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Ni cerca, ni lejos. Las migraciones de un carnaval salvadoreño
Amparo Marroquín Parducci* Ya llegó el momento
ya llegó el momento de escuchar el sonido
de escuchar la voz de la tierra
de conocer la fuerza del fuego
la fuerza del viento…
ya llegó el momento de escuchar nuestras voces
tomen sus herramientas y pasen la voz
tienen que oírse los sonidos sagrados
ya no con disfraces o máscaras
deben ahora oír lo profundo del sonido y darle lugar a cada uno de ellos
¡Vean el color de las chiltotas!
¡Vean los colores del torogoz!
¡Del guardabarranco!
Somos el país del viento que esculpe historia
El país del viento que labra caminos.
Somos un pueblo que camina…
Mensaje de los ancianos pipiles 2007
Para reír, para cantar,
para bailar, para gozar
para sentir felicidad
no hay más lugar que San Miguel en Carnaval
ni pobre ni rico, ni joven ni viejo
ni bello, ni feo; ni chele, ni prieto
ni hembra ni macho, ni alto ni bajo
todo es igual, en San Miguel, en Carnaval
San Miguel en Carnaval
Autor: Francisco Palaviccini. Ritmo xuc salvadoreño
1. Introducción: Los preparativos de la fiesta
En cada municipio de El Salvador, el calendario marca de forma especial una fecha en el año. La alcaldía municipal se prepara, se engalana el consejo de vecinos y los líderes preparan sus apariciones públicas. Los comerciantes ofrecen sus productos más novedosos: juguetes, ropa, películas o discos piratas se confunden con los puestos de comida que se instalan en las principales calles. Las disco-móvil y los dueños de juegos mecánicos preparan sus ofertas. La lotería se prepara para ser cantada. Las iglesias convocan a los fieles. El mayordomo de la cofradía organiza preparativos. Se sacan las máscaras –si las hay– y los trajes. Los cohetes de vara están listos. El primer día de esa “fecha marcada”, el comité de fiestas patronales da la bienvenida a los que deciden participar de las celebraciones.
Una de las fiestas patronales más famosas dentro del territorio nacional se celebra en San Miguel, un departamento conocido como “La Perla de Oriente” por su ubicación geográfica y los atributos que sus lugareños le adjudican. La fiesta se organiza en honor a la Virgen de la Paz, patrona de todos los salvadoreños, quizá por eso, sostienen algunos, su convocatoria sobrepasa con mucho lo local, para volverse un espacio que invita sin distinciones, como dice la canción “Carnaval en San Miguel”, y proclama el derecho al goce, al disfrute de la cultura (Carambula, 2006), tanto que ha sido calificada por muchos como la fiesta más importante de toda Centroamérica. El carnaval tiene sus propias características. Contrario a otras celebraciones no nace con un talante puramente religioso, sino que en sus inicios se celebra en mayo, como una fiesta cívica. Y en la actualidad algunos sostienen que es un espacio que tiene poco de religioso. Las celebraciones en esta localidad no solo son reconocidas por la alegría y la fiesta que ofrecen. También se han vuelto, poco a poco, un momento de encuentro entre los salvadoreños que viven en el territorio de origen, y los migrantes. Esa identidad nueva que poco a poco ha comenzado a ser parte del “nosotros”, pues como sostiene el último informe de desarrollo humano, El Salvador no es el país de 20,000 km2, sinoel de ocho millones de habitantes dispersos por el mundo (PNUD, 2005).
El objetivo del presente trabajo es situar el Carnaval de San Miguel como una fiesta fundante del imaginario de identidad salvadoreña y ubicar cuáles son las transformaciones culturales que han ocurrido en dicha fiesta, debido a la migración salvadoreña. Para ello me dedicaré, en un inicio, a comentar algunas reflexiones generales sobre las fiestas patronales como espacios de identidad salvadoreña. En un segundo momento me ocuparé de cómo se instauran las tradiciones que identifican al Carnaval de San Miguel, una fiesta que si bien mantiene un trasfondo religioso, posiciona con fuerza el derecho al goce, que muchas veces no es muy bien visto por un discurso cristiano que ha tendido más bien a resaltar el sufrimiento como espacio de salvación. Para ello muestro rápidamente una historia conocida, pero muy poco documentada de forma sistemática(1). En un tercer momento me aproximaré a la fiesta “localizada” con sus distintos actores, resaltando de manera particular el papel de los migrantes en dicha celebración. Un cuarto apartado me permitirá revisar de manera rápida las celebraciones que alrededor del mundo los salvadoreños llevan a cabo (Carnaval de San Miguel en Houston o en Canadá, en Washington, Los Ángeles o Australia). Finalmente anotaré algunas elaboraciones que no he podido aún abarcar y que podrían ser investigadas en momentos posteriores.
Las fiestas patronales son una expresión de la cultura popular que se origina en Centroamérica durante la colonia. Desde su inicio pueden ser consideradas como una zona de contacto (Pratt, 1997, 17-33)(2), un espacio de encuentro donde las culturas se mezclan, donde al mismo tiempo las relaciones de poder se mantienen, pero ninguna de las culturas queda tal como estaba antes de esta cita. En la fiesta patronal desde el sincretismo y la mezcla, la cultura española impone una fiesta religiosa cristiana de culto a un santo, pero se vuelve una con danzas indígenas españolizadas, costumbres africanas, culto a la tierra y reconocimiento al Rey o al Estado según las circunstancias.
En la actualidad las fiestas patronales han sufrido distintas modificaciones, sin embargo, mantienen su cualidad de zona de contacto, espacio de encuentro entre culturas que no permanecerán iguales: la cultura local y la cultura de los extranjeros y salvadoreños migrantes; también en este intercambio hay estructuras de poder que entran en juego, la fiesta patronal se convierte en muchos municipios en espacio de legitimación para líderes locales, partidos políticos o empresas que desean posicionarse entre los consumidores.
Las fiestas patronales, se han vuelto un nuevo espacio translocal que se vive desde dos localidades distintas pero de alguna manera mantienen su unidad. El investigador mexicano Miguel Moctezuma sostiene que “como consecuencia de una tradición migratoria, la fiesta del santo patrono de cada pueblo migrante coincide con las expresiones más sui generis de una cultura binacional, en donde migrantes y residentes de un mismo pueblo se funden en una convivencia social compartiendo enteramente su vida comunitaria” (2004, 21), de esta forma, en la fiesta patronal, “el ausente se vuelve presente” (Moctezuma, 2004, 20; 2005, 34).
En los últimos cinco años en El Salvador, se ha escrito y discutido mucho en relación con el tema de la migración. De hecho, en diciembre de 2005 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo presentó su Informe El Salvador 2005 Una mirada al nuevo nosotros. El impacto de las migraciones, con ello posicionó en la agenda social –y no solo en la académica– una reflexión sistemática sobre un tema del que ya se había incluido en la agenda de investigaciones desde 1987 con los trabajos de Segundo Montes. Durante el año 2006, los encuentros de migración organizados por el Gobierno de El Salvador y la IV Convención de Salvadoreños en el Mundo, realizada por primera vez en San Salvador, habla de estos lazos que se acercan y se reubican.
Al examinar el ámbito cultural, el informe del PNUD sostiene que “la dimensión de los cambios que está experimentando la cultura por la vía de los migrantes no ha tenido hasta ahora casi ninguna atención. Los migrantes están protagonizando cambios culturales que no son un apéndice de las transformaciones económicas, sino un componente fundamental del tipo de sociedad que se está construyendo” (PNUD, 2005, 26). Entre otras cosas, el capítulo sobre Migraciones y diversidad cultural se aproxima a diversas manifestaciones discursivas que se dan en torno a los procesos culturales relacionados con la migración, en él se muestra cómo, para los salvadoreños que residen en Estados Unidos, el símbolo más representativo de el “ser salvadoreño” es “el divino salvador del mundo”, imagen religiosa identificada con las fiestas patronales de la capital (PNUD, 2005, 393l).
De la identidad salvadoreña y sus transformaciones
La identidad es una discusión de la modernidad, nace como un problema y permanece como tal. El sociólogo Zygmunt Bauman enuncia esta realidad con su peculiar claridad: “pensamos en la identidad cuando no estamos seguros del lugar al que pertenecemos; es decir, cuando no estamos seguros de cómo situarnos en la evidente variedad de estilos y pautas de comportamiento y hacer que la gente que nos rodea acepte esa situación como correcta y apropiada” (2003, 41).
Durante mucho tiempo se ha discutido sobre lo que constituye “lo salvadoreño”: ¿Pertenece a un territorio específico en el espacio? ¿Es un lugar que, simbolizado, sobrepasa las dimensiones espaciales, las fronteras? ¿Contiene una identidad primera, originaria hacia la que debemos volver? ¿Es, desde sus orígenes, una realidad cambiante, múltiple, en fuga, que se escapa tan pronto como las ciencias sociales pretenden aprehenderla? Tal y como se ha hecho en otros estudios trabajaremos aquí desde los discursos, pues como siempre, sabemos que toda identidad es siempre una narración que se construye, una narración de un nosotros, frente a otros. Se trabajará pues desde la construcción de esa comunidad imaginada que Benedict Anderson ha caracterizado (2000). La identidad salvadoreña no tuvo una construcción fuerte, densa desde la narrativa ilustrada. Varios investigadores muestran que la clase liberal fundó la nación desde procesos de exclusión que han dado por resultado una identidad frágil. La cultura popular, sin embargo, mantiene espacios de convocatoria desde los cuales podemos entender buena parte de las subjetividades actuales (Uequín, 2006). No es mi objetivo profundizar más en esta configuración de la identidad salvadoreña, sin embargo me parece importante dejar anotadas estas precisiones.
Al aproximarnos a un fenómeno desde los procesos discursivos se pone énfasis en la percepción subjetiva que una comunidad hace venir desde la realidad cotidiana y la memoria que recuerda también de manera subjetiva. No interesa pues en este estudio probar que la percepción de las personas es verdadera, sino más bien comprender, desde la verosimilitud de sus afirmaciones, en qué están ancladas las subjetividades salvadoreñas.
En el presente estudio se parte de la noción del tiempo como una categoría social construida, que el investigador decide delimitar al abarcar ciertos (y no otros) acontecimientos. ¿Cómo se deciden aquellos acontecimientos fundamentales en la historia de una sociedad? ¿Por qué, en algunas ocasiones, después de muchos años de estudiar la historia, se introduce un nuevo acontecimiento que antes no había sido considerado por los libros de historia y que posteriormente se considera fundamental? Es importante recordar que esta distribución del tiempo, esas marcas en el calendario, son producto de la voluntad humana.
Las categorías de tiempo social propuestas por el historiador Fernand Braudel son útiles para aproximarnos a la identidad salvadoreña y la vivencia de las fiestas patronales de los municipios. Este historiador sostiene que el tiempo, como formación histórica, se puede entender desde tres categorías de acuerdo a la longitud del lapso y su objeto de medición: el tiempo de corto plazo, que es la historia de los acontecimientos, es un tiempo episódico ha ocurrido un asesinato, una inundación, la historia de cada localidad se compone de múltiples acontecimientos episódicos que los noticiarios recogen. Pero existe, además, en las vivencias cotidianas un tiempo de mediano plazo, una historia cíclica en la que se puede observar la repetición de ciertos patrones básicos que se dan en cada sociedad, es un tiempo coyuntural, el momento de las cosechas que cada año vuelve, pero también el de las fiestas cívicas y religiosas programadas, que configuran una visión del tiempo dentro de cada comunidad. Braudel añadirá además el tiempo de larga duración, que puede entenderse como un tiempo estructural, con el cuidado de recordar que las estructuras son también parte de un proceso histórico creado por sujetos. (Braudel, 1983).
La migración puede ser leída desde instantes episódicos (historia de los acontecimientos), pero también puede ser leída como un proceso histórico a largo plazo, inserto también en otros procesos macro, como la globalización (estructural) que ha configurado la realidad salvadoreña. En medio de estos dos tiempos de la migración se sitúa este momento cíclico de las fiestas patronales, un tiempo que vuelve cada año y que sin embargo, desde los acontecimientos, ha ido cambiando.
Al reflexionar sobre la cultura podemos hacer una afirmación que corre el riesgo de caer en “lugar común”: nos encontramos inmersos en un proceso de cambio cultural. Decir esto no lleva a ningún lado si consideramos que la cultura es un espacio que se encuentra en constante reinvención y negociación. La cultura salvadoreña ha cambiado y seguirá cambiando.
Sin embargo, metodológicamente, no es posible asignar una sola razón a la mayoría de los cambios culturales visibles. Es importante recordar que la migración entra en relación con otros procesos que la globalización ha traído como consecuencia. Procesos de urbanización y descampesinización, por ejemplo, han llevado a muchas personas a abandonar la cultura rural agrícola, aún cuando esa identidad transformada se siga añorando e idealizando (Zetino y otros, 2006). En el trabajo de investigación que llevé a cabo encontré, por ejemplo, que muchos rótulos y nombres en inglés de los negocios en los pueblos no necesariamente responden a un patrón relacionado con la migración. Al ser interrogados sobre la razón de estos nombre la mayoría de los propietarios dijeron que lo que querían era imitar a los negocios de la capital, de alguna manera, urbanizar su apariencia.
La migración es, con mucho, uno de los procesos aceleradores más significativos en El Salvador. A nivel macro la economía se ha transformado. Las remesas representan hoy día para El Salvador un ingreso mayor de lo que el Canal de Panamá aporta a dicha nación. Una muestra cuantitativa que permite visualizar la importancia para el país de la migración la presenta el Informe de Desarrollo Humano 2003, al comparar de dónde provenían la fuentes de divisas en 1978 y qué ha sucedido con dichos ingresos en 2002.

Los cambios culturales pasan también por los discursos delas industrias culturales; los medios masivos de comunicación ofrecen modelos y patrones de vida estilizados, americanizados, que además son importados. En algunos casos es difícil saber si un grupo de jóvenes sentados en el parque de un municipio se visten de cierta manera porque han sido migrantes o tienen familia fuera, o por imitación a los modelos que los grandes medios sugieren, la propuesta de vivir el consumo no solo es reforzada desde los medios, también hay un discurso que desde las empresas privadas llega a las fiestas patronales, y posiciona en la vida de los municipios el consumo de alcohol, cierta ropa de marca, ciertos estilos musicales que son patrocinados durante la fiesta con la esperanza que posteriormente el consumo se mantenga.
Pero volvamos al carnaval, a la fiesta. Ya el ritmo del xuc, ideado por el compositor salvadoreño Francisco Palaviccini llama a todos a un espacio en donde la cultura popular se vuelve presente, donde se “desordena” la estructural social, donde la risa es permitida y donde, al mejor estilo documentado por Bajtin o Eco en su novela “El nombre de la rosa” y retomado por Martín Barbero (1998), el señor y el siervo se vuelven iguales por un momento.
2. La historia de San Miguel en Carnaval
La zona oriental en la que se ubica el departamento de San Miguel perteneció a las tribus ulúas, grupos indígenas pertenecientes a la cultura Lenca. Los anales consignan que el 8 de mayo de 1530, el conquistador español Pedro de Alvarado fundó la ciudad de San Miguel. En 1824, tres años después de la declaración de independencia, fue reconocida provincia independiente de la ciudad de San Salvador.
Originalmente, la fiesta de mayor relieve tenía lugar el 8 de mayo, era pues una fiesta cívica que celebraba la fundación de la ciudad. Sin embargo, en 1939, el Concejo Municipal presidido por José Luis Silva, dispuso que el 21 de noviembre, día de la Virgen de La Paz, se establecieran las fiestas titulares de San Miguel, en mayo se iniciaba la época lluviosa y eso obstaculizaba en algunos momentos las celebraciones. De esta manera se imprimió un carácter religioso que todavía permanece aunque no con la fuerza con que se da en otros municipios donde el comité de preparación de las fiestas patronales depende directamente de la Catedral.
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La historia de la Virgen de la Paz viene de mucho tiempo atrás. La leyenda que los migueleños repiten inicia su historia en 1682, época en que piratas y bandoleros acosaban a las costas salvadoreñas. Una enorme caja de madera fue encontrada por algunos lugareños (las versiones cambian, algunos dicen que el hallazgo lo hicieron pescadores, otros que comerciantes y unos más que fueron corsarios) y fue transportada a San Miguel en una burra.
Cuando el animal llegó a la catedral ya no quiso caminar más. Lo que había adentro era la imagen de una virgen con un niño. Sin nombre, sin autor que poco después fue bautizada como Nuestra Señora de la Paz o Virgen de la Paz. Innumerables relatos de milagros acompañarán su llegada.
El historiador Sarbelio Campos, entrevistado cada año por los medios de comunicación(3), ha relatado en innumerables ocasiones cómo durante las primeras celebraciones no había una coronación formal de la reina tal y como se hace hoy día. Aún así, desde sus inicios, cada barrio(4) organizaba una procesión con carretas y, este recorrido terminaba en el Parque Guzmán, un espacio céntrico y vistoso, donde se “coronaba” la representante principal de las fiestas.
Con el transcurso de los años, también se fueron incorporando los gremios entre ellos: obreros, empleados, militares, estudiantes, etc. A cada una de estas agrupaciones se les asignó un día específico en el cual se hacían cargo de las celebraciones. Empezaron a celebrarse “Bailes de Gala” en el Casino Migueleño, la Sociedad de Empleados y la Sociedad de Obreros. Cada una de estas celebraciones competía por el prestigio y por posicionarse en la sociedad migueleña. El valor de las entradas era costoso para la mayoría, algunos entrevistados sostuvieron que con el tiempo estas fiestas se volvieron “clasistas”. Estas fiestas y bailes de gala se mantienen hasta el día de hoy, y mantienen en mucho su condición de “visibilizar” las clases privilegiadas de San Miguel. Poco a poco se han transformado en espacios de “legitimación” de una nueva clase social que muestra cada vez más su poder adquisitivo: los migrantes.
Pero antes de este movimiento, en 1958 las fiestas sufren una nueva transformación. El gobernador político departamental, Félix Charlaix, decidió que era importante popularizar nuevamente la festividad y organizó el “Primer Carnaval”, que tenía como fin ofrecer a todas las personas, de todas las clases sociales, la oportunidad de diversión y fiesta. En este Carnaval, el gobernador contrató a las mejores orquestas no solo del país, sino de Centroamérica, las instaló en las calles de San Miguel e inició además un vistoso desfile de carrozas que cada año se ha complejizado más.
Un nuevo auge del Carnaval se dio cuando el compositor Paquito Palaviccini y el intérprete Gil Medina, lanzaron la composición de “San Miguel en Carnaval”, el ritmo del xuc, popularizó tanto las fiestas que llegaron a ser consideradas “la noche más alegre de Centroamérica”(5). El 2006, en Carnaval celebró su edición número 48.
3. La fiesta local: San Miguel, ni cerca ni lejos
Cada año, en noviembre, San Miguel se viste, pues, de fiesta. No es el único municipio del país que tiene un alto índice de migración. Varios son los municipios señalados en investigaciones que viven fiestas translocales, fiestas que convocan salvadoreños de dentro y de fuera (Marroquín, 2007). Sin embargo, el Carnaval destaca como uno de los más representativos de este fenómeno.
El Carnaval es nombrado cada año con una temática particular. En 2006, la fiesta fue denominada bajo el lema: “Respeto, amor y valor: San Miguel sin violencia es mejor”, en una alusión clara a uno de los problemas más graves que vive el país: la inseguridad y la violencia. El municipio se vio señalado durante ese año como uno de los más violentos; los problemas de extorsiones y secuestros pusieron en crisis al empresariado migueleño y la fiesta más importante hizo eco de la situación al escoger esta frase de entre más de cinco mil que fueron puestas a concurso por migueleños tanto residentes en el país, como en todo el mundo.
n el Carnaval, los migrantes son invitados indispensables, no pueden faltar a la cita con sus raíces. Mauricio Cristal, encargado de comunicaciones y prensa de la Alcaldía de San Miguel, comentó en su entrevista, “ayer, 25 de noviembre, tuvimos un carnavalito en el Barrio La Cruz y el alcalde hizo el llamado para que los residentes en EE.UU. que vienen levantaran la mano, y fueron quizá unas cien personas quienes levantaron la mano (…) Calculamos un 60% de personas que vienen del extranjero al Carnaval de San Miguel (…) Si tú vas ahorita a un hotel a pedir reservaciones para la otra semana ya no hay”.
Una de las encargadas del comité de festejos, por su parte, añadió que “según los cálculos, el año pasado vino un aproximado de 20 mil personas del extranjero (…) Hay un carnaval que se hace el 24 de noviembre, es el carnaval internacional que también se llama carnaval del Departamento 15(6), de allá vienen con sus reinas. En el carnaval de Houston del año antepasado, las reinas de la alcaldía y del carnaval eran migueleñas. La de Dallas la escogen otros migueleños y la traen. Y viene de otros lugares también, hay una carroza de las reinas internacionales”. Celebraciones aquí y allá se vuelven una en ese espacio donde la identidad local convoca.
Esta translocalidad también se manifiesta en los procesos a través de los cuales se comercia. El cuadro 1 presenta un testimonio que deja ver por un lado cómo los salvadoreños que viven fuera se mantienen como compradores en sus municipios de origen, además cómo estos intercambios se intensifican en aquellos momentos en que los salvadoreños quieren hacerse presentes, al menos de una manera simbólica.

Como ya mencioné, tan importantes se vuelven estos eventos, que existe un despligue importante de los acontecimientos en los medios de comunicación. La televisión nacional y la radio dan cobertura a las distintas celebraciones. Las páginas de internet, en muchos casos mantenidas por salvadoreños migrantes, cuentan e informan de los últimos acontecimientos. Solo para dar una idea, al teclear en google “carnaval de San Miguel” entre comillado para discriminar sitios que no tengan todos estos términos aparecen 614 sitios que dan cobertura a las vivencias del carnaval desde sus orígenes hasta nuestros días.
Mantener el anclaje local en los municipios migrantes se ha vuelto fundamental. Así lo demuestra este cuestionario publicado en el sitio web de El Diario de Hoy (ver cuadro 2), hasta el cierre de este artículo, en el contador de la página se mencionaba
que esta había sido visitada 11,850 veces y el cuestionario había sido respondido por 5,266 personas.
Cuadro 2. ¿Qué tan migueleño eres?
Cuestionario publicado en elsalvador.com en 2004 (no están marcadas las respuestas correctas)

Tengo la opinión de que estas fiestas trasnacionales también implican la creación de nuevas subjetividades(7). Lungo y Kandel lo señalaron ya en su estudio sobre los cambios socioculturales en el municipio de Nueva Concepción: “las fiestas religiosas, que contribuyen a dar un sentido de identidad de la comunidad, constituyen una ocasión para que algunos emigrantes, al retornar, amplíen los eventos y espacios que, por tradición estaban confinados a la comunidad (…) Gastar bastante dinero en una celebración es un nuevo símbolo de prestigio social” (2002, 922).
Esta es una característica fundamental que implica la categoría de zona de contacto tal y como la usa Pratt. La zona de contacto siempre implica el encuentro, el choque y la visibilización de relaciones de poder. Este uso simbólico del dinero dentro de las celebraciones es uno de los elementos que destaca en municipios que tienen una mayor migración. Las personas entrevistadas, incluidas aquellas de la tercera edad, insistían en que si bien las celebraciones cambian, mucho de lo fundamental se mantiene, pero hacían énfasis en cómo, gracias a los migrantes, se pueden tener “carrozas más finas y hermosas” y fiestas “mucho más engalanadas, con varias orquestas y muchos salones de baile”.
Los medios de comunicación también han implicado nuevas transformaciones. A partir de la llegada del actual alcalde, Will Salgado, el canal de televisión local monta un reality para la elección de las candidatas a Reina. Desde los años más recientes, la elección no pasa ya por un proceso de elección en los barrios, sino que se ajusta a los más actuales y estéticos criterios de belleza, al mejor estilo de Miss Universo o Miss Mundo. Algunos entrevistados sostuvieron que esto es un error, pues los lugareños tienen menor participación en el proceso.
En 2005 se inició una nueva tradición que, de acuerdo a muchos migueleños, “promete mantenerse”. Para recuperar el carácter religioso de la fiesta, que para muchos se había venido deteriorando, se organizó durante las fiestas un festival mariano donde los coros de las iglesias de los distintos barrios presentan canciones de carácter cristiano y son admirados por los lugareños
4. Departamento 15: la fiesta translocal
Ya mencioné anteriormente la fuerza que tiene la imagen de ese departamento quince, repartido a lo largo y ancho del mundo, donde los salvadoreños hacen su casa.
La arquitecta Claudia Allwood, directora de asuntos culturales de salvadoreños en el exterior, dirige uno de los programas más innovadores del actual gobierno. Su esfuerzo está encaminado a fomentar la identidad, pero también a propiciar un espacio de goce en medio de las profundas penalidades físicas y emocionales que los migrantes padecen. Durante los últimos tiempos ha acompañado las celebraciones y festividades en el exterior. Desde la comunidad más grande de salvadoreños en el mundo que se encuentra ubicada en Washington D.C. hasta comunidades emergentes como la de Milán donde 30,000 salvadoreños se encuentran asentados hasta grupos muy pequeños como sucede en Argentina o Japón, las reuniones de salvadoreños para hablar de arte, de la comida salvadoreña, de sus orígenes, están a la orden del día. Y en muchos sitios, el Carnaval de San Miguel es un espacio que convoca, especialmente si se es migueleño.
El carnaval de San Miguel empezó, a partir de 1983, a celebrarse en Houston. Para 1990 su convocatoria era ya uno de los más importantes eventos que la comunidad salvadoreña residente en el exterior ofrecía a todos los migrantes. Muchas empresas salvadoreñas aprovechan cada año estos espacios para promocionar productos nostálgicos, uno de los rubros más importantes de la exportación actual. Ya en 1990, la cervecería nacional, La Constancia, patrocinó la Reina del Carnaval de Houston. La página http://www.fiestasdesanmiguel.com/ documenta las festividades que se realizan en dicha región.
Por distinas razones no me ha sido posible obtener mayor información de cómo se llevan a cabo estas festividades, pero siguen un patrón parecido a las de San Miguel. Son muy apreciadas por todos los salvadoreños en el exterior y son un espacio de goce y encuentro para aquellos que no pueden viajar hasta el país de origen. Sería importante propiciar investigaciones translocales que permitan entender mejor estas dinámicas culturales que se han gestado a partir de los procesos migratorios.
5. Los retos: pensar lo (trans)local
Y mientras esta crónica se cierra nada ha terminado, un nuevo carnaval se prepara para poner en marcha los mecanismos del tiempo coyuntural. Esta vivencia no consiste ya únicamente en la preparación de las ruedas o la discusión del baile y las orquestas que lo amenizarán. Un tiempo ya cíclico en muchos municipios del país es ese momento del retorno que se espera, como antes se esperaba la llegada de “la corta del café”, para tener dinero. Cuando el migrante llega con sus nuevas vivencias, con su nuevo capital cultural propicia un intercambio que no deja intactas las estructuras económicas y socioculturales de la región. Pero tampoco él queda intacto, al llegar a su lugar de origen vuelve a definir su identidad, esta vez desde ese nuevo poder simbólico que se le otorga y que muchas veces logra capitalizar en poder político y económico. Para hablar en términos de Bourdieu (2002), la migración está configurando unos nuevos procesos de distinción, unas nuevas narrativas desde las cuáles pasa la representación del gusto y la cultura.
Esta reflexión vuelve a corroborar que junto a las estrategias económicas, sociales y políticas, El Salvador necesita una política cultural cuyo principal propósito sería contribuir a la construcción de un discurso cultural y de identidad más inclusivo, donde estas nuevas formas de ser salvadoreño en el mundo encuentran cabida. Una política cultural pasa por un mecanismo diseñado por el Estado para incidir en la forma de convivencia y en las identidades de esa sociedad, y también por una voluntad de los individuos y de los colectivos para apostarle a dichas formas de convivencia. Lo que se está jugando es quién cabe y quién queda fuera de El Salvador que imaginamos.
Aunque este trabajo tiene como fin abrir caminos para la discusión y la reflexión enumero aquí algunas de las constataciones encontradas y que podrían servir como punto de partida:
- Es imposible entender el fenómeno migratorio y las transformaciones de la identidad sin circunscribir la reflexión al ámbito más amplio de la globalización, eso permite matizar los rasgos encontrados en las celebraciones de las fiestas patronales y no buscar causas unívocas.
- En las celebraciones territoriales, la fiesta patronal ha dejado de ser una celebración exclusivamente religiosa y ha pasado a constituirse en uno de los espacios fundamentales de goce, y de encuentro entre los salvadoreños locales y los salvadoreños migrantes.
- La fiesta patronal es una zona de contacto entre una identidad anclada en el pasado y la nueva identidad transterritorial y modificada, que los migrantes han asumido. A partir de ello se manifiestan en la celebración de la fiesta patronal nuevas ritualizaciones que manifiestan la creación de nuevas clases sociales mediadas por la migración. Se producen actualizaciones de los vínculos locales. No solo el que está ausente y llega se vuelve presente, a través de donaciones, elección de una reina de los salvadoreños que viven fuera y otras remesas no solo económicas, los migrantes ausentes de la celebración también se vuelven presentes.
- En las celebraciones fuera del territorio, la fiesta patronal se vuelve también espacio de encuentro entre las distintas comunidades, prolongación de lo local en lo extranjero, vivencia de la identidad nacional de El Salvador en el mundo.
- Las fiestas patronales en los municipios en los que hay migración de salvadoreños hacia otros países son construidas y pensadas por tres actores básicos: el municipio (el comité local), los migrantes (el comité translocal) y la empresa privada (el comité empresarial).
- La mirada y la cobertura de los medios de comunicación hacia las fiestas patronales se ha modificado en el transcurso de estos años y como consecuencia de los procesos migratorios. Por un lado, hay un énfasis en la cobertura de la presencia de los migrantes durante las fiestas; por el otro, los medios locales (pensados desde coberturas más bien pequeñas) adquieren un carácter global. Internet se convierte en un espacio protagónico para mantener dichos vínculos, tal y como Benítez (2005) y otros investigadores han mostrado.
- La fiesta patronal se piensa ya en muchos municipios con vivencias que permitan “complacer las nostalgias de los migrantes” y al mismo tiempo que permitan mostrar el nuevo estatus económico que ellos tienen. Se les permite patrocinar un día de las fiestas, desfilar en sus carrozas y colaborar con las orquestas dentro de los eventos. Se podría afirmar que el migrante intenta visibilizar ante el local su nuevo estatus, y además recordarle que él no es un “hermano lejano”, que él es también “de aquí”.
Quisiera para cerrar retomar cuatro puntos que han sido formulados en discusiones con el investigador y escritor Miguel Huezo Mixco al intentar responder a la pregunta de cuáles son los retos que a nivel local las migraciones están implicando. Desde estos cuatro retos también retomo los elementos que los directores municipales y regionales de las Casas de la Cultura con quienes he tenido la oportunidad de conversar me han señalado.
Lo primero, frente a un discurso cultural excluyente, que considera al migrante como alguien que ha perdido la identidad salvadoreña son necesarias políticas que permitan una reflexión sobre la cultura salvadoreña desde una visión tolerante, abierta e integradora. Una reflexión anclada en las comunidades, iglesias, movimientos sociales, escuelas y casas de la cultura que permita además el conocimiento de sitios patrimoniales, el rescate de las tradiciones lugareñas, los alimentos, el vocabulario, la imaginería y las distintas celebraciones.
Lo segundo implica el reto de pensar nuevas estrategias para el trabajo cultural desde la globalización. Implica asumir el reto de la integración. Se puede trabajar en la creación o el fortalecimiento de comités trans-territoriales para la celebración de actividades cívico religiosas. La integración pasa también por plantear la producción de bienes de consumo cultural para el mercado nostálgico, tanto a nivel de artesanías como de otros medios como la creación de televisoras, estaciones de radio o impresos translocales. Es fundamental prestar atención al papel de los medios de comunicación como espacios de conformación, visibilización y negociación de las identidades.
Un tercer reto es aprovechar el arte para ampliar la experiencia cultural de las personas. Una directora de Casa de la Cultura me lo explicaba como “vincular lo nuestro con lo que no es nuestro”, de tal manera que finalmente a través de procesos de negociación las y los salvadoreños seamos capaces de crear nuestras propias síntesis. Para ello los municipios pueden trabajar en encuentros con artistas migrantes, exposiciones colectivas translocales; el Estado puede además redefinir los términos de las convocatorias a los Juegos Florales de tal manera que se pueda recoger el testimonio y la memoria que se produce desde la migración. Proyectos como el de Border Film Project, o el trabajo de Heather Bradley en La Unión, Chalatenango y San Salvador, donde se distribuyen cámaras fotográficas para que los actores de la migración muestren su visión pueden ser retomados desde el país para documentar y reflexionar sobre esas nuevas narrativas que se producen. Desde las escuelas y los institutos se pueden realizar ferias y concursos que recojan también la experiencia de los migrantes y de sus familias.
El reto final que quiero señalar tiene que ver con la academia. Sigue siendo necesaria una investigación a largo plazo, que mantenga su mirada en lo local pero que también sea capaz de pensar la migración desde la realidad histórica y desde las múltiples facetas que la configuran: la migración de lo rural hacia las ciudades, la migración hacia EE.UU., pero también a Italia, Australia, Suiza, México. La migración que se da buscando una mejor condición de vida; y la migración urgente cuando la violencia te amenaza y dejas todo para salvar la vida, como sucede con muchas personas que se han visto extorsionadas por bandas de delincuentes. Es necesario propiciar más estudios etnográficos y dedicarle tiempo a pensar qué está sucediendo en estos nuevos territorios y con estas nuevas subjetividades que hoy por hoy, configuran nuestra identidad.
Notas
1.
Cada año los medios de comunicación realizan especiales sobre el tema, pero como ya sabemos, el discurso y la narrativa de los medios no tiene la permanencia de una historia documentada, cada año, como las historias orales y cíclicas, vuelven con una nueva documentación, con algún rasgo nuevo añadido, sin embargo muy poco hay sistematizado desde la academia.
2.
En 1997, Mary-Louise Pratt publicó su libro Ojos imperiales, donde se ocupaba de documentar, desde la crónica, una zona de contacto que se dio en Argentina. Esta zona era un espacio de encuentro entre una cultura dominante e invasora –inglesa o española–, y la cultura de los grupos indígenas dominados.
3. Los dos principales matutinos del país: El Diario de Hoy y La Prensa Gráfica se han ocupado de consignar dicha historia en los especiales publicados cada año, para mayor información se pueden consultar los especiales que aparecen en la bibliografía y que comprenden el período que va desde 2002 hasta 2006.
4. En ese tiempo seis barrios conformaban la ciudad de San Miguel.
5.
Si bien hay otras fiestas famosas en Centroamérica, esta destaca en su reivindicación del derecho al goce y el disfrute. Otras celebraciones importantes conservan de manera más explícita rituales religiosos y dan mucha importancia a este componente.
6.
La imagen de Departamento 15 es una de las más significativas para hacer alusión al fenómeno de la migración. Fue propuesta por el matutino La Prensa Gráfica. El territorio salvadoreño está dividido políticamente en 14 departamentos. El departamento 15, según esta propuesta, está conformado por los salvadoreños que viven en el resto del mundo.
7. Ya señaló anteriormente la investigadora Katherine Andrade-Eekoff que “los intercambios sociales se transmiten, incidiendo en la identidad tanto del migrante como de sus familiares que no emigran. Las normas y valores de lo que significa ser salvadoreño y de tal familia, se comparten y se transforman entre los que están aquí y allá. Son procesos dinámicos donde las relaciones y los espacios de transformación no son necesariamente armoniosos” (2003, 111).
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