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Escribir
Roxana Cantarely*
Para escribir literatura uno nace con una predisposición, en principio creen que eres distraído o despistado, pero en realidad caminas con los sentidos a todo volumen predispuesto a que la realidad te golpee de pronto y nazca la literatura. Así es,se capta el acontecimiento que puede ser la caída de una hoja, una guerra, un amor; después es que pasas al momento de construir concientemente y entonces allí quedas en ese testimonio literario y la vida, tu realidad cotidiana, se ha hecho poesía.
Nacemos con esa receptividad, nos roza el aire y duele, los sonidos nos mueven, los ruidos nos estorban, los colores entran como punzones y para sobrevivir nos distanciamos y escribimos. Lo esencial es ese equilibrio entre la verdad y la mentira, entre el placer y el dolor, entre lo real y el mundo que nos traspasa, entre la realidad y la ficción. Esos acontecimientos son a veces vividos varias veces en la memoria hasta que se transfiguran y brillan para quedar reelaborados. Así escribimos padeciendo la realidad a flor de piel y lanzándonos en ella hasta convertirla en literatura.
Logramos el artificio, desnudando la verdad, haciéndola nuestra. Escribir es una obra de teatro viviente, uno se instala en una escenografía que es el mundo, esa escenografía se vuelve íntima, propia y en cierta medida solitaria. Pero a medida que vamos escribiendo nos vamos leyendo como lectores lúdicos e ingenuos, saboreando las realidades ficcionadas y también como lectores analistas y acuciosos, nos leemos rigurosos deteniéndonos en una palabra que no encaja del todo. Desamparados del mundo, nos dolemos, pero creo que es una forma en que nos enfrentamos a la vida. Queremos comunicar, queremos ser y allí es cuando y donde escribimos.
Somos como Fernando Pessoa, sin necesidad de los heterónimos, un cúmulo de yoes superviviendo, somos multiplicidad y somos uno. Quedamos, en ese momento, enteros en la palabra, desgarrados, desentrañados.
Somos rigurosos, en cifrar muy bien nuestra mentira auténtica o digamos nuestra verdad ficcionada, leemos mucho y aprendemos de todo, somos autodidactas y cuando decidimos estudiar literatura o ser parte de algún taller literario es solo para consolidar las técnicas que luego solemos dejar de lado, porque no se puede hacer literatura sin arriesgarse a hacerlo de una forma novedosa. No se puede hacer literatura sin nadar hasta lo más hondo, sin caminarse las montañas, sin reírse a carcajadas, sin saltarse los muros.No se puede hacer literatura si no se vive con pasión y análisis, ardor y escarcha juntos.
Me recuerdo a los diez años con mi poemario sobre el mar, estaba apasionadamente enamorada de su cadencia, de su inconstancia, de su murmullo, de su golpe en la arena,y aprendí a verme como escritora desdeaquel momento, a descubrirme frágil ante la realidad que no golpeaba a los otros como a mí, a necesitar del escribir a diario. Y por supuesto me lancé a vivir mi erotismo intelectual a estar más allá de mi sombra, a filosofar mis pasiones y a descubrir esa música que se hería en mis pasos. Así escribimos, enamorados de las palabras y de la vida.
Traemos otra mirada en la que todo palpita a colores, olemos la esencia de los objetos, nos gritan las hojas que caen de los árboles y cada palabra que vamos cediendo nos duele como le duele al árbol cada rama nueva. No podemos negarnos, huir de nosotros mismos es imposible, cuándo en el alma gravita una emoción, una alegría, el placer y la pasión tienen que hallar remanso para transfigurase en palabra. Cuando un dolor nos aqueja y nos muerde por dentro también busca una esquina en la que reposa hasta encontrar la palabra que puede dispararlo.
quí estamos, escribiendo.
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