FILOSOFÍA DE LA
LIBERACIÓN APLICADA
José Mora Galiana
ÍNDICE
I.- INTRODUCCIÓN.
II.- DESARROLLO DEL TEMA.
- Enumeración
de las fuerzas históricas.
- Tesis fundamental sobre la realidad.
- La realidad y la edad histórica.
- La historia como realidad de posibilidades.
- La presencia del instinto destructivo.
- Otro mundo es posible.
- Tres aspectos de la estructura dinámica de la historia.
1. Las
fuerzas que intervienen en el proceso histórico.
2. Los
dinamismos del proceso histórico.
3. Praxis
histórica de transformación personal y social.
- Persona
y comunidad como reto histórico.
III.- EL RETO DE LA APLICACIÓN PRÁCTICA.
FILOSOFIA DE LA LIBERACIÓN APLICADA
I.-
Introducción
Entre los pensadores de la Filosofía de la Liberación (FL),
uno de los exponentes más importantes en América Latina, y concretamente en
Centroamérica, es sin duda Ignacio Ellacuría quien, en su estudio sobre el
objeto de la Filosofía, con el fin de encarar la realidad, reconocer la
prioridad o principialidad de la realidad y concretar el para qué de la
Filosofía, formulaba la siguiente propuesta:
“Que la realidad y la verdad han de hacerse y
descubrirse, y que han de hacerse y descubrirse en la complejidad colectiva y
sucesiva de la historia, de la Humanidad, es indicar que la realidad histórica
puede ser el objeto de la Filosofía”[i].
Su trabajo sobre
el objeto de la Filosofía terminaba con una referencia al proceso actual de la
globalización. Dice así:
“Se ha dicho que
intramundanamente no ha habido “una” historia propiamente tal hasta tiempos
recientes. Hoy es cada vez más “una”, aunque esta unidad sea estrictamente
dialéctica y enormemente dolorosa para la mayor parte de la humanidad. Aunque
se habla de distintos mundos (un Primer Mundo, un Tercer Mundo, etc.), el mundo
histórico es uno, aunque contradictorio. Quizá sólo lograda la unidad del mundo
empírico y de la historia constatable, haya llegado el momento de hacer de esa
única historia el objeto de las diferentes filosofías”[ii].
II.- Desarrollo del tema
Considerar la
realidad histórica como objeto de la filosofía implica reconocer la necesidad
de un método adecuado para el conocimiento y el análisis de la realidad, y la
necesidad de una praxis transformadora. Pues la realidad es estructuralmente
compleja y dinámica, una y diversa, cuantitativamente múltiple y
cualitativamente diferenciada, contradictoria y estructuralmente injusta en su
realidad actual.
De hecho, cuando
Ellacuría aborda en su obra Filosofía de
la realidad Histórica (FRH) la estructura dinámica de dicha realidad,
esboza un estudio de las fuerzas que intervienen en todo proceso histórico
(concretando incluso un elenco de fuerzas), a modo de aproximación a una
ciencia de la historia, y los dinamismos del proceso histórico[iii].
Entiende
Ellacuría que los elementos estructurales de la Historia no pueden reducirse a
la triple división ya clásica del marxismo: lo económico, lo institucional y lo
ideológico. Los momentos estructurales de la Historia abarcan al menos lo
siguiente:
1) Lo natural de la Historia, en
cuanto que la naturaleza (que no es historia) subtiende dinámicamente a la
Historia y puede considerarse principio de fuerzas históricas: en el campo de
cada individuo, desde unas condiciones naturales concretas, y, en el campo de los
grupos sociales, desde el sistema de posibilidades que se sustenta en
realidades naturales o en posibilidades ya objetivadas. “Que la naturaleza del
hombre esté todavía en el estadio de los arcántropos o que esté en el hombre de
Cromagnon es sensiblemente distinto para lo que “pueda” ocurrir, que las
fuerzas productivas estén en el estadio de la pura artesanía o en el de la
producción en cadena o en el de la producción regida por cerebros electrónicos,
es asimismo sensiblemente distinto para todo el complejo de las relaciones
sociales y de los sucesos históricos”[iv].
2) Lo producido y mantenido por el
ser humano, tanto en el orden de las realidades físicas como en el orden de las
instituciones: el que haya vías de comunicación, lugares y centros de
producción, estructuras sociales y políticas, determinadas manifestaciones y
grados de cultura, etc., es absolutamente decisivo para lo que vaya a ser la
marcha de la Historia.
3) El conjunto de relaciones
sociales, sus fuerzas y tensiones, es decir, el sistema de relaciones que se va
estableciendo entre las personas y las sociedades o pueblos va moviendo la
historia de una u otra forma. El que las familias estén constituidas de un modo
u otro, el que haya uno u otro sistema de clases sociales, que la civilización
sea nómada o sedentaria, rural o urbana, y que la humanidad esté o no dividida
en mundos antagónicos, por ejemplo, es algo que moverá la historia en
diferentes sentidos y con diferente velocidad.
4) El sistema de valoración e
interpretación, que cambia, en cierto modo, al compás de los cambios del propio
proceso histórico, e incide en la marcha de la Humanidad, y sobre un pueblo o
sobre un grupo social.
Enumeración de las fuerzas
históricas
Constatada la
complejidad de la realidad en constante proceso de cambio, se pregunta
Ellacuría, sin despreciar el ámbito de la libertad individual, sobre las
fuerzas que inciden poderosamente en la marcha de la Historia.
1) Las fuerzas
estrictamente naturales, aquellas que surgen de la estructuración corporal de la historia, es decir, de aquella forma de
materia que todavía no ha accedido a la vida. “La desatada lucha por el dominio
de los recursos puramente materiales por parte de las naciones mas poderosas y
la situación actualmente precaria de los países que no poseen –o no pueden
explotar- abundancia de recursos puramente materiales, son prueba de lo que
importan en la historia este tipo de fuerzas “naturales”. No se olvide, además,
que la historia que no puede moverse sin estas bases materiales, puede llevar a
una utilización muy diversa de ellas; esto es, los recursos naturales pueden
convertirse, y de hecho lo hacen, en estrictas posibilidades históricas”[v].
2) Las fuerzas biológicas: la
vida, entendida con toda su complejidad, sus leyes, sus instintos y sus
tensiones, es parte importantísima de la Historia. Mantener una explicación
integral de la Historia al margen de todo concepto biológico no tendría sentido
ni consistencia. “Problemas como el de la ecología, tan decisivos para la
subsistencia de la especie y para el tipo de vida que se va a llevar; problemas
como el de las raíces biológicas de la agresión y de la violencia; problemas
como el de los instintos fundamentales del hombre y de la especie; problemas
como el de la presión demográfica y de los recursos vitales; problemas como el
de la enfermedad y la muerte… tienen tal importancia en la historia humana, tal
importancia básica, que una consideración de las fuerzas de la historia tiene
que dedicarles una particularísima atención”[vi].
3) Las fuerzas psíquicas que, sin
ser independientes de las fuerzas naturales y biológicas, representan una
dimensión cualitativamente distinta de los individuos: su talento, su ambición,
su capacidad persuasiva, su liderazgo, su voluntad, etc.
4) Las fuerzas sociales, es decir,
aquellas que surgen de la realidad social en cuanto tal. “Los sociólogos
discuten la tipología de estas fuerzas y su ordenación. Sólo a modo de ejemplo
y combinando distintas clasificaciones pueden nombrarse: la estratificación
social, los grupos de presión, la diferenciación ocupacional, toda la gama de
costumbres y de usos recibidos, los prejuicios sociales, las modas, etc. Y
aunque la presión social no constituya la definición formal de lo social, no
hay duda de que existe y como tal cobra un carácter impulsivo o represivo. Los
procesos sociales tienen sus propios dinamismos, que impulsan la marcha de la
historia”[vii].
Dentro de las fuerzas sociales,
merecen una especial atención las que pudieran denominarse fuerzas económicas,
particularmente estudiadas por Marx y los marxistas, de aportaciones nada
desdeñables. Pues tomando el concepto de producción en toda su amplitud, como
proceso en el cual se intenta mantener la propia vida material y en el cual se
busca obtener todo lo que se requiere
para ese mantenimiento y para el desarrollo de la especie y de la sociedad,
considera Ellacuría que este complejísimo fenómeno de la producción, que lleva
sin duda a muy distintas relaciones, es una de las fuerzas fundamentales del
proceso histórico[viii].
5) Las fuerzas culturales o
ideológicas. Pues el quehacer político, jurídico, filosófico, religioso,
literario, artístico, etc., se basa sobre el desarrollo económico pero
interactua entre sí y actúa también sobre la economía; y, además, los seres
humanos, hasta ahora, al hacer su propia historia no la hacen al unísono con
una voluntad colectiva o de acuerdo con un plan colectivo, dada la relativa
autonomía de todo el campo cultural e ideológico. Las fuerzas culturales, sobre
todo, tienen como intento formal el conocimiento de la realidad, un conocimiento
reflejo y riguroso, que podría llamarse científico en sentido amplio. Junto a
estas fuerzas culturales están también aquellas que pretenden interpretar y
valorar la realidad. Unas y otras están múltiplemente condicionadas, pero no
por ello dejan de ser efectivas y operantes en la Historia.
6) Las fuerzas políticas,
relativamente autónomas respecto de las fuerzas sociales y económicas. Las
fuerzas políticas son las que dicen relación directa con el poder político y
sus centros de decisión. “Si para mayor claridad, tomamos el momento actual de
la historia, diremos que la fuerza política se identifica con la fuerza del
Estado y de todas aquellas instituciones subordinadas, a través de las cuales
se ejercita el poder del Estado, así como todas aquellas instancias cuyo
objetivo principal es la toma del poder del Estado. Tomadas en este sentido es
claro que se dan fuerzas políticas y que estas fuerzas tienen una importante
intervención en la historia”[ix].
7) Las fuerzas estrictamente
personales, es decir, los seres humanos que como personas, sea individualmente
sea en grupo, intervienen en la historia en virtud de un acto de opción
determinada. Pues, en muchos casos, el curso concreto de la historia se debe
también a concretas opciones personales.
Enumeradas estas fuerzas de la
Historia, se hace referencia al posible debate sobre si se trata de una
enumeración exhaustiva indicando que la ulterior definición y su estricta
clasificación corresponde mas a una Ciencia de la Historia que a la Filosofía
de la Historia, pero subrayando la importancia del análisis filosófico a la
hora de tener en cuenta los elementos estructurales de todo proceso histórico.
Respecto de dichas fuerza, dice, “tenerlas presentes ayuda a plantear
adecuadamente lo que debe ser un análisis histórico, que no quiera ser parcial
y arbitrario”[x].
Tesis fundamental sobre la realidad
La primera tesis fundamental es
que es la realidad, en tanto que realidad, la que es dinámica, la que es activa
desde sí misma, en y por sí misma. El todo dinámico de la realidad ha de
explicarse, según E, por la respectividad, “ya que las realidades son de tal
suerte que ninguna es lo que es sino referida a las demás: son intrínsecamente
respectivas, por sí mismas y desde si mismas están vertidas las unas a las
otras. Ninguna cosa es tal como es, ni posee las propiedades suyas, sino en
respectividad con todas las demás”[xi].
El reto de abordar la realidad
histórica como realidad dinámica y compleja llevará necesariamente a sacar
conclusiones en el ámbito intelectual y en la praxis, pues los seres humanos
somos conscientes de que el devenir de los procesos históricos implica un
crecimiento de la libertad del ser humano, libertad que debe llevar a una
liberación paulatina de todo tipo de limitación u opresión contraria al propio
ser, así como a una mayor potencialidad de la vida personal (personeidad) y
social de todos los seres humanos, es decir, de la Humanidad, en su proceso de
realización en cuanto tal.
La praxis, como momento de opción y de
creación personal y social se identifica así con el proceso histórico mismo, en
cuanto este proceso es productivo y transformativo. “La reducción de la praxis
a una determinada producción de condiciones materiales a una determinada
transformación de estructuras sociales y políticas es arbitraria … Que unas
formas de praxis, por ejemplo, la praxis política o la praxis económica, puedan
tener mayor eficacia inmediata en algún tipo de transformación de la sociedad,
no es prueba de que la hayan de tener siempre ni, menos aun, que agoten toda la
necesidad de transformaciones reales. El olvido de la dimensión personal de
cualquier praxis, realmente humana, no puede menos de alienarla y convertirla
en manipulación de objetos, en naturalización de personas. En la praxis
histórica es el hombre entero quien toma sobre sus hombros el hacerse cargo de
la realidad, una realidad deviniente, que hasta la aparición del primer animal
inteligente se movía exclusivamente a golpe de fuerzas físicas y de estímulos
biológicos. La praxis histórica es una praxis real sobre la realidad, y este
debe ser el criterio ultimo que libere de toda posible mistificación: la
mistificación de una espiritualización que no tiene en cuenta la materialidad
de la realidad y la mistificación de una materialización que tampoco tiene en
cuenta su dimensión trascendental. La consideración unitaria de todos los
dinamismos que intervienen en la historia muestra a las claras la complejidad
de la praxis histórica y los supuestos requeridos para que sea plenamente
praxis histórica”[xii].
Es, pues, en la Historia en donde la realidad humana va dando más de sí, se va haciendo más real, y en este realizarse se va revelando la riqueza y el poder de la realidad, así como el poder y la riqueza de realizarse a sí mismo. El orden transcendental aboca así en la historia y en la historia tiene el camino de su subsiguiente realización. La historia es la actualidad última de la apertura dinámica de la realidad: “La realidad histórica sería la realidad radical desde un punto de vista intramundano, en la que radican todas las demás realidades, aunque éstas sin ab-solutizarse por completo pueden cobrar un carácter de relativamente absolutas.
Esta realidad una es
intrínsecamente dinámica. El dinamismo entero de la realidad histórica es lo
que ha de entenderse como praxis [...]
La praxis, así entendida, tiene
múltiples formas tanto por la parte del todo que en cada caso es su sujeto más
propio, como por el modo de acción y el resultado que propicia. Pero, en
definitiva, la actividad de la realidad histórica es la praxis entendida como
totalidad dinámica” [xiii].
En la realidad histórica
tienen cabida el resto de realidades que la configuran como momentos
estructurales suyos, sin perder por ello cada una de ellas su autonomía ni su
especificidad. En ella están incluidos lo material, lo biológico, lo
psicológico, lo personal, lo social, lo político y lo ideológico, y constituye el lugar donde
todas estas formas de realidad adquieren concreción real y sentido.[xiv] Es
también el ámbito intramundano donde la totalidad de lo real, incluidas las
personas y las sociedades humanas, puede abrirse a la transcendencia. “El
análisis de la realidad personal muestra ciertamente su apertura; puede mostrar
incluso su religación (Zubiri). Pero ni la inmensidad de Dios, ni su novedad,
incluso ni su misterio se hacen realmente patentes más que en la totalidad de
la experiencia histórica. Hay una experiencia personal de Dios, pero la
realidad más plena de Dios sólo se ha hecho presente y sólo puede hacerse
presente en una realidad histórica”[xv].
En realidad, según
Ellacuría, Dios no es objeto de una filosofía intramundana, aunque la historia
puede descubrir en la intramundaneidad no solo una trascendencia formal, sino
una realidad transmundana y transhistórica, pero cuya trascendencia real es del
mundo y de la historia[xvi].
La realidad y la edad histórica
La realidad histórica es una totalidad
cualificada por sus elementos o momentos constitutivos, y está configurada y
activada por la praxis y no, por ejemplo, por una razón lógica, como pretende
Hegel, o por cualquier otra entidad abstracta, llámese materia, naturaleza,
espíritu o ser. Se trata de una realidad compleja y plural, pero de una
totalidad abierta, cuyos contenidos concretos y sus formas no están fijadas de
antemano teleológicamente, sino que, por su mismo formal carácter de praxis,
penden de las opciones humanas y de los dinamismos que estas opciones lleven a
efecto, una vez quedan objetivadas en las estructuras históricas, en la
temporalidad de la realidad histórica: “La historia es, en principio y por
razón de sí, abierta e indefinida; podrán fallarle sus bases materiales y con
ellas toda posibilidad de curso histórico; podrá ir consumiendo y degradando su
sistema propio de posibilidades, pero de por sí no tiene un curso cerrado ni
una trayectoria fija que la lleve a su final ni en cada nación ni en la
totalidad de la humanidad”[xvii].
En consecuencia: “La edad histórica no sigue
la pauta de la edad biológica, sino que se mide según la altura de los tiempos
y la figura temporal de un sistema de posibilidades, sistema que puede ser
rehecho incesantemente, puede enriquecerse o degradarse. Lo que sucede entonces
es que aquel pueblo con un sistema de posibilidades, que ya no está a la altura
de los tiempos –sobre todo en el contexto de una única historia- tendera a
desaparecer como tal grupo humano, pero no porque el grupo humano sea
biológicamente viejo, sino porque no está o no le dejan estar a la altura
temporal que en cada momento cuenta la historia universal.”[xviii]
El dinamismo histórico es un dinamismo de
posibilitación, es decir, la actualización de lo real en su condición de
posibilidad. La historia humana no es, pues, sino la creación sucesiva de
nuevas posibilidades junto con la obturación o marginación de otras. La
historia es transmisión tradente de
posibilidades: “Son las cosas, en el sentido más amplio y general del término,
las que en su trato con ellas se nos hacen presentes como posibilidades, sea a
modo de instancias o a modo de recursos, y ese trato con las cosas es un trato
efectivo con ellas y no se fundan en un mero ejercicio teórico de la razón. Hay
así un doble juego entre lo que las cosas pueden ofrecer desde ellas mismas al
hombre y lo que el hombre puede hacer saltar de ellas como posibilidades. Este
juego es, en definitiva, el juego de la historia: nunca se acabará de descubrir
el conjunto sistemático de posibilidades que los hombres y las cosas son
capaces de alumbrar, según sean las situaciones en las cuales se relacionen
cosas y hombres; solamente cuando la historia concluya, se habrán terminado las
posibilidades reales y podrá saberse entonces lo que es de verdad la realidad
humana. Y esto sólo de hecho, porque en el camino de alumbramiento y
realización de posibilidades pudiera suceder que se hubieran abandonado
irremediablemente las mejores”[xix].
En esta tesis sobre el dinamismo histórico y
la actualización de la realidad en su condición de posibilidad, se desmarcan
los filósofos Zubiri y Ellacuría de todos aquellos autores que han formulado
una Filosofía de la Historia prefijada y teleológica: “La historia no hay que
entenderla desde el futuro como un progreso cuya meta fuese un topos ideal. Esto sería ver el sentido
de la historia fuera de la propia historia. La historia, la realidad histórica,
no se predice sino que se produce, se crea a partir de la actividad humana
sobre la base del sistema de posibilidades ofrecido en cada situación y en cada
momento del proceso histórico”[xx].
La praxis, como dinamismo de la realidad
histórica, no es reducible ni a naturaleza ni a razón o espíritu ni a cualquier
instancia fija que la predetermine y le marque a priori el fin al cual deba
tender: “El destino de la historia es algo que la historia se va dando a sí
misma: se va dando sus propias capacidades [...] y se va dando o, al menos se
puede llegar a dar, su propia figura histórica”[xxi].
Lo que funda el riesgo constitutivo y permanente del proceso histórico es
justamente que no está determinado ni orientado por nada, más que por lo que
pueda hacer y crear la actividad humana a partir de una determinada apropiación
de posibilidades y de acuerdo a unas determinadas capacidades: “Todo hombre y todo grupo social pertenecen a
un preciso momento del despliegue del proceso histórico y cuentan, por tanto,
con un determinado sistema de posibilidades; pero tanto como personas cuanto
como grupos, tienen en sus manos el acrecentamiento o la obturación de esas
posibilidades. Como la vida humana, la historia carga sobre sí con el
inquietante peso de lo que tiene que hacer de sí “[xxii].
Esa es también, sin duda alguna, la realidad
de la actual situación mundial, la posibilidad de acrecentar o de impedir el
despliegue de una serie de potencialidades o potencialidades; y el riesgo de
obturación de posibilidades concretas del mundo subdesarrollado es cada vez más
grave, porque las posibilidades son cada vez más englobantes, mientras que las
oportunidades más escasas y difíciles: “La carta, por ejemplo, del desarrollo y
del consumo como motor fundamental del proceso histórico ha obturado, sin duda,
otras posibilidades de vida, de momento, social y mundialmente irrecuperables.
Porque en definitiva, las capacidades no son tan sólo capacidades
intelectuales, sino también volitivas, emocionales, valorativas, etc.”[xxiii].
De ahí la importancia de la praxis histórica,
tanto en la vertiente intelectual como pragmática, capaz de materializar una
capacitación para el desarrollo de las
propias posibilidades y una opción liberadora para hacerlas efectivas y reales
en la historia. Ahora bien, la praxis histórica no es liberadora en sí misma,
y, además, no existe un modelo único de liberación humana que sea válido para
todo tiempo y lugar. En realidad, será necesario discernir en cada momento las
formas, los objetivos y los contenidos de una posible praxis liberadora. Y esto
es así precisamente porque la liberación y la apertura de la historia es una
tarea de la humanidad misma y no de un “dios” que, con independencia de la
actividad humana, lleve cabo el proyecto liberador.
No hay, para Ellacuría, ni un “hombre
abstracto”, ni un sujeto anterior a la historia, que predetermine, virtual o actualmente, su
contenido, ni la forma de su devenir o su finalidad. La especie humana se va
configurando históricamente en virtud de las posibilidades que en cada momento
recibe y se apropia[xxiv].
La historia como realidad de posibilidades
La realidad histórica, por su mismo carácter
estructural y abierto, es una realidad de posibilidades incluso contradictorias
o ambivalentes. Puede ser principio de humanización y de personalización, pero
también puede ser principio de opresión y alienación; puede ser principio de
liberación y de libertad, pero también puede ser principio de dominación y de
servidumbre. De ahí la importancia de una filosofía que considere como objeto
de su pensamiento y análisis la realidad histórica, con el fin de ejercer una
función pedagógica y práctica, productora de humanidad y de liberación integral
de todos los seres humanos. De ahí la importancia de la capacitación
pedagógica. Pues la historia no es sólo proceso de posibilitación tradente de
modos de estar en la realidad, sino que primaria, radical y formalmente es
proceso tradente de capacitación para poder desplegar distintas formas de estar
en la realidad. Y, en consecuencia, la capacitación, al igual que la
potenciación y la posibilitación son categorías no sólo antropológicas o
sociológicas sino también metafísicas.
Respecto a la
maldad histórica, entiende Ellacuría que, cuando se da, es decir, cuando
se da la voluntad consciente y deliberada de obturar la realización de
posibilidades humanas positivas, se trata de un pecado histórico que no es reducible en ningún sentido a pura
negatividad en un sentido hegeliano, pues considera E que está radicado en un
determinado sistema de posibilidades de la realidad histórica o del cuerpo social,
a través del cual actualiza su poder para configurar maléficamente la vida de
los individuos y de los grupos humanos[xxv].
En realidad cree Ellacuría que, en el ámbito del pensamiento teológico en el
que ha sido formado, junto al concepto de pecado
original y el concepto de pecado
personal, habría que introducir el concepto de pecado temporal[xxvi],
pero filosóficamente hablando entiende, al igual que Zubiri, que el mal no es
ninguna propiedad de la realidad, sino una condición de la realidad para el ser
humano; sólo respecto de la realidad humana hay bien y mal. La “nuda realidad”
no es ni buena ni mala[xxvii].
Además, respecto a la relación posible de esta presencia del poder histórico
con la presencia del absoluto en la historia, Ellacuría mira también hacia
Xavier Zubiri, que ha desarrollado la idea de la realidad como poder para ir
desde la constitución personal a través
de la religación hacia la deidad, y aun hacia Dios, y se centra en el problema
teologal del hombre, concretado en esa marcha hacia el fundamento del poder de
lo real en las cosas, puesto que toda realización personal es precisa y
formalmente la configuración optativa de la persona humana respecto del
fundamento del poder de lo real en ella. Pues, para nosotros los seres humanos,
“la justificación intelectiva del fundamento del poder de lo real es la que nos
lanza a nosotros mismos por una ruta que lleva de la persona humana (esto es,
de una persona relativamente absoluta) a una realidad absoluta: es lo que
entendemos por realidad de Dios. El hombre encuentra a Dios al realizarse
religadamente como persona. Y lo encuentra en todo el ámbito del poder de lo
real; por tanto, en todas las cosas reales y en la propia persona (la cual
vehicula también en sí misma el poder de lo real). El poder de lo real consiste
entonces justamente en que las cosas reales sin ser Dios, ni un momento de Dios
son, sin embargo, reales “en” Dios, es decir, su realidad es Dios ad extra. Por eso, decir que Dios es
trascendente no significa que Dios es trascendente “a” las cosas, sino que Dios
es trascendente “en” las cosas”[xxviii].
Para Ellacuría, es menester ampliar la visión
de Zubiri al campo de lo histórico, donde también, por la vía del poder, es
accesible una presencia del absoluto en la Historia: “Así como el dinamismo de
la funcionalidad abre el campo de la explicación científica intramundana, el
dinamismo de la poderosidad nos abre el campo de la significación transmundana
de la historia, que no nos saca de ella, sino que nos introduce más
profundamente, porque ese “trans”, esa transcendencia, lo es “en” la historia,
por más que sea “de” ella”[xxix].
En consecuencia, la superación del mal no
vendrá automáticamente, sino únicamente mediante el cambio del sistema de
posibilidades en tanto que sistema o, por lo menos, mediante el cambio de
figura ante el sistema de posibilidades de que dispone la humanidad en un
momento dado, pues el sistema de posibilidades pende directamente de la
realidad histórica y mientras no hay cambio de sistema de posibilidades no
puede hablarse de un cambio cualitativo[xxx].
Ahora bien, los cambios cualitativos sólo
pueden realizarse por medio de la puesta en marcha de una praxis histórica de
liberación, entendida como una acción ética que busca, a partir de unas
posibilidades reales, la transformación de la realidad histórica.
La presencia del instinto destructivo
La presencia histórica del mal adquiere mayor
gravedad en el momento presente de la historia. Pues la humanidad va
adquiriendo un “cuerpo de globalidad único”, constituido por el libre mercado,
gracias al predominio liberal del pensamiento único, sin respeto alguno a la
alteridad de otras culturas, ideologías o religiones, también fanatizadas y
totalizadoras, desde los mismos presupuestos de pretensión de dominio absoluto.
En consecuencia, el proceso histórico, basado en la economía de la guerra,
puede ser cada vez más unitario y también más desastroso, por causa de los
enfrentamientos bélicos y el pecado
histórico de querer acaparar las fuentes de energía y los bienes que son
comunes a toda la Humanidad. En dicho
sistema, el proceso histórico ha ido unificando fácticamente a la humanidad
hasta desembocar en la universalidad histórica del presente, en la que los
individuos y grupos humanos son estrictamente coetáneos. Contrariamente a las
visiones ilustradas de la historia, que piensan la universalidad de la historia
como producto de la inscripción de todos los pueblos y naciones en una
hipotética línea temporal de mayor o menor desarrollo, cuya vanguardia son las
naciones occidentales, cabe ver la edad
actual de la Historia como el resultado de la estructuración de distintas
líneas y tiempos históricos, que ha configurado así una verdadera corporeidad o
sociedad universal o mundial. Ahora bien: “La historia es, en principio y por
razón de sí, abierta e indefinida; podrán fallarle sus bases materiales y con
ellas toda posibilidad de curso histórico; podrá ir consumiendo y degradando su
sistema propio de posibilidades, pero de por sí no tiene un curso cerrado ni
una trayectoria fija que la lleve a su final ni en cada nación ni en la
totalidad de la humanidad”[xxxi].
Desde esta perspectiva global, Ellacuría,
constata la realidad histórica del mal en el actual orden mundial, teniendo en
cuenta sobre todo la realidad histórica latinoamericana, y en general la de los
pueblos oprimidos y las mayorías populares, que vienen a ser las cuatro quintas
partes de la Humanidad.
Al margen de cualquier teoría, como indica
Héctor Samour[xxxii], para Ellacuría el
hecho evidente es que la mayor parte de naciones y la mayor parte de seres
humanos viven no sólo en condiciones muy desiguales respecto a las minorías
ricas, sino en condiciones absolutamente inhumanas[xxxiii].
Este hecho revela el mal común que, a través de sus estructuras y procesos,
promueve la actual civilización mundial[xxxiv].
El resultado es la ruptura de la solidaridad del género humano (pecado histórico) que lleva a la
absolutización del individuo, de la clase social, de la nación o del bloque
económico por encima de todo lo demás y de la humanidad misma[xxxv].
Esta ruptura de la solidaridad humana, que supone en el fondo una ruptura del
fundamento mismo de los derechos humanos (la unidad filética e histórica del
género humano), lleva consigo una permanente violación de esos derechos, que se
manifiesta en la situación dramática de los pueblos oprimidos y de las mayorías
populares[xxxvi].
No se concibe la libertad humana sino en su real concreción histórica así como en sus
implicaciones éticas y políticas mundiales. La libertad debe verse desde su
historización en las mayorías populares y de los pueblos oprimidos. Es la
humanidad la que debe ser libre, como sujeto de la historia, y no unos cuantos
privilegiados de la Humanidad, sean individuos, clases sociales o naciones. En
este sentido, evidentemente, en el nivel mundial no existe un orden de
realidades históricas que permita hablar de un Bien Común.
“No
sólo hay una desproporción escandalosa y radical en la propiedad y el uso de
los bienes de la tierra, que como tales tienen un poseedor primario, que es la
humanidad en su conjunto, sino que esa desproporción se logra negando a los más
desfavorecidos la posibilidad de utilización de recursos, que, en principio,
deberían ser comunes. Esto es, no se trata meramente de una desigualdad entre
miembros de una historia, que son
fundamentalmente iguales, sino de una desigualdad creciente y fundamentada
sobre la explotación[xxxvii].
Otro mundo es posible
Dada la situación actual de la realidad
estructuralmente injusta, Ellacuría propone una nueva civilización, un proyecto
global que sea universalizable y donde haya posibilidades de supervivencia y de
humanización para todos. Pero una universalización, que ha de hacerse desde la perspectiva de las
mayorías populares y los pueblos oprimidos y no desde las minorías
privilegiadas. Por eso, precisamente, aborda en su FRH, como en tres grandes partes o capítulos: la materialidad de la
historia, la componente social de la historia y la componente personal de la
historia, y todo ello antes de entrar en la propia estructura temporal y en la
realidad formal de la historia propiamente dicha.
Consecuente con lo anteriormente expuesto,
estudia Ellacuría el proceso de capacitación, contra toda forma idealista de la
historia, y el proceso creacional, por el cual el hombre es dueño y hacedor de
su vida, desde los condicionantes y posibilidades de su realidad personal, y,
aceptadas todas las diferencias, la historia es hacedora, en parte, de sus
propios logros. Pues el trazado y el destino de la historia es algo que la historia se va dando a sí
misma. En este punto se subraya no sólo la importancia individual del animal
humano, hacedor de su biografía personal, sino también la importancia del
cuerpo social y, en definitiva, de la humanidad, sujeto de la historia:
“Muchas
veces, la historia aparece más como algo hecho que como algo que se hace, más
como un resultado que como un principio, pero esto puede deberse a que no se
considera el sujeto último de la historia, sino tan sólo a lo que los
individuos van poniendo en ella. Como quiera que sea […], no parece pequeña
tarea, ni tampoco totalmente utópica, el que la humanidad entera, como sujeto
último de la historia, pueda llegar a ser la creadora y la dueña de su propio
curso histórico, de la vida histórica entera”[xxxviii].
Evidentemente incluso si el hombre va alcanzando
un mayor dominio sobre la naturaleza y una mayor capacidad de manipulación
sobre ella, no cualquier cambio es posible, pues las posibilidades para hacer
avanzar el proceso histórico han de llegar a “naturalizarse” y la naturalización tiene sus propios límites.
Hasta este punto de la reflexión filosófica
sigue Ellacuría a su maestro Zubiri. Pero, a partir de ese punto, coherente con
la dimensión social e histórica subrayada, da dos nuevos pasos sobre el
análisis de la realidad y sobre la praxis histórica.
Ellacuría, gracias quizás a su estrecha
relación con Segundo Montes, y al respeto que le merecía el Departamento de
Sociología y Ciencias Políticas, así como el Instituto de Derechos Humanos,
avanza en el análisis de la estructura
dinámica de la historia exponiendo los
puntos siguientes: las fuerzas que intervienen en el proceso histórico, los
dinamismos de dicho proceso, y la importancia de la praxis personal y social.
Tres aspectos de la estructura dinámica de la historia
1)
Las fuerzas que intervienen en el proceso
histórico[xxxix]
En la pregunta por las fuerzas de la historia,
Ellacuría, reconociendo que es a la Ciencia de la Historia a la que pertenece
determinar cuáles son las fuerzas que intervienen, trata de analizar lo que
mueve a la historia en una dirección u otra y lo que le da unos u otros
contenidos al proceso histórico. Valora la aportación del marxismo, al
describir los elementos estructurales de la historia conforme a la triple
división clásica de lo económico, lo institucional y lo ideológico. Con todo,
recuerda que no puede obviarse ni el elemento natural ni el elemento personal.
Que haya fuerzas históricas, dice, y que estas fuerzas lleven a la historia por
unos cauces determinados no implica la negación de la libertad personal dentro
de su ámbito propio, por más que este ámbito se vea reducido y dificultado.
Pero, añade, por otro lado, sería ingenuo suponer que la historia va justamente
por donde prescriben las voluntades individuales. En consecuencia, necesitamos
analizar lo que mueve a la historia en una dirección u otra y lo que le da unos
u otros contenidos al proceso histórico[xl].
En la enumeración de las fuerzas de la
historia, Ellacuría va subrayando aquellas realidades, actividades o
condiciones que van determinando el desarrollo histórico.
De las fuerzas estrictamente naturales,
realidad material con sus propias leyes (por ejemplo, la termodinámica),
subraya la importancia y el problema de los recursos materiales y de las
fuentes de energía.
De las fuerzas biológicas contempla la complejidad
de la vida, las raíces de la violencia y la agresión, los instintos del hombre
y de la especie, la presión demográfica, el problema de la enfermedad y la
muerte, y la nueva problemática que plantea la ecología.
De las fuerzas psíquicas afirma condiciones
cualitativas propias del animal humano como individuo: su talento, su ambición
y su capacidad de arrastre o liderazgo.
De las fuerzas sociales, aquellas que surgen
del cuerpo social, tiene en cuenta la propia estratificación de la sociedad,
los grupos de presión, las distintas profesiones y ocupaciones, las costumbres
y usos recibidos, los prejuicios sociales, las modas, etc. Dentro de estas
fuerzas sociales, subraya muy especialmente las fuerzas económicas, las
técnicas de producción de bienes y servicios,
el dinero y el intercambio, transporte de mercancías y distribución de
productos, de grandes incidencias en la sociedad, el Estado, la política y el
derecho o en el dominio del espacio geográfico.
Sobre el desarrollo económico y las
condiciones económicas entiende E, siguiendo a Engels, que, en última
instancia, dichas fuerzas determinan el desarrollo histórico, aunque actúan
también, e interactúan entre sí, las fuerzas de lo político, lo jurídico, lo
filosófico, lo religioso, lo literario y lo artístico, etc., que también gozan
de una relativa autonomía[xli].
Se entiende por fuerzas culturales aquellas
actividades de la persona humana que tienen como intento formal el conocimiento
de la realidad, el conocimiento científico y aquellas que pretenden interpretar
y valorar la realidad. Sin duda, la complejidad de las fuerzas culturales es
uno de los momentos importantes de la marcha de la historia. La enorme suma de
esfuerzos, de recursos y de dinero que se emplean en estos ámbitos culturales
es una prueba empírica de su importancia.
Considera Ellacuría que las fuerzas políticas,
en el momento actual de la historia, se identifican con las fuerzas del Estado
y de todas aquellas instituciones subordinadas, por medio de las cuales se
ejercita el poder, así como de todas aquellas instancias cuyo objetivo
principal es la toma del poder de Estado.
Finalmente, vuelve a subrayar la importancia
de las fuerzas estrictamente personales, aquellas que se producen en virtud de
un acto u opción, bien se trate de individuos o de un grupo.
Concluye así
la enumeración de las fuerzas históricas, dejando para la Ciencia de la
Historia la tarea de su ulterior definición y estricta clasificación, en su
caso. Pero considera que tenerlas presente ayuda a plantear adecuadamente lo
que deba ser el análisis histórico que no quiera ser parcial y arbitrario[xlii].
Queda abierto aquí un tema importante sobre el
método adecuado de análisis de la realidad histórica. Desde nuestro punto de
vista, Ellacuría, en la enumeración de las fuerzas de la historia, establece
tan sólo lo que considera un mínimo indispensable para una aproximación
metodológica al conocimiento y
comprehensión de la realidad histórica.
Desde el punto de vista filosófico, las
fuerzas de la historia son históricas en cuanto contribuyen al proceso de
posibilitación y capacitación. “Es todo el conjunto de fuerzas lo que mueve la
historia, pero lo movido es histórico en cuanto tiene el triple carácter de
transmisión tradente, actualización de posibilidades y creación de capacidades”[xliii].
2)
Los dinamismos del proceso histórico[xliv]
La
pregunta por los dinamismos de la historia en busca de lo que es la unidad
dinámica de la historia se diferencia de la pregunta por las fuerzas de la
historia como se diferencia lo talitativo de lo trascendental. La pregunta por
lo trascendental se cuestiona por la realidad de algo pero en tanto que
realidad. En este sentido, es la realidad en tanto que realidad la que es
dinámica. Ahora bien, la actualización de este dinamismo penderá de la
actualización talitativa de la respectividad, aunque el dinamismo radical esté
en la propia realidad. Es, pues, la realidad la que es intrínsecamente dinámica[xlv].
Para
Ellacuría, siguiendo a Zubiri, no hay prioridad del devenir sobre la realidad.
El ser, para Hegel, no es sino proceso, devenir. La realidad entera no sería
sino autorrealización procesual. Pero esta no es la concepción de Zubiri, para
quien la realidad es un prius
respecto de su automoción. El devenir hegeliano no es un proceso causal
ontogenético, sino un proceso, en cierto modo, logogenético. La visión
zubiriana es ante todo una concepción realista del dinamismo.
De
la diferencia entre Hegel y Zubiri, lo que le importa subrayar es la necesidad
de admitir un devenir real, verdaderamente creativo, no reductible a un proceso
en el campo ideal de la conciencia. De ahí que sea preciso volver a la realidad
como principio del devenir. La alternativa, para Ellacuría, no está sino entre
un devenir que es principio de la realidad o una realidad que es principio del
devenir, en donde la realidad del devenir es ella misma deviniente en y por sí
misma, de modo que su momento de realidad no hace sino dar un contenido real y
determinado al proceso. En definitiva, las realidades devienen según lo que
son. Ni cada realidad puede devenir en sí misma cualquier forma de ser, ni cada
realidad puede dar paso a cualquier otra realidad. Punto de decisiva
importancia para entender el sistema abierto de la historia, abierto en cuanto
devenir real, pero sistemático porque no cualquier cosa puede provenir de
cualquier otra[xlvi].
El todo dinámico de la realidad ha de
explicarse entonces no por la negatividad interna del proceso evolutivo sino
por la respectividad. En efecto, las realidades son de tal suerte que ninguna
es lo que es sino referida a los demás: son intrínsecamente respectivas, por sí
mismas y desde sí mismas están vertidas las unas a las otras. Ninguna cosa es
tal como es, ni posee las propiedades suyas, sino en respectividad con todas
las demás[xlvii].
Las cosas reales, junto a la funcionalidad
física de ser todas ellas “en función de” las demás, tienen “de suyo” un
carácter metafísico de índole dinámica, basado también en la respectividad, que
es el propio poder de lo real o la realidad como fuerza. Así, por ejemplo, en
la realidad histórica, la salida de la falsa dominación no está en negar esa
dimensión sino en el ejercicio de la apertura personal, para liberarse desde la
realidad misma de lo que son sus formas dominantes[xlviii].
Se entiende, pues, el paso siguiente que conecta con el imperativo expresado
por Marx en la undécima tesis sobre Feuerbach; se indica en ella que hasta
ahora los filósofos se han dedicado a interpretar el mundo y que ha llegado la
hora de transformarlo.
3)
Praxis histórica de transformación personal y social[xlix]
La realidad es, “de suyo”, dinámica. El mundo
es dinámico. Y el dinamismo no es sino devenir. El dinamismo de la realidad
hace que las cosas vayan deviniendo en “mismedad”. Por ende, en el hombre, la
mismedad como dinamismo se convierte en un dinamismo de “suidad”, es un
dinamismo de personalización, de poder sobre sí mismo, de posibilitación, en
donde radica precisamente la posible contribución irreductible de cada uno al
sistema de posibilidades históricas[l].
Para Ellacuría, el dinamismo de la persona
cobra un carácter especial por el propio carácter de versión, que toma forma de
con-vivencia, de respectividad personal, principio de comunicación y, en
consecuencia, posibilidad de poner en común la propia vida y lo que se hace en
la vida. Cuando esta comunicación es estrictamente social, la actualización del
sistema común de posibilidades del cuerpo social lleva a la “mundificación”, a
la constitución del mundo social, en el que son bien distintos el cuerpo
social, impersonal, y la posibilidad real de una verdadera comunidad personal,
con ejercicio pleno de la persona en tanto que persona, sin salirse en absoluto
del mundo social ni quedar absorbido por él[li].
Finalmente, está el dinamismo de la historia
que se hace praxis en el conjunto del dinamismo de la realidad. Nada está
quieto, todo está en perpetuo devenir, todo está haciéndose, incluso lo que
está ya constituido. Esta dinamicidad, que es devenir en respectividad, y
devenir estructural, es el supuesto básico de la praxis, pero no todo hacer se
entiende como praxis. Se entiende por praxis un hacer real de realidad que va
más allá del puro hacer natural, porque la historia, siendo siempre hecho, es
siempre más que hecho, y este “más” es el novum,
que el hombre añade a la naturaleza, desde ella, pero sobre ella. Este es, en
definitiva, el sentido de la transformación: “la transformación que definiría a
la praxis sería la intromisión de la actividad humana, como creación de
capacidades y apropiación de posibilidades, en el curso dinámico de la
historia”[lii].
Esta praxis puede ser biográfica y puede ser
social.