CULTURA DE LA PACIENCIA

por Ricardo Ribera

 

El pasado 15 de octubre [de 1998] se realizó en un hotel capitalino la presentación del libro Violencia en una sociedad en transición [Papadopoulos et. al.]. La obra recoge las conferencias magistrales y las diferentes ponencias e intervenciones de la Conferencia Internacional que con el mismo título organizó, pocos meses atrás, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, en San Salvador. Por primera vez en el país se emprende de manera consistente el abordaje de uno de los problemas centrales de la transición salvadoreña: la violencia de posguerra. Varios prestigiosos especialistas extranjeros y expertos nacionales contribuyen desde las páginas de este libro – magníficamente editado – a desnudar la problemática en sus distintas facetas. Éste es un material ineludible para quien quiera adentrarse en el tema.

Durante la presentación del libro se nos dio la oportunidad a los asistentes, quienes habíamos llenado completamente el salón donde se desarrollaba el evento, de formular preguntas y expresar opiniones. En esa ocasión, quien esto suscribe hizo uso de la palabra buscando hacer un aporte a la temática. Manifesté que, estando clara la importancia de la llamada cultura de la violencia, debe tomarse en cuenta que ésta va indisolublemente acompañada de otra: la que yo he dado en llamar cultura de la paciencia.

Me ha parecido oportuno dedicar estas páginas a profundizar en aquella reflexión inicial. No pretendo con ello entrar a discutir contenidos del mencionado libro, sino más bien intentar complementar algunos aspectos que se desarrollan en él. En la medida que este modesto comentario ayude a motivar el interés en el tema, habrá con ello cumplido de sobras con su propósito.

 

Bienaventurados los mansos…

Difícilmente podría exagerarse la magnitud que ha cobrado el problema de la violencia en el país desde la firma del Acuerdo de Paz. Las cifras hablan por sí mismas. A mediados de los años setenta la tasa de homicidios en El Salvador estaba en 30 por cien mil habitantes, en los ochenta subió al doble, mientras que ahora asciende a unos 130 por cien mil habitantes. La tasa de homicidios es, en la actualidad, el doble que en la década pasada mientras con respecto a la década de los setenta se ha más que cuadriplicado. Y éste es sólo uno de los índices – aunque el de mayor gravedad – de las múltiples manifestaciones de la violencia en El Salvador de posguerra.

Sumamente preocupante es no sólo la magnitud de las cifras, sino también la diversificación y omnipresencia de la violencia actual. Está presente en todas las modalidades. No hay zona geográfica del país ni sector social que no esté siendo golpeado por el flagelo de la violencia. A la que podríamos denominar "delincuencia normal" se agregan remanentes de violencia provocada por antiguas rencillas y enemistades entre familias, venganzas personales, crímenes pasionales, violencia intrafamiliar, abusos y agresiones en los centros de trabajo. Completan la lista nuevas formas de violencia que se han puesto "de moda": competencias y deportes violentos, maras estudiantiles y pandillas juveniles en los barrios, como componentes de la nueva subcultura de los jóvenes, que se ha extendido por el mundo y ha penetrado también con fuerza en nuestro país. Por otra parte, movimientos sociales y grupos reivindicativos mantienen la tradición de usar métodos violentos para hacer valer sus demandas. Incluso entre el ciudadano común y corriente se han vuelto cotidianas la agresividad y violencia, las que asoman ante el menor incidente, roce o malentendido.

En suma, queda plenamente justificada la expresión cultura de la violencia cuando queremos referirnos al conjunto del fenómeno. Dicha generalización del término no debe distraernos de la necesidad de diferenciar las muy distintas expresiones de la violencia existente. Deben explorarse separadamente sus causales y perfilar de manera distinta medidas para superarlas y prevenirlas. No obstante, en un primer momento el fenómeno de la violencia nos aparece como un todo, por lo que resulta correcto partir de esa primera visión abarcadora. Al caracterizar el fenómeno como cultura de la violencia ello implica, como hecho cultural, dos cosas: una dimensión social y una histórica. Es decir, en cuanto cultura la violencia está impregnando al conjunto de la sociedad: en sus valores, vivencias, percepciones y reacciones. Por otro lado, sus raíces son históricas, penetran en el sustrato del proceso histórico por el que ha transitado el país. Tienen que ver, por tanto, con su modelo económico y su régimen político.

Vista desde esta perspectiva, la cultura de la violencia debe ser considerada como la herencia que nos han dejado las décadas de autoritarismo en El Salvador. Un sistema oligárquico conformado desde la introducción del café en el país durante el siglo pasado y una dictadura militar mantenida a fuerza de represión desde diciembre de 1931 hasta enero de 1992, no podían sino dejar una profunda huella en la cultura nacional. Está presente en la forma cómo se adoptan las decisiones en los distintos ámbitos: la empresa, la escuela, la familia o la política. Lo está en el modo de concebir y de ejercer la autoridad. Lo está en la manera de abordar y resolver los conflictos. Las relaciones sociales en su conjunto aparecen impregnadas de violencia. A ello hay que sumar los efectos "coyunturales" del reciente conflicto armado, la debilidad de las nacientes instituciones democráticas, las consecuencias del neoliberalismo y del consumismo imperantes. Deseos insatisfechos, expectativas negadas, frustración. Todo coadyuva a exacerbar los ánimos y a desatar la agresividad. Si hemos transitado el siglo con un sistema violento, difícilmente podríamos esperar terminarlo sin sufrir el acoso de una multitud de gente violenta que esa misma sociedad ha engendrado.

No obstante, dejarnos llevar por esa línea de razonamiento puede resultar demasiado unilateral. Fácilmente nos conduce a un "mea culpa" colectivo, desde la inspiración periodística de algunos titulares: "El Salvador, el país más violento de América Latina", "San Salvador, la ciudad más peligrosa del mundo". Medio orgullosos y medio humillados por tan tristes récords, fácilmente podemos dejarnos deslizar en el error de acusar a la salvadoreñidad – a sus tradiciones o a sus genes - por esa lamentable notoriedad. Significaría olvidar que la violencia implica agresores, pero también víctimas. Y que son muchas más las segundas que los primeros. En El Salvador somos mayoría, amplia mayoría, las víctimas. Pese a la magnitud de las cifras, los victimarios son una minoría. No hay que olvidarlo. El discurso sobre la cultura de la violencia tiende a generar la falsa impresión de que en El Salvador la gente es violenta. Eso no sólo es discutible. ¡Es falso!

En pocas partes puede encontrarse tanta gente pacífica, amable y paciente como en esta sufrida tierra. Es incierto que el salvadoreño sea culturalmente violento y mucho menos que la mayoría lo sea. Es más bien al revés. El grueso de la población ha desarrollado en este país virtudes auténticamente estoicas. Cabría afirmar que el pueblo salvadoreño se muestra, por lo general, excepcionalmente paciente. Detrás de la cultura de la violencia, que brilla majestuosa como la luna en el cielo, hay, al igual que en la luna, otra cara que permanece oculta: es la cultura de la paciencia. Es la que comparte la mayoría de personas que habitamos en este rinconcinto del mundo. Insisto: la cultura mayoritaria en El Salvador es la cultura de la paciencia. Sólo ella explica la capacidad de "aguante" que tiene la gente en el día a día. Resulta hasta sorprendente la paciencia con que las personas aguardan para ser atendidas en cualquier oficina gubernamental. Con qué humildad y resignación hacen la espera en algún consultorio del Seguro Social. Cómo se tragan la indignación ante el abuso y maltrato de motoristas y cobradores de los buses y cómo sufren calladamente as imprudencias, sacudidas y empollones de los microbuseros. Cómo, en fin, la gente se arma de valor todos los días para cruzar el centro de la ciudad, aguardar el transporte colectivo en paradas semidesiertas o regresar ya en lo oscuro a sus colonias. Todo esto en medio del zafarrancho cotidiano de vendedores ambulantes y policías antimotines, delincuentes y mendigos, borrachos y pandilleros. Es también impactante la serenidad con que a menudo la gente narra el último asalto del que ha sido víctima o la sosegada resignación con que llora a sus muertos, víctimas de "la situación" imperante.

Por todo ello, con la seguridad de hacerlo desde las amplias mayorías de este país, podemos reclamar que es la cultura de la paciencia la más representativa lo más genuino de la cultura nacional. Esta capacidad de sufrimiento y de "aguante" es la que impresiona a los extranjeros que nos visitan y que motiva a más de alguno a exclamar: ¡los salvadoreños son increíbles! Desde esta mayoritaria cultura de la paciencia es que podemos y debemos advertir a esa minoritaria pero numerosa masa de violentos: señores, ¡se nos está acabando la paciencia!

 

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia…

Llegados a este punto se ha vuelto evidente lo que de unilateral hay asimismo en este enfoque. También la cultura de la paciencia debe ser superada. Al menos en lo que tiene de pasividad, de conformismo, de sumisión. Un contraste que sorprende al salvadoreño que entra en contacto con sociedades donde hay tradición democrática es la actitud que demuestran allí los ciudadanos, de darse a respetar y de hacer valer sus derechos. Uno de los importantes déficits de nuestra transición democrática es justamente esa falta de tradición, de costumbre y de actitud, de cultura en suma. En su ausencia, aquí la ciudadanía sigue en lo de siempre, aguantar, en lugar de hacer uso de sus recién estrenados derechos y libertades. ¿De qué pueden servir si no son utilizados? ¿Cómo hacerlos efectivos si no son reclamados y puestos en práctica?

La cultura de la paciencia se revela, por tanto, no sólo como la otra cara de la cultura de la violencia, también como la otra cara del autoritarismo. Es parte de su legado. Seis largas décadas de dictadura y siglos de dominación colonial y criolla han dejado su impronta. Significa mucha desconfianza en las propias fuerzas, bastante desesperanza acumulada, mucha humillación, demasiada sumisión. La cultura de la paciencia, en la medida que procede y se nutre de esas vivencias, se constituye asimismo en un obstáculo para que aparezca y se desarrolle una cultura democrática. Herencia del pasado autoritario, la cultura de la paciencia debe ser superada. Lo mismo que su hermana gemela, la cultura de la violencia. Cobran sentido las palabras de Bruno Moro, representante residente del PNUD en El Salvador, cuando en al presentación del libro que comentamos escribe: "La violencia como fenómeno complejo y multicausal es parte de nuestra vida cotidiana: en la complejidad de sus expresiones nos afecta a todos, en su multicausalidad somos todos partícipes".

Desde una interpretación dialéctica: aunque lo inicial es distinguir entre víctimas y victimarios, por ser ésa la diferencia esencial, resulta incompleto y unilateral quedarse en este primer momento de la diferencia. Establecida la dialéctica de los opuestos surge el momento posterior de la identidad de ambos. Es el momento de la inversión, en el que cada extremo muestra ser su contrario dialéctico, se transmuta en su opuesto. Sin que deje de ser cierto que el agresor es agresor, que el atacante es responsable de su acción violenta, ello, sin embargo, no debe oscurecer el hecho de que el victimario es también, en buena medida, víctima. Lo es de un sistema que lo ha marginado o que lo incita a prosperar y enriquecerse sin importar los medios. Tanto si lo empuja el hambre o el afán de opulencia, su culpabilidad es compartida por la sociedad que lo engendra.

También inversamente. No siempre las víctimas son del todo inocentes. Además, quienes son víctimas de la violencia, del abuso y del atropello, a menudo descargan más tarde en otros su propia frustración o reproducen ante el más débil la relación opresiva, humillante o violenta de la que antes él mismo había sido objeto. Cuando dejamos de analizar el hecho puntual, separadamente, la nítida línea de demarcación entre víctimas y victimarios aparece desdibujada. Tiende a borrarse la diferencia al adoptar la perspectiva del conjunto de relaciones sociales, de la totalidad de roles y posiciones que los seres humanos ocupamos en los distintos ámbitos de la vida social.

Ahora aparece el análisis mucho más complicado, como reflejo más fiel de la propia complejidad de la realidad social. Aunque hay agresores y agredidos, nítidamente diferenciados, al mismo tiempo todos somos también un poco víctimas y un poco victimarios. Para expresarlo de otro modo: es parcial e insuficiente tomar como punto de vista único el de las víctimas. También lo es, desde luego y con mayor razón, el de los victimarios, aunque quieran justificarse en una especie de revanchismo social. Pero, a su modo, también las víctimas andan buscando su revancha sobre los victimarios. La verdadera superación únicamente puede consistir en la superación de la relación en cuanto tal. Es la relación que vincula víctima y victimario la que debe ser superada. La simple negación del agresor no es auténtica solución mientras en la sociedad el sistema de relaciones siga reproduciendo el esquema por el cual nuevas víctimas se convertirán en victimarios, para ser a su vez victimizados. Dicho de forma menos teórica: no es negando la agresividad, rebeldía, audacia o ambición, como supuestos motores de la violencia, como ésta podrá superarse, como tampoco lo será en el simple rechazo de la paciencia, la pasividad, la prudencia o la humildad.

Construir democracia, edificar una sociedad tolerante y pacífica, generar formas de convivencia humana, impulsar pautas saludables de conducta, todo ello pasa por superar tanto la cultura de la violencia como la de la paciencia. Una superación dialéctica que no implica un sencillo negar las anteriores, sino también afirmar e incorporar los aspectos positivos de una y otra. De lo que se trata es de transformar la cultura de la violencia en una cultura de la sana agresividad: asumida y autocontrolada. Es decir, cultura de la rebeldía y la dignidad, de la creatividad y la autosuperación. La cultura de la paciencia ya criticada debe asimismo ser superada por la cultura de la verdadera tolerancia: desde la igualdad y la comprensión. La cultura de la mayoría debe salir de su pasividad y asumir la acción para imponer la paz y el orden. La cultura de la paciencia debe transformarse en cultura de la impaciencia: ya es hora de no seguir aguardando soluciones de afuera, de arriba o del más allá. La mayoría debe romper el silencio y asumir el protagonismo de la actividad. Así podrá propiciar que el futuro se haga presente, que la democracia se haga efectiva, que ley y orden cobren vigencia en un sentido no autoritario, que el pacifismo deje de ser sinónimo de indecisión y lo sea de compromiso moral y decisión vital.

Cuando la mayoría paciente se vuelva masa impaciente, si las energías juveniles y rebeldes – hoy en gran medida desperdiciadas en la violencia ciega y autodestructiva – se reencauzan creativa y reivindicativamenmte, cuando unos y otros converjan en la necesidad de superar los roles de víctima/victimario, de opresor/oprimido, una gran fuerza moral e histórica se alzará capaz de realizar la justicia. Mientras tanto, su ley es imposible por abstracta y ciega. Se mueve entre la impunidad del victimario y la venganza de la víctima, entre la necesidad de la sanción y la imposibilidad de imponerla justamente. En tanto la sociedad no esté asentada en la justicia, la violencia seguirá, pues se nutre de la injusticia. Mientras las relaciones sociales sigan siendo esencialmente injustas, si son mayoría los que se sienten marginados o excluidos, entonces la ley y el orden, la justicia y la democracia seguirán siendo palabras vacías, sólo gordos monumentos huecos por dentro.

La renovación moral y la revolución cultural que necesita el país sólo pueden surgir de una gran movilización ciudadana, que arrastre en su energía a líderes y dirigentes, que transforme en actos la aspiración democrática y pacífica que palpita en la entraña de la nación. Sólo así se salvará El Salvador.

 

Notas:

1) Este artículo fue publicado en la revista ECA # 600, octubre de 1998, UCA, San Salvador.

2) El autor es historiador y catedrático del Departamento de Filosofía de la UCA de San Salvador.