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Rutinas
Rossana Cantarelly*
Salió de su casa a la carrera, llegaba tarde a trabajar.La 101 parecía estar esperándola en la puerta. ¡zas! Se subió como pudo.El bus iba lleno como todos los días. Las desventajas eran que el viejo cascaróndel bus realizabaun ruido de mil diablos al arrancar, que iba a una velocidad inusitada, que frenaba violentamente y que muchas veces, taponaba la estrecha calle provocando los insistentes pitidos de los automóviles atascados al fondo. El estrés del día empezaba con los empujones de extraños que todos los días viajan a la misma hora.
¡Permiso, señor, disculpe! y empujaba con los codos para lograr la hazaña. Otras veces al salir, cuando se encontraba esa barrera humana, pisaba los pies de aquellos que no le dejaban pasar, entonces tenía una angustiosa sensación de ahogo, como si las aglomeraciones del trasporte público comenzaran en el propio yo filosófico, como si se despertara por la mañanas, fuera al baño, y al descorrer la cortina de la ducha se encontrara a un individuo extraño, sujeto de la barra de la cortina, con la mirada perdida, y viera el leve balanceo de su cuerpo y oyera el claxón del bus.
Ese mismo golpe de la puerta trasera del bus, me sacude en el pecho. Tanta pena a cambio de pagar unas monedas no me parece un buen trato. ¡Pasaje, pasaje, pasaje! y suenan las monedas por la cara. Se parece a vivir dentro de una pesadilla en la que lo único que quieres es gritar sin llegar a conseguirlo. En ese instante no soy capaz de articular ni una sola palabra.
Escribo y el cursor parpadea a dos centímetros y medio del borde superior de una hoja en blanco. A dos centímetros y medio del margen izquierdo. Con la misma inercia con la que un juguete espera a que alguien estire de una absurda cuerda. Y ese deseo es casi como adquirir nociones básicas de geometría de forma clandestina. Mi historia del bus queda inconclusa, la computadora se ha quedado estacionaria. Como si tuviera toda la vida para la siguiente palabra.
Tengo una sensación absurda como si dándomela espalda estuvieran miles de pizarras llenas de ecuaciones.Y la máquina se queda paralizada, ya no puedo continuar mi historia del bus. Y sin embargo ahora vuelven a ser mis manos las que no saben qué hacer, incómodas como la pala de una excavadora. Imitando los movimientos lentos y torpes. Mimetizando la realidad desde detrás de las ideas. Y son pesados cada uno de aquellosprocesos antes de apretar una tecla. Definitivamente es mejor escribir a lápiz y papel. Y la computadora sigue allí reiniciada. Revisando virus. Borrándote programas y archivos.
Esta sensación ya no se reduce a un recuerdo aislado. No es como meter la mano en la bolsa y sacar un número al azar. Hablo de fotogramas con esquinas clavadas en la retina que comenzaron a sangrar. Hablo de un depósito de imágenes que nunca podrás olvidar. De cinco nervios indefinidos recreados en miniatura sobre las cinco yemas de los dedos de la mano. Y si no fuera por mi tendencia a pulsar otro botón del teclado, si no fuera por esa ridícula habilidad escapista de escribir y escribir, hoy no hubiera ningún problema. Hasta podríamos estar compartiendo la misma sensación de conformidad y quedarnos en silencio. Como cuando vamos todos en el bus apretando la mirada contra la ventana mirando la misma panorámica a lasmisma horas del día en el transcurrir humano.
A menudo uno piensa que la rutina es un funcionario que puede crearle una nota a pie de página y ya. Una trinchera de decorado lejos de uno. Por eso apenas le concede importancia a la siniestra costumbre de comenzar a leer por las mismas líneas cada día, a generalizar, a caminar por los mismos sitios, y el yo se desfigura. Al final esas horas podrían confundirse con las mismas horas de cualquiera, horas de relleno cotizando día tras día la misma secuencia. Un paisajeque difícilmente llamará tu atención. Pero esta mañana, ansío que sea distinta. Y si me subo a otra ruta, hacia otro rumbo y si desarmo la computadora. Y pienso tu nombre en mayúsculas escrito por las calles, ¡imposible! Sientes que alguien tira de tu brazo y rompe el silencio del soliloquio del transporte urbano. Un latigazo. Y entonces todo es demasiado afilado. Demasiado injusto. Demasiado frágil para reducirte a uno más en el bus.
te das cuenta de que te has subido a la 101 sin pensarlo, que giraste la manivela y diste las monedas sin contarlas, que caminaste hasta el mismo sitio y levantaste la misma mano para sujetarte, pero el inconsciente es interesante y siempre te sitúa enfrente de la puerta de emergencia.
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