Ponencia Guatemala 97, III Encuentro



Acerca de los diferentes sentidos de “poder”




La teoría de la estructuración de Giddens nos puede dar muchas luces para iluminar ciertos puntos básicos de una teoría del poder. Su planteamiento de que la estructura existe sólo como “huellas mnémicas”1 o hábitos que se actualizan en las acciones, y que estas, con las reglas y recursos que generan son en gran parte responsables de la reproducción de los sistemas sociales; o dicho de otro modo, la afirmación de que las propiedades estructurales de los sistemas sociales existen solamente en tanto en cuanto las formas de conducta social se reproducen crónicamente a través del tiempo y el espacio, sale al paso del problema que se le presenta a Foucault o a los autores de corte marxista a la hora de explicar la acción humana como libre, pues esto cuesta de encajar con el presupuesto de que la estructura es determinante. Con Giddens el problema se resuelve de una manera muy simple: las estructuras sociales consisten en la rutinización de unas prácticas que se perpetuan por un tiempo. Las estructuras no son nada fuera de ests prácticas, y a la inversa: nuestros hábitos cotidianos son la principal fuerza que sostiene y conforma las estructuras. Hay que elaborar un poco más tal respuesta, pero en principio nos satisface porque se trata de una solución explicativa menos “ontológica” que la marxista.

Foucault comparte también la idea de que son las prácticas sociales las que, perpetuándose en un espacio y un tiempo están en el fundamento de la constitución tanto del objeto como del sujeto social, sin embargo se siente como un “bache”, como una dicotomía no resuelta en la intersección entre decir y hacer o entre el discurso y la acción tal como lo piensa este autor. Para salvar este “bache” Giddens introduce el concepto de conciencia práctica. Por ello entiende “lo que los actores tácitamente saben sobre como manejarse en los distintos contextos de la vida social sin ser capaces de darles una expresión discursiva directa”. Tanto el concepto de rutinización como el de conciencia práctica pueden ser bien importantes para la teoría social. Valdría la pena profundizar en ellos porque tal vez encontraríamos ahí dispositivos clave que dan razón de gran parte de los sistemas de reproducción y cambio social. Como señala Giddens “sería un error suponer que los componentes no discursivos de la conciencia son necesariamente más difíciles de estudiar empíricamente que los discursivos, a pesar de que por definición los propios agentes no puedan comentar directamente sobre ellos”.2


Imprecisión del término institucionalización

En la teoría de la estructuración de Giddens se define la sociedad como una estructura, y por ésta se entiende el conjunto de normas y recursos implicados en la reproducción social. Se enfatiza que los rasgos institucionalizados de los sistemas sociales tienen propiedades estructurales en el sentido en que las relaciones se estabilizan a través del tiempo y del espacio. Institucionalización es aquí sinónimo de “fijación”, ahora bien, es necesario un estudio pormenorizado de los distintos modos de fijación e institucionalización. Yo distinguiría entre ambos, reservando “institucionalización” para aquellas prácticas o rutinas que de algún modo tienen expresa carta de ciudadanía, y “fijación” lo reservaría para todas aquellas que gozando en cierto modo de presencia o continuidad en el tiempo, no gozan de institucionalidad expresa. Con ello no me refiero al respaldo o aval jurídico solamente, es decir, a la estricta “legalidad”, sino también al político, religioso o cultural en general. Está institucionalizada por ejemplo la exigencia de cumplimiento de un horario laboral. El uso del despertador, en cambio, estaría fijado. Me parece que tal distinción es importante, pues si bien en algunos sentidos sí coinciden, no lo hacen en muchos otros. Hay hábitos como la solidaridad masculina que, si bien pueden tener aspectos institucionalizados (cofradías como la filarmónica de Viena que sólo hasta hace algunos meses puede admitir mujeres, el clericato, bares o clubes de hombres, etc.) tienen muchos otros que no lo están, y que por no estarlo son tal vez más sutiles y efectivos. Por ejemplo el movimiento hippie en los años 60 posiblemente se veía a sí mismo entre otras cosas como un intento de desinstitucionalizar el amor. Lo que consiguió, al menos en parte fue institucionalizar las uniones de hecho. En todo caso es algo que sería interesante analizar. Pero por ahora sólo quiero señalar que fijación e institucionalización no son términos correlativos. Hay ciertas prácticas, rutinas o aspectos de ellas que están fijados pero no institucionalizados. Asimismo cabe señalar que hay prácticas que habría que institucionalizar, otras que habría que fijar, otras que habría que desinstitucionalizar, y finalmente otras que habría simplemente que hacer desaparecer.

Según Giddens lo que sería especialmente útil para guiar una investigación es en primer lugar el estudio de las intersecciones rutinizadas de prácticas que son “puntos de transformación” en las relaciones estructurales. Por ejemplo él sostiene que se puede demostrar que la propiedad privada es un conglomerado de derechos de posesión que puede ser “traducida” en autoridad industrial o en modos de sustentar un control gerencial.

En segundo lugar habría que investigar según Giddens los modos en que unas prácticas institucionalizadas conectan la integración social con la integración sistémica. Es preciso averiguar empíricamente si las prácticas situadas que se estudian en cierto espectro de contextos convergen unas con otras para entrar directamente en una reproducción sistémica.3 Apunta que no hay razón por la que los sociólogos no puedan adoptar algunas técnicas desarrolladas por los geógrafos, lo cual es una idea capital para el estudio del poder, pues las redes de poder no son más que relaciones establecidas en tiempos y lugares determinados.

En este estudio sobre la naturaleza de la actividad humana podríamos hallar pistas para entender mejor el poder. La adopción de esta perspectiva es uno de los puntos interesantes de Giddens, que rehuye los planteamientos sociológicos habituales que enfocan en primer plano o bien la vivencia del actor individual, o bien la existencia de alguna forma de totalidad societaria. El pretende, por el contrario, investigar los principios estructurales, esto es, las propiedades estructurales de raíz más profunda involucradas en la reproducción de las totalidades societarias y las instituciones implicadas.

Por estructura o principios estructurales no entiende más que “reglas y recursos con implicación recursiva en una reproducción social y por institución entiende “prácticas que poseen más extensión espacio-temporal en el interior de esas totalidades”.4 Si bien nos aclara que la estructura posee una triple instancia, a saber: recursos de autoridad, recursos de asignación y códigos de significación, la definición de institución no se halla a mi modo de ver suficientemente perfilada, pues dándole este sentido amplio de prácticas que poseen más extensión espacio temporal no damos cuenta de parte importante de la institucionalidad, elemento clave dentro de la reproducción social. Habría que distinguir, creo, entre fijación e institucionalización como dos modalidades distintas de la rutinización. Lo que Giddens señala certeramente es que por un tiempo y un espacio hay relaciones que se estabilizan, y a esto es a lo que llama institucinalización, sin embargo es claro que hay muchos tipos de estabilización, y creo que llamar a todo tipo de estabilización institucionalización más bien confunde, puesto que no todas las rutinas están institucionalizadas. Pongamos por caso la tan denunciada discriminación judicial contra la mujer. Es evidente que en ciertos niveles está institucionalizada, como cuando rige distinta edad de casamiento o de consentimiento para varones y mujeres, o respecto a ciertas leyes que limitan la capacidad o atribuciones a la hora de testar, en fin... podríamos hallar muchos ejemplos. Sin embargo posiblemente la mayor discriminación no la hallaríamos en la existencia de una ley desigual, sino en la aplicación desigual para unos y otras de una ley igual.5 No por sistemática o porque corra a cargo de los poderes del estado podemos hablar tan alegremente de institucionalización de la discriminación, porque es precisamente su no institucionalidad lo que la hace permanecer más oculta. En un país donde esta discriminación esté institucionalizada las formas de enfrentarla han de ser necesariamentee distintas. Pero se da la situación de que tal discriminación no se halla consignada más que en los textos sobre estudios de género, que es donde abundan todo tipo de ejemplos apabullantes. Semejantemente habría que distinguir a qué instituciones o fijaciones nos referimos cuando decimos, con toda razón, que en una determinada sociedad la violecia está institucionalizada. Una vez más, pues, creo que fijación e institucionalización no van siempre parejas.

Sin embargo, a pesar de las críticas que creo que merece esta definición de institucionalidad como mera estabilización de relaciones, hay que señalar que en sentido amplio sí es pertinente para hacer notar que las instituciones son en primer lugar y fundamentalmente esto: reproducción de unas prácticas. Ver esto ya es muy importante, pues la mayoría de teóricos especialmente los políticos suelen enfocar la institución como conjunto de principios o de normas, que “conllevan” ciertas prácticas, mientras que con este planteamiento que estamos analizando, las prácticas quedan en primer plano. Para Giddens así como las reglas son procedimientos de acción, aspectos de una praxis6 las instituciones por definición son “los aspectos más duraderos de una vida social”.7 Y nos aclara: “cuando menciono las propiedades estructurales de los sistemas sociales, me refiero a sus aspectos institucionalizados, a los que ofrecen “solidez” por un tiempo y un espacio. Como decíamos, es importante hilar más fino con el concepto de institucionalización, porque hay muchos tipos de solidez en las prácticas.

Tampoco está tan claro que las instituciones surjan a partir de la fijación de acciones tal como dice Giddens, y no sólo porque hay muchas acciones fijadas que no se institucionalizan, sino porque hay muchas instituciones que se establecen como tales antes de que la práctica esté definida y fijada, y es precisamente la institución la que va a conducir a fijar las nuevas prácticas. Tal es seguramente el caso de la institucionalización del celibato entre los sacerdotes católicos. Posiblemente la institucionalización de tal práctica no se produce a raíz de su fijación, sino que es lo contrario: surje una práctica relativamente nueva a partir de que hay una institución que la requiere. Por lo tanto habría que ver muy bien eso de si las instituciones son efectivamente las habitudes que duran más, como afirma Giddens. No sé si podemos estar tan seguras.


2. Poder como influencia, control y coerción intencionales.

Si el concepto de institución adolece de una cierta indefinición, lo propio ocurre con el no menos complejo concepto de poder. Tal indefinición es debida a razones profundas vinculadas a las diferentes perspectivas y concepciones de los autores por un lado, y a un cierto descuido de la reflexión sobre lo político en cuanto campo relativamente autónomo de actividades.

Para Max Weber el poder (Herrshaft) se definiría como “la probabilidad de que cierta orden de contenido específico sea obedecida por determinado grupo”8 es decir, el poder sería la probabilidad de los individuos de hacer realidad su voluntad a pesar de la resistencia de los demás. Este autor trabaja en base a la distinción entre poder, dominación y autoridad. El primero lo define como una relación de causalidad intencionada, en donde no se toma en cuenta ni el fundamento de la probabilidad de imponer la propia voluntad ni el grado de resistencia. El segundo se define como la probabilidad de encontrar obediencia a mandatos dados dentro de un conjunto de personas determinadas. El tercero es un tipo particular de dominación, caracterizado por el fundamento de la obediencia (legitimidad).

Así descrito el poder queda asociado a la noción de influencia, al igual que lo hacen muchos sociólogos y politólogos americanos tales como Robert Dahl, quien designa como influencia a “una relación entre unos actores en virtud de la cual uno de ellos conduce a los demás a actuar de manera distinta a como lo habrían hecho de no existir esta”.9 La influencia reviste formas muy variadas: Robert Dahl enumera una buena cantidad, e indica que ella reposa sobre diversos factores: la fuerza material, la posibilidad de inflingir sanciones, la riqueza, el prestigio, el afecto, las normas y valores. El poder desde esta perspectiva no es más que un tipo particular de influencia que implica unas pérdidas graves para quien rehusa conformarse a ella. Dahl y los americanos lo definen mayormente como coerción, entendiendo ésta como “posibilidad de inflingir unas sanciones capaces de hacer plegar la voluntad de los que están amenazados por ellas”.10 Además de no ser mas que “un caso especial de influencia” es claro que este concepto de poder está asociado a “coerción”, obviando el hecho de que el poder sólo recurre a ella de vez en cuando, y que el temor a la sanción no juega más que un papel secundario en la obediencia al poder. Este enfoque se centrará pues en el comportamiento observable de los individuos, y sobretodo en el estudio del proceso de toma de decisiones, al que darán una importancia particular, dado que conciben el poder sobretodo como un flujo y reflujo de órdenes y acatamientos. De ahí que sea fundamental para este enfoque el estudio de la estructura de autoridad en una sociedad, en la que destacarán fundamentalmente tres niveles: adopción de decisiones, ejecución de decisiones y acatamiento de decisiones. Desde nuestra perspectiva es cuestionable que las decisiones sean un elemento clave para entender el poder, para comprender su fundamento o siquiera su mecánica. Lo importante desde la perspectiva en la que nos situaremos -lo veremos más tarde- no es tanto la obediencia o desobediencia como el estudio de las prácticas recursivas que entran en juego para garantizar la reproducción social. Pero volvamos de nuevo al tema que nos ocupaba.

En esta misma línea que veníamos analizando se situan Bachrach y Baratz, cuyos estudios sobre el poder son profusamente citados por la mayoría de autores que abordan el tema. Ellos sostienen que: “El poder se ejerce cuando A participa en el proceso de toma de decisiones que afecta a B. El poder se ejerce también cuando A dedica sus energías a crear o reforzar los valores sociales y políticos y las prácticas institucionales consiguientes”. Estos dos autores introducen el concepto de “movilización de la desviación” en la discusión del poder. Esto equivale a “una serie de valores, creencias, ritos y procedimientos institucionales (las reglas del juego) predominantes que operan sistemática y consistentemente en beneficio de determinadas personas o grupos, a expensas de otros. Introduciendo este concepto parecen pretender rebasar el estrecho planteamiento del poder como influencia de una voluntad sobre otra, sin embargo al definir meramente el poder como cualquier forma de control exitoso de A sobre B por una parte y la garantía de la sujeción mediante el uso de sanciones, quedan una vez más limitados al enfoque del problema como juegos de acatamiento y de decisiones: “La función política para el conjunto de la sociedad consiste en la producción y distribución de órdenes.”11.

Semejantemente los funcionalistas piensan que el poder es un medio, y como tal, un recurso que sólo es posible usar a determinado costo para obtener (o no) ciertos resultados, que pueden compensar o no dicho costo.12 Para ellos el poder es un medio como el dinero, y como tal está sujeto al fenómeno equivalente del ahorro, la inversión, el consumo, la pérdida y la ganancia, etc.... y no sólo esto, sino que va inevitablemente asociado al concepto de legitimidad: “Las autoridades legítimas derribadas por la bancarrota del poder perderán, junto con su efectividad, no sólo su capacidad de imponer el acatamiento por medios coercitivos, sino inclusive su legitimidad”.

Desde este punto de vista lo político consiste en la asignación autoritaria de valores13 y “tiene su origen funcional en la necesidad de coordinar la acción colectiva para el logro (parejo o desigual) de metas colectivas.14 Por consiguiente el poder queda definido en relación a las actividades relacionadas con el logro de metas, es decir, de nuevo no sólo como actividad intencional sino en un sentido bien restringido de ésta.

Un tal enfoque es en gran medida responsable de la curiosa identificación que muchos autores, entre ellos Duverger, hacen entre poder y legitimidad o incluso entre poder y autoridad: “Hay poder solamente si su titular es considerado como poseedor del derecho a requerir obediencia, a dar unas directrices, a mandar. La existencia de un poder supone que el sistema cultural de una colectividad establece de esa manera unas relaciones desigualitarias oficiales, dando a ciertas personas (cualificadas de “autoridad”) el derecho a mandar sobre otros e imponiendo a estos últimos la obligación de obedecer a los primeros. La autoridad es la cualidad de aquel que está investido de poder. (...) Un poder es legítimo si existe un consenso en cuanto a su legitimidad. Un poder ilegítimo deja de ser un poder, no es más que dominación, y aún en la medida en que se hace obedecer”.15

Según Duverger la legitimidad no debe confundirse con la legalidad.16 Hay legitimidad cuando los miembros reconocen la autoridad. Esta ejerce sobre ellos un poder. Cuando no lo reconocen, entonces lo que hay es influencia o dominio. Una vez más, se trata de un planteamiento que accede al poder desde la esfera de la intencionalidad o voluntad de los actores, planteamiento que no recoge la paradoja de que el poder es más decisivo precisamente allí donde ni siquiera es visible. En cualquier caso valdría la pena estudiar no sólo la correlación entre poder y legitimidad, sino también entre poder y autoridad.


3. Poder como determinación/indeterminación estructural y posibilidad

Los marxistas han escrito bastante sobre la relación entre poder y determinación estructural. Es un problema que ha reaparecido frecuentemente a propósito de la discusión entre determinismo y voluntarismo. Posiblemente el marxismo es, entre las clásicas, la filosofía que ha enfocado el problema desde un punto de vista más estructural, sin llegar empero a perfilar una teoría del poder convincente a todas luces.

Poulantzas, por ejemplo, no situa el poder en los niveles de las estructuras, sino que lo interpreta como efecto del conjunto de esos niveles. Las relaciones de clase son, en cualquier nivel, relaciones de poder. El poder es un concepto que indica el efecto del conjunto de las estructuras sobre las relaciones de las prácticas de las diversas clases en conflicto17. Sin embargo, continua definiendo el poder en términos que si bien no son los de la intencionalidad, sí permanecen dentro de una teoría problemática como la del interés, pues designa como poder la capacidad de una clase social para realizar sus intereses objetivos específicos.18

Nuestro propósito aquí no es el de llevar a cabo la crítica de todos estos enfoques, sino el de apuntar someramente los varios sentidos elementales o primarios que se han dado a “poder”, para tratar de hallar entre ellos un claro que nos permita avanzar entre la maraña de términos tan frecuentemente contradictorios que nos hacen dudar de veras que lo que ellos designan es lo mismo.

Pues bien, otro de los sentidos que se han dado a “poder” además de los ya mencionados de influencia, control y coerción intencionales o el de indeterminación o determinación estructurales (asociado este último al concepto de causalidad), otro de los sentidos, decía, es el de posibilidad. Para muchos autores19 para identificar un proceso dado como “ejercicio del poder” más que como un caso de determinación estructural, hay que asumir que está en poder del agente o agentes el actuar de otro modo. El sentido elemental de poder sería entonces el de posibilidad.

Así parece sugerirlo también Giddens: “¿De qué índole es el nexo lógico entre acción y poder? La relación básica implícita se puede señalar cómodamente: Ser capaz de “obrar de otro modo” significa ser capaz de intervenir en el mundo o de abstenerse de esta intervención con la consecuencia de influir sobre un proceso o un estado de cosas específicos. Ser agente es ser capaz de desplegar un espectro de poderes causales, incluido el poder de influir sobre el desplegado por otros.”20

Para Giddens una acción nace de ejercer alguna clase de poder, es decir, según él de una “aptitud transformadora”. Este es para él el sentido amplio de poder, que es anterior a la subjetividad.

Si para Parsons y Foucault el poder es ante todo una propiedad de la sociedad, para Giddens sería básicamente una propiedad de la acción. Este es uno de los grandes aportes de su teoría de la estructuración.


4. El poder como propiedad de la acción

El concepto de “poder”, junto al de agente y estructura -señala Giddens- es un concepto elemental en ciencias sociales. Ahora bien, como acabamos de ver, a esta noción se le han asignado diversos sentidos primarios. He aquí el que le atribuye Giddens:


“Ser humano es ser agente -a pesar de que no todos los agentes son seres humanos- y ser agente es tener poder. Poder, en este sentido general, significa capacidad transformadora (...). La conexión lógica entre agencia (o acción) (agency) y poder es de importancia vital para la teoría social, pero el sentido “universal” de poder aquí implicado necesita un considerable refinamiento conceptual para poder trabajar en pro de una investigación social sustantiva”. (7)


Giddens no se dedica a desarrollar esta teoría del poder, pero su teoría social que él llama teoría de la estructuración, da algunas pistas para ello. En su libro sobre La constitución de la sociedad se pone de manifiesto que uno de los errores que hay que deshacer es que la noción elemental de poder sea una relación causal intencionada. Esta perspectiva quedaría suficientemente negada para él ilustrándolo con algunos ejemplos sobre varios estudios empíricos acerca del famoso tema sociológico de las consecuencias no buscadas de la acción. Definir el poder en términos de intención o voluntad, o como la capacidad de lograr resultados deseados e intentados sería insuficiente para Giddens.

Es en este marco que introduce el concepto de conciencia práctica para denominar todo lo que sabemos hacer sin “darnos cuenta”: andar, escribir, toda una serie de rutinas que no son plenamente traducibles al ámbito discursivo porque lo sobrepasan, y que tampoco pertenecen al inconsciente porque sí podemos decir mucho acerca de como lo llevamos a cabo. Habría que ver sin embargo hasta qué punto es conciencia. Para Giddens lo es sin lugar a dudas porque no es inconsciente, o al menos no lo es en parte, y sin embargo está más arraigado en la práctica que la pura “conciencia discursiva”. Sería interesante para profundizar en el estudio del poder estudiar con algún detalle la correlación entre conciencia práctica, fijación e institucionalización, estudio que dejamos para otra ocasión.

Retomando lo que decíamos, el poder -para Giddens- se relaciona con los recursos o mecanismos que los agentes emplean en el curso de sus actividades para conseguir lo que se proponen”21 claro está que se le podría objetar si este “lo que se proponen” forma parte de la conciencia práctica o de la discursiva. Pero centrémonos en lo principal de su teoría que es lo importante:

“Se pueden distinguir dos tipos de recursos: de asignación y de autoridad.”22 Los primeros están relacionados con el dominio sobre los recursos materiales, los segundos sobre las actividades de los seres humanos. Ambas fuentes de poder dependen en gran medida del manejo de las relaciones espacio-temporales. A la hora de explicar la constitución de la sociedad y el cambio social siempre se ha otorgado la primacía a la primera clase de recursos”, primacía con la que no está de acuerdo Giddens, aunque cree que tampoco hay que ponerse en el extremo contrario, sino que “el problema del análisis social es examinar una variedad de relaciones entre ambos a la hora de explicar la constitución de los sistemas sociales y del cambio social”.


5. Poder como dominancia

Zubiri también se enfrenta a la concepción del poder como causa. En el nivel primario pone, como es sabido, el momento de realidad. Pues bien, en este momento se da según él un “dominio de la realidad sobre el contenido”, que es a lo que llamará poder sin apelativos. Este momento determina físicamente, pero sin ser causa. ¿Qué es lo que determina, entonces? Determina una forma de realidad.23 En la realidad humana lo que caracteriza toda acción es un momento de indeterminación y apertura a la realidad, sea o no el acto consciente. La fuerza que tiene la posibilidad para caracterizar al hombre es lo que formalmente llama poder. Todos los deberes que la sociedad determina no son otra cosa sino un sistema de posibilidades apropiandas.24 Precisamente la volición no es más que la adopción o apropiación de una posibilidad de forma de realidad. El hacerse persona es la experiencia manifestativa de un poder enigmático. El poder de lo real es algo enigmático. Cada forma de realidad es vector de este poder. Hay una determinación física de la realidad sobre mis acciones, puesto que esta realidad me obliga a estar frente a ella. Es en este sentido que la realidad es dominante: se trata de una determinación física que no es causa. El ser humano se ve lanzado hacia el fundamento del poder de lo real en la inexorable forzosidad “física” de optar por una forma de realidad. La acción hace que los humanos nos determinemos, determinemos nuestra propia figura en la realidad.

Si la raíz de la sociedad es “un estar afectado por los demás en tanto que otros”25, la raíz de la política sería el momento de dominio que inevitablemente deriva de esta afectación. La política en su sentido elemental no es cuestión de que ciertas voluntades pretendan imponerse e imperar sobre otras, sino que constituye un momento estructural de la acción: el momento de poder, esto es, de potencialidad y de capacidad transformadora o estabilizadora en el caso de la acción y el de potencialidad o efectividad social o de dominio por otra.

Si la socialidad en cuanto tal envuelve a los otros en tanto que otros, es decir, en forma despersonalizada, la politicidad los envuelve en tanto que estos otros y yo misma podemos ser más o ser menos dentro de este conjunto social. Este concepto de política está referido al campo de acción. Aquí “ser” no se refiere únicamente a una posición social, a una ostentación de títulos o jerarquías en una escala, sino al simple hecho de que, en el terreno de las acciones hay individuos, colectivos, clases, géneros, culturas... desiguales. Mirar de cerca estas desigualdades puede tener un fuerte potencial crítico a la hora de valorar la “política” en su sentido tradicional y como no, en su sentido también amplio.

Si el sentido elemental de moral consiste en el hecho de que tenemos posibilidades por apropiación, el de política consiste en que estas posibilidades apropiadas generan desigualdades, construyen equilibrios, se apoderan de nosotros con distinta fuerza ...También está la cuestión de que mi propia realidad en tanto que realidad ejerce un dominio y es a su vez conformada por múltiples dominaciones que se hallan ciertamente en relación funcional y no causal.

Otro de los aportes de la filosofía de Zubiri a una teoría del poder sería que tradicionalmente desde la filosofía se ha asociado poder con potencia o con posibilidad, como señalábamos. Zubiri en cambio señala que los poderes se fundan en haberes.

En todas las acciones humanas podemos descubrir la dimensión política, pues en todas ellas se crean, reproducen o destruyen habitudes sociales, y ello de un modo que tiene como resultado el surgimiento de igualdades, desigualdades, la apertura de posibilidades, la construcción de unos modos de vida y la destrucción de otros. La dimensión política no se sobrepone a la acción humana, sino que es inherente a ella. El poder es una propiedad de la acción.26 La acción o su inhibición tienen un poder, y crea, perpetúa o suprime relaciones de subordinación o liberación. En cualquier actividad podemos encontrar un dinamismo político.

Toda estructura de acción se constituye como sistema de poder. Es un fenómeno, un efecto y un hecho de poder. Todos los sistemas sociales pueden ser estudiados como modos de dominación.27 Si lo peculiar de una acción social es el hecho de que intervienen los otros, lo característico de una acción política o de la dimensión política de toda acción es el dominio de los otros. Desde esta perspectiva de la política considerada como efectividad social podemos distinguir tres niveles: actos, relaciones de poder e instituciones y crítica política.

El terreno de las instituciones sobretodo el de las “públicas” tales como gobiernos, es el que todo el mundo reconoce como político. Lo podemos denominar política en sentido estricto28. Sin embargo hay un ámbito más amplio que es el de las relaciones de poder que hay que distinguir del de las instituciones, como señalábamos. Si no distinguimos entre ambos corremos el peligro de deslizarnos del poder al derecho, que es como tradicionalmente se ha interpretado la política. El derecho, con toda y su relevancia es un derivado del poder, es por decirlo así, una forma de éste. Su función es perpetuar unas determinadas posibilidades humanas y unas determinadas relaciones o coadyuvar a fijarlas.

En la estructura del acto humano hay un momento de poder que hay que estudiar. Para ello tal vez sea útil distinguir entre diversos niveles:

1. Protopolítica: El acto tiene como propiedad básica el dominio, un momento de fuerza. La política no comienza con el pacto social. Hay que estudiar esta protopolítica, la fuerza de los actos.

2. Política: Estructura y efectividad del campo social. En este nivel no se trataría de ver sólo unos supuestos códigos o leyes que dicen cual es el lugar que debe ocupar cada una en la sociedad, sino de ver de cerca el conjunto de haberes que configuran el ámbito de relaciones de dominio que existen. Las acciones, las prácticas, junto con las relaciones, tradiciones, transformaciones, que les están asociadas, ejercen un dominio. Sería muy importante distinguir aquí los fijados de los institucionalizados. En sentido estricto podemos denominar política a las actividades que tienen relación con las instituciones políticas, pero esta nomenclatura opaca el hecho de que los haberes sociales son la parte fundamental de la política. Son dos cosas que no van a la par, por lo tanto mejor denominarlas de otro modo. Las acciones están siempre estructuradas, pero esta estructura puede variar con el tiempo, por la voluntad de los actores, o por cualquier hecho o conjunto de circunstancias (técnicas, económicas, históricas ...).

3. Crítica política: Fuerza de la razón. Ensayos racionales. Estudio de la índole del poder. Cambio.


Conclusiones

Hemos hecho un breve recorrido por los diferentes sentidos que desde la teoría social se ha dado a poder, y se ha visto como éste se ha asociado a las nociones de influencia, control y coerción intencionales por parte de quienes sostienen más bien un individualismo metodológico, y que se ha vinculado también a los conceptos de determinación o indeterminación causal por parte de quienes como los marxistas, se inclinan por un punto de vista más estructural.

Hemos advertido también la insatisfacción de Giddens ante estos dos enfoques y nos hemos acercado a su planteamiento del poder como propiedad de la acción humana que, por su peculiaridad, nunca será reductible a los términos de la causalidad natural, pero por otra parte presenta unas estabilidades, continuidades o regularidades que es factible investigar.

Para llevar a cabo una tal investigación propone profundizar en el estudio de la “conciencia práctica”, término que pone en circulación para designar este terreno que si bien es más asequible que el ignoto inconsciente, también rebasa el meramente discursivo.

La profundización en la estructura de la conciencia práctica podría ser una manera de salvar el bache que hay en Foucault entre decir y hacer, entre el discurso y la acción, pues si bien sostiene que todo el tema del poder se dirime en la cuestión de la influencia de unas prácticas sobre otras prácticas, a la hora tanto de analizar como de fundamentar, permanece excesivamente en el nivel del discurso. En La voluntad de saber, por ejemplo, señala:


No se trata de saber si decimos sí o no al sexo, si le damos importancia o negamos sus efectos...; sino de considerar el hecho de que hablemos de ello, quién habla de ello, los lugares y puntos de vista desde los que se habla, las instituciones que incitan a hablar de la sexualidad..., en suma el “hecho discursivo” global, la “mise en discours” del sexo.29


Está claro que esta “mise en discours” del sexo a la que se refiere Foucault en cierta forma rebasa el ámbito discursivo porque toma el discurso como práctica, pero en este enfoque el discurso es el centro, no se accede a la práctica, en otras palabras, se trata de ver lo que se dice del sexo y no lo que se hace con él. La razón de esto sea posiblemente el hecho de que a Foucault el hacer le parezca menos accesible que el decir, por ello hace con cierta frecuencia afirmaciones como “hay que buscar las instancias de producción discursiva, de producción de poder y de producción de saber”, o “la sexualidad es el correlativo de esta práctica discursiva que es la scientia sexualis”.30 Giddens seguramente señalaría al respecto que hay que buscar las instancias de producción y reproducción de las prácticas en general,31 y Zubiri que Foucault permanece excesivamente en el nivel del logos, aunque sea un intento sumamente meritorio de profundizar en esta instancia, más allá de simples voluntarismos.


“Es la economía de los discursos, quiero decir su tecnología intrínseca, las necesidades de su funcionamiento, las tácticas que ponen en marcha, los efectos de poder que los subtienden y que ellos vehiculan -es esto, y en ningún caso un sistema de representaciones lo que determina los caracteres fundamentales de lo que dicen”32


Claro está que lo determinante no es un sistema de representaciones, pero si nos queremos enterar de lo que pasa no lo lograremos analizando solamente el discurso, ni siquiera considerando el discurso en tanto que práctica, como hace Foucault. Como eximente él advierte que pretende no tanto avanzar hacia una “teoría” del poder como hacia una analítica, esto es, hacia “la definición del dominio específico que forman las relaciones de poder y la determinación de los instrumentos que permitan analizarlo”,33 sin embargo tal analítica es difícil de llevar a cabo sin una teoría fundamental sobre el poder más o menos perfilada. De todos modos sí hay que decir que realiza un estudio muy útil que permite enfocar muchas caras inéditas para una teoría del poder, estudio, que dice él “sólo se puede llevar a cabo desembarazándose de una cierta noción del poder que es la jurídico-discursiva”.

Giddens en cambio, parte de la base de que hay que buscar otra instancia que no sea la conciencia discursiva desde la que analizar los actos, pues ésta no es ni mucho menos la más decisiva para la reproducción social. Lo fundamental está en la rutinización de unas prácticas, y respecto a tales prácticas hay un terreno que queda a caballo entre el consciente y el inconsciente y es la conciencia práctica. Veíamos también como sería necesario afinar los conceptos de fijación, e institucionalización para llevar a cabo un análisis que permita la aproximación a distintos tipos de hechos.

Respecto a las diferentes “nociones elementales” o sentidos de poder veíamos como el zubiriano recoge en cierto modo los sentidos apuntados de influencia y posibilidad, negando rotundamente como Giddens, la concepción del poder como causa. Entre las diversas nociones de poder hay que poner especial al de apoderamiento y dominio y al de posibilidad, señalando eso sí, que el poder no es mera posibilidad. La noción de fuerza debe quedar en primer término, como deja ver el enfoque maquiaveliano. El poder humano no es pura fuerza, pero una teoría que no recoja esta noción elemental queda coja. No es el caso de Zubiri, que la recoje muy bien presentando el poder primariamente como dominancia, que por supuesto va unida a capacidad, a posibilidad de cambiar el curso de la acción, al hecho de apertura de las posibilidades, a poder obrar de otro modo o preferir, y claro, al de influencia y también al de constreñimiento.

Señalábamos también que la realidad política es la realidad de los sistemas de dominio y liberación que crean nuestras formas de vida, y que un momento político clave lo constituyen la fijación y la institucionalización que hay que tratar de diferenciar y examinar con más rigor, ya que tenemos por ejemplo muchos hábitos fijados tales como comer pizza, ahora bien: entre estos hay distintos niveles de fijación o institucionalización. Un estudio sobre la expansión de las multinacionales de marcas de pizza como instituciones no sería suficiente para dar cuenta del fenómeno global de la incorporación de la pizza en la dieta de varios millones de seres humanos en el mundo.

Estudiar el poder de la acción puede ser muy útil para palpar y calibrar otros poderes derivados y más enredados tales como el de las personas, instituciones, el poder social... Mantenernos en este nivel de análisis puede resultar fructífero. Para concluir digamos que:

1. Un análisis cabal del poder tiene que partir del análisis de la acción humana como momento del que arranca todo proceso, hecho o estructura de poder.

2. Dentro de este enfoque no pueden quedar afuera las nociones de fuerza, y dominio en primer lugar y de posibilidad o hábito en segundo, nociones que con harta frecuencia suelen ser desplazadas por las de reconocimiento o intencionalidad.

3. Una teoría seria del poder no puede rehuir el análisis del conflicto y la violencia que posiblemente constituyan nudos gordianos a la hora de incluir en el análisis aspectos prácticos.

¿Cómo se meten gentes tan lejanas y hasta desconocidas en nuestros comedores, cocinas y alcobas? (son cuestiones que van mucho más allá de la tradición) ¿o qué decir del talante del fundador escondido en los recónditos pliegues del hábito de la más liberal de las órdenes religiosas? ¿Y qué de la mirada del Papa en las conciencias de tanta gente que ni siquiera se considera creyente?

Tanto Zubiri como Giddens se inscriben creo dentro del esfuerzo foucaultiano por pensar a la vez el sexo sin la ley y el poder sin el rey.

1 Anthony Giddens La constitución de la sociedad Amorrortu, Donostia 1996 p. 396

2 Ibid

3 Anthony Giddens La constitución de la sociedad p. 32

4 Ibid

5 Josep Vicent Marqués (?)

6 Anthony Giddens La constitución de la sociedad p. 57

7 Ibid p. 60

8 Nicos Poulantzas “El poder, las clases y los intereses de clase” en La política y el poder UCA San Salvador 1989

p. 47

9 Maurice Duverger “Desigualdad y poder” Ibid p. 16

10 El subrayado es mío.

11 Helio Jaguaribe “Acción política y plano político” Ibid p. 33

12 Ibid p. 45.

13 Helio Jaguaribe Ibid p. 29

14 Ibid p. 5.

15 Maurice Duverger Ibid p. 24

16 Ibid p. 26

17 Steven Lukes Ibid p. 77

18 Nicos Poulantzas p. 47

19 Steven Lukes Ibid p. 58-78

20 Anthony Giddens La constitución de la sociedad Amorrortu, Donostia 1996 p. 51

21 Giddens p. 7

22 Ibid p. 8.

23 Xavier Zubiri El hombre y Dios p. 87

24 Xavier Zubiri Sobre el hombre p. 424-425

25 Xavier Zubiri Estructura dinámica de la realidad p. 256 1989

26 Giddens The constitution of society Univ. California Press, 1984.

27 Giddens The nation state and violence Univ. California Press, 1987 p. 8

28 Hay incluso quien lo ha denominado “política política” para distinguirlo de otra clase de actividades que serán calificadas de política no política, pero se trata de una terminología confusa.

29 Michel Foucault `La volonté de savoir` Histoire de la sexualité Vol I Gallimard Paris 1976 p. 20

30 Michel Foucault p. 91

31 Ibid p. 91

32 Michel Foucault Ibid p. 92

33 Michel Foucault Ibid p. 109