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Dos llamadas
Manuel Velasco*
Tomo mi lapicero rojo y un manojo de papeletas. Me acomodo en el respaldo de la cama y doy inicio a la que quizás sea la tarea más tediosa de todo docente: calificar. A la mitad del primer examen, una manita me toca la muñeca y una voz dulce dice “bapá... bapá”. Intento distraerla y lo logro por espacio de medio minuto, pero enseguida siento de nuevo su manita, esta vez en mi espalda. Fernanda, mi hija, quiere jugar conmigo. Se ríe y me mira desde sus ojos grandes y hermosos, con los que quiere abrazar al mundo. Y yo, claro, me entrego de inmediato a su mirada y dejo lo que debo calificar de lado. Ya habrá tiempo para ello. Ahora lo que toca es descubrir con ella la maravilla por vivir.
Ser docente y padre a la vez es algo que sólo se me ocurre nombrar como una llamada hermosa. Ambas “profesiones” exigen una vocación a tiempo completo. Y las dos tareas requieren de un oído atento y de una sensibilidad profunda.
Fui llamado a la docencia hace más de doce años. Estudiaba Odontología y me apodaban “el profe”. Me gustaba pararme frente a mis compañeros de estudio –pizarra detrás, yeso en la mano– y ver su rostro asombrado después de mi explicación. “Si no es difícil, lo que pasa es que no lo habíamos visto así”. “Es que a vos se te entiende más que a la señora...” Me sentía bien y me preguntaba por qué se me hacía fácil explicar los temas. ¿Debería dedicarme a enseñar? Al principio me resistí a ello, pero la llamada resonaba en mi mente una y otra vez, cada vez con más intensidad. Me armé de valor, anuncié la decisión a mis padres y después de conversar con el decano de la Facultad –que en ese entonces por “casualidad” era Francisco Andrés Escobar, quien más adelante se convertiría en mi maestro– me inscribí en la carrera de Profesorado en Educación Media con especialidad en Letras, en la UCA. Casi enseguida empecé a trabajar como profesor de un colegio y me enrolé como instructor remunerado de la materia Redacción (impartida, otra vez “casualmente”, por don Paco). Lo que sigue después forma parte ya de mi historia personal: saqué mi licenciatura en Letras y hasta trabajé de director de un colegio antes de dedicarme a tiempo completo al oficio de maestro. Esto último es lo que realmente me sostiene, ya que cada vez que me encuentro frente a un grupo de estudiantes siento que mi vida se enlaza en el tejido de la existencia y me alegro de haber escuchado la voz que me invitaba a la docencia.
Fui llamado a ser padre hace más de un año. Porque uno empieza a ser papá desde el día que sabe que una vida late en el vientre de la mujer que más ama en el universo. La experiencia de la paternidad es, en efecto, única. No es tan cierto eso de “te cambia la vida”, más bien lo que cambia, y para siempre, es “la manera de ver la vida”. De pronto todo adquiere un significado nuevo y muchos aspectos que antes consideraba relevantes pasan a un segundo o tercer plano en la escala de prioridades que, ahora, tiene en su punto más alto un solo nombre: Fernanda. Muy pronto cumplirá su primer gran añito de vida y lo que ella me ha enseñado a mí en este tiempo es de un valor y una belleza incalculable. Sin exagerar puedo afirmar que en este instante mi hija es mi maestra personal. Con ella aprendo todos los días la perseverancia de seguir adelante, al ver cómo ella se va abriendo paso por el mundo en el que le ha tocado vivir. Su determinación me inspira, su fragilidad me compromete, su ternura me llena de paz interior y su presencia cotidiana me colma de felicidad. Tengo mucho que aprender de ella y, claro, también espero enseñarle algo más que tildar palabras y puntuación. Será un encuentro especial. El momento en que las dos llamadas se crucen para darle un nuevo sentido a la vida que ahora vivo.
Aprovecho que Fernanda duerme para retomar mi lapicero rojo y las papeletas que esperan solución. Empiezo a calificar pero me interrumpe el recuerdo de mi hija llevándose su manita a la boca al escuchar el sonido de los pericos. Sonrío y me lleno por dentro de una felicidad dulce. Sigo calificando, pero sus ojos grandes y hermosos continúan conmigo. Y allí, sin duda, permanecerán. |
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