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Secreto en la montaña
Francisco Andrés Escobar*
Suponga usted, señora, que su esposo es un motorista, adulto y masculino a ultranza. Suponga que un día lo sorprende usted dándole un beso erótico a otro motorista, tan adulto y masculino como él. Con bastante seguridad, a usted se le desplomarán muchas certezas. Eso mismo sucede a las esposas de dos vaqueros –adultos y masculinos al tope- en la película “Secreto en la montaña”. A una, las certezas se le desploman pronto; a la otra el descalabro le viene después. Pero ambas descubren, en sus parejas, una naturaleza que no sospechaban.
“Secreto en la montaña” ( Brokeback mountain), que le dio el Oscar como mejor director al taiwanés Ang Lee, es una película seria y madura. No es un discurso fílmico favorable o desfavorable a la homogenitalidad –natural o antinatural: hay opiniones diversas-, o a los movimientos –legítimos o ilegítimos: hay puntos de vista diferentes- que buscan respeto para las franjas de población genéricamente distintas de lo aceptado como normal. “Secreto en la montaña” es la exposición de cómo la fuerza de la naturaleza humana se abre camino aun en contra de atajos personales y sociales. Nada puede ser tan poco sospechoso de amor homogenérico que pasa por la homogenitalidad como el mundo ultramachista de los vaqueros. Y sin embargo…
Con un rigor sin concesiones al sentimentalismo, al escándalo, a esquemas, o a estereotipos, “Secreto en la montaña” se aleja del discurso que promueve o de la diatriba que condena, para mostrar cómo el ser humano vive a gusto en un mundo de apariencia -que suele ocultar la esencia- hasta que ese mundo se estremece cuando las máscaras caen y surge, inesperada, la verdadera almendra del ser. En ese sentido, es, también, un llamado en favor de la misericordia para una nota humana que, como otras, puede presencializarse o actualizarse en el lugar y en el momento menos esperados.
Con el marco de una hermosa fotografía y de unas actuaciones exentas de patetismo, este filme debiera ser visto y analizado con amplitud, ahora que el amor homogenérico que pasa por la homogenitalidad ( hay amores homogenéricos que no pasan por lo homogenital) es condición de vida y tema de controversia en muchos estratos e instituciones de la sociedad.
La peor actitud ante un tema, de momento difícil, es el fácil camino de ignorarlo sin abordarlo, o condenarlo sin comprenderlo. Ahora, ante un filme bastante serio, que no se regodea en escenas y escándalos, existe una buena oportunidad para que – como en otros países centroamericanos- ancianos, adultos y adolescentes de ambos géneros se encuentren para ver y comentar una película que puede hacer mucho bien si se la pone a producir para ello.
Verla, hablarla, discutirla, ayudará a terminar de entender por qué cuando Cristo dijo “Quien esté limpio de culpa que lance la primera piedra”, adultos y niños bajaron la mano y se retiraron, sin apedrear a la adúltera. Es que, en el fondo del alma, unos sabían que habían hecho lo que condenaban, y otros comprendieron que lo que no habían hecho hasta ahora, podían hacerlo después. Lapidar a la pobre mujer hubiera sido una actitud farisaica. |
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