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Planteamientos filosóficos sobre el ser humano en Unamuno
José Manuel González *
... pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada y ser sin rumbo cierto...
Rubén Darío.
La sociedad moderna se transforma, corre por una línea de significados cada vez más impersonales, demanda respuestas inmediatas y a veces instintivas, limitando el cuestionamiento o razonamiento de leyes por la asunción de su propia dinámica de mercado a todo aquel que quiera entrar a su real círculo social. El sujeto entonces, se convierte más en una construcción social, arbitrariamente configurado por la dinámica del capital, que en sujeto conciente. Es más un objeto construido, al que se le niega existencia y preeminencia, hasta convertirlo en una entidad cosificada, capaz de prestar un servicio o consumir una necesidad creada con el objeto de hacerlo sentir un sujeto viviente.
Vivir es ahora como en otros tiempos seguir un estandar marcado por situaciones externas a la misma vida, es someterse a procesos de simbolización que el mismo hombre ha creado, es volverse esclavo de sus invenciones, imposibilitado a salirse de ellas y conforme a alimentarlas y replicarlas hasta desconocerse. Vivir es entonces esa confrontación conflictiva del ser “normal” siguiendo patrones incuestionables de la sociedad capitalista; o ser “a-normal” al cuestionarlas y tratar de modificarlas; cayendo, algunas veces, en la depresión de volver al mismo punto por la invalidez de la razón que se encuentra sometida. Las pasiones, la vitalidad humana, el conocimiento, el trauma de la existencia misma del hombre, son sentimientos que afloran y desembocan en razonamientos actuales y que marcan el paso del ser “normal” o “a-normal”. El ser humano animal enfermo que posibilita un conocimiento reflexivo, el conocer del conocer mismo esclavo de ese conflicto interno del ser racional o el ser sentiente.
El hombre como construcción inconclusa, mutable, inestable, inexacta, capaz de definirse de acuerdo al contexto que en sí mismo configura, es el verdadero objeto de estudio de la filosofía, desde el origen del pensamiento hasta hoy; es el punto focal, el centro de atención de tres grandes pensadores modernos quienes, desde su propia visión de mundo y contextos epistemológicos y sociológicos, coinciden en abordar la configuración del ser humano concreto, el hombre viviente; aunque difieren en otras particularidades de ese objeto de estudio filosófico.
Este es entonces la propuesta de este escrito: realizar un acercamiento al pensamiento filosófico de Miguel de Unamuno. Unamuno ha abordado en sus escritos y reflexiones el problema del sujeto concreto en la realidad, una realidad definida por la época pero a la vez, por la presencia activa de la persona. Una realidad que es fruto y combinación de hechos, situaciones y problemas que afectan al individuo y en gran parte lo re-definen; una realidad transfigurada en tiempo, entendido este ultimo como relación del sufrimiento diversificado en las respuestas existenciales del sujeto.
Miguel de Unamuno
La contradicción como principio filosófico del hombre
Elige la vida, elige un trabajo,
elige un fututo,
elige un televisor grande que te cagas...
Trainspotting, La Vida en el Abismo
Aun cuando Unamuno parece haber perdido la fe religiosa, su obra se enfoca paradójicamente en convertir la angustia producida por el descreimiento en una especie de nueva forma de “fe”, una fe angustiada, agónica, pero a la vez confirmada por la voluntad de la vida eterna.
Por lo anterior, la filosofía de Unamuno, parece moverse en la negación de cualquier sistema de pensamiento, para confirmar la fe en “sí misma”; es ahí donde se encuentra la verdadera idea de inmortalidad, en “vivir de tal forma que nuestra muerte sea injustificada”, la necesidad de mantener la existencia aun después de la misma muerte(1). En su exposición sobre el sentido trágico de la vida, destaca esa idea de inmortalidad. Obviamente la muerte física, la muerte de cuerpo, es ineludible, incluso la ciencia solo ha podido dilatar este proceso pero no evitarlo o vencerlo. Pero aun cuando la vida se termina, la necesidad de inmortalidad se enriquece cuando es la mente la que sobrevive. Al respecto, Unamuno parece concluir que para poder vivir realmente, es necesaria la muerte; una concepción contradictoria en alguien que ha perdido la “fe religiosa” concebir que “ hay que morir para vivir...” pero razonable finalmente si se percibe la conciencia humana como epicentro de la preocupación existencial de Unamuno.
Unamuno coloca al ser humano como principal centro de su filosofía, un hombre que vive, que siente, que sufre y agoniza; pero que actúa continuamente y en ese accionar consolida el conocimiento. Una apuesta antropológica del conocimiento que le da crédito o dominio al papel de la imaginación sobre la ciencia.
Desde su planteamiento sobre el conocimiento, Unamuno señala que la ciencia no explica totalmente la realidad, el conocimiento científico solo está limitado a dar cuenta de ella, es un saber fáctico, más apto para afirmaciones taxonómicas o clasificatorias que para vivir. La imaginación en cambio, es la que se convierte en verdadero germen del conocimiento en todas sus variantes; la imaginación guía el saber y provee, por necesidad de supervivencia, el conocimiento de los sentidos, los mitos fundadores de la sociedad o las mismas “fantasías sociales” son producto de la imaginación, la cosmovisión, los principios de fe, la creación de realidades superiores como las realidades celestes, son posibles por la imaginación que construye dicha realidad con una dinámica y leyes semejantes o paralelas a la humana con el fin de explicarla.
En este sentido, Unamuno enfatiza esa especie de enfermedad presente en el animal humano, la necesidad de conocer por conocer(2), esa parte inherente a la naturaleza del individuo que lo conduce a la construcción de estructuras sociales, al mantenimiento de mitos dogmáticos para normar la sociedad y la conducta con correctivos sociales moralizantes. Anular el cuestionamiento de este hecho implicaría soslayar que existen en el mismo hombre elementos externos a su naturaleza que le configuran su entorno social, implicaría asumirse como un “Parásito social” incapaz de observar ese entramado social (dogma, dioses, leyes, ansia de inmortalidad) que posibilita las mismas estructuras.
Es en esta confrontación entre la ciencia y la imaginación donde Unamuno encuentra la respuesta sobre el ¿para qué de la filosofía? La ciencia solo puede responder con conocimientos fácticos, sin embargo el saber fundamental para el hombre solo lo puede responder desde el campo de la filosofía. El ¿para qué? Se convierte entonces en una pregunta existencial que le posibilita al ser humano un conocimiento en función de su necesidad vital o de existencia; en efecto, para Unamuno, el saber científico es reducido a un saber metodológico, una serie de elementos que explican el ¿cómo? de la realidad; una solución inmediata a problemas concretos de corte natural, o mejor dicho del mundo natural; mientras que la filosofía explica el verdadero sentido, el ¿para qué? La intencionalidad de las cosas, hecho que incluso posibilita la ciencia. Sin la pregunta fundamental del ¿para qué?, sin esa intencionalidad, no habría respuestas al ¿cómo? o al ¿porqué?, es decir, la forma en sí que es competencia directa de la ciencia.
En esta confrontación se deja entrever la concepción del autor frente a la concepción de la vida como tal. Unamuno considera que la existencia humana (y con ella toda la realidad) es contradictoria; esa contradicción se convierte en la base de la existencia. Comprender la contradicción lleva a comprender también las múltiples manifestaciones que produce en la vida del hombre. Le atribuye entonces esa categoría de ser humano activo de la dinámica diaria, al sujeto concreto, el estar en eterna lucha lo conduce a una actitud personal de “desesperación-resignada” el cuestionamiento eterno frente a la falta de certezas. “no saber que muero” y “ no saber que no muero” una dialéctica constante marcada por la agonía es a lo que llama “ el sentimiento trágico de la vida” esa interlocución que se manifiesta entre la razón y el sentimiento, ambas naturalezas del ser humano que posibilitan niveles de comprensión pero que, ni complementándose, logran crear certezas absolutas, por lo que su importancia radica en la posibilidad del cuestionamiento y la evolución progresiva de la voluntad humana. Obviar esta dinámica, limitarla a una sola parte de la dualidad (la parte racional) sería caer en la actitud de los parásitos sociales una posición cómoda que anula al hombre al anular su propia naturaleza. Anular el cuestionamiento es actuar contra la misma naturaleza humana.
Efectivamente, preguntarse sobre el ¿cómo?, el ¿porqué de las cosas? Es un reflejo vital del hombre, inherente a su conciencia de ser que lo empuja a concebirse, a configurarse, redefinirse y completarse pero no a concluirse, lo que conduce en el planteamiento filosófico de Unamuno al cuestionamiento sobre los límites del conocimiento, a percibir que la realidad jamás podrá ser expresada en términos racionales pues implicaría asumir una postura anti-vital, una lectura hierática, absolutista, clasificatoria, más apta para la ciencia que para la filosofía. La filosofía no debe buscar la fuente del conocimiento en la razón, sino en el hombre concreto, en el que el elemento más importante no es la inteligencia sino sus sentimientos,sus necesidades, sus pasiones frente a la misma vida, una vida mutable e inconclusa.
Para Unamuno, no es tan importante la respuesta de la ciencia como la actividad del hombre de preguntarse (cambia la jerarquía de valor de, los resultados del cuestionamiento por la acción en sí) la discusión sobre lo anti-vital, demuestra esta apuesta antropocéntrica; en la medida que la pregunta se mantenga presente es que el ser humano existe realmente. Encontrar la certeza o la concepción final de certeza solo conduce a la liquidación del hombre y al aparecimiento del parásito social.
Las apariencias frente a la conflictiva existencia. La idea de hombre.
La construcción en este sistema de pensamiento es tan conflictivo como la misma filosofía sobre todo porque el autor no busca realizar una teorización del hombre desde una apuesta filosófica tradicional. Su búsqueda no es en un sujeto abstracto, el “hombre” como idea del racionalismo, sino que le interesa el ser humano concreto, el que vive, siente y sufre; el hombre total, en eterno cuestionamiento para aprenderse a sí mismo, transformarse y completarse en la confrontación con los otros. Ser “individuo” (con una realidad existencial marcada por sus propias e individuales necesidades) y ser al mismo tiempo “persona” (un ser social, sometido a correctivos sociales moralizantes) ambas dimensiones en continua confrontación, conflictuados por los intereses propios de cada uno.
La inclusión de la variante persona social en la antropología de Unamuno no solo dinamiza la concepción de hombre, en el sentido que esta se modificará de acuerdo al contexto social, cultural e ideológico en que se mueve, sino que permite abordar la idea de un hombre total, construido por las diversas facetas con las que interactúa y lo interpelan cotidianamente. Esta apuesta por concebir la totalidad del hombre, lleva a configurarlo desde elementos dialécticos (sociales, económicos y a la vez espirituales) en la necesidad de serlo todo(3), una especie de emulación divina, ser criatura y creador, la omnipotencia del hombre que al conocer conoce por emanación, por esa sumatoria de facetas que lo van completando a través de la comprensión y actitud reflejante frente a las cosas, finalmente una dialéctica espiritual, epistemológica y, en cierta forma, con pretensiones ontológicas pero que conduce a una búsqueda inconclusa.
La plenitud del hombre total entonces se manifiesta en ello. El no preguntarse, el no cuestionarse sobre la existencia y la vida, solo conduce a una lectura superficial de una vida de apariencias; el hombre total es una aspiración natural, ese darse cuenta de las propias limitaciones es parte del autoconocimiento del sí mismo centrado en reconocerse limitado, representando un papel, como un personaje protagónico en el sueño de Dios. Ello promueve a la vez la conflictiva existencia, pues en la medida que reconocemos las facetas sociales que nos toca representar, nos damos cuenta de la cantidad de máscaras que utilizamos para ser incluidos y aceptados en la esfera social, el conflicto de la autocensura y el sometimiento frente al otro, desde ese conflicto es que surge por ende el ser auténtico, de la interpelación entre el hombre y la sociedad, de ponerse frente a la mirada reflejante del otro y evidenciar la máscara construida para ocultar la vulnerabilidad y romper la ambigüedad ineludible del ser y el actuar entre el individuo y la persona.
El hombre vive así en una constante preocupación conflictiva en torno al sentido de su existencia, ello se convierte en la cuestión básica, la permanente contradicción de su lucha agónica frente a la mayor aspiración humana (continuar existiendo eternamente) y su experiencia más profunda (el miedo al no ser, a la muerte) que se ve reflejado en la renuncia a someterse por la dinámica de la vida. El hombre en Unamuno es un ser activo, autocuestionado frente a la incertidumbre del destino individual tras la muerte, pero es un cuestionamiento que no termina, que pretende perpetuarse incluso más allá de la muerte física del cuerpo y sobrevivir en la mente.
1. M. Unamuno, “Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos”. Biblioteca Nueva. Madrid, 1999. pag. 99
3. m. Unamuno, “Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos”. Biblioteca Nueva. Madrid, 1999. pag 107.
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