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La República de las Letras en El Salvador de la década de 1880
Ricardo Roque Baldovinos* Creo indispensable un esfuerzo de comprensión histórica de las literaturas nacionales de Centroamérica. Este esfuerzo, sin embargo, debe romper con la inercia de la historiografía clásica: producir catálogos de obras y autores, más o menos organizados. Este nuevo esfuerzo ha de comprender la literatura en su concreción y efectividad social, en este caso, como un elemento activo en la invención de las respectivas naciones. Conviene aclarar que, en el siglo XIX, las letras lejos de reflejar la nación la proyectan, la inventan. Crean la ficción del estado, su necesidad y su deseo allí donde no existe o existe de manera incipiente y precaria.
Propongo ver la emergencia de la actividad literaria de El Salvador bajo esta luz. Hacia 1871, los liberales se hacen definitivamente del control del estado salvadoreño. Es una victoria que, sin embargo, está lejos de establecer una paz social y las bases de un estado sólido. Sin embargo, a partir de ese momento se ensayan reformas que buscan modificar profundamente al país, para ponerlo en la senda del “progreso”, de la modernización. Parte de este proceso es imaginarse un nuevo Estado y producir un nuevo sujeto nacional: un ciudadano racional, autónomo, identificado con los valores de progreso, distanciado de las lealtades tradicionales de casta, región, etc… El referente imaginario político vigente desde la era colonial era el que daba la Iglesia Católica; el nuevo estado de cosas, sin embargo, exige una ruptura con esta base de legitimidad. Debe limitarle el poder a la iglesia, pero sobre todo limitarle su función como principal agente de reproducción ideológica y productora de legitimidad.
Los liberales ven en la consolidación de una República de las Letras, una posibilidad clara de cambio. El universo literario no sólo le da referentes imaginarios a la nueva cultura secular, sino también produce nuevos agentes, nuevos sujetos, emblematizados en el público lector. La lectura supone sujetos individuales, racionales, autónomos; de esta forma, la República de las Letras crea sus propias filiaciones y lealtades. Se trata de crear un nuevo espacio de efectos estéticos libre de la tutela de la Iglesia Católica y capaz de irradiar a la población entera. La literatura difunde efectos estéticos afines a la ratio liberal, al deseo de progreso, al ingreso definitivo al espacio-tiempo de la modernidad.
Este público ya estaba incipientemente constituido por una educación laica, ilustrada que se había encargado de formar a las élites y, que desde la llegada de los liberales se había tratado de expandir, a otros sectores sociales. También el incipiente desarrollo del periodismo y la imprenta había contribuido a conformar un público lector de modesta amplitud, pero nada despreciable cuando se toma en cuenta la cantidad de periódicos que coexisten, y sobre todo, su dispersión en el territorio nacional. Se trata de ver entonces si los liberales sabrán aprovechar las condiciones para hacer de la República de las Letras un verdadero catalizador de la nación inventada, al propiciar políticas y prácticas que permitan ampliar el número de lectores entre las clases subalternas, y de esta manera integrarlas a la nación imaginada o, si por el contrario, esta República será más bien expresión de la incapacidad de las élites de pensar un proyecto nacional incluyente y viable.
Hacia 1880, bajo la administración del Dr. Rafael Zaldívar, se puede detectar un notable incremento de la vida literaria. Proliferan las sociedades literarias y las revistas. En estas últimas se publican numerosos trabajos de intelectuales salvadoreños y extranjeros y se reclama la necesidad de construir una literatura nacional. Se erige entonces un nuevo agente letrado constructor de esta república de letras, a su vez prefiguradora del Estado: los intelectuales jóvenes. Esta “juventud progresista” se distancia expresamente de las luchas políticas y propone encauzar sus energías en la construcción de la nación. Son precisamente miembros de esta nueva generación —que provienen de la élite y de los sectores medios— quienes forman en febrero de 1881 una sociedad literaria a la que denominan “La Juventud”.
El programa de “La Juventud” propone la creación de una literatura nacional, que comprende: una dramaturgia y una novelísticas propias (espacios de reflexión sobre las costumbres), investigaciones lingüísticas, sociales, políticas, etc… Se propone de hecho modernizar las letras, crear un espacio autónomo de producción intelectual fundamental para construir la nación. Sin embargo, en la práctica, la actividad efectiva de esta sociedad literaria parece agotarse en una serie de rituales públicos orales, en unas pocas publicaciones y en intentar, sin mucho éxito, establecer espacios de lectura y debate. Las actividades literarias de esos años son subidas de retórica pero más bien pobres de sustancia.
Sin embargo, este ambicioso programa encuentra eco en el régimen de Zaldívar, hábil político que se precia de su refinamiento literario y su interés por las artes. En los próximos meses “La Juventud” entrará en coqueteo claro con el gobierno y sus actividades se vuelven en una suerte de actos de propaganda oficial. Sin embargo, su rol no será expresamente de ornato, como en el mecenazgo tradicional, sino de constatación de la modernidad del régimen. El patrocinio estatal de los actos públicos literarios se convierte en la muestra patente del compromiso de su gestión con la modernización del país.
Entre las actividades que reciben mayor apoyo oficial se cuentan las célebres veladas lírico-literarias que instituye “La Juventud”. Estas veladas lírico-literarias salen del ámbito privado de las grandes fiestas y recepciones de caudillos y hombres de fortuna, y tienen como escenario el espacio público por antonomasia, el Teatro Nacional. Acuden a ellas los principales funcionarios del Estado, entre ellos el presidente Zaldívar y su gabinete, y miembros de la “buena sociedad” capitalina. La entrada era pagada y según consta en las publicaciones del momento, su costo era bastante elevado. La primera velada se habría celebrado el 15 de septiembre de 1881, a escasos meses de la fundación de la Sociedad, y habría sido la conmemoración por partida doble de la independencia patria y del general Francisco Morazán. La tercera velada, celebrada el 19 de febrero de 1882, también ampliamente documentada, habría tenido por propósito la beneficencia pública y recaudar fondos para la Sociedad misma.
Los programas de las veladas eran bastante cargados. La palabra, una de varias revistas literarias de la época, reproduce en su número del 15 de febrero de 1882 el programa que se habrá de realizar algunos días después. Este programa consta de 18 números divididos en tres partes, con intermedios. Los números literarios alternan con los números musicales, de allí el famoso nombre de estas veladas. Los números musicales reflejan la actitud fundamentalmente conservadora y consumista de la alta sociedad salvadoreña con respecto a la evolución musical europea. La música más elaborada del momento (Brahms, Saint-Saens, los maestros rusos) brilla por su ausencia, apenas hay un número con música de Franz Liszt. Estos números constan básicamente de arias de óperas famosas (de Verdi, Bellini, Donizzetti y otros) y de paráfrasis de algunos pasajes memorables de estas mismas óperas. Por su parte, los números literarios son, con una excepción, la recitación de obras originales por parte de sus autores. Las notas sociales sólo las mencionan de paso, pero algunas revistas reproducen algunos de estos poemas o composiciones en prosa, porque en la parte literaria participan por igual oradores y poetas líricos. A los oradores corresponde la parte más protocolaria y patriótico. Los líricos, en cambio, tratan de lucirse con sus propias creaciones.
Detengámonos a analizar las implicaciones del conflicto de autoridades culturales implícito en estos programas. Según lo revelan las crónicas del momento, la parte lírica está ligada más a una visión tradicional y aristocrática de la distinción, donde es importante la gracia de la presencia corporal de los ejecutantes. Los contenidos musicales son secundarios y reflejan que la música tiene un valor puramente de divertimento y decoración. La autoridad literaria, en cambio, está ligada a una concepción de cultura más moderna, donde deben exhibirse los méritos intelectuales del portador y a su capaz de producir una obra original y elevada. El origen de clase aquí es secundario, o queda al menos oculto. Lo importante es participar de una sensibilidad superior dada principalmente por el intelecto y su emanación por excelencia: la palabra.
El éxito de la tercera velada lírico-literaria será de tal magnitud que el presidente de la República dirigirá una elogiosa misiva a la Sociedad Literaria, donde agradece tan magna celebración “digna de un pueblo civilizado y culto” (La palabra, 164). Como muestra de su afecto donará, de su propia bolsa, la suma de 200 pesos para la organización de una Biblioteca de la Sociedad y asignará del erario público la suma de 50 pesos mensuales para asegurar su manutención. Será por cierto, en la cuarta velada lírico-literaria, celebrada el 15 de septiembre de 1882, donde Rubén Darío —quien también, en su momento, se habría beneficiado de la magnanimidad de Zaldívar— tendrá la ocasión de lucir sus dotes frente a la culta audiencia salvadoreña.
omo se puede ver, la actividad literaria en los primeros años de hegemonía liberal va adquiriendo mayor relieve y complejidad. Sin embargo, en lo fundamental reproduce a otra escala la lógica cultural heterónoma de los primeros años de la vida independiente. Las veladas y actos públicos pretenden ser expresión libre del adelanto cultural del público salvadoreño, pero en verdad escenifican el estatuto subordinado de los intelectuales ante el poder político y económico. Quizá esto sea en parte el precio a pagar por la ausencia de un mercado editorial que facilite una actividad literaria independiente; mas no debe subestimarse la falta de visión de los intelectualidad del momento. Parece ser la norma en la República de las Letras salvadoreña que los intelectuales estén interesados en capitalizar el prestigio de ser poseedores de sus saberes, que muestran en rituales públicos orales, y no tanto consolidar una “literatura nacional”. Mucho menos parece preocuparles encontrar modos viables de influir en las políticas estatales para lograr ampliar la base de lectores, a través de la educación y concientización de las amplias mayorías, excluidas de la República de las Letras y de la nación.
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