Emilio Lamo
de Espinosa
Catedrático de
Sociología
Universidad
Complutense
Instituto
Universitario Ortega y Gasset
1. INTRODUCCION................................................................................................................................................ 2
2. UNA MIRADA A VISTA DE PAJARO: LOS TRES SALTOS ADELANTE............................................ 2
3. LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO: SUS CAUSAS............................................................................ 5
4. ¿SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO O DE LA INFORMACIÓN?.......................................................... 9
5. LA ECONOMIA DEL CONOCIMIENTO..................................................................................................... 11
6. EL ISOMORFISMO CIENCIA- DEMOCRACIA-MERCADO.................................................................. 12
7. EL TRIUNFO DE LA MODERNIDAD Y LA RUTINA DE LA
TRANSGRESION................................. 14
8. LAS PARADOJAS DE LA CIENCIA............................................................................................................ 18
9. EL SUEÑO DE LA RAZON............................................................................................................................. 21
¿Qué es la técnica o la tecnología?, ¿Cómo se
produce? Sobre todo, ¿por qué innovamos, cómo lo hacemos, quien lo hace?
Pretendo abordar el tema de un modo distinto al usual pues, como señaló
Whitehead hace ya años[2], el conocimiento
científico-técnico nos rodea de tal modo, es ya parte tan natural de nuestra
existencia, que perdemos la dimensión real de su importancia. Para captarla es
pues necesario salir del marco de la actual sociedad del conocimiento, e
incluso en alguna medida del marco la civilización occidental, para vislumbrar
su proceso de desarrollo, su inmenso crecimiento actual. Pues a mi entender la
cuestión importante no es tanto la de los efectos concretos de esta o aquella
tecnología, de la microelectrónica, la ingeniería genética o los nuevos
materiales, por citar algunas, sino el efecto agregado de la tecnología misma,
lo que significa para una civilización la producción sistemática de
conocimientos.
Y para ello hagamos un experimento mental:
tratemos de retroceder en la historia, de recular y distanciarnos para tener
perspectiva, y desde ahí, lancemos una mirada a vista de pájaro sobre la
evolución de los conocimientos en la historia de la humanidad, al modo, por ej.
en que lo hace Jared Diamond en su excelente libro Armas, gérmenes y acero[3] o al modo en que
lo hizo ya hace años Gordon Childe en La revolución del neolítico[4]. Y lo que descubrimos es un pauta clara de
dinámica ascendente, constante pero no continua en la que hay tres grandes
saltos adelante, tres momentos calientes en los que el grado de nuestros
conocimientos se eleva considerablemente esto lo podemos comprobar simplemente
analizando el cambio social, consecuencia casi siempre de innovaciones
tecnológicas.
Efectivamente, en el 40.000 a.c. se vivía
igual que en el 9.000 a.c., pero de modo muy distinto a como se vivía en el
3.000; es el primer salto adelante, la revolución del neolítico que da lugar a
las primeras ciudades (Jericó), los primeros Estados y los primeros Imperios.
Pero del 1.000 a.c. al 1.000 d.c., incluso al 1.400, de Egipto o Mesopotamia al
medioevo, las diferencias son pequeñas y el modo de vida continuará estable hasta
la revolución de la ciencia en la Inglaterra /Holanda del siglo XVII y la
posterior Revolución Industrial. Por ello, la vida cotidiana en el XVII,
incluso el XVIII, no era muy diferente de la del siglo I, pero sin embargo es
muy distinta a como se vivía a mediados del XX. Es el impacto de la revolución
científica clásica, la primera, que por cierto afecta sólo a Europa y es la
causa directa de su expansión hasta llegar a ser, hoy en día, la primera
civilización universal. Finalmente, hace setenta años, nuestros padres (no
digamos nuestros abuelos), vivían igual que a mediados del XIX, con pequeñas
variaciones que van incorporando a sus vidas. Pero ellos vivieron de modo muy
distinto a como se vive hoy. Estamos de lleno en la actual revolución
científico-técnica, la segunda gran revolución científica.
Son tres grandes saltos adelante -la
revolución neolítica, la primera revolución científica del XVII y la actual
revolución científico-técnica-, que marcan tres inmensas fronteras en el
desarrollo de los conocimientos y, como consecuencia, en las formas de vida.
Sin duda allí donde esos puntos de inflexión son más visibles es en la dinámica
demográfica de la humanidad. Se estima que hacia el año 10.000 a.C. había no
más de 5 millones de hombres en el planeta. Tras la revolución del neolítico, y
para el año cero de nuestra era, el número había crecido a unos 250 millones. Y
para el año 2.010 seremos probablemente unos 7.000 millones. Pero podríamos
poner otros muchos ejemplos. Así, si lo midiéramos en energía disponible por
habitante y año veríamos como se produce también un salto inmenso antes y
después de esas tres fronteras: de 0,5 cv en la antigüedad, a 1,6 en 1870 y más
de 15 hoy. Podíamos medirlo de otros modos: en velocidad de transporte (65
Km./día en la antigüedad; 325 hacia 1870; unos 60.000 hoy); en potencia
explosiva (0,5 Kg. de TNT en la antigüedad; 500 en 1870; 10 elevado a 8
Toneladas de TNT hoy). Y por supuesto, en la esperanza de vida: 22 años en la
antigüedad; 45 en 1870; 68 hoy. Y podría continuar con cientos de ejemplos que,
en todo caso, nos muestran que si en algún campo podemos hablar de progreso de
la humanidad, si la teoría clásica del progreso (Turgot, Condorcet) puede
predicarse de algo, ese algo es, sin duda el progreso de los conocimientos.
Podemos dudar del progreso moral de la humanidad y podemos preguntarnos si el
progreso estético tiene o no sentido, pero no podemos dudar del progreso
cognitivo.
Pero, ¿a que se debe ese progreso? ¿Qué ha
impulsado la innovación y el descubrimiento? Veamos muy rápidamente la causa de
los dos primeros saltos.
La revolución neolítica -como la denominó
Gordon Childe - se inicia hacia el 10.000 a.c. con la aparición de la
agricultura, la domesticación de los animales, la cerámica y la alfarería,
seguida del uso del bronce y el hierro y que da lugar a las primeras ciudades y
después los primeros Imperios históricos. Es el paso de la prehistoria a la
historia de la humanidad. Pronto aparecerá la escritura y antes los diversos
alfabetos.
Pues bien, ¿que fue lo que originó esa oleada
inmensa, gigantesca de innovaciones que va a cambiar por completo la historia
de la humanidad? Desde luego no fue un inventor pues sabemos que ocurrió en
varios lugares y en distintos momentos: el creciente fértil, Egipto, India y
China, más tarde en meso América y, según parece, en el este de los actuales
USA e incluso probablemente en Nueva Guinea (según señala Diamond). Fue, como
agudamente observo Ortega y Gasset en un texto excelente, la Meditación
sobre la técnica[5]
(y, sin saberlo, refuerza Diamond) resultado del puro azar, lo que llamaba la técnica
del azar. El contacto continuo de grupos humanos con un entorno favorable
les habituó espontanea e inconscientemente a manipular semillas o mamíferos, a
vivir con ellos. Y ese espontaneo "vivir con" dio lugar a un
aprendizaje, a un conocimiento natural y espontáneo, de modo que nadie se
planteo el problema de la innovación, nadie quiso innovar. Por eso Diamond
ofrece una explicación convincente de los orígenes de la civilización – de la
revolución del neolítico- como simple proceso evolutivo.
Es más sabemos por otros estudios que este
tipo de sociedades tradicionales y estables, recelan de las novedades y las
innovaciones; yo las he llamado (con Malinowski) neófobas[6]. Lo que ocurre es
que en ellas, por así decirlo, la evolución natural adaptativa a un nicho
ecológico determinado da lugar a una serie de conocimientos que forman parte
natural de su cultura. El hábitat
genera hábitos de todo tipo que
incorporan conocimiento del entorno (y estoy abusando, conscientemente, de
categorías puestas en circulación por Bourdieu). No hay propiamente ciencia
sino una cultura que incorpora saberes de modo natural y evolutivo. Hay saber,
y sobre todo “saber hacer”, más que conocer. En ellas la cultura es la ciencia,
la cultura incorpora de modo espontáneo, natural e inconsciente, un buen
arsenal de conocimientos científicos que les permiten lidiar con las
incertidumbres del entorno, del hábitat.
Por ello, como decía Ortega, el
primitivo no sabe que puede
inventar e incluso ignora su propia
técnica[7]. Pero, por supuesto, la tiene.
El
segundo gran salto adelante es la revolución científica del XVII con la que
pasamos –siguiendo de nuevo a Ortega- desde la técnica del azar a la técnica del técnico. El hombre moderno antes de inventar sabe que puede inventar; esto equivale a que antes
de tener una técnica tiene la técnica[8].
Pues lo importante, lo que fue crucial de aquella revolución científica
no es que se saben muchas cosas sino que se sabe la más importante de todas: se
sabe que se puede saber más y, sobre todo, cómo se puede saber más. Lo
específico de la revolución científica -y lo específico de la civilización
occidental- es que se ha descubierto cómo descubrir, y como descubrir cualquier
cosa, como descubrir sistemática y constantemente. Y esa es la gran innovación:
aprender a aprender, descubrir cómo descubrir, cómo innovar.
Por
eso los comienzos de la ciencia moderna debemos situarlos en el descubrimiento
del método científico pues es el método, es decir, el modo, el procedimiento,
la máquina de adquirir nuevos conocimientos, es la esencia de ese aprender a
aprender. Repito que, lo importante de la revolución científica del XVII no fue
la adquisición de nuevos conocimientos sino la adquisición del conocimiento
básico: cómo conocer. Y cómo conocer es el método. No es ciertamente casual que
en poco más de tres lustros aparezcan los dos grandes tratados del método
científico: el Novum Organum del inglés Bacon (1620), que descubre el
método experimental, inductivo, sintético, que va de lo particular a lo
general; y el Discurso del método (1637) del francés Descartes, que
descubre el método lógico-matemático, deductivo, analítico, que va de los
general a lo particular;. Por supuesto la ciencia se hace combinando los dos,
mezclando inducción y deducción y esa, que había sido la aportación pionera de
Galileo, será formalizada por el gran científico Newton en los Principia,
sin duda una de las cabezas mas brillantes de la historia de la humanidad, y
formalizado por Kant en la Crítica de la razón teórica.
Y
esta idea, la de que la clave de la ciencia no radica en sus descubrimientos
sino en el descubrimiento de cómo descubrir y, por lo tanto, de que se puede
descubrir todo, no es una idea mía pues fue expresada con toda claridad tanto
por Bacon como por Descartes. Los dos sabían perfectamente lo que estaban
haciendo. Lo más excelso, dice Bacon, es descubrir aquello por lo que todo lo
demás puede ser descubierto con facilidad. En cuando a método -señala Descartes en el Discurso del método
- entiendo por ello reglas ciertas y
fáciles cuya exacta observancia permite que nadie tome nunca por verdadero nada
que sea falso y que,....llegue mediante un acrecentamiento gradual y continuo
de ciencia, al verdadero conocimiento de todo lo que sea capaz de conocer.
Y
por ello podemos decir que a partir del XVII la humanidad no innova
azarosamente, casi a pesar suyo, como hacía con anterioridad, sino que innova voluntaria y conscientemente.
El propio Bacon, gran visionario, diseñó el primer laboratorio o universidad
moderna, investigadora (precedente claro de Humboldt), a la que llamó la Casa de Salomón, la casa de la
sabiduría, y que fue el antecedente directo de la primera sociedad científica,
la Royal Society inglesa. Pronto Luis XIV en Francia, Catalina la Grande en
Rusia, Federico de Prusia o Carlos III en España, seguirán ese mismo camino
mientras, como sabemos, las universidades vivían por completo al margen de la
gran revolución científica encerradas en el escolasticismo, el silogismo y las
citas de autoridades, el viejo órgano o
método contra el que se rebelaba el experimentalista Bacon. Pero se había
descubierto la máquina de producir descubrimientos y con ello comenzará la
andadura de la ciencia y la técnica modernas.
Y
así, si el XVII fue el siglo de la astronomía y la física, el XVIII, con
Lavoisier, será el de la química, y el XIX, con Darwin, será la biología la que
sufrirá su revolución hasta los comienzos del XX en que Planck y Einstein
renovaron de nuevo la física. Todo ello a través de un camino ascendente e
indiscutiblemente progresivo. Nunca fue más cierta la vieja idea con la que
Newton, ese heredero de los magos babilonios (como lo caracterizó Keynes) trató
de minimizar su genialidad: si llegué a
ver tan lejos es porque pude alzarme a hombros de gigantes[9].
Además, tan pronto se descubre la técnica, esta se aplica a
las artes industriales y a la producción, mecanizando instrumentos y procesos,
cuyo origen podemos datarlo en 1776 , fecha de la maquina de vapor de Watt
(pero también de La riqueza de las naciones de Smith). Es la invención
de la tecnología sustentada en la máquina que sustituye al músculo. Poco antes,
en 1747, se fundaba la primera escuela de ingeniería l'Ecôle des Ponts et Chaussées. El gran libro de esa primera
revolución es la Enciclopedia (1751-1772). Y con ello comienza la
revolución de la productividad, que se potenciará, con la segunda revolución
industrial, desde finales de siglo, cuando el conocimiento se aplica a
mecanizar el trabajo mismo, los modos
de organizar el trabajo: es el taylorismo (1881) y el fordismo, que da lugar a
la revolución de la productividad. Y efectivamente, el resultado de esa primera
revolución tecnológica es que la productividad comenzó a crecer al ritmo del
3,5 o 4% anual, doblándose cada 18 años (y retengamos esa cifra). Desde los
tiempos de Taylor se estima que la productividad se ha multiplicado por 50,
multiplicando al tiempo la riqueza disponible y el bienestar.
No
obstante la ciencia se encontraba con numerosas resistencias. Ideológicas, por
supuesto, y recordemos a Galileo. Pero sobre todo, era la actividad de
pioneros, individuos aislados sin más recursos que los que ellos mismos ponían
(como Darwin) o dependiendo de algún mecenazgo más o menos arbitrario. Y esto
de los recursos nos lleva directamente a la clave de la actual revolución
científico-técnica.
Efectivamente,
ya el propio Bacon distinguía en la ciencia tres dimensiones: 1.-el stock de
saberes o la ciencia en sentido pasivo, el conocimiento acumulado en algún
soporte estático, tradicionalmente en libros y bibliotecas; 2.-el flujo o la
ciencia en sentido activo, la producción, la innovación continua, cuya clave es
el método; 3.-y finalmente, los recursos, materiales o humanos, necesarios para
la innovación. Pues poco se puede hacer si no se dispone de recursos. En
definitiva, podemos visualizar la ciencia como un output, resultado de una
fábrica (el método) cuyo input son los recursos disponibles.
Y
ese es el lento proceso de institucionalización de la ciencia, que pasa de ser
la actividad aislada de pioneros, similar a la obra creativa de un escritor o
un pintor, a la actual y gigantesca institucionalización de la ciencia. Si
buscáramos un punto de partida a la institucionalización de la ciencia, y
dejando aparte el precedente de Bacon o las Sociedades Reales, sin duda
deberíamos comenzar con Humboldt y la fundación en 1809 de la primera
universidad investigadora, la Universidad de Berlín. que incorpora la ciencia a
la Universidad. Pues con la Universidad de Berlín aparece ya algo radicalmente
nuevo: el trabajador a quien se paga para que investigue, en este caso un
funcionario público remunerado con el objetivo de que aumente los
conocimientos.
El
proceso de institucionalización continua con el desarrollo del sistema
universitario alemán a lo largo del XIX, modelo para todos los demás (y así
para los Estados Unidos, Japón o la española Junta para Ampliación de
Estudios). Sigue con los primeras joint
ventures entre departamentos universitarios y empresas en la Alemania
Guillermina, en el fin/comienzo de siglo, dando lugar a la primera (y en gran
medida actual) industria química, farmacéutica o eléctrica, un precedente claro
e ignorado de Silicon Valley. Se traslada después a las universidades
americanas, pautadas según el modelo de las germanas, a comienzos de este
siglo. Y estalla definitivamente después de la Segunda Guerra Mundial al
generarse lo que el Presidente Eisenhower -y, tras el, el sociólogo crítico
Wright Mills- llamaron el complejo militar-industrial, la alianza durante la
Guerra Fría de los intereses militares y el Pentágono, las grandes empresas de
armamentos y las universidades en la producción de ciencia y tecnología en gran
escala. No olvidemos que hasta Arpanet, el origen de Internet, es también un
derivado de ese complejo militar-industrial-universitario ideado por las
autoridades militares para el caso en que una conflagración nuclear produjera
un colapso de las comunicaciones[10].
El
proceso significa el paso desde la ciencia artesanal a la Gran Ciencia moderna[11], de
la que el primer ejemplo podría ser el proyecto Manhatan orientado a la
producción de las primeras bombas atómicas, otro derivado del complejo
militar-industrial. Y que no es en
ultima instancia sino la aplicación a la producción científica de los mismos
métodos que la ciencia había elaborado para cualquier otra producción, ya sea
de objetos manufacturados o de servicios. Fabricar conocimientos como se
fabrican automóviles, se produce leche, o se editan periódicos. Podemos decir
que la ciencia se aplica reflexivamente a si misma, la producción científica se
vuelve ella misma producción científica, y por lo tanto, rutinaria, constante y
sistemática. Una actividad a la que se dedican cada vez mas recursos en tiempo,
dinero y mano de obra. Ya no se investiga artesanalmente sino industrialmente.
Y
esto significa un radical cambio de escala. Pondré un ejemplo: cuando se
descubre la partícula omega menos en la Phisical
Review, el trabajo que lo anuncia lleva la firma de más de 50
investigadores. ¿Es eso un experimento u otra cosa distinta y nueva? Pero es un
problema de escala: un experimento de física de alta energía en un ciclotrón
puede costar miles de millones de pesetas, implicar a cientos o miles de
técnicos, científicos ingenieros y, por supuesto, gestores y administradores, y
su preparación puede llevar meses o incluso años. Hemos pasado pues de la
técnica del técnico a la técnica de la organización y la burocracia o, lo que
es lo mismo, a la técnica del asalariado. Y como sociólogos, podríamos añadir
que del mismo modo que Marx analizó cómo el trabajador manual había sido
expropiado de sus medios de producción de modo que, para poder producir, tenía
que venderse como trabajador en el mercado; y del mismo modo que Weber amplió
este análisis al trabajador de cuello blanco poniendo de manifiesto que lo
mismo les había ocurrido a los administradores, los abogados o los médicos,
expropiados de sus medios de producción. Hoy, otro tanto le ocurre al
científico o investigador, expropiado de sus medios de producción y que debe
venderse como trabajador científico para disponer del utillaje necesario.
Pero
lo importante es el resultado de esta dinámica de creciente institucionalización
de la ciencia, que es, por supuesto, el crecimiento exponencial del flujo de los conocimientos en todas las
direcciones.
·
en
primer lugar en la producción de nuevos conocimientos. Los cálculos de Price
muestran que estos se doblan cada 15 años, lo que es un ritmo endiablado,
brutal, de crecimiento. La mayoría de los científicos que ha habido en la
historia de la humanidad (el 90%) están vivos y su porcentaje sobre el total
crece en lugar de reducirse. El número de revistas científicas , como el de
especialidades (el branching) se dobla también cada
quince años. En muchas ramas de la ciencia un par de lustros, a veces uno solo,
es suficiente para dejar obsoleta una formación inicial. Durante la década
final del siglo XX se adquirió más conocimiento que en toda la historia previa
de la humanidad. Son datos que muestran un salto cualitativo indiscutible.
·
pero
también en la distribución de los conocimientos, y así, la escolarización
masiva postsecundaria es una consecuencia. El caudal de conocimientos necesario
para poder funcionar con eficacia social es inmenso e inevitablemente la
escolarización se alarga. Hasta un 70% de jóvenes acuden en USA o Japón a la
enseñanza postsecundaria, universitaria, tantos como hace un siglo acudían a la
escuela o como hace 50 años cursaban el bachillerato. El porcentaje de
población activa con enseñanza superior es en muchos países del arrea OCDE
superior al 20% lo que significa que hay grupos numerosos que han sido
sistemáticamente entrenados en la lógica de la ciencia, lógica que aplican
inevitablemente a sus problemas cotidianos y ordinarios. Hoy en España hay más
de 1.500.000 universitarios y más de 60.000 estudiantes de doctorado, números
similares, respectivamente, al de alumnos de escuela o de universitarios hace
50 años. En la sociedad del conocimiento la universidad es el equivalente a lo
que era el bachillerato en la industrial, y el doctorado el equivalente a lo
que era la universidad. La ciencia es así, progresivamente, el modo usual y
ordinario de pensar, es pues cultura y, en muchos sitios, cultura popular de
masas. Ese es, en mi opinión el sentido más profundo del término sociedad del
conocimiento: que si antes la cultura era la ciencia, hoy la ciencia es la
cultura dominante.
·
y finalmente en la
incidencia social de ese flujo continuo de conocimientos. Los tiempos de
impregnación social de las nuevas tecnologías, de comercialización y difusión,
se acortan. El teléfono necesito más de medio siglo desde su descubrimiento
hasta su aplicación; la radio solo 35 años; el radar poco mas de 15; la
televisión poco mas de 10; el transistor 5 años. El lag o retraso entre la
producción de una conocimiento básico y su difusión es cada vez menor, de modo
que la misma distinción entre investigación básica y aplicada, entre I y D se
desdibuja. En ocasiones se está esperando a que el laboratorio acabe de
perfilar sus conclusiones pues la línea de producción, el envasado, la
comercialización, y el marketing ya están preparados, a la espera de salir a la
calle. La rapidísima difusión del teléfono móvil es una muestra más de una
pauta generalizada: la producción de nuevos conocimientos está ya acoplada con
una sociedad radicalmente neofóbica dispuesta y preparada para recibir ese
aluvión de innovaciones.
El sociólogo Anthony Giddens ha expresado así
en un libro reciente la brutalidad de
ese ritmo de innovación:
La velocidad de los avances científicos ...es diez
veces mayor que hace veinte años. La velocidad en la divulgación de los avances
y descubrimientos científicos es treinta o cuarenta veces más rápida de lo que
era hace veinte años. Actualmente el volumen de la investigación científica que
se lleva a cabo en el mundo representa cinco veces el volumen de dicha
investigación hace veinte años [12].
Pero si la innovación se acelera y su incidencia
es más rápida, todo ello acelera insospechadamente el ritmo de cambio social. Y
no es de sorprender pues que, si la ciencia de dobla cada 15 años
aproximadamente la productividad lo haga cada 18.
Pues todos esos conocimientos, inciden cada vez más rápidamente sobre los
ordenes sociales, sobre la producción, sobre la comunicación, sobre el
transporte y un largo etcétera, inciden sobre la realidad cotidiana,
modificando costumbres y hábitos de todo tipo. Hemos institucionalizado una
máquina de producir innovación y cambio social: la ciencia.
A comienzos de siglo, un agudo observador de
la realidad, Thorstein Veblen, publicaba el primer estudio sociológico de la
ciencia, El lugar de la ciencia en la civilización moderna[13]. Y señalaba que ningún otro ideal cultural ocupa un lugar
indiscutible similar en las convicciones de la humanidad civilizada. Para
afirmar con énfasis: Quasi lignumn vitae
in paradiso Dei, et quasi lucerna fulgoris in domo Domini, tal es el lugar de
la ciencia en la civilización moderna[14]. La ciencia –afirmaba
rotundo Veblen- da su carácter a la
cultura moderna [15]. Sus palabras han resultado proféticas de modo que la ciencia, ahora
sí, sin duda, es el motor más fuerte del cambio social, la variable crucial, el
Deus ex machina de las sociedades modernas.
Sin duda uno de los campos donde la
incidencia de la ciencia ha sido más fuerte es en el área de los sistemas de
almacenamiento y transmisión de la información de modo que lo que soñó el gran
visionario Vannevar Bush hacia 1945 en el conocido trabajo Cómo podríamos pensar, es ya una realidad:
Toda la Enciclopedia Británica cabría, pues,
en el interior de una caja de cerillas, y una biblioteca de un millón de
volúmenes podría caber en una esquina de nuestro escritorio. Si desde la
invención de los tipos de imprenta móviles, la raza humana ha producido un
archivo total....equivalente a mil millones de libros, toda esa ingente
cantidad de material, microfilmado, podría acarrearse en una furgoneta...El
material para el microfilmado de la Enciclopedia Británica costará unos
cinco centavos de dólar y podría ser enviado por correo por otro centavo[16].
Bush se equivoco en poco. No ha sido la
óptica y el microfilmado sino la microelectrónica y la informática, pero el
resultado es similar. Tan asombroso es ese resultado que se señala
frecuentemente que el elemento que singulariza las sociedades modernas es la
información, y se las denomina así, “sociedades de la información”. Es
comprensible el término, y al menos nos proporciona una contenido concreto
alternativo al uso continuo del prefijo post- (ya sea post-burgués,
post-industrial post-capitalista o post-moderno) que indica que estamos más
allá de algo pero sin saber aun dónde. Pero no estoy nada convencido de que sea
el correcto o al menos el más correcto.
Sin duda el impacto de los ordenadores y de
sus conexión en redes es enorme como apreciamos simplemente por la evolución de
los mercados de capitales, del ebusiness, de la informática, de Internet
etcétera. No es pues de sorprender que el término sociedad de la información se
haya impuesto desde su uso por vez primera en el clásico (y aún excelente)
libro de Daniel Bell El advenimiento de la sociedad post-industrial en
1973.
Pero el efecto neto global de las tecnologías
de la información ha sido, justamente, facilitar el acceso a la información y
reducir drásticamente su coste. Se ha calculado que si la industria aeronáutica
hubiera avanzado a la velocidad que lo ha hecho la microelectrónica
dispondríamos de aviones Boeing 767 a un coste de 500 dólares que darían la
vuelta al mundo en 20 minutos y habrían gastado 20 litros de gasolina. El poder
computacional de un dólar ha crecido por un factor de 10.000 en los últimos 20
años. Como soñara Bush, un solo CD-Rom contiene la Enciclopedia Británica
y ya empezamos a tener bibliotecas particulares de CD-Roms. Pero además,
podemos acceder a miles de bases de datos vía Internet, cuyo volumen de páginas
web, actualmente estimado en medio billón, se dobla cada 100 días a una tasa
aproximada del millón de páginas diarias[17]. La web es así como una
inmensa memoria colectiva de la humanidad donde todo queda registrado[18]. Finalmente, la cantidad
de información que recibimos, que se nos envía, queramos o no, que no nos
interesa, es también inmensa. En resumen: la cantidad de información de que
disponemos es enorme y creciente de modo que la unidad de información, el bit,
vale cada vez menos. y el coste de trasmitirla es ya casi nulo.
Pero justamente por ello, el resultado neto
es que se ha acentuado la diferencia entre información y conocimiento, haciendo
que este sea mas valioso y aquella menos. El problema es, crecientemente, no
acceder a la información, sino saber discriminar la información relevante de la
que no lo es, separar la información del ruido. Como señalaba Bush, logros verdaderamente significativos se
pierden entre el maremagnum de lo carente de interés[19]. Y discriminar la
relevante de lo irrelevante, la información del simple ruido, no es tarea de la
información sino el conocimiento. Es más, a medida que la información vale
menos y su acceso se democratiza el valor del conocimiento crece. Por ello las
nuestras son, y de modo creciente, sociedades del conocimiento y no tanto de la
información. La sociedad industrial pudo avanzar a lomos de fuentes de energía
baratas (desde la máquina de vapor al motor de combustión), pero justamente por
eso no la llamamos “sociedades de energía”, sino sociedades de aquello que la
energía hizo posible: la industria, la fábrica. El abaratamiento de la
información lo que abre es la posibilidad de una nueva fábrica, las knowledge factories (cómo llamó a las Universidades Clark Kerr),
las fábricas del conocimiento, disponible para quien pueda usar de esa nueva
energía que es la información.
Por lo demás, es notablemente simplificador
reducir el avance científico o su desarrollo tecnológico al campo de la
informática. El
descubrimiento de la mecánica cuántica por Max Planck en 1900 fue la base que
permitió desarrollar células fotoeléctricas y más tarde, y combinada con la
física del estado sólido, transistores, diodos y el moderno chip. Y es gracias
a la mecánica cuántica y a las teorías de la relatividad descubiertas por
Einstein en 1905 y 1915, que descubrimos la fisión nuclear del uranio, poder
nuclear que ha marcado la segunda mitad del siglo. Y por supuesto, la biología
molecular, base de la ingeniería genética, está comenzando con el
descubrimiento del genoma. La miniaturización y las
nanotecnologías están a la vuelta de la esquina y la incidencia de los nuevos
materiales es ya ubicua[20]. En resumen, no debemos
confundir la ciencia visible en la vida cotidiana con la totalidad de la
ciencia que hoy permea toda actividad tecnológica o social. La fascinación con los ordenadores y sus
redes es comprensible, pero no deja de ser el “modo usual de ver las cosas”,
los pre-juicios , que es siempre el modo contra el que se construye la ciencia
(Durkheim), Es tal el avance de la ciencia en todos los campos que hay
científicos que opinan que ya queda poco por descubrir, tesis más que
discutible[21]
¿Qué significa esta aceleración de la
producción científica y de su incidencia social? Se señala con frecuencia que
da lugar a una nueva economía, una nueva política y una nueva sociedad, como
indica el justamente celebre libro del sociólogo español Manuel Castells La
sociedad red[22]. Y en gran medida es cierto. El economista británico Alfred Marshall señaló que mientras la naturaleza...muestra una
tendencia a rendimientos decrecientes, el hombre....muestra una tendencia a
rendimientos crecientes...El conocimiento es nuestra mas poderosa máquina de
producción. La idea fue recogida hace años por
el guru del management, Peter Drucker, en un libro sorprendentemente titulado Post-Capitalist Society[23], a saber,
que el recurso económico básico -los
medios de producción, por usar la terminología económica- no es ya el capital,
ni los recursos naturales...ni el trabajo. Es y será el conocimiento...El valor
se crea por la "productividad" y la "innovación", ambas
aplicaciones del conocimiento al trabajo[24].
Se trata de una afirmación repetida hoy por los mas acreditados organismos
internacionales, como el Banco Mundial: Hoy
la mayoría de las economías tecnológicamente avanzadas son ciertamente
economías basadas en el conocimiento. Y viceversa, el conocimiento es la llave del desarrollo- el conocimiento es
desarrollo[25].
Y
así parece, a juzgar por los datos. El Banco Mundial estima que mas de la mitad
del PIB en los países de la OCDE se basa en la producción y distribución del
conocimiento[26]. Y
por eso en USA hay hoy mas trabajadores produciendo y distribuyendo
conocimiento que produciendo y distribuyendo mercancías físicas. Y por
supuesto, eso acrecienta la inversión en conocimiento de modo que los países
desarrollados invierten cerca del 20% del PIB en la producción y distribución
del conocimiento: el 10% en educación formal (era menos del 2% hacia 1915);
otro 5% invertido por los empleadores; y entre un 3 y un 5% en I+D. La
inversión en conocimiento es pues la mayor en casi todos los países
desarrollados. La clave del futuro está en la productividad de esas inversiones
en conocimiento, algo sobre lo que, por cierto, sabemos muy poco como, en
general, sobre la economía del conocimiento.
Una
economía que se sustenta, no en la producción de objetos o cosas, sino
claramente en la producción de ideas, intangibles, (fundamentalmente
innovaciones, patentes, marcas o sistemas de organización) que funcionan como
bienes públicos, no excluibles. Pues a diferencia de la vieja economía, agraria
o industrial, en la que el uso que un individuo hace de un producto (una
naranja o una aspiradora) excluye a los demás, los nuevos productos pueden ser
utilizados por cualquiera indefinidamente. Producir la idea puede ser costosa,
pero reproducirla y hacerla accesible a otro tiene un coste infinitesimal. Así,
el coste de producción material de un ordenador puede ser inferior al 20% de su
precio; el resto son patentes, ideas,
marketing y distribución. De modo que tras la propiedad inmueble, propia de las
sociedades agrarias y que definía en ellas la riqueza, y la propiedad mueble
(significativamente llamada “valores”) de la sociedad industrial, entramos en
la propiedad de intangibles propia de la sociedad del conocimiento, que debe
ser protegida con copyright, royalties o patentes. General Motors
no es ya la gran empresa del mundo; lo es Microsoft.
En
todo caso, hemos entrado en una espiral retroalimentada en la que la ciencia
genera mayor productividad y nuevos productos, economía, y esta invierte en
ciencia. La economía produce conocimientos, y viceversa, el conocimiento es la
riqueza y la función de las empresas no es otra que generar nuevos
conocimientos[27]. Un
ejemplo: los Laboratorios Bell cuentan con 24.000
empleados en 22 países, pero de ellos más de 4.000 tienen título de doctor. Los
investigadores de la Bell Labs tienen el honor de haber recibido nada menos que
11 Premios Nobel. En estos laboratorios han nacido el transistor, el láser, la
célula solar, la comunicación vía satélite, la telefonía móvil, el ordenador
digital, la transmisión de TV a larga distancia, la grabación estereofónica,
las películas de cine con sonido. Actualmente registran más de tres patentes
por cada día de trabajo. ¿Es esto un laboratorio, un centro de investigación o
una empresa? No lo sabemos bien, pero sí sabemos que es el sueño realizado de
los visionarios de la sociedad industrial, el sueño de Bacon, Saint-Simon o
Comte: una sociedad de científicos-empresarios.
El
triunfo de la ciencia y su importancia radical en el desarrollo de la sociedad
post-industrial no debería sin embargo sorprender pues ciencia, democracia y
mercado son sólo tres aspectos o dimensiones del mismo orden institucional.
Efectivamente,
estamos acostumbrados a pensar que las instituciones centrales del mundo
moderno han sido el mercado y el Estado. Es normal pues se trata de las
enseñanzas acumuladas de Marx y Weber, sumadas a la experiencia moderna. Marx
nos enseñó que el desarrollo de la lógica de la mercancía, del capital, era el
móvil de la sociedad industrial, una lógica que a partir de Simmel, Lukacs y la
teoría crítica, sabemos se expandió a los más diversos ámbitos (arte,
literatura, periodismo, e incluso relaciones personales), de modo que cuando lo
teóricos de le elección racional elaboran construyen mercados matrimoniales o
de otro orden percibimos inmediatamente la lógica expansiva de la mercancía. Y
ciertamente que el modo de producción correspondiente a la sociedad moderna se
basa en la producción de mercancías para el mercado y el consumo es algo
irrebatible.
Como
también lo es que, junto a los modos de producción, todo orden social se
caracteriza por unos modos de administración o gestión que, en la sociedad
moderna, se articulan alrededor de una legitimidad legal-racional. Y así, junto
a la economía capitalista de mercado, el Estado democrático ha sido la otra
gran fuerza conformadora del mundo moderno. Es más, podemos pensar la historia
del siglo XX como la historia del triunfo de esas dos instituciones frente a
modelos alternativos. La experiencia comunista, desde 1917 a 1989 (el “corto
siglo XX” de algunos historiadores) es la crónica del fracaso tanto de una
economía sin mercado como de un Estado sin democracia.
Pero
es también la crónica de cómo esas dos instituciones van juntas y se necesitan
mutuamente. Pues las relaciones entre el Estado democrático y la economía de
mercado no son las de dos vasos comunicantes, tal que si uno crece el otro mengua,
en un juego de suma cero. Más bien se trata de dos manifestaciones distintas
del mismo orden institucional basado en el principio de soberanía del
individuo, bien como agente económico (como productor, inversor o consumidor) o
como agente político (como actor político, público o elector), de modo que la
libertad en un campo no se puede desvincular de la libertad en el otro. Y así,
si la experiencia demostró entre 1917 y 1989 que el intento de crear Estado
democrático sin mercado conduce al despotismo político burocrático, la
experiencia demuestra ahora que el intento de generar mercado sin Estado (ya
sea en México o, de nuevo, en Rusia), conduce a la degeneración de ambos, a un
Estado corrupto y a una economía fraudulenta. En ambos casos, democracia y economía
capitalista, nos encontramos pues con “mercados” en el sentido de que sujetos
soberanos y libres formulan ofertas que son o no aceptadas por sus
conciudadanos, todo ello en un marco normativo de transparencia informativa y
regulación jurídica. Que en uno de esos mercados todos los compradores tengan
los mismos recursos (un voto igual para cada ciudadano) mientras que en el otro
mercado tienen recursos distintos (según su capital) no altera sustancialmente
la similitud. Pues sabemos además, al menos desde La distinción de
Bourdieu, que tampoco los “capitales sociales” son homogéneos.
Pues
bien, lo importante a estos efectos es que ambos ordenes institucionales, el
político y el económico, tienen su contrapartida en un tercero, del que
probablemente derivan: la soberanía del ciudadano como ser pensante, la
libertad de pensamiento y de expresión, una consecuencia de la Reforma
protestante que, al establecer el libre examen, hizo de cada individuo
sacerdote de sí mismo. Los philosophes franceses del XVIII vieron
claramente la conexión fáctica existente entre libertad de expresión y la
consecución de la verdad pues sólo en un marco democrático hay lugar para el
debate y la crítica, sin la cual no es posible alcanzar consensos cognitivos.
La censura inhibe la producción de conocimiento. Este es un tercer mercado,
isomorfo con los anteriores, en el que sujetos cognitivamente soberanos
formulan enunciados que son sometidos a crítica y debate publico. Es la
estructura democrática de la ciencia según fue analizada por R. K. Merton[28].
Así,
economía de mercado, estado democrático y ciencia no son tres ordenes
institucionales separados (aunque sí sean distintos) sino, como los tres lados
de un triángulo, manifestaciones diversas de un mismo principio de soberanía del
individuo que acepta o no las sugerencias que le formula un tercero. Y si la
libertad política no es separable de la libertad económica, ninguna de estas es
separable de la libertad de expresión o de juicio, que es, mas bien, sus
sustento y origen. Y dicho queda -aunque es tema que exigiría mayor desarrollo-
que en mi opinión es esa libertad fundamental, la del ciudadano como ser
pensante, la base de las otras dos. Por decirlo de otro modo, no es la libertad
política la que, históricamente, arrastró la libertad de la ciencia, sino al
contrario, esta, como libertad de juicio y de expresión, un claro derivado de
la reforma protestante, la que exige aquella. Pues tan pronto como la verdad es
entendida, no como el dictum de una
autoridad superior, sino como la aquiescencia personal a un argumento en virtud
de sus méritos, la libertad de expresión resulta ser presupuesto de la verdad.
Y tan pronto como tenemos libertad de expresión, tenemos espacio público y
democracia. Y tan pronto como tenemos democracia, tenemos economía de mercado.
Pero sea cual fuere el orden histórico causal, es lo cierto que el orden
moderno plenamente realizado (la post-modernidad de algunos) es la imbricación
creciente entre ciencia, democracia y mercado[29].
Pero,
como señalaba al principio, lo importante no es tanto el efecto de esta u
aquella tecnología, sino el efecto agregado y global de la institucionalización
de la ciencia. Y si observamos así las cosas lo que encontramos es una inmensa revolución que ha exacerbado hasta sus ultimas
conclusiones el viejo programa de la Ilustración. Recordemos el motto de Kant, sapere aude, atrévete a saber, osa saber, ten valor. Pues bien,
esto, que era un eslogan revolucionario en la sociedad del antiguo régimen, no
es ya la excepción sino la regla. Todavía durante los siglos XIX y buena parte
de este el espíritu progresista e innovador, racionalista, presente en sectores
sociales importantes, tenía su contrapartida en orientaciones conservadoras,
tradicionalistas, que miraban al pasado. La neofilia acelerada de los
modernizadores tenía la contrapartida, en no pocas ocasiones ganadora, en la
neofobia de los tradicionalistas. Y así la “duda metódica” de la ciencia se
oponía al dogmatismo de la fe y la religión, como los progresistas se oponían a
los tradicionalistas, la iconoclasta vanguardia artística se oponía al arte pompier o clásico, o la moda (no sólo en los vestidos) se oponía a los
hábitos de todo tipo. Los progresistas o innovadores, que miraban al futuro,
hacia delante, y lo generaban con su acción, tenían la contrapartida y el freno
de los tradicionalistas o conservadores, que miraban al pasado y ralentizaban
el progreso[30].
Ese es el núcleo esencial de la historia de Europa desde el siglo XVIII a
finales del XX. A mediados del siglo pasado Jaime Balmes podía escribir:
Hombres hay que viven en lo pasado, y los
hay también que viven en el porvenir. Unos y otros condenan lo presente;
aquellos ensalzan lo que fue, estos lo que será; los primeros se consuelan con
recuerdos, los segundos con esperanzas; al fijar sus miradas en los futuro los
unos exhalan un gemido y entonan funerales endechas, los otros saludan con
himno entusiasta la aurora de un nuevo día[31].
Pues bien, hoy ya no hay casi neofóbicos y el
espíritu innovador e ilustrado lo abarca todo. Sorprendentemente donde más se
habla de innovación es en las reuniones de empresarios, justo el grupo que
tradicionalmente era conservador; mientras que donde mas se habla de
conservación (del medio ambiente, de la biodiversidad o de la diversidad
cultural, de las identidades, de las lenguas, incluso de las tradiciones y
costumbres) es en las reuniones de progresistas, tanto que casi lo único que
fusiona al poderoso movimiento anti-globalizador es esa común orientación
anti-innovadora y conservadora. Los que fueron progresistas e innovadores hoy
tratan de conservar mientras que quienes siempre trataron de conservar, hoy
impulsan todo tipo de innovaciones. ¿Qué nos ha pasado? ¿Qué ha ocurrido para este
cambio tan espectacular del sentido político de la innovación?
Lo
que ha pasado es algo central: que la civilización occidental y, por extensión
e imposición, todo el mundo, ha institucionalizado, no el orden y la rutina,
como todas las demás civilizaciones, sino al contrario, ha institucionalizado
la innovación y el cambio. Como señaló Ogburn hace ya cincuenta años, el cambio social es una característica de los tiempos modernos[32]. Pero lo que tenemos delante es un cambio
radical de la naturaleza del cambio. Todas
las sociedades conocidas en la larga marcha de la humanidad se asientan sobre
rutinas bien conocidas y legitimadas que dan lugar a todo tipo de
instituciones, una de cuyas tareas principales es justamente conservar esas
rutinas para evitar que el cambio las destruya. Pues bien, las nuestras son
sociedades que, paradójicamente, se asientan, no en la rutina sino en el
cambio, no en la continuidad sino en la discontinuidad, que han hecho de la
innovación su principio axial y su regla. La regla es, por así decirlo, que
todas las reglas deben revisarse, que nada es sagrado ni seguro, que todo está
sometido a crítica, a reforma, a cambio. Es la generalización de la cartesiana
“duda metódica” de la ciencia, la sistemática puesta en entredicho de todo saber
que fusiona el baconiano Plus Ultra
con el kantiano Sapere aude. De modo
que lo que más se aprecia y valora no es el espíritu conservador sino el
innovador, no el respeto a la tradición sino su crítica. Sociedades pues que no
respetan nada sino, casi podría decirse, el no respetar nada. Se diría que el
espíritu del 68, el triunfo de la imaginación crítica, ha acabado ganando pero
paradójicamente, no contra el capitalismo, sino gracias a él[33].
Como señaló Pomian en un brillante artículo,
la civilización occidental se yergue así en la única civilización conocida que
se basa en la trasgresión constante, que no respeta frontera alguna. La civilización europea es la única
civilización de fronteras móviles. La única en erigir la trasgresión -en el
sentido etimológico de la palabra- en una manera de ser, es una civilización de la trasgresión, la
única conocida en la historia[34]. No ha respetado
fronteras espaciales y la desterritorialización y expansión de Occidente desde
el siglo XVI hasta cubrir el mundo entero -lo que ahora, visto desde el final,
llamamos globalización- fue un primer paso que se continua en la frontera
espacial.
Es una
marcha obsesiva hacia adelante, como señala Bauman, en la cual la negación compulsiva es la positividad....
La disfuncionalidad de la cultura moderna es su funcionalidad[35], añade con frase rotunda
y certera.
Pero la expansión de los conocimientos es la
principal frontera a movilizar, pues es ella la palanca que permite transgredir
cualquier otra frontera. Plus Ultra, siempre
mas allá. La modernidad –señala
Giddens- institucionaliza el principio de
la duda radical e insiste en que todo conocimiento toma la forma de
hipótesis...(que) siempre están abiertas a la revisión [36].La ciencia es progreso, que es frontera, que es expansión.
De
este modo, la incidencia acelerada del cambio social forma parte ya de nuestros
hábitos adquiridos: el hábito de cambiar de hábitos. Como ha señalado Enrique
Gil Calvo en un reciente libro acertadamente titulado Nacidos para cambiar,
los occidentales sólo estamos acostumbrados a
idolatrar las novedades desde hace poco más de cien años, pues hasta entonces
el hábito dominante era lamentar la desaparición de las tradiciones y
resistirse al cambio [37]. Y efectivamente, en
las sociedades tradicionales (tanto las históricas como las aún existentes) el
ritmo de cambio social es muy lento, y
puesto que la longevidad es muy baja (en torno a los treinta años), las personas duraban menos que las ciudades,
las casas, los muebles y los utensilios con que vivían. Es decir, en las
sociedades tradicionales las personas
duraban menos (y por eso cambiaban más ) que las cosas que usaban y las
ciudades que habitaban). Pero la revolución industrial cambió ese estado de
cosas de modo que ahora las personas
empezaron a durar más (o a cambiar menos) que las cosas que usaban y las
ciudades en que vivían[38].
Y solo ahora comienza a sentirse como una vivencia real que, como señaló
Marsahll Bermann, nada es estable, todo es cambiante y mudadizo, y todo lo
sólido se desvanece en el aire[39]
.Y de este modo, el rasgo más sobresaliente de los tiempos que corren podría ser el
culto que se rinde al simple hecho de cambiar por cambiar: ya sea de coche, de
pareja o de trabajo, como de ideología, de religión o de programa
informático....los cambios son profundos, recientes, auténticos, van a
transformar nuestras vidas por completo y además no han hecho más que empezar.
Hasta el lenguaje publicitario nos invita,
constantemente, a ir mas allá, a atrevernos, a transgredir, y nos convence de
que tenemos derecho a todo, que no debemos renunciar a nada. Veamos algún
ejemplo tomado al azar: Atrévete a vivir
mejor (Kellogg's); Hasta donde tu
quieras llegar (Peugeot); ¿Tengo pinta de renunciar al placer?
(Winston). Pero es también el lenguaje del orden y por lo tanto del Estado, que
tampoco nos invita a conformarnos y aceptar el orden o las cosas, sino al
contrario, nos invita a rebelarnos e innovar. Veamos un anuncio de la Dirección
General de Política de la Pequeña y Mediana Empresa:
INNOVA
LA INNOVACION TIENE MUCHO QUE VER CONTIGO
Si tienes una buena idea
Llénala de imaginación. Hazla diferente
Estudia el diseño y la comunicación de tu producto o
de tu idea como si fuera lo más importante, porque casi siempre lo es. Usa la
imaginación y la inteligencia en cada uno de los procesos busca siempre la
diferencia y sorprende con el diseño. Conseguirás que tu producto o tu idea sea
más deseable que las demás...Innova.
Es una recomendación de la DIRECCION GENERAL DE
POLITICA DE LA PYME.
El Gobierno apuesta por la innovación.
Solicita la Guía Básica de innovación para la
pequeña empresa en los teléfonos.....
Es como si el orden mismo nos enviara
constantemente el mensaje fatal Desobedéceme,
que nos hace entrar directamente en el espacio de las paradojas pragmática.
Pues, ¿cómo obedecer un orden que me invita a desobedecerle? O al contrario,
¿cómo desobedecer un mandato que me invita a hacerlo? Un mensaje que aparece
lleno de guiños y sutilezas: No seas
tonto; desobedece, trasgrede, sólo los niños no lo hacen.. Nada más
patético que el desesperado intento de esos jóvenes roqueros o artistas que,
sometidos al implacable control de los ratings
y el mercado, creen enviar mensajes de rebeldía o situarse en los márgenes
peligrosos del orden cuando lo uno y lo otro es, desde el principio, mercancía
pura.
Volvamos a Francis Bacon. En el frontispicio
de la primera edición del Novum Organum aparece un grabado que
representa a las dos columnas de Hércules y una nave, un galeón -símbolo de la
tecnología de la época, como hoy es el transbordador espacial Columbus- que la
sobrepasan. Arriba, se inscribe el moto Plus
Ultra, mas allá. La tecnología como
camino para transgredir toda frontera avanzando incansablemente. Siempre mas
allá, sin pausa, aplicando a ese transgredir toda la disciplina, el rigor y la
capacidad de trabajo, la inmensa laboriosidad que esta civilización -una más en
la maravillosa historia de la humanidad,
no lo olvidemos-, es capaz de movilizar. Esas ideas del XVII, atrévete a saber, mas allá, han triunfado por completo y han dejado de ser ideas
críticas del orden social para ser la idea central del mismo orden.
Fray Luis de León tenía una hermosa metáfora
para entender este cambio. Hablaba de dos modos de existir y los representaba
como el huerto y la nave. El huerto es la vida encerrada en un hábitat que se
cultiva con esmero, sometido a ritmos repetitivos y cíclicos de modo que se
sabe que se puede esperar; es el beatus
ille. En el huerto hábitos y hábitat aparecen armónicamente imbricados en
una economía sostenible. Y frente al huerto, la nave, de nuevo la nave como
símbolo de una vida des-territorializada, sin raíces, móvil, siempre mas allá,
impulsada por la tecnología. Un hábitat cambiante y una renovación acelerada de
hábitos.
¿Es
la nuestra pues una sociedad postmoderna o por el contrario, una sociedad
hiper-moderna? En mi opinión la respuesta es clara. Ya no hay un pensamiento
tradicionalista, re-accionario, que mire al pasado, y sólo lo encontramos en
las fronteras aun no integradas de la civilización occidental, allí donde la
modernización ha fracasado como en algunos países musulmanes o en restos del
viejo Imperio Ruso-soviético. Asistimos por el contrario, al triunfo total de
la modernidad y del espíritu ilustrado. Ello desequilibra por completo la relación
entre orden social y cambio social, la gran dicotomía sobre la que se construye
la sociología clásica desde Comte. Recordemos: orden y progreso era su esquema.
Combinar el orden el Antiguo Régimen con el progreso de la Revolución. Pero no
confrontamos ya sociedades que, desde el orden, se defienden frente a los
riesgos del cambio, sino sociedades asentadas sobre su propio cambio. Y aquí
encontramos la clave del cambio de sentido político de la innovación: pues
cuando el orden deviene el cambio, los hombres de orden se hacen innovadores y
viceversa, los críticos se hacen conservadores. Apoyar el orden social moderno
es, paradójicamente, promover su cambio acelerado. Por el contrario, criticar
el orden social es, paradójicamente, resistir ese cambio. Y por eso hoy, quizás la mayor innovación, probablemente la única, es
resistirse a ella. Esto es lo que explica que los conservadores de hoy (de culturas,
lenguas, identidades, especies, biodiversidad, naturaleza) sean los herederos
de los progresistas del pasado mientras los innovadores de hoy son los
herederos de los conservadores de antaño. Somos todos -como decía irónicamente Woody Allen en Annie Hall-, conservadores de izquierdas o progresistas
de derechas. Los ilustrados del XVIII querían ser modernos y esa voluntad ha
continuado durante casi dos siglos. Nosotros no podemos no ser modernos. Somos
modernos aunque no nos guste. Aunque bien pensado, nunca fuimos plenamente
modernos (Latour); solo ahora lo somos.
Y por eso también, sólo ahora empezamos a ser
conscientes de la parte mala de la modernidad, de cómo el progreso puede llegar
a ser regresivo, de cómo el avance puede implicar retroceso, de cómo la razón
puede ser irracional y las luces producir oscuridad. Empezamos pues a ser
conscientes de las consecuencias no queridas de la ciencia y el conocimiento, y
ese es el campo abonado en que hunde sus raíces el discurso post-moderno,
receloso de la razón. Podemos generar una utopía y un discurso post-moderno
justamente porque nuestra realidad social es ya radicalmente moderna. La
ciencia no es sólo la solución de la mayoría de los problemas; comienza ella
también a ser parte de algunos de esos problemas. Pues bien pensada, esta
primera paradoja, la del orden del cambio, es sólo la primera de una serie de
ellas.
Intentemos desentrañarlas pues si la ciencia
es el misterio ya desvelado de nuestro tiempo, sus paradojas tienen que ser las
contradicciones esenciales, la parte mala y dinámica de la parte buena.
Segunda paradoja: el conocimiento mata la
sabiduría. La ciencia es un saber sólo instrumental, nos indica cómo hacer las
cosas, pero en absoluto qué hacer. La ciencia nada sabe sobre la buena vida,
sobre que es lo bueno y lo malo, sobre que amar o odiar, que es hermoso o repugnante.
La ciencia conoce mucho pero carece por completo de otro tipo de conocimiento,
absolutamente necesario para la vida, y que tradicionalmente se ha vinculado
con la palabra sabiduría. Pero la ciencia carece de sabiduría. Y sin embargo se
autodefine -y es aceptada casi siempre- como único saber válido. Como ya señalara Thorstein Veblen en 1906, el sentido común moderno sostiene que la
respuesta del científico es la única auténtica y definitiva. Cientifismo -señalaba Habermas hace pocos años- significa...la convicción de que no podemos
ya comprender la ciencia como una forma de conocimiento posible sino que más
bien debemos identificar conocimiento y ciencia[40]. En esa medida, en la
medida en que aceptamos, erróneamente, que la ciencia es el único saber válido,
se transforma en un disolvente de todo otro saber alternativo posible, y
también en disolvente de todo saber de fines, en disolvente de la sabiduría. El
resultado es que cada vez sabemos más qué podemos hacer pero, paradójicamente,
sabemos menos qué debemos hacer. Como señalaba agudamente el poeta Thomas
Stearns Eliot,
¿Dónde está la sabiduría
que hemos perdido con el conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento
que hemos perdido con la información?
Y efectivamente, el juego entre estas tres
formas de cognición (sabiduría, conocimiento o ciencia, e información) expresa
no pocas de las contradicciones de nuestro tiempo. La información -lo señalaba
antes- se dobla aproximadamente cada 100 días y nadamos en masas de
información; el conocimiento, más difícil de medir, parece doblarse ahora cada
15 años. Pero la sabiduría de que disponemos no es mucho mayor de la que tenían
Confucio o Sócrates y, lo que es peor, no sabemos cómo producirla. Vivimos pues
anegados de información; con sólidos y eficaces conocimientos científicos, pero
ayunos casi por completo de sabiduría. Salvo que redefinamos la ciencia, esta
nos hace, paradójicamente, al tiempo más sabios y más ignorantes.
Tercera paradoja: ignoramos lo que ignoramos.
Veamos un ejemplo. El Foro Global de Investigación sobre la Salud, fundación
internacional financiada por la OMS y otras instituciones, presentó en Ginebra
el Informe 10/90 sobre Investigación Sanitaria 2000. El primer dato
interesante es cómo enfermedad y pobreza están vinculados: los países de rentas
bajas y medias agrupan al 85% de la población y soportan el 92% de la “carga de
enfermedad” (una medida de la mortalidad prematura, la incapacidad y la perdida
de calidad de vida por causas patológicas) mientras que los países ricos, con
el 15% de la población mundial soportan solo el 8% de esa carga.
Pero el segundo dato del Informe son
los prioridades en la investigación médica: de los 13 billones de pesetas que
se gastan anualmente, el 90% estudia enfermedades que causan el 10% de las
muertes y solo el 10% se dedica a estudiar enfermedades que causan el 90%. Así,
los dos principales asesinos, la neumonía y las diarreas infecciosas, que dan
cuenta del 11% de la mortalidad y la incapacidad, sólo atraen el 0,2% del
dinero dedicado a investigación sanitaria. La obesidad o el envejecimiento,
problemas típicos de países ricos, atraen, por el contrario, casi toda la
investigación. Por supuesto, más del 90% de los 13 billones de fondos de
investigación están en manos de un pequeño numero de países y mas del 50%
corresponden al sector privado.
Analicemos ahora este dato. Por definición,
sabemos lo que sabemos, pero no lo que ignoramos. Pero que ignoremos ciertas
cosas y no otras no es en absoluto casual. La producción de la ciencia no es
como caminar por una vía de ferrocarril que tiene los raíles trazados, de modo
que podemos avanzar más o menos, pero siempre por el mismo camino y en la misma
dirección. Ni se extiende tampoco como una mancha de aceite que se expande
inevitablemente a partir de un centro. La ciencia es sólo el conjunto de
respuestas que damos a las preguntas concretas que nos hacemos, de modo que si
las preguntas no se formulan tampoco conoceremos las respuestas. No hay
conocimiento alguno sin interés previo que le de sentido[41]. La ciencia no es una
fotografía, sino un mapa (Borges) y podemos hacer muchos mapas distintos de la
misma realidad. Y así puede ser que muchas cosas que podríamos conocer las
ignoremos mientras conocemos otras que, a lo mejor, no son tan importantes. La
mejor metáfora sobre la naturaleza del conocimiento científico sigue siendo la
de Kant: islotes de sabiduría en un mar de ignorancia. ¿Por qué hacemos aflorar
algunos islotes y no otros? Por ello, cabe pensar en dos ciencias, igualmente
científicas, pero con contenidos radicalmente distintos y que respondan a
cuestiones distintas, en resumen, que nos den saber sobre cosas muy diferentes.
Por ej., ¿Por qué la medicina se centra en la enfermedad y no en la salud?
Pero la conclusión es que, en una sociedad
basada en el conocimiento, orientada y movilizada por la producción industrial
de conocimientos, y en la que la ciencia abre el camino, la tecnología lo
pavimenta y nosotros lo recorremos, la pregunta por las prioridades en la
investigación científica, la pregunta por los caminos, es la pregunta crucial.
¿Por qué se abordan ciertos programas de investigación y no otros? ¿Cómo se
producen, socialmente, de facto, los programas de investigación?
En resumen, ¿por qué sabemos lo que sabemos y por qué ignoramos lo que ignoramos?
El desarrollo de la ciencia es ciego, sometido sin duda a la exigencia del
beneficio o a las prioridades políticas, pero no tenemos -ni tendremos- una
ciencia que oriente la ciencia. Y mientras no tengamos una sabiduría que nos
diga qué merece la pena ser sabido, puede que sepamos mucho pero puede que
sepamos lo que no merece la pena ser sabido.
Cuarta paradoja: no sabemos que hacer con lo
que sabemos: La tercera paradoja deriva del distinto ritmo al que se
desarrollan lo posible y lo deseable. Pondré otro ejemplo: la oveja Dolly.
Sabemos que podemos clonar ovejas, pero también seres humanos. Ya mismo. Pero
no tenemos ni idea de cuando es bueno o malo hacerlo, en qué condiciones o bajo qué supuestos. Ello es consecuencia de
un lag, de un retraso estructural entre el ritmo acelerado de producción de
conocimientos, de una parte, y de otra, del ritmo lento de producción de
consenso social sobre cómo utilizar esos conocimientos.
La producción de cultura, de consenso moral,
requiere tiempo, se genera por trial-and-error, exige discusión, debate,
información. Es pues un proceso iterativo y lento. Por ello, para cuando
hayamos encontrado un consenso ético acerca de cómo utilizar las técnicas de
clonación la biotecnología estará ya en otra frontera y el lag continuará o incluso se habrá ampliado[42]. No tenemos -y estamos
muy lejos de tener- una máquina de producción de cultura, de producción de
consenso moral, cuya eficacia sea similar a la máquina de producción de
conocimientos. Y cuando pretendemos ponerla en marcha sólo podemos hacerlo como
producción científica de cultura: comités de expertos que generan más ciencia
para controlar la aplicación de la ciencia. En esa medida buena parte de la
ciencia se mueve en un limbo moral, mas allá del espacio socialmente definido
de lo bueno o lo rechazable, de modo que sabemos muchas cosas pero no sabemos
bien qué hacer con lo que sabemos.
Quinta paradoja: no sabemos qué produce
lo que sabemos: La cuarta paradoja es pues la de la iatrogenia: la ciencia como
estrategia para evitar problemas genera otros problemas. El aerosol destruye la
capa de ozono; los pesticidas o los fertilizantes polucionan el agua; las
máquinas de producir energía generan lluvia ácida que agosta otras formas de
energía naturales. La alimentación de las vacas con sofisticadas harinas
animales, que las hizo caníbales, genera enfermedades de nombre impronunciable.
En sociedades tan complejas como las actuales, donde cada acción personal está
encadenada a todas las demás acciones de todo el mundo a través de redes de
interconexión extensas y profundas, es cada vez más difícil saber cual será la
consecuencia última de mi acción. Como sabía Mandeville el bien general el mal
y el mal genera el bien. La misma ciencia, que nos aísla en gran medida de
muchos riesgos naturales, produce otros riesgos derivados de los sistemas
expertos en que se plasma. Las sociedades basadas en la ciencia son -como
señaló Ulrich Beck en un best seller de la sociología alemana- La
sociedad del riesgo[43] (Risikogeselschaft),
sociedades de riesgo socialmente producido.
Esta no es una peculiaridad del saber
moderno. Todo conocimiento es local y limitado, y ya Merton señaló hace años
que jamás podemos conocer la totalidad de las consecuencias de nuestros actos.
Podemos indagar la consecuencia primera, y la segunda, y la tercera, pero a
partir de la consecuencia n,
interrumpiremos el análisis. Y sin embargo, aquel acto, sigue generando
consecuencias n +1 indefinidamente.
Lo que sí es peculiar y nuevo es que las redes de interacción de las tecnologías
con la sociedad y la naturaleza forman bucles auto-referentes y la consecuencia
n +1 no está ya alejada de la acción
inicial ni en el tiempo ni en el espacio. Regresa como un boomerang y nos golpea, de modo que la aplicación sistemática de la
ciencia y la tecnología en sistemas expertos que permean la vida social genera
nuevas consecuencias no intencionadas que sólo la propia ciencia puede
estudiar.
El
resultado de este conjunto de paradojas es que los
recelos hacia la ciencia aumentan. Los datos de las
encuestas de los últimos años, tanto nacionales como internacionales, son sin
duda muy reveladores al mostrar una creciente desconfianza hacia la ciencia[44]. Hace pocos años se les
preguntó a los españoles si comerían patatas transgénicas; un 59% dijo que no.
Se les preguntó entonces si comerían esas patatas si fueran mucho más baratas.
Los "no" subieron al 82%. ¡Faltaría mas! ¡Encima más baratas! El
estudio mostraba que más del 70% de los españoles creían que el desarrollo de la ciencia y la tecnología
traerá consigo (muchos o bastantes) riesgos para nuestro mundo. Sólo un 14%
pensaba la contrario[45]. La idea de riesgo empieza así a ser inseparable de la de progreso.
No debe sorprendernos pues este recelo
podemos remontarlo al mito de Frankenstein de comienzos del XIX de Mary
Shelley, la traducción romántica del mito clásico del aprendiz de brujo que
desata fuerzas que no puede controlar. Un científico, un médico, desea crear el
hombre perfecto pero lo que produce es un monstruo. Un mito que -como el
coetáneo de Nosferatus/Drácula- forma parte de la reacción
romántico-conservadora contra la sociedad moderna y que hoy descubrimos como
una metáfora de la misma sociedad moderna.
El conocido grabado de Goya nos recuerda que
el sueño de la razón produce monstruos. Siempre se ha interpretado la frase more ilustrado: cuando la razón duerme
emergen los monstruos. Pero la frase tiene también un sentido oculto: los
monstruos pueden salir del propio delirio de la razón, de lo que ella misma
sueña. La ciencia ha sido siempre la solución a todo problema; hoy, por
desgracia, es ya no solo parte de la solución, sino también parte del problema
mismo pues, como señala Bauman, los
problemas son creados en la resolución de problemas[46].
Recordemos pues, de nuevo, a Eliot: ¿qué ha sido de la sabiduría con tanto
conocimiento? ¿Qué será del conocimiento con tanta información?
[1] Conferencia pronunciada en la
sesión de clausura del VII Congreso Español de Sociología, Salamanca, 22 de
septiembre de 2001. Quiero agradecer a mis estudiantes de doctorado, de Madrid,
Bilbao y Valencia, sus comentarios a estas páginas, que le deben más incluso de
lo que estoy dispuesto a admitir.
[2] A. N. Whitehead, Science and the Modern World,The
Free Press,New York,1967(e.o.1925).
[3] Diamond, Jared, Armas, gérmenes y acero. La
sociedad humana y sus destinos. Editorial Debate, Madrid, 1998 (e. o.
1997).
[4] Gordon Childe, Man Makes Himself, The
Rationalist Press, London, 1936; hay traducción en Los orígenes de la
civilización, Fondo de Cultura Económica, México,1976.
[5] J. Ortega y Gasset, Meditación sobre la técnica,
Austral, Madrid, 1965 (e. o. 1939).
[6] Como señalaba Malinowski, no existe un ansia extendida por conocer; las cosas nuevas, cual los
temas europeos, les resultan francamente aburridas , la ciencia no existe como
poder conductor que critica, renueva y construye. Véase B. Malinowski, Magia,
ciencia y religión Ediciones de Bolsillo, Barcelona, 1978, Pág. 36 y 37.
[7] Op.cit.Pág.
73.
[8] Op.cit.,Pág.73 y 85.
[9] Sobre el
alcance de esta idea en la historia de la ciencia puede verse la excelente
monografía de Robert K. Merton, On the Shoulders of Giants, 1965.
[10] No deja de
ser paradójico que un sistema de comunicación creado para controlar una
situación de caos haya resultado en un sistema caótico e incontrolable.
[11] El término Big Science fue introducido por el
pionero del análisis estadístico y sociométrico de la ciencia, Derek J. De
Solla Price, en 1986, en su influyente libro
Little Science, Big Science...and Beyond (Columbia University Press, New York; hay traducción en Ariel, Barcelona,1973), el primer
intento de cuantificar la ciencia. Véase J.M.Sánchez Ron, La Gran Ciencia, Revista
de Occidente, 142, 1993. Y A.W.
Weinberg, Reflections on Big Science, The MIT Press, Mass. 1967.
[12] Giddens, A., Un
mundo desbocado, Textos de sociología, UNED, 1998, nº 5, p. 12.
[13] Publicado primeramente en 1906, The Place of Science in Modern Civilization en American
Journal of Sociology, XI(1906)585-609. Ampliado mas tarde con otros
estudios en 1919, The Place of Science in Modern Civilization and Other Essays,
Huesbsch, New York, 1919. Parcialmente
traducido en B. Barnes, T. S. Kuhn y otros, Estudios sobre sociología de la
ciencia (Alianza Editorial, Madrid, 1980, p. 314 ss). Finalmente traducido
por completo por Maragarita Barañano con una introducción , Thorstein Veblen: un alegato en favor de la
ciencia, puede verse en Revista Española de Investigaciones
Sociológicas, 61(1993)201, por donde lo citamos.
[14] Op. cit. , pag. 215.
[15] Op. cit. , pag. 230.
[16] Vannevar Bush, As
We May Think, The Athlantic Montly, 1945; citado por la traducción
al español, Cómo podríamos pensar, La
Revista de Occidente, 239, 2001, p.29. V. Bush era entonces Director de la
Oficina para la Investigación y el Desarrollo Científico del gobierno de los
Estados Unidos.
[17] Jose Antonio
Millán, El libro de medio billón de
páginas, http://jamillan.com/ecoling.htm
[18] Javier
Candira, La Web como memoria organizada:
el hipocampo colectivo de la Red, Revista de Occidente, 239,
2001,Pág. 87.
[19] Op. cit.,Pág.
22.
[20] Véase, por
ejemplo, J. M. Sánchez Ron, La ciencia
del siglo XX: ciencia, política, sociedad, en F. García de Cortázar, El
siglo XX: mirando hacia atrás para ver hacia delante, Papeles de FAES, nº
60, Madrid, 2001.
[21] Véase Horgan,
John, El final de la ciencia, 1998, y la crítica de John Maddox, What remains to be Discovered, Free
Press, 1998.
[22] Alianza
Editorial, Madrid, 1999.
[23] Pues de los muchos “post” con que se puede
caracterizar las sociedades modernas esta es sin duda la menos acertada: si
algo no ha cambiado es que seguimos produciendo mercancías por medio de
mercancías al igual que en los tiempos de Marx. Solo que el capitalismo ha
dejado de ser nacional para ser global.
[24] Peter F. Drucker, Post-Capitalist Society,
Butterwort-Heinemann, Oxford, 1993, Pág. 7.
[25] Banco Mundial, Knowledge for Development,
Oxford University Press, 1998/99, Pág. 16 y 19.
[26] Op.cit, Pág. 22.
[27] Véase Nonaka, I., The Knowledge-Creating Company,
Harvard Business Review, 1991, Pag..96. Y Nonaka, I. Y Takeuchi, H., The
Knowledge-Creating Company, Oxford University Press, New York, 1995.
[28] Véase, R.K.
Merton, La estructura normativa de la ciencia, en su compilación, La
sociología de la ciencia, Alianza Universidad, Madrid, 1977 (e.o. de 1942).
Sobre las tesis de Merton acerca del ethos
democrático de la ciencia véase nuestro libro E. Lamo de Espinosa, J. M.
González y C. Torres, La sociología del conocimiento y de la ciencia,
Alianza Editorial, Madrid, 1999, Cáp. 19, redactado por Cristóbal Torres.
[29] Teniendo presente, a su vez, que ciencia, democracia y
mercado no son sino las manifestaciones modernas de tres invariantes o
universales sociales: comunicación, parentesco y trabajo. Para ello véase mi
trabajo Parentesco, trabajo y comunicación, presentado al Congreso de
Sociología Española-2001, en prensa.
[30] He analizado
esta dinámica en Sociedades de cultura y sociedades de ciencia,
Ediciones Nobel, Oviedo, 1996.
[31] Jaime Balmes, La Sociedad, 1843, vol. I, p.
14. Reimpreso en Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 82,
1998, pp.299 ss.
[32] William F.
Ogburn, La pauta del cambio social,
publicado originalmente en las Actas del XIV Congreso Internacional de
Sociología, Roma, 1950; reproducido en REIS, 92, 2000, pp. 197-210.
[33] Por seguir
con los gurus del managemenet, Peter Drucker, en La disciplina de la
innovación, Harvard Business Review, aludía al compromiso con la
práctica sistemática de la innovación. Para ser innovador, hay que ser
disciplinado. ¡La trasgresión como nueva disciplina….!
[34] Véase Krzysztof
Pomian, L'Europe et ses frontiéres,
Revista de Occidente, 157(1994)25 ss.
[35] Bauman, Z., Modernidad
y ambivalencia, en J.Beriain (Comp.) Las consecuencias perversas de la
modernidad, Madrid, Anthropos, 1996, p. 84.
[36]Giddens, A., Modernidad
y autoidentidad, en J.Beriain (Comp.), Las consecuencias perversas de la
modernidad, op.cit., p. 35.
[37] E. Gil Calvo,
Nacidos para cambiar. Como construimos nuestras biografías, Taurus,
Madrid, 2001, p. 7-8.
[38] E. Gil Calvo, op.cit.,p. 10-11,
[39] Marsahll
Bermann, Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la
modernidad, Editorial Siglo XXI, Madrid, 1988.
[40] J. Habermas, Knowledge and Human Interests,
Beacon Press, Boston, 1971, p. 4.
[41] Esta es la
enseñanza más importante de la sociología del conocimiento. Véase de nuevo, el
texto citado de Habermas.
[42] La tesis del cultural lag, del retraso entre el
avance acelerado de la cultura material y el lento de la cultura inmaterial,
fue desarrollada por William Ogburn en Social
Change, Vicking Press, New York, 1932 (e.o., 1925).
[43] Hay
traducción en Paidós, Barcelona, 1996.
[44] Véase Miller, Jon D, Rafael Pardo y Fujio Niwa,
Percepciones del público ante la ciencia y la tecnología. Estudio comparado de
la Union Europea, Estados Unidos, Japón y Canadá, Fundación BBV, Madrid, 1998.
[45] Datos de
Opinión, Boletín del CIS, junio, 1997, num.11, estudio 2242. Los datos
eran de marzo de ese año.
[46] Z. Bauman, op.cit., Pág., 90.