Críticas a la filosofía de la liberación desde la
postmodernidad y la postcolonialidad
Carlos Beorlegui
1.
Precisiones iniciales
Cuando
hablamos de la Filosofía de la Liberación (FL), hay que hacer varias
precisiones, porque no existe sólo una “filosofía de la liberación”, sino
varias, por lo que no es fácil hacer un juicio de valor sobre todas, y
presentar las diversas críticas que se han presentado, o se pueden presentar, a
cada una de ellas. El primero que realizó una historia y sistematización de las
diversas filosofías de la liberación, Horacio Cerutti, indicaba hasta cuatro
corrientes diversas dentro de la FL [1]:
la ontologista (populismo de la ambigüedad concreta; R. Kusch, M. Casalla), la
analéctica (populismo de la ambigüedad abstracta; E. Dussel, J.C. Scannone, O.
Ardiles), la historicista (L. Zea, A. A. Roig), y la problematizadora (A.
Salazar Bondy, H. Ceutti, Santos). A esas cuatro corrientes habría que añadir
la metafísico-realista, de Ignacio Ellacuría y sus seguidores[2].
Cuando haga
referencia en este escrito a la FL, se dará por hecho que estoy hablando
especialmente de la segunda corriente, la analéctica, y, dentro de ella, de la
filosofía de la liberación de E. Dussel. Aunque en otros muchos momentos me
referiré al conjunto de las filosofías de la liberación, en la medida en que
coinciden todas en sus grandes objetivos de fondo: la liberación de las grandes
masas de empobrecidos y excluidos del sistema dominante, tanto en Latinoamérica
como en el resto de nuestro mundo.
El
contenido de esta charla está encaminado a señalar algunas de las
características de la FL, su desarrollo interno y vicisitudes por las que ha
pasado, pero sobre todo las críticas que hoy día recibe de diferentes
corrientes de pensamiento, tanto desde dentro de la propia FL, en su proceso de
evolucionar y de acomodarse a los nuevos tiempos, como, sobre todo, desde
fuera, por parte de los filósofos que se sitúan en las corrientes denominadas postmodernidad y postcolonialidad.
2.
La FL en el contexto del pensamiento filosófico
latinoamericano
Si
lanzamos una breve mirada panorámica al pensamiento filosófico latinoamericano,
advertimos que, desde los primeros momentos de la independencia política, los
intelectuales más conscientes se
interrogan sobre la identidad de Hispanoamérica, y sobre cómo hacer una
“filosofía americana” que sea auténtica y original, y a la altura del ser de lo
americano. Es la búsqueda de lo que ellos mismos denominan la “independencia
cultural”, en todos los campos de la cultura, entre ellos el de la filosofía.
Así se expresan Alberdi, Sarmiento, A. Bello, Lastarria, Bilbao, etc.[3]. Pero, al lado de este intento encomiable, se
advierte en ellos la contradicción de entender la autonomía cultural sólo como
un desmarque de la herencia hispana, puesto que consideran que la línea que
tienen que seguir es imitar a la Europa más avanzada, Francia e Inglaterra, y,
después, a los Estados Unidos.
Esta
orientación imitadora cambiará de signo al finalizar el siglo (Martí será un
adelantado, en la segunda mitad del s. XIX), y se consolidará en las diferentes
generaciones del siglo XX: la de 1900 (Rodó y su “Ariel”), la de 1915 (A. Caso,
J. Vasconcelos, J.C. Mariátegui y Haya de la Torre), la de 1930 (Samuel Ramos y
Francisco Romero), y la de 1940 (Leopoldo Zea y el grupo Hiperión, A. Salazar
Bondy, y otros). Se empieza a rechazar lo que Rodó llama la “nordomanía”, o
“yankimanía”, y a intentar recuperar los valores de la cultura hispana, sin que ello supusiera un volver atrás a la época
de la Colonia, y a ningún tipo de dependencia en relación con España.
Estos
intelectuales intentaban situarse entre dos tendencias del momento: el
“panamericanismo” norteamericano (teoría imperialista, basada en la doctrina
Monroe) y el “iberoamericanismo” (procedente del intento neo-imperialista de
ciertos intelectuales españoles, acentuado después durante el franquismo). Se
trataba de replantearse el viejo problema de la identidad del continente
latinoamericano, recurriendo al estudio de la historia de los productos
culturales desde la emancipación española, y de las condiciones para llegar a
ser autónomo en todos los aspectos. Dentro de este horizonte, la pregunta es
cómo hacer una filosofía a la altura de estas circunstancias y de estos
objetivos.
Esta etapa de búsqueda de la identidad
cambiará de forma notable hacia 1968, fecha clave en todo el mundo, no sólo en
Europa y los USA, sino también en LA, porque junto al mayo francés y las
revueltas estudiantiles en los USA (protestas contra la guerra de Vietnam en
Berkeley), se da también la Revolución Cultural en China (1966), la matanza de
estudiantes en Tlatelolco, “Plaza de la tres culturas” (México, 1968), y el
“Cordobazo” argentino (1969) [4].
Es el momento en que surgen las FLs latinoamericanas, en sus diferentes
corrientes, y apoyadas en las diversas matrices culturales que les servirán de
incentivo y de apoyo. Esas matrices culturales fueron: la teoría de la
dependencia, la teología de la liberación, la pedagogía del oprimido de Paolo
Freire, el boom de la literatura latinoamericana y del arte, en general (sobre
todo la muralística mexicana de Orozco, Ribera y Siqueiros), y la propia
filosofía de la generación anterior (L. Zea y Salazar Bondy, con sus posturas
encontradas).
Las FLs
parten de la conciencia de la dependencia y dominación de LA respecto de las
naciones más poderosas del primer mundo (centro-periferia), y de la necesidad
de la liberación económica y cultural para poder realizarse como personas y
como naciones y culturas autónomas. Estos filósofos entienden que si no se dan
esas condiciones previas de liberación, no será posible construir una filosofía
auténtica y original, sino, como se ha hecho hasta ahora, dominada, mera copia
de lo que se hace en el PM.
Cada una
de las corrientes se apoyará en diferentes autores o sistemas de pensamiento
para fundamentar sus planteamientos. No vamos a detenernos aquí en este punto[5],
porque sería largo y nos desviaría de nuestro objetivo, sino referirme sólo al
caso de Dussel. El filósofo argentino se apoyará para la construcción de su FL
fundamentalmente en el filósofo judío, afincado en Francia, E. Lévinas[6].
La filosofía de Lévinas le sirve a Dussel para dar cuenta de la situación de
dominación de LA, y para su crítica a la Totalidad ontológica occidental,
presentando como alternativa una metafísica de la alteridad, respetuosa de los
“otros”, de los postergados por el sistema dominante, tanto individuos como
culturas.
Así, la
cultura occidental, desde la modernidad, no ha respetado a los “otros” (en este
caso, América), sino que los ha tratado imponiéndoles no sólo su poderío
militar y económico, sino también su cultura, idioma, religión, etc. El “ego cogito” cartesiano había sido
precedido por el “ego conquiro” de H.
Cortés, dando comienzo entonces a la modernidad
europea. En esa relación dialéctica de
la modernidad, no se respeta al otro, sino que se le somete e introduce en su
lógica de la Totalidad. Frente a ello, la FL propone el método analéctico, respetuoso de la alteridad
del dialogante, así como defensor de una nueva totalidad, que se configure bajo
la responsabilidad ética de respetar los derechos de todos los individuos y
colectivos políticos y culturales.
3.
Los
“Estudios Subalternos” (Subaltern Studies)
y la Filosofía de la Liberación latinoamericana.
3.1.
Los “Estudios Subalternos”.
Pero no sólo en LA se dieron este tipo de
movimientos culturales, sino que por esos años también se producen movimientos
similares en otras naciones del llamado mundo periférico, o del Sur.
En la India, en 1970, Ranajit Guha
comenzó un análisis de la situación colonial de la India [7],
apoyado al principio en el marxismo clásico, pero después, siguiendo a M.
Foucault, “comenzó a salirse de los caminos trillados del pasado innovando en
cuanto al estudio de la cultura de las masas populares, grupo o clases
subalternas, en la India” [8].
Más adelante, se unirán a Guha autores como Gayatri Spivak [9],
Homi Bhabha [10],
Gyan Prakash (Universidad de Princeton), Dipesh Chakrabarty (Universidad de
Chicago), Jha Prabhakara (Colegio de México) [11], y otros.
Todos
ellos coinciden en utilizar en su análisis la metodología de Foucault y Lacan, sin prescindir de Marx,
situándose como un movimiento intelectual de “compromiso” político junto a los
grupos subalternos. Más adelante se abrieron a problemas de género, de cultura,
de política, de crítica del racismo, utilizando nuevos instrumentos teóricos
críticos de análisis.
Otra obra que supuso un punto de arranque
importantísimo fue la de Edward SAID, Orientalism.
Western Conceptios of the Orient [12].
En Africa también aparecieron por esos
años obras importantes, como las de Fabien Eboussi Boulaga, La crise de Muntu. Authenticité
africaine et philosophie [13], y Paulin Hountondji, Sur la “Philosophie Africaine”. Critique
de l’etnopohilosophie [14].
En conclusión, con esta mirada
panorámica resulta curioso observar que se da una coincidencia de fechas entre
todos estos Estudios Subalternos y la
Filosofía de la Liberación latinoamericana,
nacida también a finales de los años ’60, siendo por tanto la primera de estas
corrientes críticas contra el centro de la modernidad europea. Todos ellos eran
estudios críticos, que partían de su propia vida y situación regional, y
utilizaban métodos de análisis similares, en torno al marxismo,
estructuralismo, psicoanálisis, etc.
3.2. Similitudes y diferencias.
Las similitudes entre ambos movimientos
parecen evidentes:
-
consciencia de la situación de dependencia,
sumisión, dominación, respecto a los parámetros teóricos y culturales del
primer mundo;
-
intento de interpretar su situación cultural de
una forma nueva, dejando de lado y superando las diversas interpretaciones que
les llegan de los teóricos de las Universidades de las Metrópolis;
-
utilización de similares métodos de análisis
críticos, especialmente el marxismo acomodado a su situación, el
estructuralismo, el psicoanálisis lacaniano, etc.
Pero las diferencias también son
significativas en relación con la FL de E. Dussel.
-
En realidad, cada línea de pensamiento dentro de
las FLs, tuvo su horizonte teórico de interpretación, y sólo la cuarta
corriente, la problematizadora (de orientación marxista) coincide con los
autores anteriores en el método crítico (el resto de las corrientes tienen
referencias teóricas diferentes: cultura popular, Lévinas, historicismo,
Zubiri).
-
Además, Dussel señala que “la Filosofía de la
Liberación nunca fue simplemente un “Pensamiento Latinoamericano”, ni
historiografía de aquel pensamiento. Fue filosofía crítica y localizada
autocríticamente en la periferia, en los grupos subalternos” [15].
Lo que quiere decir Dussel es que se tenía siempre la pretensión de que la FL
valía para cualquier cultura periférica.
-
Pero la especificidad de la FL de E. Dussel estaba
en los autores y corrientes filosóficas en los que se apoyaba.
. La
intuición originaria de la FL de Dussel (trad. filosófica, a diferencia de los
Estudios Subalternos: antropológico, historicista, o crítica literaria),
empujada por los movimientos del 68, comenzó por una crítica de la razón
moderna, del sujeto cartesiano, desde la crítica ontológica de Heidegger, lo
que le permitió mantener una posición crítica radical de dimensiones
ontológico-fundamentales. Además, inspirándose en la Escuela de Frankfurt
(sobre todo en Marcuse, y El hombre
unidimensional), contagió siempre de un sentido político sus análisis
ontológicos.
.
Influyó también decisivamente la obra de Frantz Fanon, Los condenados de la tierra, ayudando a situarnos en el horizonte
de las luchas de liberación de los años ’60. De ahí que, como señala Dussel,
participaran en las luchas contra las dictaduras argentinas de Onganía,
Levingston y Lanusse. Desde la filosofía se trataba de analizar esos hechos y
comprometerse en ellos. La consecuencia de todo ello fueron
atentados, bombas, asesinatos, y expulsión de la universidad y del país.
.
Haciendo un análisis del Sistema-Mundo (Globalización, Teoría de la
dependencia, etc.), se llega a la conclusión de que los países del TM han sido
víctimas del Yo moderno, “yo conquisto” (H. Cortés, México, 1921), anterior al
“yo pienso” cartesiano (Amsterdam, 1637). De ahí la insistencia de Dussel de
defender que la modernidad comienza con el descubrimiento de América, y no con
la filosofía racionalista e ilustrada [16]. Hace, pues, 500 años que se ha ido
construyendo el “mito de la modernidad”, la superioridad europea sobre el resto
de las culturas del orbe. El primer ideólogo “occidental”, según Dussel, fue Ginés de Sepúlveda, contrincante de Bartolomé
de Las Casas, quien desde 1514 empezó a exponer el primer “contradiscurso” de
la Modernidad con sentido global, mundial, centro-periferia [17].
. Pero el autor más influyente y significativo
fue, sin duda, Lévinas. El “Otro” de Lévinas era el “dis-tinto”, no el
“di-ferente” de J. Derrida [18],
porque la “di-ferencia” se define desde la “Identidad” [19].
Viene a ser el “excluido” y vigilado de los análisis de Foucault sobre las
instituciones médicas y carcelarias. Además, el pensamiento de Lévinas se
aplica a la situación concreta y política latinoamericana.
. Pero
la FL (de Dussel) se separa o supera pronto a Lévinas, especialmente en tres
puntos esenciales, como indica el propio Dussel: el otro era concretamente el
pobre y toda Latinoamérica; la aceptación de la analogía (frente a Lévinas,
cercano a la equivocidad); y la dimensión social del otro [20].
Por tanto, Lévinas se quedaba meramente en la teoría y en la crítica negativa a
la Totalidad occidental, no permitiendo sus planteamientos construir una nueva
totalidad, una sociedad nueva, en la que se tratara de conseguir la
emancipación y la liberación. Por tanto, “localizar” el discurso fue siempre la
obsesión de la FL, situándose en la periferia del Sistema-Mundo (Wallerstein), desde las razas dominadas, desde la
mujer en el machismo, desde el niño en el sistema de educación bancaria (P.Freire), desde la miseria y pobreza, etc.
Ahora bien, la historia avanza, la
sociedad cambia, y los métodos de análisis tienen que irse perfeccionando. Y
ante ello, queda planteada la cuestión de si siguen siendo válidos los
parámetros de la FL, o han quedado obsoletos, y, por tanto, tienen que buscarse
paradigmas alternativos para analizar la realidad y para tratar de
transformarla.
4.
Los planteamientos críticos respecto
a la Filosofía de la Liberación.
La FL,
en todas las tendencias, y más todavía en el caso de Dussel, fue evolucionando
interiormente, al calor de la reflexión interna y de las críticas de otros
autores. En el caso de Dussel, tras la época más típica de FL (entre 1969 y
1975), fue evolucionando hacia la crítica del populismo, apoyado en el estudio de la obra de Marx, así como con
el diálogo con la Etica del Diálogo de Apel y Habermas, y últimamente en
diálogo crítico con los postmodernos y comunitaristas.
Pero
algunos pensadores pertenecientes a las FLs
han proclamado que la FL ha muerto, no siendo ya útil y no estando a la
altura de las necesidades de Latinoamérica. Por su parte, otros planteamientos
teóricos consideran que la FL tiene que ser sustituida por otros paradigmas
filosóficos. Vamos a examinar estas propuestas, distinguiendo entre las
críticas internas y las externas.
a)
Las críticas internas a las que
vamos a hacer referencia aquí (dejando de lado la descalificación de H. Cerutti),
consideran que la FL sigue siendo válida, pero tiene que corregir algunos
planteamientos y ponerse al día. Claro que en estos planteamientos se dan
también posturas muy diversas, dependiendo del punto de vista filosófico desde
donde se filosofe. En este apartado, vamos a situar las posturas de F.
Fornet-Betancourt, J.L. Gómez Martínez, con sus propuestas de FL como diálogo de culturas o filosofía intercultural.
b)
Las críticas externas
consideran que las FLs están acabadas, ya no sirven, y tienen que ser
sustituidas por otros paradigmas filosóficos. Son las críticas de la
postmodernidad y la postcolonialidad. Veamos cada uno de estos dos
planteamientos.
4.1. La superación de la FL desde dentro.
La
aparición de la FL fue un acontecimiento fundamental en el ámbito filosófico de
A.L.: se daban con ella las claves profundas de su situación de dependencia y
alienación; era un pensar que no se detenía en abstracciones, sino que se
orientaba directamente a la acción y la liberación; y poseía suficiente calidad
técnica como para situarse a la altura de la filosofía del primer mundo,
incluso con pretensiones de situarse por delante, desmontando el carácter
opresor y dogmático de su filosofía.
Pero
ya desde el principio se vio la complejidad y disparidad de los planteamientos
de las diferentes orientaciones o escuelas de la FL, como lo dejaba claro H.
Cerutti en su Filosofía de la liberación latinoamericana [21].
El mismo Cerutti fue quien primero, desde dentro de la FL expresó la idea de la
superación de la FL, ya en 1979[22].
Cerutti siempre fue el más crítico respecto a los planteamientos “populistas”
(tanto la línea ontológica como analéctica), por considerarlos poco conscientes
de sus posturas y apoyaturas epistemológicas. Pero ahora considera que todas
las FLs estarían periclitadas, vacíos y superados sus planteamientos y
propuestas por los nuevos acontecimientos mundiales, o insuficientes por sus
propias limitaciones internas.
Pero más
que seguir a Cerutti en su planteamiento, que, por otro lado, no es muy
explícito ni convincente, vamos a seguir la propuesta de Fornet-Betancourt y de
J. L. Gómez-Martínez [23]
de una FL como diálogo de culturas.
La
propuesta de Fornet-Betancourt, presentada desde la mitad de la década pasada [24],
se sitúa en diálogo crítico con la filosofía de la liberación de E. Dussel, con
ánimo de superarla positivamente. Lo que pretende la propuesta de filosofía de
diálogo entre culturas es la superación de la postura excesivamente maniquea y
agresiva que adopta Dussel, y algunos otros, en la etapa fundacional, en la
medida en que se entendía la FL como una ruptura total, tanto con el pasado
latinoamericano como con la filosofía europea y norteamericana, y se proponía
un inicio desde cero del pensar filosófico latinoamericano.
Y, en
segundo lugar, se trata también de explicitar algunos aspectos que ya estaban
presentes en la fase inicial de la FL, y orientar la filosofía latinoamericana
de la liberación hacia una “filosofía dialógica” (Gómez-Martínez), o una
“filosofía inter-trans-cultural” (Fornet-Betancourt). Veámoslo más en concreto.
a) La FL,
sobre todo en la línea de Dussel, nació o se entendió desde una postura de
confrontación. Así se entendió la “teoría de la dependencia”, por ej., y se montaron
desde ahí una serie de categorías de carácter dicotómico: centro-periferia,
dominación-liberación, centro nordatlántico-periferia latinoamericana,…Estos
planteamientos, aun poseyendo parte de verdad, se va considerando cada vez más
como excesivamente cómoda y poco fructífera, porque esos planteamientos no
reflejan toda la realidad. Además, se considera que estas posturas de
confrontación no hacen más que reproducir el problema, pero al revés,
entendiendo ahora que la mejor y única filosofía auténtica es sólo la FL. Así,
la filosofía y la cultura oprimidas se convierten, a su vez, en opresoras.
Con ello
se ha dado la vuelta al planteamiento de E. Lévinas, en su pretensión de
superar la cerrazón de la Totalidad occidental desde la dinámica del Infinito,
en un diálogo interpersonal e intercultural sin término. De ahí que se piense
ahora que esta propuesta de filosofía dialógica e intercultural esté ya
presente en las mismas raíces de la propuesta liberadora de Dussel y demás
miembros de su corriente filosófica.
b) La nueva
línea de pensamiento propuestas por Fornet y Gómez-Martínez, estaría abriéndose
camino a través también de las propuestas de L. Zea, quien indica que no
tendría sentido una FL que persiguiera convertirse en dominadora de las otras.
Por tanto, esta propuesta trata de presentar el carácter dialógico de la liberación. Surgiría abierta a la modernidad y como
una contundente respuesta al discurso postmoderno, sobre todo en lo que tiene
de individualista e insolidario, y de negación de la universalidad de la razón
y sus implicaciones negativas respecto a las culturas más “débiles”.
La FL, en
esta corriente dialógica, proyecta la constitución de un diálogo humanista y
humanizador, en el que cada individuo y cultura pueda expresar su propio
discurso. Frente al estructuralismo (y, en parte, la postmodernidad), que
centra el sentido en la sintaxis lógica de las redes de diálogo, esta FL sitúa
el sentido en cada hombre como dialogante. Así, todo ser humano, y toda
cultura, tienen derecho a crear su propio discurso, y, además, la legitimidad
de todo discurso axiológico se encuentra en su relación con el “otro”. Aquí se
advierte el aporte fundamental de la FL: problematizar el discurso filosófico
de la postmodernidad europea, al menos en su dimensión pragmática. Frente a una
cómodo postura de “correr la cortina” ante la interpelación del discurso del
“otro”, le interpela para que acepte ese “otro” discurso, como generación del
sentido junto a los demás. De este modo, se problematiza incluso el concepto
mismo de “Tercer Mundo”, como dialogante de segunda categoría, y se le niega la
posibilidad de poner en crisis la propia postura de superioridad e
indiferencia.
Así,
Leopoldo Zea, en su libro Discurso desde
la marginación y la barbarie [25],
señala que es la incomprensión la que considera como “bárbaro” el otro
discurso, pues lo considera propio de una sub-humanidad, desde el centro hacia
la periferia. Frente a ese modo de pensar, la FL propugna una situación
simétrica en los discursos, en la cual todos los hombres y culturas son centro,
dialogando desde situaciones de igualdad.
Esta
propuesta dialógica, surgida hacia los años ’80, la entienden Fornet-Betancourt
y Gómez-Martínez como un intento de problematización,
pero también de revalorización, de la
FL. Es decir, por un lado, esta propuesta debe problematizar a la propia FL, con sus pretensiones de soberanía,
autonomía y autarquía. Lo que importa no es tanto construir una pulcra,
sistemática y atractiva filosofía latinoamericana o de la liberación, sino que
lo que importa es el “proceso de liberación”, en tanto es el sujeto que genera
y critica sus propias formulaciones. Por tanto, proceso y teoría son
inseparables y mutuamente interactuantes. Y, por otro lado, no supone esto declarar
que la FL está superada y periclitada, sino revalorizarla, reorientándola hacia
esa línea del diálogo simétrico, superando las posturas autosuficientes.
Quien mejor
ha profundizado en esta postura y la ha explicitado en diferentes trabajos es
Raúl Fornet-Betancourt. Nos vamos a referir especialmente a dos de sus
escritos: “Pensamiento iberoamericano como base para un modelo de filosofía
intercultural” (1995), e “Introducción: aprender a filosofar desde el contexto
del diálogo de las culturas”(1997) [26].
a) En el
primero de ellos, comienza Fornet con una autrocrítica a su postura anterior
sobre la FL y su necesidad de inculturar la filosofía en las culturas y
circunstancias de LA. En escritos anteriores, defendía la necesidad de
inculturación y contextualización de la filosofía en las diversas culturas
existentes. Eso implicaba que la filosofía posee un núcleo fuerte (un “logos”) que se mantiene intacto y sirve para
todos los países y culturas. Y ese logos
o núcleo se aplica después a cada cultura
y contexto filosófico particular. De tal forma que así no se reduce la
filosofía a ser repetitiva ni imitadora. Además, la inculturación es la
expresión concreta del proceso de historificación del logos.
Pero
ahora ve que esta tesis es muy problemática, por no ser suficientemente radical
desde la idea que va cobrando la filosofía sobre sí misma. Piensa que los
modelos de inculturación (por ej., la postura de J. C. Scannone) [27]
siguen dominados por una concepción del logos filosófico orientado aún
demasiado unilateralmente en la tradición occidental fuerte, como si la
filosofía tuviera un “núcleo fuerte”, que puede y debe aplicarse a cada
cultura. De este modo, el aspecto dinámico e histórico de la filosofía se
aplica a la envoltura, pero no a ese núcleo, que representaría la estructura
fundamental de la racionalidad filosófica, sancionada por la tradición
(occidental). Pero, así, esta idea de filosofía le marcaría a priori las
fronteras de sus posibilidades de desarrollo.
En
definitiva, lo que haría falta ahora es liberar al logos filosófico de toda estructura racional constituida, para que
pueda manifestarse en su originaria potencialidad polifónica. Por tanto, se
trata de superar la idea de racionalidad heredada de la tradición occidental, y
ensayar la experiencia de lo filosófico como campo de (posibles) sentidos
lógicamente abierto e indefinido.
Cada
una de estas dos posturas puede ejemplificarse con una metáfora diferente. En
la primera postura, la filosofía es un tronco común que va dando flores y
frutos distintos, según el injerto o el trasplante propio realizado por la
inculturación. Son frutos de cada país, pero salidos de un tronco común a todos
los países. En cambio, en la segunda postura, ocurre al revés: se trata de que
cada cultura mantenga su tronco, y allí se injerte lo que interese de otros
mundos y culturas. Como decía José Martí: “Injértese en nuestras repúblicas el
mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas” [28].
Para
Fornet, esta segunda postura supone un movimiento de trans-racionalización del
logos filosófico, fruto de la aceptación de la solidaria equivalencia de los
logos en que hablan las culturas. Y, de este modo, se da la vuelta al problema,
Hay que superar la idea de comparar las filosofías desde el punto de vista
neutral, trascendente y superior/ventajoso. La realidad, bien entendida, no da
motivos para defender esa postura. Cuando alguien la defiende, está
considerando su punto de vista como el absoluto, cuando, en realidad, no pasa
de ser uno más entre otros muchos.
Por
consiguiente, estamos impelidos no sólo a repensar la comprensión de la
filosofía con la que solemos trabajar, sino también a replantear la manera como
la tradición occidental tiene de entender la relación con la filosofía. Hay que
llegar a una nueva concepción de la filosofía, desdefinirla y liberarla de su
definición monocultural, superando la idea que tiene de sí al presentarse como
un paradigma universalmente normativo. De ahí que se nos presente ahora como
algo contingente el desde dónde y el cómo hacer filosofía, y como algo
respectivo a otras formas de filosofar. No sería suficiente, por tanto, aceptar
que dentro de la filosofía se han dado épocas históricas, superadas por las
siguientes, sino que, junto a la tradición filosófica occidental, sancionada
como clásica, se dan también perspectivas exteriores, oprimidas, acalladas o minusvaloradas, y que pudieron ser, en
su pasado, de otra manera si se les hubiera dejado expresarse con libertad y
autonomía.
En
conclusión, la contingencia de toda forma de filosofía parecer ser la
perspectiva de fondo para intentar responder a la cuestión de cómo hacer
filosofía hoy. Se trata, pues, de ver si desde la experiencia cultural de los
pueblos de LA se puede esbozar un plan de filosofía
intercultural, o bien, de una filosofía que ser articule desde el diálogo
entre culturas. Este intento no significa volver a posturas provincianas o
localistas. Pero sí va contra el peligro de ocultar la diferencia cultural bajo
el manto opresor de una universalidad decretada monoculturalmente. En cambio,
se trata de lograr una universalidad conseguida por la convocación de
universalidades históricas, que, mejor que universalidad,
habría que denominar pluri-diversidad.
b) En “Introducción: Aprender a filosofar
desde el contexto del diálogo de las culturas”, Fornet-Betancourt completa sus
ideas situando su proyecto de diálogo intercultural en las coordenadas de
nuestro mundo. Por tanto, pretende situar la reflexión filosófica en el
contexto de la época de la “globalización” en la que nos encontramos. Esta
situación supone un reto para el ser humano actual, para la filosofía, y para
la propia filosofía de la liberación, dentro de cuya tradición quiere situarse
críticamente el autor. Ante esta realidad, la mejor salida que advierte es
filosofar desde el diálogo intercultural. De ahí su propuesta de filosofía
intercultural.
Pero la
filosofía, si quiere ser consecuente con su propia esencia, esto es, dar cuenta
de la realidad en toda su profundidad, no puede hacer abstracción del marco
histórico-cultural en el que se desarrolla. Este contexto histórico-cultural
que nos domina hoy es el de la “globalización”, como “proceso resultante de una
política económica que se expande mundialmente como la única opción
civilizatoria de la humanidad y que, justo por entenderse y quererse imponer
como el único proyecto globalizable, no tolera diferencias culturales con
planes alternativos, esto es, culturas alternativas propias, ni en Occidente ni
en ninguna región del mundo” [29].
La
globalización no sólo no tolera alternativas culturales desde las culturas no
occidentales, sino también dentro de Occidente, en la medida que esta
estrategia de monopolio cultural pertenece a los grupos dominantes de Occidente
que pretenden reducirlo todo a las normas del mercado y del consumo,
pretendiendo desde ahí domesticar todas las culturas del mundo.
Nos
enfrentamos, por tanto, con una ideología totalitaria, “que roba a las culturas
de la humanidad el eje estructural básico para cualquier desarrollo ulterior
propio, a saber, el derecho a determinar las formas de dominio sobre su tiempo
y espacio” [30].
Si esto es así, el diálogo inter-cultural se nos presenta como un horizonte
alternativo y un proyecto civilizatorio, que se oponga al “huracán de la
globalización”, como le llama Hinkelammert [31].
Así, pues,
la tarea de la filosofía se tiene que centrar en este diálogo de culturas. Pero
como paso previo, tiene que ser consciente de las condiciones reales con que se
está dando hoy este diálogo inter-cultural. Esto es, nos señala Fornet, hay que
“aprender a filosofar desde el contexto del diálogo de las culturas” [32].
Eso supone que hay que comenzar por analizar las condiciones en las que se debe
dar ese diálogo, esto es, los elementos económicos, sociales, políticos, etc.,
que suponen e implican y condicionan ese diálogo.
Y en ese
ejercicio de estudiar las condiciones y contexto de ese diálogo, descubrimos
que las culturas no están dialogando en unas condiciones de simetría, sino bajo
relaciones de poder. De ahí que la primera tarea de la filosofía intercultural
será criticar esas condiciones de asimetría. Para, a continuación, poder
establecer un plan de construir un mundo configurado por relaciones
inter-culturales basadas en principios que permitan que cada cultura pueda ser
ella misma.
En este
diálogo intercultural, la filosofía se descubre en medio de un mundo
representado por una constelación de visiones culturales de la vida. Todas
ellas tienen una especial visión del mundo, y sólo en ese diálogo
inter-cultural podrá llegar la filosofía a ser la base necesaria y auténtica
para conseguir la universalización que pretende, pero esta vez de modo
auténtico. Es decir, la filosofía tiene
que pasar de la fase monológica, afincada en el universo cultural europeo,
considerado el patrón filosófico-cultural que debía universalizarse, a una
nueva universalización, resultado de un diálogo simétrico de todas las
culturas. Así, pues, como señala Fornet, “la interculturalidad o, mejor dicho,
la práctica de la filosofía desde el contexto y desde las exigencias reales del
diálogo de culturas se presenta de este modo como la gran oportunidad para que
la filosofía logre una verdadera universalidad” [33].
Sólo desde ese contexto de interculturalidad se podrá acceder a la verdad, el
objetivo último de la filosofía.
Ahora
bien, en este proceso de búsqueda de un contexto de universalidad, la filosofía
queda, por tanto, transformada, reorientada en sus pretensiones de
universalidad. Pero, a su vez, “la filosofía en transformación intercultural se
convierte en fermento de transformación de las culturas en diálogo” [34].
Y esto es
lo que produce lo que Fornet denomina un
proceso de “desobediencia cultural”. Las culturas no son universos simbólicos
estáticos y dogmáticos, sino que tienen su propia evolución histórica, fruto de
los diálogos entre diferentes líneas o tradiciones dentro de la propia cultura,
y en el diálogo con otras culturas limítrofes. Así, vemos dentro de todas las
culturas una auténtica lucha entre una pluralidad de tradiciones. Y en esa
lucha e intercambio, se producen muchos conflictos, consecuencia de la lucha de
cada tradición por hegemonizar esa cultura.
Así, pues,
junto a tradiciones que defienden dentro de cada cultura la defensa de los
intereses de una minoría privilegiada, que controla el poder en su beneficio,
se dan también tradiciones que buscan la liberación y el respeto por los
derechos de todos, sobre todo de los más desfavorecidos.
La
filosofía intercultural lo que pretende es iluminar este juego de tradiciones
dentro de cada cultura, impulsar esa “desobediencia cultural” que impulsa a no
tomar como algo cerrado y dogmático la situación cultural fáctica, y tratar de
leer la situación de su cultura en clave de dialéctica de liberación y
opresión, y optar por continuar o invertir su cultura desde las memorias de
liberación que guarde. En conclusión, para Fornet, “desobediencia cultural es,
pues, praxis cultural de liberación” [35].
Esto
implica que la filosofía entienda que liberación e interculturalidad se
presentan, dice Fornet, como dos paradigmas complementarios, lo que supone que
“la filosofía (intercultural) cumple su función de transformación de las
culturas desde una opción ética universalizable, que es la opción por los
oprimidos en todos los universos culturales” [36].
La
conclusión que se desprende de la orientación crítica que posee este tipo de
filosofía intercultural, le hace distinguirse claramente de un simple multiculturalismo, en la medida en que
éste “quiere lograr una “cultura común” por la yuxtaposición”, mientras que la
filosofía intercultural que propone R. Fornet, “busca la transformación de las
culturas por procesos de interacción, es decir, convertir las fronteras
culturales en puentes sin casetas de aduana” [37].
Como puede
verse, la propuesta de Fornet-Betancourt constituye un intento de
transformación de la FL desde los nuevos parámetros en los que se sitúa el
mundo actual en la época que se está dando por llamar “globalización”. Ahora
bien, si situamos esta postura en el horizonte de la crítica a la FL de la
primera época, hay que reconocer que estos planteamientos los asume plenamente
Dussel. Sus extremosidad de la primera época se ha ido atemperando, y ha ido
asimilando lo más valioso de la teoría marxiana, y las propuestas de la “etica
del discurso” de Apel y Habermas. Y en sus últimos escritos, sitúa siempre sus
planteamientos filosóficos desde el horizonte de la globalización, con su actitud dominante y excluyente
[38].
4.2. La
crítica externa a las Filosofías de la Liberación.
Estas
críticas van a venir sobre todo de parte de dos nuevos paradigmas filosóficos
que están teniendo cada vez más presencia en Latinoamérica: la postmodernidad y
la postcolonialidad. La postmodernidad irrumpe en el panorama filosófico
latinoamericano durante la década de los ’80, y la postcolonialidad, durante
los ’90. Veamos lo fundamental de ambas corrientes de pensamiento.
4.2.1.
La crítica a la filosofía latinoamericana desde los parámetros de la
postmodernidad.
Si la
propuesta de Fornet suponía una crítica y un intento de la FL desde dentro,
invitándola a situarse en ese contexto de diálogo de culturas, las críticas que
vamos a ver a continuación nos sitúan en otro contexto diferente.
Vamos a
presentar los puntos básicos de esta teoría, y realizar después un análisis
crítico.
a)
La postmodernidad latinoamericana, según S.
Castro-Gómez.
Uno de
los autores que más se proclaman defensores de las claves filosóficas de la
postmodernidad y que más se han esforzado por mostrar sus beneficios a la hora
de interpretar desde ahí la situación de LA y defender la pertinencia de una
filosofía postmoderna latinoamericana es el filósofo colombiano Santiago
Castro-Gómez. Su bibliografía sobre el tema es amplia y digna de ser tenida en
cuenta[39].
Yo voy a seguir sus reflexiones sobre este punto en el cap. 1°
, “Los desafíos de la postmodernidad a la filosofía latinoamericana”, de
su excelente libro “Crítica de la razón latinoamericana” [40].
El
concepto de “postmodernidad”, como todos los que se convierten en tópicos,
tiene una amplia gama de acepciones. Se trata de un movimiento filosófico que
surge en Europa, de la mano de autores como Lyotard, Baudrillard, Vattimo,
Lipovetsky, y otros, y que resulta también deudor de la corriente que se
denominó “postestructuralismo”, empalmando con las ideas de Foucault, Derrida,
Deleuze, y otros. Pero el mismo autor nos señalará en qué sentido entiende este
concepto de postmodernidad, en su aplicación a LA.
S.
Castro-Gómez comienza su análisis haciendo referencia a la afirmación ya citada
de H. Cerutti, en el año 1979, respecto a la necesidad de replantear la
filosofía latinoamericana tras la superación de la FL [41].
Para Cerutti es evidente que la FL se ha estancado y hay que superarla. Quince
años después de estas reflexiones, S. Castro-Gómez retoma estos planteamientos
y se propone mostrar que los enfoques de la filosofía postmoderna son los más
adecuados para dar cuenta de la
situación de LA y orientar la filosofía latinoamericana por su verdadero rumbo.
Para eso,
comienza haciéndose varias cuestiones: “¿Qué tipo de transformaciones
socio-culturales han apresurado el envejecimiento de las categorías
filosóficas, sociológicas y teológicas de los discursos liberacionistas?”.
“¿Cuáles aportes nos es posible retomar de estos discursos para un diagnóstico
contemporáneo de las sociedades latinoamericanas?”. Y “¿qué clase de reajuste categorial
tenemos que realizar para consolidar un nuevo tipo de discurso crítico en
América Latina?” [42].
Para
Castro-Gómez, la situación de LA y del mundo entero durante la década de los
’80 ha cambiado totalmente respecto a las décadas anteriores, por lo que están
estas circunstancias invalidando los análisis que fueron típicos de la FL: la
teoría de la dependencia: culpabilidad única de los males de LA al PM; la fe en
las reservas morales y revolucionarias del pueblo; y la utopía de una sociedad
en la que no existan ya antagonismos de clase.
Todos
estos tópicos piensa CG que ya no se sostienen. Durante los ’80, los
movimientos de liberación fueron aplastados, el socialismo europeo cayó, y se
ha incrementado la pobreza y la distancia entre pobres y ricos. De tal modo que
ha sido denominada a esta década la “década perdida”.
CG se
detiene en presentar las críticas que muchos autores latinoamericanos, de la
línea de la FL, han hecho a la postmodernidad, tratándola de ideología al
servicio de los intereses del capital en este época de
neoliberalismo/neoconservadurismo.
Pero su
empeño consiste en hacernos ver que esas críticas están equivocadas y están
haciendo ver las propias limitaciones de la FL para tener un diagnóstico
acertado sobre lo que están pasando en LA y en el resto del mundo.
CG
considera que la postmodernidad no es un fenómeno puramente ideológico, sino un
cambio de sensibilidad a nivel del mundo
de la vida, y que se da no sólo en el primer mundo sino también en la
periferia. Por tanto, no es una trampa en que habrían caído algunos
intelectuales del TM, como quieren hacer creer algunos filósofos de la
liberación, sino que es un estado generalizado de la cultura, presente también
en AL.
Para
probar esta afirmación, hecha mano de varios sociólogos latinoamericanos, como
Martín-Barbero, D. García-Delgado, Roberto Follari, N. Lechner, B. Sarlo, etc.,
todos ellos coincidentes en mostrar los efectos en LA de una nueva sensibilidad
social, caracterizada por los siguientes rasgos:
1)
escepticismo
ante los ideales heroicos que predicaba la anterior generación, ante el fracaso
de los intentos liberacionistas;
2)
tránsito
de una “cultura holista” a otra de corte “neoindividualista”, centrada no en
identidades amplias (nación, continente) sino restringidas (grupos pequeños,
familia, amigos,…);
3)
la
identidad nacional se disuelve en identidades supranacionales, debido a la
cultura que transmiten los medios de comunicación;
4)
cultura
escéptica frente a los grandes relatos, desplazándose hacia “ideologías
livianas” (“pensamiento débil”, G. Vattimo);
5)
abandono
de la militancia política, orientada a las luchas por la liberación, para
orientarse a prácticas más individuales y de búsqueda directa de la propia
satisfacción personal: música, ecología, familia, religión (micro-prácticas).
R.
Follari, argentino, señalaría como causa de todo esto: la brutalidad de las
dictaduras militares frente a los grupos revolucionarios; y la falta actual de
alternativas sociales. Todo esto desembocaría en una “cultura de la
inmediatez”, en donde lo importante es aprender a sobrevivir hoy, que mañana ya
veremos lo que ocurre. El presente se convierte en el horizonte único de
significación, por falta de un proyecto futuro.
Esto es
lo que hace surgir una “sensibilidad pesimista” que no viene de fuera, sino que
surge de dentro. Todas las promesas que el pensamiento de la liberación había
hecho, han resultado fracasadas; y este fracaso formaría ya parte de la
“memoria colectiva” del pueblo latinoamericano, por lo que cualquier oferta
política de hacer realidad el orden prometido le resulta indiferente y
sospechoso.
De ahí
que estaríamos en un momento (dice N. Lechner, chileno) en que la política se
está desprendiendo de todo elemento redencionista, y despojándose de cualquier
motivación ético-religiosa. El resultado de todo ello es el desencanto político
y la inflación ideológica. Además, la política aparece ante la gente como un
espectáculo montado por los mass media,
en donde el carisma del líder es algo producido por criterios
estético-publicitarios (ej.: la campaña entre Fujimori y Vargas Llosa, en
Perú).
Por
tanto, advertimos la enorme y progresiva influencia de los medios de
comunicación en la formación de la conciencia de las masas y de sus imaginarios
simbólicos y culturales. Con lo cual, se produce, según ellos, la
relativización de la propia cultura, sustituida por otra más universal y
trans-nacional.
Según el
sociólogo chileno, J.J. Bruner, los mass
media habrían realizado en AL una hiperrealidad
simbólica, en donde los significantes ya no remitirían a significados, sino
a significantes desterritorializados. Esto implica que la socialización del
individuo se remite en gran parte a criterios y pautas transnacionales de
comportamiento, distanciándose de su propia cultura. Esta cultura de masas lo
que hace es disolver las certezas tradicionales (que eran antes garantía de
integración social), formándose ahora una escena compleja en donde conviven lo
nacional y lo transnacional.
Si al
efecto de los mass media se une la socialización intensiva y masiva que se está
haciendo a través de la escuela, que transmite una concepción moderna del
mundo, de corte Occidental, científico, hace que la distinción entre cultura alta y cultura popular se va diluyendo en LA. La cultura popular no puede competir con la escolarización, la
industria cultural, y los medios de comunicación. Incluso, cuando la cultura
popular se utiliza, se convierte en “folclor”, modificado como producto de
consumo dentro de los canales de consumo de ocio.
El
autor, CG, se apresura a decir que “diagnosticar un “desencanto” político y
cultural en América Latina no significa estimular el abandono de la lucha
política en aras de asumir formas de vida nihilista, como pretenden los
detractores de la postmodernidad” [43].
Es que, dice CG, el desencanto de la gente no viene del rechazo del desarrollo
científico-técnico, ni el hartazgo del consumo, sino ante el fracaso de todos
los proyectos de transformación social afiliados a una concepción “iluminista”
(ilustrada) del mundo.
No se
trata, por tanto, de un desencanto “ontológico”, sino que se origina ante el
rechazo de una cierta forma de entender la política y el ejercicio del poder. Y
esa es la razón de que empiecen a surgir los llamados Nuevos Movimientos
Sociales (NMS), que expresan su total desconfianza en la política formal. Son
redes horizontales que pretenden sustituir las verticales, políticas, pidiendo
una descentralización del poder político.
Las conclusiones que CG saca son dos: en
primer lugar, la postmodernidad es un “estado de ánimo” profundamente arraigado
entre nosotros, si bien por causas diferentes con las que se produce este
fenómeno en el PM; y, en segundo lugar, la postmodernidad no viene de la mano
con el neoliberalismo, pues una cosa es el desencanto que se da en el nivel del
“mundo de la vida”, y otra muy distinta es la tendencia homogeneizadora de una
racionalidad sistémica y tecnocrática, como la que representa el
neoliberalismo.
En una
última parte, CG se detiene en defender de las críticas de los FLs y tratar de
explicar en su hondo sentido los más importantes tópicos de la postmodernidad y
del postestructuralismo, como son “el fin de la modernidad”, el “fin de la
historia”, la “muerte del sujeto”, y el “final de las utopías”.
Todos
sus análisis están llenos de ambigüedades y juegos de palabras, que se
esfuerzan siempre por defenderse de los ataques de falta de opción por la
justicia social y de defensa de los intereses de los más explotados y excluidos
de la tierra. Se defiende CG señalando que las luchas en nombre de la
“igualdad” y de la “justicia social” suelen degenerar casi siempre en su
contrario.
Además, apoyado en la teoría sobre el “poder” de Foucault (no hay poderes buenos o malos; el poder es el juego de fuerzas que atraviesa a dominadores y a dominados), considera que el combate por la injusticia no hace más que