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Soy mujer y soy inteligente
Claudia Ivón Rivera*
“Soy mujer y soy inteligente”. Esta sería la primera frase que me gustaría decir cuando conozco a alguien. Me gustaría que esta frase apareciera en mi tarjeta de presentación. Me gustaría que los hombres que conozco, alguna vez, lo intuyeran.
Pero no, la feminidad está reñida con la inteligencia en esta sociedad. Los comentarios, las revistas femeninas, las canciones, los poemas, los artículos de los periódicos resaltan todos mis atributos corpóreos y emocionales. Mi inteligencia, mi tan cuidada inteligencia, siempre está ausente.
Si hay algún dejo de mi capacidad racional en algún texto público, cultural, sociológico, psicológico o mediático, hace referencia a mi habilidad de intuir, de acechar, de cazar, de seducir; se habla de mi astucia para manipular, para planear, para engañar, para confundir.
Según la sociedad no se me da el ser inteligente. Si alguna vez aparece ese adjetivo cerca de mi nombre, tengo habilidades embestidas en mí por el reino animal, por el reino mítico, nunca por el mundo racional. Mis habilidades se reducen a mis poderes sobrenaturales para capturar a mis presas, para sobrevivir en la jungla citadina. No existe ningún dejo de razón asociado a mi nombre; no existe ningún término que hable de la maravillosa sabiduría. Todo el lenguaje se refiere a mi simple y llano instinto.
Y esta es mi cruz. La que me condenó a vivir a las costilla del hombre, a su sombra, a su paso; la que me condenó a ser piedra de tropiezo; la que me enclaustró el cuerpo y las ganas a lo privado, a lo prohibido; la que castró mi derecho a probar del árbol del conocimiento.
Y ahí he vivido por siglos, en las miradas sospechosas de los hombres hacia mi persona; en las portadas e historias de los libros, en las páginas de los periódicos, en “la misma palabra escrita por Dios”. Me lo enseñaron e impusieron en libros de texto de la escuela, me lo tatuaron mis padres los domingos por la mañana, me lo exigen mis parejas hasta en la intimidad. Y mi socialización se reduce a eso: a sólo asentir cuando me preguntan –cuando me preguntan-, a hacer lo que todos dicen, a satisfacer sus deseos, a seguir las reglas, a entregarme al prójimo y no a mí misma. Así lo tengo que hacer, sino… me tienen miedo.
Cada vez que conozco a alguien, observa la forma de mi cara, el tamaño de mis senos, lo angosto de mi cintura, el ancho de mis caderas; elogian el estilo de mi vestuario, lo lacio de mi pelo, el olor de mi perfume; evalúan mi lenguaje, lo fino o tosco de mis gestos, mi forma de sentarme, la imagen que despliego. Nunca nadie me ha preguntado cómo pienso.
Y se sientan a observarme en los restaurantes y cafés. Les deleita ver cómo coqueteo, les encanta pensar que los estoy mirando, que hago todo por ellos. Les excita pensar que llamaron mi atención, aunque yo ni siquiera los haya visto, aunque me generen asco; aunque los rechace… ellos siempre están pensando que mi forma de ser gira en torno a ellos. Sé que el tema de mi conversación, mis ideas, mis pensamientos, no son parte de ese juego. Y los detesto cuando me miran de pies a cabeza, cuando se vuelven para observarme, para desearme, detesto que siempre me inviten a sus camas y me rechacen cuando digo que no. Odio que me vean como la presa de la semana, como la piel en su cama. Me enoja que no me pregunten más que por la posición que puedo hacer mejor en la cama.
Soy mujer y soy inteligente. Nadie se molesta en preguntar. Siempre tengo que probar que tengo algo interesante que decir, que leo, que veo las cosas desde otro punto de vista. Mi silencio no basta en una habitación, siempre tengo que estar negociando mi lugar. Siempre tengo que negociar la primera impresión de mis caderas, por el de mis ideas.
Todos me dan consejos para protegerme, todos esperan que los proteja. Todos esperan algo de mí, yo no puedo esperar nada de ellos, no puedo exigir, no puedo pedir.
… Cuidado con ser sarcástica, con lanzar comentarios irónicos, con burlarme de los hombres;
… Cuidado con no seguir su juego, con mirarlos fijamente, con sonreírme con ellos;
… Cuidado con retarlos, con demostrarles que soy fuerte, que sé más que ellos, con confesarles que tengo deseos;
… Cuidado con caminar sus pasos, con frecuentar sus lugares, con hablar como ellos…
… Cuidado con razonar, con argumentar con pensar;
… Cuidado con insinuar…
Soy mujer y soy inteligente, ¿Platicás conmigo? ¡¿No me digás que tenés miedo?! |
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