptuación de estos
actos podrá mejorar, pero no su carácter mismo de hechos. Por ello hemos de
comenzar diciendo que la justificación radical de la verdad primera está en su
carácter de hecho, en su facticidad [...] Aunque nunca podamos apresar en el
pensamiento la primordialidad de los actos pasados, nunca dejamos de movernos
en el ámbito de la facticidad primordial [...] Prescindir de lo que trasciende
nuestros actos no es prescindir de su facticidad primordial. Ella constituye el
dominio propio de la filosofía primera”[67].
A la filosofía primera le interesan los
actos en su inmediatez. Pero tiene plena conciencia de que jamás podrá capturar
la absoluta espontaneidad de un acto, pues siempre que hable de él el acto ya formará
parte del pasado. La verdad primera que constituye el punto de partida radical
de la praxeología trascendental de A. González no pretende apodicticidad;
pretende fidelidad a los actos en cuanto actos. “En sentido estricto, los actos
no son algo apodíctico ni contingente. El acto tiene una facticidad primordial,
independientemente de la pregunta si hubiera podido ser de otra manera. La
facticidad primordial se aplica a lo que no es apodícticamente necesario, pero
cuya contingencia aún no ha sido determinada. Es un puro acto y nada más”[68].
La justificación radical de los actos
como verdad primera no se encuentra, ni tiene por qué encontrarse, en su
apodicticidad. Los actos no son apodícticos, pero sí absolutos. Por eso no
necesitan mayor justificación. Los actos se justifican a sí mismos, porque no
se sostienen en ninguna otra verdad. No necesitan ninguna teoría científica,
metafísica o teológica para erigirse como actos. Simplemente se dan, son
«hechos primordiales». Está claro que nunca atraparemos la primordialidad de un
acto, pero al recordarlo, analizarlo u olvidarlo entramos a la nueva
primordialidad de los actos de rememoración, análisis u olvido. La constitutiva
facticidad de nuestros actos es algo de lo cual no podemos sustraernos. Estamos
siempre inmersos en ella.
“Como ya dijimos, los actos
son «absolutos» en el sentido de que ellos están «sueltos de» cualquier
justificación a partir de sus presupuestos [...] Estas verdades fácticas no son
verdades universales en el sentido usual del término. La verdad primera de
nuestros actos no posee la universalidad propia del concepto”[69].
Su universalidad viene de la facticidad de los actos y, en ese sentido, puede
denominarse «transcendental». No se trata, claro está, de una
transcendentalidad entitativa ni subjetiva, sino de una transcendentalidad dada
por el carácter absoluto de los actos. La verdad primera es transcendental
porque se ocupa de la ineludibilidad, absolutez, trascendentalidad y
universalidad de los actos. “La transcendentalidad de los actos consiste en que
ellos son el ámbito donde la filosofía ha de iniciar indefectiblemente el
descubrimiento de toda otra verdad [...] La filosofía primera que medita sobre
su punto de partida es una «filosofía transcendental», pues pretende situar
todas las demás verdades que nos proporcionen los demás saberes en la
perspectiva de la verdad primera con la que inicia su análisis. De esta manera
aspira a poder llevar adelante, mediante un método riguroso, la fundamentación
de todo saber y la liberación progresiva de todos los presupuestos no
justificados”[70].
En el nivel primero y radical de los
hechos simples que son los actos, la filosofía primera se ocupa de analizar
esos actos determinando lo que en ellos se presenta. No procura proporcionar
explicaciones sobre el origen, el porqué, el cómo o el para qué de los actos.
“Cuando nos situamos en el nivel de los actos, prescindimos de toda explicación
de los mismos desde instancias que los transcienden, y nos quedamos solamente
con los actos y con todo lo que en ellos se «actualiza». Los actos tienen
entonces un significado «neutral», del que hay que excluir cualquier idea de
una activación por algo o por alguien, y también todas las construcciones
metafísicas que la historia del pensamiento ha elaborado en torno a ellos”[71].
Por eso aquí no hay cabida ni para sustancias, ni para sujetos, ni para teorías
científicas, ni para idealismos, ni para intelectualismos, ni para empirismos,
ni para pragmatismos. Hablar de “las potencias, las capacidades, las neuronas,
la evolución de las especies, la estructura instintual humana o cualquier otra
intancia explicativa” nos llevaría a discursos ajenos a la problemática de la
praxeología. Ya vimos que tampoco podemos introducir en la inmanencia del acto
sujetos ni realidades, porque nos encontramos en un ámbito anterior a toda
consideración sobre el sujeto, sobre la realidad y sobre la existencia de las
cosas.
Cabe añadir que la filosofía primera no
otorga privilegios a unos actos sobre otros. Tan inmediato es el acto de
pensar, como el de recordar o de sentir. Tener una idea, un recuerdo o un miedo
tienen, desde éste punto de vista, el mismo valor de actos. No hay prioridad ni
de los actos intelectivos, ni de las impresiones, ni de ningún otro tipo de
actos. Lo que hay es un torrente de actos esencialmente abiertos que procuramos
capturar en el análisis, sabiendo que nunca lo conseguiremos del todo, porque,
una vez transcurrido, el acto pierde precisamente su actualidad y con ello su
carácter de acto. “La filosofía primera no se interesa por la metafísica de la
realidad o del conocimiento, sino solamente por el análisis de nuestros actos.
Eso sí, este análisis nos muestra que nuestros actos no son mónadas sin
ventanas sino que, por el contrario, consisten en actualizaciones constitutivamente
abiertas hacia algo otro [...] Los actos tienen, sit venia verbus, «ventanas». Además, “ellos no consisten en
sustancias, sino en simples actualizaciones de algo otro”[72].
Dicho de otro modo, a la filosofía
primera no le corresponde elaborar teorías
en torno a los actos, sino llevar a cabo el análisis
de los mismos. En la diferencia entre teoría y análisis radica la esencia de la
filosofía primera. La filosofía primera se limita a describir qué pasa en los
actos. No puede saltar hacia las posibles explicaciones de ellos. La percepción
del color blanco, es, en filosofía primera, percibir el blanco y punto. Las
explicaciones sobre las ondas electromagnéticas que hacen posibles los colores,
pueden ser todo lo sólidas y científicas que se quiera, pero no entran dentro
de la competencia de la filosofía primera, porque en los actos lo que se
percibe es el blanco y nos las ondas electromagnéticas de las que habla la
física.
“De esta diferencia fundamental entre análisis y teoría se
desprende otra diferencia ulterior, no carente de importancia. Y es que las
verdades propias del análisis alcanzan una evidencia de la que carecen las
verdades de la teoría. Se trata, claro está, de la evidencia que pueden poseer
nuestras afirmaciones sobre los actos, y no de la verdad primera de nuestros
actos [...] Las cosas actualizadas en nuestros actos exigen ciertos conceptos y
rechazan otros. En cambio, ni los fotones ni las ondas electromagnéticas poseen
tal evidencia mientras no estén actualizados en nuestros actos [...] La teoría
en su conjunto, precisamente por su objeto, nunca puede pretender la evidencia
de las afirmaciones analíticas [...] El método analítico tiene un carácter
mayeútico, porque le habla a cada interlocutor de aquello que le resulta más
inmediato: sus propios actos, no en cuanto actos de un sujeto, sino en cuanto
actos [...] La verdad simple de nuestros actos, incluso cuando la hayamos
descubierto mediante un diálogo filosófico, tiene una firmeza mayor que
cualquier verdad predicativa y que cualquier presunta condición de posibilidad
de nuestro discurso. Ello no obsta, como hemos dicho, para que la conceptuación
de esta verdad primera sea siempre susceptible de mejora, precisamente en el
transcurso del diálogo[73]”.
2.2 La
acción como sistema de actos
Una vez trazadas las coordenadas de la
filosofía primera y fijado el ámbito de los actos como el punto de partida
radical, A. González entra de lleno en el meollo del asunto, emprendiendo el
análisis de la verdad primera. En ese análisis descubre que, si bien es cierto
que el torrente de los actos humanos es inconmensurable, también lo es que
existen ciertos tipos de actos y que entre ellos se da una funcionalidad
determinada. La funcionalidad que se da entre ciertos tipos de actos es lo que
la praxeología entenderá como «acción». En lo que sigue veremos qué actos son
estos y en qué consiste el sistema en el que operan.
Hemos dicho que la filosofía primera no
sólo no privilegia a algún acto sobre otros, sino que, por el contrario, los
pone a todos en el mismo nivel. Conviene no perder esto de vista para tener
claro que el hecho de que A. González eligiera a los actos de sensación para
iniciar su análisis no significa nada en particular. Lo importante es definir
qué tipo de actos son los que conforman el sistema de la acción. Y un primer
tipo de actos son las sensaciones, entendidas como “la simple actualización de
una unidad de propiedades sensibles, con independencia de cuál sea el origen de
las mismas”[74]. Nuestras
sensaciones consisten en «sentir» las cosas. Pero este «sentir» no hace
referencia a nuestros órganos sensoriales ni al «sentido» que las cosas puedan
tener para nosotros. En este primer nivel del análisis, por un lado, estamos
obligados a renunciar a las posibles explicaciones de por qué y cómo se actualizan
las cosas en nuestros actos de sensación y, por otro, podemos prescindir del
«sentido» que les podamos dar a éstas. Sólo podemos decir que en nuestras
sensaciones se actualizan ciertos sistemas de propiedades sensibles que son las
cosas. Y es que, para los propósitos y alcances de la filosofía primera, «cosa»
equivale a un conjunto de propiedades —como extensión, rugosidad, color, etc.—
que presentan una mutua dependencia funcional[75].
En un momento ulterior del análisis habrá cabida para los actos de «percepción»
en los que esos sistemas de propiedades que son las cosas adquieren un sentido.
Pero por ahora podemos quedarnos con las sensaciones como actualizaciones de
sistemas de propiedades y nada más.
“La cosa actualizada en
nuestros actos de sensación modifica nuestro tono vital: ella nos afecta,
cambiando por ejemplo nuestro humor [...] Toda sensación entraña una
modificación del tono vital, que podemos denominar acto afectivo o,
simplemente, afección. Las cosas sentidas nos afectan. No sólo esto. Las cosas
«sentidas» y «afectantes» en nuestras sensaciones y afecciones determinan en
nosotros ciertas tendencias. Las cosas pueden resultar atrayentes o repulsivas.
A estos actos tendentes hacia las cosas o aversivos respecto a ellas los
podemos denominar actos de volición o, simplemente, «voliciones». La volición,
así entendida, entraña normalmente movimientos corporales respecto a las cosas.
De este modo, las sensaciones, con independencia del sentido que atribuyamos a
las cosas sentidas, están siempre en dependencia funcional con las afecciones y
con las voliciones [...] Las sensaciones, afecciones y voliciones constituyen
un sistema de actos, todos recíprocamente vinculados entre sí. Pues bien, a
esta dependencia funcional la podemos denominar «acción»”[76].
En este punto, resulta de suma
importancia recordar que las cosas se presentan en nuestros actos como algo
radicalmente otro con respecto a los actos mismos. Cuando escuchamos un sonido,
por ejemplo, ese sonido se nos presenta como «de-suyo», como algo completamente
independiente del hecho de que lo estemos escuchando. Tanto en nuestros actos
sensitivos, afectivos y volitivos, como en la interdependencia funcional que
entre ellos se constituye, las cosas aparecen remitiendo a sí mismas y nada más
que a ellas. Se trata de la alteridad radical como momento constitutivo de
todos los actos humanos. De hecho, desde el punto de vista de la praxeología,
es en la alteridad radical en donde se juega la diferencia entre los seres
humanos y los animales. Mientras en los animales la cadena
sensación-afección-volición está siempre fijada por las exigencias de los
instintos, en los seres humanos dicha cadena es siempre abierta, flexible y
cambiante. “La alteridad radical que aparece en nuestros actos posibilita una
gran autonomía entre los tres tipos de actos que integran la acción [...] La
acción humana es una acción abierta. Las cosas sentidas no son necesariamente
desencadenantes mecánicos de una afección o de una volición concreta”[77].
En la acción, entendida como interdependencia
funcional entre los actos de sensación, afección y volición y las cosas
—también partes constitutivas del sistema—, pueden distinguirse diferentes
aspectos. Aquí rescataremos tres que consideramos fundamentales: el personal,
el social y el moral. El carácter personal le viene dado a la acción en virtud
de la «distensión» en la que se encuentran los actos que la constituyen.
“La acción puramente
estimúlica es una acción cerrada, cuyos actos están en tensión hasta producir
una respuesta. En cambio, en la acción humana nos encontramos con una especie
de distensión entre los tres actos que la integran. Las sensaciones no están
«tensas» hasta la producción de una volición concreta, sino que están abiertas
hacia voliciones muy diversas [...] El carácter personal de nuestras acciones
consiste en su distensión, determinada por la alteridad radical que hay en sus
actos”[78].
Esta distensión está siempre presente ante sí misma. Por eso hay un acceso a la
propia distensión que es anterior a toda conciencia y a toda reflexión. Es lo
que A. González llama «intimidad». “La intimidad es un «me» primario, que no
consiste en autoposesión, sino en la inmediatez de la distensión. En la
intimidad no hay dualidad entre lo actualizado y lo que se actualiza, sino
simplemente lo personal en lo personal mismo”[79].
Las cosas «me» producen sensaciones, «me» afectan y «me» resultan
atractivas o repulsivas, con independencia de la existencia de un sujeto o de
una realidad allende a la acción.
El carácter personal está intrínsecamente
vinculado con el carácter social de la acción. La misma distensión que le
confiere a la acción un carácter personal, permite la intervención de los demás
en el transcurso de la misma. No sólo es que los demás se actualicen en
nuestros actos como otras cosas personales, independientes de mi propia
persona. Es que los demás irrumpen en nuestras acciones, incorporándose en su
estructura interna. “En esto consiste precisamente el «poder» social: en que
los demás pueden determinar el transcurso de mis acciones”[80].
Y pueden determinarlo porque, independientemente de que seamos concientes de
ello o no, los demás impiden o facilitan nuestro acceso a las cosas, del mismo
modo que nuestras acciones impiden o facilitan a los demás el acceso a ellas. A
esto es a lo que se refiere A. González cuando habla de la dimensión
«económica» de la acción.
Finalmente, tenemos el tercer aspecto a
señalar: el carácter moral de la acción. Por supuesto, Este nivel tan primario
del análisis no admitiría hablar de moral como conjunto de normas y valores. Se
trata de un plano mucho más elemental de la moral, anterior a toda teoría
ética, que consta de dos rasgos esenciales. En primer lugar, está la «libertad»
con la que cuentan todas las acciones humanas. No se está hablando aquí de si,
en última instancia, el ser humano es libre o no, pues la pregunta metafísica
por la libertad trasciende con creces el plano del análisis. Esta libertad, que
para distinguirla de aquélla, A. González denomina «liberalidad», consiste en
la apertura y distensión de la acción. “Nuestras acciones tienen un carácter
«líbero» en la medida en que, en ellas, las respuestas no están prefijadas por
las cosas que sentimos”[81].
En segundo lugar, se encuentran los «bienes» y «males»
elementales, presentes en toda acción. “En los actos de sensación, las cosas
pueden causar dolor o placer. En los actos de afección, las cosas producen
gusto o disgusto. Finalmente, en los actos de volición, las cosas son
atrayentes o, por el contrario, producen aversión. Los actos dolor, disgusto y
aversión, pueden considerarse como actos elementalmente «malos». Del mismo
modo, los actos de placer, gusto y atracción, pueden denominarse actos
elementalmente «buenos». Igualmente, las cosas, en la medida en que causan
placer, gusto y atracción, pueden calificarse como elementalmente «buenas»,
mientras que cuando producen dolor, disgusto y aversión, pueden considerarse
como elementalmente «malas» [...] Es conveniente observar que estos bienes y
males elementales pueden tener, y tienen muchas veces, una relación directa con
el carácter social de las acciones. Son los demás los que, al intervenir sobre
el transcurso de la acción, causan el placer o el dolor, el gusto o el
disgusto, la atracción o la aversión”[82].
En esa medida puede hablarse de «males» y «bienes» sociales. Asimismo, podemos
hablar de «males» y «bienes» «económicos», pues los demás interfieren
estructuralmente en nuestras acciones, facilitando o impidiendo nuestro acceso
a las cosas.
“Esta dimensión moral de las acciones nos permite una primera
clasificación de las mismas según infrinjan bienes y males elementales a los
demás. Se pueden considerar como elementalmente «buenas» aquellas acciones que
producen bienes elementales en los otros [...] Del mismo modo, se pueden
considerar como elementalmente «malas» aquellas acciones que producen males
elementales en los demás [...] Todo esto significa que el mal, como el bien, no
es algo que aparece primariamente en nuestros valores o proyectos. El mal está
ya presente, como mal elemental, en la estructura interna de las acciones. Por
ello, toda liberación del mal se ha de plantear con la misma radicalidad que
tiene el mal mismo [...] El mal no es primariamente el tema de una teoría ética
o de una filosofía de la cultura, sino que cae de lleno en los temas de la
filosofía primera, entendida como análisis de nuestros actos y de todas sus
configuraciones funcionales”[83].
Pero las configuraciones funcionales de los actos no
se agotan en el sistema de la acción. Más bien la acción pertenece a un sistema
más rico y complejo en el que, además del esquema
sensación-afección-volición-cosa, se encuentra el sentido que posee toda esta
funcionalidad. Se trata de lo que la praxeología conoce bajo el nombre de «actuación».
“Las actuaciones son, por así decirlo, acciones con sentido [...] En las
actuaciones «entendemos» el sentido de lo que hacemos. Al acto de intelección
del sentido lo podemos denominar «intención» o «entendimiento» [...] Las
acciones «puras» posiblemente consisten solamente en movimientos reflejos que
suceden en alteridad radical; la mayor parte de lo que denominamos usualmente
acciones son, en nuestra terminología, «actuaciones», porque llevan incorporado
el entendimiento de su sentido. Los actos que integran la acción están en
unidad sistemática con el acto intencional. Y en este nuevo sistema de actos
consiste la actuación”[84].
Y es que el perpetuo fluir de actos en el que
transcurre nuestra vida no es un mero caos de acciones absolutamente espontáneas
y efímeras. Es verdad que los actos que configuran la acción están distensos y
que, en esa medida, nuestras acciones son «libres» o gozan de «liberalidad»;
pero también lo es que las acciones presentes reposan sobre acciones pasadas,
constituyendo rutinas en las que las acciones quedan «fijadas» por un
determinado sentido. Lo que fija la acción humana no es, como en el caso de los
animales, la obligatoriedad de la relación estímulo-respuesta, sino las rutinas
que van moldeando el incesante torrente de actos. “Desde una acción pasada
entendemos nuestra acción presente, pues ésta aparece, por ejemplo, como la
misma acción que la que hemos realizado anteriormente. Al entender nuestra
acción presente desde otras acciones pasadas, nuestra acción presente ya no es
una pura acción, sino una actuación orientada con un sentido que la fija”[85].
Es necesario aclarar que «sentido» no significa otra
cosa que estructuración de las acciones presentes en virtud de acciones que nos
son familiares porque las hemos repetido en ocasiones anteriores, como comer,
caminar, dormir o hablar. El sentido no es un añadido que provenga de afuera de
la actuación, sino que pertenece a la estructura interna de la misma. Cuando
estamos inmersos en nuestra rutina, nos sentimos cómodos entre las cosas y no
nos detenemos a pensar en cada una de nuestras acciones. Es porque, primero,
esas acciones están fijadas por una orientación o intencionalidad y, segundo,
las cosas tienen una función para nosotros. El sentido es, sin más, la orientación
o intencionalidad de nuestras acciones y la función de las cosas en nuestra
actuación. Aprehendemos las acciones y las cosas como acciones y cosas con
sentido. Y esto es así con total independencia de la conciencia que tengamos
sobre ello. «Orientación», «intencionalidad», «fijación» y «función» no guardan
equivalencia con «conciencia». Tomemos como ejemplo la actuación de «ir al
trabajo». Para desplazarme desde mi casa hasta mi lugar de trabajo debo
ejecutar varias acciones. Todas ellas tienen sentido para mí, porque las he
ejecutado antes, independientemente de que piense en ello o no. De hecho,
cuando tomo el bus, difícilmente me doy a la tarea de pensar en las acciones de
estirar el brazo, subir la pierna, observar si hay un asiento libre, etc.
Al estructurar nuestras actuaciones, los actos
intencionales les proporcionan una orientación; es decir, las determinan. De
ahí que, en el ámbito de las actuaciones, las sensaciones dejen de ser simples
sensaciones para convertirse en «percepciones», así como las afecciones se
convierten en «emociones» y las voliciones en «deseos». Ya no estamos hablando
sólo de sistemas de propiedades actualizadas en nuestros actos, sino de
sistemas de propiedades intencionales, poseedores de un sentido que podemos
entender. Esto no quiere decir que esos sistemas de propiedades o cosas pierdan
la constitutiva alteridad radical con la que se nos presentan. Las cosas nunca
dejan de ser «otras» con respecto a nuestros actos. Esa es la razón por la cual
la fijación que las actuaciones confieren a nuestras acciones no puede ser
definitiva. El cierre de las acciones en actuaciones es siempre provisional. La
alteridad radical de las cosas hace que, no obstante la intencionalidad que las
caracteriza, las actuaciones continúen estando abiertas.
Ahora bien, tal como en el ámbito de las acciones, en
el plano de las actuaciones pueden distinguirse diferentes aspectos. Aquí nos
detendremos en los que consideramos más importantes: el carácter lingüístico,
el carácter social y el carácter moral de la actuación. En relación con el
carácter lingüístico de la actuación, hay que empezar diciendo que ya en el
análisis de las acciones A. González había encontrado un primer nivel elemental
de la comunicación, que es previo a todo lenguaje y consiste en la ineludible
injerencia de los demás en todas nuestras acciones. Ya en el terreno radical de
las acciones coincidimos con los otros y, en ese sentido, nos encontramos en
una comunicación radical con ellos.
Por supuesto, el lenguaje no se agota en esta mera
comunicación elemental. Desde el punto de vista de la praxeología, el lenguaje
es un sistema de actos de fonación que opera como un orientador por excelencia
de nuestras actuaciones. Es preciso hacer notar que el lenguaje es objeto de
interés para la filosofía primera en cuanto sistema de actos orientadores y no
en cuanto sistema de símbolos lingüísticos.
“El lenguaje no consiste primariamente en un conjunto de ideas o de
conceptos, sino en un sistema de acciones de fonación o acciones fonéticas [...]
Las fonaciones, por así decirlo, son acciones orientadoras de actuaciones. De
este modo, el lenguaje, a diferencia de otros sistemas de símbolos, está
inscrito de un modo radical en las actuaciones. Por ello es también un
candidato idóneo para orientarlas [...] En cuanto sistema de fonaciones, el
lenguaje es un modo de actualización de los demás en la estructura interna de
la propia acción. Es la constitutiva dimensión social del lenguaje. Las
acciones de fonación pueden alterar el transcurso de la propia acción con
independencia del carácter significativo que esas fonaciones puedan tener. La
dimensión social del lenguaje es incluso anterior a su carácter significativo”[86].
Y es que la lingüisticidad se halla inscrita en la
socialidad de las actuaciones. Estructuralmente hablando, mucho antes de que
exista lenguaje, los demás ya están interviniendo en nuestras actuaciones,
impidiendo o facilitando nuestro acceso a las cosas y proporcionándonos bienes
o males elementales. La injerencia de los otros en mi actuación no depende de
la previa elaboración de ningún discurso ni de la conciencia que exista sobre
esa injerencia. Antes de toda conciencia y de todo discurso los demás se
encuentran orientando y determinando nuestras actuaciones. “La socialidad de
las actuaciones no se encuentra primariamente en una comunidad que comparte las
mismas orientaciones ni los mismos símbolos. De hecho, solamente sobre una
socialidad previa de las actuaciones es posible que llegue a haber en algún
momento símbolos no sólo socialmente determinados, sino también socialmente
compartidos”[87].
Digamos que el lenguaje es el vehículo predilecto de
trasmisión de las orientaciones de la actuación. Por eso el lenguaje es
constitutivamente social, pero la socialidad es estructuralmente anterior a
todo lenguaje. La radicalidad de la socialidad proviene de la configuración que
los demás imprimen sobre nuestras actuaciones. Y esa configuración se da sin
que exista necesariamente un sistema de símbolos compartido. “Un sistema de
signos, por muy importante que sea para la sociedad, no es la sociedad misma.
La sociedad es un sistema de actuaciones, y no un sistema de signos”[88].
Lo que hace sociedad a la sociedad es la radical imbricación de las actuaciones
de todos los miembros que la conforman, no el sistema de símbolos
convencionalmente adoptados por un grupo concreto. Las actuaciones de los demás
determinan las mías, aún cuando los demás no compartan conmigo un mismo
lenguaje y viceversa. Las determinaciones económicas y el deterioro ecológico
son claros ejemplos de ello.
Todo esto tiene una relevancia especial para el
propósito de la investigación praxeológica. Es la constitutiva socialidad de
las actuaciones lo que permite a A. González hablar de «sociedad mundial». En
la actualidad, difícilmente podríamos encontrar actuaciones que no ejerzan, de
un modo u otro, influjo sobre las actuaciones de los demás. Y es que la
afirmación de que la sociedad es un sistema de actuaciones no implica una
equivalencia entre los diversos grupos sociales. Sistema significa
interdependencia entre los elementos que lo integran, no igualdad entre los
mismos. Es verdad que los grupos sociales en el mundo son muchos y muy
diversos, pero ello no obsta para que se encuentren constituyendo un solo
sistema: el sistema de la sociedad mundial.
Volviendo a nuestra exposición del
análisis de la actuación, tenemos que finalizar mencionando su carácter moral.
Recordemos que, en el carácter moral de las acciones, identificábamos bienes y
males elementales. Pues bien, en el plano de las actuaciones, el carácter moral
tiene que ver con los esquemas de orientación en virtud de los cuales
seleccionamos esos bienes y esos males elementales.
“Para esto, los esquemas
intencionales operan una selección entre los bienes y males de acuerdo con
ciertas jerarquías de preferencias. Al hacer esto, recurrimos a esquemas sobre
valores, bienes finales, deberes, normas, etc., tal como la filosofía moral
clásica ha estudiado desde múltiples perspectivas. Ahora bien, la actuación no
se evalúa según los esquemas intencionales que ha utilizado, sino según la
selección que ha operado entre los bienes y males elementales; una actuación es
buena, si de hecho opera una selección adecuada entre los bienes y males
elementales; una actuación es mala, si de hecho su selección entre bienes y
males elementales resulta inadecuada”[89].
Cuando un actor ha hecho una selección
adecuada, podemos decir que su actuación fue «virtuosa». En cambio, cuando ha
sucedido lo contrario diremos que su actuación fue «torpe». A. González
recupera de la etimología de la palabra «virtud» su connotación dinámica y
práxica. Importa que de hecho, en la praxis, se haya efectuado una selección
adecuada entre bienes y males elementales, independientemente de las «buenas
intenciones» que haya podido tener el actor al ejecutar la selección.
Por supuesto, en este punto surge la
pregunta por quién decide y con qué criterios se decide cuando una actuación es
virtuosa y cuando es torpe. Es aquí precisamente donde vienen los problemas,
porque esa decisión suele correr a cargo de las «morales concretas» de los
diferentes grupos sociales, religiones o tradiciones. Y precisamente lo que
persigue la investigación praxeológica es afianzar una verdad primera para no
tener que dejar en manos de una moral concreta la potestad de brindar
orientación a la praxis de toda la humanidad. Así pues, el análisis de las
actuaciones se muestra insuficiente para el propósito primordial de Estructuras de la praxis: ofrecer un
criterio sólido que nos permita orientar la praxis en el mundo. De ahí la
necesidad de pasar a otro estrato del análisis: el de la actividad.
2.4 Los actos racionales en
la actividad
En el capítulo sobre la actividad asistimos a la
culminación de este esbozo analítico sobre los actos y las funcionalidades que
se dan entre ellos. Al pasar del ámbito de las acciones al de las actuaciones,
vimos que las acciones pertenecían en realidad a un sistema de actos más
complejo. Pues bien, en el ámbito de la actividad accedemos finalmente al
panorama completo de funcionalidad de los actos. Este panorama pretende dar
cuenta de la estructura general de la praxis humana. Habíamos visto que, en las
actuaciones, la praxis se sirve de determinados esquemas intencionales
socialmente configurados para orientarse. Pero con frecuencia ocurre que esos
esquemas predeterminados nos presentan conflictos o nos resultan insuficientes
a la hora de orientar nuestras actuaciones. Muchas veces nos vemos obligados a
elegir entre dos o más opciones preestablecidas o a inventar nuevos esquemas de
actuación. Es entonces cuando debemos acudir a nuestros «actos intelectivos» o
«actos racionales». La integración de los actos racionales al sistema de actos
que constituye nuestra praxis marca el paso de la actuación a la actividad.
“La acción y la actuación no desaparecen en la actividad, sino que son
momentos integrantes de la misma. Sin embargo, en la actividad nos encontramos
con una nueva forma de configuración funcional de nuestros actos. Ello se debe
a que en la actividad aparecen, además de los actos que integran la acción y la
actuación, un nuevo tipo de actos. Son aquellos actos intelectivos que nos
permiten seleccionar una determinada posibilidad, desechando las otras”[90].
Para llevar a cabo tal operación, los actos racionales
buscan la explicación de lo que las cosas pudieran ser más allá de los actos
mismos. Vayamos al ejemplo que utiliza A. González: un brillo en la carretera
que se le presenta a un conductor. El conductor debe preveer si ese brillo
responde a un charco de agua o a una mancha de asfalto para poder decidir si
esquivarlo o continuar su marcha tranquilamente. Esa «previsión» es justamente
el salto desde lo actualizado en los actos hacia aquello que los trasciende.
Como ya hemos dicho, no está dado a la filosofía primera
entrar en el terreno de las explicaciones de los actos. Pero ello no obsta para
que desde la filosofía primera se pueda afirmar que los actos racionales
consisten en la búsqueda de lo que las cosas son con independencia de nuestros
actos. Desde la perspectiva praxeológica, la actividad se define como
“apropiación de una determinada posibilidad de actuación” y la razón consiste
en la persecución del fundamento «real» de las cosas. De acuerdo a lo que
intelijamos que sea la realidad de las cosas, nos apropiamos de determinada
posibilidad. Es decir, actuamos. “Podemos decir que los actos racionales
consisten en un dinamismo que, partiendo de todo lo actualizado en nuestros
actos, se pregunta por su fundamento real y, a partir de ese fundamento,
explica lo que hay actualizado en nuestros actos. Si al conjunto de cosas tal
como son con independencia de nuestros actos lo llamamos «mundo», habría que
decir que los actos racionales, partiendo de las redes accionales y de las
situaciones actuacionales, buscan su fundamento en el mundo, para así
explicarlas y comprenderlas”[91].
“Aquí nos aparece entonces la «realidad» en sentido propio [...] La
alteridad se ha hecho máxima: ya no se trata de un carácter propio de las cosas
en nuestros actos, sino de aquello que las cosas puedan ser con independencia
de todo acto. Es una alteridad «real», que no acontece en nuestros actos, sino
más allá de los mismos. A esta alteridad la podemos denominar simplemente
«realidad». La realidad no es una alteridad en un acto o respecto a un acto,
sino la alteridad de lo que las cosas sean con independencia de nuestros actos.
De esta manera, es obvio que la alteridad radical nos remite a la realidad.
Pero también es claro que la alteridad radical no se identifica con la
realidad”[92].
Una vez más, en el análisis de la actividad, nuestro
autor encuentra diferentes rasgos. Aquí nos detendremos en tres de ellos: el
carácter histórico, la actividad científica y, por supuesto, el carácter ético
de la actividad. Vimos que la actividad se define como el sistema de actos
mediante el cual nos apropiamos de ciertas posibilidades y desechamos otras.
Dada la constitutiva socialidad de nuestra praxis, esa apropiación y desecho de
posibilidades es radicalmente social. Las posibilidades de las que puedo apropiarme
o dejarme de apropiar están determinadas por los demás. Asimismo, mi
apropiación o desecho de ciertas posibilidades determina las posibilidades de
apropiación de otros. Pero aún hay más. Esta apropiación y desecho de
posibilidades puede darse, y se da de hecho, colectivamente. Valga el ejemplo
de la elección de determinado candidato para un cargo público.
“Las posibilidades apropiadas colectivamente determinarán no sólo las
futuras actuaciones individuales, sino las actuaciones de todo el grupo [...]
Esta determinación de las propias posibilidades por los otros y esta
apropiación colectiva de posibilidades constituyen las dos dimensiones de la
«historicidad» [...] Cada posibilidad apropiada socialmente es principio de
nuevas posibilidades. A este dinamismo de apropiación de posibilidades es a lo
que se puede llamar «historia». La historia es un dinamismo social de
posibilidades. En la historia, el poder social es un poder de posibilitación”[93].
Esta concepción de la actividad histórica como
dinamismo social de apropiación de posibilidades permite a A. González refutar
la equivalencia entre historia y comprensión que sostuviera la hermenéutica
filosófica de Gadamer. “La reducción de la historia al lenguaje solamente es
posible en virtud del presupuesto de la hermenéutica filosófica según el cual
la esencia de la realidad humana consiste en lenguaje [...] Ciertamente, los
actos racionales pueden estructurarse lingüísticamente. Pero ello no quiere
decir en modo alguno que la historia sea un proceso lingüístico. La historia,
desde el punto de vista de la filosofía primera, es un carácter de la actividad
humana y de los actos racionales que la organizan. El lenguaje atañe a la
historia solamente en la medida en que participa de la historicidad propia de
la actividad”[94].
En segundo lugar, debemos volver la vista sobre un
aspecto especial de la actividad: el quehacer científico. En el mundo moderno,
colmado de propuestas, consignas, promesas de salvación y una amplísima gama de
culturas, sectas y mezclas de tradiciones, quizás el discurso científico es el
que goza de mayor aceptación generalizada y consenso. Las ciencias, y el
desarrollo tecnológico que ha venido con ellas, constantemente demarcan los
cauces por los que fluye el dinamismo histórico. En términos de la praxeología,
puede decirse que la ciencia y la técnica, en cuanto constantes creadores de
esquemas intencionales, ocupan un lugar privilegiado entre los factores que
determinan la praxis humana en la actualidad. Esta es la razón por la que, sin
pretender transcender los límites de la filosofía primera, la actividad
científica no podía ser soslayada en este análisis de los actos.
La ciencia es precisamente producto de los actos
racionales; es, por decirlo así, un resultado por excelencia de la búsqueda de
la realidad de las cosas allende nuestros actos.
“A partir de la insuficiencia de los esquemas intencionales, los actos
racionales postulan lo que las cosas podrían ser con independencia de nuestros
actos. Es el momento más creativo e innovador de la ciencia. Los postulados
elaborados por la razón científica suelen denominarse «hipótesis». Las
hipótesis han de formularse de modo que los hechos se puedan explicar a partir
de lo hipotéticamente esbozado [...] Obviamente, estos hechos no son «hechos
primordiales», sino «hechos científicos», y por lo tanto están ya referidos a
un sistema conceptual. De ahí que los resultados experimentales nunca sean
definitivos. Sin embargo, ellos son los que determinan, aunque sea de un modo
provisional, la aceptación o el rechazo de lo formulado en una hipótesis. Las
hipótesis, una vez aceptadas, se convierten en esquemas intencionales desde los
cuales se entienden y se fijan los hechos científicos [...] Todo esto le
confiere a la actividad científica una constitutiva historicidad”[95].
Vimos que la historicidad es el carácter de la
actividad que consiste en la apropiación, constitutivamente social, de ciertas
posibilidades. La ciencia, antes que cualquier otra cosa, es una de actividad
humana y, en tanto tal, no puede escapar de la historicidad que le es inherente
a toda actividad: también en el quehacer científico la apropiación de ciertas
posibilidades determina la apropiación de posibilidades futuras.
Y finalmente llegamos a lo que podríamos considerar la
meta de esta investigación: el análisis del carácter ético de la actividad.
Obviamente, en un trabajo que tiene por objeto fundamentar una verdad primera
que permita orientar la praxis humana en el mundo, las consideraciones sobre la
ética ocupan un lugar privilegiado. No se trata de que los actos racionales,
por derivarse de ellos el carácter ético, adquieran prioridad sobre el resto de
actos. Ya hemos visto que en el planteamiento praxeológico todos los actos
humanos importan únicamente en cuanto actos y, por ende, ninguno tiene
prioridad sobre los demás. Lo que pasa es que, como lo mencionamos al principio
de esta síntesis de la obra de A. González, Estructuras
de la praxis responde a una preocupación eminentemente ética, que es la que
nos interesa recuperar aquí.
Esto no quiere decir que los resultados
del análisis de los actos sólo pueda decantarse hacia el terreno de la
filosofía moral. Precisamente por haber dejado esbozados los aspectos
estructurales de la praxis humana, la filosofía primera de A. González no sólo
está capacitada para fundamentar una ética, sino que podría constituir el punto
de partida para una metafísica, una ontología, una teoría del conocimiento o
epistemología, una filosofía de las ciencias y cualquier otra «filosofía
segunda». De hecho, en este resumen hemos tenido que soslayar aspectos de mucha
relevancia en la investigación de los actos y sus funcionalidades, tales como
el carácter personal en la actuación y en la actividad; el carácter verdadero
específico de las acciones, las actuaciones y las actividades; y el carácter
creativo de la actividad, entre otros. Tal reducción se ha hecho con el fin de
capturar sólo aquellos rasgos que consideramos indispensables para comprender
en qué consiste la «praxeología transcendental» y cómo es que ella podría
llevarnos a una fundamentación de la ética.
Es importante enfatizar que, por su pretensión de dar
cuenta de la estructura general de la praxis humana, esta investigación es
relevante para todos los aspectos que la componen y que, como sabemos, no se reducen
a la ética. Pero en este trabajo nos interesa la praxeología por la radicalidad
y convencimiento con los que emprende la tarea de fundamentar la ética, a
partir de una verdad trascendental, absoluta y accesible para cualquiera, que
brinde criterios para orientar la praxis de todos los seres humanos, más allá
de toda tradición, toda nación y todo credo. Por esa razón nos interesa de
manera especial la descripción del carácter ético de la actividad con el que A.
González pone fin a su análisis.
Antes de plantear su propia propuesta ética, González
se detiene a refutar las tesis de distintas corrientes de pensamiento que se
ocupan de la ética sin poder llegar a una verdadera fundamentación de la misma.
Aquí nos detendremos someramente en su dialogo con uno de los mayores
representantes de las éticas del discurso, acreedoras de gran reconocimiento y
prestigio en el mundo académico contemporáneo: Otto Apel. A diferencia de las
posturas que renuncian de entrada a la búsqueda de una fundamentación de la ética,
declarando sin suficiente contundencia que llegar a tal fundamentación es
imposible, Apel se lanza a la tarea de fundamentar criterios éticos apelando a
las condiciones de posibilidad del discurso. “Se trata, por tanto, de un
auténtico transcendentalismo kantiano formulado en términos, no de conciencia,
sino de lenguaje”[96].
Apel defiende la ya famosa «comunidad ideal de
comunicación», que presupone el compromiso de todo dialogante a llegar a la
verdad. Desde esta perspectiva, quien ingresa a una comunidad discursiva acepta
implícitamente la norma elemental del diálogo, en virtud de la cual la verdad
debe alcanzarse mediante argumentos. El escéptico moral que pretende argumentar
sobre su escepticismo cae en una «contradicción preformativa», pues al afirmar
que ninguna verdad es segura está buscando la veracidad de su afirmación.
“A esta comunidad ideal de comunicación pertenecerían todos los seres
dotados de competencia lingüística, pues ellos son interlocutores potenciales
cuyas posibles aportaciones no pueden excluirse en una auténtica argumentación.
De este modo, Apel esboza una fundamentación transcendental de la ética,
dirigida al diálogo y al consenso en la justificación de las normas concretas,
y abierta universalmente no sólo a la perspectiva de todos los miembros
lingüísticamente competentes de la humanidad actual, sino también a las
generaciones venideras, pues también sus miembros pertenecen, en cuanto
interlocutores virtuales, a la comunidad ideal de comunicación”[97].
Salta a la vista que en este planteamiento Apel da por
supuesto, sin una radical fundamentación, las condiciones de posibilidad de
todo discurso. Partir de dicho supuesto, sin más, lo lleva a distanciarse
enormemente de otras posiciones incluso en el marco de las mismas éticas. La «comunidad
ideal de comunicación», a diferencia de los actos de los que se ocupa la
filosofía primera, no es evidente. Por eso resulta problemática. Además de
partir de un supuesto teórico, carente de la inmediatez de los hechos, la
propuesta de Apel presupone —sin suficiente demostración— un interés ético en
todo acto lingüístico. El diálogo no implica necesariamente intenciones de
autenticidad y honestidad. No sólo podemos utilizar el diálogo para mentir o
dañar a los otros, sino que podríamos también rehusarnos a todo diálogo. Así
las cosas, el problema de las éticas discursivas no consiste únicamente en que
su punto de partida se ubique más allá de la inmediatez de los actos ni en que
no se logre demostrar las intenciones éticas de todo diálogo. Es que, aún más
grave que eso, el diálogo puede entrañar, y de hecho entraña muchas veces,
pretensiones anti éticas.
Así las cosas, se impone la pregunta, ¿habrá alguna
forma de salir del atolladero al que parecen abocarnos las inconsistencias de
ciertas pretensiones fallidas de fundamentación? El apartado “Fundamentación
«fáctica» de la ética” de Estructuras de
la praxis constituye precisamente la ruta hacia una posible salida.
Habíamos visto que en la actuación opera una selección de bienes y males
elementales, de acuerdo a determinados esquemas de orientación. En la actividad
nos encontramos con situaciones problemáticas que nos impelen a pensar en lo
que las cosas pueden ser más allá de nuestros actos, bien sea para apropiarnos
de una posibilidad determinada o para crear nuevos esquemas orientadores. En el
ámbito moral, esto significa que, aunque la mayor parte de nuestro diario vivir
se guíe de acuerdo a una «moral concreta», en muchas ocasiones esa moral se
muestra insuficiente para orientar nuestras actuaciones, obligándonos a acudir
a nuestros actos racionales.
La propia obra Estructuras
de la praxis ilustra muy bien este hecho: ante la evidencia de que ninguna
de las morales concretas existentes en el mundo está capacitada para orientar
la praxis de toda la humanidad, A. González emprende la búsqueda del fundamento
de todo lo moral. En esa búsqueda de fundamentación consiste la ética. Por eso,
en el ámbito de la actividad ya no hablamos de moral, sino de ética. Ahora
bien, ¿a qué se refiere A. González con «fundamentación fáctica de la ética»?
Es lo que veremos a continuación.
“Para la razón, todos mis bienes elementales y mis virtudes están
situados junto a los otros muchos bienes y virtudes de las demás personas. Lo
propio de la razón consiste, por tanto, en un permanente transcender los
propios intereses y criterios morales para situarlos entre los demás intereses
y criterios del mundo. La fundamentación de la ética, así entendida, parte de
las dimensiones morales de nuestras acciones y actuaciones, y no de un
formalismo abstracto [...] Para fundamentar la ética no apelamos a algún
elemento de la realidad, sino simplemente a la estructura del acto racional.
Por eso esta fundamentación se mueve dentro del ámbito de la filosofía primera.
La estructura del acto racional, en la medida en que pertenece al acto mismo,
tiene indudablemente el carácter de un hecho primordial. El hecho moral, en
cuanto hecho primordial, está dotado de verdad simple: es la verdad primera del
acto mismo. Este hecho primordial es un «hecho de la razón», porque no consiste
en otra cosa que en la estructura misma de los actos racionales. Por eso, la
verdad simple de los actos racionales es una verdad accesible a todo ser
racional. El hecho moral no es, entonces, un oscuro concepto de especulación
metafísica, sino un hecho primordial que cae legítimamente dentro del marco de
la filosofía primera[98]”.
Todo esto significa, ni más ni menos, que la moral
pertenece intrínsecamente a la estructura de la razón. En pocas palabras, no
hay razón sin moral. Y esa pertenencia intrínseca de la moral a la razón les
confiere a los hechos morales las mismas características que a los hechos
racionales. Los hechos morales son, por una parte, absolutos, porque no penden
de ninguna instancia allende a sí mismos, y, por otra, trascendentales, en el
sentido de que pertenecen a la estructura de la praxis de todo ser racional,
son ineludibles para toda racionalidad. Se puede rechazar la obligación ética,
pero con ello no se estaría haciendo otra cosa que rechazar la racionalidad
misma.
Por otra parte, los hechos morales presentan unos
rasgos propios. “En primer lugar, los actos racionales tienen, en el ámbito de
la ética, un carácter «igualitario». Al considerar mis bienes y virtudes desde
la realidad, los sitúo en el mismo nivel que los bienes y virtudes de los
demás. Todos son bienes y virtudes particulares, entre otros bienes y virtudes
particulares [...] Todos están situados en el mismo plano y tienen en principio
la misma importancia”[99],
sin que exista privilegio de los míos sobre los de los demás o viceversa. En
segundo lugar, los actos racionales son «interpersonales». “Lo propio de la
razón consiste en transcender nuestros esquemas intencionales para ir
ampliándolos y enriqueciéndolos progresivamente. De este modo, la razón va
ampliando también nuestras posibilidades de ponernos en la perspectiva de los
demás”[100]. Ya en el
contexto de las actuaciones había mencionado A. González que este poder ponerse
en el lugar del otro constituye la más alta forma de auto conocimiento.
En tercer lugar, los actos racionales tienen
pretensiones de «universalidad». “No se trata de universalizar máximas, sino
solamente de preguntarse qué actuaciones podrían ser ejecutadas por cualquiera
sin dañar a los otros. Por eso, el universalismo de los actos racionales es
compatible con un amplio margen de tolerancia para las actuaciones que cada
grupo social considere como virtuosas, siempre que ellas puedan ser asumidas
por cualquiera sin destruir los bienes y virtudes de los otros”[101].
“El igualitarismo, el interpersonalismo y el universalismo pueden ser
subsumidos en el concepto de «justicia», que de este modo cobraría tanto
matices helénicos (justicia como equidad), como matices semíticos (la justicia
como relación personal). Si el dinamismo propio de los actos racionales nos
conduce a estructurar nuestra actividad según los principios de la justicia,
podemos decir que esta fundamentación fáctica de la ética apunta a una ética formal de la justicia. Se trata,
indudablemente de una ética formal, pues no proporciona un sistema de
contenidos morales concretos, sino más bien los criterios para obtenerlos [...]
Una orientación exhaustiva de la actividad humana en el mundo requiere de
desarrollos concretos de la filosofía, más allá de los problemas concretos de
fundamentación. Estas páginas solamente querían esbozar los principios de esa
orientación”[102].
La praxeología trascendental de A. González termina
apostándole a aquella intuición kantiana que consideraba a la moral como un hecho
propio de la razón. Desde luego, lo hace desde un punto de partida de raigambre
zubiriana y no kantiana. Ese punto de partida es, como vimos, la verdad primera
de los actos. Una verdad no lingüística, anterior a toda tradición y a toda
comprensión. En ella encontraríamos el criterio para discernir entre los
presupuestos legítimos y los ilegítimos, discernimiento del cual la
hermenéutica filosófica claudica de entrada. La praxeología no niega los
momentos de verdad de la hermenéutica, sino que pretende haber alcanzado un
plano más radical que el del lenguaje y la comprensión humanas. Con ello
negaría, eso sí, la imposibilidad de fundamentación que se desprende de las
consideraciones hermenéuticas.
Y es que una verdad primera nos capacitaría para
romper el círculo hermenéutico y poner a dialogar a todas las tradiciones que
lo constituyen sobre la base de una certeza primigenia, más honda y radical que
el lenguaje mismo. Eso nos salvaría de tener que esperar a que, en el diálogo,
los interlocutores efectivamente acepten que “el otro puede tener razón” y
decidan prestarle oídos. Si nos atenemos a la verdad primera antes de apurar el
análisis de las condiciones de posibilidad del diálogo, obtendríamos desde el
principio un resquicio de consenso, por muy mínimo que este sea.
La razón ya no quedaría atrapada dentro de los límites
de un determinado sistema de símbolos, sino que estaría constitutivamente
vertida hacia la búsqueda de todo fundamento. Así, ya no quedaría a merced de
las voces del pasado ni tendría que contentarse con lograr interpretaciones
correctas de la tradición. Por mucho que Gadamer defienda el carácter
eminentemente racional de la conservación de lo antiguo y por mucho que
tengamos que aceptar nuestro estar determinados por un pasado, lo cierto es que
encerrar a la razón dentro del marco del logos, más que ofrecerle salidas,
parece asfixiarla. Por el contrario, la razón crítica, inquieta y creativa de
la praxeología nos abre a toda una infinidad de nuevas posibilidades de las que
podríamos apropiarnos.
Ahora bien, por muchas bondades que ofrezca el
análisis de los actos que estructuran la praxis humana ofrecido por A. González
¿podemos aceptar sin más las tesis de la «praxeología trascendental»? Es una de
las preguntas que orientará la última parte de este trabajo.
1.
El problema de la
fundamentación
En su tesis
doctoral y en su artículo “La verdad primera. En torno a la filosofía primera
de A. González”, Jordi Corominas expresa con gran claridad los problemas
filosóficos a los que suele enfrentarse la fundamentación de la ética. Sin
aspirar, ni mucho menos, a tratar esta cuestión con todo el rigor que
imprimieron sobre ella las consideraciones de Corominas —específicamente a la
hora de esbozar su ética primera de la mano de la filosofía primera de Zubiri—,
nos basta con poner de manifiesto que no es gratuito el hecho de que el
proyecto de llevar a cabo una fundamentación filosófica encuentre tantos y tan
aguerridos adversarios.
Un primer obstáculo
que podríamos observar a la hora de hablar de fundamentación se refiere a la
palabra misma. ¿Qué significa «fundamentación»? ¿Qué entienden las escuelas
filosóficas bajo ese concepto? ¿A qué nos referimos aquí cuando hablamos de
«fundamentación»? Corominas llama la atención sobre la ambigüedad en la que se
suele incurrir al considerar el asunto de la fundamentación. “Así, por ejemplo,
mientras unos hablarán de que en Heidegger no hay una fundamentación de la
ética, otros señalarán que hay una fundamentación más originaria y radical que
la propia de las éticas humanísticas [...] Mientras que algunas escuelas como
la neokantiana entienden por fundamentación ética encontrar un criterio
universal y mínimamente válido para cualquiera para orientar la acción, otras
escuelas, como las comunitaristas, pragmáticas y analíticas, entienden que la
renuncia a toda fundamentación universal de la ética no es una renuncia a todo
intento de fundamentación. El intento de pensar sin fundamentos constituye a
menudo una crítica contra programas de fundamentación ’duros’, pero no contra
todo tipo de fundamentación posible”[103].
Así, podríamos continuar enumerando diferentes concepciones de fundamentación.
Es evidente que de lo que se entienda como «fundamento»
dependerá la defensa o rechazo de la posibilidad de fundamentar la filosofía,
los demás saberes y todas las acciones humanas. Por eso es de especial
importancia clarificar la noción de fundamentación que aquí estamos adoptando:
una cosa es el fundamento como sustrato de todo lo real y otra el fundamento
como hallazgo de una verdad primera, radical y accesible para cualquiera,
independientemente de la religión, la cultura o la moral concreta a la que se
adscriba.
Quizá la fácil
asociación entre «fundamento» y verdad apodíctica, necesaria e inmutable sea
responsabilidad de Husserl, quien, habiendo emprendido el proyecto de encontrar
una verdad primera para fundamentar la praxis, no pudo sostenerlo en pie y, por
el contrario, terminó por refugiarse en los brazos de una presunta apodicticidad
del sujeto.
Pero ya vimos,
de la mano de A. González, que la verdad primera no es, ni tiene por qué ser,
apodíctica y que la filosofía primera, lejos de aspirar a encontrar una verdad
eterna y estática, se da por bien servida con un mínimo criterio seguro que le
permita medir con el mismo rasero a todos los presupuestos con los que los
seres humanos se entienden a sí mismos. A esto último es a lo que aquí llamamos
«fundamentación». La verdad primera no pretende ser una última verdad metafísica
sostenedora de todo lo real. Si la filosofía primera se arriesga a defender sus
pretensiones de fundamentación es porque el análisis de esta verdad originaria
se limita estrictamente a lo dado en los actos y se cuida mucho de no
deslizarse hacia el resbaloso territorio de las explicaciones de las cosas
allende nuestra aprehensión.
Dentro de este
marco de reflexión, no se puede dejar de mencionar el muy comprensible
escepticismo que despierta la existencia de una gran diversidad de verdades
primeras que no han rendido los frutos esperados. Aparentemente, el sólo hecho
de tal diversidad debería bastar para claudicar del esfuerzo de buscarla[104].
No obstante, A. González revierte esta objeción argumentado que la no
consolidación de una verdad primera en el pasado no es razón suficiente para
demostrar su imposibilidad en el futuro.
Por otra parte,
“es posible argüir que una fundamentación primera de la ética podrá parecer
débil o insuficiente en comparación con una fundamentación racional de índole
antropológica o metafísica, pero tiene la fuerza filosófica de los hechos
mismos. La ética primera no tiene necesidad ni de crear transmundos, ni de
introducir subrepticiamente en el principio aquello a lo que queríamos llegar,
ni de la precipitación y la angustia que supone en filosofía querer llegar a
toda costa, caiga quien caiga y aunque perezca en el intento la misma
filosofía, a apuntalar unos valores. La filosofía primera prefiere un grano de
verdad a una cosecha de ilusiones”[105].
Corominas
coincide con A. González en que muchas de las posiciones intelectuales que
niegan de entrada la posibilidad de una verdad primera fundante y accesible
para todos, curiosamente, tienden a justificar e incluso legitimar la extrema
fragmentación, exclusión e inequidad propias del mundo moderno.
Ahora bien, sin
negar que ciertas posturas, como la hermenéutica, la posmoderna y la
pragmática, podrían entrañar un interés velado por mantener las cosas tal como
están, pienso que, en el terreno estrictamente filosófico, tanta cautela con
respecto a buscar un criterio razonable, universal y transcendental tiene que
ver con el resquebrajamiento de la razón ilustrada, tan ampliamente abordado y
explicitado. No hay que olvidar que algunas de las protestas en contra de la
verdad primera provienen de las filosofías de la liberación, las cuales ven en
la búsqueda de un fundamento universal nada menos que un etnocentrismo velado
que despierta también serias sospechas.
Pero podría
suceder que denostar la razón instrumental no tenga que llevar necesariamente a
renunciar a la razón. Se trataría, más bien, como ya ha sido recalcado en
varias oportunidades, de replantear la propia conceptuación filosófica de
razón. De hecho, todo planteamiento filosófico genuino, es decir, con
pretensiones de radicalidad, entraña un concepto propio de razón. Por supuesto,
ni la hermenéutica ni la praxeología son la excepción. Todo lo contrario, las
nociones de razón en cada una de ellas se encuentran íntimamente ligadas a la
defensa o rechazo de la posibilidad de una fundamentación ética. Lo veremos con
un poco de detenimiento en los siguientes apartados.
Antes de pasar a
ellos, consideramos prudente recuperar el recuento emprendido por Corominas de
los beneficios que supondría la conquista filosófica de una verdad originaria y
radical.
“El acceso a toda verdad
primera fuera de toda duda y asequible para cualquiera más allá de s cultura,
tradición y religión tendría incuestionablemente un gran valor. En primer lugar
por su interés crítico y gnoseológico. Nos podríamos hacer fuertes en algo más
que en un nuevo punto de vista, en algo que no es una interpretación más. El
escepticismo al que nos inclina la enorme diversidad y disparidad de teorías
epistemológicas y metafísicas no podría ser absoluto y aunque, como todo conocimiento,
sería siempre susceptible de utilización ideológica, en la persecución y
delimitación de esta verdad primera nos hallaríamos ante el conocimiento menos
ideológico posible del que se puedan derivar nuestros intereses más inmediatos.
En segundo lugar, poseería una gran relevancia ética y política. La
fundamentación de los valores éticos no dependería en último término de los
poderes de turno ni de las teorías antropológicas, biológicas o cosmológicas,
siempre provisionales y discutibles. No nos veríamos forzados a realizar
continuas extrapolaciones éticas de los conocimientos científicos. Y hallar una
universalidad elemental sería altamente incómodo para el actual orden mundial.
En el orden vigente es decisivo mantener una fragmentación política y cultural
que legitime las vastas disparidades económicas y jurídicas. Una verdad primera
nos permitiría un genuino diálogo intercultural y un talante vigoroso para
enfrentar la enormidad de los problemas planteados en nuestra época
(económicos, políticos, ecológicos, bioéticos, tecnológicos, culturales, de
género) sin aferrarse inmediatamente a los dogmas, a las tradiciones de cada
cual y sin esperar la definitiva imposición de mundial de la cultura occidental
como única condición de posibilidad para el acuerdo entre todos los seres
humanos. En tercer lugar detentaría un gran valor por sí mismo. En este intento
la filosofía sería máximamente fiel a sí misma. El acceso a una verdad primera
realizaría de algún modo todos los ideales y anhelos que ha expresado la filosofía
desde sus orígenes. No sería necesaria la ‘reconversión’ de la filosofía, su
disolución en un discurso literario, estético o moralista, ante la ausencia de
objeto y el fracaso en la obtención de resultados”[106].
La cuestión es,
como el mismo Corominas lo señala, si acceder a tal verdad primera es posible.
2.
Objeciones a la hermenéutica
filosófica
Como tuvimos
oportunidad de observar con un poco de detenimiento, la hermenéutica filosófica
es un pensamiento lo suficientemente sólido como para no poder ser dejado de
lado. Hoy en día, sería poco menos que estéril hablar de filosofía sin tomar en
cuenta las agudas consideraciones de Gadamer con respecto a la imbricación de
la tradición en nuestro diario vivir y a lo imprescindible del lenguaje en
nuestras posibilidades de comprender el mundo. También resultaría grotescamente
ingenuo negarse a aceptar que los prejuicios atraviesan siempre nuestro modo de
aproximarnos a las cosas y que ellos constituyen una condición de posibilidad
privilegiada de intelección de ellas.
No obstante, todas las agudezas del planteamiento
hermenéutico no bastan para demostrar la imposibilidad de una verdad primera
que funde todas las demás verdades. A. González denuncia el hecho de que, pese
a afirmar la existencia de presupuestos legítimos e ilegítimos, en ningún
momento de sus consideraciones Gadamer propone un criterio que sirva para
discernir unos de otros. Y es apenas lógico, porque si Gadamer pretende ser
consecuente con su afirmación de que no existe más verdad que la contenida en
la tradición y en el lenguaje, inexorablemente lastrado con el cúmulo de
presupuestos de la historia, ¿en dónde cabría buscar un criterio de
discernimiento entre los presupuestos que hemos de aceptar y los que no?
Ateniéndonos a la lógica de la filosofía hermenéutica, cualquier criterio de
discernimiento tendría que circunscribirse al marco lingüístico y estaría por
ello impregnado de prejuicios. Entonces este criterio necesitaría a su vez de
otro criterio. Y así, en una progresión ad
infinitum.
A. González recuerda que, dentro de la hermenéutica, “los
presupuestos, por estar incrustados en nuestro lenguaje, permanecen invisibles
durante generaciones enteras. Cuando se hacen visibles es precisamente cuando
presentan dificultades para orientar el progreso de una disciplina y se
comienza a plantear la posibilidad y la necesidad de su supresión. No obstante,
cuando criticamos un presupuesto podemos estar cargando con otros muchos que
permanecen ocultos en el lenguaje mismo con el que hacemos nuestras críticas.
Ante esta situación, la hermenéutica filosófica entiende que no hay otro modo
de discernir entre los presupuestos legítimos e ilegítimos que entregarse a la
historia misma de la experiencia hermenéutica. Ella consiste en un círculo en
el que la tradición es interpretada por la tradición misma. En el proceso
incesante de recepción de las tradiciones, unos presupuestos van siendo
paulatinamente detectados y eliminados, mientras que otros se mantienen por
resultar productivos para la comprensión. Por ello tendríamos que esperar a un
hipotético final de la historia para descubrir entonces qué presupuestos han
sido considerados finalmente como legítimos”[107].
El problema con
Gadamer es que ni siquiera se plantea la posibilidad de que la esencia de la
realidad humana no sea lingüística. Con ello renuncia desde el principio a la
posibilidad de encontrar un criterio allende al lenguaje con el que valorar los
presupuestos y las acciones de los seres humanos y nos arroja de lleno a manos
del relativismo. Pero ¿qué pasaría si en la búsqueda de lo más propio de lo
humano, encontráramos una verdad más honda y radical que la verdad del
lenguaje? Esta es justamente la apuesta de la filosofía primera de A. González
y en ello consiste su crítica a la filosofía hermenéutica. Si bien es cierto
que estamos abocados al lenguaje y que, por ende, debemos aceptar que él lleva
siempre consigo presupuestos que posibilitan nuestra comprensión, ello no nos
obliga a admitir la ineludibilidad y productividad de la totalidad de ellos.
Hasta el mismo Gadamer reconoce la ilegitimidad de ciertos prejuicios, aunque
las rutas de su pensamiento terminen por atraparlo en la aceptación resignada
tanto de los prejuicios productivos, como de los inútiles o nocivos.
Tal y como Gadamer acusa a la Ilustración de haber dado
origen al “prejuicio contra todo prejuicio”, a Gadamer podríamos acusarlo de
defender un “prejuicio a favor de los prejuicios”, que se afirma sin más, sin
haber sido radicalmente justificado. En ese sentido, la razón comprensiva,
lingüística y siempre huésped de la tradición postulada por la hermenéutica
filosófica se muestra decididamente acomodaticia y conforme, en relación con la
razón crítica e inquieta descrita por A. González en su análisis de los actos.
Cabe terminar con una frase de Corominas que resume bien
los aciertos y desaciertos del planteamiento hermenéutico.
“A la tradición hermenéutica
se le concede que siempre utilizamos un lenguaje y que en este lenguaje habrá
siempre presupuestos. Que es imposible acceder a una razón absoluta y a alguna
situación de completa falta de presupuestos. Que lo más esencial del prejuicio
es que nos esté determinando sin que nos demos cuenta, y que por tanto están
siempre latentes aun en la situación más desprejuiciada concebible. Pero se
rechaza también el dogmatismo de la hermenéutica y se la rechaza justamente no
desde los dogmas de otra tradición filosófica sino desde una posición que
pretende ser radicalmente antidogmática”[108].
3.
Objeciones a la praxeología
trascendental
La lógica de la argumentación de Antonio González parece impecable. Estructuras de la praxis lleva al lector por una senda fiel al clásico anhelo de la filosofía en la que cada afirmación debe ir conquistando paso a paso su propio suelo. A diferencia de Verdad y Método, en donde Gadamer se detiene en extensos rodeos eruditos antes de llegar al meollo de su planteamiento, la filosofía primera de A. González va directo al grano. La cuestión es afrontar con toda radicalidad la pregunta por la posibilidad de una verdad primera fundamentadora del resto de las verdades y, especialmente, de una verdad ética trascendental.
Pero ¿qué tanto lo consigue? Es lo que hemos de considerar en este apartado. Una primera observación en contra de la praxeología trascendental es la que ya señalara Nietzsche y recordara Adela Cortina sobre la trampa en la que incurren las filosofías al introducir en el punto de partida el mismo punto de llegada[109]. El peligro que se vislumbra es que la declaración de un interés previo lastre todo el desarrollo de la argumentación, de modo que los problemas ya no serían abordados desde la mera intención de llegar a la verdad, sino que se verían forzados a responder a una expectativa preestablecida. La incursión en esta trampa despierta la sospecha de que los autores, lejos de entregarse a la búsqueda desinteresada de la verdad, pretendan servirse de la filosofía para defender sus ideologías, sus simpatías o sus convicciones personales.
Este parece ser el caso de muchos planteamientos “filosóficos” en la actualidad, pero no el de la filosofía primera de A. González. De ello da fe la pretensión originaria y radical de su praxeología trascendental. No se ve en qué sentido asumir los actos como punto de partida y analizar los sistemas en los que constituyen la acción, la actuación y la actividad, posea, en sí mismo, un interés allende al análisis de la estructura de la praxis humana. El análisis de los actos emprendido por la praxeología resiste cualquier valoración y cualquier puesta en cuestión, pero a partir de su propio punto de partida y no de ningún interés ajeno a ella.
La denuncia de la trampa valdría para aquellos planteamientos que, en franca persecución de una meta prefijada, traicionaran y desvirtuaran el análisis. Pero anunciar lo que se pretende con un determinado análisis no es un pecado per se. Siempre y cuando se guarde fidelidad a los principios conquistados, se puede sostener que una cosa es el desarrollo del análisis y otra muy distinta es que tal desarrollo efectivamente pueda colmar las expectativas anunciadas. De manera que los verdaderos problemas de la praxeología se insertarían, o bien en el núcleo mismo del análisis o bien en el camino que conduce desde los resultados del análisis hacia la pretensión de fundamentar una ética partiendo de ellos.
Corominas expone varias objeciones bastante serias que conviene recuperar aquí. En primer lugar, pone en duda las posibilidades de capturar en el análisis la inmediatez de los actos en la que A. González funda el punto de partida radical de su filosofía primera[110]. Afianzando a los actos en su plena ejecutividad, A. González pretende haber conquistado un plano más radical que el de los «hechos positivos» zubirianos. Ahora bien, ¿cómo podría el análisis atrapar la esencial ejecutividad de nuestros actos?, se pregunta Corominas. Y la respuesta es que no puede. Pero A. González es perfectamente consciente de eso y de hecho lo deja plasmado en el capítulo sobre los actos de Estructuras de la praxis. Está claro que nunca podremos atrapar la inmediatez de un acto, porque el análisis siempre llegará demasiado tarde a ella. Pero tanto el acto en el que analizo o recuerdo el acto anterior como el acto anterior mismo poseen la misma constitutiva inmediatez. Y es por eso que, aunque nunca podríamos asir con ambas manos la inmediatez de los actos, tampoco podríamos sustraernos de ella. En la inmediatez de los actos habitamos inexorablemente. De ahí que ellos puedan constituir un punto de partida originario.
En segundo lugar, Corominas cuestiona la pretensión de A. González de haber superado lo que denomina el «realismo trascendental» de Zubiri. La crítica se disloca en dos cuestiones. Por un lado, no se ve en qué sentido la introducción de una diferenciación más clara entre «realidad» y «alteridad radical» supone una superación de Zubiri[111]. Desde la lectura de Corominas, más allá de la clarificación de conceptos, es poco lo que esto añade a las conquistas alcanzadas por Zubiri. Sin dejar de decir que se trata de las mismas conquistas que A. González recupera para su propio análisis. Por otro lado, más que en una cuestión terminológica, la praxeología trascendental cifra sus pretensiones de radicalizar a Zubiri en el hecho de apartarse del análisis de las cosas actualizadas en nuestros actos para emprender un análisis de los actos mismos. Según Corominas, A. González privilegiaría el análisis de los actos sobre el análisis de las cosas actualizadas en ellos, otorgando al primer nivel de análisis el estatuto primero y originario. Pero esta crítica no parece tan segura a la luz de la lectura de Estructuras de la praxis. En ella pudimos constatar que A. González abre las puertas a «praxeologías regionales», destinadas a completar y perfeccionar el análisis de los actos, incluido el análisis de las cosas actualizadas en nuestros actos que entraría de lleno en el ámbito de la filosofía primera.
Finalmente, nos encontramos con otro tipo de objeciones, mucho más difíciles de rebatir. La primera de ellas tiene que ver con la “pérdida de la realidad” que supone la delimitación estricta entre «realidad» y «alteridad radical».
“Si una de las características de ciertos idealismos ingenuos es que además del mundo inteligido se admite la existencia de otro mundo real, radicalmente distinto del primero y que nunca podrá llegar a ser contenido por la conciencia, es decir, que se establece un hiato o abismo infranqueable entre la subjetividad y la realidad, en la praxeología trascendental de Antonio González podría pensarse que la subjetividad es sustituida por los actos humanos, pero que el hiato que combatiría decididamente X. Zubiri vuelve a reaparecer con fuerza. No se ve cómo puedo pasar de la alteridad radical a la realidad o más bien nunca puedo acceder a ella sino solo suponerla dejándome sumergir en la alteridad radical. Si la realidad no la alcanzo en el primer momento ya no la puedo alcanzar jamás. ¿No reaparece con ello el escándalo de la filosofía denunciado por Zubiri?”[112].
La segunda de estas objeciones que sólo nos interesa dejar plasmadas es la denuncia de la precipitación de A. González hacia los actos de la razón a la hora de esbozar su fundamentación. Corominas pone en evidencia que no se ve por qué los actos de razón tengan necesariamente que privilegiarse a la hora de esbozar un fundamento. Frente a ello, se pregunta “¿no sería mejor distinguir entre una fundamentación primera de la ética que incluyera en un mismo plano todos los análisis que realiza A. González de la libertad, la persona, la alteridad, los bienes elementales, la moral concreta, el hecho de la razón y en suma de todos aquellos hechos positivos susceptibles de orientar la acción y una fundamentación racional que teniendo en cuenta este análisis intentara establecer algunos principios universales?”[113]. Con todo, más problemático que meter a ambas fundamentaciones en un mismo saco, parece serlo el hecho de pretender derivar toda fundamentación de los actos racionales, cuando una de las premisas de la praxeología trascendental consiste en no privilegiar a ningún tipo de actos sobre otros.
En definitiva, la manifiesta satisfacción de Corominas con la filosofía primera de A. González no podía menos que venir acompañada de la puesta en cuestión que ocurre cada vez que un autor se toma a otro con suficiente seriedad. Las mismas bondades que encontrará Corominas en la praxeología trascendental, al ver en ella una salida al atolladero que el problema ético plantea y que antes no vislumbraba, explican su afán de corregirlo. La última de sus observaciones que dejaremos consignada tiene que ver con la poca evidencia que presenta la funcionalidad de los actos que se desprende del análisis de A. González en relación con la diáfana transparencia de la «formalidad de realidad» que constituye el punto de partida de la filosofía primera de Zubiri.
Con respecto a esto cabe añadir que, pese a que la verdad primera de los actos, en cuanto actos, parezca gozar de la misma clarividencia de la «formalidad de realidad» zubiriana, hay que admitir que el análisis del sistema de actos que estructuran la praxis humana pierde algo de ese brillo originario, en ocasiones, se opaca. Por ejemplo, en la descripción de la funcionalidad de actos que constituyen la acción, A. González distingue los actos de sensación, afección y volición. Pero el tercero no presenta la misma fuerza que los anteriores. Mientras que difícilmente podríamos negar que sentimos las cosas y que ese sentimiento nos afecta, no parece ocurrir lo mismo con las voliciones. Existen muchas sensaciones y afecciones «neutras», por decirlo así, que no me producen atracción ni aversión y que, por ello, no me impulsan a ejecutar ningún movimiento corporal. Piénsese en el caso del mero caminar u observar un avión que cruza el cielo. El caminar o el ver el avión, en sí mismos, no me atraen ni me repelen. Sólo los ejecuto y punto, porque, como se suele decir en el lenguaje ordinario, “me da igual”.
Ortega y Gasset asegura que lo más propio de los seres
humanos es encontrarnos en una radical desorientación. Las ultimas generaciones
de seres humanos pertenecemos a un momento de la historia en el que esa
afirmación parece más cierta que nunca. En este trabajo acudimos a la filosofía
buscando un campo en el cual hubiera cabida para discutir los problemas
actuales y las preguntas últimas que pensar en esos problemas nos motiva a
formular. En tal búsqueda nos encontramos con que la filosofía no deja de ser
problemática y, sin embargo, su problematicidad entraña un ir de frente hacia
la realidad para hacerse cargo de ella, en lugar de procurar ignorarla o
evadirla. En ese sentido, la filosofía se muestra mucho más responsable que el
resto de los discursos.
Nos centramos en dos planteamientos filosóficos que
ilustran bien la situación de la filosofía contemporánea, específicamente en
relación con un problema que consideramos medular: el problema de la
fundamentación. La hermenéutica filosófica de Hans-Georg Gadamer nos sitúa en
el ineludible ámbito de nuestras tradiciones, llamando la atención sobre el
frecuentemente olvidado peso del pasado en toda comprensión. Gadamer circunscribe
a la razón dentro de los límites de un lenguaje constituido por los prejuicios
que hemos heredado de los tiempos pretéritos. Esa permanencia inexorable al
lenguaje y a la tradición imposibilitaría una fundamentación última, porque
toda fundamentación está abocada a expresarse lingüísticamente y todo lenguaje
está atravesado por presupuestos, pues estos son la condición de posibilidad de
todo conocimiento. El rechazo de los presupuestos estaría traicionado la
constitutiva historicidad y el esencial dinamismo del círculo comprensivo. Es
inútil buscar un fundamento absolutamente cierto y libre de supuestos, porque
toda verdad es siempre histórica y dinámica, va siempre modificándose con el
paso del tiempo. Los conceptos que hoy en día damos por verdaderos serán
siempre revalorados a la luz de los acontecimientos futuros. Así pues, tal cosa
como una verdad primera no sería posible.
La praxeología trascendental de Antonio González
defiende la posibilidad de una fundamentación, cuestionando el supuesto de
Gadamer según el cual la realidad humana es esencialmente lingüística. Si
pudiéramos encontrar una verdad anterior a todo lenguaje, estaríamos
capacitados para discriminar los presupuestos legítimos contenidos en cada una
de las tradiciones y de los saberes, de los que no lo son. En pocas palabras,
demostraríamos las posibilidades de fundamentar la filosofía, las ciencias y
todo el quehacer de los seres humanos. Es la apuesta de A. González. Nuestro
segundo autor sostiene que la verdad primera se encuentra en los actos humanos;
los actos en toda su fugacidad e inmediatez. A partir de ella, elabora una
análisis de los sistemas o funcionalidades que se pueden identificar entre la
multiplicidad de actos en los que transcurre nuestra vida. De ese modo, el análisis
de la acción, la actuación y la actividad daría cuenta de la estructura de la
praxis humana. Se trataría siempre del mero análisis descriptivo de los actos y
sus funcionalidades, sin buscar las explicaciones o condiciones de posibilidad
de los mismos. Sólo permaneciendo en la inmediatez de nuestros actos, sin
saltar hacia lo que está más allá de ellos, podremos mantener fidelidad al
objeto de la filosofía primera y restringir la verdad primera de modo que
efectivamente nos sirva para orientar la praxis humana.
A diferencia de la hermenéutica, en donde la razón se
encuentra prácticamente subordinada a la tradición y al lenguaje, en la
praxeología la razón se descubre como el punto de arranque de la actividad, de
la creación, de la ruptura de esquemas, de la búsqueda continua de soluciones
nuevas y mejores. De ahí que A. González se sirva de los actos racionales para
proponer una fundamentación de la ética a la que denomina «Ética formal de la
justicia». Lanzada como está a la búsqueda de fundamento, la razón llevaría en
sus mismas entrañas al hecho moral. La moral, entendida como apropiación de
posibilidades, se encontraría inscrita en la propia razón.
En este punto cabe recordar que las diferencias entre
ambas filosofías vienen dadas por los principios orientadores de cada
reflexión. Ambos autores abordan el problema de la verdad, pero lo hacen desde
intereses muy distintos. Mientras que Gadamer se plantea la clásica pregunta
metafísica por las condiciones de posibilidad del conocimiento, A. González aspira
a ubicarse en un plano anterior a toda metafísica y a toda condición de
posibilidad. Mientras que Gadamer enfila su crítica contra la universalización
del método científico como consecuencia de la Ilustración, a A. González le
preocupa la radical desorientación del mundo actual y su esfuerzo va encaminado
a esbozar una respuesta en esa dirección.
Es importante decir que las consideraciones de la
hermenéutica filosófica son enteramente pertinentes a la hora de valorar las
ciencias sociales y de proponer una noción de verdad más amplia y realista que
abarque a todas las formas del conocimiento. Más allá de eso, la rehabilitación
de los prejuicios emprendida por Gadamer y su alarma sobre el fácil olvido del
pasado tienen especial cabida en un momento histórico en el que las continuas
novedades técnicas invitan a olvidar las profundas determinaciones que imprime
la tradición sobre el comportamiento actual.
Con todo, la hermenéutica filosófica fue concebida
para otro tiempo y para otro contexto. No hace falta decir que la praxeología
trascendental se muestra más capacitada para responder a las inquietudes que
motivaron este trabajo, por estar situada a la altura de las circunstancias.
Para el caso, cabe traer a colación la tesis de A. González sobre la radical
socialidad humana. Ateniéndonos a su argumentación sobre la socialidad
podríamos desvelar lazos sociales que en otras concepciones de sociedad
permanecen ocultos. Y así, podríamos demorarnos enumerando la pertinencia de la
praxeología en el actual orden del mundo.
De la hermenéutica estamos obligados a heredar su
respeto por los momentos de razón contenidos en nuestros antepasados, la
contundencia con la que desinfla las grandilocuentes pretensiones de la razón
ilustrada y la humildad con la que invita al diálogo sincero. No obstante, es
de la praxeología de la que terminamos cautivados, por ser ésta la que nos
ofrece una posible salida al problema de la ética que a diario nos tritura el
corazón. La aceptación de la hermenéutica nos llevaría a agachar la cabeza y
resignarnos con el actual estado de cosas, dejándolo todo en manos del tiempo.
La praxeología, en cambio, nos propone nuevas rutas de comprensión de los
fenómenos y sobre todo, nos abre a posibilidades de nuevas rutas de acción. Si
de apelar a las simpatías se tratara, diríamos que frente al conservadurismo
contenido en la hermenéutica, preferimos el ímpetu transformador y
revolucionario de la praxeología. Pero, dejando de lado tanto entusiasmo y
volviendo al asunto estrictamente filosófico, no podemos terminar sin dejar
planteadas ciertas inquietudes que se nos imponen al llegar al final de este
recorrido:
·
¿Si ni siquiera hemos podido lograr un acuerdo
entre la comunidad de filósofos sobre la posibilidad de una verdad primera o
sobre cuál sería exactamente esta verdad, en qué podemos basarnos para pensar
que tal verdad primera encontraría consenso más allá de la esfera filosófica?
·
La cuestión de la verdad primera, como lo
expresara en algún momento Jordi Corominas, es un enorme juego de sutilezas. Pero,
si todo el tiempo tenemos que detenernos en sutilezas, ¿en qué momento vamos a
dar por acabada una fundamentación con pretensiones de trascender el plano
teórico? ¿No estaríamos de este modo arrojados al círculo lingüístico que
formula la hermenéutica?
·
¿En qué sentido no es la afirmación del acto
como verdad primera una afirmación más? ¿Qué pasaría si lograra demostrarse que
más radical que el acto es el estar vertido de todo acto a otra cosa y más
originaria aún es la pregunta por el fundamento de todo lo dado?
·
¿En verdad la razón es constitutivamente justa,
tal y como lo sostiene A. González?
Bengoa, J., De
Heidegger a Habermas. Hermenéutica y fundamentación última en la filosofía
contemporánea, Barcelona, 1997.
Corominas, J., Ética primera. Aportación de Xavier Zubiri
al debate ético contemporáneo, Tesis doctoral, San Salvador, 1998.
Corominas, J., “La verdad primera. En torno a la
filosofía primera de A. González”, Página Web, Doctorado en Filosofía
Iberoamericana, UCA, San Salvador.
Gadamer, H-G., Mis
años de aprendizaje, Herder, Barcelona, 1996.
Gadamer, H-G., Verdad
y Método, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1997.
González, A., Estructuras de la praxis, ensayo de una
filosofía primera, Ed. Trotta, Madrid, 1997.
Grondin, J., Introducción
a la hermenéutica filosófica, Herder, Barcelona, 1999.
Gutiérrez, C., “La filosofía hermenéutica de
Gadamer”. ECO, Revista de la cultura de
occidente, No 222, Bogotá, 1980.
Ortega y Gasset., Unas lecciones de metafísica, México,
1998.
[1] Cf. J. Bengoa. De Heidegger a Habermas. Hermenéutica y fundamentación última en la filosofía contemporánea.
[2] Cf. J. Corominas. Etica primera. Aportación de X. Zubiri al debate ético contemporáneo. Tesis doctoral. San Salvador, 1998, p. 199.
[3] En el uso del término «estar ahí», seguimos a los traductores de Verdad y método: “Preferimos la fórmula «estar ahí» a la de «ser ahí» propuesta por J. Gaos, porque no infringe ninguna regla sintáctica del español, lo que sí hace la otra alternativa, así como porque «estar ahí» es una forma habitual de expresarse en nuestro idioma, como lo es en alemán Dasein; una traducción estilística y lingüísticamente tan forzada e inhabitual como «ser ahí» confiere al término un esoterismo y un aura de concepto extraño, que es completamente ajena al original alemán. Sin embargo, es también una traducción parcial e inevitablemente deficiente, pues en ella se pierde la resonancia ontológica del segundo término del compuesto Da-sein, aunque se conserva su significado estricto y su connotación habitual”. Cf. Verdad y método, p. 319.
[4] Cf. H.-G. Gadamer, Verdad y Método, pp. 12, 13
[5] Cfr. H.-G. Gadamer, Mis años de aprendizaje, p. 54.
[6] Con esa palabra describe Gadamer el impacto que le produjo el ímpetu del pensamiento de Scheler. Cfr. Ibid.
[7] Ibid, p. 35 y p. 37.
[8] Ibid, p. 41, 42.
[9] Ibid, p. 67.
[10] Ibid, p. 147.
[11] Ibid, p. 150.
[12] Ibid, pp. 213, 214.
[13] H.-G. Gadamer, Verdad y Método, pp. 303.
[14] Ibid, p. 12.
[15] Ibid, pp. 13, 14.
[16] Ibid, p. 10.
[17] Ibid, pp. 16, 17.
[18] Ibid, pp. 23, 24.
[19] Ibid, pp. 24, 25.
[20] Ibid, p. 18.
[21] Ibid, pp. 349, 350.
[22] Cfr. Heidegger citado en Gadamer, Ibid, p. 332.
[23] Ibid, p. 363.
[24] Ibid, p. 343.
[25] Ibid, p. 367.
[26] Como tendremos oportunidad de ver más adelante, en el capítulo dedicado a la praxeología de Antonio González.
[27] Ibid, p. 372.
[28] Ibid, p. 344.
[29] Sobre los problemas que entraña la afirmación de que existen prejuicios «legítimos» e «ilegítimos» volveremos más tarde.
[30] Ibid, p. 437.
[31] Ibid, p. 351.
[32] Ibid, p. 370.
[33] Ibid, p. 371.
[34] Ibid, pp. 374, 375.
[35] Ibid, pp. 372, 373.
[36] También el concepto «contemporáneo» sufre un drástico cuestionamiento por parte de Gadamer. ¿Qué significa exactamente lo contemporáneo en un mundo constituido desde el pasado?
[37] Ibid, p. 375.
[38] Ibid, pp. 376, 377.
[39] Ibid, p. 350.
[40] Ibid, p. 437.
[41] Ibid, p. 434.
[42] Ibid, pp. 457, 458.
[43] Ibid, p. 440.
[44] Ibid, p. 441.
[45] Ibid, p. 453.
[46] Ibid, pp. 451, 452.
[47] Ibid, p. 467.
[48] Ibid, p. 405.
[49] Ibid, p. 468.
[50] Ibid, p. 457.
[51] Ibid, pp. 468, 469.
[52] Ibid, p. 365.
[53] Ibid, p.
471.
[54] Ibid, p. 478.
[55] Ibid, p. 482.
[56] Los datos de esta reseña fueron
proporcionados por Mario Estuardo López.
[57] J. Corominas, “La verdad primera. En torno a la filosofía primera de A. González”, pág. Web Doctorado en Filosofía Iberiamericana, p. 1.
[58] M. López, La crítica de Antonio González a la filosofía de Xavier Zubiri. Una introducción a la praxeología. Tesis de licenciatura, San Salvador 2002, pp. 3, 4.
[59] A. González, Estructuras de la praxis, Madrid, 1997, p. 32.
[60] Ibid, p. 36.
[61] Ibid, p. 38.
[62] Idem.
[63] Cf. Ortega y Gasset, Unas lecciones de metafísica, México
1998 (4° ed.), p. 191. Ortega utiliza este ejemplo en su disertación contra el
idealismo. Le interesa enfatizar que en los actos no existe solamente un «yo»;
también está siempre presente algo otro. Para el caso, el toro es algo
radicalmente otro respecto del «yo». Por otra parte, Ortega evidencia que lo
originario de los actos no es la conciencia, sino la ejecutividad. Antes de
pensar un acto, lo ejecutamos.
[64] A. González , op. cit. , p. 40.
[65] Ibid., pp. 41, 42.
[66] Ibid., p. 67.
[67] Ibid., pp. 68, 69.
[68] Ibid., pp. 69, 70 y 71.
[69] Ibid, p. 72.
[70] Ibid., p., 73.
[71] Ibid., pp. 50, 51.
[72] Ibid., p. 61.
[73] Ibid., pp. 77, 78 y 79.
[74] Ibid., p. 83.
[75] “La rugosidad es rugosidad «de»
ésta extensión y la extensión es extensión «de» ésta rugosidad”, Idem.
[76] Ibid., pp. 86, 87.
[77] Ibid., p. 88.
[78] Ibid., p. 93.
[79] Ibid., p. 94.
[80] Ibid., p.96.
[81] Ibid., p. 104.
[82] Ibid., pp. 104 y 105.
[83] Ibid., pp. 105, 106, 107.
[84] Ibid., p. 110.
[85] Ibid., p. 111.
[86] Ibid., pp. 120, 121, 122.
[87] Ibid., p. 126.
[88] Ibid., p.134.
[89] Ibid., p. 143.
[90] Ibid., pp. 148, 149.
[91] Ibid., p. 152.
[92] Ibid., p. 151.
[93] Ibid., p. 159.
[94] Ibid., p. 162.
[95] Ibid., pp. 164, 165.
[96] Ibid., p. 175.
[97] Ibid., pp. 175, 176.
[98] Ibid., pp. 180, 181.
[99] Ibid., pp. 182, 183.
[100] Ibid., p. 183.
[101] Ibid., p. 184.
[102] Ibid., pp. 184, 185.
[103] J. Corominas. Etica primera. Aportación de X. Zubiri al debate ético contamporáneo. Tesis doctoral, San Salvador, 1998, p. 328.
[104] Cf. J. Corominas, “La verdad primera. En torno a la filosofía primera de A. González”, pág. Web Doctorado en Filosofía Iberoamericana, UCA, páginas introductorias.
[105] J. Corominas. Ética primera…, op. cit., pp. 353, 354.
[106] J. Corominas, “La verdad primera...”, op. cit., páginas introductorias.
[107] A. González, op. cit., p. 27.
[108] J. Corominas, “La verdad primera...”, op. cit., apartado 2.
[109] Cf. J. Corominas, Etica primera..., op cit., pp. 354 y ss.
[110] Cf. J. Corominas, “La verdad primera...”, op. cit., apartado 7.
[111] Cf., J. Corominas, Ética primera..., op. cit., p. 197.
[112] Ibid., p. 196.
[113] Ibid., p. 346.