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Quique Samour
Manuel Fernando Velasco*
Hoy, de nuevo, me he preguntado por qué la partida adelantada de Quique Samour me atraviesa como relámpago el alma y pensamiento. Y aunque he tratado de escapar a las razones sumergiéndome en la vorágine de tareas cotidianas, una serie de imágenes acuden una y otra vez a mi mente.
Conocí a Quique Samor en el colegio Don Bosco, donde empecé mi vida académica en el primer grado y me quedé hasta obtener mi título de bachiller. Era imposible no conocer al hombre de mirada rápida y decidida que entrenaba a la selección mayor de básquetbol. Sobre todo a partir del séptimo grado –al dejar atrás la finquita y los niños para pasar al edifico principal donde estaban los grandes–, la pasión por seguir día a día los partidos en donde el azul y oro disputaba con los demás centros educativos el campeonato colegial crecía notablemente. El archirival era el Liceo Salvadoreño y era poco menos que imperdonable no asistir al gimnasio nacional a apoyar al Don Bosco. Entonces hacíamos los pompones con abundante papel de china azul y amarillo, y si por alguna razón no se podía asistir a un partido, se seguían fielmente las acciones a través de la radio.
Entonces, allí por octavo grado, pasó lo que tenía que pasar: me enamoré perdidamente del baloncesto. Junto con mis compañeros, terminábamos el único recreo de media hora con la camiseta empapada de sudor, uno que otro rasguño y rostros fruncidos por lo apasionado de cada pequeño partido que disputábamos en tríos. El sueño de muchos era jugar en la mayor y ser entrenados por Quique Samour, pero se decía que el entrenador no solo quería buenos jugadores, sino también buenos estudiantes. No solo había que esforzarse en cada entreno (todas las tardes, durante dos horas y media), sino que también había que sudar con los números, las ciencias y el lenguaje.
Con algunos compañeros empezamos a asistir al insucasa, una cancha que Quique Samour tenía en su empresa, en el barrio Modelo. A mí me quedaba cerquita, pues por entonces vivía con mis padres en el también barrio San Jacinto. Fue en ese tiempo cuando empecé a conocer un poco más de cerca a Quique Samour. Lo primero que nos apantallaba, como niños que éramos, era su carro: negro, cuatro puertas, con una cubierta de motor que para entonces nos parecía enorme y que lucía, a todo lo largo, un dibujo de Rocky Balboa; a los lados, un águila, símbolo del Don Bosco, y otros dibujos que no recuerdo con precisión. A Quique Samour se le veía siempre jovial, sonriente, haciendo bromas, molestando a los jugadores de la selección mayor ya sea porque a su juicio estaban pasados de peso o porque trotaban con desgano durante el calentamiento. Eso sí, cuando el entreno empezaba, echaba luces por los ojos, su voz se volvía aún más grave y participaba con ardor en cada jugada diseñada. “Si vas a marcar con huevos, desplazate bien, así, flexionando ambas piernas y moviéndote con rapidez…”, “No jodás, Ochoa, si por vos tiene que pasar la jugada, pero hacé bien la pantalla, parate con huevos, así, firme; ahora vos cortá… eso, entonces viene el pase y…”. Nosotros asistíamos al entreno con la boca abierta y los ojos desorbitados.
Al final, después del “sprint” de cierre que terminaba por dejar exhaustos a los jugadores, tenía tiempo para nosotros, los principiantes. Hacíamos algunos tiros, nos corregía el movimiento de la muñeca y mientras nos veía jugar lanzaba una que otra indicación. Un día, después de vernos entrenar, nos invitó a salir. Era su manera de agradecer nuestro esfuerzo y la forma en que tenía de hacer práctico algo que siempre predicaba, aun con el ejemplo personal: no solo se trataba de estudiar y entrenar (nuestro dificultoso trabajo diario en esa época), sino que además había que hacer tiempo para distraernos. También para vivir la vida con intensidad se necesita pasión. Así que un puñado de nosotros nos subimos en aquel carro negro y fuimos a parar al “bolerama” Jardín, para entonces el único lugar en donde se podía jugar boliche en nuestro país. Demás está decir que la pasamos muy bien y que para nosotros aquello tuvo un significado especial.
Sin embargo, el recuerdo que con más nitidez ha aparecido en mi memoria desde el día que supe de su partida física fue el año aquel en que los jugadores de la selección mayor fueron orgullosos campeones rapados. Sucede que el Don Bosco había conseguido llegar con extrema dificultad hasta las semifinales del campeonato colegial. Se contaba con buenos jugadores, pero no se terminaban de conjuntar y las estrategias no acababan de cuajar. Y pasó que una tarde, después de mi clase de educación física, vimos llegar a todos los jugadores a un entreno al colegio. Y todos estaban completamente pelones, rapados, como recién nacidos. Detrás de ellos, un Quique Samour sin un solo pelo en su cabeza los motivaba con palabras cargadas de ánimo. Al rato supimos que habían hecho una promesa: quitarse el cabello a cambio de hacer todo lo posible por quedar campeones; si no lo lograban, al menos, decían, serían pelones con orgullo. Y fue entonces cuando la canción lema de Rocky empezó a sonar con más fuerza en cada partido disputado en el gimnasio nacional. Hasta el día de hoy, cada vez que escucho esa tonada algo en mi interior vibra con fuerza y me siento parte de algo que fue muy importante en mi vida y me siento, además, orgulloso de haber jugado baloncesto en aquella década de los 80, cuando los asesinatos y las represiones preanunciaban la injusticia social que en nuestros días ha alcanzado cotas escandalosas.
Ese año, el Don Bosco llegó a la final. Fui al gimnasio a ver el partido. Lucía completamente repleto, inundado de azul y amarillo en el sector destinado para nuestra barra. Los cantos retumbaban y preludiaban algo trascendental. Todos confiábamos en que se podía ganar, pero el equipo no había andado bien y el rival aparecía con ventaja. El juego fue de los más reñidos que recuerdo. Faltaban pocos segundos para el final del partido. Ganábamos y teníamos la pelota. 6, 5, 4, 3, 2, 1… ¡Don Bosco campeón! Todos nos abrazamos en la gradería y en la duela del gimnasio una marea de jóvenes sin pelo saltaban una y otra vez alrededor del hombre que había hecho posible la hazaña: Quique Samour. Luego nos fuimos a celebrar al colegio. Llegó mucha gente. La canción de Rocky sonaba una y otra vez en las trompetas de los miembros de la orquesta y el Pío, pío, pío, pío; pío, pío, pío, pa… junto con el Azul y oro sí, ese es el color del que nunca se deja vencer… se cantaban a grito suelto. Se improvisó una tarima y uno a uno los jugadores se dirigieron al público. Para finalizar, se le dio la palabra a Quique Samour. Aplausos atronadores. Cantos. Banderas y pompones azul y amarillo agitando el viento. Sonidos de trompeta. Más aplausos. Y Quique Samour habló de lo importante que había sido el apoyo de la barra, del significado de aquel trofeo, del esfuerzo, del orgullo, de la garra, de la disciplina, de la dignidad humana… de la vida.
uizá por todo esto las imágenes acudían con obstinación a mi mente. Le debía estas palabras, don Quique Samour, palabras que cualquier muchacho de mi edad que tuvo la suerte de conocerlo le expresaría con sincera gratitud. Ya lo sabemos bien: la única muerte que existe es el olvido. Siempre habrá banderas azul y amarillo para atestiguarlo.
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