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Tras los pasos del Vampiro
Ivonne Vásquez*
“Qué clase de hombre es éste, o que clase de criatura es, con aspecto de hombre”, se preguntó Jonathan Harper, en la reconocida obra literaria de Bram Stoker, Drácula. Conforme pasó el tiempo, descubrió que su adversario tenía todas las características de un ser no muerto, bebedor sangre y poseedor de terribles poderes psíquicos, conocido popularmente con el nombre de vampiro. Una criatura fascinante, cuyas características principales son el poseer colmillos grandes, tener la capacidad para transformarse en murciélago, en lobo, nube, polvo o vapor, poder convertir a otros en seres de la misma especie, alimentarse de sangre fresca para permanecer eternamente joven, no reflejarse en los espejos por carecer de alma, mostrar cierto grado de fobia a los crucifijos y al agua bendita, dormir en ataúdes, zócalos, mazmorras o cementerios, entre otras más.
Cabe señalar que este mítico ser ha ocupado un lugar importante en todas las civilizaciones de la antigüedad, desde Egipto a Sumeria. Es más, una de las primeras historias sobre este “chupasangre” se encuentra plasmada en la obra de Lucio Apuleyo, un escritor y filósofo romano, que vivió entre los años 125 y 180 d.C. La novela relata con gran detalle la vida de dos hermanas malignas, Meroe y Panthia, que bebieron la sangre de Sócrates para mantenerse hermosas.
A estos relatos se unieron los de la mitología grecolatina que concreta la descripción de este tipo de criaturas sanguinarias en las estrigas, las empusas y las lamias, entidades sobrehumanas que solo comparten con el vampiro clásico la necesidad de alimentarse de sangre humana y que probablemente son la fuente de inspiración de los súcubos del cristianismo.
Posteriormente, el levítico de los hebreos habla de lilit -primera mujer de Adán, anterior a la creación de Eva y rechazada por el primer hombre- como una deidad diabólica chupadora de sangre, estableciendo el conocido tabú sobre el consumo de este “fluido vital” por parte de los seres humanos.
Años más tarde, surgiría una de las personas que más hizo avivar las creencias en el vampirismo, aunque su idea inicial era rebatir su existencia: el padre Benedicto Dom Agustín Calmet (1672-1757). Él, vulgarizó en el siglo XVIII las leyendas y fábulas sobre los seres de la noche en su obra “Tratado sobre vampiros” (1746).
Un libro que incluye a una familia vampírica que vivía en East Lothiam, Escocia. Cuyos miembros gustaban de ingerir la sangre de los viajeros que se hospedaban en su casa, a fin de extraerles sus tan preciadas almas.
Stoker, sin embargo, eligió la figura histórica de Vlad de Tepes para erigir el personaje principal de su novela: Drácula. En primer lugar, por haberse ganado en la historia el nombre de “monstruo sediento de sangre”. Y en segundo, por tratarse de un hombre cuyo carácter desequilibrado lo llevó a ser considerado un psicópata en su natal Rumanía, donde no solo recibió el sobrenombre de “El empalador” sino de “Diablo” por las bestiales torturasa las que sometía a sus enemigos.
Por supuesto, es de vital importancia mencionar que Vlad Drácula fue “por tres veces príncipe de Valaquía en el espacio de un cuarto de siglo, la tercera tras su regreso de doce años de cautiverio y exilio”, de donde “volvió, como si dijéramos, de entre los muertos, para reclamar el trono que le correspondía”. (M.J. Trou, p. 23)
Debido a ello, “desde una perspectiva Geográfica no cabe duda de que la proyección simbólica del diabólico retrato de Vlad ejerció sobre la imaginación de Bram Stoker para configurar el personaje vampírico protagonista de su novela fue…destable, pues si en la primera instancia el autor había previsto situar la acción de la misma en la Estiria austriaca, terrorífica y románticamente evocada en ‘Carmilla –el inolvidable relato de su compatriota irlandés Joseph Sheridan Le Fanu (1872)–, posteriormente seducido por la ominosa capacidad de sugerencia de la historia de Vlad de Tepes, se decidió por situar el argumento en Transilvania, administrada a finales del siglo XIX por Hungría como parte del imperio Astrohúngaro”. (M.J. Trout, p.16)
Una de las razones que tuvo Stoker para tomar tal decisión fue el contacto directo con la obra de William Wilkinson titulada “Un informe de los principados de Valaquia y Moldavia” (1820). En la cual, el antiguo cónsul británico de Bucarest comete diversos errores históricos que el escritor irlandés sigue al pie de la letra. Por ejemplo, confunde en no pocas ocasiones a Tepes con su padre, Vlad Dracul.
Asimismo, es de vital importancia rescatar que Stoker intensificó, con ayuda de su audaz pluma, el semblante lúgubre del vampiro en las anotaciones del diario de Jonathan Harper. Cuyas descripción del 5 de mayo nos permitiría dilucidar un Drácula con “un rostro marcadamente aguileño, con el puente de su delgada nariz muy alto y las aletas arqueadas de manera peculiar, la frente amplia y abultada, y el pelo ralo en las sienes, aunque abundante en el resto de la cabeza. Sus cejas, muy espesas, casi se juntaban en el ceño y estaban formadas por un tupido pelo que parecía curvarse por su misma profusión. La boca o lo que se lograba ver de ella por debajo del bigote, era inflexible y algo cruel, con unos dientes particularmente afilados y blancos; sobresalían por encima del labio, cuyo color rojo mostraba asombrosa vitalidad en un hombre de su edad. Por lo demás, sus orejas eran pálidas y en extremo puntiagudas en la parte superior; tenía el mentón ancho y fuerte y las mejillas firmes pero delgadas. La impresión general que representaba era la una extraordinaria palidez” (Stoker, p.35-36) Aún cuando, en las páginas posteriores de Drácula el aterrador conde sufre una inesperada metamorfosis, con el objetivo de conseguir el corazón de la adorable Mina Murria.
Los vampiros y el cine de terror
Una de las primeras producciones cinematográficas que retomó latemática de los vampiros –aunque muchos no lo piensen de esa manera– fue “La mansión del diablo”, de George Melies. Sin embargo, seria su predecesora “The vampire” (1913), quien se haría acreedora de un lugar importante en el séptimo arte al utilizar la emoción más antigua y más intensa de la humanidad, el miedo, para capturar la atención de los espectadores.El filme de Robert G. Vingola obtuvó del poema de Rudyard Kipling, quien a su vez se inspiró en el cuadro de una vampiresa realizado por el pintor Philip Burre-Jones para crear su poesía, cuya frase “A fool there war” (Érase un tonto…) inspiraría en 1915 una cinta que llevaría el mismo nombre. En ella, la actriz Theda Bara caracterizaría el papel de una temida vampiresa, que no era más que una simple representación de la mujer fatal que lleva al hombre a su perdición.
Sin embargo, sería “Nosferatu, una sinfonía de horror” (1922), quien se transformaría en el icono por excelencia del cine de terror. La adaptación cinematográfica, dirigida de forma magistral por F.W. Murnau, mostró al vampiro como un ser inmortal, de mirada perdida y siniestra, cuyo andar rígido se conjugaba a la perfección con su lúgubre morada. En ella, el papel del conde Orlok fue interpretado por Max Schreck, quien inflingió a la criatura un aura de maldad que aterrorizó a millones de espectadores más allá de su natal Alemania.
Para esta cinta, Murnau quizó realizar una adaptación directa de la obra de Stoker, pero su estudio no logró hacerse con la historia. De modo que decidió filmar una versión de la novela muy parecida al manuscrito original del escritor irlandés, pero con sutiles variaciones. Dándole con ello, la razón perfecta a la viuda de Stoker para demandar a la película por infracción de derechos de autor y, posteriormente, ganar el juicio, cuyo dictamen fue que se destruyeran todas las cintas de Nosferatu.
No obstante, un reducido número de copias de la cinta ya habían sido distribuidas por todo el mundo y permanecieron escondidas por particulares hasta la muerte de la viuda de Stoker para garantizar la supervivencia de una pieza escencial del séptimo arte. Una obra que, incluso, llegó a ser considerada uno de los máximos exponentes del expresionismo alemán y una de las mejores películas que aborda el mito del vampiro.
Tiempo después, apareció la película estadounidense “The Bat” (1926), del cineasta Roland West. Una adaptación cuyo argumentogiró en torno a una siniestra mansión, donde un monstruoso murciélago cometía una serie de cruentos asesinatos en serie.
A este filme se le uniría el drama “Drácula” (1931), de Tod Browning. En el cual, el conde cambia su residencia en los Cárpatos por una en occidente, procurándose siempre un acompañante que le ayude con su mudanza y obsesionándose con una hermosa joven a la que intentará a toda cosa convertir en su esposa “no muerta”. Previa a la realización de la cinta, se había pensado en Lon Chaney para dar vida al temido vampiro, pero su prematura muerte permitió que Bela Lugosi se hiciera con el papel. Para el rodaje de la película se crearon decorados del castillo de Transilvania y la abadía de Carfax, que aún son usados por la Universal. Logosi, por su parte, era tan pálido que no necesitaba sesiones de maquillaje.
Otro éxito de taquilla llegó de la mano de “Drácula” (1931), de George Melford. Una producción que cuenta la historia del joven Renfield, quien realiza un viaje de negocios al corazón de los Cárpatos para que el conde Drácula pueda firmar la compra de una vieja abadía cerca de Londres.
Luego apareció en escena “M, el vampiro de Dusseldorf” (1931), de Fritz Lang. Una obra basada en Peter Kurten, más conocido como el vampiro de Dusseldorf, quien inició sus actividades a temprana edad torturando y matando animales para deleite propio. Su pasión por la sangre fue tal que antes de ser guillotinado dijo: “Después de que me decapiten, podré oír por un momento el sonido de mi propia sangre al correr por mi cuello. Ese será el placer para terminar con todos los placeres”. El personaje del “chupasangre” fue llevado a la pantalla grande por Peter Lorre, quien hizo una magnífica interpretación del asesino.
Tiempo después, llegaron “Vampyr: Der Traum des Allan Grey” (1932), de Carl Theodor Dreyer; “Dracula's Daughter” (1936), de Lambert Hillyer;“House of Drácula” (1945), de Erle C. Kenton; “Love at First Bite” (1950), de Jules White; “Drakula Istanbul'da” (1953), de Mehmet Muhtar y “I Vampiri" (1956), de Riccardo Freda.
A la lista se unió “Drácula” (1958), de Terence Fisher. La producción contó con la participación de Christopher Lee, quien aparece muy poco, pero con intervenciones memorables y de gran intensidad. Todo ello, sin pronunciar palabra alguna, debido a que el guión le pareció tan malo que se negó a repetirlo frente a las cámaras. Entre las escenas más recordadas de la cinta se ubica la del empalamiento de Bárbara Shelley a mano de un grupo de monjes, que algunos han querido ver como la metáfora de una violación múltiple, en tanto que se considera la estaca como símbolo fálico. Debido a esto, dicha película potencia el carácter del vampiro como mito erótico.
Posteriormente, Fisher llevaría a la pantalla grande “Horror of Drácula” (1958). Una cinta en la que Lee volvería a protagonizar al temido conde Drácula y Peter Cushing llenaría los zapatos del polémico cazador de vampiros Abraham Van Helsing.
Esta creación cinematográfica, en particular, mostraría una imagen de la criatura, mucho más dinámica y colorida, con colmillos y ojos inyectados de sangre. Presentación que convirtió a Lee en el actor que más veces ha interpretado a Drácula en el cine
Fisher, un indiscutible amante del terror, también se transformó en el padre de “The Brides of Dracula (1960)” y “Dracula: Prince of Darkness” (1966). Uniéndose, años más tarde, a su club Roman Polanski, quien produciría “El Baile de los vampiros” (1967). Una película que proyecta mediante una mezcolanza de comedia y horror un sentido homenaje al estudio Hammer Films, utilizando para su cometido la ululante música de Krzysztof Komeda, la fotografía de Douglas Slocombe, la maña y ligereza narrativa de su realizador, y la grata presencia de Sharon Tate.
“Drácula has risen from the grave” (1967), de Freddie Francis, fue la siguiente película dedicada al terrible conde. En esta ocasión, el perseguidor de Drácula fue un sacerdote interpretado por Rupert Davies, otro actor con un gran historial en la industria del celuloide.
Después llegarían producciones como “Las vampiras” (1970), de Jesús Franco; “Scars of Drácula” (1970), de Roy Ward Baker; “Dracula A.D 1972” (1972), de Alan Gibson; “Taste the Blood of Drácula” (1970), de Peter Sasdy; “The Satanic Rites of Drácula” (1973), de Alan Gibson; “Son of Drácula” (1974), de Freddie Francis; “Vampyres” (1974), de José Ramón Larraz y “Love at first bite” (1979), de Stan Dragoti.
Por supuesto, no pasaría desapercibida la cinta dirigida por Werner Herzog “Nosferatu: Phantom der Nacht” (1979). Filmada con un presupuesto escaso, como era habitual en Alemania durante los años 1970, el “no muerto” de Herzog cautivó el corazón de la crítica y se convirtió en un sentido homenaje a la película original de Murnau.
Con el pasar de los años llegó a las salas de cine “The hunger” (1983), de Tony Scott. El filme basado en la novela de Withlye Strieber contó lahistoria de una antigua reina egipcia que se alimentaba de la sangre de sus víctimas para conseguir sobrevivir hasta las noches actuales.
Uno de los aspectos que tuvieron en común estas producciones fueron la construcción visual de los vampiros, sus debilidades y la forma de acabar con su tormento eterno. Dado que, los directores –en su mayoría – se decidieron por las vestimentas negras, colmillos afilados, piel pálida, ojos hipnóticos, sensibilidad a la luz y repulsión al ajo para caracterizar a estas ancestrales criaturas de la noche. Aún cuando en la historia del séptimo arte existieron unos pocos Nosferatus que pudieron soportar ver el sol.
Como era de esperar, los filmes sobre vampiros no terminaron ahí. La lista se alargó con“Once Bitten” (1985), de Howard Storm; “Fright Night” (1985), de Tom Holland; “Vampiros en la Habana” (1985), de Juan Padrón; “Vamp” (1986), de Richard Wenk; “Vampires" (1986), de Len Anthony; “Near Dark” (1987), de Kathryn Bigelow; “Jóvenes Ocultos” (1987), de Joel Schumacher; “A Return to Salem's Lot” (1987), de Larry Cohen; Terror “Fright Night II” (1988), de Tommy Lee Wallace; “My Best Friend Is a Vampire" (1988), de Jimmy Huston y “Vampire´s kiss” (1989), deRobert Bierman.
En 1992, Francis For Coppola atravesó su etapa de fascinación por los cuentos de terror y decidió rodar “Drácula, de Bram Stoker”. Una película que se convirtió en un clásico imprescindible del cine de vampiros, tanto por su fidelidad a la novela como por sus excelentes tomas y un despliegue magistral de colores y tonos rojizos a lo largo de la trama.
En ella, el actor Gary Oldman representó el papel de conde y Anthony Hopkins el de Abraham Van Helsing, el experto cazador de “criaturas de la noche”. La cinta se transformó en un éxito en Estados Unidos al recaudar más de 215 millones dólares en taquilla.
A diferencia de otras versiones, Coppola ambientó la acción en la época victoriana, donde la novela de Bram Stoker se publicó y asentó el mito del vampiro al fusionar personajes y tradiciones de origen dispar. Para ello, contrapusó, de manera original, la Rumanía rural, ilustrada con estética mestiza, entre europea y asiática con el Lóndres anterior a 1900.
La banda sonora fue compuesta por Wojciech Kilar y su tema principal fue interpretado por Annie Lennox. Además, ganó tres Premios Oscar ese mismo año como: Mejor Vestuario, Mejor Maquillaje y Mejores efectos de sonido.
Sin embargo, la más importante revitalización de los vampiros se produjo a finales del siglo pasado, cuando Anne Rice publicó las crónicas vampiricas, una trilogía compuesta por las novelas "Entrevista con el vampiro", "Lestat, el vampiro" y "La reina de los condenados".
En estas obras, los "chupasangre" son perfilados como entes elitístas, posmodernos y confusos, un poco pervertidos, con sentimientos de culpabilidad y humanizados, aptos para todo el público, en fin, sumergidos en el pensamiento filosófico de la Nueva Era. No destilan gotas de maldad en estado puro que, en todas las culturas y civilizaciones, caracterizan al principe diablo.
Debido a estos singulares rasgos identificativos, la obra de Rice llegó por primera vez al cine de la mano de "Entrevista con el vampiro" (1994). El productor David Geffen fue quien sugirió a la autora que los adaptara, y un inicio se iba a filmar con producción de la Paramount. Finalmente, la Warner Brothers realizó la película y el director elegido fue Neil Jordan, un productor irlandés con estética propia.
La cinta, si bien sugirió una intensa atracción sexual entre los vampiros masculinos, fue una lograda película de horror gótico, con mucha pasión y excelentes efectos especiales. En ella, el papel de Lestat recayó sobre los hombros de Tom Cruise.
Esta contó la historia de un periodísta mortal que contacta al vampiro Louis y que, entusiasmado por la excentricidad de su entrevistado, acepta ir a una habitación de hotel -donde la novela empieza- para grabar así la apesadumbrada historia de este ser.
Con el correr de los tiempos llegaron "Vampires and Other Stereotypes" (1994), de Kevin Lindenmuth; "Vampire in Brooklyn" (1995), de Wes Craven; "The Addiction" (1995), de Abel Ferrara; "From Dusk Till Dawn" (1996), de Robert Rodríguez;" Vampire Journals" (1997), de Ted Nicolaou; "Blade" (1998), de Stephen Norrington; "Vampires" (1998), de John Carpenter; "My Best Friend Is a Vampire" (1988), de Jimmy Huston; "Nattens engel" (1998), de Shaky Gonzáles.
Finalmente, en el año 2000 se estrenó la interesante cinta "Shadow of the vampire", dirigida por Elian Merhige y escrita por Steven Katz. Una historia que giró en torno a la filmación de "Nosferatus: Sinfonia de horror"(1922), mezclando realidad y ficción de forma original. Dado que, en la película se jugó con la idea de que la persona que encarnó al vampiro en la producción Alemana era una "criatura de la noche" real, en lugar de un simple actor. El reparto contó con la presencia de John Malcovich como el director Murnau, Willem Dafoe como Max Schreck/conde Orlok y Udo Kier como Albin Grau.
El mismo año llegaría a las salas de cine de todo el mundo cintas como "Drácula 2000" (2000), de Patrick Lussier;"La reina de los condenados" (2002), de Michael Rymer; "Hollywood Vampyr"(2002), de Steve Akahoshi; "Blade II" (2002), de Guillermo del Toro y "Blade: Trinity" (2004), de Davis S. Goyer.
Todas ellas, seguidas de cerca por las adaptación cinematográfica de "Underworld" (2003), de Len Wiseman, que narra una antigua guerra entre vampiros y hombres lobo. A la cual, le secundaria su hermana "Underworld: Evolution" (2006) y su prima "Van Helsing" (2004), de Stephen Sommers.
Y la producciones alrededor de este singular ser de la noche no habrán de terminar ahí, conforme pasen los años una personificación del vampiro más moderna llegarán a la pantalla grande para aterrar a millones de personas amantes del cine de horror, pues "la emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido" (Carlos Losilla, p.17).
La razón principal es que "bajo nuestro mundo materialista y mundano existe una cultura subterránea y secreta. Es una cultura de vampiros", que se popularizó con la ingeniosa pluma de Stoker.
Bibliografía:
• Trow, M.J (2003)
"Vlad El Empalador: En busca del auténtico Drácula". Ediciones Jaguar. Madrid.
• Stoker, Bram (2005)
"Drácula". Grupo Editorial Tomo, S.A deC.V. México, D.F.
• Losilla, Carlos (1993)
"El cine de terror, una introducción". Ediciones Paidós Ibérica, S.A. Buenos Aires, Argentina. |
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