CAPÍTULO PRIMERO:

Aspectos biográficos de Ignacio Ellacuría

Sumario:

1. Introducción.

2. Actividad universitaria.

3. Actividad pública.

4. Unidad de la obra y de la vida de Ellacuría.

5. La raíz de su persona.

6. La raíz de su muerte.

7. Analogado de la vida y muerte de Ellacuría con la lucha por los derechos humanos.

 

1. Introducción.

 

La atención hacia el problema de la justicia y de los derechos humanos, ocupa un lugar importante en la filosofía de Ellacuría y en la propia comprensión que él tenía de los problemas que ha de abordar el quehacer filosófico pues constituye "uno de los puntos esenciales, sobre los que toda filosofía debe volver una y otra vez, incluso para acompañar adecuadamente una determinada praxis" (cf. FLF, 54-55). De hecho, como filósofo concedió una atención especial a esta cuestión, como muestra los diversos trabajos que dedicó a este objeto, y a su vez como teólogo y analista político se ocupó por introducirlo en el centro de sus reflexiones. Con ello quiero indicar, que si bien este tema fue objeto de reflexiones en su variada producción intelectual, a su vez, también puede decirse que definía o expresaba una de las opciones fundamentales que fue incorporando en su vida y haciendo realidad. En esta sucinta aproximación biográfica a la persona y al personaje de Ellacuría intentaré en lo posible verla desde esta clave biointelectual de nuestro autor.

Traer a colación algunos aspectos de la realización biográfica de Ellacuría desde la óptica de su compromiso con la justicia, como señala su compañero Jon Sobrino, puede servir para "captar y apreciar mejor la obra intelectual y el impacto socio-político del personaje, lo que estimula y facilita el proseguimiento de su obra y de su causa". De este modo, entendemos que el significado teórico de la aportación ellacuriana al problema de la justicia y de los derechos humanos, puede ser más esclarecido con el acercamiento a la persona que lo estaba produciendo y desde la experiencia de la realidad que lo fue moldeando.

Quizá Ignacio Ellacuría sea para nosotros una persona conocida debido a la presencia pública que tuvo su vida, y sobre todo por la repercusión internacional que suscitó su muerte junto con la de sus compañeros. El asesinato que padeció el 16 de Noviembre de 1989, trascendió a las propias personas que lo sufrieron, y sirvió para llamar la atención sobre la tragedia cotidiana que vivía el pueblo salvadoreño y sobre el escándalo que suponía la propia responsabilidad del Estado salvadoreño en los asesinatos de personajes con una visibilidad social como la de los jesuitas de la UCA (Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador). Sus muertes rompían, para muchos, la monotonía de las estadísticas de muertos por la represión y la guerra, o por la violenta miseria de la mayoría del país, y por ello era un vehículo de acercamiento a esta realidad.

Veremos aquí, cómo fue su vida y en qué la empleó, aludiendo principalmente a dos de sus diversas facetas biográficas, la de su trabajo universitario y como hombre público, en las que actualizó de forma bastante visible su compromiso por la justicia hacia las mayorías populares. Nos serviremos para esta cuestión de los testimonios y reflexiones de los compañeros de Ellacuría que siguieron de cerca su realización personal y social y también de las propias palabras de Ellacuría sobre su intervención en estos ámbitos.

 

2. Actividad universitaria.

 

Ignacio Ellacuría Beascoechea nació en 1930 en Portugalete (Vizcaya). A los dieciséis años ingresó en la Compañía de Jesús, y desde 1949, fue destinado a Centroamérica. Entre este año, y 1958, estudia filosofía, humanidades y magisterio en diferentes centros académicos de El Salvador y Ecuador. En el periodo 1958-1962, realiza estudios de Teología en Innsbruck, donde entraría en contacto con el pensamiento y la persona de Karl Rahner. Su compañero Víctor Codina, nos ofrece una descripción interesante sobre su carácter físico y psicológico, correspondiente a sus primeros años de formación, "Ellacuría descollaba por su fuerte complexión atlética, por su figura típicamente vasca y, sobre todo, por su gran inteligencia. Su carácter de líder nato ya se manifestaba en aquellos años. Siempre algo distante, serio, a veces irónico, con su aguda reciedumbre y seguridad, en todos los sentidos. En torno a él se agrupaban compañeros y amigos. Alguno comenzó a llamarle, en broma, `el rey sol´, aludiendo a su brillantez y dominio. Para algunos no era una persona simpática ni fácilmente accesible".

Entre 1962 y 1966, vive en Madrid, donde comienza el doctorado en Teología, realiza estudios de doctorado en filosofía en Madrid, donde empieza su colaboración y discipulado filosófico con Xavier Zubiri. El tema de su tesis, defendida en 1965, fue La principialidad de la esencia en Xavier Zubiri, y constituyó el primer trabajo de investigación exhaustivo sobre el conjunto del pensamiento zubiriano.

Tras su formación académica Ellacuría regresa a El Salvador, su tierra adoptiva, donde comienza a trabajar como profesor de filosofía y de teología en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Entre 1968 y 1974, impulsó la creación de la Facultad de Ciencias del Hombre y de la Naturaleza, el Departamento de Filosofía y el Centro de Reflexión Teológica.

Esta actividad académica la desarrolló desde el convencimiento de que la misión universitaria debía tener como horizonte teórico y práctico la situación y la realidad de la sociedad en la que la universidad desempeñaba su función. En una sociedad dividida, como en la que vivió Ellacuría, bipolarmente constituida por una mayoría social empobrecida frente a un grupo dominante que se sirve de las estructuras y de las instituciones sociales y muchas veces del propio Estado; la misión histórica de la universidad es o debe ser configurada "por el estado y el estadio en que se encuentran y desde el que avanzan las mayorías populares" (cf. UDH, 800).

Ello no suponía desde su perspectiva una renuncia a la especificidad de la actividad universitaria sino que consideraba que debía proponerse y practicarse como "objetivo último integral" de esta institución, "el que las mayorías populares llegasen a unos niveles de vida aptos para satisfacer dignamente las necesidades básicas fundamentales y llegasen asimismo a un nivel de participación máximo en las decisiones que le competen al destino de ellas mismas y al destino del conjunto de la sociedad" (ib., 794). Ahora bien, esta finalidad orientadora en última instancia del quehacer propio universitario, no la consideraba meramente como algo debido genéricamente para toda institución social, sino que la defensa y la promoción de los derechos humanos en esta línea, era algo debido "desde la naturaleza específica y peculiar de la Universidad, (...) como cultivadora teórica y técnica de la verdad y del saber, de la Universidad como rectora en algún modo de la educación, que, como tal, va mucho más allá de lo que puede ser la formación de profesionales al servicio de las necesidades de un sistema social" (cf. ib., 792).

En este contexto, para Ellacuría la institución universitaria como buscadora y difusora de la verdad y como matriz educacional de un pueblo, se encuentra condicionada por el conjunto social, y particularmente "en un sistema social donde predomina la injusticia no sólo es difícil anunciar la verdad, sino que es casi imposible encontrar la verdad, estudiar la realidad, propiciar un saber verdadero y justo" (ib.). De ahí que dada la intrínseca relación entre verdad e injusticia, la institución universitaria deba dedicarse desde sus propios medios a la lucha contra la injusticia. Y ello porque la verdad a la que debe aspirar en última instancia la universidad, es a aquella que trate de dar cuenta de modo plenario del conjunto de la estructura y de la dinámica de la sociedad (cf. UDH, 792).

En este sentido, pensaba Ellacuría que "la proyección social y la efectividad política deben estar dirigidas por las exigencias objetivas de las mayorías oprimidas, exigencias deducibles tanto de su propia realidad objetiva en el contexto social como de su voluntad expresa, manifestada en las organizaciones populares". Esta opción que consideraba universitariamente justificada, se fundamentaba teóricamente en el hecho de que "son las mayorías y su realidad objetiva el lugar adecuado para apreciar la verdad o falsedad del sistema en cuestión; un sistema social que mantiene por largo tiempo a la inmensa mayoría en una situación deshumanizada queda refutado por esta misma deshumanización mayoritaria". En esta línea, la orientación ética de esta opción consistía para Ellacuría en que "se estima como obligación moral básica ponerse a favor de los injustamente oprimidos y en contra de los opresores".

Esta necesidad de realizar la función social e histórica de la universidad eficazmente en la sociedad, le llevó a buscar instrumentos de publicación para difundir la los análisis y las investigaciones realizadas en la UCA, lo cual muchas veces se constituía en instrumento de denuncia de los aspectos más negativos de la realidad de su pueblo. En 1969 propició Ellacuría que la UCA asumiera la dirección, en una nueva época, de la Revista de Estudios Centroamericanos (ECA) que sería posteriormente el medio principal de difusión de su pensamiento y uno de los cauces más importante de transmisión de la actividad investigadora de la universidad. Ya desde el inicio de esta nueva etapa, ECA abordaba el estudio de los problemas más importantes, coyunturales y estructurales de la realidad centroamericana, junto con una orientación ética acerca de los principios de su superación. En este contexto, el último número de 1969, publicaba un artículo Ellacuría, "Los derechos humanos y su limitación legal y política" en el que analizaba las causas del conflicto de la guerra entre Honduras y El Salvador, y cómo el nacionalismo podía utilizarse como forma de negación de "los derechos fundamentales que le competen como hombre".

Durante su dirección, ECA llegó a convertirse en la revista más reconocida sobre la realidad de El Salvador. Ellacuría siguió promoviendo la creación de revistas especializadas, junto con la creación de una editorial de su universidad, UCA editores, una de las más prestigiosas de centroamérica. En el momento de su muerte, la UCA contaba además de con su propia editorial, con nueve publicaciones periódicas. En este campo, uno de sus últimos proyectos fue el de contar con una radio universitaria para aumentar la proyección social de la UCA.

Un momento decisivo para la actividad universitaria de Ellacuría y de la comunidad universitaria de la UCA, lo constituyó el intento de reforma agraria en el país. En junio de 1975 el parlamento aprobó la Ley de creación del Instituto Salvadoreño de transformación Agraria (ISTA), un año después se decretó el Primer Proyecto de transformación agraria, y sólo tres meses después tras el intento de aplicación de la misma, se deshizo el proyecto anunciado. Desde un principio, la UCA apoyó la medida, y posteriormente criticaron la contramedida. Apoyaron la iniciativa por considerarla de beneficio popular, por cuanto podía suponer que el Estado comenzara a representar y a defender los intereses reales de la mayoría social salvadoreña, mediante el cambio en la estructura de la tenencia y aprovechamiento de la tierra. Ello le supuso situarse contra los intereses de la oligarquía terrateniente, e incluso contra la opinión de algunos grupos de izquierda. Pero cuando el gobierno dió marcha atrás, dominado por la presión de los terratenientes, Ellacuría escribió en ECA un famoso editorial "A sus órdenes mi capital" dirigido al gobierno en el cual denunciaba, "el gobierno ha cedido, el gobierno se ha sometido, el gobierno ha obedecido. Después de tantos aspavientos de previsión, de fuerza, de decisión, ha acabado diciendo, `a sus órdenes mi capital´". Ese editorial le costó a la UCA la eliminación del subsidio del presupuesto nacional y seis atentados al campus universitario durante 1976. Esta no fue la primera vez que la proyección social de la UCA molestaba al gobierno de turno, y a los que se encontraban respaldados en sus intereses por el Estado quienes eran en este caso la oligarquía económica de la sociedad. Antes ya había habido dos publicaciones, el estudio sobre huelgas en el país y sobre las elecciones de 1972, que también le costaron el subsidio a la universidad.

Para Ellacuría, esta posición era fruto de la opción firme por realizar la "misión universitaria" a la que se encontraban obligados. En Diciembre de 1976, tras la sexta bomba de ese año contra la universidad, Ellacuría examinaba en un interesante editorial "¿Por qué nos ponen bombas" estas agresiones, y señalaba, "[p]orque la Universidad analiza las causas que (...) oprimen [al pueblo], los factores estructurales y coyunturales que impiden su libertad. Son análisis científicos, que no se quedan engavetados sino que los sacamos a la luz en orden a denunciar lo que está malo y en orden a formar una conciencia colectiva, que acelere la marcha de las mayorías populares hacia su libertad (...). Los que se sienten denunciados, los que no toleran que el saber no quede sometido a sus órdenes, los que no quieren un nuevo tipo de universidad que supere modelos trasnochados e inoperantes, son los que se empeñan en destruir la obra física de la universidad y los que buscan atemorizar a las personas".

En este contexto social y académico, en la década de los 70, donde Ellacuría estuvo ya particularmente dedicado al trabajo en El Salvador, también cabe destacarse la evolución personal de la que sus compañeros fueron testigos. Como rememora Víctor Codina acerca de este periodo: "[v]olví a coincidir con Ellacuría a comienzos de los 7O en Roma. (...) Me encontré con otro Ellacuría. No había perdido el vigor ni la profundidad de antes pero era diferente, como más sensible y tierno. Tras una aparente frialdad intelectual y una postura crítica, encerraba una gran pasión por los pobres y una gran indignación por la injusticia reinante en América Latina. Cuando él hablaba, todo adquiría un sentido nuevo, una fuerza especial... Más tarde comenzaron a aparecer sus publicaciones teológicas en la línea de la liberación. Comenzaron sus viajes a congresos y foros internacionales, sus declaraciones a la prensa y a la televisión. Sus palabras adquirían un tono profético, su voz era de fuego cuando denunciaba la injusticia que sufría su pueblo, las muertes en El Salvador, cuando hablaba de Monseñor Romero. Algo había cambiado en su interior. Como a Monseñor Romero, también a Ellacuría el pueblo le había cambiado el corazón. Su discurso se volvió cálido, vibrante, emocionado. Nadie podía quedarse frío o indiferente ante su mensaje".

En 1979 fue nombrado Rector de la UCA y Vicerrector de Proyección Social, cargos que representaría de forma continua en la siguiente década, aunque a veces los tuvo que desempeñar en la distancia debido a las salidas forzadas del país que tuvo que realizar.

En 1985 fundó Ellacuría la Cátedra Universitaria de Realidad Nacional como un foro abierto para discutir en la UCA los problemas más graves del país. En ella participaron personalidades con diferentes responsabilidades en el país, políticos, sindicalistas, dirigentes populares y eclesiásticos.

Podríamos decir que para Ellacuría este ejercicio de actividad académica situada y comprometida en la línea indicada, fue una constante permanente de su quehacer, lo cual le supuso en múltiples ocasiones arriesgar no sólo la propia institución universitaria sino también su propia persona, como nos recuerda el mismo Ellacuría en una de sus últimas intervenciones públicas en 1989, "muchas veces [hemos puesto] nuestra institución en peligro de que nos pongan bombas, de que nos disparen. Cuando salí ahora de El Salvador ya estaba la bomba próxima a la Universidad, por esto mandé al periódico una nota avisando que salía del país, para que no les pusieran la bomba a mis compañeros mientras yo no estaba). Nosotros no nos vamos a callar porque nos pongan bombas. No quiero decir con esto que estemos arriesgando mucho la institución pero sí que hemos arriesgado un poco en repetidas ocasiones" (QCA, 47). Basten estas declaraciones autobiográficas para completar una aproximación al modo en que entendió, vivió y sufrió en diversas situaciones su compromiso universitario que en última instancia quiso estar al servicio de las mayorías populares: "[e]n ese sentido nosotros tratamos, en El Salvador, de combatir primero la violencia estructural existente con todas nuestras fuerzas no violentas. Así, el trabajo `institucional´ de nuestra Universidad se resume en un combate contra la violencia estructural del país a base de crear las condiciones que posibiliten la liberación de las mayorías populares oprimidas. A eso se dirige, con mayor o menor éxito, el potencial de nuestra Universidad" (QCA, 50).

 

3. Actividad pública.

 

Ya hemos indicado que Ellacuría entendió y vivió la actividad universitaria desde el servicio a la sociedad en la que se desarrollaba. Y justamente en continuidad con esta proyección, su actividad intelectual y su disposición personal le lleva a tener una presencia pública y política cada vez más relevante socialmente.

En este sentido, Ellacuría a lo largo de su vida pública tuvo un interés y una dirección principal que converge con el trasfondo de sus intereses académicos, algo que podríamos señalar de una forma genérica como la búsqueda y realización del bien de las mayorías populares, y frente a ello, todo otro compromiso de orden ideológico, teórico, partidario o "patriótico" adquiría una posición subordinada. Ello suponía no adoptar una distancia crítica frente a los posiciones y a las realizaciones de los diferentes actores del proceso social, pero a su vez la defensa y el compromiso de aquellas vías que estimaba suponían un avance para la defensa de los intereses de las mayorías.

Desde el intento de reforma agraria de mediados de los años setenta, su figura comenzó a adquirir dimensión pública como mediador y analista político. A partir de este momento, Ellacuría siempre estuvo presente en las grandes crisis del país a través de sus análisis o de sus intervenciones públicas.

Pero con esta presencia tuvo que sufrir de forma permanente las descalificaciones más viscerales y arbitrarias por parte de la ultraderecha salvadoreña, por medio sobre todo de lo que se llamó "periodismo terrorista". Una acusación constante fue la de ser "comunista" o "marxista", o lo que era lo mismo en ese contexto, ser considerado "lo mismo que monstruos de los más temibles"; y en esta línea, también de ser un "cabecilla" o un "cerebro" del FMLN.

Ya desde lo ofensiva de enero de 1981 del FMLN, Ellacuría comenzó a defender que el principio de solución para la guerra civil salvadoreña no podía ser a través de la victoria militar de uno de los bandos. A partir de ahí tratará Ellacuría de buscar vías reales y adecuadas que no supongan la aniquilación de uno de los polos. Posteriormente, a mediados de los ochenta, concretó esta idea en la perspectiva de defender una "tercera vía" desde otros sectores sociales que permitieran situar al país en "estado de diálogo" para la búsqueda de la paz y de la solución de las causas del conflicto. Según esta idea, ni el gobierno ni los partidos políticos ni el ejercito ni el FMLN eran los mejores garantes de los intereses de las mayorías populares porque su prioridad era la toma del poder y los intereses partidarios y esta prioridad no coincidía necesariamente con los intereses objetivos de las mayorías populares. Esta "tercera vía" estaría conformada por todos aquellos sectores que buscan la paz "no por el camino de la violencia armada, ni tan sólo por el camino de las elecciones, sino por el camino del diálogo negociación y por la lucha de intereses populares sin subordinarse a ninguna de las partes en conflicto, antes manteniendo al máximo de autonomía (...). Su principio fundamental es el principio de la vida frente al principio del poder, el principio propio de los partidos políticos y aun de los movimientos revolucionarios: lo que busca es una vida más digna para las mayorías populares y no el poder del Estado, hace más hincapié en la democracia social que en la democracia política, en el pluralismo social que en el pluralismo político como puntos determinantes de la verdadera democracia, y la utiliza como medio de acción y aun de lucha, formas no de guerra armada sino de presión social". Desde entonces defendió que la vía militar no resolvería el problema de la injusticia estructural del país y comenzó a proponer que la única vía de solución pasaba por el diálogo y la negociación. En los primeros años de la década, hablar de diálogo fue interpretado sobre todo por parte de la derecha, como algo "herético", como una traición a la patria.

Pese a que lo anterior puede decirse que expresaba su verdadera orientación y la postura pública que adoptó a lo largo del conflicto salvadoreño, fue muchas veces acusado de que su postura era más "violentadora" y en favor de la lucha armada que de otros intereses y valores. Frente al fenómeno de la violencia, señalaba Ellacuría que "la respuesta a la violencia estructural ha solido ser la violencia revolucionaria. Yo no creo que necesariamente se tengan que identificar siempre `revolución´ y `violencia´, pero a veces -y en caso de El Salvador en concreto- se ha echado mano de la violencia guerrillera para combatir a lo que se estimaba una violencia estructural. Hacer de la violencia una causa, hacer de la violencia un bien o un ideal, ciertamente no es cristiano y probablemente tampoco es ético. Pero el problema fundamental sigue estando en ver hasta qué punto esa violencia es inevitable. Y repito, la violencia revolucionaria en sí misma es mala pero quizás muchas veces la han vuelto inevitable" (QCA, 50). En coherencia con esta visión, nos relata el propio Ellacuría algunas intervenciones suyas en relación con la actuación de los actores de la guerra civil y su intento de "humanizar el conflicto", "[d]esde esta postura, nos hemos dirigido a otros grupos, como el guerrillero, que combaten esa violencia de otra manera. En concreto, yo mismo he tenido unas conversaciones muy largas y muy críticas con uno de los combatientes guerrilleros más destacados, el comandante Villalobos. (...) Igualmente, hemos estado peleando para que se haga el menor daño al menor número posible de gentes. Cuando conseguimos una declaración de la Comandancia Militar del FMLN de que no van a dañar a los civiles consideramos haber hecho un gran avance. Vamos a ver ahora si avanzamos un poco más a fin de que termine la guerra a través de las propuestas de negociación que hemos lanzado" (ib.).

Por ello, señala él mismo sobre su papel en el proceso, que "nuestro objetivo y nuestra lucha está en conseguir que termine la guerra y que termine la violencia estructural. Y, mientras tanto, conseguir que disminuya el daño que hace todo tipo de violencia dentro del país. Creemos que éste es un planteamiento mucho más pacifista que violentador" (QCA, 50).

Esta fue la constante que mantuvo hasta el último momento, como puede reconocerse también en la petición de intermediación que se le realizó ante el recrudecimiento del conflicto armado a finales de 1989. En un fax de Ellacuría en respuesta a la invitación de intermediar, éste expresaba cual era su verdadero talante y hacia donde debía ir dirigida su contribución en el conflicto salvadoreño, "[e]stoy abrumado por el hecho terrorista, estoy dispuesto a trabajar por la promoción de los derechos humanos, estoy convencido de que el presidente Cristiani rechaza ese tipo de hechos y de que con buena voluntad propone para este caso este mecanismo, quisiera apoyar todo esfuerzo razonable para que prosiga el diálogo/negociación de la manera más efectiva posible. Precisamente por eso desearía, en primer lugar, agradecer al Sr. Presidente el haberme invitado y, en segundo lugar, pedirle que me dé un espacio razonable de tiempo para tomar mi decisión de un modo responsable en beneficio de la pacificación y democratización del país.

En cuanto regrese al país me pondré en contacto con la situación coyuntural y con los distintos sectores para poder apreciar cuál pueda ser la forma mejor de mi contribución".

Este sería su último regreso. A los pocos días de llegar fue objeto la vivienda de su comunidad de un registro y reconocimiento por parte del ejército, y tres días después en el mismo lugar, el 16 de Noviembre, un grupo de militares asesinaron a Ellacuría y a sus compañeros. Como señalaron unos investigadores del caso, "Ignacio Ellacuría era una de las últimas y mejores esperanzas para el diálogo pacífico en El Salvador".

 

4. Unidad de la obra y de la vida de Ellacuría.

La unidad del pensamiento y la vida de Ellacuría hay que buscarla en la unidad de su proyecto existencial, que podemos entender como una vida dedicada a la liberación. Esta vida tenía una pluralidad de dimensiones, como universitario, como teólogo, como mediador y analista político o como filósofo.

Si la filosofía para Ellacuría no era sólo un dedicación para saber acerca de la cosas, sino que era también un modo de vida, y un modo de vida ético que exigía un decidido compromiso y voluntad de la verdad y de justicia, podemos decir que este talante se reflejaba en la diversas realizaciones en las que se expresó y comprometió su vida. Por eso, lo que ha señalado su compañero Antonio González respecto de la obra de Ellacuría, puede también predicarse de las otras dimensiones, "lo característico de la labor intelectual de Ellacuría no consiste tanto en haber puesto la praxis histórica de liberación en el centro de sus reflexiones filosóficas, sino en haber hecho de la filosofía un elemento constitutivo de una existencia dedicada a la liberación Ellacuría mostró con su vida (y -¿por qué no decirlo?- también con su muerte) que la función social de la filosofía no es primeramente una función académica, y mucho menos una función legitimadora de uno u otro poder, sino -al menos como posibilidad- una función liberadora. Y que esta función liberadora no consiste en primera línea en la transmisión de una determinada filosofía, de una determinada tradición o de unos determinados conocimientos filosóficos, sino, (...) en una tarea mayéutica y crítica. Mayéutica no meramente en el sentido usual de sacar a la luz `educativamente´(...), sino en un sentido más cercano a la expresión original griega maieúomai (ayudar en el parto, desatar). Pues se trata de acompañar filosóficamente la difícil hora histórica de los pueblos del Tercer Mundo, situándose parcialmente del lado de quienes tratan de impedir que triunfe la muerte y del lado de la nueva vida que, a pesar de todas las dificultades, pugna por nacer".

Ellacuría nos describe también la función que da ultimidad a la labor filosófica, que podemos leer desde este concreto talante filosófico que expresó en diversas facetas: "y es que no basta filosóficamente con buscar la verdad, sino hay que procurar filosóficamente realizarla para hacer la justicia y construir la libertad" (FLF, 59).

Así pues, podemos afirmar que la unidad del pensamiento y la obra de Ellacuría proviene de la fidelidad a su clara vocación humana de justicia y libertad que "le forzó a hacerse cargo de la realidad donde quiso vivir (...) a encargarse responsablemente de la transformación real de lo inhumano de tal realidad y a cargar con las consecuencias positivas y negativas de ese comprometedor `encargarse´".

 

5. La raíz de su persona.

 

Vistos algunos hitos biográficos y algunos datos de la realidad en la que vivió, señalaremos, según la caracterización que nos ofrece su compañero Jon Sobrino, aquello lo que estaba dinamizando y dirigiendo su realización personal.

Su vida y su trabajo, junto con la de sus compañeros, "tenía una finalidad muy determinada: el servicio a los pobres (...) en este servicio hay que encontrar lo más profundo de sus vidas, y por ello puede decirse tenían (...) en verdad espíritu de compasión y misericordia. Si trabajaban como fanáticos y corrían riesgos muy conscientemente, es porque se les removían las entrañas (...) al ver a todo un pueblo herido en el camino" , no utilizaba el trabajo académico para desatender los requerimientos que se le hacían, porque su realización profesional estaba "sometida a la exigencia primaria ética y práxica de responder al clamor de las mayorías populares. Por eso, la fuente exigente e inspiradora de todo su trabajo y de todo su servicio fue esa compasión y misericordia que se les convirtió en algo verdaderamente primero y último". Su vida fue "una vida descentrada, un servicio en favor de otros y , cada vez más un servicio desde los otros". En ese servicio fue preguntándose en qué se debía concretar ese servicio, como nos dice Jon Sobrino llego a comprenderlo como un "servicio específico: bajar de la cruz al pueblo crucificado". Servicio que consiste en la disponibilidad de dar la vida por los demás, sea en la entrega cotidiana incansable o en el sacrificio hasta la muerte, padecida violentamente.

Esto implica que esa misericordia, la entendía y vivía de una forma concreta: a) como reacción, no propiamente como mero sentimiento; b) hacia el sufrimiento de las víctimas; c) buscando el bien de éstas y liberándolas de sus victimarios.

Esa mirada compasiva y activa sobre la realidad del pueblo salvadoreño, y desde él a los pueblos del tercermundo, le hizo ver que este sufrimiento no era provocado principalmente por causas naturales, sino más bien por causas históricas, porque era un mal producido y mantenido por las acciones de los hombres que van configurando unas relaciones sociales basadas en la miseria de la mayoría a cambio de la opulencia de una minoría privilegiada, y que iban constituyendo unas estructuras de convivencia social fundadas en la privación de bienes fundamentales para la mayoría y en la sistemática exclusión del acceso a los mismos. Por eso, "teniendo ante los ojos a este mundo real, (...) [a] Ellacuría le movió a privilegiar no cualquier acción, aunque fuese buena, sino la misericordia y el amor específicos que se dirigen a las mayorías en cuanto oprimidas, es decir, la justicia".

Desde esta experiencia fundamental, la lucha por la justicia en favor de las mayorías populares que dinamizó su vida, no fue fruto por tanto ni de un descarnado imperativo categórico ni del atractivo estético de una teoría de la justicia sino que el origen está en que a Ellacuría se le removieron las entrañas al ver todo un pueblo postrado, oprimido, engañado, y ante eso reaccionó.

Si ese sufrimiento de las víctimas tenía causas profundas en las propias relaciones humanas, entonces su servicio de "bajar de la cruz a los pueblos crucificados" debía ir dirigida a erradicar esa situación histórica deshumanizante y a sustituirla por una situación más humanizadora que buscara la vida de la mayoría. Por eso la lucha no era primariamente por construir la justicia desde un orden anterior neutral, sino que se funda en la lucha contra aquello está suponiendo la opresión, en la negación y superación de la injusticia actual.

 

6. Raíz de su muerte.

 

Esto puede iluminar más aún la realidad social en la que vivió y cómo con su muerte violenta e injusta se esclarece aún más su realidad personal. La respuesta es sencilla, podemos decirlo con palabras de Monseñor Romero "se mata a quien estorba". Por ello sufrió tantas amenazas y ataques verbales y físicos durante su vida. Pero, ¿a quién estorbaba? a quienes veían en sus críticas y en sus propuestas alternativas un peligro para la propia situación de privilegio, una amenaza para la seguridad de sus beneficios particulares.

Sobrino dijo reflexionando sobre el asesinato de Ellacuría y de muchos otros a causa de la represión sobre los que realizan acciones transformadoras: "esto lo he aprendido allí, en la realidad hay negatividad, hay algo (alguien) que reacciona en contra de quien hace el bien. Esto es el gran escándalo, o por lo menos, una forma de formular el escándalo. El que reacciona con misericordia, con compasión hacia las víctimas, en lugar de que `le hagan un monumento en la plaza del pueblo´ lo persiguen. Si hace cosas sencillas, no, pero es que así es..., y de esto existen muchísimos ejemplos, así empezó con Jesús de Nazaret, y esto le pasó a Ellacuría de quien estamos hablando, y a Monseñor Romero y a tanta otra gente. Lo que ocurre es que cuando el ejercicio de la compasión que es el más connatural del ser humano significa riesgo, entonces viene también otra cosa que es también connatural al ser humano, el principio de seguridad, y en el fondo el principio del egocentrismo que lleva al egoísmo".

Esa "negatividad" tiene un perfil concreto, el de los causantes no sólo de la muerte de Ellacuría sino principalmente del mantenimiento de una situación social alienante, y es que no podemos olvidar que "hay unos poderes que producen muerte y situaciones como la salvadoreña en la que puede expresarse más burdamente".

 

7. Analogado de la vida y muerte de Ellacuría con la lucha por los derechos humanos.

 

Podríamos brevemente conectar la realización biográfica de Ellacuría con el fenómeno real que representan la institución de los derechos humanos.

Quizá el vicio más común a la hora de comprender esta realidad es acercarnos a ella desde un punto de vista primariamente conceptivo. En este sentido, los derechos constituirían una serie de ideales, cuya naturaleza principal sería la de ser conceptos, elaborados desde una tradición, y que como tales son susceptibles de ser comunicada y ampliada a toda comunidad humana ya que en virtud de la comunidad de razón podrían ser apropiados por sujetos diferentes de los originalmente los descubrieron o propusieron. El problema de fondo desde esta dinámica racionalista sería la validación para toda comunidad humana de estos ideales, esto sería a través de la argumentación y justificación de los ideales propuestos o bien un problema de justificación discursiva de los valores dados, como presupuestos trascendentales de la propia argumentación dialógica que se debe asumir irrenunciablemente ante los diferentes argumentadores racionales.

Aquí no se pretende negar la necesidad del momento conceptivo de los derechos humanos ni la indagación racional ni dialógica acerca de sus fundamentos, ni el que pueda haber una cierta pedagogía de los derechos. Lo que se intenta apuntar, conforme a la propia concepción ellacuriana, es la idea de que la primera clave para acercarnos a la adecuada comprensión de los derechos humanos haya de ir en la vía de la discusión, argumentación o diálogo de conceptos. Esa aproximación desconocería que ser humano no se reduce ni se define primordialmente ni por lo que "piensa" ni por lo que "dice" sino que se define por lo que "va haciendo", y desde ahí, habría que observar la verdad de lo que se piensa y se dice.

En este punto es donde podemos volver a mostrar la realización biográfica de Ellacuría. Hemos señalado, desde aquellos que cercanamente lo acompañaron, que una clave de su vida fue la lucha por la justicia. Ellacuría tuvo voluntad de verdad, conoció y no se cerró al proceso histórico que le había tocado padecer y protagonizar en su medida al pueblo salvadoreño al que se incorporó desde joven. La realidad de su pueblo estaba configurada por una situación histórica de opresión, porque lo que definía más precisamente su proceso social era la carencia por privación de los bienes básicos para la vida. Esta privación era histórica, fruto de las acciones de los hombres que habían generado una dualización social entre los poseedores de los bienes y dominadores del resto del cuerpo social subordinado. Desde esta situación, vivida como insostenible y como injusta por el propio pueblo, Ellacuría se sumó al esfuerzo social desde las organizaciones populares de denuncia de la situación y de sus causas, y de promover propuestas alternativas para una vida de la mayoría más sostenible. La denuncia y la reclamación de lo que le era debido al pueblo, la defensa de los derechos de las mayorías populares, era lo que estaba dinamizando el conjunto de su praxis biográfica insertada en el proceso colectivo. Por eso su producción y su vida intelectual estaba no sólo en relación con el pueblo, sino que tenía efectiva encarnación en el esfuerzo colectivo por transformar la situación. Y esta colaboración desde la denuncia profética y el esbozo de una nueva situación por conquistar, pretendía introducir una lógica más humana en el proceso histórico. Pero las respuestas a esta lucha por "racionalizar" la sociedad, no eran las respuestas dialogadas, sino el cerramiento interesado en las propias posiciones sin posibilidad de apertura cuando no, el silenciamiento a través de la fuerza física. Por eso Ellacuría solía hacer un dramático llamamiento al entendimiento social desde la Cátedra de Realidad Nacional, para que le respondieran con ideas, y no con bombas y con balas. Lo que había por parte de quienes promovían el mantenimiento de los privilegios, no era una respuesta de racionalidad sino de irracionalidad interesada.

Por eso a Ellacuría lo mataron con idea pero no primariamente por las ideas, lo mataron por que sus acciones tenían una efectividad social que cuestionaba la legitimidad de los que dominaban la situación y la marcha de la sociedad. No lo mataron porque no estuvieran de acuerdo "con su fundamentación", con su discurso, sino porque el conjunto de su vida denunciaba la irracionalidad consciente de los opresores, en suma, de los que se cerraban e impedían una transformación de la situación social hacia una mayor paz y hacia una mayor justicia para todos. Y esta lucha por introducir la racionalidad en favor de la vida de la mayoría, en contra de su negación por la represión o por la ideologización, es la lucha precaria pero absolutamente humanizante por conquistar históricamente la utopía de los derechos humanos desde las mayorías.