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Así no era el trato
Rossana Cantarely*
Ella nació para sufrir. Se llamaba Teresa. Su madre, cuyo nombre no recuerdo, murió muy joven y le dejó los hijos. Así que pasó de su rol de hermana al de madre a los14 años. El padre, criado a la usanza de la sociedad machista, la había convertido en un dechado de virtudes: cocinar, lavar, cocer maíz, limpiar botas, etcétera. Pero a la vez le estorbaba, quería llevarse a la casa a una mujer que tenía por los alrededores de la finca Los Naranjos.
Se llamaba Teresa. Don Arturo, un señor de buen porte, visitaba de tarde en tarde la casa. Al descuido le acariciaba la mano y así fue que cuando cumplió diecinueve años se fugó con él. Se la llevó esa noche a la fiesta patronal de la ciudad y se quedaron en casa de amigos. Allí, me contaba indignada, dormí punta con punta con la otra, la Toña, dama de Arturo. Pero eso me lo decía después de cincuenta años de casada, después de cuatro hijos, tres varones y una hembra, después de sufrir los celos enfermizos de ese hombre mujeriego que le robó el alma. Y le daba rabiaporque lo amaba.
Ella había puesto una tienda, tenía pupilos en el altillo de la casa y de vez en cuando les vendía almuerzo a los profesores, porque don Arturo era candil de la calle oscuridad de su casa; a los amigos se los llevaba a México con gastos pagados, les regalaba fincas, herencias del bisabuelo, una vez , mirá, una vez regaló el ojo de agua ¡finca más hermosa! Así era él, con su arma de plata y su montura de cuero, se iba en el caballo a buscar una india. Por eso ya no dormían juntos: Teresa tenía su camita a medio metro del camastrón de Don Arturo, apagaban la luz y se quedaban conversando:
-Arturo supo lo del banco hipotecario. Ella siempre le habló de usted por respeto.
–Tere, dejame oír la radio. -Apague eso ya. Duérmase que mañana tiene reunión en la cooperativa de la Majada. Era cafetalero don Arturo. Ese don Arturo, de setenta y cinco años, que se sentaba en la mecedora cerca de la puerta a verle las pantorrillas a las mozuelas, mientras la Tere le llevaba el café, café Majada oro, alas cuatro en punto.
La Tere murió de cáncer el día de la cruz, un tres de mayo. Se fue pensando en el fogón, en la hora del café de Arturo. Arturo, sin llorar, le dijo –Así no era el trato Tere, yo tenía que irme primero.
Y dejó de comer postrado en el camastro. Quince días después del día de la cruz lo enterramos con los sonidos de las guitarras y los violines que amaba un poco menos que a la Tere de su vida. |
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