| |
La purísima de Nicaragua
María Ester Chamorro*
Es 29 de noviembre y viajo en bus para Managua, desde San Salvador. He realizado este trayecto tantas veces que se me pierde la cuenta, ya que soy nicaragüense de origen y salvadoreña por elección. ¿Por qué viajo esta vez? Hay razones familiares urgentes, pero también motivaciones implícitas. Entre estas últimas está que hoy comienzan las novenas a la Virgen en Nicaragua, que culminan el día 7 de diciembre, día de la gritería, cuando los altares se abren a todos los nicaragüenses devotos que con cantos saludan a María. Y en la casa de mi hermana, donde llego, se inicia esta celebración, en su barrio.
Salí de San Salvador a las cinco y media de la mañana y llegué a Managua a las cinco de la tarde. Fue un viaje cansado como siempre. El bus tuvo un desperfecto casi por llegar a su destino. Solo estaré esta noche en la “Ciudad del Güegüense”; debo regresar mañana, por razones de trabajo.
La estrella de Belén que me atrajo a mi ciudad natal estaba bajo un centenario árbol de tamarindo, en medio de un frondoso jardín, sobre una larga mesa de cerámica decorada con flores de pascuas y madroño. Pequeñas luces navideñas, de colores, adornaban el mantel blanco. Y, en medio, majestuosa, sin jarrones, sin velas, ni flores cubriéndola, destacaba la imagen de María Santísima “limpia y pura desde su concepción inmaculada”. Me quedé un buen rato sintiendo la belleza de mi encuentro con la “Purísima”. Todo era silencio a mi alrededor; la claridad celestial estaba cediendo. Concho, el celador, hacía los últimos arreglos. Él había escogido y decorado esta ermita para la Virgen, bajo el inmenso y acogedor tamarindo. Le había ayudado Marcelo, el jardinero. Era un arreglo que se fundía con el día, pero que surgía con las luces y los focos que había colocado. Llegué en el momento preciso para apreciar esa conjunción de religiosidad, naturaleza y luz.
- Está precioso – le dije – me encanta cómo el altar sigue los contornos del árbol. ¿Y estas ramas de madroño, aquí nacen? – le pregunté señalando las que cerraban el arreglo y parecía que surgían de la tierra.
- No – me contestó – todas las he colocado yo.
- Está precioso – le repetí.
- Eso quería oír – me afirmó ufano.
- Te felicito – y lo abracé.
Mi hermana, Amalia, corría de un lado al otro preparando todo para dar comienzo al rezo. Cinco docenas de sillas plásticas, blancas, colocadas en fila frente al altar, sobre la grama, esperaban a los habitantes del barrio que cantarían el primer día de la novena. Aquello era un escenario de amor y regocijo alrededor del cual los niños y las niñas correrían con sus candelitas romanas encendidas, antes y después de la ceremonia.
Durante el trayecto a su casa, mi hermana me había pedido que rezara la novena. Mi primer impulso fue decirle que no, porque consideraba que semejante honor a ella correspondía. Pero cuando me aclaró que iba a delegar esa función, acepté con mucha emoción.
- Repasála, es el primer día – me dijo cuando ya estaba arreglada para la ocasión.
Había elegido un conjunto rosado intenso con unos aritos a juego y mis zapatos negros de vestir. Me aparté con la novena para preparar mi participación. Allí recordé a mi madre, Amalia Zamora. La imaginé feliz, con mucho dinamismo, leyendo y cantando la novena de la Virgen, con su Purísima pequeña, llena de flores. Siempre la rezó en familia. Nos encantaba cantar “Dulces Himnos”, “Tu Gloria”, “Pues Concebida”. Agradecí al Señor por ese instante que hilvanaba mi vida a la de mis padres, que le daba sentido a mis actos, al momento presente, a mi viaje.
La novena comienza con una invocación a María: “Oh Reina Purísima de los ángeles y de los hombres…” Todo es dulzura y agradecimiento: “…mil gracias y alabanzas Te damos porque a la puerta de la vida hallaste la dracma preciosa que perdimos todos en nuestro primer principio…” Después de la oración se cantan las tres avemarías y se hace la Petición: “Escuchad, oh Tierna Madre, de tus hijos el clamor, te pedimos nos protejas con tu manto, con tu manto, salvador…”
En la oración del primer día había muchas preguntas de por qué el hombre estaba desnudo en el Paraíso. Se acusa a la serpiente de la maldad, por eso este animal se arrastrará y será pisoteado por la mujer. Y es María la escogida: “Ave sois, Eva trocada…” Son muchas alabanzas que debe pronunciar la rezadora. El objetivo es que la Virgen nos asista “a la hora de nuestra muerte”. Hay una costumbre cristiana, enfatizada en Nicaragua, que permite a los amantes de la Virgen que mueren en sábado, irse al cielo de Su Mano.
Ya están los “chicheros”, banda de música de viento, en sus sillas, formando un ángulo frente al altar y a los invitados. Es un grupo de viejos nicaragüenses, morenos, gordos, con sus instrumentos ruidosos, que acompañan el rezo y los cantos. De pie, frente al altar, inicio la novena mientras están repartiendo las matracas para los cantos; también entregan sombreritos de palma en forma de aros, muy sencillos, a las niñas y los niños.
Mi hermana y una amiga encienden una estufa para la quema del incienso con la mirra, el romero y la albahaca. Los “chicheros” están contentos; y al terminar de rezar la última oración, les pido que comiencen con “Dulces Himnos”. Mientras cantamos, Marta, la cocinera, trae los vasos de la tradicional bebida de “chichegengibre”, deliciosa; sentí que la garganta se me refrescaba inmediatamente. El olor de este fresco reanima y conecta con los dulces que vendrán al final en una cajita, o canastita, nombrada “el gorro”.
Es un coro entusiasmado el que responde a las canciones. Se reparten las mandarinas con banderitas de papel de china; y, por último, las canastitas de dulces con el piñonate, tajaditas de coco glaseadas; las cajetitas de leche, de zapote, de coco; el coyolito, un dulce redondo y suave de tamarindo; las bolsitas de bien-me-sabe con pedacitos de plátano frito cubierto con dulce de panela; el “huevo chimbo” duro y amarillo; los infaltables “gofios”, dulces de pinol con panela. Aquello es una fantasía deliciosa y olorosa.
El final está marcado por dos cantos importantes que impulsan a ponerse de pie: “Toda Hermosa eres, María” y “El Alabado” que está dedicado al Santísimo, su Hijo; y cuya estrofa se repite tres veces. Para despedirnos cantamos con mucho amor: “Adiós, Reina del Cielo, Madre del Salvador, Adiós oh Madre nuestra, adiós, adiós, adiós…” Por último, en medio de los ruidos de la carga cerrada de triquitracas y con un entusiasmo colectivo, se grita y responde:
- ¿QUIÉN CAUSA TANTA ALEGRÍA?
- ¡LA CONCEPCIÓN DE MARÍA! |
|